quinto, la sitiada Bielorrusia de Lukashenko, como “un modelo de estado social como el que nosotros estamos empezando a crear”. Sobrios observadores liberales como el Grupo de Crisis Internacional, una ONG fundada en 1995 por Mark Malloch Brown, más calladamente se preocupan por la ausencia de controles sobre el poder presidencial en Venezuela y la posibilidad de que Bolivia realmente se desintegre. Radicales entusiastas como Tariq Ali y Diana Raby sugieren que un socialismo verdaderamente popular ha renacido en esos lugares. Y el renacer, piensa Ali, es la mitad de la batalla. Raby, convencida de que la batalla puede ser ganada, y alguien cuyas esperanzas se extienden incluso a Europa, cree que cuando aquella se gane, la nueva política, con una base más sólida, demostrará ser más resistente que la vieja. Entre otros con interés en la materia, el Ministerio de Asuntos Externos [del Reino Unido] puede no estar solo en creer que no tenemos nada que aprender de tales países.
A pesar de su cumplido a Lukashenko, Chávez podría decir que él tiene poco que aprender de nosotros. Simón Bolívar, el héroe de la liberación del domino de España de varios territorios sudamericanos a comienzos del siglo XIX e inspiración retórica del propio Chávez, insistía en que aquellos a quienes intentaba llevar consigo no eran solamente los criollos, de ascendiente español. También estaban los indios y africanos, y cada grupo había sido afectado por sus relaciones con los otros. Las nuevas repúblicas, por tanto, no debían intentar imitar lo que se estaba logrando en Europa y Estados Unidos. “Si no inventamos, erramos”, el tutor de Bolívar, Simón Rodríguez, le había inculcado, “erramos”, y Chávez repite el punto. Uno puede ver, sin embargo, por qué la izquierda europea tiene las esperanzas que tiene. Todos esos tres presidentes están a favor de los pobres y en contra de la ayuda externa a los ricos. Y a Chávez, quien, como les gusta decir a sus oponentes, no tiene un cerebro en la lengua, le gusta el viejo lenguaje. Ha mencionado a Trotsky, hablado de enseñar marxismo, y después de su reciente reelección, ha anunciado un “socialismo para el siglo XXI”. Uno puede ver también por qué los liberales están nerviosos. No hay duda acerca de las elecciones. Cada presidente obtuvo entre 53 y 63 por ciento de un gran conjunto de votos, y aparte de algunas dudas acerca de balotas en blanco o viciadas en la segunda vuelta en Ecuador, donde votar es obligatorio, el proceso en cada país fue declarado justo. Cada gobierno también respeta los derechos civiles y políticos. Constitucionalmente, sin embargo, todos ellos están inestables. Morales, el anterior líder de los cocaleros, quien viene de uno de los dos grandes grupos indígenas de Bolivia, y Correa, un ministro de finanzas disidente en la previa administración, de corta vida, quien se describe como católico humanista, enfrentan la obstrucción de sus congresos. Ambos están luchando para reducir las ventajas constitucionales de sus oponentes. Chávez ha sido más afortunado. En su primer año estuvo en capacidad de promulgar una nueva constitución. Ésta extendió la cobertura de los referendos, terminó con la exclusión de los militares de la política e incrementó el poder del centro. Sin embargo, él no piensa ahora que esto sea suficiente. Habrá un referendo en diciembre sobre ir en una dirección más determinadamente “socialista”, y mientras tanto la asamblea le ha otorgado el poder de gobernar por decreto hasta el próximo verano. Él está por el momento, seguro. Los otros dos, hasta este momento, aún no.
La narración de Tariq Ali sobre Venezuela y Bolivia es exuberante y de buena lectura. La de Diana Raby, sobre cómo ha surgido la Venezuela de Chávez, es una de las mejores (ella es una académica y también una activista). La imparcialidad del Grupo de Crisis es admirable. No obstante, los lenguajes de la esperanza socialista y el temor liberal, aunque no están ausentes de la misma Latinoamérica, no connotan allí lo que despiertan entre nosotros. Los criollos eran católicos, y sus ambiciones republicanas, como las de sus oponentes, se han inclinado más hacia las concepciones irreduciblemente colectivistas de lo que Benjamin Constant, lamentando la Revolución Francesa, llamaba la “antigua libertad”. Los nuevos radicales, como Bolívar, quien era contemporáneo de Constant y admiraba lo que sucedía en Francia, toman esto como si significara la libertad de una nación inclusiva, y le dan un molde socialista. No obstante, hasta fines del siglo XX, el refinado sentido de la diferencia racial entre los criollos (agudizado en extremo por las muchas mezclas interraciales) los llevó a reservar la ciudadanía activa y, en la práctica, gran parte de los votos, para ellos mismos. A diferencia de quienes construyeron el nuevo Estados Unidos, ellos continuaron siendo mercantilistas, estando dispuestos a extraer riqueza más que a producirla. El resultado fue una defensiva codicia oligárquica. En algunos países, esto hasta hace poco permaneció en gran medida como había sido antes. Las clases propietarias de la tierra y los dueños de minas gobernaban sobre excluidas poblaciones de trabajadores rurales pobres en grandes propiedades, pequeñas parcelas y en los pueblos mineros. En otros países, el colapso de los mercados de la carne, el café, los metales y otros productos primarios hacia fines de los años de 1920, y la consiguiente pérdida de ingresos para comprar cosas del extranjero, impulsaron la industrialización y una política de “modernización”, en la que las ambiciosas clases industriales y comerciales recurrieron a nuevas clases trabajadoras, todas principalmente blancas, para luchar contra los barones de la tierra. Pero los trabajadores rurales y mineros, pueblos indígenas y mestizos, eran aún ignorados. En todos, excepto México, que había tenido una revolución antes de la Depresión, las fuerzas armadas -- conservadoras en los estados no reconstruidos, dispuestas a ser progresistas en aquellos que estaban cambiando, y no infrecuentemente divididas en todos ellos -- asumieron el papel de guardianas de la integridad republicana. La política permaneció siendo una serie de batallas más o menos continuas al interior de la elite criolla.
La elite en Bolivia gobernaba a una gran población indígena que trabajaba en las minas o que se ganaba pobremente la vida en el altiplano occidental, con los mestizos trabajando en las haciendas al oriente, y los migrantes, como la familia de Morales, cultivando coca allí. En Ecuador, el recurso exportable ha sido el petróleo (el país es el segundo exportador de Latinoamérica), pero ha empleado a pocos; para el resto de los habitantes, que incluye a una menor proporción de indígenas, la historia ha sido en gran manera similar a la de Bolivia. En ambos países, una caída en los precios de los productos de exportación en las décadas de 1980 y 1990, así como deudas que se hicieron cada vez más difíciles de pagar, llevaron a los gobiernos a acceder a las disciplinas de las instituciones financieras internacionales y a una creciente miseria. Los gobiernos criollos se desintegraron en una rápida sucesión y los excluidos, motivados en parte por lo que estaba sucediendo en Venezuela, comenzaron a exigir una voz.
Venezuela había sido un territorio sin importancia para los españoles, una mera capitanía. Había pocas buenas tierras y nada de oro ni plata. Lo que había en abundancia era petróleo, que las compañías norteamericanas encontraron alrededor del lago Maracaibo en 1918 (el pueblo indígena que vivía en chozas alrededor de la orilla del lago, solía encender fuegos sobre su superficie. Fueron estas luces las que a los españoles les recordaban a Venecia. De ahí el nombre del territorio). Hacia 1935 y al tiempo de la muerte de Juan Vicente Gómez, un astuto caudillo que hizo los arreglos para la explotación petrolífera con Standard Oil y Royal Dutch Shell, el ingreso nacional per capita del país era el más alto de Latinoamérica. Los sucesores civiles de Gómez, depuestos por un golpe militar en 1948, recuperaron su autoridad diez años después y acordaron un pacto por el cual los partidos de izquierda, derecha y centro podrían apuntar, mediante elecciones, hacia alternarse en el gobierno, negando a las fuerzas armadas (y a los “comunistas”) el acceso a él. Esta clase política procedió a tomar para sí grandes cantidades de ingresos del estado (la producción del petróleo fue nacionalizada en 1976), hicieron unas pocas inversiones industriales (las compañías metalúrgicas produjeron sindicatos que ahora son hostiles a la defensa de los pobres de Chávez) y extendieron un aplacador paternalismo. A mediados de la década de 1980, sin embargo, cayó el precio del petróleo, los préstamos hechos contra ingresos futuros no pudieron ser pagados, el paternalismo se secó y en febrero de 1989, frente a precios crecientes impuestos por un acuerdo de emergencia con el FMI, los pobres bajaron de los barrios de Caracas a hacer disturbios. Ya en 1982 Chávez había jurado su “horror a la oligarquía” y desde el interior del gobierno empezó a conspirar. En 1992 intentó un golpe de estado; otros oficiales jóvenes lo intentaron y fallaron más adelante ese mismo año. Dado de baja y liberado de prisión con anticipación, él decidió presentarse a la presidencia y en 1998 ganó.
La alguna vez confortable elite, habiendo administrado un país que ellos consideraban suyo, y creyendo que incluso si ganaba Chávez ellos podrían adoptar el dólar y continuar administrándolo, pronto se puso furiosa y aún lo está. La base electoral de Chávez, los pobres de las zonas rurales y quienes habían llegado a las ciudades con la esperanza de aprovechar la pasada prosperidad, estaban extáticos y siguen estándolo. Personalmente atrayente y un dotado orador, Chávez avivó un descontento que se había hecho por demás intenso porque la promesa de riqueza había sido arrebatada muy repentinamente. Desde entonces su apoyo se ha incrementado, ampliándose a muchos de la clase media y ahora a algunos de la vieja elite que se han persuadido de su sinceridad, su energía y su novedoso rechazo a aprovecharse financieramente de su posición.
Es una historia distintivamente latinoamericana, pero una comparación viene a la mente. Tucídides dice de Pericles, el general político que extendió la “antigua libertad” de Atenas en las décadas de 440 y 430 a.C., que él tenía “ventajas en abundancia”. Ciertamente, él informa que el mismo Pericles les decía a los atenienses que él lo tenía todo: la habilidad para ver qué hacer, la capacidad para exponerlo ante una audiencia, un patriotismo inimpugnable y una indiferencia ante la ganancia personal. Pericles era un rico patricio de un linaje distinguido. Chávez, en parte criollo, en parte indio, en parte africano (los tres constituyentes de la Venezuela que describía Bolívar), comparte esos dones. Es hijo de un maestro de primaria pobre de las provincias, se unió al ejército, dice, para jugar al béisbol en las ligas militares. Atenas tenía un vasto imperio, y para mantener su tributo tenía que esforzarse. Chávez tiene petróleo, y alguna vez tuvo que luchar para quitárselo a los directores de Petróleos de Venezuela, quienes favorecían a los compradores estadounidenses y a sus propios bolsillos (finalmente los despidió por televisión en términos beisbolísticos), y no ha tenido que defenderse de nadie. Y mientras tanto el tributo de los mercados (EEUU sigue siendo el más grande) se elevó de $9 por el barril en 1999, a más de $60 en 2006, tocando los $80 el pasado verano. Sin embargo, se puede ver que ambos, Pericles y Chávez, se han dejado llevar por su propio éxito. Pericles insistía en que Atenas podía ganar a Esparta; pero su misma insistencia sugería que él conocía los riesgos, y estaba ansioso.
Chávez está mostrando algo de la misma ansiedad. Su gobierno prudentemente hace sus presupuestos con un precio del petróleo de $29 dólares por barril. Y aunque optimistamente continúa asumiendo una producción anual de la mitad de la que al presente maneja Petróleos de Venezuela (la infraestructura gime por falta de inversiones anteriores), aún cuenta con sumas bajo su comando, y no todas provenientes de reservas en el banco central, que pocos regímenes revolucionarios en el mundo, de cualquier tipo, han sido capaces de imaginar. Ha estado gastando sus reservas generosamente. El alfabetismo adulto es completo; hay nuevas escuelas por todo el país y excelentes instalaciones médicas, en muchos casos con médicos de Cuba enviados como pago en especie por el petróleo; los alimentos básicos, con alguna reluctancia por parte de los abastecedores, son vendidos a precios subsidiados; las amas de casa pobres son pagadas por mantener su casa y la gente a la que se debía pensiones las está recibiendo de nuevo. Trasladarse por el país también se está haciendo más fácil: se está construyendo ferrocarriles, el transporte urbano está mejorando y uno se encuentra con trabajos camineros en los lugares más remotos. Lo que es más importante, el gobierno está intentando incrementar el empleo productivo. Con ayuda de Petróleos de Venezuela, ha gastado cerca de $900 millones de dólares en 130 “núcleos de desarrollo endógeno” en manufactura, agricultura y turismo, y adicionales $400 millones para fomentar más de seis mil cooperativas. También está intentando redistribuir la tierra no cultivada. Para alentar estas iniciativas, ha anunciado la creación de 12,000 consejos comunales. Algunas corporaciones también están siendo nacionalizadas. El único precio de esto hasta ahora ha sido una moneda sobrevaluada, que hace baratas las importaciones y demasiado caras las exportaciones, aparte del petróleo.
Es demasiado pronto para decidir cuán exitosas serán todas estas medidas. Los venezolanos más pobres solían saludarlo a uno con una resentida falsa deferencia. Ahora, ellos lo miran a uno a los ojos, bromean y ríen. Chávez mismo es adorado cuando aparece frente a ellos. El público ruge ante sus burlas al “Satán” de la Casa Blanca (un insulto para el diablo, ha dicho Correa), y la Copa América fue un campeonato popular. También busca apoyo fuera. Ha comprado bonos argentinos, entregado energía barata al norte del Brasil, ofrecido refinar el petróleo ecuatoriano a precio de costo, está vendiendo su propio petróleo a precios por debajo del mercado a Bolivia y a varios otros países del continente así como al estado de Massachusetts y la Gran Autoridad de Londres. Ha iniciado una estación de televisión continental para contrarrestar a CNN y conectarse con Al Jazeera. Ha resistido un área de libre comercio con Estados Unidos, ha propuesto un Banco del Sur para desplazar lo que en realidad es la actual reducida influencia del FMI y el Banco Mundial, ha expandido el comercio con China, que está invirtiendo en la extracción de petróleo pesado en la cuenca del Orinoco, ha hecho arreglos en colaboración con Irán, y abierto una serie de embajadas en África. Él quiere, dice, alentar una contrahegemonía a nivel mundial, “avanzadas de la tiranía” incluidas, contra Estados Unidos.
En pocas palabras, Chávez nunca se detiene. Y como Pericles hacia el final de lo que habían sido 15 años en el puesto, sabe que ahora no puede parar. En los cambios constitucionales para los que buscará aprobación en diciembre, habrá una ley que permitirá más de una reelección presidencial. Él necesita más tiempo para usar su poder, y el pueblo [en español en el original] es a la vez el pueblo para el que quiere usar ese poder y el publo cuyo apoyo necesita con el fin de sustentar ese poder. Para lograr lo que tiene que conseguir, sobre todo para tener a más pobres apropiadamente empleados, cree que tiene que permanecer en el puesto por lo menos hasta 2021. Hay un argumento. No hay un obvio sucesor y las instituciones son aún débiles. Pero él está ansioso. Ha llevado a las fuerzas armadas a los ministerios y a otros trabajos públicos, ha revivido la Guardia Nacional y creado una Guardia Territorial separada. También hay un nuevo Frente Francisco de Miranda, diez mil jóvenes, “soldados de a pie de la revolución” que por el momento están comprometidos en “misiones” sociales. Fueron entrenados en Cuba y, dice el gobierno, se les dará fusiles Kalashnikov para defender al régimen si es necesario. Estas fuerzas responden directamente ante el ejecutivo. Del mismo modo lo hacen los consejos comunales, quienes por tanto pueden socavar la jurisdicción de los gobernadores provinciales y los alcaldes locales. Los controles que prevé la constitución actual -- por medio de las cortes, un contralor general independiente y un defensor del pueblo -- permanecerán, pero estos ya no parecen ser tan independientes como podrían serlo.
La reelección de Chávez el pasado diciembre ha sido llamada una victoria por avalancha. Con todo, más de un tercio de los electores votaron contra él. La oposición política, aunque fiera, puede aún carecer de cerebro. Estos escuálidos, como los llama Chávez -- ellos han venido a disfrutar de ese nombre --, fueron tontos al dejar que uno de sus medios, la grotesca Radio Caracas Televisión, mintiera abiertamente durante el intento de golpe de 2002, y continúa mintiendo; en mayo, Chávez rehusó renovar la licencia pública de la estación, aunque esta permanece en red. La oposición fue también tonta hasta la autoconmiseración para boicotear las elecciones a la asamblea a fines de 2005. Pero no puede ser impotente para siempre. Sus miembros más sensatos, como el gobernador provincial que se lanzó contra Chávez el pasado diciembre, ahora ve para que los pobres sean incluidos, y solo 15 por ciento de los electores tendrían que cambiar su voto para derrotar a Chávez en las siguientes elecciones. Él dice que aceptaría eso. Pero incluso si fuera a aceptarlo, el Grupo de Crisis y otros se preguntan si las nuevas fuerzas armadas no podrían verse como responsables de continuar la revolución. Los líderes latinoamericanos que ahora están constreñidos a ser más moderados -- Lula en Brasil, y la asediada Michelle Bachelet en Chile -- en privado quizá puedan tener la esperanza de que esta revolución caiga o, al menos, que como Daniel Ortega, elegido nuevamente el pasado noviembre por los sandinistas en Nicaragua, Chávez sufra una conversión socialdemócrata. Los más radicales, como Morales y Correa, esperarán que Chávez tenga éxito, pero ninguno de ellos, ni los más distantes nuevos amigos de Chávez, estarán en la posición de afectar lo que en Venezuela suceda. Como Pericles al extender la democracia popular en Atenas, Chávez ha despertado un tigre sobre el cual, al presente, él no tiene sino la opción de montar solo. Los socialistas de todo lugar sin duda continuarán entusiasmándose, pero Venezuela al final irá por sí sola. |