Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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Putin y Rusia: La democracia dirigida (I)
 
Por Perry Anderson. Publicado originalmente como “Russia’s Managed Democracy”, London Review of Books, Vol. 29, No. 2, 25-I-2007. (http://www.lrb.co.uk/v29/n02/ande01_.html).
Traducido por Alberto Loza Nehmad
 
Bajo un cielo cubierto, una tenue fila de dolientes se alargaba silenciosamente fuera del velatorio. Impidiendo la entrada, fornidos policías antimotines los tuvieron esperando hasta que variados dignatarios -- Anatoly Chubais, enviados de OTAN, un impotente defensor del pueblo -- hubieran rendido sus respetos. Finalmente se les dejó entrar para ver el cadáver de una mujer asesinada, su frente cubierta con la cinta blanca del rito ortodoxo, su cuerpo, de todos modos ya menudo, disminuido por el ataúd engarzado en flores. Alrededor de las paredes de la sala mortuoria, guirnaldas de los medios que la atacaron mientras estuvo en vida permanecían densamente arrimadas junto con coronas de sus hijos y amigos: los satisfechos y los afligidos, hoja con hoja. Desfilando ante ellas y más allá hasta el cementerio, virtualmente nadie hablaba. Algunos lloraban. La gente se dispersó en la llovizna tan calladamente como vino.
 
Putin y Rusia destacan cada vez más en el escenario internacional. el historiador Perry Anderson les dedica un largo ensayo. Sobre Putin escribe: “Parte de su frío magnetismo es cultural. Él es ampliamente admirado por su dominio del idioma... Lenin fue el último gobernante del país que podía hablar en un idioma ruso educado. El dejo georgiano de Stalin era tan pronunciado que raramente se arriesgaba a hablar en público. El vocabulario de Khruschev era crudo y su gramática, bárbara. Brezhnev a duras penas podía juntar dos oraciones. Gorbachev hablaba con un dejo provincial sureño. Cuanto menos se diga de la estropajosa dicción de Yeltsin, mejor. Oír a un líder del país capaz una vez más de expresarse con claridad, exactitud y fluidez, en un lenguaje más o menor correcto, es como oír música para muchos rusos”.
Las autoridades se habían esforzado para desviar el funeral de Anna Politkovskaya, de la obvia opción del cementerio Vagankovskoe, donde está sepultado Sakharov, a un lúgubre barrio en las afueras que pocos moscovitas pueden ubicar en un mapa. Con todo, ¿cuán necesaria era la precaución? El número de dolientes que acudieron al cementerio Troekurovskoe no era grande, quizá un millar más o menos, y para la ocasión el ánimo era más de pena que de rabia. Una mujer de edad mediana trayendo las compras del supermercado a casa, disparada a quemarropa en un ascensor, Politkovskaya fue asesinada por su valentía al informar sobre la continuada carnicería en Chechenia. Dos años antes, un intento de envenenarla había fallado por poco. Ella tenía en prensa otro artículo sobre las atrocidades del clan de los Kadyrov, que ahora gobierna ese país para el Kremlin, cuando fue eliminada. Vivió y murió como una luchadora. Sin embargo, es difícil hablar sobre cualquier poderosa protesta ante su muerte. Ella fue enterrada con resignación, no con furia ni revueltas.

En Ucrania, el descubrimiento del cuerpo decapitado de un periodista que había investigado la corrupción oficial, Georgi Gongadze, fue una atrocidad suficiente como para sacudir al régimen, que fue derribado poco después. Politkovskaya era una figura de otra magnitud. Una mejor comparación histórica podría hacerse con el asesinato de Matteotti por Mussolini en 1924. En las circunstancias rusas la estatura moral de Politkovskaya como opositora de un poder arbitrario, fue escasamente menor que la del diputado socialista, pero ahí acaba el parecido. El escándalo Matteotti

causó una protesta que casi se echa abajo a Mussolini. Politkovskaya fue asesinada con apenas un murmullo en la opinión pública. Su muerte, explicaron los medios oficiales, fue un misterio insondable o el trabajo de enemigos del gobierno que vanamente intentaron desprestigiarlo. El presidente subrayó que ella era una doña nadie cuya muerte fue la única noticia valiosa en su vida.

Es tentador -- pero sería un error -- ver en esa casual desestimación nada más que la usual arrogancia del poder. Todos los gobiernos niegan sus crímenes, y la mayoría es muy comprensiva de las mentiras que entre ellos se dicen acerca de esos crímenes. Bush y Blair, con aún más sangre en sus manos, con toda probabilidad la de más de medio millón de iraquíes, observan estos preceptos tan automáticamente como Putin. Sin embargo, hay una diferencia que separa a Putin del resto de sus homólogos en el Grupo 8 y, ciertamente, de virtualmente cualquier gobierno del mundo. Según la evidencia de las encuestas comparativas de opinión, él es actualmente el líder viviente más popular. Desde que llegó al poder hace seis años ha gozado del apoyo continuado de más del 70 por ciento de su gente, un récord al que ningún otro político contemporáneo empieza a acercarse. En comparación, Chirac tiene un porcentaje de aprobación de 38 por ciento; Bush, del 36 por ciento; Blair, del 30 por ciento.

Tal eminencia puede parecer perversa pero no es ininteligible. La autoridad de Putin deriva, en primer lugar, del contraste con el gobernante que lo creó. Desde un punto de vista occidental, el régimen de Yeltsin de ninguna manera fue un fracaso. Al embestir con una privatización de la industria más amplia que cualquier otra realizada en Europa Oriental, y al mantener una fachada de elecciones competitivas, puso los cimientos del capitalismo ruso para el nuevo siglo. A pesar de la remojada o bufonesca conducta personal de Yeltsin, hubo logros sólidos que le aseguraron el apoyo indeclinable de Estados Unidos, donde Clinton, guisándose en sus propias indignidades, era el líder apropiado para orientarlo. Como [el subsecretario de estado de Clinton] Strobe Talbott característicamente lo describe, “Clinton y Yeltsin congeniaron, en grande”. Por otro lado, a ojos de la mayoría de los rusos el gobierno de Yeltsin desató una ola de corrupción y criminalidad; tropezó caóticamente entre una y otra crisis política; presidió la disminución sin precedentes de los estándares de vida y el colapso de la esperanza de vida; humilló al país al obedecer a potencias extranjeras; destruyó la moneda y terminó en la bancarrota. Hacia 1998, de acuerdo a las estadísticas oficiales, durante una década el PNB había caído en cerca del 45 por ciento; la tasa de mortalidad había aumentado en 50 por ciento; los ingresos del gobierno estaban casi a la mitad; la tasa de criminalidad se había doblado. No es una sorpresa que cuando este desgobierno llegaba a su fin, el apoyo de Yeltsin entre la población fuera de un dígito.

Con este trasfondo, habría sido difícil que cualquier nuevo gobierno no lo hiciera mejor. Putin, sin embargo, tuvo la buena suerte de llegar al poder justo cuando despegaban los precios del petróleo. Con los ingresos por exportaciones del sector energético súbitamente por las nubes, la recuperación económica fue rápida y continua. Desde 1999, el PNB ha crecido entre 6 y 7 por ciento al año. El presupuesto tiene ahora un superávit, con un fondo de estabilización de alrededor de $80 mil millones de dólares separado en caso de cualquier caída en los precios del petróleo, y el rublo es convertible. La capitalización de la bolsa de valores alcanza el 80 por ciento del PNB. La deuda externa ha sido pagada. Las reservas llegan a los $250 mil millones de dólares. En suma, el país ha sido el más grande beneficiario del auge de las materias primas de inicios del siglo XXI. Para los rusos comunes y corrientes, esto les ha traído una mejora tangible en los estándares de vida. Aunque los salarios reales promedios permanezcan muy bajos, menos de $400 dólares al mes, se han doblado bajo el gobierno de Putin (los ingresos personales son casi dos veces más altos debido a que a menudo las remuneraciones son pagadas de maneras no salariales para evitar algunos impuestos). Ese incremento es la base más importante de su apoyo. A la prosperidad relativa, Putin ha añadido estabilidad. Las convulsiones del gabinete, las confrontaciones con el legislativo, las caídas en el estupor presidencial, son cosas del pasado. La administración puede no ser mucho más eficiente, pero el orden, al menos al norte del Cáucaso, ha sido restaurado. Por último, aunque no menos importante, el país ya no está “bajo manejo externo”, como lo dice la aguda frase local. Ya pasaron los días en que el FMI dictaba los presupuestos y el Ministerio del Exterior actuaba como poco más que un consulado norteamericano. Ya desaparecieron los directores de campaña para la reelección del presidente, transportados desde California. Liberada de la deuda externa y de la supervisión diplomática, una vez más Rusia es un estado independiente.

Prosperidad, estabilidad, soberanía: el consenso nacional alrededor de Putin descansa en la satisfacción de estas preocupaciones primordiales. Que en cada una pueda haber menos de lo que se desea, políticamente hablando importa poco mientras la medida sea el precipicio de Yeltsin. Según ese estándar, aunque relativo, el progreso material es real. Con todo, las estratosféricas encuestas reflejan algo más: una imagen del gobernante. Putin ofrece en Occidente una figura algo descolorida, frígida. En culturas acostumbradas a estilos más efusivos del liderazgo, la lustrosa cabeza de armiño y los fríos ojos pétreos ofrecen poca venta a la proyección afectiva. En Rusia, sin embargo, el carisma tiene otro rostro; cuando llegó al poder, Putin carecía de toda traza de él. No obstante, la posesión de la presidencia lo ha cambiado. Para Weber, quien tenía a los profetas bíblicos en mente, el carisma era por definición algo extrainstitucional: era un tipo de magia que solo podía ser personal. Él no pudo prever las condiciones posmodernas, en las que el espectáculo es un poder más alto, capaz de disolver las fronteras entre ambos campos.

Una vez instalado en la presidencia, Putin ha cultivad dos atributos que le han dado un aura capaz de perdurar más que ella. El primero es la imagen de una autoridad firme y, cuando es necesario, despiadada. En Rusia, históricamente, la imposición brutal del orden ha sido más admirada que temida. Su imagen, más que sufrir debido a las sombras de la KGB, ha sido convertida por Putin en un halo de austera disciplina. En lo que de muchas maneras permanece siendo una sociedad machista, la dureza -- su destreza en judo y sus caídas en la jerga criminal son parte del equipamiento de Putin -- continúa siendo valorada, y no solo por los hombres: las encuestas informan que las partidarias más entusiastas de Putin son las mujeres. No obstante, hay otro lado en su carisma, menos obvio. Parte de su frío magnetismo es cultural. Él es ampliamente admirado por su dominio del idioma. Aquí, también, el contraste lo es todo. Lenin fue el último gobernante del país que podía hablar en un educado idioma ruso. El dejo georgiano de Stalin era tan pronunciado que raramente se arriesgaba a hablar en público. El vocabulario de Khruschev era crudo y su gramática, bárbara. Brezhnev a duras penas podía juntar dos oraciones. Gorbachev hablaba con un dejo provincial sureño. Cuanto menos se diga de la estropajosa dicción de Yeltsin, mejor. Oír a un líder del país capaz una vez más de expresarse con claridad, exactitud y fluidez, en un lenguaje más o menor correcto, es como oír música para muchos rusos.

De una extraña manera el prestigio de Putin es por tanto intelectual. Contra todas sus ocasionales crudezas, al menos en su boca la lengua nacional ya no es obviamente humillada. Esto no es solo un asunto de casos y tiempos o de pronunciación. Putin ha evolucionado hasta llegar a ser lo que en estos nada exigentes tiempos actuales es un político que se expresa claramente, que puede recibir preguntas de televidentes durante horas tan confiada y lúcidamente como cuando les da conferencias a los periodistas durante sus entrevistas, o cuando se dirige a homólogos en encuentros en la cumbre, donde ha sobresalido en la conversación sardónica. La inteligencia es limitada y cínica, sobre el nivel de sus contrapartes angloamericanas, pero sin muchas mayores ambiciones. Ha sido suficiente, sin embargo, para darle a Putin la mitad de su vibrante brillo en Rusia. Allí, una aparente unión del puño y la mente ha capturado el imaginario popular.

La combinación de una bonanza del petróleo y el gas con una persona [en español en el original] de ideas claras sobre el poder, ha sido suficiente para decisivamente separar a Putin, en la opinión pública, de lo que vino antes de él y de asegurarle el dominio de la escena política. El régimen real que preside, sin embargo, aunque ha incluido cambios importantes, muestra menos rupturas con la época de Yeltsin de lo que podría parecer. La economía que Yeltsin dejó tras sí estaba asida por un minúsculo grupo de acaparadores, quienes habían tomado los principales activos del país en una red fraudulenta -- llamada préstamos para acciones -- diseñada por uno de sus beneficiarios, Vladimir Poratin, e impuesta por Chubais, operando como el Rasputin neoliberal en la corte de Yeltsin. El presidente y su “familia extendida” (parientes, consejeros, amigotes) tomaron naturalmente su propia porción del botín. Es dudoso si el resultado tuvo algún equivalente en la historia entera del capitalismo. Los principales siete oligarcas que emergieron de esos años -- Berezovsky, Gusinsky, Potanin, Abramovich, Fridman, Khodorkovsky, Aven -- terminaron controlando una vasta tajada de la riqueza nacional, la mayoría de los medios y gran parte de la Duma. Putin fue elegido por la Familia para asegurar que después estos arreglos no llegaran a ser puestos bajo escrutinio. Su primera acción fue otorgar a Yeltsin inmunidad ante la fiscalización, y generalmente ha cuidado de su entorno inmediato (Chubais consiguió la red eléctrica de Rusia como regalo de despedida).

No obstante, si quería un gobierno más fuerte que el de Yeltsin, no podía darse el lujo de dejar a los oligarcas en quieta posesión de sus poderes. Después de advertirles que ellos podían mantener sus riquezas solo si permanecían fuera de la política, se movilizó para contenerlos. Los tres magnates más ambiciosos -- Gusinsky, Berezovsky and Khodorkovsky -- fueron quebrados: dos salieron al exilio, el tercero fue despachado a un campo de trabajo. Un cuarto, Abramovich, aunque aún persona grata en el Kremlin, ha optado por residir en el extranjero. Putin ha retomado el control estatal de partes de la industria petrolera y ha creado a partir del monopolio del gas del país, un conglomerado gigante con una capitalización actual en el mercado de $200 mil millones de dólares. La porción del sector público del PNB se ha elevado, solo modestamente, en cerca del 5 por ciento. Pero, por ahora, el capitalismo de rapiña de los años 90 ha sido detenido. Al retomar el control de algunas extensiones de las alturas dominantes de la economía, el estado ha fortalecido su ventaja estratégica. El equilibrio del poder se ha alejado de las extraordinarias acumulaciones del saqueo privado hacia formas más tradicionales del control burocrático.

Estos cambios son el centro de alguna ansiedad en la prensa de negocios de Occidente, donde frecuentemente se expresan los temores ante un ominoso estatismo que amenaza la liberalización de los 90. En realidad, los mercados no están en peligro. El estado ruso ha sido fortalecido como agente económico, pero sin ningún intento socializante, simplemente como una cantera de poder político. En otros respectos, Putin ha llevado varios pasos adelante el mismo programa esencial de su predecesor. Finalmente la tierra ha sido privatizada, un umbral que el régimen de Yeltsin fue incapaz de cruzar. Moscú se ufana de tener más billonarios que New York, aunque se haya introducido un impuesto fijo de 13 por ciento, a instancias de Yegor Gaidar. Un “impuesto social unificado” altamente regresivo cae sobre quienes menos pueden aguantarlo. La asistencia social ha sido monetizada y recortada. Los ministerios claves de la economía permanecen en las manos de comprometidos defensores del mercado. Actualmente, el neoliberalismo está suficientemente seguro en Rusia. El presidente ha dejado esto en claro a todos los interesados. En una visita a Alemania en octubre [de 2006], sacudiéndose de preguntas acerca de la muerte de Politkovskaya, les dijo a sus anfitriones: “No comprendemos el nerviosismo de la prensa con respecto a que Rusia esté invirtiendo en el extranjero. ¿De dónde viene esta histeria? No es el Ejército Rojo quien quiere venir a Alemania. Son capitalistas iguales a ustedes”.

El sistema político armado desde la salida de Yeltsin es una mezcla similar de novedad y continuidad. Ahora es de rigor para los periodistas occidentales -- incluso los más ardientes entusiastas y promotores de las oportunidades de negocios en la Nueva Rusia, o para los más humildes falderos del Nuevo Laborismo [inglés], ansiosos de no manchar la amistad de Blair con Putin (dos roles que no siempre son distintos) -- deplorar el amordazamiento de la prensa, la castración del parlamento y la declinación de las libertades políticas bajo Putin. Estas realidades, sin embargo, tuvieron todas sus orígenes bajo Yeltsin, cuyas ilegalidades fueron mucho más claras. Ningún acto de Putin se compara con el bombardeo con tanques del parlamento, o el referendo fraudulento que le siguió y que impuso la constitución autocrática bajo la que Rusia continúa siendo gobernada. Con todo, debido a que Yeltsin era considerado un utensilio manejable aunque algo desacreditado de las políticas occidentales, la primera acción fue aplaudida y la segunda ignorada por virtualmente todos los corresponsales extranjeros de entonces. Tampoco hubo muchas críticas a la descarada manipulación de la prensa y la televisión controladas por los oligarcas, para diseñar la reelección de Yeltsin. Aún menos atención se prestó a lo que sucedía al interior de la maquinaria del estado mismo. Lejos de que la desaparición de la URSS redujera el número de los funcionarios rusos, la burocracia realmente se había -- pocos hechos del poscomunismo son más llamativos -- doblado en número hacia el final de la dirección de Yeltsin, hasta llegar a 1.3 millones. No solo eso. En los niveles más altos del régimen, la proporción de funcionarios traídos de los servicios de seguridad o de las fuerzas armadas andaba por los cielos, por encima de sus modestas cuotas bajo el extinto Partido Comunista de la Unión Soviética: componiendo un simple 5 por ciento bajo Gorbachev, se ha calculado que ellos ocupaban no menos del 47 por ciento de los puestos más altos bajo Yeltsin.

Aunque gran parte de esto es de mucha utilidad para cualquier gobernante, seguía siendo una desastrosa herencia. Putin lo ha ajustado y centralizado en una estructura de poder más coherente. Estando en posesión de la confianza del electorado, no ha necesitado deshacerse de diputados ni de falsificar plebiscitos. Pero, para encarar cualquier eventualidad, los instrumentos de coerción e intimidación han sido fortalecidos. El presupuesto de la Servicio de Seguridad Federal -- sucesora poscomunista de la KGB -- ha sido triplicado y el número de puestos en la administración federal detentados por personal con antecedentes en la seguridad ha continuado elevándose. Más de la mitad de quienes tienen poder efectivo en Rusia vienen ahora de los aparatos represivos. En espíritu jovial, en [el ex local de la KGB y ex prisión] Lubyanka, Putin se permitió bromear con compañeros veteranos: “camaradas, nuestra misión estratégica ha sido cumplida: hemos tomado el poder”.

No obstante, estos procesos son principalmente acentuaciones de lo que ya existía. Institucionalmente, la innovación más llamativa ha sido la integración de los pilares económicos y políticos del sistema de comando de Putin. En los 90, la gente hablaba de los diferentes criminales que tomaron el control de las materias primas del país como syroviki, y de los funcionarios reclutados de las fuerzas armadas o la policía secreta como siloviki.[i] Bajo Putin, los dos se han fusionado. El nuevo régimen está dominado por una red de personal del Kremlin y de los ministerios con “perfiles de seguridad”, quienes también dirigen las grandes compañías estatales presentes en la bolsa de valores. Los oligarcas, bastante extravagantemente habían mezclado los negocios con la política. Pero esas fueron incursiones hechas por filibusteros del primer o segundo orden. Putin les ha vuelto el plato. Bajo su sistema, se ha logrado una simbiosis más orgánica entre los dos, esta vez bajo el dominio de la política. Actualmente, dos viceministros del primer ministro son miembros del directorio, respectivamente, de Gazprom y Russian Railways; cuatro subjefes del gabinete del Kremlin ocupan el mismo puesto en la segunda más grande compañía petrolera, una gigante empresa de combustible nuclear, una empresa de transporte de energía y Aeroflot. El ministro de industria es miembro del directorio del monopolio del oleoducto; el ministro de finanzas está en el directorio no solo del monopolio de los diamantes sino del segundo más grande banco estatal del país; el ministro de telecomunicaciones, del operador más grande de telefonía móvil. Una forma únicamente rusa de cumul des mandats [acumulación de puestos] cubre la escena.

La corrupción se construye en cualquiera de esos matrimonios entre las ganancias y el poder. Por consenso general, ahora está más difundida que bajo Yeltsin, pero su carácter ha cambiado. La comparación con China es relevante. En la República Popular China, la corrupción es el azote detestado por la población; ningún otro tema levanta la cólera de los ciudadanos comunes hasta tal grado. El liderazgo central del Partido Comunista Chino está nerviosamente consciente del peligro que la corrupción supone para su autoridad, y en ocasiones sienta un ejemplo con funcionarios que han robado demasiado, sin ser capaz de atacar las raíces del problema. En Rusia, por otro lado, parece haber poca indignación por la abundancia de corrupción en todos los niveles de la sociedad. Una actitud común es que un funcionario que recibe sobornos es mejor que uno que inflinge golpes: cambio al que la “era del estancamiento” de Brezhnev, luego del final del terror, habituó a la gente. En este clima, Putin -- hasta ahora, al menos, carente de la codicia personal que distraía a Yeltsin -- puede fríamente usar la corrupción como un instrumento de la política del estado, operando con ella como un sistema de recompensas para quienes cumplen con él tanto como uno de chantaje para quienes podrían resistirse.

La escala de los fondos ilícitos ahora disponibles para el Kremlin ha hecho fácil, a su vez, convertir las estaciones de televisión y los diarios en voceros del régimen. El destino de NTV y de Izvesiya, una creada por Gusinsky, el otro controlado por Potanin, es emblemático. Ambos son ahora dependencias de Gazprom. ORT, alguna vez canal de TV de Berezovsky, al presente está administrado por un factótum proveniente del Servicio de Seguridad Federal. Con esos cambios, el control de Putin sobre los medios se está convirtiendo cada vez más comprensivo. Lo que es dejado de lado, lo que la propiedad no asegura, la autoncensura crecientemente castra. La Gleichschaltung [en alemán en el original: sincronización] del parlamento y de los partidos políticos es, si cabe, aún más impresionante. El partido presidencial, Rusia Unida, y su colección de aliados, sin un programa más específico que el apoyo incondicional a Putin, controlaban cerca del 70 por ciento de los asientos de la Duma, suficientes para reescribir la constitución si fuera necesario. Pero un estado de un solo partido no está a la vista. Por el contrario, atento a las reglas de cualquier democracia que se respete, los técnicos políticos del Kremlin ahora están organizando un partido político de oposición diseñado para licuar los restos del comunismo -- el liberalismo ha sido tachado -- de la escena política, y ofrecer un pendiente decorativo al partido gobernante en el próximo gobierno.

En suma, la construcción metódica de un régimen autoritario personalizado con una fuerte base interna está bastante encaminado. Parte de su atractivo ha venido de su recuperación de la soberanía externa. Sin embargo, aquí la brecha entre imagen y realidad es más amplia que en el frente interno. Putin llegó al poder sobre la cresta de una guerra colonial. En marzo de 1999, Occidente lanzó su ataque contra Yugoslavia. La planificación para la reconquista de Chechenia comenzó el mismo mes bajo Yeltsin. A inicios de agosto, Putin -- entonces jefe del Servicio de Seguridad Federal (de la Federación Rusa) -- fue hecho primer ministro. En la última semana de septiembre, invocando incursiones hostiles en Dagestán, Rusia lanzó un ataque aéreo relámpago sobre Chechenia, explícitamente modelado según el bombardeo de seis semanas de Yugoslavia por la NATO. Hasta un cuarto de la población fue empujada fuera del país antes de que la invasión siquiera hubiera comenzado. Después de una enorme destrucción desde el aire, las fuerzas armadas rusas avanzaron sobre Grozny, que fue puesta bajo sitio a inicios de diciembre. Por casi dos meses, la resistencia chechena se mantuvo contra un granizo de explosivos termobáricos y de misiles tácticos que dejaron a la ciudad hecha una ruina más completamente quemada que Stalingrado. En lo más álgido del combate, en vísperas de Año Nuevo, Yeltsin le entregó el cargo a Putin. Las nuevas elecciones presidenciales fueron programadas para fines de marzo. Hacia el fin de febrero, el alto mando ruso se sintió en capacidad de anunciar que “la operación contraterrorista ha terminado” Putin voló al lugar para celebrar la victoria. Clinton saludó la “liberación de Grozny”. Blair se apresuró a ir a San Petersburgo para abrazar al liberador. Dos semanas después, Putin era elegido por una abrumadora mayoría.

Tal fue el bautizo del presente régimen, en el que Occidente roció el agua bendita. Al año siguiente Bush añadió su unción, después de ver en el alma del presidente ruso. En pago de esta buena voluntad Putin estaba bajo algunas obligaciones que persistieron. La ocupación del país no terminó con la resistencia nacional. Chechenia se convirtió en la esquina del infierno que sigue siendo hasta hoy. Pero a pesar de cuán atroces sean las acciones de las tropas rusas y las de sus colaboradores locales, las cancillerías occidentales tácticamente han desviado la mirada. Después del 11 de septiembre de 2001, Chechenia fue declarada otro frente en la guerra contra el terror, y en la causa común Putin abrió los cielos rusos para que los B52 bombardearan Afganistán, aceptó bases americanas en Asia Central y le preparó a Kabul la Alianza del Norte. Tan dispuesta estaba Moscú para complacer a Washington que en la emoción del momento abandonó incluso sus puestos de escucha en Cuba, de escasa relevancia para la Libertad Duradera en Asia Occidental. Pronto, sin embargo, se hizo claro que habría poca recompensa por tales gestos. En diciembre de 2001, la administración de Bush abandonó el Tratado Antibalístico. Los amigos rusos fueron dejados al margen en el gobierno títere instalado en Afganistán. Las restricciones de Jackson-Vanik al comercio no fueron revocadas.

En este clima, pedirle a Rusia que apoyara la guerra de Irak era demasiado. Con todo, EEUU no debía ser confrontado. Dejado a su cuenta propia, Putin habría preferido decir lo mínimo acerca de la guerra. Pero una vez Francia y Alemania aparecieron en contra de la inminente invasión, no era fácil para él escabullirse calladamente de la escena. En una visita a París, Chirac lo arrinconó para firmar un comunicado conjunto oponiéndose a la guerra, aunque los franceses por sí solos amenazaron con un veto en el Consejo de Seguridad [de la ONU]. Una vez de vuelta, Putin se cuidó de telefonear a Bush con expresiones de comprensión por su difícil decisión, y no hizo líos acerca de la ocupación. Sin embargo, hacia el final de su primer gobierno, los términos de la relación de Rusia con Occidente habían cambiado. Una quincena después de que Putin fuera reelegido a mediados de marzo de 2004, con la accesión de los estados bálticos la OTAN se expandió hasta la puerta de calle de Rusia. Los precios del petróleo, poco mayores a los $18 cuando Putin llegó al poder, estaban ya por sobre los $40 dólares, y elevándose rápidamente a su nivel actual de $60 y más, produciéndole ingresos extraordinarios de $37 mil millones de dólares solo en 2005. Ya era posible una mayor autonomía. El resultado hasta ahora ha permanecido bastante limitado: torpes intentos de contrarrestar un mayor afianzamiento occidental a lo largo de las provincias rusas del sur mediante intimidaciones a Ucrania y Georgia; negarse a minimizar su control sobre los oleoductos a Europa; revisión de las concesiones submarinas en Sakhalin. Con todo, la sombra de Rusia como gigante energético está creciendo. Ahora es el más grande productor de gas y, después de Arabia Saudita, el segundo más grande exportador de petróleo. A medida que Europa se hace más dependiente de su energía, la ventaja estratégica del país apunta a crecer. Ninguna revolución diplomática está en la perspectiva. No obstante, Rusia ha dejado de ser un protegido de Occidente.

¿Cómo ha sido recibido este cambio allá?

[FIN DE LA PRIMERA ENTREGA]
 
[i] Términos y frases rusos. Syroviki: los que están en control de los syryo, o materias primas; siloviki: quienes comandan la sila, o fuerza; kompromat: información comprometedora; krugovaya poruka: literalmente, “promesa circular” o complicidad mutua; poshlost: (de manera general) banalidad pretensiosa.