Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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Mao y Nixon: el encuentro que cambió la historia
 

Por Roderick MacFarquhar. Título original “Mission to Mao”, The New York Review of Books, Vol. 54, No. 11, 28 de junio de 2007. http://www.nybooks.com/articles/20343

Reseña del libro de Margaret MacMillan, Nixon and Mao: The Week that Changed the World. Random House, 404 pp.

 
Mao y Nixon“Esta fue la semana que cambió al mundo”, fue el resumen de Richard Nixon al final de su viaje a China de febrero de 1972.[1] La hipérbole estaba justificada, pues esta visita a China por un presidente estadounidense significó un cambio de rumbo en la guerra fría. Hasta entonces, la Unión Soviética y China habían sido antagonistas de EEUU. A partir de entonces, tanto Beijing como Moscú vieron que les interesaba llegar a acuerdos con Washington. Para los chinos, esto significó salir de la marginación. Después del anuncio de la visita hecho en julio de 1971, los esfuerzos de EEUU para mantener a China fuera de la ONU perdieron credibilidad: ese octubre la República Popular China reemplazó a la República de China (Taiwán) en el Consejo de Seguridad; EEUU fue incapaz incluso de mantener a Taiwán en la Asamblea General. Los estados miembros que habían votado lealmente con EEUU empezaron a transferir su reconocimiento del gobierno nacionalista de Taiwán al régimen comunista de Beijing.
 
Roderick MacFarquar (1930- ), profesor en Harvard, político, periodista y experto en temas relacionados con China y el Oriente reseña un libro acerca del histórico encuentro de 1972 entre Richard Nixon y Mao Zedong. Su artículo incluye reveladores datos sobre el contexto de esta sorpresiva cita. La autora del libro, Margaret MacMillan, describe a los protagonistas de esa cita: “Nixon y Mao, Kissinger y Zhou [Enlai]. Dos hombres que, a pesar de todos sus errores, poseían la visión y la determinación necesarias, y dos hombres que tenían el talento, la paciencia y las habilidades para hacer realidad esa visión”.
Margaret MacMillan, vicerrectora académica y profesora de historia de la Universidad de Toronto y supervisora electa de St. Antony’s College, Oxford, ha tomado este dramático episodio como tema de su tercer libro. La profesora MacMillan comenzó su carrera intelectual -- impelida por conexiones familiares -- con una tesis sobre los británicos en la India entre 1880 y 1920, un producto de la cual fue un libro lleno de empatía, Women of the Raj (1988). Quizá un imperativo familiar estuvo nuevamente involucrado con su segundo libro, ganador de múltiples premios, Paris 1919: Seis meses que cambiaron el mundo (2003), puesto que David Lloyd-George, el primer ministro británico presente en las conversaciones de Versalles que dieron fin a la Primera Guerra Mundial, fue su bisabuelo. Más importante, sin embargo, es que ella descubrió un nicho que sus magníficas dotes narrativas le permitieron explotar: tomar un importante pero breve episodio histórico discreto y usar archivos y las mejores fuentes secundarias para convertirlo en una historia popular para una nueva generación de inteligentes lectores.
 

Esto es lo que ella se propone hacer con Nixon and Mao: The Week That Changed the World [Nixon y Mao: La semana que cambió al mundo]. Es una tarea más difícil que Paris 1919; relativamente pocos lectores fuera de las filas de los historiadores del siglo XX saben lo que sucedió en Versalles, excepto quizá que alimentó la indignación alemana y le dio una causa a Hitler. En el caso de Nixon y Mao, cualquier persona con más de 50 años probablemente tiene algún recuerdo de la visita, y desde entonces los lectores de reseñas de libros de estas páginas y otros medios habrán sido concientes de los comentarios sobre la visita y la diplomacia que condujo a ella. Además, muchos de los norteamericanos que tomaron parte en los encuentros y en los planes de éstos aún están vivos y sin duda revisarán sus páginas para ver si la autora ha sido justa con ellos. Es una historia familiar, pero la fortaleza de MacMillan es el ser una gran narradora, y en Nixon y Mao ella reúne los datos de la época junto con subsecuentes revelaciones y comentarios.

1.

Los motivos de Nixon para realizar ese viaje son bien conocidos y han sido desarrollados en sus memorias y en las de Henry Kissinger, entonces su consejero de seguridad nacional. Ya desde su temprano artículo en Foreign Affairs de octubre de 1967, Nixon había escrito acerca de su meta de largo plazo de “traer a China de vuelta en la comunidad mundial, pero como una nación grande y progresista, no como el epicentro de la revolución mundial”.[2] Sin embargo, más concretamente, en el corto plazo él esperaba persuadir a los chinos a que influyeran para que los norvietnamitas acordaran una paz honorable que permitiera a EEUU retirarse de Vietnam. Kissinger no pudo conseguir ayuda soviética para resolver la Guerra de Vietnam; los chinos eran la alternativa. También esperaba que un encuentro en China ejerciera presión sobre Moscú para que aceptara llegar a un acuerdo mayor para la limitación de armas. Para lograr esto, Nixon, el guerrero ultra de la guerra fría y rabioso anticomunista, estaba preparado para ir a Beijing. Como muchos han señalado, eran precisamente estas credenciales derechistas las que significaban que Nixon, y solo Nixon, pudiese ir a China.

Kissinger estuvo inicialmente escéptico. Cuando en las primeras semanas de su presidencia, a comienzos de 1969, Nixon le dijo que deseaba abrir relaciones con China, Kissinger le dijo a su ayudante el general Alexander Haig: “Nuestro líder se ha tomado una licencia de la realidad. Me acaba de ordenar que haga verdad este vuelo de la fantasía”. En el verano de 1969, el jefe del gabinete de Nixon, Bob Haldeman, le dijo a Kissinger que Nixon intentaba visitar China antes de terminar su presidencia. La sonriente respuesta de Kissinger, según Haldeman, fue: “Harto improbable” [Fat chance, en el original]. Sin embargo, una vez que Kissinger se convenció de la seriedad y determinación de Nixon -- hacia finales de 1969, de acuerdo a MacMillan --, se sumergió en el proyecto al extremo que en sus memorias intentó reclamarlo como una iniciativa conjunta o, como él dijo alguna vez, “Yo abrí China con cinco personas”.



La preocupación de Nixon acerca de obtener el crédito exclusivo de la iniciativa china encolerizaba a Kissinger... Él estaba tan determinado como el presidente para exprimir la apertura hacia China como un crédito personal y tanto como fuera posible.[3]

Coincidentemente, Mao parece haber resentido la publicidad internacional que el premier Zhou Enlai consiguió por su rol en la apertura a los Estados Unidos. A mediados de noviembre de 1973, a pesar de que acababa de concederle a Kissinger una cordial audiencia de tres horas en su primera visita a Beijing como secretario de estado (sus visitas previas de 1971, 1972 y febrero de 1973 fueron como consejero de seguridad), el Presidente Mao ordenó al Buró Político que atacara a Zhou por “capitulacionismo de derecha” y “por vender al país” en sus tratos con Estados Unidos. Desde el 25 de noviembre hasta el 5 de diciembre de 1973, Zhou estuvo sometido a fuertes críticas. Aprovechando la oportunidad de deshacerse de alguien a quien veía como un obstáculo para su propio poder, la esposa de Mao, Jiang Quing, acusó al premier de intentar suplantar al Presidente. Incluso el recientemente rehabilitado Deng Xiaoping, quien después dirigiría la expansión de los lazos chino-estadounidenses, tuvo que unirse a la cacería de brujas contra Zhou.[4] Sin embargo, Mao tan solo le estaba recordando a Zhou quién era el jefe. Él necesitaba a Zhou, y después de que éste hiciera una abyecta autocrítica, el premier supervivió.

Nixon trató mejor a Kissinger, aunque ellos nunca se hicieron amigos y, como MacMillan escribe, “raramente socializaban juntos”. Entre sus íntimos, a Kissinger se le escuchó referirse al presidente como “el loco” o “nuestro borracho amigo”. Años después Nixon dijo: “Seré justo con Henry, pese a que él no siempre lo es conmigo”. No obstante, ambos hombres se dieron cuenta, como Mao y Zhou a once mil kilómetros de distancia, que uno necesitaba del otro para sacar adelante la iniciativa china. Nixon no confiaba en el Departamento de Estado: era demasiado burocrático y proclive a filtrar información. Kissinger quería negarle al secretario de estado William Rogers el crédito por haber gestionado la apertura. De acuerdo a Lawrence Eagleburger, entonces ayudante de Kissinger (y luego brevemente secretario de estado al final de la presidencia de George H.W. Bush), Nixon y Kissinger desarrollaron “un enfoque conspirativo hacia el manejo de la política externa”.

MacMillan usa sus fuentes secundarias para ilustrar la rivalidad entre Nixon y Kissinger, y en apropiados lugares de su narración ella brinda los detalles biográficos pertinentes de ellos y de Mao y Zhou. No obstante, rara vez juzga a los principales actores de este drama; principalmente deja eso a otros.[5] Lo que a ella le interesa es el encuentro en China y la manera en la que cada uno de estos cuatro hombres contribuyó a su destacable éxito.

2.

MacMillan cuenta la familiar historia de una manera inusual. La primera parte del libro está dedicada principalmente al primer día de Nixon en Beijing, el 21 de febrero de 1972, cuando el punto principal de la agenda era su primer encuentro con Mao. Las personalidades de los cuatro actores principales son diseccionadas al inicio, junto con una discusión de la disputa chino-soviética. La segunda parte del libro comienza con la narración de cómo Nixon y Kissinger prepararon la apertura a Beijing, y luego cubre el resto de la visita misma. Primero se produjeron los enrevesados intentos de enviar mensajes a Beijing sin que el Departamento de Estado fuera conciente de qué exactamente estaba sucediendo. Los jefes del comando conjunto fueron menos escrupulosos que sus colegas diplomáticos; sembraron a un hombre de la marina como oficinista en el Consejo de Seguridad Nacional; éste hizo copias de todos los documentos que pasaron por su escritorio y los envió al almirante Moorer, jefe del comando conjunto. En una ocasión, este emprendedor marinero se introdujo en el dormitorio de Kissinger, rebuscó entre sus maletas y portafolios y hurtó el memorando secreto a Nixon acerca de sus conversaciones con Zhou.[6] A pesar de todo, cuando consideramos tanto la impaciencia de Nixon y de Kissinger para reunirse con los líderes chinos y los varios canales que usaron para comunicarse con ellos, es sorprendente que el proyecto permaneciera tan secreto.

A mediados de abril de 1971, el equipo de ping-pong de EEUU que jugaba en el campeonato mundial de Tokio fue invitado a Beijing por órdenes personales de Mao. Dos semanas después de este avance en los encuentros de pueblo a pueblo, el 27 de abril, llegó el mensaje de Beijing que Nixon y Kissinger habían estado esperando con impaciencia y que expresaba la disposición del gobierno chino “a recibir públicamente en Beijing a un enviado especial del presidente de EEUU (por ejemplo, el Sr. Kissinger), al secretario de estado o incluso al presidente mismo de EEUU, para un encuentro y discusiones directas”.[7] MacMillan narra las discusiones entre el presidente y Kissinger acerca de quién debería ser el emisario. En sus respectivas memorias, tanto Nixon como Kissinger sugieren que tuvieron una discusión amigable considerando todas las opciones. Sin embargo, MacMIllan está probablemente en lo cierto al implicar que Kissinger estaba en ascuas, deseoso de ir, y que Nixon, ya resentido por la publicidad que su consejero de seguridad nacional venía consiguiendo, estaba buscando enviar a otra persona; al final aceptó que Kissinger era la opción lógica.[8]

Luego, en julio de 1971, la visita secreta de Kissinger a Beijing fue de nuevo una pieza maestra de trabajo encubierto. En un viaje al Asia, Kissinger fingió una enfermedad en Pakistán y fue ostensiblemente retirado para descansar y recuperarse, mientras su avión oficial permanecía detenido sobre la pista de aterrizaje; en realidad, fue transportado a Beijing en un avión civil, acompañado de tres ayudantes, cuatro funcionarios chinos de alto nivel y dos hombres del Servicio Secreto de EEUU. Estos últimos se pusieron realmente alarmados por el abandono del “Procedimiento Estándar de Operaciones” cuando se enteraron de que irían a estar volando en un avión extranjero -- pakistaní -- teniendo a China comunista como destino.[9] Al llegar a la capital china, el equipo de Kissinger fue escoltado al complejo Diao Yu Tai, con bungalows para invitados VIP donde esperarían unas pocas horas a Zhou Enlai.[10]

El trabajo de Zhou y Kissinger consistió en preparar el camino para una visita de Nixon, intercambiando puntos de vista acerca de todos los asuntos potenciales en los que podrían llegar a un acuerdo. Luego tuvieron que ponerse de acuerdo en el texto del anuncio de la visita de Kissinger y de la próxima visita de Nixon. Según Kissinger, él rechazó el primer borrador chino pues habría descrito a los norteamericanos como suplicantes, pero una versión más neutral emergió después de que los chinos hubieran consultado con Mao. Kissinger fue llevado rápidamente a EEUU para informar a Nixon en la Casa Blanca Occidental, y el 15 de julio el presidente hizo el histórico anuncio en la televisión en el que decía que llevaría a cabo “lo que profundamente espero se convertirá en una jornada por la paz, paz no solo para nuestra generación sino para las futuras generaciones sobre esta tierra que compartimos juntos”. Para celebrar, Nixon ofreció a su gabinete una infrecuente invitación, una cena en uno de los mejores restaurantes de Los Ángeles en la que el presidente ordenó una botella de vino de $600.[11]

El anuncio fue ampliamente aprobado en EEUU y el extranjero. El líder demócrata del Senado, Mike Mansfield, dijo “Estoy aturdido, deleitado y feliz”. Los hombres de negocios empezaron a pensar en el ilimitado mercado chino, aunque éste realmente no empezaría a abrirse sino hasta la década de 1980, después de que Mao y Zhou hubieran muerto y Deng hubiera lanzado la era de las reformas. Los conservadores que refunfuñaban acerca de haberse vendido al comunismo estaban relativamente aislados. La cólera en el extranjero se sintió entre los aliados cercanos -- especialmente Japón e Inglaterra -- quienes estaban profundamente ofendidos por haber sido mantenidos a oscuras. Se informó que el primer ministro Edward Heath estuvo enfurecido porque la iniciativa de Nixon socavaba la posición británica en sus negociaciones para normalizar relaciones con la República Popular. El gobierno nacionalista chino de Taiwán estaba aún más encolerizado y ciertamente preocupado. El liderazgo soviético estaba “en un estado de confusión, si no de conmoción”.

En sus memorias, Kissinger critica a los expertos sobre China por haber dejado de ver que “los chinos podrían tener un incentivo para avanzar hacia nosotros sin concesiones norteamericanas, debido a su necesidad de un contrapeso norteamericano ante la Unión Soviética.[12] La insinuación es que Kissinger correctamente evaluó la fuerza de la posición negociadora norteamericana mucho antes de la visita a Beijing. Si esto fuera así, es difícil entender por qué Kissinger, desde el inicio de su primer encuentro con Zhou Enlai el 9 de julio de 1971, ofreció espectaculares concesiones en el tema de Taiwán, contradiciendo la política de EEUU de que el asunto estaba “sin resolverse”.

En cuanto al futuro político de Taiwán, no estamos proponiendo una solución de “dos Chinas” ni de “una China, una Taiwán”. Como estudioso de la historia, la predicción habría sido de que la evolución política iba a estar probablemente en la dirección que el primer ministro Chou En-lai me indicaba [i.e., que Taiwán “debe ser restaurada a la patria”][13]

Kissinger enfatizó con palabras y hechos que el gobierno de Nixon trataría al régimen chino de una manera muy especial, una manera que incluso pocos de sus aliados podían esperar. Informó sobre el fuerte compromiso de Nixon:

Déjeme decirle ahora que nunca nos coludiremos con otros países contra la República Popular China, ya sea con nuestros aliados o con algunos de nuestros oponentes... EEUU no tomará ningún paso significativo que afecte sus intereses sin discutirlo con ustedes ni tomar en cuenta sus opiniones.[14]

La iniciativa china afectó en gran medida los intereses de Japón y Taiwán, aliados estadounidenses, pero no se realizó ninguna discusión acerca de ello con estos países. Nixon y Kissinger estaban preparados para hacer lo imposible para jugar la carta china contra Vietnam del Norte y la Unión Soviética.

No está claro, sin embargo, por qué habrían estado tan dispuestos si entonces estaban concientes de que Mao Zedong estaba igualmente, si no más, deseoso de una apertura a EEUU. La consecuencia fue que se estableció la relación sobre la base de que EEUU era el suplicante. En los 35 años desde la apertura de Nixon, se ha sostenido recientemente, los presidentes norteamericanos de ambos partidos han desplegado una tendencia primordial para evitar contrariar al liderazgo chino. [15]

3.

Para entender la debilidad de la posición china cuando Nixon empezó a intentar contactarse con China en 1969, uno debe considerar los problemas que Mao y sus colegas enfrentaban en relación con la Unión Soviética. Por más de treinta años, Moscú y Beijing habían estado discutiendo acerca de la política del bloque comunista hacia Occidente, con los chinos acusando a los soviéticos de haberse vendido. En 1963 los chinos hicieron pública esa disputa, después de que los soviéticos firmaran un tratado sobre una prohibición parcial de pruebas nucleares con los Estados Unidos y Gran Bretaña, en un intento transparente pero infructuoso de excluir a China del club nuclear. A través de todos los años sesenta hubo enfrentamientos menores a lo largo de la frontera chino-soviética. Los chinos estuvieron particularmente alarmados por el anuncio por parte de Rusia, en 1968, de la doctrina Brezhnev. Proclamada como una justificación por el derrocamiento soviético del régimen “liberal” de Dubcek en Checoslovaquia ese año, la doctrina declaraba el derecho de Moscú a intervenir en cualquier país donde el gobierno desertara del camino comunista. Los chinos no tuvieron ningún informe sobre la Primavera de Praga pero sintieron la necesidad de demostrar que China no podía ser subsumida bajo la doctrina Brezhnev.

En marzo de 1969, con el permiso de las autoridades centrales la Región Militar de Shenyang activó un plan de un año para tomar represalias contra las incursiones soviéticas a lo largo de la frontera.[16] El campo de batalla sería la isla de Zhenbao (Damansky) en el río Ussuri, donde habían ocurrido incidentes el 28 de diciembre de 1968 y el 23 de enero de 1969. Los chinos habían dado entrenamiento especial a cerca de mil hombres seleccionados de los tres ejércitos estacionados en la región. El 2 de marzo de 1969 esta fuerza emboscó y, según la versión oficial china, “aniquiló totalmente” a un contingente de 61 soldados soviéticos. De acuerdo a una versión secreta soviética

Durante la provocación, el ejército chino cometió increíbles y crueles actos contra los guardias fronterizos soviéticos... los heridos fueron rematados a corta distancia por los chinos [y/o] atravesados con bayonetas y cuchillos. Los rostros de algunas de las bajas estaban desfigurados más allá de todo reconocimiento, otros fueron despojados de sus uniformes y de sus botas por los chinos.

Dos semanas después, el 15 de marzo, los soviéticos regresaron. Las fuerzas chinas de primera línea actuaban siguiendo órdenes recibidas por teléfono desde un cuarto de hotel en Beijing, a donde el comando general se había dirigido para participar en el inminente IX Congreso del Partido. Sin embargo, cuando un soldado chino bisoño abrió fuego prematuramente, los chinos perdieron la oportunidad de una segunda emboscada; la batalla no tuvo una conclusión clara y hubo pérdidas en ambos lados. El 17 de marzo los soviéticos contraatacaron nuevamente y en esta tercera y final batalla, nunca publicitada por Beijing, usaron su superior armamento para desatar un golpe devastador contra las fuerzas chinas. En sus memorias, el entonces director de la CIA, Robert Gates, menciona basado en inteligencia satelital que “el lado chino del río [Ussuri] estaba tan marcado por cráteres de la artillería soviética que parecía un ‘paisaje lunar’”.[17]

Mao usó los enfrentamientos fronterizos para intentar unificar y movilizar a una población profundamente dividida por los tres años de Revolución Cultural. El diario oficial El diario del pueblo, subrayó la amenaza externa en un editorial titulado “Abajo los nuevos zares”. En comunicaciones secretas, Mao y los principales líderes exigían darle fin al enfrentamiento entre facciones militares y civiles, especialmente en las áreas de la frontera del norte como la Mongolia Interior. Así, a medida que continuaba la tensión a lo largo de la frontera con un gran enfrentamiento que tuvo lugar en Xinjian en agosto, crecieron las preocupaciones de los líderes chinos. Seis divisiones armadas con armas nucleares tácticas fueron añadidas a las fuerzas fronterizas soviéticas, dos de ellas en la república de Mongolia. Los chinos oyeron rumores de que los soviéticos estaban consultado a sus aliados en Europa Oriental acerca de un golpe quirúrgico contra las instalaciones nucleares chinas.

Moscú también estaba sondeando a Washington acerca de su actitud en la eventualidad de tal ataque. Si los soviéticos hubieran respondido positivamente a las anteriores peticiones norteamericanas de ayuda con el asunto de Vietnam, la respuesta de Nixon y Kissinger probablemente habría sido la de asegurar una benevolente neutralidad. Sin embargo, para el verano de 1969 ambos habían renunciado a toda esperanza de que los soviéticos intermediaran con sus aliados vietnamitas y la respuesta norteamericana fue que un ataque contra China sería una amenaza para la paz.[18] Por su parte, los chinos no querían correr ningún riesgo y establecieron un Pequeño Grupo para la Defensa Aérea del Pueblo bajo la dirección del premier Zhou Enlai, para considerar cómo dispersar a los habitantes de las ciudades, reubicar las fábricas y almacenar granos. Shanghai se convirtió en un “enorme sitio de construcción, con nubes de polvo en el aire y montones de tierra a lo largo de todos los caminos” a medida que se urgía a las principales
ciudades a construir refugios subterráneos. El 11 de septiembre de 1969, el premier soviético Alexei Kosygin se encontró con Zhou Enlai en el aeropuerto de Beijing en un intento de aliviar las tensiones. Se acordó tener conversaciones fronterizas. Sin embargo, la alarma del liderazgo chino no disminuyó, principalmente debido a que Mao se había convencido de que era inminente un ataque soviético sorpresivo y que el acuerdo de tener conversaciones era un ardid. En una reunión del Buró Político chino, se comparó la visita de Kosygin con las negociaciones diplomáticas que habían tenido lugar en Washington mientras Tokio planeaba el ataque contra Pearl Harbor. El 22 de septiembre, Zhou dijo en una conferencia de emergencia de generales del Ejército Popular de Liberación: “Debemos estar preparados para una guerra. Preparase para la guerra es el nuevo plan estratégico”. En 1969 los gastos de defensa aumentaron en 34 por ciento. El 27 de septiembre, el mariscal Lin Biao, ministro de defensa chino y aparente heredero oficial de Mao, dijo en una conferencia sobre cómo hacer la guerra: “Examinen todo, investiguen todo desde la perspectiva de llevar a cabo una guerra”. Más tarde ese mismo día, la recepción a los asistentes por parte de Mao subrayaba la seriedad con que el Presidente tomaba la situación.[19]

El 30 de septiembre Lin Biao inspeccionó las defensas alrededor de la capital y ordenó la dispersión inmediata de los aviones de combate en las bases del área de Beijing -- una lección aprendido de Pearl Harbor -- y la colocación de obstrucciones en las pistas de aterrizaje en caso de ataques de paracaidistas. Había el consenso de que la ofensiva soviética sería lanzada el 1º de octubre mientras los chinos celebraban su día nacional.

Cuando nada sucedió ese día, Mao intuyó que el ataque vendría el 20 de octubre, cuando los chinos bajarían la guardia debido a que para entonces habría llegado la delegación soviética para las conversaciones fronterizas. El Buró Político apoyó el plan de Mao de evacuar a los principales líderes de la capital. Solo Zhou y los comandantes militares permanecerían atrás. El 16 de octubre Lin Biao voló a Suzhou y al día siguiente emitió lo que fue llamada la Primer Orden Verbal del Vicepresidente Lin, “Sobre el fortalecimiento de las defensas y protegerse contra un ataque sorpresivo del enemigo”, una directiva de seis puntos ordenando a las fuerzas armadas a ponerse en alerta roja. Le siguieron tres órdenes más. El despliegue resultante fue de enormes dimensiones: se movilizaron noventa y nueve divisiones -- casi un millón de tropas --, más de cuatro mil aviones de combate y seiscientas naves de guerra, junto con considerable número de tanques y piezas de artillería.[20]

La primera orden de Lin Biao había sido emitida tras la visión alarmista de Mao acerca de las intenciones soviéticas, pero el Presidente estuvo lívido cuando ésta le fue mostrada antes de su publicación. La interpretación oficial de esta cólera es que Mao creía que Lin estaba sondeando para saber cuánto del rol del Presidente podía usurpar. Esta movida habría sido altamente improbable para Lin, quien intentó mantener un perfil bajo durante la Revolución Cultural, sin tomar iniciativas, firmando todas las directivas de Mao, sin importar cuán destructivas fueran.[21] Más probablemente, en vista de la largamente aceptada creencia de Mao de que el poder nacía del fusil,[22] el Presidente estaba horrorizado de que movimientos militares de tan gran escala pudieran ser lanzados por órdenes de alguien que no fuera él mismo. Mao tuvo que confrontar el hecho de que al fomentar que los Guardias Rojos destrozaran la maquinaria del Partido Comunista y la burocracia del gobierno durante la Revolución Cultural, él había efectivamente asegurado que el Ejército Popular de Liberación (EPL) gobernara el país.

En el IX Congreso de abril de 1969, la representación del EPL en el Comité Central y el Buró Político creció considerablemente. Después, cuando se formaron comités provinciales del partido, el EPL proveyó veintidós de los veintinueve primeros secretarios.[23] Si Lin Biao iba a suceder a Mao, ahora estaba claro que esto significaría revertir otro de los dichos favoritos del Presidente, que el Partido manda al fusil, no el fusil al Partido.[24] Con todo, ante la amenaza militar soviética que Mao había anunciado, el tener a un distinguido general revolucionario como su aparente heredero podría haber parecido lógico a los colegas del Partido.

Ahora Mao tenía dos razones para buscar un acomodo con Washington: esperaba que una apertura a EEUU disuadiera cualquier plan que la Unión Soviética pudiera tener para atacar a China, y que la consiguiente reducción de la amenaza militar disminuyera la importancia el EPL en el régimen político chino. Además, contaba con un apoyo de alto nivel, el de los héroes de la revolución, para cada movida que pudiera hacer para mejorar las relaciones chino-estadounidenses. Mientras el círculo de generales de Lin Biao había estado preparando al país para la guerra, cuatro mariscales de la generación de Mao asumían una posición más optimista de la situación internacional que la del Presidente. Mao había designado a este grupo antes de los enfrentamientos del río Ussuri para hacer una evaluación independiente de las relaciones internacionales. Dirigidos por el ex ministro de relaciones exteriores Chen Yi, al inicio los mariscales no habían tomado su tarea muy seriamente, conscientes sin duda de que todas las decisiones de política exterior importantes eran tomadas por Mao. Sin embargo, acicateados por Zhou, se reunieron dieciséis veces entre junio y mediados de septiembre, enviando al premier un total de tres informes.

Ellos se enfocaron en dos preguntas: ¿Cuál es el principal enemigo de China, EUU o la Unión Soviética? ¿Es probable la guerra?. Llegaron a la conclusión de que a pesar de su retórica antichina, no era probable que ningún superpoder atacara a China; Europa era todavía el punto de sus rivalidades. Además, el liderazgo soviético temía las consecuencias diplomáticas y políticas de un ataque contra China. El mariscal Chen Yi fue más allá, dejando entrever en algunas conversaciones con Zhou que él consideraba a EEUU como la amenaza menor. Chen expresaba la opinión de que puesto que una década de conversaciones chino-estadounidenses a nivel de embajadores no habían producido nada, quizá era tiempo de que ambos países se encontraran a nivel ministerial o incluso más alto. Así era cómo Mao podría desenmarañarse de sus dilemas políticos y de seguridad.[25] Mao necesitaba a EEUU, pero afortunadamente para él, Nixon deseaba a China aún más, de modo que no había necesidad de gestos conciliadores de Beijing hacia Washington. Mao podía permitir que los americanos vinieran a él.

4.

Cuando Nixon fue llevado a ver a Mao después de su llegada a Beijing el 21 de febrero de 1972, este último dio a entender que su alguna vez heredero, el mariscal Lin Biao, se había opuesto a la apertura hacia Norteamérica.[26] Para entonces, Lin llevaba cinco meses muerto, fallecido en un accidente aéreo en Mongolia de acuerdo a la versión oficial. Supuestamente había estado escapando hacia la Unión Soviética después de un frustrado complot con su hijo para asesinar a Mao. Las limitadas evidencias disponibles sugieren que aunque en los círculos del Partido Lin nunca se opuso a la visita de Nixon -- ese nunca fue su estilo con Mao --, él pudo ciertamente haber expresado dudas acerca de la política ante miembros de su familia. No es difícil imaginar por qué podría haber hecho eso. La Revolución Cultural había sido lanzada por Mao con el fin de evitar que China se deslizara hacia el “revisionismo” soviético, una de cuyas principales expresiones era el mejoramiento de las relaciones con EEUU.

Por largo tiempo la posición soviética había sido que la distensión con EEUU era necesaria para evitar la destrucción mutua por un intercambio nuclear, una explicación que los chinos habían rechazado como un tropiezo cobarde y sin principios en camino a la conveniencia. Ahora los chinos mismos estaban buscando una conveniente distensión con EEUU. Sin duda, había algunos miembros del Partido Comunista Chino que no habían entendido por qué, si había un peligro en la Unión Soviética, Beijing no arreglaba sus disputas con el fraternal Partido en Moscú en vez de lanzarse con propuestas hacia los lideres del capitalista e imperialista Occidente.

La verdad del complot contra Mao probablemente tendrá que esperar a la apertura de los archivos del Buró Político chino. Las evidencias y las memorias ya disponibles sugieren que Mao preparó una trampa para Lin y que intentaba expulsarlo de su puesto como había hecho en el pasado con otros colegas.[27] Esto no pudo deberse a cualquier escepticismo que Lin pudiera haber tenido hacia la apertura hacia Norteamérica, porque Mao no se enteró de esas supuestas opiniones sino hasta después de la muerte de Lin Biao.[28] Más bien, Mao se estaba arrepintiendo de haber elegido a un mariscal como heredero y se disponía a erradicara la excesiva representación militar en los órganos más altos del Partido.[29]

Para cuando Nixon llegó a Beijing, la supuesta traición de un hombre que había estado al costado de Mao por más de cuatro décadas y había sido personalmente escogido por él como su heredero, había desilusionado a muchos de quienes continuaban creyendo en la Revolución Cultural. ¿Por qué el omnisciente Presidente no había descubierto antes a este traidor? El mismo Mao puede haberse sorprendido de no haber anticipado la fuga de Lin. Su salud, nunca excelente, declinó precipitadamente después del escándalo de Lin Biao. Los médicos tuvieron que trabajar duro para ponerlo en capacidad de estar en buenas condiciones para recibir al presidente estadounidense.[30]

5.

A pesar de los intentos de Nixon de proponer temas contenciosos a Mao, durante la reunión el Presidente Mao rehusó discutir temas que no fueran de “filosofía”, insistiendo en dejar las negociaciones prácticas a Zhou Enlai. Así, Zhou y Kissinger estuvieron encargados, en base a las conversaciones entre Zhou y Nixon, de producir una declaración conjunta final, el llamado Comunicado de Shanghai. Ya en su visita a Beijing de dos días y medio en octubre de 1987, cuatro meses antes de la visita de Nixon, Kissinger había pasado once horas negociando a través de los siete borradores de un comunicado. Debido a los desacuerdos entre ambos lados, Kissinger escribió a Nixon que el objetivo era producir un documento inusual

que claramente establezca diferencias así como temas comunes entre los dos países y que reasegure a los amigos de ambos lados en lugar de producir ansiedades por el lenguaje de los arreglos... Un comunicado en este sentido debería presentar sus conversaciones con Mao y Chou como conversaciones entre líderes que permanecen firmes en sus principios pero cuyas perspectivas tienen la largueza necesaria como para hacer avanzar las relaciones a pesar de los profundos desacuerdos.[31]

Durante la visita de Nixon, Kissinger y Zhou así como sus ayudantes trabajaron duro para salir con una versión final, aceptable para ambos lados. Kissinger podría estar preparado para indicar de manera privada sus opiniones sobre el futuro a largo plazo de Taiwán, pero en nombre de los electores derechistas de Nixon en un año de elección presidencial, no podría haber ningún indicio público de olvidar a Taiwán y dejarla por su cuenta. La versión final del comunicado no estuvo finalizada hasta que la visita de Nixon llegaba a su final y los chinos llevaron a sus invitados a experimentar la belleza de Hangzhou, antes de su estada en Shanghai previa al viaje de regreso a EEUU.

Hasta este punto, el secretario de estado Rogers y sus ayudantes, quienes habían estado en Beijing, habían sido en efecto dejados fuera de las negociaciones y Rogers vio el documento final solo en el avión a Hangzhou. Sus ayudantes inmediatamente notaron errores. En particular, el comunicado mencionaba los compromisos de defensa de EEUU con Japón y Corea del Sur pero no su tratado con Taiwán. Kissinger, furioso ante estas objeciones, tuvo que renegociar el tema en las pocas horas restantes con el principal ayudante de Zhou y futuro ministro de relaciones exteriores, Qiao Gunhua. Qiao expresó su disgusto, pero como señala MacMillan, ambos países “tenían ahora un interés mutuo en demostrar que habían tomado un gran paso hacia una relación más normal”. Qiao estuvo de acuerdo con los cambios claves, y Mao, Zhou y Nixon los firmaron. Kissinger tomó la precaución de sembrar una pregunta apropiada acerca de Taiwán -- ¿por qué los compromisos convenidos por tratados de EEUU con Taiwán no habían sido reafirmados? -- con un periodista amigable, para evitar que el tema se tornase espinoso en la conferencia de prensa (Kissinger respondió que, como ya había dicho antes Nixon, EEUU estaba manteniendo el tratado con Taiwán, y que agradecería que los periodistas no insistieran en el tema). En la comitiva oficial, solo un ayudante de la Casa Blanca, Patrick Buchanan, y la leal pero muy conservadora secretaria de Nixon, Rose Mary Woods, dijeron que el comunicado era una traición.

La profesora MacMillan concluye, sin embargo, que el avance hecho por la visita de Nixon fue bueno para ambos países y tuvo el gran potencial de actuar como una fuerza estabilizadora en la política mundial; pero ella también reconoce los orígenes del comportamiento oficial norteamericano, comparándolos con los de China. Ella se pregunta si EEUU se mostró demasiado dispuesto y si concedió demasiado:

¿Debería Nixon, por ejemplo, haber visitado China sin saber si vería o no a Mao y sin un acuerdo firme sobre el Comunicado de Shanghai? ¿Deberían los estadounidenses haber entregado tanto material confidencial acerca de los soviéticos y, más aún, dado la impresión de que Estados Unidos estaba impaciente por tener una alianza con China contra la Unión Soviética?... ¿Tenía Kissinger que haber sido tan deferente e incluso, a veces, tan obsequioso?

Ella señala que al final ambos lados tuvieron sus desilusiones. Nixon y Kissinger “fueron demasiado lejos, por ejemplo, al asegurar a China que retirarían fuerzas estadounidenses de Taiwán, lo que finalmente no fueron capaces de mantener”. En cuanto a “la carta china” -- la ventaja adicional que la nueva distensión con China supuestamente le daría a EEUU -- los americanos encontraron que ésta no llevó a los norvietnamitas ni a terminar la guerra ni a ceder en las conferencias de paz de París. La visita de Nixon se dio, sostiene ella, porque ambos lados llegaron al mismo tiempo a la conclusión de que se trataba de una idea promisoria. Al final fue solo la voluntad de cuatro hombres el iniciar la semana que cambió la historia. MacMillan lo pone de esta manera:

Nixon y Mao, Kissinger y Zhou. Dos hombres que, a pesar de todos sus errores, poseían la visión y la determinación necesarias, y dos hombres que tenían el talento, la paciencia y las habilidades para hacer realidad esa visión.

Desde 1972 y a lo largo de los años estos cuatro hombres han tenido, en justicia, sus detractores. Es una fortaleza del trabajo de MacMillan que el frío juicio de ella le permita a uno ignorar los errores de ellos en otras circunstancias y verlos como actores desempeñando en la mejor de sus formas su rol en el drama de la visita de Nixon.
 

Notas

[1] Richard Nixon: The Memoirs of Richard Nixon (Grosset and Dunlap, 1978), p. 580.
[2] Richard Nixon, p. 285. Ver también Henry Kissinger, White House Years (Little, Brown, 1979), pp. 163–194.
[3] Robert Dallek, Nixon and Kissinger: Partners in Power (HarperCollins, 2007), p. 329.
[4] Gao Wenqian, Wannian Zhou Enlai (Los últimos años de Zhou Enlai) (Hong Kong: Mingling chubanshe, 2003), pp. 397, 451, 464–474. Para la visita de Kissinger véase The Kissinger Transcripts: The Top-Secret Talks with Beijing and Moscow, editado por William Burr (New Press, 1999), pp. 166–216.
[5] Hay muchos comentarios sobre los líderes estadounidenses y la iniciativa china, algunos demasiado recientes como para que MacMillan los pudiera haber consultado. Véase, p.ej., Dallek, Nixon and Kissinger; James Mann, About Face: A History of America’s Curious Relationship with China, from Nixon to Clinton (Knopf, 1999); Patrick Tyler, A Great Wall: Six Presidents and China, An Investigative History (Public Affairs, 1999); Burr, The Kissinger Transcripts; Yafeng Xia, Negotiating with the Enemy: U.S.–China Talks during the Cold War, 1949–1972 (Indiana University Press, 2006); Elizabeth Drew, Richard M. Nixon: The 37th President, 1969–1974 (Henry Holt, 2007). Para el caso de los líderes chinos, MacMillan se basa en los libros de Li Zhisui, The Private Life of Chairman Mao (Random House, 1994); Jung Chang y Jon Halliday, Mao: The Unknown Story (Jonathan Cape, 2005); Philip Short, Mao: A Life (Henry Holt, 1999); Stuart Schram, Mao Tse-tung (Penguin, 1967); Dick Wilson, Chou: The Story of Zhou Enlai, 1898–1976 (Hutchinson, 1984).
[6] Mann, About Face, p. 36.
[7] Kissinger, White House Years, p. 714.
[8] Kissinger, White House Years, pp. 715–717; RN, p. 550.
[9] Kissinger, White House Years, pp. 741–742.
[10] Kissinger dijo una vez al fallecido Isaac Stern que en ese momento su escolta china le dijo que el bungalow sería su hogar mientras estuviese en Beijing y que en pocas horas el premier lo llamaría “a casa”. La evaluación de Stern fue que desde entonces Kissinger estuvo rendido ante la diplomacia china en general y el encanto de Zhou’s en particular. (Comunicación personal de Stern)
[11] MacMillan informa que el zar de la política interna de Nixon, John Erlichman, después regateó el costo del vino hasta conseguir ¡$300!
[12] Kissinger, White House Years, p. 165.
[13] Foreign Relations of the United States, 1969–1972: Volume XVII, China 1969– 1972 (US Government Printing Office, 2006), p. 369.
[14] Foreign Relations of the United States, p. 363.
[15] James Mann, The China Fantasy: How Our Leaders Explain Away Chinese Repression (Viking, 2007), pp. 69–88.
[16] La siguiente discusiónt también se basa en Roderick MacFarquhar y Michael Schoenhals, Mao’s Last Revolution (Belknap Press/Harvard University Press, 2006), pp. 308–323.
[17] Citado por Mann, About Face, p. 21.
[18] Tyler, A Great Wall, pp. 54–71.
[19] Zhou Enlai Nianpu: 1949–1976 (Una cronología de Zhou Enlai) (Beijing: Zhongyang wenxian chubanshe, 3 vols., 1997), Vol. 3, p. 324.
[20] Casi extraordinaria fue la coincidencia de que Nixon pusiera a las fuerzas de EEUU en alerta una semana antes, aparentemente como un medio de aplicar presión sobre los soviéticos. Estoy agradecido al Dr. William Burr del Archivo Nacional de Seguridad por alertarme de esta coincidencia.
[21] Para ver una versión del comportamiento ultracauto de Lin Biao hacia Mao, véase Frederick C. Teiwes y Warren Sun, The Tragedy of Lin Biao: Riding the Tiger During the Cultural Revolution, 1966–1971 (Hurst, 1996).
[22] Mao enunció este principio por primera vez en 1927; véase Mao’s Road to Power: Revolutionary Writings, 1912–1949, editado por Stuart R. Schram (M.E. Sharpe, 1995), Vol. 3, pp. 31, 36.
[23] MacFarquhar y Schoenhals, Mao’s Last Revolution, pp. 292–300.
[24] Schram, Mao’s Road to Power, Vol. 6, p. 552.
[25] MacFarquhar y Schoenhals, Mao’s Last Revolution, pp. 315–316.
[26] Burr, The Kissinger Transcripts, p. 61. El encuentro Mao–Nixon no está incluido en el registro oficial de reuniones y escritos de Mao, Jianguo yilai Mao Zedong wen gao (Los documentos de Mao desde la fundación del estado) (Beijing: Zhongyang wenxian chubanshe, 13 vols., 1987–1998).
[27] Unas memorias particularmente importantes son las del comandante de la fuerza aérea que fue arrestado después de la muerte de Lin Biao, junto con otros generales leales a Lin, y enjuiciados con la Banda de los Cuatro en 1980–1981; véase Wu Faxian huiyilu (Las memorias de Wu Faxian) (Hong Kong: Beixing chubanshe, 2 vols., 2006). La hija de Wu, ahora profesora en EEUU, también ha escrito acerca del episodio de Lin Biao, en Jin Qiu, The Culture of Power: The Lin Biao Incident in the Cultural Revolution (Stanford University Press, 1999).
[28] Gao, Wannian Zhou Enlai, p. 427.
[29] MacFarquhar y Schoenhals, Mao’s Last Revolution, pp. 320–336.
[30] Li Zhisui, The Private Life of Chairman Mao, pp. 542–565.
[31] Memo ultrasecreto de Kissinger a Nixon; Foreign Relations of the United States, p. 559.