ocupada por miles de estudiantes, su hijo de 17 años, aún en el colegio, fue arrastrado por el movimiento. Al anochecer del 3 de junio, cuando la atmósfera se ponía cada vez más tensa, ella temió que el muchacho pudiera unirse a los manifestantes en las calles y lo encerró en su departamento. Escapó por la ventana de un baño y fue muerto esa noche, cuando las tropas avanzaron hacia el centro de la ciudad. Nadie sabe cuántos murieron con él. La represión del gobierno ha sido tan completa que el número de víctimas permanece siendo un misterio. Cuando Li Hai, ex activista de la Universidad de Beijing, intentó recolectar información acerca de ellas a inicios de la década de 1990, fue sentenciado a nueve años de prisión por “filtración de secretos de estado”. A pesar del constante acoso policial y de repetidos arrestos domiciliarios, Ding persistió en sus búsquedas y en 1994 publicó, en Hong Kong, una lista verificable de víctimas. Cada año esa lista se ha expandido y tiene ahora 186 nombres. Cada vez más gente que perdió a miembros de su familia se viene reuniendo alrededor de Ding. Inspirada por el ejemplo de las Madres de la Plaza de Mayo, madres de los desaparecidos de Argentina, y con ayuda de activistas de derechos humanos de Hong Kong, hace algún tiempo Ding y sus amigos se llamaron las Madres de Tienanmen. En realidad, el grupo ahora incluye a padres, esposas y maridos de quienes fueron muertos, así como algunos de quienes resultaron heridos durante la represión. Qi Zhiyong, obrero, perdió una pierna a causa de una herida de bala recibida cerca de Tienanmen. Por el hecho de buscar reparación y compensación del estado, ha sido repetidamente golpeado en su hogar por matones de la policía; este año fue puesto bajo arresto preventivo antes del 4 de junio y liberado solo después de que pasara el aniversario. Su caso es típico.
Los temores del gobierno no son irracionales. A lo largo de seis semanas, lo que comenzó como una manifestación de estudiantes se convirtió en una crisis política nacional en la que la legitimidad del monopolio del poder del Partido Comunista Chino fue seriamente cuestionada por primera vez desde la fundación de la República Popular. El gobierno resolvió la crisis ordenando a las tropas activas, traídas desde las provincias, a imponer la ley marcial en Beijing, incluso a costa de abrir fuego contra la multitud y de atropellar con sus tanques a manifestantes pacíficos con el fin de ganar el control de la Plaza Tienanmen, el espacio simbólico más poderoso de China. Después del primer disparo, por una semana entera ni una sola autoridad política salió a enfrentar a la nación, dejando a la capital bajo el control del ejército profesional, una situación que Beijing no había visto desde la Expedición Aliada contra la Rebelión de los Bóxeres, en 1900.
Con la decisión de Deng Xiaoping de aplastar las manifestaciones, el partido recuperó su monopolio del poder pero no su legitimidad ni su autoridad. Para llenar el vacío ideológico, Deng puso a China en un acelerado camino hacia el cambio económico, anunciado a la nación en un discurso lanzado en la primavera de 1992 en la ciudad sureña de Shenzhen, y expresado en el mensaje “Hacerse rico es glorioso”. Pegado en paneles por todo el país, el nuevo eslogan del Partido desechaba toda posibilidad de discusión de ideas o principios, proclamando simplemente: “El Desarrollo es el Argumento Irrefutable”. Quince años después, China es la maravilla industrial del mundo. El estándar de vida promedio ha mejorado, la pobreza se ha reducido, la urbanización se ha disparado, las exportaciones y las reservas internacionales están por los cielos. En el extranjero, la admiración por la República Popular nunca ha sido mayor. La prosperidad y el orgullo nacionales típicamente andan juntos. Con tales logros para alardear, ¿por qué el Partido Comunista debería estar tan temeroso de algo que sucedió hace ya mucho? ¿Por qué hace tan denodados esfuerzos para distorsionar y reprimir el pasado?; y, donde es incapaz de borrar por entero la memoria de la gente, ¿por qué intenta presentar las manifestaciones de 1989 como unos disturbios sin sentido y, a los activistas del movimiento, como embusteros conspiradores? Aparte de eso, la pregunta de verdad es ésta: ¿Cuál fue la convicción que condujo a que los manifestantes se enfrentaran a la maquinaria militar?
Dos interpretaciones opuestas del movimiento de 1989 han ganado terreno, principalmente en Occidente aunque también en alguna medida en China. La primera es socioeconómica. A inicios de 1988, el gobierno ejerció una fuerte presión para liberar los precios, pero la inflación que siguió provocó reacciones tan fuertes en todo el país que, en enero de 1989, estuvo obligado a reinstituir el racionamiento de alimentos en las grandes ciudades. Algunos investigadores estadounidenses han sostenido que este fue un factor del descontento social masivo que se manifestó en la primavera de 1989. En la misma China, los pensadores de la Nueva Izquierda han llevado ese argumento un paso adelante, viendo la intervención militar del 4 de junio como la preparación del camino para la mercantilización de la economía, mediante el quiebre de la resistencia contra la eliminación de controles de precios (controles que fueron retirados nuevamente, esta vez con éxito, a inicios de los noventa). De acuerdo a este punto de vista, el impulso que conducía a este movimiento masivo, incluso su inspiración, era el rechazo a reformas que le quitarían a la población los establecidos estándares del bienestar colectivo. Lo que destruyeron los disparos en Beijing fueron las últimas esperanzas del “tazón de arroz de acero” del socialismo, dejando el camino libre para el desarrollo completo del capitalismo en China.
Otra escuela del pensamiento pone de cabeza el argumento anterior. En esta versión, el movimiento masivo, lejos de aferrarse al pasado socialista, miraba resueltamente hacia un futuro liberal. El creciente número de pancartas escritas en inglés y la estatua de espuma plástica de una “Diosa de la Democracia”, inspirada en parte en la Estatua de la Libertad, que se erigió en Tienanmen en los últimos días de Mayo, mostraban que Estados Unidos era el verdadero sueño de los manifestantes: no el tazón de arroz de acero, sino el mercado y la urna electoral. El mes pasado en Washington, George Bush inauguró un monumento erigido a las Víctimas del Comunismo, una réplica de bronce, a menor escala, de la diosa de espuma plástica.
Es verdad que el descontento socioeconómico, especialmente después de una rápida inflación en el verano de 1988, jugó un papel importante para generar un apoyo a las protestas estudiantiles del siguiente año. No obstante, en el movimiento de 1989, estos reclamos económicos se transformaron de manera clara en protestas políticas. Su objetivo era la manera en la que Deng Xiaoping y Zhao Ziyang, entonces secretario general del Partido Comunista, gobernaban el país. Particularmente poderosa para movilizar la protesta fue la descripción de las reformas que ofreció Zhao, como “cruzar un río, paso a paso, apoyándose sobre las piedras que están bajo el agua”. Si todo lo que puedes hacer es probar la estabilidad de las piedras del lecho del río, que no podemos ver, ¿qué te da el derecho a tener el monopolio de elaborar las políticas? ¿Por qué deberíamos esperar, mientras tú eliges tu camino por la corriente, de vez en cuando poniendo el pie sobre la piedra correcta y dejándonos ahogar cuando pones el pie en la piedra equivocada? Este era más o menos el sentimiento del movimiento. Los eslóganes económicos de 1989 fueron en su mayor parte ataques contra políticas del pasado que habían resultado malas, y especialmente contra la corrupción entre los funcionarios de alto nivel. Ellos, sin embargo, nunca tomaron la forma de exigencias económicas específicas, ni ninguna demanda de ese tipo surgió en los muchos intentos de “diálogo” -- es decir, negociaciones -- entre los manifestantes y funcionarios, antes de que las conversaciones finalmente se rompieran. Dominaban las inequívocamente políticas exigencias de libertad de expresión, derechos ciudadanos y participación ciudadana.
En cuanto a la ideología del movimiento, se debe recordar que esta enorme agitación erupcionó muy rápidamente. Cuando a mediados de mayo una huelga de hambre de los estudiantes puso presiones al gobierno, los medios noticiosos, incluyendo el Diario del Pueblo, disfrutaron de una semana de libertad de prensa sin precedentes en la historia de la RPCH. En las calles, personas de diversa extracción social eran súbitamente capaces de vocear sus ideas y debatir entre ellas. En el consiguiente alboroto, era fácil sobreinterpretar unas cuantos símbolos aislados. La imaginación popular sobre Estados Unidos es un ejemplo. Una idea altamente abstracta de EEUU, basada en muy pocos conocimientos, se convirtió en uno de los vehículos -- una caparazón, podría decirse -- en los que la gente invertía su energía imaginativa. Esta caparazón fue llenada, sin embargo, con conocimientos y reflexiones críticas basadas en una vida de varias décadas en una sociedad socialista o semisocialista. El discurso socialista y unas nociones idealizadas de Estados Unidos se hallaban mezclados en la mente de la gente. Esto podría ser una decepción para los intelectuales de hoy, quienes ocupan posiciones ideológicas más definidas, liberales o izquierdistas. Sin embargo, bajo la Diosa de la Democracia, las cintas que llevaban atadas al brazo los del piquete, eran rojas. El significado histórico del movimiento de 1989 de Beijing no está en uno u otro paradigma sostenido por éste o aquél portavoz o líder. Está en el espacio que el movimiento le abrió a la imaginación creativa y en las oportunidades que ofreció para la experimentación. El objetivo estuvo siempre en los derechos de los ciudadanos a participar en la vida pública del país, y en los canales que les permitirían hacerlo.
Sin negar la importancia que tuvieron los procesos económicos o las confrontaciones ideológicas en la creación de la crisis, el hecho incontrovertible es que los millones que estuvieron presentes en las manifestaciones de Beijing entre abril y junio de 1989, formaron parte de lo que esencialmente era un movimiento político. ¿Cuál era su objetivo? Durante el año pasado, en numerosas ocasiones los funcionarios del partido abordaron públicamente, por fin, el tema de la reforma democrática. Parece que ellos creen que el tiempo y las repetidas mentiras han creado una barrera suficiente para impedir que la gente relacione la palabra “democracia” con las protestas de Tienanmen. Sin embargo, siempre he creído que el coraje de los manifestantes provino del poder que tenían las ansias de democracia de ese movimiento de masas.
El movimiento estuvo, por supuesto, dirigido por estudiantes, aunque al final ellos constituían solo una modesta proporción de quienes tomaban parte, y ellos han sido señaladamente criticados con persistencia, no solo por el gobierno sino por un número de intelectuales en China y el extranjero, quienes sostienen que si los estudiantes hubieran tomado el poder, habrían ejercitado una dictadura más extrema que la del Partido mismo. En realidad, la mayoría de los estudiantes estaba preocupada por la cuestión de la legitimidad democrática de sus acciones. Ellos efectivamente fueron más allá de solicitar la simpatía pública hacia sus protestas, pero nunca pretendieron derribar al gobierno ni usurpar su autoridad. Aunque carecían de experiencia práctica, debido a la vigilante prohibición contra las organizaciones que no fueran gubernamentales, habían aprovechado de la atmósfera más abierta y reflexiva de los años ochenta. Las ideas acerca de la reforma democrática habían sido ampliamente difundidas por el físico disidente Fang Lizhi y otros. Los principios políticos de autonomía y transparencia eran los temas candentes de entonces.
A mediados de abril de 1989, menos de una semana después de la muerte de Hu Yaobang, líder reformista del Partido Comunista, quienes se habían congregado para rendirle homenaje comenzaron a formar organizaciones independientes. En una universidad tras otra, tan pronto un individuo tomaba la iniciativa, lo seguían muchos estudiantes. En efecto, así es cómo nació la Asociación Autónoma de Estudiantes Universitarios de Beijing, la organización básica de la protesta de 1989. Cada universidad tenía representantes estudiantiles que usaban sus nombres verdaderos en lugar de protegerse en el anonimato, una gran diferencia con los movimientos estudiantiles que habían emergido a fines de los años setenta. Yo estaba entre ellos.
Con sus carnés universitarios como documento de identificación y sus nombres al descubierto, los estudiantes tuvieron que asumir la responsabilidad de lo que estaban haciendo y reconocer su propia posición de poder como representantes del cuerpo estudiantil. Bajo una tremenda presión política, así como bajo las presiones del tiempo y el espacio, las organizaciones estudiantiles encontraron numerosos obstáculos en su esfuerzo de aprender los procedimientos de la democracia y aprender a practicarlos. La calidad de representantes de algunos estudiantes solo lo era de nombre y se habría desvanecido tras un escrutinio. Con todo, enfrentados ante la decisión final de retirarse o no de la Plaza Tienanmen, los líderes estudiantiles aún se basaron en el voto para persuadir a sus seguidores así como a sí mismos, de lo correcto de su curso de acción. El funcionamiento interno de sus organizaciones siempre dependió de la legitimación democrática.
Esto no es afirmar que todo cambio en los acontecimientos fuera determinado democráticamente. Hubo muchas imperfecciones en el ejercicio estudiantil de prácticas tan novedosas para ellos. En China, entre los intelectuales de hoy, siempre se oye acerca de la distinción entre una república y una democracia. Adaptando ésta, yo usaría el término “república” para la voluntad conjunta que establece a una colectividad política, en primer lugar; y “democracia” para los procedimientos que gobiernan a esta colectividad una vez que la unidad se ha establecido. Idealmente, ambas deberían ser complementarias, pues sin unidad republicana no hay una armazón para la democracia, y sin democracia nunca se garantiza el espíritu original de una república. A un nivel, los estudiantes sabían esto. Ellos exigían democracia, pero siempre asumían que ésta se realizaría en el contexto de la República Popular, de este modo ellos justificaban su confianza al marchar por las calles. A otro nivel, sin embargo, las conexiones no siempre eran bien entendidas. El grupo que hizo la huelga de hambre, por ejemplo, tenía poco interés en el más grande cuerpo estudiantil representado por la Asociación Autónoma de Estudiantes Universitarios de Beijing. En realidad, ese grupo de huelguistas funcionaba como una pequeña “república”. La huelga de hambre tuvo un efecto galvanizador en la ciudad, pero cuando los huelguistas intentaron hablar a nombre de los estudiantes en conjunto, dejando de lado a la Asociación Autónoma, algo contra lo cual me expresé, se produjeron las inevitables confusión y crisis de legitimidad. Muchos estudiantes eran concientes de esa contradicción, y desesperadamente intentaron figurarse los problemas conceptuales que encontraban en el poco tiempo del que disponían. Sin embargo, es justo decir que virtualmente todos ellos compartían un entendimiento básico de la democracia, como el derecho a expresar opiniones diferentes y de participar en una toma de decisiones pública, y a elegir representantes o revocarlos; y estos principios simples eran muy sincera aunque a veces torpemente practicados.
Una crítica diferente que a menudo se le ha hecho a los estudiantes es que una vez que la capital tomó las calles en vastas manifestaciones, ellos no se mezclaron con la ciudadanía congregada. Si las organizaciones estudiantiles hubieran buscado concientemente liderar un movimiento de masas, ese sí habría sido un mal camino. Lo que su “exclusividad” mostraba, era su rechazo a abusar de su propio poder: los estudiantes eran muy conscientes de los límites de su propia legitimidad. No todos los líderes estudiantiles eran perfectos -- ¿cómo podrían serlo? -- pero estoy seguro de que si el gobierno hubiera caído, no habría surgido ninguna autocracia dirigida por estudiantes. En lugar de ello, las organizaciones estudiantiles habrían pedido al pueblo que eligiera a sus propios representantes, para reducir el peso ya insostenible de la responsabilidad. El Congreso Nacional Popular habría sido la agencia más probable para dar los siguientes pasos en un largo proceso de democratización.
¿Y qué hay con respecto a los ciudadanos mismos? Durante los 20 días de la ocupación estudiantil de la Plaza Tienanmen, enormes cantidades de ellos desfilaron bajo las banderas de sus diferentes unidades de trabajo y afiliaciones, como si esto ayudara a justificar sus acciones. Sin embargo, cuando caía la noche, ellos salían individualmente a las calles, representándose a sí mismos. Muchos confrontaban a los funcionarios del gobierno cara a cara. Estas diferentes maneras de participar, la diurna y la nocturna, gradualmente convergieron. Una vez que el gobierno declaró la ley marcial y aumentó su control de todos los lugares de trabajo, las personas se dieron cuenta de que la estructura socialista que vinculaba sus derechos económicos y políticos con su unidad de trabajo estaba colapsando ante sus ojos, y tomó una posición clara en tanto ciudadanos, arrojando la ambigua seguridad de su afiliación institucional en la confianza de que el gobierno estaba en lo equivocado.
Lo que sacó a la gente a las calles no fue solo su deseo de expresar simpatía con los estudiantes, sino que a ella se le negara sus derechos ciudadanos. Fuera esto el resultado inesperado de la marcha del 27 de abril, de la proclamación de la ley marcial el 20 de mayo o de los primeros disparos en la noche del 3 de junio, las respuestas más grandes siempre se dieron en respuesta a las medidas más duras del gobierno. Sin esta enorme explosión de energía, el movimiento de 1989 nunca habría tenido lugar.
Estos días, en Internet se puede ver muchos videos cortos que conmemoran los acontecimientos de 1989 en China. Lo que es más sorprendente en ellos son las expresiones de los rostros de la gente: entusiasmo, ansiedad, esperanza, determinación, compasión, entre diferentes grupos y generaciones. Los manifestantes estaban interesados en la democracia, no en derribar al gobierno. Solo si se reconoce esto se puede entender por qué, a lo largo de semanas de protestas, la gente desplegó tanta autodisciplina. Esto no provino del temor a la venganza del gobierno sino de un fuerte sentimiento de orgullo y de la capacidad de tomar su destino en sus propias manos, visiblemente un legado de la revolución china y de un pasado socialista. La tasa de delitos en Beijing se redujo drásticamente. No se informó de ningún incidente de saqueo ni vandalismo. En Beijing y Chengdu, al menos, incluso los ladrones estuvieron en huelga para protestar contra el gobierno. Espontáneamente, había orden en todo lugar. El 17 de mayo, en una atmósfera de crisis, hubo una discusión televisada entre el primer ministro, Li Peng, y algunos de los líderes estudiantiles acerca de la “anarquía” del movimiento. En ella se desató un intercambio acerca de quién era responsable por las escenas de la plaza, interrumpiendo uno de los discursos paternalistas de Li, y observé que su rostro se ponía rojo y luego blanco, mientras con ambas manos apretaba con fuerza los brazos de su silla. Recuerdo haber insistido, cuando me tocó el turno de hablar, que los estudiantes estaban exigiendo derechos garantizados por la constitución china y que lo que caracterizaba al movimiento era lo opuesto de la anarquía: orden con calma, confianza y moderación. Por supuesto, eso era lo que el gobierno temía realmente.
Tres días después, se declaró la ley marcial y aparecieron tanques en las afueras de la ciudad. La gente los mantuvo alejados por dos semanas. Nadie de quienes estuvieron ahí, cuando el pueblo de Beijing confrontaba a las tropas en sus camiones y los vehículos blindados, olvidará jamás ese espíritu. Cuando vino el ataque, la noche del 3 de junio, la mayoría de las víctimas no fueron estudiantes sino ciudadanos comunes y corrientes. Los extraños se ayudaban sin hacer preguntas y algunos fueron muertos cuando intentaban salvar la vida de otros. El mundo recuerda la imagen de un hombre solo, de pie, frente a una columna de tanques que avanzaba. La ciudad estuvo llena de un pueblo muy valiente, esa noche. El motivo de conmemorar el 4 de junio cada año, no es simplemente recordar su trágico costo, sino recapturar el magnífico espíritu del movimiento, raramente visto en China durante los últimos siglos.
Que este fue el verdadero significado del movimiento social de 1989 puede verse a partir del duradero temor que le tiene el gobierno. Si hubiera sido ocasionado solamente por protestas económicas, habría tenido poca resonancia en la China de hoy, donde el estándar de vida en las ciudades es bastante más alto de lo que era entonces. Si hubiera estado motivado por el deseo de las cosas americanas, la satisfacción ha sido en más de una forma brindada: la comida rápida, las películas de Hollywood, los concursos por televisión están por todos lados, los principios de los negocios se ejercitan más vigorosamente en todos los niveles de la administración que en EEUU mismo. La razón por la cual el recuerdo del 4 de junio aún persigue a los altos funcionarios del Partido es que se trató de algo que el crecimiento rápido y el consumismo no han alterado, pues a pesar de todas los récordes que está marcando, actualmente China no es un mar de calma social. Desigualdades enormes, sistemas de bienestar poblacional que colapsan, desastres medioambientales, tomas de tierras, inmigrantes maltratados, trabajos brutalmente explotadores, niños raptados y esclavizados, los desempleados abandonados y -- por muchas razones la cosa más odiada de todas -- la corrupción rampante, han cultivado un amplio descontento. Las explosiones locales de furia popular, especialmente en el campo y los pequeños pueblos, donde las condiciones sociales son peores y el control policial es escaso, se han multiplicado en los años recientes. En este envenenado medio social, en el que la especulación más grosera por parte de criminales y funcionarios, típicamente asociados entre sí, es una realidad diaria, la raíz de estos males es clara. Es el monopolio de poder por parte del partido gobernante lo que hace imposible que la gente controle los abusos de los que es víctima. Solo los derechos democráticos podrían hacer que quienes tienen el poder puedan responder por sus acciones y liberar las energías populares necesarias para lograr todas las cosas de las cuales ellos son incapaces. Esta es la razón de por qué, incluso hoy, siempre que rebalsa la indignación producida por la injusticia y la corrupción, la memoria colectiva de 1989, podemos estar seguros, acecha en la mente de los gobernantes y (cuán frecuentemente, es algo que solo podremos adivinarlo) en la de los gobernados.
La situación no es inmutable. Este año, el 4 de junio por primera vez se le permitió a la profesora Ding conmemorar la muerte de su hijo. Seguida por un escuadrón de policías vestidos con ropas civiles, ella fue de su departamento al lugar junto a una estación de trenes donde él fue muerto, y puso flores sobre el pavimento. Las fotografías de ese escena llegaron a Internet, donde también por primera vez, este año, hubo una reunión en línea en memoria de las víctimas de 1989, llevada a cabo a través de un servidor web ubicado fuera de China, al que se podía acceder desde el continente con la ayuda de un software especial. Este es un pequeño avance; muchos más tendrán que venir. La sociedad china necesita reconocer la tragedia, condenar las muertes, aceptar y respetar a las familias de quienes murieron y rendir honores al trabajo de las Madres de Tienanmen, preservando la memoria del pasado colectivo nacional. Esto no ha sido en vano. Cuando se supo de que el joven subeditor del diario Evening News de Chengdu no había sabido a qué se refería la fecha 4 de junio, muchos jóvenes chinos nacidos en los ochenta dejaron en claron por Internet que ellos sí sabían.
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