Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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Hola Charlie Brown, Charles Schulz, Sparky
 
Por John Updike, originalmente publicado como “Sparky from St. Paul”, The New Yorker, 22 de Octubre, 2007. http://www.newyorker.com/arts/critics/books/2007/10/22/071022crbo_books_updike
 
 

Hay tanto que disfrutar y admirar en Schulz and Peanuts, una biografía de Charles Schulz escrita por David Michaelis. La historia básica, de cómo el hijo de un barbero de St. Paul, Minnesota, no conspicuamente dotado pero muy resuelto, se elevó hasta convertirse en el dibujante de tiras cómicas más rico de todos los tiempos, calienta el corazón de un modo tradicionalmente norteamericano. Michaelis, cuya anterior biografía estuvo dedicada al ilustrador y fundador de dinastías N. C. Wyeth, nunca conoció a Schulz pero ha entrevistado a casi todas las personas que se rozaron con el solitario y encerrado en sí mismo creador de Peanuts, y ha aprovechado bien las superabundantes entrevistas que el dibujante, celoso como era de su privacidad, dio a los periodistas:

El compromiso del dibujante con los periódicos venía en segundo lugar, luego del que tenía consigo mismo. Él veía como su obligación el conceder una entrevista a cada editor que le enviaba un reportero, sin importar cuán grande o pequeño fuera el diario. A lo largo de cinco décadas habló de su vida a través de la prensa y de Peanuts, y al responder lo que a menudo eran las mismas viejas preguntas, semana tras semana, año tras año, marcó cambios grandes y pequeños en sus creencias y opiniones, al mismo tiempo que acumulaba un vasto tesoro de comentarios acerca de su personalidad y su carácter.

 

Su personaje fue desarrollado en Minnesota, y Michaelis tiene un sentimiento que evoca ese periodo de la producción cultural norteamericana como el perfil eclesiástico de una ciudad del Medio Oeste de mediados de siglo.

Los veteranos [de la Guerra] que volvían a casa en una ciudad del Medio Oeste, encontraban las principales denominaciones cristianas claramente marcadas: la parroquia episcopal evocaba la tradición anglicana con su lujosa construcción mitad piedra, mitad madera; la basílica con domos de la catedral católica proclamaba su lugar en un orden universal; el luteranismo mostraba su estólida presencia con iglesias de ladrillo desplegando calladamente sencillas, útiles pancartas anunciando bingos y la venta de pasteles, con las torres de sus campanarios que culminaban en altas agujas góticas; las iglesias metodista y presbiteriana, una construida de piedra, la otra de madera, cada una elevaba una blanca aguja en las esquinas opuestas de una calle bien mantenida, Church Street invariablemente.

 
“Cuando era chico, creía que mi cara era tan sosa que la gente no me reconocería si ellos me vieran en otro lugar diferente al sitio donde normalmente me veían. Estaba sinceramente sorprendido cuando sucedía que estando en la zona del centro de St. Paul, de compras con mi madre, nos tropezábamos con un compañero de colegio o un maestro, y ellos me reconocían. Yo pensaba que mi apariencia tan común era un disfraz perfecto. Este tipo de pensamiento fue el que provocó la redonda y común cara de Charlie Brown”. Charles Schulz

En medio de toda esta pompa de denominaciones religiosas, Michaelis continúa para decir “la Iglesia de Dios no tenía un estilo definido ni una tradición arquitectónica. A las justas se anunciaba a sí misma”. Fue a esta incolora permutación de la cristiandad fundada en Indiana en 1881, a la que se vinculó el joven Schulz, convirtiéndose en un pilar de sus diezmos y en predicador a medio tiempo. En la juerguera hermandad de dibujantes establecidos en la ciudad de Nueva York, él era un antisocial, una rareza que no fumaba ni bebía. Nunca había asistido a una escuela de arte, y aprendió su arte cuando fue estudiante y luego instructor en un negocio de clases por correspondencia llamado Art Instruction. “Peanuts” fue lanzada en 1950, con un formato cuadrado ahorrador de espacio y bajo un enigmático título impuesto, para vitalicia indignación de Schulz, por los dirigentes del consorcio que distribuía la tira. Ese mismo año, su nominación a la Sociedad Nacional de Dibujantes fue bloqueada por Otto Soglow, el presidente del comité de admisión, por razón de que ningún miembro -- ni siquiera quien lo nominaba, Mort

Walker, afamado por “Beetle Bailey” -- lo conocía personalmente. En 1954, mientras “Peanuts” tomaba vuelo entre el público y establecía nuevos estándares de sutileza minimalista y de un callado atrevimiento, Schulz vino a la costa este a la cena de premiación de la Sociedad debido al rumor de que el ansiado premio Reuben, ya otorgado a Walker y a “Dennis the Menace” [Daniel el travieso] de Hank Ketcham, le sería entregado. En vez de ello, lo recibió el caricaturista de deportes Willard Mullin. Schulz salió sin una palabra de despedida para sus compañeros de mesa y dijo, de vuelta en Minneapolis, que había sido tratado como “un pariente pobre”.
 
La omnipresente magia de las tiras cómicas del siglo XX distribuidas por consorcio es esbozada con conocimiento por Michaelis -- desde “The Yellow Kid” y “Happy Hooligan”, hasta “Gasoline Alley”, “Blondie” [Lorenzo y Pepita] y “Joe Palooka”, pasando por “Lil’ Abner” y la primera tira que cautivó a los intelectuales, “Krazy Kat” -- no solo en términos históricos sino tal como las vivió el joven y ambicioso Schulz. Nacido en 1922, se volcaba sobre las páginas de las caricaturas, copiando “Popeye”
http://www.michaelbarrier.com/Interviews/Schulz/Schulz.gif

y “Tim Tyler’s Luck” sobre las cajas de camisas de su padre. Cuando, durante los años de la depresión, ganaba nueve dólares a la semana como tendero en una bodega, fue capaz de “trabajar con papel Bristol, tinta china Higgins y papel para sombrear Craftint”. Los secretos del oficio de dibujante de tiras cómicas fueron deslumbrantemente desplegados, cuenta Michaelis, en 1934, en una exposición sobre el arte de la tira cómica en una biblioteca pública de St. Paul.

Allí colgaban varios cientos de cartulinas con muchas capas de trazos con tinta densa, más puramente negra y cálidamente viva de lo que permitía cualquier proceso de grabado... Fuera de los paneles, crípticas instrucciones habían sido anotadas al margen con lápiz , flechas de color celeste dirigidas a capturar el ojo del editor. Al interior de los paneles, había inesperados restos del esfuerzo: manchas accidentales, manchas de goma, pedazos de cinta adhesiva, tiras de papel pegadas para corregir errores en los textos, letras sin borrar, marcas de materiales, residuos de gouache blanco, pentimentos que revertían todo tipo de deslices y falsos inicios: un completo mundo no visto de razonamiento y revisión había pasado sobre las cartulinas de dibujo antes de que la reproducción mecánica redujera y apretara las líneas.

Y, con todo, a pesar de la animación que pone el biógrafo a los ambientes profesionales y geográficos que moldearon a Schulz, éste permanece algo vacío y difícil de gustar, con un “lado frío, desconfiado”. Hijo único, era un estadounidense de segunda generación tanto por el lado alemán de su padre como por el lado noruego de su madre. Aunque firmaba sus dibujos simplemente como“Schulz” y había heredado la ética del trabajo, la pulcritud y el devoto orgullo profesional de su padre, él decía “Siempre me he considerado noruego y no alemán”. No obstante, en las reuniones familiares de los domingos lo asustaban los hermanos de su madre, bebedores en exceso, de carácter violento. Aunque los inmigrantes alemanes vivían atraídos por las ciudades y traían instituciones culturales con ellos, los noruegos, de acuerdo a Sinclair Lewis, nativo de Minnesota, “no trajeron nada nuevo”; se aferraron a sus granjas familiares y se casaron entre ellos, como los clanes. Ninguno de estos grupos étnicos ofrecía mucho aliento a las aspiraciones artísticas o a aspiraciones elevadas de cualquier tipo: “No seas presumido” era el mantra que se repetía hacia el norte del Medio Oeste [Minnesota, Wisconsin, Iowa, Indiana...]; los presumidos pequeñines de “Peanuts” surgieron como un desafío. Tampoco eran prominentes los despliegues del corazón; no había mucho contacto físico, nota Michaelis, en las fotos familiares ni en los recuerdos de Schulz. Cuando Sparky -- como se le llamó toda su vida, apodo que se le puso en la infancia por el caballo de carrera Spark Plug [bujía] de la tira cómica “Barney Google” -- regresó de la Segunda Guerra Mundial, en la que había visto el combate en ultramar, entró a la barbería de su padre y el corte de pelo en marcha continuó. “Nadie me dio un abrazo”, recordaba el joven veterano. “No tuvimos ninguna fiesta... Eso fue todo”. A su vez, Schulz fue cauteloso con sus propios hijos y se retraía ante el afecto físico; su prima Patty testificó: “Abrazarlo era como abrazar a un árbol; nunca se movía”. A inicios de su servicio durante la guerra, en 1943, llegó a casa un día, de paso a despedirse de su madre, quien estaba muriéndose dolorosamente de un cáncer cervical con metástasis. Según la narración de Michaelis “Él dijo que suponía era la hora de irse... Ella volvió la vista lo mejor que pudo. ‘Bien -- dijo ella -- adiós Sparky. Probablemente nunca nos volvamos a ver’ ”. Pocas veces se ha registrado una bendición más sombría desde un lecho de muerte.

El imperio “Peanuts”, al inicio como después, incluyó volúmenes empastados de las tiras cómicas y en algunas de ellos, notablemente en Peanuts Jubilee (1975), Schulz ofreció, con una prosa medida, sin pretensiones, retazos de autobiografía entre las selecciones de las reimpresiones de “Peanuts”. Su propia versión del adiós de su madre se lee ligeramente más suave que la versión de arriba: “Sí, supongo que deberíamos decir adiós porque probablemente nunca nos volvamos a ver”. En otro punto él se sumerge en su extraño sentido infantil de sí mismo:


Cuando era chico, creía que mi cara era tan sosa que la gente no me reconocería si ellos me vieran en otro lugar diferente al sitio donde normalmente me veían. Estaba sinceramente sorprendido cuando sucedía que estando en la zona del centro de St. Paul, de compras con mi madre, nos tropezábamos con un compañero de colegio o un maestro, y ellos me reconocían. Yo pensaba que mi apariencia tan común era un disfraz perfecto. Este tipo de pensamiento fue el que provocó la redonda y común cara de Charlie Brown.

Más adelante en la misma sección, escribe “Charlie Brown tiene que ser quien sufra, porque él es una caricatura de la persona promedio. La mayoría de nosotros estamos más familiarizados con perder que con ganar”: esto, de un hombre que estaba ganando cuatro millones de dólares en 1975 y que iba a recibir, en los siguientes veinticinco años, casi sesenta y dos millones al año como producto de la más difundida tira cómica distribuida por consorcio y de las sagazmente administradas licencias para mercancías relacionadas (ropa, libros, juguetes, tarjetas), publicidad (cámaras, autos, pasteles, seguros de vida), traducciones (árabe, vascuence, malayo, tlingit, gaélico), especiales de animación para la televisión y la comedia musical “Eres un buen hombre, Charlie Brown”, que pasó por cuarenta mil producciones que incluyeron a doscientos cuarenta mil diferentes actores. Detrás del soso rostro ardía un espíritu fieramente competitivo; cuando Snoopy luchaba con Charlie Brown por el papel estelar en la tira cómica, su creador se ufanaba, “Es el personaje más reconocido del mundo, mucho más que Mickey Mouse”, una expresión de gratuito desdén contra el más poderoso predecesor de la autoexplotación multimedia, Walt Disney.

Aunque bajo y delgado de muchacho, Schulz era un atleta apasionado que vivía esperando los juegos de béisbol después de la escuela, y llegó a ser segundo en el equipo de golf de la secundaria. De adulto mantuvo un bajo handicap (Michaelis, evidente extraño a la terminología, llama a Schulz “un jugador aficionado [scratch golfer] con un handicap de 5”) y jugó en el campeonato Crosby para invitados hasta que una agorafobia de la edad mediana restringió sus viajes. En un intento por recrear en el Norte de California los placeres de Minnesota, Schulz y su primera esposa, la emprendedora Joyce Halverson, construyó una elaborada pista de patinaje, la Redwood Empire Ice Arena, y allí, una vez, mientras Schulz jugaba en un equipo de hockey contrario al de su hijo Monte, “Monte se le corría a Sparky durante un juego, ante lo cual el padre le dio un golpe con el bastón por detrás de las piernas, tan fuerte que Monte tuvo problemas para caminar hacia los camerinos”. Todavía con el dolor en mente, años después, Monte le dijo a Michaelis “Él realmente me lesionó la pierna -- una roncha increíble”, y no recordaba “que su padre se disculpara sino hasta dos días después”. Tampoco Sparky, en la versión de Michaelis, “expresó remordimiento ni mostró pena” cuando, en 1970, Joyce descubrió, por una reveladora cuenta telefónica, su affaire con Tracey Claudius, una empleada de veinticinco años de la Fairchild Semiconductor Corporation que se había aparecido en una de las innumerables entrevistas a Schulz. Entrevistada ella misma años después, Tracey ofreció un meditado elogio de su anterior pareja: “Él... nunca se sobrepuso a sí mismo. Supongo que como nadie lo hizo el centro del mundo, él se convirtió en el centro de su propio mundo”. El propio autoelogio de Schulz es puesto así: “Me tomó largo tiempo convertirme en un ser humano”.

“Ella es alguien y yo soy nada”, dice Charlie Brown del objeto de su desesperanzado anhelo romántico, la Niñita Pelirroja. El joven Schulz fue invenciblemente casto y tímido. En 1941, cuando tenía diecinueve y en un cuartito del ático de sus padres trabajaba largas horas nocturnas en viñetas cómicas que Collier’s y el Saturday Evening Post fielmente rechazaban, su madre, la poco sofisticada y vivaz Dena, sugirió que quizá sus chistes no fueran lo suficientemente “impúdicos”. Después él confesó “No podría haber hecho un dibujo ‘impúdico’ incluso si lo hubiera intentado”. Él no podía ni siquiera decir “maldito” o “diablos”, como ocasionalmente lo hacía su remilgado padre. “Quizá se trata de un tipo de defecto fatal”, especulaba. En 1950, cuando una muchacha pelirroja lo agitó de modo que él la persiguió y se le propuso, ella se casó con un hombre virgen. La misma Joyce se había casado antes, a la edad de diecinueve; su primer esposo fue un vaquero de New Mexico que la dejó encinta y la abandonó tan pronto el bebé, una niña, nació en Minneapolis. Michaelis escribe “Cuando Sparky la conoció en la fiesta, Joyce tenía veintidós años de edad, era divorciada, tenía una niña y una hora límite para llegar a casa”. Ambas, ella y la segunda esposa están aún vivas, de modo que son vistas a través de una bruma de discreción. Él y Joyce se divorciaron en 1973, después de veintidós años y cuatro niños más; de principio a fin, ella era descrita por sus amistades como “el dinamo del dúo”: fresca ella y retraído él, aventurera ella y casero él. Ella lo sacó de St. Paul, contra las inclinaciones de Sparky, -- primero, fallidamente, a Colorado Springs y luego, permanentemente, a California -- probablemente para bien, puesto que él tuvo que reimaginar su niñez en lugar de meramente volverla a vivir (La explicación de Joyce de por qué regresaron de Colorado después de solo nueve meses fue que “Sparky no podía manejar las cosas lejos de su papá”).

Joyce vive en las tiras cómicas, afirma Michaelis, como la incesantemente atormentadora Lucy Van Pelt. Un colega de Schulz de Art Instruccion es citado: “Ella y Sparky eran una pareja divertida... pero había épocas cuando ella se era bien mala con él”. Para ser justos, su pasividad y su preocupación con su tira cómica podrían haber sido desquiciantes. Ambos querían más de lo que estaban obteniendo. En los años del matrimonio él se había convertido en un hombre apuesto, delgado, en forma, de cabello plateado, así como en una celebridad nacional enormemente rica, y las mujeres empezaban a notar señales. Jean Clyde, dieciséis años más joven que él, llevaba a su hija a patinar tres veces a la semana, y caminaba una vez por un café llamado El Cachorro Feliz (“La felicidad es un cachorro feliz”) donde Schulz, informalmente separado de Joyce en ese momento, desayunaba diariamente. Jean, “inteligente y, entre las mujeres en la vida de Charles Schulz, comparativamente educada” -- era hija de padres ingleses; había sido criada por su madre en un rancho de paltas del Sur de California y era esposa de un periodista guitarrista que se había dedicado a los negocios en bienes raíces. Aunque casados con otros cuando se conocieron, al año siguiente Schulz y Jean estaban divorciados y casados entre ellos. Se mudaron en lo que había sido la residencia de un obispo, completa hasta tener una gruta de oración.

La propia religiosidad de Schulz parece haberse desvanecido quedamente en el sol de California, aunque él continuaba contribuyendo con un panel para la revista de la Iglesia de Dios y por un tiempo enseñó en una Escuela Metodista Dominical de Sebastopol (California). Sus variadas entrevistas a diarios muestran las huellas de un retiro gradual. “No soy un creyente ortodoxo, y cada vez lo soy menos”. Robert Short, autor del inmensamente exitoso The Gospel According to Peanuts (1964) [El Evangelio según Peanuts], admitió: “Sparky... podía hablar como un conservador, pero... siempre había esa veta liberal y humanística bajo de la superficie”. En la tira cómica de Schulz, el episodio del Gran Zapallo, linda con la parodia si no la blasfemia, y a lo largo de su vida de manera renuente aceptó su propia falta de interés en la escuela dominical cuando era niño. Su hija Amy, quien finalmente se hizo mormona, se quejaba: “Nunca nos leyó [las Escrituras] ni nos llevó a la iglesia. No lo compartía con nosotros”.

Jean convirtió a Schulz de golfista en tenista. Mientras Joyce había gastado lo que le restaba de energías en arrebatos de construcción (ella se casó con el contratista de ambos un día después de que saliera el divorcio), Jean volaba en avión con su madre y viajaba por el mundo con los dos hijos que tuvo con el Sr. Clyde. Ella vio a su nuevo marido, que envejecía, pasar por un bypass cuádruple al corazón en 1981 que por un tiempo dejó ligeramente temblorosos los precisos y rápidos trazos de lápiz de Schulz, y luego por un cáncer de colon que se lo llevó, a comienzos de 2000, a la edad de setenta y siete. Su obituario apareció en los diarios del domingo el mismo día que su última tira cómica. “En el momento en que dejó de ser un dibujante, él dejó de ser”, escribe Michaelis. Por casi exactamente cincuenta años él había producido la tira solo: las ideas, las letras, cada una de las marcas sobre la cartulina Bristol eran de él. Incluso los pentagramas, de dibujo aparentemente mecánico que aparecen detrás de Schroeder sobre su piano de juguete, eran hechos a mano por el dibujante. “Yo trabajo completamente solo”, insistía. Amy recordó: “¿Fuimos todo para él? No. Su tira cómica era todo para él”.

Machaelis consiguió el permiso para reproducir doscientas cuarenta imágenes de las 17,897 tiras de “Peanuts”, para ilustrar cuán a menudo ellas derivaban cercanamente de la vida de Schulz. La inseguridad de Charlie Brown, sus anhelos, sus juegos de béisbol, su padre barbero, todo se remonta a St. Paul. Snoopy está cercanamente basado en un perro anormalmente listo de la niñez de Schulz, llamado Spike; cuando Dena moría, ella les dijo que si alguna vez iban a tener un perro, lo deberían llamar Snoopy: snupi es un término de cariño en noruego. Las fantasías del perro beagle acerca de la Legión Extranjera y sobre ser un as de la aviación de la Primera Guerra Mundial estaban basadas en películas de los años treinta en las que Schulz se había inmerso de niño en el cine Park Theatre de St. Paul. Más cercano a la adultez, su affaire con Tracey Claudius dejó huellas evidentes en la tira. Snoopy, escribiendo a máquina en el techo de su perrera, parodiaba las propias fervientes cartas de amor de Schulz. En una de ellas le escribió a Tracey: “Pelo oscuro y una nariz perfecta. Manos suaves que a veces son frías y a veces tibias”. Snoopy, recostado ensoñadamente sobre el techo de su perrera, piensa “Ella tenía las patas más suaves...(suspiro)”; en la tira apareció también el descubrimiento de Joyce de sus llamadas subrepticias, snoopizada, como también el recibo de la citación judicial en el caso de divorcio que ella subsiguientemente inició. Snoopy, como señala Michaelis, es un adulto con una vida sexual -- en la Granja de Cachorros Daisy Hill -- y con posesiones de adulto, incluida una mesa de billar, un estéreo y un van Gogh, arrimados de alguna manera en su perrera. Los episodios que lo incluyen vienen a reflejar los psicodélicos años sesenta y están relativamente libres del chismorreo y el amor no correspondido tristemente comunes en la población de niños de la tira cómica. Snoopy adquiere un conjunto de parientes de mala reputación basados en los parientes Halverson, y hay intervalos desérticos (con reminiscencias del surrealista hábitat de “Krazy Kat”) derivados del breve, pero de malos resultados, intento de los Schulz de trasladarse a Needles, en 1929-31, en la región del desierto de Mojave, en California.

“Peanuts”, por supuesto, fue más que una broma autobiográfica, como puede volverse a asegurar el lector, hojeando la lujosa edición de Peanuts Jubilee, o su menos lujosa y más bien entremezclada sucesora, veinticinco años después, Peanuts: A Golden Celebration. La elegante economía del dibujo y la desenfrenada inventiva de artefactos pictóricos tales como el enorme montículo del pitcher y la imposible perspectiva de la perrera de Snoopy, mantienen a unas pulgadas sobre el suelo los aspectos repetitivos, la tendencia a la conversación y la melancolía de la tira, y la salvan de cierta ligera enajenación. Con la introducción, en 1970, del amigo de Snoopy, el pequeño pajarillo amarillo Woodstock, Schulz se dio acceso a todo un fresco reino de ternura; por fin una suerte de paternidad se introdujo en la tira, donde los padres son invisibles. Con todo, al final, fue la corriente interna de aflicción personal -- los congelados recuerdos de la insacudible angustia personal de un perdedor escolar de primaria, un niño solo detrás de su irreconocible rostro soso -- lo que distingue a “Peanuts” y lo que le atrajo la devota lealtad de millones, incluidas la de futuras celebridades como los artistas Chip Kidd y Chris Ware, y escritores como Jonathan Lethem y Jonathan Franzen. Como Schulz dijo, la mayoría de nosotros estamos más familiarizados con perder que con ganar. “Peanuts” fue una creación única, una tira cómica en el fondo trágica.