“socialistas austriacos” que les dijeron que se dirigían a la oficina del alcalde. Birman y sus amigas hicieron lo mismo y se encontraron con una persona en la mairie [municipalidad] (ella no dice si se trataba del alcalde), quien les ofreció mostrarles un camino seguro a España a través de las montañas. Si la memoria de Birman es confiable, esto habría sucedido el 24 o 25 de septiembre. Por la tarde, Birman y alguien de su grupo hicieron un viaje de reconocimiento de dos horas junto con el guía. Él les señaló la ruta y les aconsejó que se orientaran por medio de una gran cruz que ellas verían un poco más allá, cuando hicieran el viaje definitivo. Todo parecía claro, aunque un poco angustiante, y Birman regresó a Banyuls. Las cuatro mujeres partieron al día siguiente con las primeras luces.
Lisa Fittko, quien no tiene parte en la historia de Birman, hizo una excursión preliminar saliendo de Banyuls, la que bien podría haber ocurrido, según aparece en sus propias memorias Escape through the Pyrenees (1985), el mismo día. Fittko era una antifascista apátrida, una agitadora y propagandista nacida en Austria-Hungría; había vivido en Viena, Berlín y Praga y, hacia fines del decenio de 1930 andaba más o menos fugitiva con su esposo, Hans. Ellos habían estado en Suiza, Francia y Holanda antes de retornar una vez más a Francia. Los Fittko habían sido ambos víctimas de la política francesa de internamiento, que a inicios de 1939 ya estaba “concentrando” a los refugiados españoles republicanos en algunos campos. Con el Pacto Hitler-Stalin y el comienzo de la Falsa Guerra [Período entre la invasión de Polonia y la Batalla de Francia, cuando parecía que no sucedía nada especial. Wikipedia] en el otoño, ellos estuvieron entre los muchos miles de extranjeros germanoparlantes detenidos por las autoridades. Hans estuvo en Francia Central en un campo de Vernuche; Lisa estuvo en Gurs, cerca de los Pirineos, en un “campo de mujeres” donde habían venido deteniendo a refugiadas de España (Hanna Arendt y Dora, la hermana de Walter Benjamin, también estuvieron detenidas en Gurs, mientras Benjamin había pasado varias semanas en Vernuche). A medida que los alemanes se adentraban más profundamente en Francia y el gobierno francés se tambaleaba, la evasión o una salida negociada se convirtieron en una breve posibilidad: mucha gente, incluyendo los Fittko, salieron de los campos. Hans y Lisa Fittko irían a permanecer en Francia hasta finales de 1941, en contacto aunque separados gran parte del tiempo. En sus años de clandestinidad, trabajaron como exitosos agentes que permitieron a muchos refugiados escapar por España. Ambos estaban en contacto con el Comité de Rescate de Emergencia establecido por Varian Fry, un enigmático y osado joven estadounidense que salvó las vidas de muchos personajes ilustres, incluyendo a Chagall, Ernst y Arendt.
No parece que Fittko y Birman se conocieran en 1940. Fittko permaneció en Marsella lo suficiente como para darse cuenta de que escapar vía el puerto era casi imposible, aunque también conocía las costumbres de la ciudad. Ahí, los posibles refugiados podían reunir el papeleo para salir a España y de ahí a Portugal, adonde nadie podía entrar sin prueba de tener un viaje de salida: un pasaje de salida de Lisboa o una visa otorgada por un tercer país. Varian Fry tenía a un amigable vicecónsul que otorgaba cientos de visas infringiendo las normas del Departamento de Estado. Thomas Cook, recuerda Fittko, emitía falsos pasajes en trasatlántico para ayudar a la gente que salía -- a 200 francos cada una -- y los chinos estaban vendiendo permisos de entrada a 100 francos. Birman y sus amigas tenían visas para México. Lo que nadie que necesitara salir de Francia podía conseguir era un permiso de salida; de ahí la necesidad de una salida a escondidas y, por tanto, de la ruta por los Pirineos.
Fittko ya había estado en la oficina del alcalde de Banyuls cuando Birman se dirigió ahí. Fittko había conocido al alcalde mismo, un hombre llamado Azéma, quien tenía una buena disposición hacia los refugiados: él le había dado algunas provisiones y un mapa de la ruta por las montañas. Esa noche, caminando de regreso a Port Vendres, su nueva base a cerca de seis kilómetros de Banyuls, Fittko estaba de buen ánimo: “Leche y verduras y, sobre todo, una nueva y segura ruta fronteriza. Recuerdo... el increíble mar azul y la cadena de montañas, sobre sus faldas verdes viñedos con un toque de oro entre ellos y un cielo tan azul como el mar”. Era Francia como no había tenido ocasión de verla antes. Se extendía al sur más allá de las bahías y por sobre las playas de Magreb, sobre las montañas del Rif, cruzando el desierto y abajo hacia el África subhariana, tan lejos como los bordes septentrionales del Congo: el borde occidental de un gran imperio ya socavado por una guerra mundial y destinado a derrumbarse bajo la presión de otra.
El paso que Azéma favorecía era conocido como la “Ruta de Lister”. En retirada ante la victoria falangista, Enrique Lister, uno de los principales generales de la República -- también un comprometido estalinista -- había huido por este paso montañoso en 1939, camino al exilio en la Unión Soviética (Veinte años después estaría en Cuba aconsejando a Fidel sobre la formación de sus Comités de Defensa de la Revolución). La ventaja de la ruta, como Azéma explicó a Fittko, estaba en que por largos tramos el camino estaba escondido bajo salientes de roca. Fittko había hecho bien al establecer tan rápido un curso tan fiable. Pocos días después, Walter Benjamin llegó a su puerta en Port Vendres. Había obtenido una visa del consulado de EEUU gracias a los buenos oficios de Max Horkeimer y quería que ella lo ayudara a escapar por España.
La versión de Fittko sobre lo que siguió es ahora un justificablemente famoso elemento en el culto de Walter Benjamin. La historia personal de Carina Berman no lo es, pero incluye las más recientes de las muchas últimas palabras acerca de la muerte de Walter Benjamin, una muerte de la que -- para sus admiradores -- tanto parece pender que ésta misma parece suspendida: simbólica hasta el punto de la irrealidad, una representación más que un acontecimiento, como la muerte del mesías cristiano y la desaparición de su cuerpo “levantado”, por tanto tiempo materia de ardientes conjeturas. En un sentido ritual, la muerte de Benjamin está más cercana a la purificación judaica que a un sacrificio redentor. No obstante, apareciendo como un chivo expiatorio, él confunde incluso esa tradición, echado fuera no por su propia tribu sino por sus enemigos, deambulando por una agreste montaña no con las faltas de su pueblo sobre la cabeza -- “todas sus iniquidades y todos sus pecados” -- sino con su inocencia sobre ella. Al mismo tiempo, está marcado con una predicción profética del inminente cataclismo que se cierne sobre Europa y las terribles cantidades de muertos que pocos podían realmente prever (probablemente ni siquiera Fittko, quien afirmó no haber nunca mantenido la cuenta de la gente que ella condujo a salvo en esos días iniciales, y aún menos de cuántos eran judíos). En cuanto a Birman, ella estaba profundamente preocupada por su propio pequeño contingente. Sus memorias eliden muchos detalles; pueden ser irritantemente opacas; están publicadas con un aparato de nimiedades, incluida una foto del editor entreteniéndose en el camino, observando el pueblo donde murió Benjamin. Sin embargo, es un fragmento auténtico, premitológico, de un lugar regado con la basura de peregrinos interesados, y atormentado hasta sus sustratos por regimientos de arqueólogos de Benjamin. A lo que equivale, y donde encaja, depende de qué hagamos con otras fuentes, Fittko en particular, y de nuestra disposición a ir más allá de esta espantosa historia, una vez más.
Benjamin se habría dirigido a la frontera con otras dos personas, Henny Gurland y su hijo adolescente, Joseph (o José), el 26 de septiembre de 1940, de acuerdo a Fittko, aunque otros lo registran como el 25. Hubo un viaje de orientación el día anterior, como el de Birman, que incluyó una visita a la oficina del alcalde de Banyuls seguida de una caminata por los viñedos en camino a la frontera. Incluso este reconocimiento fue difícil para Benjamin, y cuando llegó la hora de regresar se rehusó, prefiriendo pasar la noche en un claro. Para Fittko era obvio que él no quería extenuarse haciendo el primer tramo de la jornada tres veces en vez de una; a pesar de sus resquemores, ella lo dejó. Temprano a la mañana siguiente, Fittko y los Gurland partieron de nuevo, haciendo camino junto con unos cosechadores de uva. Cuando llegaron al claro, “el Viejo Benjamin”, como Fittko lo llamaba, “se sentó y nos miró amablemente”. Ella estaba alarmada por las oscuras manchas rojas alrededor de sus ojos y las tomó como indicios del inicio de algo malo, “un ataque al corazón quizá”. En realidad, el rocío había hecho que el tinte se corriera de la montura de sus anteojos. “El color se sale cuando se humedecen”, explicó limpiando su cara con un pañuelo. El Viejo Benjamin tenía la avanzada edad de 48 años, con un promisorio futuro detrás y una cantidad de problemas médicos, incluyendo problemas pulmonares y una condición cardiaca.
Fittko describe al pequeño grupo partiendo a un paso constante, ella y Joseph haciendo turnos para llevar el negro cartapacio de Benjamin. Mucho más tarde, cuando la gente le preguntaba si ella sabía, o si él había dicho, qué contenía, ella se ponía impaciente. Él llevaba un manuscrito muy importante, a sus ojos más valioso que su propia vida como había insinuado, pero hasta ahí llegaba. Fittko era una militante contrabandista de gente haciendo su primer viaje, no una erudita ni una vividora de la literatura. “Para bien o para mal”, ella dijo del equipaje de Benjamin, “teníamos que arrastrar con esa monstruosidad por las montañas”. Ella también lo llamó “nuestro lastre”. Es probable, dada la importancia vinculada a éste, que ella embelleciera sus memorias -- y ciertamente sus recuerdos -- para hacer más misterioso el cartapacio. Rolf Tiedemann, coeditor de los siete volúmenes de los Escritos completos publicados por Suhrkamp, especulaba que su contenido podría haber incluido una copia de las Tesis sobre la filosofía de la historia; en Harvard los editores de los Escritos selectos dicen lo mismo. En todo caso, el manuscrito, junto con el maletín y todo lo demás que éste tuviera cruzaron la frontera y desaparecieron prontamente.
En el viaje, Benjamin mantenía una rutina de varios minutos de caminata seguidos por un minuto de descanso. “Puedo recorrer todo el camino hasta el final usando este método”, le dijo a Fittko. El truco, añadió, era hacer una pausa “antes de extenuarme”. La marcha era dura y Fittko estuvo sorprendida por la fuerza de voluntad y la cortesía de Benjamin. Era un modelo comparado con algunos de los melindrosos que después llevaría a salvo. Ella recuerda haber estado descansando, comiendo “un pedazo de pan que había comprado gracias a unas cartillas de racionamiento falsificadas” y empujando un plato de tomates hacia Benjamin, quien preguntó “Con su permiso, señora [gnädige Frau], ¿puedo servirme?”. Así es como eran las cosas, ella dice, con “el Viejo Benjamin y su etiqueta de la corte española”.
En la versión de Fittko no hay mención al grupo de Birman. Fittko lleva a su grupo al punto más alto de la ascensión, revisa la costa y se siente segura de que están en España: ha llegado el momento en que debe volver sobre sus pasos pero en lugar de ello decide continuar un poco más y volver solo cuando abajo, a la distancia, ella ha visto la villa de Portbou. Durante su primer intento de hacer pasar a la gente, ella estaba naturalmente deseosa de echar una mirada por los alrededores. El grupo de Fittko, parece, debió haber alcanzado al otro grupo en la cima o cerca de ella, donde Birman estaba sumida en profunda desolación. Recordando las instrucciones de su guía para orientarse por la cruz de un gran cerro, ella estaba sentada sobre el suelo, intentando en vano hacer coincidir su mapa dibujado a mano con un paisaje con cerros marcados con una cruz en la cima.
“Mientras tanto”, ella recordaba, “se nos unió un caballero de edad, una mujer más joven y el hijo de ésta”. Ella describe a su nuevo conocido, quien tan brillantemente había fracasado en impresionar a la academia alemana, como “un profesor universitario llamado Walter Benjamin”. Quizá eran las admirables llaneza y cortesía de Benjamin lo que evocaba la toga facultativa: un personaje de mente y espíritu alertas, pese a que su físico no estaba hecho para esta travesía. Estaba, dice Birman, “a punto de tener un ataque al corazón. El esfuerzo de trepar la montaña en un día extremadamente caluroso de septiembre... era demasiado para él... Corrimos en todas direcciones en busca de algo de agua para ayudar al enfermo”.
Mientras el grupo de Birman y el trío del profesor universitario apuntaron hacia lo que tomaron como el puesto de aduanas más cercano, Fittko volvía sobre sus pasos. A ella le había tomado diez horas subir desde Banyuls hasta la frontera española con los Gurlands -- fue menos para Benjamin, quien había dormido en el claro -- pero le tomó solo dos regresar. Estaba saboreando su primer triunfo, deleitada con la ruta y -- esto tiene un aire de embellecimiento -- gratificada en pensar que “el Viejo Benjamin y su manuscrito están seguros ahora... al otro lado de las montañas”.
Si Portbou hubiera permanecido como una tranquila comunidad de pescadores, nunca habría sido bombardeada por la aviación italiana durante la Guerra Civil, pero se convirtió en una estratégica estación ferrocarrilera a fines de los años veinte y cuando llegaron los refugiados estaba aún malamente dañada. Tras anunciarse ante las autoridades, se les dijo que al día siguiente serían devueltos a Francia. Birman estaba mortificada: evidentemente ellos deberían haber cumplido todas las formalidades en un anterior punto de entrada, que seguramente se les había pasado; su contacto en Banyuls les había advertido sobre esa eventualidad. El cuello de Birman “fue cogido por una gran mano masculina”. Se le hizo dar la vuelta y un hombre grueso le ordenó que lo siguiera de cerca”. Su destino fue la Fonda de Francia, un hotel de Portbou donde ella y los demás fueron alojados bajo custodia [garde à vue]. Era un centro donde concurrían los servicios especiales, incluida la Gestapo (en aquellos días con sus agentes encubiertos como agentes marítimos), informadores y espías de ambos lados de la frontera.
Birman dice que todos tuvieron que alojarse de a dos, excepto Benjamin, quien consiguió “un cuarto para sí solo: su acompañante con su hijo en un lugar, Sophie y yo en un cuarto, y mi hermana y Grete Freund en un pequeño ático”. La situación no podría haber sido peor, pero en algún lugar de su desesperación se abrió una trampa del piso y Birman cayó por ella cuando con Sophie Lippman decidieron que las monedas de oro que habían llevado consigo deberían ser usadas entonces para pagarle a alguien -- cualquiera -- para interceder en su nombre ante las autoridades. Lippman presintió que el “guardián del hotel” podría ser comprable y, como lo predijo, cuando fue a buscarlo, él se mostró presto a ayudar.
A su vuelta Lippman le dijo a Birman que había escuchado un “ruidoso traqueteo en uno de los cuartos vecinos”. Birman fue a investigar y encontró a Benjamin “en un desolado estado mental y en una condición física totalmente exhausta”. Él le dijo que no podía volver a la frontera y que no saldría del hotel. Ella dijo que no había alternativa y él no estuvo de acuerdo: “Me insinuó que traía unas muy efectivas píldoras venenosas consigo. Estaba tendido medio desnudo en la cama y tenía su muy bello y grande reloj de oro de abuelo con la cubierta abierta sobre un estante cercano, y miraba la hora constantemente”. Este “gran reloj de oro de abuelo” era quizá un reloj de bolsillo y, de serlo, con seguridad el que había estado consultando temprano ese día para racionar las pausas durante su heroico y debilitador ascenso. Birman le dijo del intento de soborno y le urgió a que aguantase. “Él estaba muy pesimista” y pensaba que las probabilidades eran muy pequeñas. Poco después, Henny Gurland vino al cuarto y Birman salió. Hubo varias visitas de un doctor local que sangró al paciente y le administró inyecciones, pero si Birman supo esto o no, no lo dice. Ella lo tomó como un claro caso de suicidio. “A la mañana siguiente”, ella escribe, “escuchamos que él había tenido éxito y que ya no estaba más con nosotros”.
Birman puso su historia en papel en 1975. Para entonces ella era una abogada exitosa en Nueva York. Publicada ahora, 11 años después de su muerte, con cierto ligero sentido de duda ésta constituye la última novedad acerca de los acontecimientos de Portbou la noche del 26 de septiembre de 1940. Deja algunas cosas sueltas a considerar. Primero, los restos: Benjamin, quien probablemente se había vinculado con Gurland en Marsella, le dejó a ella una nota antes de perder la conciencia. Ella la memorizó y la destruyó por precaución y transmitió su contenido a Adorno una vez que salió de España. “En una situación que no presenta salida”, ella recuerda que lo que decía la nota, “no tengo otra elección sino darle un final”. Por esos días ella también escribió a su esposo, mencionando al grupo de Birman y describiendo el viaje a Portbou como “una ordalía absolutamente horrible”. Después, en varios momentos de su vida, ella y su hijo -- y Greta Freund -- comentaron con la mejor de sus habilidades las circunstancias de la muerte de Benjamin, pero ninguna realmente pudo explicar las anomalías, mayormente relacionadas con las contradicciones temporales, que surgieron de las notas del doctor, el certificado de fallecimiento y el entierro, registrados un día en los libros de la iglesia y otro día en el archivo municipal.
Los archivos de Portbou y de la vecina Figueres están llenos de extrañezas, cuidadosamente expuestas en la película documental de Mauas ¿Quién mató a Walter Benjamin? (2005). Esos archivos han abierto el campo los interesados en especular con la muerte de Benjamin. En 2001, Stephen Schwartz, un trotskista convertido en sufí, quien siempre había visto la mano escondida del imperio del mal, sugirió que Benjamin podía haber sido asesinado por agentes de Stalin. Es una apuesta oportunista, basada en la premisa de la cooperación fascista-comunista en la limpieza de Cataluña mientras duró el pacto Hitler-Stalin. Si debe haber una mano escondida, es más probable que fuera de la Gestapo. En varios ensayos publicados, Benjamin había anunciado su desprecio por la cultura y la ideología nacionalsocialista (“la fusión de la idea nacionalista con la locura racial”) mucho más ampliamente que sus recelos acerca de la Unión Soviética. Ninguna opinión partidista de Benjamin en tanto objeto de un odio específico, nos hace pasar de la ciénaga de las viejas animosidades al confiable suelo de la evidencia.
La nada sensacionalista, cautelosa película de Mauas, describe un pequeño pueblo con su ración extra de satisfacción falangista luego de la Guerra Civil, enemigo de los apátridas [sans nationalités, en el original] que venían de Francia e infiltrado por la inteligencia alemana. Preocupantes oscuridades ensombrecen la historia médica e incluso la identidad del doctor de turno. De acuerdo a los residentes entrevistados por Maua, dos doctores estaban en ejercicio en Portbou, y en algún lugar de los contenciosos recuerdos de los ancianos locales, está la insinuación de que un simpatizante fascista atendió a Benjamin pero que otro -- de afiliación menos clara -- completó y firmó luego los papeles en ausencia de su colega. Siniestro como parece, esto puede ser simplemente una función en el cuadro de comisiones médicas de un pueblo pequeño. En todo caso, Mauas firmemente rehúsa afirmar que Benjamin fue eliminado.
The Narrow Foothold es una evidencia anecdótica más en favor del testimonio de Gurland, el único testimonio íntimo hasta hoy de que Walter Benjamin se suicidó. También nos permite mirar más fríamente a la noción de que Benjamin hubiera sido especialmente elegido por los nazis y que este hecho estuviera conectado con la detención de los refugiados de Portbou: simplemente, una vez Benjamin estuvo fuera del cuadro, asesinado quizá, muerto en todo caso, ya no había razón para devolver a los demás a Francia. Sin embargo, de ser así, ¿por qué a Birman, quien nos dice que su nombre estaba “casi encabezando” una lista alemana de objetivos a matar, se le permitió seguir camino? La teoría conspirativa ofrece una gran verdad más o menos correctamente, pero solo inadvertidamente: Lo que le sucedió a Walter Benjamin fue esencialmente un tipo de ejecución, incluso si él hubiera decidido servir como ejecutor delegado. Las historias de capa y daga en las que los asesinos de bajo nivel administran letales dosis de eventualidad le restan méritos a este punto.
Birman estuvo equivocada acerca de la importancia de encontrar el “primer” puesto de aduanas: fuera primero, segundo o tercero, no tenía importancia. Si en la muerte de Benjamin hay algo tan famoso como su cartapacio, es el hecho de que en la época en que cruzó, a los funcionarios españoles se les había ordenado devolver a los fugitivos -- cualquier sans nationalité, como explicaba Henny en la carta a su esposo -- y que esta orden fue puesta en vigor por uno o dos días y luego olvidada o desatendida inmediatamente después. El momento de Benjamin fue fatal: Arendt lo llama “un poco común golpe de mala suerte”. Se ha dicho mucho acerca de todo esto, pero la afirmación de Momme Brodersen en su biografía de Benjamin de 1996, es la que flota en nuestra mente: “Es difícil dejar de preguntarse si... la muerte de Benjamin era ‘evitable’, ‘innecesaria’, aunque estas sean preguntas sin respuesta y sin sentido. Otros cientos de personas estaban muriendo, innecesariamente, anónimamente, en las fronteras, millones iban a morir sin ninguna frontera a la vista”.
Para Birman el día siguiente probablemente fue más angustiante que la noche anterior. Las noticias de la muerte de Benjamin, ella insinúa, le llegaron por la mañana, aunque si el certificado médico es verdad a medias, él podría haber estado en coma. Ella recuerda un enjambre de actividades alrededor del teléfono del hotel: “Se llamó a toda clase de personajes y se les pidió ayuda” (Investigaciones hechas en Portbou y Figueres por Ingrid y Konrad Scheurmann en los años noventa produjeron evidencia de cuatro llamadas telefónicas facturadas, totalizando 8.80 pesetas. Ellos piensan que es probable que la central telefónica local hubiera intentado conectarse con el número del cónsul de EEUU en Barcelona). El guardián estaba sirviendo café a Birman, su hermana Dele, Sophie Lippman y Greta Freund cuando dos policías llegaron y anunciaron que todas tendrían que volver a la frontera y recoger visas de entrada. Ellas salieron con una escolta e hicieron la subida en un par de horas. La única señal de un puesto de aduanas era una cabina de teléfono maltratada por el clima. La misma frontera consistía en una soga y más allá de ella, en una variedad de aburridos matones, franceses y alemanes. Los gendarmes españoles se volvieron, señalando cuán honorablemente ellos se habían refrenado de desatar la soga y entregarlos de vuelta a Vichy. Incluso dejaron algunas monedas para que los refugiados usaran el teléfono: deberían llamar, les aconsejaron, a la policía de Portbou, pidiendo permiso para pisar el suelo español sobre el que habían estado caminando con tanta desolación por la mayor parte de las últimas 24 horas.
Ahí estábamos, sentadas sobre piedras y laderas quemadas. Estábamos tan deprimidas que ni siquiera notamos que el cielo se estaba poniendo cada vez más oscuro pese a ser temprano por la tarde. ¡Una tormenta eléctrica! No, una lluvia... Sopesamos nuestras posibilidades. Había solo una dirección con resultado incierto, todas las demás significaban la muerte. Decidimos así regresar a España. No había esperanza de volver caminando, ya no había huellas transitables, una solo podía sentarse sobre las piedras y tratar de deslizarse hacia abajo.
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