Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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Irak y la guerra de los contratistas privados
 
Por James Meek. Publicado originalmente como “Hooyah!!”, London Review of Books, Vol. 29, 2/VIII/2007. Traducido por Alberto Loza Nehmad.
 

Reseña de Blackwater: The Rise of the World’s Most Powerful Mercenary Army, por Jeremy Scahill (Serpent’s Tail, 452 pp.)

 
En una película de James Bond, la credulidad del espectador es sometida a la más dura de las pruebas con la visita del héroe a la guarida del villano y su subsiguiente escape. Este genio del mal loco por el poder, este presumido caballero de ajustado traje mandado a hacer que se hace pasar como un osado empresario: ¿cómo fue capaz de construir una base paramilitar sobre una docena de millas cuadradas en medio de, digamos, Estados Unidos, sin hacer levantar ni una ceja entre la policía local? ¿Cómo hizo que su hangar, del tamaño de un zeppelín, fuera aprobado por la comisión de planeamiento del condado? Tal vasta cantidad de concreto. Tales túneles, tales carritos de golf, tales flotas de helicópteros armados con

“Sugerir que Rumsfeld y Dick Cheney han cumplido en Irak la largamente acariciada meta de privatizar en parte las fuerzas armadas de EEUU, es permitir que estos hombres fracasados se hagan de un inmerecido consuelo obtenido de las ruinas de sus esperanzas. La verdad simple es que ellos nunca pensaron que necesitarían tantos soldados como han necesitado y necesitan, para correr a contratar sustitutos.”
ametralladoras. Tales campos de tiro donde una fuerza alquilada con overoles beiges incinera blancos de cartón con granadas y armas automáticas. “Qué piensa de nuestro pequeño patio de recreo, Mr. Bond?”.

Incluso en esta era de endurecida privatización, incluso en Estados Unidos, la noción de que las instalaciones militares son un monopolio del gobierno permanece tan arraigada que en 2003, cuando el intermediario armamentista chileno americano José Miguel Pizarro Ovalle vio por primera vez el centro de procesamiento de mercenarios de la vida real administrado por la firma privada Blackwater en North Carolina, tuvo que recurrir a las imágenes de Cubby Broccoli [uno de los productores de la películas de James Bond]. “Es un ejército privado en el siglo XXI”, le dijo con efusión a Jeremy Scahill.

Era como salido de una película del Dr. No... Es una instalación gigantesca con un terreno militar urbano. Es un simulacro de ciudad donde uno puede entrenar con munición de verdad o con paintball, con vehículos, con helicópteros. Dios, impresionante, muy impresionante... Vi gente de todo el mundo entrenando ahí, civiles, personal militar... Diablos, era como una base militar privada.

 

Es una base militar privada, extendida sobre dos mil trescientas hectáreas y un arsenal (que contiene más de un millar de armas, de acuerdo al Virginian-Pilot, el periódico local, aunque no hay una ley que impida a Blackwater almacenar tantas como quiera). También hay un equivalente de las cuadras del siglo XXI (cuartos de hotel como para convención), una manzana de oficinas en la que las manijas de las puertas tienen la forma del cañón de una ametralladora, y un jardín de rocas en memoria de los 25 empleados y un perro de Blackwater muertos en Irak y Afganistán. La pieza central del monumento es la escultura en bronce de un muchacho pensativo abrazando a una bandera doblada sobre su pecho. Desde que Pizarro visitó el lugar (después reclutó a cientos de chilenos mercenarios para trabajar en Irak para Blackwater, algunos de ellos amnistiados por sus hechos durante el régimen de Pinochet), la construcción ha continuado rápidamente. Blackwater está construyendo una pista de aterrizaje de casi dos kilómetros e instalaciones para alojar su aviación de 20 aviones de transporte y helicópteros, así como un gran hangar para la construcción de aviones y una planta para fabricar un vehículo blindado llamado Grizzly.

El fundador y propietario de Blackwater, Eric Prince, de 38 años de edad, heredero de una fortuna hecha por su padre (un empresario de Michigan que inventó el visor de sol iluminado para autos) no es, legalmente, un villano. No lo hace un villano el que sea un devoto católico, educado en instituciones privadas, ex miembro de las fuerzas especiales de la Marina de EEUU y padre de seis hijos. No lo hace un villano el que haya declarado: “nuestra meta corporativa es hacer por el aparato de seguridad nacional lo que FedEx hizo por el servicio postal”. No lo hace un villano el que sea parte de la dinastía republicana de derecha de Michigan, los DeVos-Prince, que ha financiado a los movimientos cristianos evangélicos que hacen campaña contra la homosexualidad, el aborto y la investigación con células madre. El hecho de que fuera practicante en la administración del Presidente Bush padre, y de que lo encontrara demasiado liberal y apoyara al derechista extremo Pat Buchanan para reemplazarlo, no lo hace un villano; ni lo hace tampoco el hecho de que haya dado un cuarto de millón de dólares en contribuciones de campaña a políticos republicanos. No lo hace un villano que donara medio millón de dólares a una organización establecida por Charles Colson, un delincuente convicto por su papel en el escándalo de Watergate, para conseguir que los presos se conviertan en cristianos renacidos a cambio de mejores condiciones carcelarias (en 1996, Colson exploró la posibilidad de un golpe de estado cristiano contra el reelecto presidente Clinton). Tampoco hace a Prince un villano el que, inmediatamente después del huracán Katrina, cuando los supervivientes estaban desesperados por comida, agua, cobijo y suministros médicos, su compañía llevó munición por avión a New Orleans para surtir a los grupos de mercenarios fuertemente armados que había enviado a la zona del desastre. Es verdad que ayuda a financiar campañas contra la tributación alta y el gasto en bienestar social, mientras los cientos de millones de dólares que ha recibido por sus servicios han venido casi exclusivamente de los contribuyentes de EEUU. Con todo, eso no lo hace un villano.

Un hombre que alquila un escuadrón de abogados de élite para pelear defendiendo a su compañía de las responsabilidades de la muerte de cualquiera, estadounidense o foráneo, en cualquier lugar del extranjero, a pesar de al menos un incidente de mercenarios de Blackwater en Irak que dispararon y mataron a un hombre inocente; a pesar de la muerte en Faluya de cuatro mercenarios de Blackwater a quienes la compañía no había dado vehículos blindados, fuerza combatiente, armas, entrenamiento, instrucciones ni mapas apropiados; a pesar de la muerte de tres solados de EEUU en Afganistán a manos de imprudentes avioneros de Blackwater, quienes también murieron: bien, los observadores casuales podrían pensar que esto podría hacer a Eric Prince un villano. Con todo, lo haría un villano solo en un sentido liberal, humanístico, ético. A ojos de la ley estadounidense, Prince no ha hecho nada vil; por el contrario, él es un patriota y un cristiano, lo que es decir, un buen hombre.

Prince -- quien declinó ser entrevistado por Scahill para su libro -- organizó Blackwater en 1998 con el fin declarado de ofrecer entrenamiento en armas diseñado a medida para las agencias gubernamentales. Al Clark, un anterior mentor de Prince en la marina, quien colaboró con él en el establecimiento del centro, le dijo a Scahill que el concepto había sido, en realidad, suyo, y añadió: “Una de las cosas que comenzó a suceder fue que Erik quería que se convirtiera en un campo de entretenimiento para sus amigos ricos”. Una de las otras cosas que empezó a suceder, sin embargo, fue que cada vez que había un terrible acontecimiento en el que un gran número de personas era muerto, Erik Prince veía alguna forma de aplicar armas al problema y hacer así dinero. Después del tiroteo en Columbine High School de 1999, Blackwater construyó una escuela secundaria simulada para que los equipos SWAT practicaran. Se la llamó R U Ready High [Un juego de palabras: Are You Ready High School]. Unos altavoces emitían la grabación de estudiantes gritando. Fue un éxito comercial (aunque más de 70 estudiantes y profesores han muerto en tiroteos en las escuelas y universidades estadounidenses desde entonces). Cuando yijadistas árabes navegando en un bote de pesca de fibra de vidrio casi hundieron el destructor Cole armado de misiles teleguiados, en Aden, en 2000, Backwater ganó un contrato de $35.7 millones con la Marina de EEUU para entrenar soldados para que defiendan sus colosos de la Guerra Fría con armas de pequeño calibre.

Con todo, fue el ataque de al-Qaida del 11 de septiembre de 2001, y la subsiguiente intervención de EEUU en Afganistán y la invasión a Irak, lo que convirtió el flujo de dinero de los contribuyentes, de un goteo en un chorro de dólares de alta presión. También le dio a Blackwater la oportunidad de transformarse de una compañía que entrenaba soldados para disparar en una compañía que ofrecía a sus propios tiradores para que prestaran servicios en cualquier parte del mundo. El término coloquial es “mercenario”, alguien que combate por dinero. Quienes lo hacen prefieren las resonantes siglas “PMC”, o private military contractor [contratista militar privado], que significan lo mismo.

En abril de 2002, sin que a otra compañía se le diera la oportunidad de presentarse a licitación, a Blackwater se le dio un contrato de $5.4 millones para suministrar 20 guardias para la nueva estación de la CIA en Kabul. A $270,000 por guardia, por seis meses, ellos no resultaban baratos. Se estableció un patrón de contratos de alto valor, sin licitación, que llevó a un portafolio de contratos que Scahill estima en más de quinientos millones de dólares. Cuando en 2000 el gobierno puso por primera vez a Blackwater en su lista aprobada de contratistas, éste anticipaba hacer negocios por $125,000 con la compañía en los siguientes cinco años. En realidad, los hizo por más de $100 millones. Gran parte del aumento se debió a Irak. Uno de los contratos de Blackwater fue por proteger al procónsul de EEUU en Bagdad, Paul Bremer. Justo antes de dejar Irak, Bremer promulgó un decreto dando a los contratistas privados de la ocupación inmunidad ante la ley iraquí “con respecto a los hechos realizados por ellos en concordancia con los términos y condiciones de un contrato”.

Para cuando Donald Rumsfeld fue despedido como secretario de defensa de EEUU, había alrededor de 100,000 contratistas privados trabajando para el gobierno de EEUU en Irak, más de diez veces el número de los de la Guerra del Golfo de 1991. Aunque menos de una tercera parte está en el negocio de la seguridad, varios departamentos de gobierno han estimado que los costos de seguridad durante los intentos posinvasión de reparar los efectos de las sanciones, la guerra, el saqueo y la insurgencia, representan entre el 15 y 22 por ciento de los costos de los contratos. La conservadora estimación de Scahill del precio de la seguridad privada durante la reconstrucción iraquí hasta el momento es de $5.6 miles de millones de dólares. La cifra es estremecedora, y la evidente y creciente privatización del ejército de EEUU es, en vista de esto, perturbadora. No obstante, ¿algo de esto significa que Blackwater se haya ganado los sonoros epítetos que Scahill le dirige?: “ha salido de una ciénaga de North Carolina para convertirse en una suerte de Guardia Pretoriana de la ‘guerra global contra el terror’ de la administración de Bush”.

Hacia la mitad del libro de Scahill, la textura de su informe cambia por un tramo, haciéndose éste más rico, más meditado y minucioso, menos basado en fuentes secundarias. Esta es la sección que más le debe al trabajo de Scahill como periodista en medios como Nation, y ahí cuenta la historia de la muerte de cuatro contratistas de Blackwater en Faluya; la subsiguiente desacración de sus cadáveres por una turba iraquí; el ataque, sin sentido, de EEUU contra la ciudad de Faluya que sobrevino; y la lucha legal entre las familias de los mercenarios y Blackwater.

A medida que los abogados de las familias investigaban, descubrieron el nido de ratas de contratos enredados y el pasarse la pelota en que terminan los contratos iraquíes que salen mal. Los hombres que murieron en Faluya estaban trabajando para Backwater, seguramente. Pero Backwater estaba bajo contrato de Eurest Support Services, que pertenecía a Compass Group de Inglaterra. Se suponía que el equipo de Blackwater iba a proteger una envío para el ejército de EEUU, para el que se había contratado a Eurest en nombre de Kellog Brown Root (que pertenecía entonces a Halliburton, ahora no). Después de que Blackwater fuera enjuiciada, Kellog Brown Root dijo que nunca había contratado a Blackwater para hacer esa entrega y, de todos modos, ¿había habido en realidad una entrega? Blackwater mostró los contratos que los muertos habían firmado, que advertían que ellos podían resultar

disparados, permanentemente mutilados y/ o muertos por arma de fuego o munición, accidentes aéreos, fuego de francotiradores, minas terrestres, fuego de artillería, granadas RPG, autos o camiones bombas, terremoto o cualquier otro desastre natural, envenenamiento, insurgencia civil, actividad terrorista, combate cuerpo a cuerpo, enfermedades, envenenamiento, etc., muertos o mutilados por ser pasajeros en helicópteros o aviones, sufrir de pérdida del oído, heridas en los ojos o pérdida de ellos; inhalación o contacto con contaminantes biológicos o químicos (conducidos por el aire o no) y/o restos impulsados por estallidos etc.

 

A medida que avanzó el juicio, George Bush fue reelegido y el ejecutivo de Blackwater Gary Jackson, envió un mensaje circular con el tema: “¡¡BUSH GANA CUATRO AÑOS MAS !! ¡¡HOOYAH!!” [hooyah, grito de guerra de la marina EEUU. Wikipedia].

Scahill está en lo correcto cuando identifica la muerte de los cuatro hombres de Blackwater y el subsiguiente ataque de venganza de EEUU contra Faluya como uno de los bajonazos en la sombría gira americana por Irak. No obstante, al empeñarse en probar la verdad de su subtítulo, refuerza sus capítulos sobre Faluya y sus resultados con una narrativa que es tendenciosa, repetitiva e inclinada a mostrar algunos de los defectos que muestran sus enemigos ideológicos. Podría ser considerado como un error trivial para Scahill el confundir Turkmenistán con Tayikistán, como lo hace cuando habla de un acuerdo sobre un oleoducto en los noventa. Es menos trivial caracterizar mal a Rumsfeld en primer y prominente lugar como un defensor de la privatización de las fuerzas armadas, cuando su prioridad era hacerlas más ágiles, de alta tecnología y más fáciles de ser usadas por los políticos. En un artículo de Rumsfeld que cita Scahill (“Transforming the Military”, aparecido en Foreign Affairs en 2000), Rumsfeld no menciona ni una sola vez a los contratistas privados; dice que los burócratas del Pentágono deberían actuar como “capitalistas de riesgo”, no que deberían ser capitalistas de riesgo.

Scahill afirma como si fuera un hecho aceptado que EEUU -- “el más poderoso imperio en la historia” -- tiene ambiciones imperiales en Irak, cuando hasta ahora su comportamiento ha indicado que es algo incluso peor: un simple conquistador. Scahill juega especulativamente con la noción de que EEUU deliberadamente ha acogido y protegido en Irak a escuadrones de la muerte shiítas al estilo centroamericano. Hubo una etapa de la ocupación cuando esto parecía un escenario probable, pero ahora ese grado de control e influencia sobre las facciones shiítas es algo en lo que solo pueden soñar los ocupadores, como lo muestra con desilusionante claridad el reciente documental de PBS Gangs of Iraq.
[*] La película, que rastrea los intentos de EEUU de entrenar y refrenar a unas nuevas fuerzas armadas y policiales iraquíes, sugiere que no hay unidades militares o paramilitares de las que Washington pueda depender para implementar la agenda norteamericana de un Irak dócil y pansectario, y pocas de las que puede depender para que no muerdan la mano que las arma. En una secuencia, PBS registra una incursión de tropas de EEUU y de Irak a unas casas y un estacionamiento donde, de acuerdo a un soplo, hay un depósito de armas. Por supuesto que lo hay: ellos encuentran proyectiles de artillería, platos de cobre usados para hacer las extremadamente mortales bombas carreteras, y un auto con una bota llena de explosivos. Los soldados americanos están deleitados con su éxito, pero no escuchan sobre lo que sus camaradas iraquíes están hablando a un lado de ellos. Un camarógrafo de PBS captura este intercambio entre dos oficiales iraquíes, quienes no se percatan de que la cámara tiene un micrófono:

OFICIAL 1 (murmullos): Sé dónde está. No está aquí. Está con el Sheik.
OFICIAL 2: ¿Quién?
OFICIAL 1: Está con mi mulá
OFICIAL 2: Ah
OFICIAL 1: Yo te lo digo, aquí no hay nada. Esto es cosa de niños (mirando alrededor, aparentemente sorprendido por la inutilidad de todo). Las cosas grandes no están aquí.
OFICIAL 3: Señor, la cámara de video tiene un micrófono.

 
Los iraquíes nunca dijeron a sus aliados americanos sobre el verdadero depósito de armas; PBS se enteró de ello meses después, cuando tradujeron la banda sonora del documental.

En el campo de los reportajes geopolíticos de gran envergadura, hay el peligro de la doble exageración. Esto ocurre cuando dos lados aparentemente opuestos -- el investigador y el investigado, el liberal y el conservador, el capitalista y el comunista -- tienen realmente el interés de exagerar el mismo punto de una historia. En su ejemplo más famoso, esto ocurrió durante la Guerra Fría, cuando el Pentágono y el Kremlin compartían el interés de exagerar las capacidades del Ejército Rojo. Así como el libro de Scahill es un intento sincero de investigar una organización con el interés privado de que EEUU esté en guerra tan larga y ampliamente como sea posible, así también tiene el efecto colateral no intencional de exagerar sobre Blackwater de una manera no tan diferente a como Blackwater exagera sobre sí misma. No sabemos qué sienta Prince al verse descrito en las solapas del libro de Scahill como cabeza del “ejército mercenario más poderoso del mundo”, pero sospecho que la respuesta es: muy complacido.

Blackwater no podría dejar de sentirse satisfecha por la manera en la que Scahill subestima la fortaleza de sus rivales. El “ejército mercenario más poderoso del mundo” tiene, según el informe del mismo Scahill, solo 2,300 soldados rasos desplegados por el mundo, el tamaño de una pequeña brigada, y de ellos solo cerca de un millar están en Irak. Blackwater tiene que avanzar a empujones con compañías como DynCorp y MPRI de EEUU, y con una horda de competidores británicos. Uno de éstos, Erinys, según se informa, tiene 14,000 soldados rasos en Irak, la mayoría iraquíes, vigilando instalaciones petroleras. El argumento de Schahill sobre que Blackwater es una poderosa fuerza única, recibe un mal golpe del hecho de que otra fuerza británica, Aegis, ganara un contrato con EEUU en 2004, por casi $300 millones, para coordinar todas las actividades de los Contratistas Militares Privados en Irak. Una tercera firma británica, ArmorGroup, según informes de Junio del Washington Post, tenía una fuerza de 1,200 en Irak, con 240 camiones blindados. ArmorGroup está envuelta en constantes actividades de guerra, a medida que desarrolla su principal negocio de escoltar convoyes de suministros; fue atacada 293 veces en los primeros cuatro meses de 2007, informa el Post.

El estrecho enfoque sobre una sola firma de seguridad privada de EEUU, ha evitado que Scahill escriba lo que podría haber sido un más útil e importante libro acerca del fenómeno militar privado en general. Él deja de distinguir claramente entre los contratistas militares privados, la minoría de ellos del tipo Blackwater, ex soldados altamente pagados, fuertemente armados, obsesionados con el equipamiento, que desempeñan las tareas claramente soldadescas de escoltar convoyes o vigilar a funcionarios, y la mayoría de contratistas privados no militares que realizan trabajos de los que unas fuerzas armadas agachadas, a pesar de todo, no pueden prescindir. No tanto los canes de la guerra como los canes de la lavandería pero, aún así, en Irak y Afganistán, sujetos a grandes riesgos. Scahill ignora el reciente debate realizado en Inglaterra -- fuente de tantos soldados de la fortuna -- y al interior del Comité Internacional de la Cruz Roja, acerca de los Contratistas Militares Privados. Pasa muy ligeramente por dos momentos claves de los tiempos recientes, en ninguno de los cuales estuvo envuelta Blackwater. Uno fue el alquiler por parte del gobierno de Sierra Leona de la firma sudafricana Executive Outcomes, para derrotar a los rebeldes en 1995 (tres años después, se dijo que una firma administrada por el hombre que luego fundaría Aegis, Tim Spicer, transportó vía aérea 28 toneladas de armamento a Sierra Leona, en contravención de un embargo de la ONU). El otro fue el supuesto intento en 2004 de un grupo de mercenarios sudafricanos, dirigido por el oficial británico ex miembro de la SAS, Simon Mann, de derrocar al gobierno de Guinea Ecuatorial.

Incluso en los confines del tema de Scahill hay frustrantes omisiones. Él escribe acerca de cuán alta es la paga diaria de los guardias de Blackwater en Irak en comparación con las tropas regulares de EEUU, y de las asombrosas sumas que Blackwater, como compañía, recibe en pago del gobierno de EEUU. Sin embargo, deja de analizar el más difícil e importante tema del dinero: ¿está el gobierno consiguiendo soldados extra con menos dinero o no? El costo en el largo plazo de un soldado profesional consiste no solo en su paga diaria sino en cuánto cuesta entrenarlo, el costo del cuidado médico de por vida (sea herido o no), y el costo de su pensión, si, como hacen muchos, se retira cuando está en la cuarentena. Blackwater y otras firmas mercenarias no pagan para entrenar a sus reclutas: ellos contratan ex militares, y si hay un entrenamiento extra, los reclutas lo pagan ellos mismos; tampoco ofrecen los mismos beneficios y pensión que las fuerzas armadas.

Lo más desafortunado acerca del libro de Scahill es la manera en que, al servir a su estrecho tema, se las arregla para hacer que la descuidada, encallecida invasión y ocupación de Irak por EEUU e Inglaterra, suenen como un feroz plan que en parte tuvo éxito, más que como un monumento a la incompetencia política tal que el mundo rara vez ha visto. Hay una reveladora oración en la página 344: “A pesar del nivel sin precedentes del envolvimiento del sector privado en el campo de batalla, las fuerzas armadas de EEUU rara vez se han visto más tenuemente extendidas ni han enfrentado tiempos más peligrosos”. La oración podría, y yo sostengo, debería ser cambiada para leerse así: “Extendido más tenuemente que nunca y enfrentando tiempos peligrosos, EEUU ha sido obligado a aceptar un nivel sin precedentes de envolvimiento del sector privado en el campo de batalla”. Sugerir que Rumsfeld y Dick Cheney han cumplido en Irak la largamente acariciada meta de privatizar en parte las fuerzas armadas de EEUU, es permitir que estos hombres fracasados se hagan de un inmerecido consuelo obtenido de las ruinas de sus esperanzas. La verdad simple es que ellos nunca pensaron que necesitarían tantos soldados como han necesitado y necesitan, para correr a contratar sustitutos.

En el fondo, la diferencia entre los soldados profesionales modernos de los ejércitos de EEUU o de Inglaterra, y los contratistas militares privados, no es grande. Son voluntarios. Entran al ejército por el dinero, para probar su valentía, por el equipamiento [the kit], por las armas, para ver cómo es matar y tener a alguien intentando matarlo a uno, por la camaradería, para impresionar a las mujeres y para alejarse de ellas; el patriotismo, también, es un elemento, y el deseo de pertenecer a un equipo. Con respecto a Irak y otros turbios conflictos mundiales, Blackwater y su contraparte militar en EEUU están todavía en la misma página, una que enfatiza el poder de fuego por sobre la conciencia cultural, las habilidades negociadoras o la administración civil. Los comentarios de Prince de hace dos años acerca de cómo Blackwater podría resolver el problema de Darfur muestra cuán firmemente pegado está a su mundo de Los siete magníficos [western de EEUU inspirado en la película Los 7 samurais, de Kurosawa. N. del t.]: “Se habla de Darfur. No pienso que se necesite una fuerza de paz de 8,000 hombres”, dijo. “Si en un momento está cometiendo una atrocidad, son los yanyawid [milicias montadas] quienes deben ser detenidos, y tenemos que ir y detener el problema y resolver la amenaza inmediata”. Blackwater representa en miniatura lo que las fuerzas armadas de EEUU representan en gran escala: una entidad muscular, atávica, cuyos dientes de navaja y garras de cimitarra desgarran en vano a un enemigo demasiado disperso y diverso como para los sentidos que la evolución le ha dado.
 
Notas
[*]www.pbs.org/wgbh/pages/frontline/gangsofiraq/view