Schleifer acepta que, como la mayoría de esos lugares, que se ubican “en algún lugar entre la democracia de libro de texto y un autoritarismo completamente desarrollado”, Rusia puede no ser una sociedad particularmente segura o justa, pero -- y esto es lo que importa -- es lo que se espera dentro de su rango global, lo cual, dados los restos dejados por el comunismo, es un logro destacable. Para muchos rusos, ser felicitado por elevarse a la compañía de los turcos o los mexicanos podría dejar sentimientos encontrados. Pero al bajar los estándares de las comparaciones relevantes se puede llegar a una conclusión inequívocamente afirmativa: Rusia es un país perfectamente normal para su nivel de desarrollo. Es excepcional solo en los desafíos estructurales que ha tenido que vencer para llegar ahí y es muy inusualmente admirable.
Pocos veredictos son tan animosos como ese. Más común es el enfoque a encontrarse en quienes escriben para el Financial Times, otro inversionista en la nueva Rusia con una inversión conjunta en los medios, quien ha dedicado una gran atención al país, promocionando constantemente sus perspectivas al tiempo que expresando su debido pesar por las sombras o los efectos laterales del progreso. Inside Putin’s Russia [Al interior de la Rusia de Putin], por Andrew Jack, corresponsal del diario en Moscú, ilustra el género. Se acuerda un espacio decente a las fallas del régimen y se expresa una apropiada ansiedad acerca del futuro de las libertades bajo éste, sin ahondar innecesariamente en ellas: “criticando sin animosidad y disculpando las peculiaridades de la historia y la cultura”, como dice el Financial Times. Chechenia, inevitablemente, figura prominentemente entre las disculpas. Jack explica que es equivocado culpar excesivamente a Putin, él mismo un “prisionero del Cáucaso”, por una situación “por la que Chechenia y Rusia han estado en uno u otro tipo de guerra desde que las dos culturas colisionaron por primera vez hace tres siglos”: eufemismos para ubicarse en algún tesoro universal de la apologética colonial. Los resultados del conflicto pueden ser desafortunados pero éste es un detalle secundario. Lo que importa es la hoja del balance del “autoritarismo liberal” de Putin. Aquí, la piedra de toque es por completo reconfortante. Al construir una sociedad “infinitamente mejor para sus ciudadanos y socios extranjeros que la URSS”, Putin ha logrado lo esencial: él ha “cimentado la transición del comunismo al capitalismo de un modo que ninguno de sus predecesores fue capaz de lograr”.
Por supuesto, puesto que los derechos de propiedad permanecen inseguros y la justicia es arbitraria, continúan existiendo motivos de preocupación. Delicadamente, Jack arriesga la idea de que, a pesar de sus logros, “el compromiso de Putin con la democracia y la reforma del mercado, es cuestionable”. Un tipo más robusto de optimismo fue expresado por el fallecido Martin Malia. Autor de The Soviet Tragedy -- una apasionada requisitoria al bolchevismo desde la derecha liberal, ideológicamente paralelo a Past of an Illusion [El pasado de una ilusión] de François Furet (ambos fueron amigos cercanos) pero intelectualmente todo lo que éste no es, un trabajo de brillante imaginación histórica --, Malia, después de apoyar a Yeltsin, no se rehusó ante el sucesor de éste. No había oportunidad, explicó, de que Putin pudiera revertir a un autoritarismo tradicional en la Rusia de hoy, dado que el camino a la modernización ya no recorría el camino del poder militar-burocrático con una impronta zarista [petrine en el original] y menos aún estalinista. Se requería más bien de altos niveles de educación y de inversión extranjera para que Rusia compitiera en los terrenos relevantes del enfrentamiento contemporáneo, no campos de batalla sino mercados globalizados. Había pocas razones para estar adiestrado para el estilo de manipulación política de Putin, mucho más parecido a los de Bismarck o Giolitti en su tiempo. Los temores de una renovación de la represión fueron desplazados. La comunidad internacional ya no toleraba las violaciones flagrantes de los derechos humanos, como lo habían mostrado Bosnia y Kósovo. El conflicto en Chechenia era una excepción porque ahí estaba en juego el “honor nacional” más que la “integridad territorial” de Rusia. Pero, ahora que el hecho ya estaba dado no habría necesidad de repetirlo. “A medida que la guerra de Chechenia desaparece en el pasado, la presión sobre Rusia para observar las nuevas y más altas normas de moralidad cívica e internacional evitarán a Putin hacer cualquier cosa extrema”.
Malia ofreció esta absolución en abril de 2000. Siete años de tortura y matanzas después, las normas de moralidad -- después de Grozny, Bagdad -- se han avinagrado y el pasado no ha pasado. Sería equivocado decir que ninguna opinión autorizada de Occidente lo hizo mejor. Entre los periodistas, los corresponsales del Washington Post Peter Baker y Susan Glasser, han producido un estudio contundente de la nueva Rusia, Kremlin Rising [El Kremlin en ascenso], que expone a vergüenza a los mitigadores del Financial Times.[i]Richard Pipes entre los historiadores, al unísono con Malia en su hostilidad hacia el comunismo, pero en temperamento y visión su completo opuesto, ha dado una nota característicamente disonante. Mientras Malia creía que esencialmente era la Primera Guerra Mundial lo que había sacado a Rusia del desarrollo normal occidental, al que ahora podía reunirse, Pipes siempre ha sostenido que las raíces de la tiranía soviética yacían en antiguas tradiciones de la cultura política rusa, una idea que recientemente él ha reiterado en una elegante monografía, Russian Conservatism and Its Critics [El conservadurismo ruso y sus críticos].[ii]
En esta visión, el régimen de Putin ocupa un lugar natural. Los rusos, dice el argumento, careciendo de cohesión social o nacional, de un entendimiento de la propiedad o de la disposición a la responsabilidad, cínicos acerca de la democracia, cautelosos el uno del otro y temerosos de los foráneos, continúan valorando el orden por sobre la libertad. Para ellos la anarquía es el peor mal; el gobierno autoritario, la condición para una vida apacible. Putin es popular, Pipe ha explicado en Foreign Affairs, “precisamente porque ha reinstalado el modelo tradicional de gobierno de Rusia: un estado autocrático en el que los ciudadanos son liberados de las responsabilidades de la política y en el que imaginarios enemigos extranjeros son invocados para falsificar una unidad artificial”. Esos sombríos pensamientos, al otro lado del espectro de la feliz aclamación de Schleifer, son menos bienvenidos por las cancillerías occidentales. En ellas, las relaciones constructivas con Moscú, intactas a lo largo de la guerra en Chechenia, son a prueba de embarazosos acontecimientos menores como el asesinato de un crítico o el envenenamiento de un tránsfuga. Un billonario inversionista en propiedades es digno de un tribunal de la ONU; ¿a quién le importan una periodista descarriada o un emigrado? Notando con alivio que en la investigación sobre [el envenenado] Litvinenko, los testigos son inaccesibles y la extradición impensable, The Economist les ha dicho en confianza a sus lectores que “tales frustraciones pueden no ser todas malas”, puesto que la preocupación más grande de los “diplomáticos británicos” no es que Scotland Yard sea confundida por los rusos sino que pueda tener éxito”.
Demasiado se ha invertido en el triunfo sobre el comunismo para que haya dudas más profundas sobre el destino de Rusia. Las manchas son normales o superables en esta etapa del desarrollo; o ellas son lamentables pero inevitables costos del progreso capitalista; o ellas son endurecidos vicios de la larga duración [longue durée, en el original]. Que Occidente mismo pudiera estar implicado en lo que no encaja, puede dejarse de lado. El embajador de EEUU en Moscú a fines de los 80, Jack Matlock, ha explicado por qué: “los presidentes Reagan y Gorbachev, en efecto, cooperaron en un escenario, un plan para reformar la economía, el que fue definido inicialmente por Estados Unidos. El plan fue diseñado por Estados Unidos pero con la idea de que no debería ser contrario a los intereses de una Unión Soviética pacífica”. Gorbachev “adoptó la agenda de EEUU definida por Washington, sin atribuírsela, por supuesto, como plan suyo”. Una supervisión adulta -- el término una vez empleado por otro enviado de EEUUU, Zalmay Khalilzad para Kabul y Bagdad, para describir la relación de su país con el mundo en general -- fue incluso más estrecha bajo Yeltsin. Según estas luces, si algo sale mal, ciertamente los progenitores no tienen la culpa. Véase Irak ahora.
En el funeral de Politkovskaya , las tres principales fuerzas tras el régimen de Yeltsin se hallaban todas juntas. Dos de ellas, hipocresía obliga: Occidente, en las personas de los embajadores norteamericano, británico y alemán; y los oligarcas, por persona interpósita [par personne interposée, en el original], en la figura de Chubais, para los rusos más odioso que los oligarcas mismos por ser su proxeneta. La tercera fuerza, en auténtica aflicción, esperando afuera: la andrajosa conciencia de la intelligentsia liberal. En 1991, de todos los grupos locales, fue principalmente este estrato el que ayudó a Yeltsin a llegar al poder, confiado en que al hacerlo estaba finalmente trayendo la libertad política a Rusia. Agrupada alrededor de la presidencia a inicios de los 90, cuando esta intelligentsia ocupaba muchos puestos en capacidad de diseñar políticas, ofreció la crucial legitimación democrática del gobierno de Yeltsin hasta el final. Desde 1917 los intelectuales no habían jugado un rol tan central en el gobierno del país.
Quince años después, ¿qué ha sido de esta intelligentsia? Económicamente hablando, gran parte de ella ha caído víctima de lo que les costó ser los cimientos de la libertad por venir, pues el mercado ha pasado la guadaña por sus soportes institucionales. En el sistema soviético, las universidades y las academias estaban decentemente financiadas; las casas editoras, los estudios de cine, las orquestas, todos recibían un substancial financiamiento estatal. Estos privilegios venían con el costo de la censura y de una buena dosis de confort. Pero la tensión alimentada por los controles ideológicos solo mantuvo vivo el espíritu de oposición que había definido a la intelligentsia rusa desde el siglo XIX y que por largos períodos había sido su virtual razón de ser.
Con la llegada del neoliberalismo, este universo colapsó abruptamente. Hacia 1997, el presupuesto para la educación superior había sido reducido a una doceava parte de su anterior nivel soviético. El número de científicos cayó en cerca de dos tercios. Actualmente, Rusia gasta apenas 3.7 por ciento de su PNB en educación, menos que Paraguay. Los salarios universitarios se hicieron irrisorios. Hace solo cinco años, los profesores universitarios ganaban $100 dólares al mes, forzándose a trabajar de noche para pagar las cuentas. Los maestros de colegio estaban aún peor: incluso ahora, los salarios promedios en educación son solo dos tercios del promedio nacional.
De acuerdo al Ministro de Educación mismo, solo entre 10 y 20 por ciento de las instituciones rusas de educación superior han preservado los estándares soviéticos de calidad. El estado provee ahora menos de la mitad del presupuesto de ellas. Los sobornos para pasar los exámenes son un lugar común. En la prensa y en el mundo editorial, que habían visto un crecimiento explosivo en los años de la perestroika, después de 1991 la circulación y las ventas se redujeron sin contemplaciones, a medida que los costos del papel se iban por las nubes y los lectores perdían interés en los asuntos públicos. Argumenty i Fakty, bajo Gorbachev el semanario de más amplia circulación en el país, vendía 32 millones de copias en 1989. Ahora ha bajado a cerca de tres millones.
Por un tiempo, incluso con las ventas reduciéndose, los mejores diarios ofrecían una vivaz variedad de reportajes y comentarios en los que muchos buenos periodistas se ganaban sus galones. Sin embargo, a medida que las luchas faccionarias brotaron en la corte de Yeltsin y se ajustó el control sobre los medios por parte de los diferentes oligarcas, la corrupción de todo tipo se difundió por la prensa, desde los sobornos y el kompromat, hasta una abyecta propaganda para el régimen. En esta atmósfera, se siguió en una carrera hacia lo hondo, en la que los diarios amarillos más crudos, dedicados al sensacionalismo y las celebridades, predeciblemente, salían triunfantes. Mientras, la prensa impresa como un todo, perdía importancia ante la televisión. Inicialmente una fuerza dinámica para despertar y movilizar a la opinión pública -- jugó un papel clave en el derribamiento del viejo orden en agosto de 1991 -- la TV rusa comenzó con un alto nivel de habilidades profesionales y ambiciones públicas. Tan despreciado se ha hecho este medio entre la gente educada, que Rusia debe ser el único país en el mundo actual donde a uno regularmente se le dice, con una mirada de desdén ante la pregunta, como si no se tuviera que explicar, que quien habla no tiene televisor en la casa.
Todo esto fue suficientemente desmoralizador para una intelligentsia que, cualesquiera fueran sus disputas internas, siempre había asumido naturalmente su rol como portadora de cultura [Kulturträger, en el original]. Sin embargo, con la hambruna de las universidades, la declinación de la prensa y la infantilización de la televisión, vino un altercado adicional. Por primera vez en su historia, el dinero se convirtió en el árbitro general de la riqueza intelectual. Estar necesitado era ahora ser un fracaso, evidencia de una incapacidad de adaptase creativamente a las exigencias de la competencia. Empujados por las dificultades económicas, arrebatados por la tentación del éxito, muchos de quienes fueron formados como eruditos o artistas se dirigieron a inversiones en negocios de un tipo o de otro, a menudo de dudosa legalidad. Algunos de los oligarcas comenzaron así. El espectáculo de esta emigración hacia un universo de oscuros manejos bancarios y comerciales, de “tecnología política” (manejo de campañas electorales y arreglo de elecciones) y de saqueo de los bienes públicos, afectó a su vez a quienes se quedaron atrás. Otros, quienes tenían habilidades científicas especializadas, consiguieron mejores trabajos en el extranjero. En estas condiciones, a medida que los valores comunes que los mantenían juntos, se corroían, el sentido de identidad colectiva que distinguió a la intelligentsia tradicional ha sido constantemente debilitado.
El resultado es un escenario cultural más fragmentado y desconectado que en ninguna época de la que se tenga memoria. El colapso del sistema centralizado de distribución de libros y revistas que existía en la Unión Soviética ha creado dificultades para los editores independientes, dejando el campo fuera de Moscú y San Petersburgo a cuatro o cinco grandes casas comerciales que poseen sus propios distribuidores en las provincias, publicando en su mayor parte literatura basura a la vez que pescando contratos con el gobierno para publicar libros de texto. La empresa literaria más significativa es Novoe Literaturnoe Obozrenie, que comenzó en 1992 y ahora es la principal revista literaria de Rusia, cuya pequeña rama editora de libros produce cerca de 75 títulos al año, concentrándose en las humanidades. Fundada y dirigida por Irina Prokhorova, hermana de un magnate que es socio de Potanin en la empresa Lorilsk Nickel, también administra una revista cultural-política, Neprikosnovenny Zapas (“Equipo de emergencia”), que ofrece un foro para el debate intelectual y que acaba de lanzar -- señal de los tiempos -- una lujosa revista sobre teoría de la moda. El intento más coherente de crear algo equivalente a un medio como la Edad de Plata de fines del siglo pasado, el proyecto de Novoe Literaturnoe puede ser considerado como un modesto oasis de reflexión en un escenario crecientemente chabacano. Por la misma razón, sin embargo, permanece como un enclave, liberal en su temperamento, pero separado de la política misma. A su izquierda, ha surgido una dispersión de pequeñas y sin duda en su mayoría pasajeras casas editoras, y se puede ver ramitas de una contracultura radical. En el mismo centro de la ostentación de la Nueva Rusia, en Moscú, escondida escaleras arriba en una calle lateral justo detrás del grosero desfile de tiendas de lujo en la calle Tverskaya, la desastrada librería Phalanster está a la altura de sus tonos fourieristas: afiches de Chávez, traducciones del Che, biografías de Bakunin, al fin -- acabada de salir --, la edición rusa de la obra maestra de Deutscher, su trilogía sobre Trotsky, todo esto en medio de otro tipo de literatura seria.
Fuera, la calle Tverskaya con sus boutiques y cadenas de tiendas, pone el tono. La cultura de la restauración capitalista mira hacia atrás, lógicamente, al universo de objetos de fines del zarismo, cuyos chillones emblemas están por doquier. Moscú retiene su belleza otoñal, incluso a pesar de que como en todos los demás sitios -- Weimar o Praga --, la demasiada pintura tienda a hacer más ordinarios los edificios viejos en lugar de revivirlos. Ahora, sin embargo, está encubierta en una niebla de kitsch, como finos antiguos objetos envueltos en un papel grasiento. La ciudad se ha convertido en la capital del mal gusto, donde incluso lo posmoderno puede parecer una caricatura de sí mismo. Toda esta chafalonía refleja el panorama dominante del imaginario. En unos pocos años, Rusia ha engendrado una cultura masiva fijada sobre falsas versiones del pasado dinástico. El autor más exitoso del país, Boris Akunin, escribe novelas de detectives ambientadas en el último tercio del siglo XIX. Entre otras conmovedoras hazañas, su honrado héroe Erast Fandorin frustra una conjura para condicionar la coronación de Nicolás II al pago de un rescate.
Desde 1998 se han vendido más de 15 millones de copias de la serie de Fandorin y les han seguido éxitos taquilleros. El Consejero de Estado, en la que Fandorin rescata el trono, tiene como estrella al actor / cineasta ruso favorito, Nikita Mikhalkov, un ardiente monarquista que hace el papel de Alejandro III en su propia taquillera película, El Barbero de Siberia. Mikhalkov es un personaje de la medianía cultural; pero en un nivel más alto, Alexander Sokurov, el principal director de cine artístico, reproduce casi la misma sensibilidad en su película El Arca rusa, donde un pomposo y farfullante marqués de Custine conduce a una variopinta compañía de personajes históricos, en un movimiento continuo de cámara en 360º alrededor del Hermitage que concluye con una sensiblera escena de la corte de los Romanov en la trágica víspera de su caída, digna de la serie Sissi (En El sol, con un movimiento de cámaras más sorprendente y con un sentimentalismo aún más enfermizo, nos presenta la callada dignidad y humanidad de Hiroito, cuando conversa con un comprensivo MacArthur).
Esta vena dominante del fausto perdido [poshlost en el original] cubre hoy la gama desde lo folletinesco hasta las formas estetizantes, pasando por el mercado medio, pero es lo primero lo que es de lo más revelador de las mutaciones de la cultura en general, puesto que, característicamente, un fenómeno como el de la serie de Fandorin no es producto de un John Grisham o un Stephen King rusos. Boris Akunin es el seudónimo del filólogo profesional y traductor de japonés clásico Grigory Chkartashvili, inspirado -- él afirma -- en Griboedov, Lermontov, Tolstoy, Dostoevsky. Su héroe combina características de Chatsky, Pechorin, Andrei Bolkonski y el príncipe Myshkin, con un toque de James Bond para darle un giro especial. Coqueteando a la manera de un Vladimir Propp en sus años finales, se ha propuesto ilustrar los 16 posibles subgéneros de la ficción del crimen y los 16 tipos de personaje que se encuentran en ella. Novelas folletinescas enormemente exitosas publicitadas como ficción seria y producida por escritores provenientes de la elite serían una anomalía en Occidente, si exceptuamos a un solo best seller, nunca repetido, de Umberto Eco, aunque se encuentra un cercano paralelo en las astronómicas ventas y la posición del principal profesional de la ficción sobre artes marciales de China, Jin Yong, quien tiene varios puestos honorarios en universidades de la República Popular China. En Rusia, es un patrón: los intelectuales del más alto nivel que se sacan la lotería con la literatura del más bajo nivel -- Akunin no está solo -- son una de las arrugas del encuentro entre la intelligentisia y el mercado.
La pobreza de toda esta cultura retrozarista refleja la imposibilidad de cualquier reapropiación significativa del mundo de los Romanov. El viejo orden incubó un capitalismo de trazos toscos, pero éste mismo permaneció patrimonial hasta el final, dominado no por comerciantes o empresarios industriales sino por nobles y terratenientes. Ninguna memoria viva se conecta con ese pasado: es demasiado diferente y demasiado remoto del presente para servir más que como un pezón sustituto. El pasado soviético, por otro lado, sigue siendo de lo más inmediato y, por eso, para decirlo de otro modo, inmanejable. Con pocas excepciones la intelligentsia lo repudia por completo. La población, por otro lado, está profundamente dividida: entre quienes lamentan la caída de la URSS, quienes la celebran y -- quizá la mayoría -- quienes tienen sentimientos encontrados o ambivalentes. La Unión Soviética no era el Tercer Reich, y hay pocas señales de cualquier reconciliación con el pasado en términos alemanes [Vergangenheitsbewältigung, en el original:]. En la cultura en general, las tensiones de la memoria social han producido una amnesia con lapsos.
Ciertamente, esas tensiones no han silenciado a las artes. La ficción dirigida a algo más que el entretenimiento nunca ha evitado la experiencia soviética. Desde los 90, sin embargo, las representaciones de ésta han tendido ha volatilizarse en la licuadora del des–entendimiento que tipifica a gran parte de la literatura actual. La ficción rusa ha tenido siempre fuertes variedades de lo fantástico, lo grotesco, lo sobrenatural y lo utópico, en una línea que incluye no solo a Gogol y Bulgakov -- actualmente los dos maestros más en boga -- sino a personajes tan diversos como Chernyshevsky, Leskov, Bely, Zamiatin, Nabokov, Platonov y otros. Lo que es nuevo en las versiones actuales de esta tradición es su cóctel de géneros heterogéneos y tropos de una realidad alternativa que buscan maximizar la provocación y la expatriación [dépaysement en el original]. Sin embargo, tal ingeniosidad formal, a pesar de lo asombrosa, tiende a dejar sus objetos curiosamente intocados. Las mismas técnicas pueden disponer igualmente de las realidades comunista y poscomunista como un simple continuum. En el trabajo más lírico de Viktor Pelevin, La ametralladora de arcilla, la Cheka de la Guerra Civil, el bombardeo de la Casa Blanca rusa y la mafia rusa contemporánea danzan y se funden en las mismas fantasmagorías. En sus mejores aspectos, tal literatura es espléndidamente acrobática. No obstante, satírica y juguetona, la mayoría de ella es demasiado de peso ligero para adentrarse en las estructuras más profundas del sentimiento acerca del pasado.
El campo académico es otra historia. Ahí, las tensiones en el sentimiento público a menudo parecen haber tenido el efecto de aislar selladamente la experiencia soviético como un área radiactiva para la reflexión o la investigación seria. En las universidades, los estudiosos prefieren concentrarse en épocas anteriores a la Revolución. La situación de la primera autoridad de Rusia en el período estalinista, Oleg Khlevniuk, es expresiva. Un joven historiador del partido reducido a la penuria con el colapso de la URSS, él fue salvado casi accidentalmente de tener que intentar su suerte en los negocios gracias a un contrato de investigación con el Centro Birmingham para los Estudios Rusos y de Europa del Este. Quince años después, aún depende esencialmente de becas occidentales. La historia del Gulag fue publicada por Yale y ha sido traducida a varios otros idiomas occidentales. Increíblemente, no tiene una edición rusa.
Desde antecedentes opuestos, Nikita Petrov fue un juvenil disidente y uno de los primeros organizadores de Memorial, la organización cívica de la era del glasnost. Después, tras ser escogido como un demócrata radical para la comisión establecida por Yeltsin para ofrecer evidencia para la proscripción del Partido Comunista de la Unión Soviética como organización criminal, se le dio acceso a los archivos de la policía secreta, de los cuales hizo un buen uso académico. Su último libro es una biografía del jefe de la KGB de Khrushchev, Ivan Serov. Actualmente, Memorial es una sombra de su anterior ser: no es más un movimiento político sino una institución residual financiada por Occidente, en medio de la indiferencia general para con su trabajo por parte de la población rusa. En cuanto a la investigación, desde mediados de los 90 los archivos sensibles han sido esencialmente cerrados -- solo cerca de veinte páginas diarias de los archivos personales de Stalin son puestas a disposición; para los treinta años de su poder, esto es una fracción de lo que genera cualquier gobernante moderno -- y los burócratas de nivel medio obstruyen cualquier búsqueda posible de afrontar el nuevo nacionalismo. En realidad, sin embargo, resalta Petrov, ahora hay poco interés en el estudio crítico del pasado soviético; las revelaciones de sus crímenes ya no tienen ningún efecto. El gran trabajo de Petrov sobre Yezhov, escrito con el estudioso holandés Marc Jansen -- un asombroso retrato del hombre y su tiempo -- nunca ha encontrado un editor en Rusia. ¿Pueden los costos de la traducción ser la única razón? En su opinión, el humor popular actual es el de una apática nostalgia por el estalinismo. En 1991, Petrov no podría haber imaginado que tal giro político sería posible.
Económicamente, culturalmente, psicológicamente, la intelligentsia rusa ha sido fragmentada por los cambios de los últimos quince años. El término mismo es ahora repudiado por aquellos para quienes les resuena demasiado a una identidad común y a un pasado revolucionario: los intelectuales contemporáneos deberían rechazar el tradicional término sospechoso intelligent en favor del neologismo intellektual, de un más saludable origen norteamericano, para denotar al nuevo individuo de mente independiente, separado del rebaño colectivo del pasado. En sí mismas, tales disociaciones tienen una larga historia y se remontan al menos a las denuncias de la intelligentsia radical hechas por Vekhi, el famoso simposio de escritores despechados por la revolución de 1905, quienes podrían ahora ser llamados neoconservadores, aunque entonces eran casi todos liberales. Actualmente, el cuestionamiento vigoroso de las imágenes que de sí tiene la intelligentsia pueden encontrarse a lo ancho de todo el espectro, aunque los ataques contra su rol histórico nuevamente se dan principalmente en las revistas liberales -- el debate de otoño en Neprikosnovenny Zapas es un ejemplo. No obstante, su contexto se ha alterado. Los acontecimientos de 1991, no aquellos de 1905-7, constituyeron la primera revolución que los liberales podrían llamar propia. Políticamente, entonces, ¿cuál es la posición del liberalismo ruso?
La hostilidad -- a menudo y en privado, hostilidad verbalmente extrema – contra el régimen de Putin está difundida, aunque haya poco de oposición pública. La razón no es solo el temor, aunque éste exista. Es también el conocimiento, que puede ser solo a medias reprimido, de que la intelligentsia liberal está involucrada por ella misma en el haber traído a la existencia lo que ahora tanto le disgusta. Al aferrarse por largo tiempo a Yeltsin, después de que la ilegalidad y la corrupción de su gobierno fueran evidentes, en nombre de la defensa contra un comunismo desarmado, destruyó su credibilidad a ojos de gran parte de la población, solo para encontrar que Yeltsin le había pasado el bulto a Putin. Ahora, con una mezcla de mala conciencia y mala fe, lucha para formar una historia coherente de los cambios.
¿Por qué, se queja a menudo la gente de estos círculos, los medios occidentales describen los 90 como una época de caos, crimen y corrupción, estereotipos negativos de todo tipo, cuando en realidad fue la época más libre y mejor de la historia del país, y tratan a la Rusia actual como una democracia cuando “vivimos bajo el fascismo”? Es verdad, ciertos intelectuales también se han dedicado a denigrar los 90, pero eso es por resentimiento por haber perdido la privilegiada vida que disfrutaban bajo el sistema soviético, cuando tenían cómodos salarios y apartamentos, y no tenían que hacer nada, mientras ahora tienen que encontrar algún trabajo genuino en el mercado. ¿Y qué hay entonces con las continuidades institucionales entre los regímenes de Yeltsin y Putin? Oh, eso. Nuestro error fue el haber sido demasiado inocentes acerca del tipo de sociedad humana que el sistema soviético había creado, la que rápidamente se reconsolidó y produjo a Putin quien, en todo caso, “no es el peor” que esa sociedad podría haber vomitado. En otras palabras, todo lo que haya salido mal en Rusia no es culpa de Yeltsin ni de ellos mismos.
Estaba claro desde el primer momento del golpe de agosto [de 1991, que se oponía al nuevo tratado de Unión de Gorbachev] que una prueba del nuevo liberalismo ruso sería su manejo de la cuestión de las nacionalidades, en el que los viejos -- Vekhi y sus secuelas -- habían fallado. Durante la primera guerra chechenia, este nuevo liberalismo se liberó de los cargos honorablemente, oponiéndose a la invasión rusa y celebrando que Rusia aceptara su derrota. Pero la segunda guerra chechenia le rompió el espinazo moral. Siguieron unas pocas protestas, pero en gran medida la intelligentsia liberal se persuadió de que el terrorismo islámico amenazaba a la patria misma y que tenía que ser aplastado, sin importar el costo en vidas. Un año después, la propia guerra contra el terror de Estados Unidos permitió una gratificante solidaridad con Occidente. Hoy en día, pocos expresan mucho entusiasmo por el clan Kadyrov en Grozny: la mayoría prefiere evitar menciones a Chechenia. Los principales cortesanos de Yeltsin, todavía acompañando o aconsejando a Putin, son más abiertos. Gaidar ha explicado que a los extranjeros les es difícil entender “qué significó para Rusia la agresión contra Dagestán de 1999. Dagestán es parte de nuestra vida, parte de nuestro país, parte de nuestra realidad (sic: los rusos hacen el 9% de la población). Así, “el tema ya no era el derecho del pueblo chechenio a la autodeterminación; el tema era si los ciudadanos rusos deberían ser protegidos por su propio gobierno”. Chubais ha sido más tajante: La meta de Rusia en el nuevo siglo, declaró recientemente, debería ser un “imperio liberal”.
Naturalmente, esas ideas son lo suficientemente celebradas en el Kremlin, aunque estas particulares voces traigan algo de lastre. Alrededor del régimen, sin embargo, hay fuerzas más creíbles, reclutadas entre los demócratas de 1991 que le dan al gobierno un apoyo crucial desde una posición distintiva al interior de la tradición liberal. Agrupadas alrededor del exitoso semanario Ekspert -- una mezcla de Time y Economist dirigida a los negocios -- y en la trastienda del partido de gobierno Rusia Unida, su perspectiva podría compararse a la de Max Weber en el Segundo Reich. La caída de la URSS fue, creen ellos, el trabajo de una revuelta conjunta de liberales y de fuerzas nacionales (no solo bálticas, ucranianas o georgianas sino también rusas). Sin embargo, bajo Yeltsin estas dos líneas se separaron, a medida que cada vez más rusos con un sentido de orgullo nacional sentían que Yeltsin se había convertido en una creación de los estadounidenses, mientras los liberales permanecían obligados a él. El genio de Putin, en esta versión, ha sido reconciliar una vez más la opinión nacional y la liberal, creando así el primer gobierno en la historia rusa que disfruta de un amplio consenso político. El fundamentalismo del mercado y el retrocomunismo de los 90, ahora cada uno una fuerza separada, ya no son alternativas. Al traer calma y orden al país, Putin ha logrado una “estabilidad hegemónica”.
Según sus propio entender, los intelectuales que formulan esta visión -- típicamente formados como científicos o ingenieros, así como muchos novelistas -- ven con claridad los límites y riesgos del régimen, los que discuten sin eufemismos. El estilo de Putin es dar concesiones a todos los grupos, desde los oligarcas a la gente común, mientras mantiene el poder en sus propias manos. Es “estatista” en todos sus instintos, y desprecia a los hombres de negocios y desconfía de ellos; aunque no los persigue, no se concede ninguna ayuda a las pequeñas y medianas empresas, de modo que en la práctica prosperan los enormes monopolios de las materias primas y los bancos. Políticamente, es un “legitimista presidencial” en el sentido del Congreso de Viena y por eso respetará la constitución y dejará el poder en 2008 -- después de elegir su sucesor. ¿Quién podría ser este? En este punto, ellos muestran algún nerviosismo, pues incluso si Putin no se decide por un tercer período, él aún estará dando vueltas: con solo 55 años, habiendo amasado un enorme poder en sus manos, formal e informal. ¿Cómo irá a arreglárselas con él un sucesor designado por Putin? Para esto, ellos no tienen una verdadera respuesta más allá de bromear de que los rusos no se toman la molestia de hablar de un tercer periodo, sino de un cuarto o quinto. La principal preocupación de estos intelectuales se dirige al sucesor mismo. En favor de un gobierno fuerte pero no de una dictadura, patriotas más que nacionalistas, ellos están temerosos de qué traerá el futuro si se escogiera un sucesor más duro que suave, o si otro gran ultraje como la toma del teatro de Moscú o de la escuela de Beslan permitieran que los “servicios especiales” impusieran un régimen de emergencia en Rusia.
Quienes han apostado a la estabilidad hegemónica se arriesgan a repetir la trayectoria de la intelligentsia liberal original bajo Putin, quien permaneció creyendo que el consejo y asistencia de ella podría conducirlo en la dirección correcta, solo para encontrar que él les había dado un Putin, bajo quien ellos tiemblan. Incapaces de reconocer sus propias responsabilidades al dar su apoyo al ataque a la Casa Blanca rusa y al falso referendo sobre la constitución, con todo lo que siguió, están ahora reducidos a quejarse de que un ruinosamente sovietizado pueblo ruso ha demostrado ser incapaz de aceptar el regalo de la democracia que “estábamos luchando para traerle”. Los nacional-liberales de hoy son más lúcidos que los demócratas de los 90, pero no está claro que tengan más influencia en la corte que sus predecesores. Si uno de los candidatos que más temen -- el ministro de defensa, Sergei Ivanov, o incluso el pálido premier, Mikhail Fradkov, por ejemplo -- fueran a ser puestos en el Kremlin, se encontrarían en una situación muy semejante a la de las lapas de Yeltsin. Esperan que será alguien mejor dispuesto, como el otro favorito de Putin, el primer vicepremier Dmitri Medvedev, cuya tarea es dar un rostro socialmente preocupado al régimen. Con todo, no tendrán nada más que decir en caso de escogerse otros ciudadanos.
Históricamente, el liberalismo ruso venía en una variedad de tonos, y ahora sería equivocado reducirlos todos a pupilos de Hayek o Weber. Entre las diferentes adaptaciones al poder de este periodo, sobresale una mente de completa independencia. Alto pero encorvado, casi jorobado, con la apariencia libresca arquetípica de un erudito, con una cara cuadrada de ojos entrecerrados, encendida con sonrisas irónicas, el historiador Dmitry Furman tiene ascendientes rojos y blancos. Su abuela, quien lo crió y quien le fue siempre la más cercana, era una aristócrata, su abuelo -- la pareja estaba separada --, fue un alto funcionario estalinista quien incluso como viceministro vivía bastante pobremente, dedicado a su causa y a su trabajo. Furman explica que creció sin ninguna formación marxista aunque sin ningún odio al comunismo, considerándolo como un nuevo tipo de religión, de la que siembre había habido muchas suertes. Después de graduarse, hizo su investigación en los conflictos religiosos del Imperio Romano tardío, y entonces se convirtió en un especialista en historia de las religiones, en la Academia de las Ciencias. Nunca escribió nada acerca de los acontecimientos contemporáneos ni tuvo que ver con ellos, hasta la perestroika.
Cuando la URSS colapsó, sin embargo, él estaba virtualmente solo entre los liberales rusos al considerar el derribamiento de Gorbachev como un desastre. Después, por un año, trabajó para la Fundación Gorbachev y regresó a la Academia de Ciencias, donde desde entonces ha sido un investigador en el Instituto de Europa, y un prolífico ensayista dedicado a toda la zona cubierta por la anterior Unión Soviética. Él tiene quizá la mejor trabajada y más sistemática perspectiva de los acontecimientos poscomunistas que cualquier otro pensador en la Rusia actual. Se desarrolla así. El país es una “democracia dirigida”: esto es, una democracia donde se tiene elecciones, pero los resultados son conocidos de antemano; las cortes oyen casos, pero dan decisiones que coinciden con los intereses de las autoridades; la prensa es plural, pero con pocas excepciones dependiente del gobierno. Este es, en efecto, un sistema de “poder sin oposición” crecientemente similar al del estado soviético pero sin ninguna base ideológica, que está evolucionando a través de un conjunto de etapas que les hacen paralelo a las del comunismo ruso. La primera fase observa la heroica destrucción del viejo orden, un tiempo de Tempestad e Ímpetu [Sturm und Drang]: Lenin y Yeltsin. El líder de la segunda fase siempre disfruta de un apoyo popular mucho más amplio que el líder de la primera, porque une a los supervivientes de la revolución original, aún atados a sus valores, y a los antirrevolucionarios, quienes detestan la atmósfera anárquica y los cambios radicales que aquella trae. Así, Putin continúa las privatizaciones y las reformas del mercado de Yeltsin, pero crea orden más que caos. No es probable que en la tercera fase el sucesor de Putin -- comparable a Khrushchev -- sea tan popular como Putin, porque el régimen, como sus predecesores, se está haciendo más aislado de las masas. Los altos porcentajes de Putin en las encuestas son totalmente una función de su ocupación de la presidencia: los gobernantes de Kazajstán o Azerbaiján -- Nazarbaev o Aliev -- pueden igualarlos porque sus sistemas son muy similares.
No obstante, el régimen en Rusia confrontará un serio problema en 2008 y ya se ha generado una considerable tensión. ¿Dejará el puesto Putin y entregará la presidencia a su sucesor, o cambiará la constitución y continuará? Cualquier camino está lleno de riesgos. Fácilmente podría cambiar la constitución para permitirle estar indefinidamente en el Kremlin, como Nazarbaev ha hecho en Kazajstán : el parlamento haría lo que él quiere y Occidente no se quejaría mucho. Sin embargo, esto instalaría algo más cercano a una dictadura tradicional que una democracia dirigida, requiriendo de una ideología de algún tipo, de la que Putin carece por completo. Así, aunque ahora él está estudiando los escritos de entreguerra del teórico Ivan Ilin, entonces un emigrado semifascista en Alemania, la mejor conjetura es que no querrá perpetuarse en el poder puesto que esto requeriría un trastorno ideológico demasiado grande.
¿No podría el nacionalismo ofrecer tal base, su no lo está haciendo ya? Furman desecha tal posibilidad. El nacionalismo ruso tiene demasiada poca energía para tomar el lugar de una democracia como una legitimación del poder de Putin. No es una fuerza fanática como el nacionalismo que sostuvo al régimen de Hitler, más bien el resentimiento impotente porque Rusia ya no puede intimidar a sus vecinos como antes lo hacía. La actual campaña contra los georgianos es el ejemplo de una expresión de la frustración de un pueblo antes dominante que ahora tiene que tratar como iguales a quienes antes trataba como inferiores. El resultado es un patrón de colerinas súbitas sobre asuntos menores, explosiones que son entonces igualmente olvidadas: disputas con Ucrania sobre tal o cual represa, clamores sobre Serbia y así por el estilo. Estos son síntomas neuróticos, no sicóticos. Rencores tan mezquinos no son suficientes para fundar una nueva dictadura. Esa es la razón de por qué la legitimación de Occidente continúa siendo importante para el régimen y le significa en alguna medida un freno. Dado que este régimen no tiene ideología propia y no puede depender de un nacionalismo con el espinazo partido, debe presentarse a sí mismo como un tipo específico de democracia que sea aceptado por el G7: Rusia es un “país normal” que ha vuelto a unirse a la civilización occidental.
Por otro lado, si Putin no cambia la constitución y deja la presidencia en 2008, también habrá un gran problema para el sistema, desde que por primera vez en la historia de Rusia habría entonces dos centros de poder en el país: el nuevo y el viejo presidente. Esa es una fórmula para la inestabilidad política, puesto que la burocracia vacilaría entre dos amos sin saber a cuál obedecer. Putin puede pensar que él escogerá a un sucesor maniobrable, pero históricamente esto nunca ha funcionado: tales personajes siempre quieren ejercer el poder total ellos mismos. Stalin fue escogido por el Partido como la figura menos sobresaliente luego de la muerte de Lenin, por temor a la más fuerte personalidad de Trotsky, y se convirtió en un déspota todo poderoso. Khrushchev fue escogido como un primer secretario de transacción luego de Stalin, en lugar de los más poderosos Beria o Malenkov, y prontamente los quitó de en medio y tomó el poder para sí. Igual pasó con la mediocre personalidad de Brezhnev, escogido como el menos peligroso por sus colegas. Sería probable que el patrón se repitiese después de 2008.
Preguntado sobre el diagnóstico de Pipes acerca de la enraizada cultura política de Rusia – su ninguna comprensión popular de la democracia o el gobierno de la ley, la tiranía siempre preferible a la anarquía -- Furman responde simplemente: sí, es más o menos exacto, lo que se puede ver en Medio Oriente, Birmania, Uzbekistán y todo otro lugar. No deberíamos disfrazar o embellecer la cultura política rusa, pero tampoco deberíamos pensar en ella como excepcional. Tampoco es correcto imaginar que haya habido algún reavivamiento significativo de la religión en la Rusia poscomunista. La Iglesia Ortodoxa ha sido absorbida como un elemento de la identidad nacional, como funcionarios de bautismos y funerales. Sin embargo, los matrimonios -- la vida sexual es completamente secular -- y las tasas de asistencia regular a la iglesia están entre los más bajas de Europa.
Si la segunda fase del ciclo de democracia dirigida está llegando ahora a un fin en Rusia, ¿qué hay con las fases tercera y cuarta comparables a los periodos de Khrushchev y Brezhnev bajo el comunismo? El ciclo entero, replica Furman, será mucho más corto, no de setenta sino de cerca de treinta años. Probablemente estamos en el punto medio en este mismo momento. En cuanto al futuro: la intelligentsia rusa estuvo brevemente en el poder en 1991, pero su ideología era primitiva y su perspectiva, ingenua. De modo que cuando la democracia que ésta quería fue descartada por Yeltsin, la derrota de la democracia fue también la derrota de la intelligentsia. Solo cuando los intelectuales rusos hayan producido una evaluación autocrítica de esta experiencia, ésta será capaz de desarrollar nuevos y más sensatos ideales para el futuro.
Este es un diagnóstico impresionantemente juicioso de la condición del país. Su limitación yace en la no discutida premisa del argumento. La democracia dirigida à la russe es tácitamente vista como una transición que, con todas sus verrugas, conduce a una democracia genuina. Al interior de la sobriedad misma de este esquema está funcionando una esperanzada teleología. Solo es posible un terminus: la libertad de los modernos corporizada en el Rechtsstaat [estado de derecho] occidental. Realista en sus juicios acerca de Rusia, el modelo es idealista en sus supuestos acerca de Occidente. Ciertamente, los dos permanecen muy diferentes. No obstante, ¿pueden las diferencias, y sus direcciones, ser capturadas por la dicotomía que insinúa Furman? Porque, ¿quién imagina a los sistemas políticos de Occidente como democracias “no dirigidas”? Sus propias regresiones no son incluidas como factores en el esquema evolucionista. El lado idealizador de la construcción de Furman se muestra como las réplicas et tu quoque: “y tú también (haces lo mismo)”] con las que Putin y sus consejeros ahora disfrutan silenciando el criticismo de Occidente.
Todos estos debates giran alrededor de la naturaleza del estado. La sociedad es menos discutida. En Occidente, los historiadores de la URSS que cuestionan los paradigmas de la Guerra Fría de Pipes y Malia -- Sheila Fitzpatrick ha descrito la rebelión de ellos en esta revista -- conocidamente se enfocan en las actividades y texturas de la vida diaria en la Unión Soviética como realidades populares a menudo en discordancia con los mitos oficiales, aunque no necesariamente socavándolos. El poscomunismo ofrece un vasto campo para investigaciones de este tipo, viendo las maneras en las que la gente ordinaria supervive en la nueva selva institucional. Dos sociólogos rusos, ambos viviendo en el extranjero, nos han dado sorprendentes descripciones etnográficas de algunas de ellas. En Cómo Rusia realmente funciona, Alena Ledeneva, quien enseña en Londres, nos lleva a través del denso follaje de las prácticas “informales” – algunas enteramente nuevas, como Kompromat [información comprometedora], otras una mutación de formas tradicionales, como krugovaya poruka [literalmente, promesa circular], -- que han surgido en la política, las profesiones, los negocios y los medios, todas ellas rompiendo o sorteando las reglas oficiales.[iii]
Para Ledeneva, esas son esencialmente formas inventivas de la ilegalidad, desarrolladas en respuesta al creciente rol de la ley formal en una sociedad donde la ilegalidad misma permanece siendo perpetuamente discrecional y manipulada. Como tal, ellas al mismo tiempo apoyan y subvierten el avance hacia un más desarrollado gobierno de la ley en Rusia. A pesar de lo crítica que es su versión de esta paradoja, esta viene con un afecto irónico y una conclusión optimista: todas estas ingeniosas maneras de arreglar o torcer las reglas contribuyen, a su propio modo, a un proceso de modernización ya en marcha y positivo. El mensaje subyacente es: los rusos están superando la situación. Aquí, la modernidad occidental más que la democracia es lo que se asume como un hecho, como el telos del que no se habla. Un veredicto más oscuro puede encontrarse en Virtual Politics, de Andrew Wilson, un devastador estudio de la “tecnología política” del chantaje y la coima, la intimidación y el fraude, en el escenario electoral.[iv]
El estudio de Ledeneva explora el mundo de aquellos a quienes no les va bien en el capitalismo ruso. Al final mismo del libro, ella suelta la afirmación de que las prácticas informales que eran “a menudo beneficiosas para la gente ordinaria, al permitirle satisfacer sus necesidades personales y organizar sus propias vidas” en las épocas pasadas – “antes de las reformas” como ella dice – ahora se han convertido en un sistema de venalidad que “beneficia a la clase de los empresarios y funcionarios oficiales y daña a la mayoría de la población”. Ledeneva no permite que esta admisión despeine sus optimistas conclusiones, o sus nada críticas nociones de la reforma. Georgi Derluguian, quien trabaja en Estados Unidos, es más tajante. Pocos sociólogos vivos de hoy, en cualquier idioma, tienen la misma habilidad de moverse del análisis fenomenológico vívido de las pequeñas transacciones de la existencia diaria, a la sistemática explicación teórica de las grandes mutaciones de la macrohistoria.
“El colapso de la URSS”, sostiene Derluguian, “señala algo más que el fracaso del experimento bolchevique. Marca el final de mil años de historia rusa en la que el estado ha permanecido como el motor central del desarrollo social”. Tres veces – bajo Iván IV, bajo Pedro y Catherina, y bajo Stalin – un imperio militar-burocrático fue construido sobre las vastas, vulnerables llanuras, para emular los avances extranjeros y resistir las invasiones externas, dinamizando su propio expansionismo. Este imperio fue cada vez inicialmente exitoso y cada vez terminó hecho trizas, cuando fuerzas del extranjero – Suecia en las guerras bálticas, alemanas en la Gran Guerra, estadounidenses en la Guerra Fría – lo derrotaron. Pero la última de estas derrotas ha escondido su forma, dado que no fue inflingida en el campo de batalla sino en el mercado. La URSS cayó porque los “tradicionales activos rusos para la construcción del estado”, en frase de Derluguian, fueron abruptamente “devaluados” por la transformación en la economía mundial. “El capitalismo en su modo de globalización es antitético a los imperios burocrático mercantilistas que se especializaban en maximizar su poderío militar y su alcance geopolítico, los mismos objetivos en los que los gobernantes rusos y soviéticos estuvieron enredados por siglos.
En la desintegración consiguiente, una implosión bajo presión del nuevo medio, los niveles medios de la nomenklatura tomaron el botín que pudieron, transformándose en saqueadores de activos o agentes que negocian con ellos, o reinstalándose en diferentes niveles, con diferentes títulos, en la reconfigurada burocracia poscomunista. Derluguian tiene muchas cosas que decir, tanto pintorescas como dolorosas, acerca de este proceso a medida que se desenvolvía en el centro y en la periferia, de donde él proviene (con un conocimiento íntimo del Cáucaso). No obstante, nunca olvida a los fracasados de abajo, “la mayoría silenciosa de rusos”, quienes son en su mayoría individuos golpeados, atomizados, de edad mediana, zafios nada heroicos intentando llegar a fin de mes tan decentemente como pueden” después de veinte años de expectativas traicionadas.
En tales condiciones, la distancia entre el deshilachado, precario tejido de las vidas particulares, de un pueblo “profundamente cansado y resistente a cualquier movilización pública”, y el lienzo global sobre el que el destino del estado está escrito, parece enorme. Con todo, hay un nudo traumático que los ata. En solo cinco años, de 1990 a 1994, la tasa de mortalidad de los hombres rusos voló – en tiempo de paz – elevándose en 32 por ciento, y la esperanza de vida promedio cayó a 58 años, por debajo de Pakistán. Hacia 2003, la población había caído en más de cinco millones en una década, y actualmente está perdiendo 75,000 vidas al año. Cuando Yeltsin tomó el poder, la población total de Rusia estaba justo por debajo de los 150 millones. Para 2050, de acuerdo a las proyecciones oficiales, apenas superará los 100 millones. Tantos no fueron desaparecidos por el mismo Stalin.
Los demógrafos oficiales se apresuran a señalar que las altas tasas de mortalidad ya eran una característica del periodo de Brezhnev, mientras las bajas tasas de fertilidad son después de todo un signo del avance social en sintonía con Europa Occidental. La combinación de una mano muerta del pasado y una modernización desde el futuro ha sido desafortunada pero, ¿por qué culpar al capitalismo? Contra esta apología, permanece el juicio de Eric Hobsbawm, de que la caída de la URSS condujo a una “catástrofe humana”. No puede negarse la crudeza del quiebre de comienzos de los 90. En la nueva Rusia, a medida que el Sida, la TBC y las altísimas tasas de suicidio se añaden a la lista de asesinos tradicionales – alcohol, nicotina y similares –, la salud pública ha sido desperdiciada al alcanzar una porción del presupuesto que no es más del 5 por ciento: la mitad del Líbano. Una idea de la total desolación de la escena demográfica la da la situación de las mujeres – más protegidas de la catástrofe que los hombres – en la Rusia contemporánea. Virtualmente la mitad de ellas son solteras. En la última encuesta, de cada 1,000 mujeres, 175 nunca se han casado, 180 son viudas y 110 divorciadas viviendo por su cuenta. Tal es la soledad de quienes, hablando relativamente, son las supervivientes. Hay ahora un 15 por ciento más de mujeres que de hombres.
En términos de la política del poder, un permanente desgaste de la reserva humana de Rusia tiene consecuencias obvias para su rol en el mundo, tema de urgentes discursos de Putin a la nación. ¿Qué quedará de la grandeza del pasado? En los años 70, a los diplomáticos extranjeros les gustaba describir a Rusia como “el Alto Volga con cohetes”. Desde un ángulo, Rusia luce hoy más como Arabia Saudita con cohetes, aunque al incremento de sus reservas petroleras debe contraponerse el envejecimiento de sus misiles. Que el país, incluso volviendo a ganar ahora su independencia, haya caído tan bajo en el mundo, espanta no solo a su clase gobernante sino a muchos de sus escritores. Los posibles espacios del imperio – pasados o futuros, nativos o ajenos – se han convertido no solo en el tema recurrente de la discusión política sino en el de la imaginación literaria.
En el principal ejemplo de la “novela imperial”, ahora una forma aceptada, Pavel Krusanov construye una historia contrafáctica del siglo XX. Su best seller Ukus Angela (El mordisco del ángel, 200,000 copias), describe una Rusia que nunca ha conocido una revolución y que, en lugar de contraerse espacialmente, se expande hasta absorber la totalidad de China y los Balcanes bajo el comando superhumano de Iván Nekitaev (“No Chino”), un tirano olímpicamente libre de toda moralidad. Vladimir Sorokin invierte el esquema en la última de sus novelas, Den’ Oprichnika (El día de la Oprichnika). Por el año 2027 la monarquía ha sido restaurada en una Rusia autoenclaustrada, rodeada por una Gran Muralla y regida por una reencarnación de los cuerpos terroristas de Iván IV [“El Terrible”, y su guardia, la Oprichnika], bajo la dominación de China, cuyos dioses y colonos dominan la vida económica y cuyo idioma es el preferido de los mismos hijos del zar.
Estas son ficciones. Foundations of Geopolitics, libro del especialista en inteligencia políglota Aleksandr Dugin, se basa en Carl Schmitt and Halford Mackinder para contraponer las potencias del mar (el Mundo Atlántico centrado en Estados Unidos) a las potencias de tierra, que se extienden desde el Maghreb hasta China, pero centrados en Rusia, como su adversario natural. Originalmente, Moscú-Berlín, Moscú-Tokio y Moscú-Teherán aparecían como los tres principales ejes del frente contra Estados Unidos. Después, se ha establecido una alianza eslavo-turca. Prestándose el título del trabajo de 1949 de Armin Moler, Dugin llama a la victoria final de las potencias de tierra sobre las potencias del mar, la “revolución conservadora” a venir. Su colega Alejsandr Prokhanov, “el ruiseñor del Comando General”, es también un novelista best seller, con Gospodin Geksogen, una historia conspirativa sobre el ascenso de Putin al poder, y el teórico de un nuevo imperio eurasiático, celebrado en su Sinfonía del Quinto Imperio, que acaba de salir. Estos son escritores que se han interesado en las turbias aguas de la extrema derecha, pero que ahora gozan de una más amplia e intelectual recepción. Geopolítica, de Dugin, tiene una introducción escrita por el director del departamento de estrategia del Comando General. Sinfonía, de Prokhanov, libro cubierto por la televisión, fue presentado bajo el patrocinio de Nikita Mikhalkov en presencia del partido gobernante Rusia Unida y de la neoliberal Unión de Fuerzas de Derecha, el partido de Gaidar.
La extravagancia de estas tierras de ensueño de la recuperación imperial, es indicación no solo de una factible ambición sino de una psicología de la compensación. La realidad es que el rango de Rusia en el mundo ha sido irreversiblemente transformado. Fue continuamente, por tres siglos, una gran potencia: más largamente – esto se olvida – que cualquier país de Occidente. En millas cuadradas, es aún el más extenso país sobre la tierra. Pero ya no tiene una gran base industrial. Su economía ha revivido como una plataforma exportadora de materias primas, con todos los riesgos de una sobredependencia de los volátiles precios mundiales. Conocidos por igual en los países del Primer y Tercer mundos: sobrevaluación, inflación, adicción a las importaciones, implosión súbita. Aunque aún posee el único arsenal nuclear que se acerque al estadounidense, su industria de defensa y sus servicios armados son una sombra del pasado soviético. En territorio, se ha encogido más allá de sus fronteras de fines del siglo XVII. Su población es más pequeña que la de Bangladesh. Su ingreso nacional bruto es menor que el de México.
En el largo plazo, más fundamental para la identidad del país que cualquiera de estos cambios, algunos de ellos temporales, puede ser la drástica alteración de su situación geopolítica. Rusia está ahora encajada entre una Unión Europea aún en expansión, con ocho veces su PNB y tres veces su población, y una vastamente potenciada China, con cinco veces su PNB y diez veces su población. Históricamente hablando, este es un cambio súbito y total en las magnitudes relativas que la flanquean por ambos lados. Pocos rusos aún han calibrado bien la escala del ridimensionamento de su país. Hacia el oeste, justo cuando las elites rusas sentían que por fin podrían reunirse con una Europa a la que el país propiamente pertenecía, después del largo aislamiento soviético repentinamente se encontraron confrontadas por un escenario en el que no pueden ser un poder europeo entre otros (y el más grande), como en los siglos XVIII y XIX, sino que enfrentan un bloque continental cuasiunificado en la Unión Europea, de la cual están formalmente – y, por lo que parece, permanentemente – excluidos. Al este está el creciente gigante de China imponiéndose sobre la recuperación de Rusia, pero aún por demás remoto para las mentes de la mayoría de rusos. Contra todo esto, Moscú tiene solo la carta de la energía, no poca cosa, pero escasamente un contrapeso equivalente.
Estas nuevas circunstancias son responsables de darle a Rusia un doble golpe a su tradicional sentido de sí misma. Por un lado, los supuestos racistas de la superioridad de los pueblos blancos sobre los amarillos permanece profundamente enraizados en las actitudes populares. Largamente acostumbrados a considerarse – relativamente hablando – como civilizados y a considerar a los chinos como retrasados, si no bárbaros, los rusos inevitablemente encuentran difícil ajustarse al espectacular vuelco actual de los roles, cuando China se ha convertido en un centro industrial que se eleva por encima de su vecino, y cuando sus grandes centros urbanos son ejemplos de una modernidad que hace a sus contrapartes rusas parecer en comparación pequeñas y raídas. El dinamismo social y económico de la República Popular China, desbordante de conflictos y vitalidad de todo tipo, ofrece un contraste particularmente doloroso, para quienes están dispuestos a verlo, con la adormecida apatía de Rusia; y esto, los liberales podrían sombríamente reflexionar, sin incluso la liberación de un verdadero poscomunismo. La herida al orgullo nacional es potencialmente aguda.
Peores cosas se encuentran al oeste. La extensión asiática de Rusia, que cubre tres cuartas partes de su territorio, contiene solo un quinto de la población, declinando rápidamente. Ochenta de cada cien rusos vive en la parte de la tierra que forma parte de Europa. La famosa declaración de Catherina la Grande de que “Rusia es un país europeo” no era tan obvia entonces, y a menudo ha sido puesta en duda desde entonces por extranjeros y nativos por igual. No obstante, su espíritu está profundamente enraizado en las elites rusas, quienes siempre han mirado mentalmente a Occidente, no a Oriente, a pesar de las exhortaciones de los entusiastas eurasiáticos. De muchas maneras prácticas, el poscomunismo ha devuelto a Rusia al “común hogar europeo” que Gorbachev gustaba de invocar. Los viajes, deportes, el crimen, la emigración, la residencia dual están dejando a los Rusos de mejor situación económica regresar a un mundo que alguna vez compartieron en la Belle Epoque. Sin embargo, a nivel del estado, con todas sus consecuencias para la psique nacional, Rusia – al no poder ser incluida en la Unión Europea – está ahora formalmente definida como lo que no es Europa, en el nuevo, endurecido sentido del término. La injusticia de esto es obvia. Aunque sea inconveniente reconocerlo para los ideólogos del engrandecimiento, la contribución de Rusia a la cultura europea siempre ha sido mayor que la de todos los nuevos estados miembros de la Unión juntos. En los años por venir, sería sorprendente si la relación entre Bruselas y Moscú no tuviera fricciones.
Pocos pueblos han tenido que pasar por la variedad de choques sucesivos – liberación, depresión, expropiación, desgaste, degradación – que han soportado los rusos en la última década y media. Incluso si estos, históricamente considerados, son hasta ahora solo una breve secuela de las más vastas turbulencias del siglo XX, no es sorprendente que las masas estén “profundamente cansadas y resistentes a cualquier movilización pública”. Aún está por verse qué harán ellas con estas nuevas experiencias. Por el momento, el pueblo está en silencio. Se aplican las líneas de Pushkin: “narod bezmolvstvuet.” [El pueblo está en silencio]
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