Friedrich [N. del t. 1774-1840, pintor alemán representante del arte del paisaje simbólico, ver, p. ej. http://www.jim3dlong.com/1835_Caspar_
David_Friedrich
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A_Walk_at_Dusk-L400.jpg], enfrentando al hielo como si enfrentara a su juez.
El fiordo Ilulissat lleva hacia uno de los más poderosos glaciares del mundo, el Sermeq Kujalleq. Su parte frontal, en forma de acantilado, tiene tres millas de ancho y, contando su masa sumergida, casi una milla de alto. Los icebergs que vimos eran sus hijos, desprendiéndose, moviéndose imperceptiblemente hacia el océano, dirigiéndose al sur con la corriente para después, disminuyendo y perdiendo su masa de agua dulce, entrar en el Atlántico Norte. En los últimos veinte años, 20,000 kilómetros cúbicos de agua dulce han entrado de este modo en el Atlántico Norte. La descarga de agua de la capa de hielo de Groenlandia influye en el nivel y la temperatura del mar, en la dirección de las corrientes oceánicas, los vientos y el clima de todo el planeta. Desde la cresta de esas colinas en Ilulissat uno ve directamente uno de los cuartos de máquinas del mundo.
Sin embargo, el ritmo del motor ha cambiado. Este año, la capa de hielo del Ártico se encogió a un paso nunca antes visto. El día que estuvimos en Ilulissat, alcanzó el mínimo de verano jamás registrado, con solo 4.12 millones de kilómetros cuadrados, por debajo de los 5.9 millones del año anterior. El mínimo promedio de largo plazo es de 7.7 millones, pero en los últimos seis veranos la escala de derretimiento se ha agudizado y continúa ganando velocidad. Este agosto se abrió el Pasaje del Noroeste, alrededor de Canadá y Alaska hasta el Estrecho de Bering, y se vio libre de hielo por primera vez en siglos. En el continente canadiense, el “reverdecimiento del Ártico” ha comenzado, al paso que la línea boscosa avanza lentamente hacia el norte, reemplazando al hielo reflectante de la luz solar con el oscuro bosque que retiene la calidez y la radiación solar. La evaluación de 2007 hecha por el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático predijo que el Océano Ártico estaría libre de hielo en un verano de fines del siglo XXI. Solo meses después, todos se dan cuenta de que ésta fue una subestimación sin esperanzas.
La pérdida del hielo polar es lo suficientemente sombría. No obstante, los cambios que se inician en la capa de hielo de Groenlandia, que tiene dos millas de grosor, cubre 85 por ciento de la isla y forma así la más grande reserva de agua dulce de la tierra, podrían tener consecuencias incluso menos predecibles. Hay señales de que el hielo se está quebrando. Sus márgenes han comenzado a retirarse y cantidades colosales de agua derretida están penetrando en su base, donde se encuentra con la roca. Los sismólogos están ahora registrando lo que ellos llaman “terremotos glaciales”, a medida que la masa central empieza a desplazarse y separarse. Los glaciares que reptan hacia el mar simultáneamente se están retrayendo y acelerando. Cada verano, la lengua del glaciar Sermeq Kujalleq se encuentra más lejos del mar, pero el glaciar mismo -- la línea de producción de donde salen los icebergs que el glaciar lanza al mar -- repentinamente se está moviendo más rápido, de 8 kilómetros al año en 2003 a cerca de 15 kilómetros actualmente. Cada día, este fiordo bota al océano suficiente agua dulce como para aprovisionar a las más grandes ciudades de la tierra.
De vuelta sobre la borda del crucero noruego Fram, el simposio debatió las diferentes formas que el apocalipsis podría tener. “No sabemos cuán cerca estemos del borde de esta catarata”, dijo la Dra. Jane Lubchenko, de Oregon. Ella advirtió que la nueva precipitación de agua dulce podría conducir a un cambio en las corrientes del Atlántico Norte, incluyendo la Corriente del Golfo. El calentamiento global que ocurrió hace 12,000 años, después de la breve glaciación “Younger Dryas”, cerró la Corriente del Golfo por dos milenios. Robert Corell, director de Evaluación de los Efectos Climáticos Árticos, se burló de la predicción de una elevación del nivel del mar de 0.59 metros; ahora el número parece cercano al metro en el mejor de los casos, y mostró un mapa de qué es lo que le causaría esta elevación a Egipto, a las costas caspias y la Bahía de San Francisco. Svend Auken, ex ministro del medioambiente de Dinamarca, desechó el pronóstico de la Unión Europea de un incremento de 2º en la temperatura global. Éste sería de cerca de 6º, y las medidas propuestas para mitigarlo serían “tratar el cáncer con aspirina”; la solución basada en el comercio de derechos de emisión de carbono [N. del t.:de la Unión Europea: véase http://europa.eu/scadplus/leg/es/lvb/l28109.htm] se había “desdibujado en un ejercicio masivo de contabilidad creativa”.
Y así las malas noticias continuaron implacablemente. El Fram comenzó a elevarse un poco sobre el oleaje a medida que se dirigía al sur, rumbo al Estrecho Davis. Varios de los delegados se pusieron tan verdes como sus convicciones y desaparecieron bajo cubierta. Un pequeño grupo de ballenas pasó a una milla de la nave exhalando vigorosas columnas de aliento. Qué extraño es que la ciencia y la religión parezcan haber intercambiado lugares en este asunto del apocalipsis. Antes los sacerdotes habrían monopolizado las profecías del destino final. Hace cien años, o menos, la amenaza del calentamiento global contra la raza humana habría levantado un coro de sulfúricos sermones, insistiendo en que la pecaminosa satisfacción de los deseos y el lujo egoísta estaban cosechando al fin su propia recompensa. Habrían denunciado como crudas impiedades las sugerencias de los científicos de que el ingenio humano podría desviar la venganza del Señor. Sin embargo, son ahora los materialistas -- los biólogos marinos, los expertos del clima y los ecólogos -- quienes hacen llamados al público para que se arrepienta y entienda la justicia de su castigo. Y son los religiosos, si es que los peregrinos del Fram eran representativos, quienes proclaman que la batalla aún no está perdida, y que quienes se conviertan a una austera vida verde podrán todavía salvar el planeta y sus propias almas.
Además de los científicos y de los teólogos (dos imanes, un rabino y casi todos los tonos de cristiano), había groenlandeses a bordo. Para una población [N. del t.: 56,000, ver www.worldstatesmen.org]tan solo del tamaño de la de Inverness, desparramada alrededor de los bordes de la mayor isla del mundo, se había reunido un impresionante equipo de escritores, profesores universitarios, ministros del Territorio Autónomo de Groenlandia y clérigos luteranos, dirigidos por Sofie Petersen, obispa de Groenlandia, en su vistosa túnica neoinuit. Groenlandia, una resentida dependencia de Dinamarca, tiene su propio gobierno delegado para asuntos internos. Oficialmente, Dinamarca controla los asuntos externos y la seguridad. Esto no ha impedido que los groenlandeses nombren a su propio ministro del exterior, la sabia y cosmopolita Aleqa Hammond, cuyo ministerio ocupa un bungalow en Nuuk, la capital (El Ministerio de Asuntos Exteriores y de la Commonwealth de Londres nunca imaginaría compartir sus tareas con Holyrood, el Parlamento Escocés; se asume que la política externa es un “poder reservado” bajo la Ley Escocesa del Reino Unido, pero ¿cuántos diarios londinenses notaron que el nuevo gobierno del Partido Nacional Escocés calladamente nombró a Linda Fabiani ministra para Europa y asuntos externos?)
El hecho es que el calentamiento global independizará a Groenlandia. Este es un descubrimiento ligeramente vergonzoso para los groenlandeses, quienes tienen una instintiva simpatía por los guerreros ecológicos del resto del mundo (aparte de Greenpeace, odiada por arruinar el comercio en pieles de foca). El cambio climático ya está trayendo beneficios. El mero y el bacalao están de vuelta y maduran con rapidez; el pasto al sur de Groenlandia tiene una estación de crecimiento más prolongada, de modo que las ovejas no tendrán que comer forraje importado (Conocí a un granjero que intentaba criar ganado, y vi un campo sembrado con una magra cebada). Las papas se han hecho más fáciles de cultivar. La cubierta de hielo en derretimiento está produciendo ríos más grandes y pronto Groenlandia tendrá suficiente hidroelectricidad para renunciar al caro combustible fósil. La minería (oro, diamantes, carbón) de nuevo se ha hecho posible y la exploración petrolífera ha comenzado en zonas costeras recientemente abiertas.
Todo esto significa que pronto Groenlandia dejará de necesitar subsidios de Dinamarca, que se elevan a cerca de £300 millones de libras esterlinas al año, y que sostienen cerca de la mitad del presupuesto y son el último vínculo de Groenlandia con la “era colonial”. Una comisión conjunta ya está discutiendo los términos y plazos para la independencia, pero el gobierno de derecha de Dinamarca está poniendo dificultades. “No se inquiete”, dijo un inamistoso groenlandés. “De todos modos, pronto Dinamarca estará bajo el agua, de modo que no nos tendremos que preocupar”.
Todos los pueblos del Ártico se encuentran recibiendo ahora fuertes dosis de contaminación tóxica que desciende de la atmósfera. Sin embargo, los groenlandeses temen al calentamiento global por razones más emocionales que prácticas. Lo que los horroriza más íntimamente es el debilitamiento del hielo marítimo costero. Las mágicas blancas llanuras que alguna vez se abrían cada invierno, llevando encima a cazadores sobre trineos con perros para arponear o disparar a las focas, morsas y narvales, se están haciendo traicioneras o están dejando de formarse totalmente.
La mayoría de los groenlandeses, casi todos de ascendencia inuit con una mezcla de genes daneses y nórdicos, viven ahora en pequeños pueblos. Solo cerca de quinientos de ellos, arriba en el lejano norte, cerca de Qaanaaq y de la enorme base aérea estadounidense de Thule, aún viven exclusivamente como cazadores y recolectores. A pesar de ello, casi todos tiene padres o abuelos que fueron cazadores, y se asombran de qué irá a significar ser groenlandés si el hielo marino y su modo de vida, el campo de lucha de cuatrocientos años de historia inuit, se desvanece haciéndose un recuerdo. Sobre el borde del Ilulissat pasamos por un campo donde docenas de flacos huskies esperaban ladrando en sus perreras antes de que les pusieran sus arneses y los formaran en equipos de perros para llevar los trineos deslizándose sobre el hielo. Pero este invierno, y en los que vendrán, puede que el hielo nunca se haga lo suficientemente fuerte para sostenerlos. Los perros no tienen futuro.
Escuchamos historias acerca de amigos o conocidos que salieron en viajes en trineo para pescar o cazar focas y a quienes nunca se volvió a ver. Ahora éstas se han vuelto historias acerca de las víctimas del calentamiento global. Patricia Cochran, de Nome, Alaska, lloraba cuando contaba del final de su amiga Mary, quien desapareció entre un hielo “viejo” a medio derretir: “El aspecto y la consistencia de la tierra y el hielo son diferentes, hay nubes de moscas y peores tormentas; para nosotros el cambio climático es una peligrosa realidad”. No obstante, la muerte que viene cuando el trineo se sumerge bajo el hielo frágil ha sido siempre una parte de la dura experiencia ártica. El calentamiento global viene como una suerte de excusa, una explicación externa para el cambio, que evade el hecho de que la gente del ártico está eligiendo ella misma vivir de manera diferente, como el motor fuera de borda que reemplaza al kayak, como el vehículo de motor para la nieve empieza a reemplazar al trineo halado por perros, y como los hijos de los cazadores, quienes se mudan a edificios de concreto y trabajan en fábricas procesadoras de pescado.
Sobre la playa de un gran fiordo al sur de Groenlandia hay unas piedras derruidas con un patrón discernible: los restos de una casa y de un establo, y el terreno de una pequeña iglesia. Este fue Brattahlid, el asentamiento fundado por Erik el Rojo hace poco más de mil años, cuando se aventuró hacia el oeste de Islandia y descubrió una costa desconocida. Su hijo Leif fue a educarse a Noruega y disgustó a Erik al traer de vuelta la religión cristiana. Después, Leif, como su padre, se dirigió al oeste y fundó un asentamiento de corta vida sobre una costa incluso más distante donde crecían los árboles: “Vinland”, en Norteamérica.
La gente de Erik cultivó la tierra alrededor de Brattahlid por cuatrocientos años. Entonces el clima se enfrió, el hielo se desplazó hacia el sur y los pobladores fueron olvidados. Nadie realmente sabe qué pasó con ellos. Siglos después, cuando los europeos redescubrieron el lugar, había solamente ruinas silenciosas y un cementerio en los alrededores del sitio y la capilla hecha con madera varada en la playa que construyó la esposa de Erik, Tjodhilde. Los arqueólogos identificaron el lugar de la capilla y la casa de Erik, y llevaron los huesos a Copenhague, donde ahora reposan en cajas de cartón en algún sótano. Los groenlandeses, quienes abiertamente exigen la repatriación de los restos y reliquias inuit, no se preocupan de lo que suceda con los huesos de los “nórdicos”.
Hace algunos años, el lugar fue repoblado por groenlandeses criadores de ovejas, quienes construyeron un embarcadero y un pueblo llamado Qassiarsuk. Aquí desembarcó el Patriarca Bartolomé I y se trasladó en procesión hasta la cima de la colina, hasta las demarcaciones del sitio de la primera iglesia cristiana en el hemisferio occidental. Con la ayuda de un diácono vestido de negro, comenzó a cantar y a decir una misa ortodoxa mientras los curiosos habitantes se apretaban alrededor de él.
Su voz de bajo, fuerte y melodiosa, entonó una liturgia bizantina. Fue un momento peculiar, irreal. Detrás del patriarca había un enorme fiordo marcado con fragmentos de hielo; delante, una reseca ladera de rocas, turba y brezos marchitos. Se sentía y olía como un paisaje protestante más que uno griego, Butt of Lewis(Ness, Escocia) más que las colinas de Ática (Grecia). Me preguntaba qué estaba pensando la obispa Sofía, pero su callado rostro esquimal no dejaba notar nada. La teología ortodoxa, una religión de gente de mar, llena de imágenes relacionadas con el agua, lleva el sentido marinero de la unidad de toda la naturaleza. Quizá ella reflexionaba en que esa teología tenía algo en común con las creencias inuit, reconociendo las almas de las morsas, los acantilados, los vientos y las estrellas.
Algunos de nosotros trepamos a la colina hasta que el grupo alrededor de la capilla de Tjodhilde era una mancha de color sobre la playa verde gris. Desde ahí, una bandada de pardillos descendía hacia unos bacalaos puestos a secar clavados a unos postes, y un cuervo graznaba. Los inuit tienen otra creencia, no muy traducible, a la que ellos llaman “Sila”: la fuerza que trae cosas alarmantes, inesperadas. Las tormentas repentinas son parte de ella así como los cambios desastrosos en los hielos, las migraciones del caribú hasta fuera de todo alcance. Sila es también un espíritu y ocasionalmente advierte de su venida a los hijos del shamanismo.
Allá abajo, unas pocas piedras patéticas cuentan la historia de una comunidad que no escuchó las advertencias de Sila y desapareció porque no se adaptó al cambio climático. Los nórdicos eran campesinos de subsistencia europeos. Cuando el frío y la oscuridad se arrastraron sobre ellos, y perecieron sus bestias y sus cultivos, ellos podrían haber adoptado el estilo de vida y el equipo de sus vecinos esquimales, y sobrevivido como cazadores recolectores. Pero ellos no lo hicieron o no pudieron hacerlo y en algún momento a inicios del siglo XV, el último de ellos murió.
Algunos efectos del cambio climático pueden evitarse: el agujero de ozono se está cerrando y los bosques lluviosos aún podrían salvarse. Algunos efectos pueden ser mitigados con medidas como cortar las emisiones de carbono y ahorrar energía. No obstante, más y más efectos se están haciendo inevitables y sólo pueden combatirse por medio de la adaptación. Debemos prepararnos para la elevación en el nivel de los mares, las nuevas arideces, las necesarias migraciones. Y al menos podemos estar mentalmente listos para la avalancha de lo inconocible, los resultados compuestos de la transformación colosal y acelerada que se verá en el Ártico.
Adaptarse no es rendirse sino superar, como lo ha mostrado la supervivencia de los inuit a lo largo de continuos cambios climáticos. Y es importante no identificar “el destino de la tierra” con la crisis que enfrenta nuestra especie en particular. La tierra y su biosfera continuarán, pero en una forma que encontramos hostil. Un joven intelectual groenlandés dice esto brutalmente: “La vida en el planeta no podría preocuparse menos con lo que está sucediendo. La cosa es que nosotros, los humanos, podamos ajustar nuestra propia forma de vida”. |