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Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios |
por Alberto Loza Nehmad |
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Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
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| Corea del Norte y la pertinaz ignorancia de Occidente |
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| Por Bruce Cumings. Publicado originalmente como “We look at it and see ourselves” London Review of Books, Vol. 27, No. 24, 15 de diciembre de 2005. (http://www.lrb.co.uk/v27/n24/cumi01_.html). Trad. de Alberto Loza Nehmad |
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Libros reseñados en este artículo:
Bradley Martin, Under the Loving Care of the Fatherly Leader: North Korea and the Kim Dynasty. Dunne, 868 pp.
Jasper Becker, Rogue Regime: Kim Jong Il and the Looming Threat of North Korea. Oxford, 300 pp.
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| El exiliado Trotsky comenzó su biografía de Stalin con el comentario de que el viejo revolucionario Leonid Krassin “fue el primero, si no estoy equivocado, en llamar ‘asiático’ a Stalin”. Procedió luego a escribir acerca de los líderes “asiáticos” como astutos y brutales, gobernantes de sociedades estáticas con una enorme base campesina. Nikolai Bukharin, otro bolchevique que entró en conflicto con Stalin, lo llamó “Genghis Khan”, mientras Isaac Deutscher describió a Stalin como “primitivo, oriental, pero infaliblemente perspicaz”. |
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| “Miramos la historia de Corea y nos vemos a nosotros mismos”, dice en su título el historiador Bruce Cumings. Las potencias occidentales, afirma, tan decisivas desde hace décadas en darle forma a Corea del Norte y sus problemas, siguen siendo incapaces de conocer mejor a ese pequeño pero crucial país para el equilibrio político en el Asia: De hecho, ya pertenece al club nuclear a pesar de su generalizada hambruna. ¿Norcorea y el Perú? El Perú le debió algo de su prosperidad de los cincuenta a la Guerra de Corea. En los años setenta, algunos universitarios repetían la Idea Zuche de Kim Il sung en sus campus, mientras aplicaban la política criolla. El 1er. gobierno de García tendió puentes hacia ese país. Más importante, sin embargo, es la inmigración que recientemente viene de Corea: son nuevos peruanos a quienes también debemos conocer mejor. |
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“Astuto” y “perspicaz” son adjetivos estándares en los estereotipos sobre los asiáticos; “brutal” es otro, por lo menos después de Genghis Khan, con Pol Pot y Mao reforzando la imagen en nuestra época. La amplia distinción entre el estático o indolente Oriente y el dinámico, progresista Occidente se remonta a Herodoto y Aristóteles. Trotsky, sin embargo, hacía referencias específicas a la teoría de Marx acerca del Modo Asiático de Producción, que consideraba a Asia viendo lo que ésta no tenía en comparación con el modelo europeo de desarrollo: feudalismo, el surgimiento de la burguesía, capitalismo. Un sátrapa brutal regía sobre un medio semiárido, administrando ejércitos de burócratas y soldados, regulando el curso de los grandes ríos y empleando vastas cantidades de trabajo esclavo en gigantescos proyectos de obras públicas (la Gran Muralla). El déspota de arriba y la sumisa masa de abajo evitaban el surgimiento de cualquier cosa que se pareciera a una moderna clase media.
Karl Wittfogel, el principal ideólogo del Partido Comunista Alemán a comienzos de los años treinta, era el principal proponente de esta teoría. Wittfogel fue a los Estados Unidos y enseñó en Columbia y la Universidad de Washington. Despotismo oriental fue publicado en 1957. Marx realmente nunca investigó el Asia Oriental, pero aprendió lo suficiente como para saber incluso que si China podría ajustarse a sus teorías, Japón con su feudalismo (y su “pequeña cultura”)[ petite culture, en el original], claramente no. Wittfogel, sin embargo, aplicó sus nociones de despotismo oriental a todas las dinastías que tuvieran un río que las recorriera: China, la Rusia zarista, Persia, Mesopotamia, Egipto, los incas, incluso los |
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indios hopis de Arizona, y pronto hizo un completo tenko (término japonés para una voltereta hacia atrás de tipo político) y volvió a emerger como un reaccionario orgánico. Escribió para muchas publicaciones de derecha y desempeñó un papel crucial en la purga de académicos del campo de estudios chinos y de funcionarios del Servicio Exterior durante el periodo de McCarthy.
Este episodio destruyó el campo de los estudios sobre el Asia Oriental; la gente no hablaría entre sí por años. Entonces China era, sin embargo, “China Roja” y el gobierno necesitaba expertos. A fines de los años cincuenta la Fundación Ford proveyó fondos para que un comité promoviera los estudios académicos sobre ese país. Pocos años después, la CIA dio una subvención para la publicación de China Quarterly, la más importante revista en este campo hasta hoy. Su número inaugural contenía un debate acerca de Despotismo oriental. Wittfogel estaba de vuelta; fuera quedaron los muchos estudiosos que habían visto arruinadas sus carreras o habían sido destrozados por la prensa.
En 1975, Perry Anderson publicó su libro Linajes del estado absolutista, al final del cual hay una “Nota” de 87 páginas acerca de la teoría del modo asiático. Anderson muestra que los puntos de vista marxistas acerca del Asia diferían poco de los de Hegel, Montesquieu, Adam Smith y varios otros; todos ellos estaban mirando por el lado equivocado del telescopio, o estaban viendo un espejo, comparando unas nociones elementales sobre el Asia con su comprensión de cómo se desarrolló Occidente. Además, Marx nunca tomó muy seriamente el “modo asiático”; él siempre estuvo interesado en una sola cosa: el capitalismo. Anderson recomendaba darle a esa teoría un entierro sin ceremonias., concluyendo que “en la noche de nuestra ignorancia... todas las formas extrañas toman el mismo matiz”. Recomendé con entusiasmo su libro a mis colegas. Un amigo dijo: “Él no sabe nada de chino”. Otro respondió: “¿No es él un marxista?” (Anderson había llamado a Wittfogel una “vulgar farsa bullanguera”).
La teoría nunca fue enterrada: solo reaparece de maneras menos conspicuas. Ya no es políticamente correcto decir “oriental” o asiático”, aunque los periodistas usan el término “estalinista” una y otra vez para describir a Corea del Norte, sin ningún indicio de calificación o descripción lo que quieren decir. La idea de que la República Popular Democrática de Corea (RPDC) es una forma pura de “estalinismo en el Oriente” data de los años cuarenta, y fue constantemente reforzada por Robert Scalapino, un estudioso de la Guerra Fría que adquirió gran importancia a fines de los años cincuenta. Corea del Norte era realmente estalinista en su impulso industrialista administrado desde el estado, y modeló su gobierno y gran parte de sus sistemas en base a la Rusia de Stalin, pero así lo hicieron todos los regímenes comunistas en los años cincuenta. El comunismo chino tuvo gran influencia, pero la RPDC no es frecuentemente llamada maoísta. En los años sesenta, Kim Il Sung instituyó grandes cambios, redirigiendo la ideología del estado hacia el nacionalismo y la autosuficiencia y provocando fuertes encuentros con Moscú, lo suficiente como para hacer que Alexei Kosygin y Yuri Andropov acudieran corriendo a Pyongyang, donde Kim les dijo esencialmente que se fueran al diablo. A partir de entonces Corea del Norte ha sido cualquier cosa menos estalinista. Los discursos de Stalin discurrían acerca de las nuevas ganancias logradas en lingotes de hierro y máquinas herramientas; al enfocar las ideas, la ideología de los dos Kim está más cercana a sus antepasados neoconfucianos. El tránsfuga Hwang Jang-yop le dijo a Bradley Martin que los dos Kim “pusieron de cabeza al estalinismo y al marxismo-leninismo, revirtiendo hacia nociones confucianas”.
Después de que la Unión Soviética colapsara en 1991, surgió una imagen de Kim Il Sung en uniforme soviético con una medalla en la solapa. Como Ho Chi Minh, él tuvo un “período oscuro”. Entre 1941 y 1945 su paradero fue desconocido; finalmente, apareció alguna evidencia sobre una clara conexión con Moscú. Esta información nunca es contrastada con hechos de los que sabíamos desde antes: que Stalin ordenó que todos los agentes coreanos en el Comintern fuesen ejecutados a fines de los años treinta y que dio inicio a las muchas reubicaciones en masa de las poblaciones sujetas, trasladando a 200,000 coreanos del Lejano Oriente soviético a Kazajstán y Uzbekistán (decenas de miles murieron en ese éxodos forzoso), en ambos casos bajo la racista razón de que podrían ser espías japoneses, estar sujetos a ideas japonesas o ser, en general, de desconfiar. En los últimos años los historiadores han excavado la historia de Kim como guerrillero antijaponés, desde 1931 hasta 1945, y la de sus relaciones con los soviéticos, que han resultado ser bastante modestas e incómodas. Ninguna de estas investigaciones es mencionada por Martin o Jasper Becker.
Por supuesto, los soviéticos controlaban Corea al norte del paralelo 38, y Kim no podría haber llegado al poder por encima de las objeciones de ellos. Sin embargo, incluso si Stalin hubiera escogido personalmente a Kim y lo hubiera instalado en Pyonyang como un fiel sirviente, esto no habría sido demasiado sorprendente, puesto que él hizo eso a lo largo y ancho de Europa Oriental. Además, mostraría un sesgo el no señalar que Estados Unidos usó los servicios de un político exiliado que había pasado los 35 años anteriores en Norteamérica, Syngman Rhee, como primer presidente de Corea del Sur, ni que la Oficina de Servicios Estratégicos depositó a Rhee en Seúl después de transportarlo en el avión personal del general MacArthur, en una operación de inteligencia diseñada no solo para transportarlo ahí antes que cualquiera, sino para evitar las objeciones del Departamento de Estado. Rhee había puesto furiosos a todos en Foggy Bottom [vecindario de Washington en el que se ubica el Departamento de Estado] al pretender representar al “Gobierno Provisional de Corea” que nunca había gobernado a ningún coreano, y que en todo caso había naufragado en 1925. Los autores a quienes les encanta mostrar a Kim en su uniforme soviético nunca mencionan tales cosas.
El equilibrio y la proporción son cuestiones de nunca acabar debido al propio hábito del régimen norcoreano de mentir, y a la grotesca exageración de los logros y los méritos de sus líderes. Cualquiera que desee enterarse del país tiene que comenzar con un fárrago de afirmaciones extravagantes y mitos heroicos, continuar con lo que el “Querido líder” dice, con lo que se les dice escribir a los escribas de la RPDC y lo que los expertos extranjeros afirman, con lo que reportan los reporteros, con lo que otros gobiernos ofrecen. Luego se tiene a los visitantes ocasionales: ¿qué vieron y experimentaron? Por décadas, Pyongyang financió a extranjeros para establecer grupos para el estudio de la “Gran Idea Zuche” de Kim, conocida de otro modo como “autosuficiencia”; yo recuerdo haber visto en una revista de Pyongyang a un beduino sentado sobre su camello, con una zapatilla en un pie y el otro descalzo, hojeando las páginas de la obra más reciente de Kim Il Sung. Con todo eso, justo sobre el horizonte está Corea del Sur, por cerca de cuatro décadas gobernada por oficiales del ejército y burócratas que habían servido a los mismos amos japoneses contra quienes combatieron Kim y sus amigos por una década en los años treinta. En 1949-50, cuando la guerra civil entre el Norte y el Sur se avecinaba, la mayoría del alto comando de las fuerzas armadas del Sur eran oficiales que habían servido al Japón imperial. El general Park Chung Hee, quien llegó al poder mediante un golpe en 1961, había servido en el ejército japonés en Manchuria, persiguiendo a las guerrillas coreanas. En 1979, Kim Chae-gyu, su jefe de inteligencia, le disparó un tiro en la cabeza. Kim Chae-gyu también había sido oficial en Manchuria; tanto Park como Kim se habían graduado en una escuela militar norteamericana en 1946.
Desde 1945 el papel estadounidense despierta otro enorme problema de equilibrio y sesgo, comenzando con el simple hecho de que Rhee, Park y el Kim de la inteligencia coreana no habrían llegado al poder sin el apoyo norteamericano, y continuando con el supuesto común de que Estados Unidos ha sido un testigo inocente a lo largo de los últimos sesenta años, sin tener nada que ver con la naturaleza de ninguno de los regímenes coreanos. Rhee tenía 70 años en 1945, un patriota de la vieja escuela que habría sido un importante político en un régimen de derecha, quizá, pero que no tenía ninguna base política real en el país. En agosto de 1945, el Departamento de Estado recomendó al comando de ocupación estadounidense que Park y Kim fueran purgados por su servil colaboración con el Japón (Park recibió un reloj de oro del emperador títere P’u yi). Cinco años después, Estados Unidos entró a la Guerra de Corea y llevó a cabo bombardeos de saturación en el Norte hasta que cada hombre, mujer y niño vivía en un túnel o una cueva. Cinco años después del término de la guerra, Estados Unidos instaló armas nucleares en el Sur y las mantuvo ahí hasta 1991. Cualquier intento rudimentario de equilibrio debe tomar en cuenta estos hechos bien conocidos. Particularmente para los norteamericanos, reconocer en alguna medida el papel desempeñado por Estados Unidos al ingresar a la fuerza en 1945 en un matorral político, social y culturalmente ajeno y no poder encontrar una manera de desenmarañarse incluso hoy, con todos los problemas esenciales salvo uno (Corea del Sur es ahora una democracia) todavía irresueltos, debe formar parte de cualquier análisis del problema coreano (Los guerreros de la Guerra Fría dirán que todo eso valió la pena porque Corea del Sur es una democracia. Sin embargo, esa democracia creció entre los dientes de la represión, bajo un dictador tras otro, todos ellos apoyados por los gobiernos de Estados Unidos: le tomó 15 años surgir).
La violencia política añade un problema esencialmente insoluble: por ejemplo, sabemos mucho acerca de las prisiones norcoreanas; por cierto, el pasado verano en la Oficina Oval George W. Bush le dio la bienvenida a un superviviente, Kang Chol-hwan, quien publicó un libro acerca de su experiencia (El acuario de Pyongyang, 2003), y está claro que incluso las infracciones menores a las reglas de la dictadura pueden meter a alguien en la cárcel, usualmente con su familia, en desolados campos de trabajo en medio de las selvas de la montaña. Los expertos, no obstante, han sabido de estos campos por lo menos desde hace treinta años, después de que un hombre llamado Ali Lameda quedara encerrado en uno por unos pocos años para contar después acerca de esto a Amnistía Internacional. Para comenzar, ¿quién dudaría de su existencia? Después de Stalin, ¿quién esperaría algo diferente de un régimen comunista? Algunos valientes activistas de los derechos humanos se las arreglaron para penetrar también a las pavorosas prisiones políticas administradas por los dictadores surcoreanos, y para escribir acerca de ellas para Amnistía: gente arrojada a calabozos de confinamiento solitario por décadas porque, después de la tortura y de la “reforma del pensamiento” al estilo japonés, aún rehusaban hacer un tenko y renunciar a su apoyo al Norte. Bajo el gobierno militar de Estados Unidos (1945-48) las cárceles encerraron a miles de prisioneros políticos.
Hace muchos años, cuando empezaba a saber de los furiosos e incesantemente despiadados conflictos que han azotado Corea, fui a la biblioteca de la Institución Hoover y me senté a hojear una revista publicada por el Cuerpo de Juventudes del Noroeste a fines de los años cuarenta. En su portada había dibujos de propaganda que mostraban a comunistas destripando a mujeres embarazadas, atravesando a niños con sus bayonetas, quemando casas y destrozando los cerebros de sus oponentes. El Cuerpo de Juventudes del Noroeste, rutinariamente y bastante bien correctamente descrito como un grupo de jóvenes fascistas, se dedicó al terrorismo en el Norte y el Sur de Corea. La mayoría de sus miembros provenían de familias refugiadas del Norte, y algunos de los “jóvenes” eran maleantes de edad madura. Oficialmente, Estados Unidos auspiciaba a otro grupo que se organizó de acuerdo a las Camisas Azules de Chiang Kai-shek. Al sofocar huelgas o levantamientos a fines de los cuarenta (y hubo muchos), estos grupos trabajaban de la mano con la odiada Policía Nacional, inalterada desde el período colonial, cuya vasta mayoría de miembros coreanos había servido a los japoneses. En la isla Cheju, de 1945 a 1948 administrada por comités populares, las Juventudes del Noroeste fueron las principales responsables de una subyugación durante la cual 10 por ciento de la población de la isla murió, mientras muchos más huyeron a Japón; cuando todo esto terminó, las Juventudes del Noroeste se unieron a la policía de la isla. Esto sucedió mucho antes de la Guerra de Corea, durante la cual los grupos terroristas juveniles asesinaron a decenas de miles de civiles en Corea del Norte y del Sur.
Lo que se ha sabido a partir de la desclasificación de los archivos norteamericanos hace treinta años es ahora tema de continuas investigaciones históricas en Corea del Sur. Una joven generación de estudiosos ha comenzado a enfrascarse en esta información y ha producido libro tras libro acerca de la violencia política y sobre Corea del Norte, estudios que son generalmente mucho mejores, menos sesgados que la literatura académica occidental. Con todo, la mayoría de comentadores británicos y estadounidenses, incluidos Becker y Martin, no tienen idea de cuán drástico ha sido el impacto que estos libros han tenido sobre las actitudes surcoreanas con respecto a Corea del Norte y, quizá más importante, a Estados Unidos. La turbulenta historia de Corea a lo largo de las últimas ocho décadas hace difícil separar a Corea del Norte como un caso singular, el maligno autor de sus propios problemas, y más o menos incomprensible. En lugar de ello, vemos esa historia y nos miramos a nosotros mismos.
Nada de esto preocupa a Jasper Becker, un reportero con mucha experiencia en el Asia que echa una mirada a Corea del Norte desde China, y no la encuentra esencialmente diferente de como la pintaban las Juventudes del Noroeste hace seis décadas. Como ellos, parece pensar que si pujamos y soplamos podremos echar abajo la casa de Kim. Como Wittfogel, él ve a un testarudo déspota gobernando a un “estado esclavo”. El sufrimiento que el “bajo, regordete, bebedor de cognac Kim Jong Il” ha impuesto a su pueblo, escribe Becker, es “un crimen monstruoso sin paralelo”. Esto aparece en la misma página que la siguiente contabilidad de cadáveres: cinco millones de personas perdidas en el lanzamiento de la Revolución Bolchevique, ocho millones por el terror de Stalin, treinta millones en la hambruna impuesta por Mao sobre China después de 1958, y millones más a manos de Pol Pot.
El libro de Becker comienza con una cita de un discurso de George W. Bush ante los cadetes de la Citadel acerca de los “estados parias”, en diciembre de 2001, y luego se lanza a un “escenario ficcional” acerca de un golpe preventivo contra todas las instalaciones nucleares, militares, industriales y gubernamentales de Corea del Norte. Docenas de aviones de guerra Stealth F-117 abren la campaña, seguidos de falanges de aviones F-16 lanzados desde portaviones americanos (que de alguna manera Kim dejó de notar a medida que cruzaban el Pacífico), junto con bombarderos B-1 y B-52, y misiles cruceros Tomahawk; miles de bombas JDAM [bombas de gravedad comunes, equipadas con un equipo de puntería] y de “bombas termobáricas BLU 118B de alta intensidad y generadoras de calor” son soltadas, “diseñadas para penetrar en búnkeres reforzados”. Finalmente entran 60,000 marines trasladados desde Okinawa para marchar hacia Pyongyang. Cuando los norcoreanos responden al ataque, los estadounidense y los surcoreanos estarán protegidos porque “después de la Segunda Guerra del Golfo de 2003” Rumsfeld y Wolfowitz anticipadamente pusieron al día el armamento de alta tecnología norteamericano y coreano. “La victoria sería rápida y total”, Becker nos asegura, aunque aún no puede garantizar que esta matanza en masa resultaría en la muerte o captura del desquiciado, maligno, corpulento, remojado en coñac Kim Jong Il. Muchos meses pasaron antes de que Saddam fuera obligado a salir de su madriguera de topo.
Yo podría dormir más tranquilo si ésta fuera meramente una invención de Becker. Todo esto, sin embargo, escribe él, está prefigurado en el último OPLAN 5027 del Pentágono, un esquema para “derrotar al enemigo en detalle” (o lo que quiera significar esa frase). En marzo pasado, la revista Atlántic convocó a un “juego de guerra” con anteriores diplomáticos y generales estadounidenses, para ver cómo podría resultar un nuevo conflicto con el Norte. El teniente general Thomas McInerney, un planificador estratégico de la fuerza aérea con décadas de experiencia, desempeñó el papel de presidente de los Comandos Conjuntos de Personal. “¿Ganaríamos?” preguntó. Bien, “habría una enorme carnicería”, pero sí, ganaríamos: muy probablemente “más rápido que en la operación Libertad Iraquí” o, en el peor de los casos, podría tomar un mes más. Las bajas civiles en Seúl podrían mantenerse en no más de 100,000 (ni un solo surcoreano fue invitado a este “juego”). Las armas nucleares norcoreanas trastornan el equilibrio en la región, pensaba él, de modo que Estados Unidos debería darle armas nucleares a Japón y Corea del Sur para posicionarse con anticipación. Una vez que la guerra comienza, por cada bomba nuclear que use el Norte, “nosotros usaremos cien”. Eso también se aplicaría si el Norte transfiriera armas nucleares a terroristas. “Si cualquier bomba atómica cae en los Estados Unidos, ustedes son nuestro objetivo”, diría el general McInerney a Pyongyang, incluso si no estuviera claro de dónde habrían venido las armas. El opaco y descontrolado Otro excita los impulsos hacia la exterminación. Sería simpático decir que es solo el punto de vista de McInerney, pero el patrón está profundamente enraizado en la historia de Estados Unidos.
En contraste con Becker, Martin, también un periodista, se ha esforzado para ofrecer un informe equilibrado. Su interés en el Reino Ermitaño data por lo menos de su primera visita de hace 26 años, y como estadounidense también tiene en mente la pregunta “¿por qué nos odian tanto?”. A diferencia de Becker, él tiene el instinto periodístico de desconfiar de todas las afirmaciones y declaraciones de los gobiernos, y piensa que evitar los hechos desagradables es un falta contra el deber. “Un cuarto de la población de Corea del Norte de diez millones murió en la Guerra de Corea”, escribe. Después, menciona la guerra aérea norteamericana, sin decir que ésta fue responsable de la mayoría de las bajas. No obstante, Corea del Norte nunca ha ofrecido una cuenta confiable de sus muertes en esa guerra, y nadie puede estar cierto del número total ni de qué lo causó. Todo lo que sabemos es que la población experimentó una guerra de tal severidad que solo se puede comparar a las experiencias de la URSS y de Polonia en la Segunda Guerra Mundial. Kim Il Sung no era una marioneta soviética, dice Martin, sino “un coreano patriota de inusual determinación” que luchó duro contra los japoneses, lo que le dio “impecables credenciales nacionalistas en un país donde había sido demasiado común que la gente capaz y ambiciosa sirviera a los amos japoneses”. Después de una década de combatir a los japoneses, Kim es descrito por Martin como “fugando” hacia la Unión Soviética, pero como Wada Haruki ha demostrado, Kim fue con sus partisanos coreanos y chinos a un lugar de la frontera chino-rusa al sur de Khabarovsk, donde los soviéticos y los comunistas chinos administraban algún tipo de campos de entrenamiento, y no fue enteramente claro dónde estuvo Kim la mitad de ese tiempo. Sin embargo, a lo largo del libro, Martin pinta a Kim como alguien que se hizo solo.
Martin ha leído lo suficiente como para ir más allá de los supuestos usuales acerca de la naturaleza draconiana del gobierno de los dos Kim. Por ejemplo, las purgas frecuentemente no fueron fatales ni permanentes. El general Choe Gwang estuvo arriba y abajo, una y otra vez: él fue casi ejecutado durante la Guerra de Corea por percibidos fracasos en algunas batallas, tuvo otro conflicto con Kim Il Sung en 1968, y de alguna manera se las arregló para ser el principal militar en el Norte a mediados de los noventa. Por cierto, durante la crisis nuclear de 1994, cuando Estados Unidos estaba esperando que China por lo menos se abstuviera o que apoyara las sanciones del Consejo de Seguridad contra la RPDC, los generales chinos llevaron a Choe a Beijing y le dieron un bien publicitado abrazo. Martin discute sobre los 75,000 coreanos de Japón, muchos con esposas japonesas, quienes voluntariamente fueron al Norte en 1959-62, notando que muchos eran originarios del Sur y que deseaban escapar de las condiciones tipo apartheid para los coreanos en el Japón. Hace un buen análisis del crecimiento del Norte en los años sesenta y setenta -- su producto per cápita era al inicio más alto y luego casi igual al del Sur durante los años ochenta -- y de la favorable impresión que el país daba a sus visitantes de entonces. Para quienes viajaban por tren de Pyongyang a Beijing, las vistas de “bien arregladas, grandes casas granjas, tractores y máquinas trasplantadoras de maíz” y “bien lavados y cepillados” pueblos contrastaba con las “escuálidas chozas rurales, barriadas urbanas, gente y animales de tiro dedicados a un trabajo agotador” de China. Corea del Norte parecía más próspera, pensaba Martin, pero China tenía más vitalidad.
Martin fue en 1979, pero yo tuve la misma impresión en mi primera visita, dos años después: la impresión de que Corea del Norte lo había hecho bien, que Pyongyang era sorprendentemente atractiva y estaba bien administrada, que dejar el Norte de Corea para ir a China era regresar a un lugar mucho más pobre. Todo eso fue revertido en una década; hacia 1990 se veía dos clases de gente que no habían existido antes en China: una joven mujer en un vestido bien confeccionado, con maquillaje impecable, un confiado joven con un relajado lenguaje corporal frente a un extranjero; estos dos, y un centenar de otros como ellos indicaban los inicios de una revolución de la clase media, al menos en las grandes ciudades. Esta fue la experiencia de Corea del Sur, también, en los setenta, y habría sido la del Norte si las reformas hubieran comenzado hace 15 años. Martin escribe acerca de los “sorprendentes cambios” que sucedieron después de que el programa de reformas de Deng Xiaoping empezara a andar, y especula, plausiblemente a mi modo de ver, que los líderes del Norte podrían haber estado “contentos por la evidencia de su éxito”. En todo caso, en unos pocos años Corea del Norte se retrasó irrevocablemente.
Sucede que a Martin y a mí nos dio nuestro primer paseo, la misma persona, un celoso chaperón, Kim Jong-su. Se presentó como un funcionario de la Sociedad de Relaciones Culturales con Países Extranjeros, que él nos dijo era la agencia utilizada para tratar con “visitantes capitalistas”. Era uno de las varios funcionarios totalmente cosmopolitas que conocí en el país, seguros de sí mismos, familiarizados muy sofisticadamente con la política norteamericana, para no mencionar que eran una disfrutable compañía. Cuando le pregunté acerca de los orígenes de su familia, dijo que su padre había muerto cuando él era un bebé y que en 1945 él y su madre fueron mendigos en las calles de Pyongyang. Sin embargo, le dijo a Martin, que había sido un huérfano criado por Kim Il Sung y que su nombre era Bai Song-chul; cuando Martin lo vio de nuevo en 1989 y le preguntó por qué su nombre era ahora Kim, le respondió solamente que “los viejos amigos” lo conocían como Bai. Yo tuve más de una experiencia en la que una persona que conocía, aparecía después con un nombre diferente. La violencia del régimen colonial y la guerra produjeron miles de huérfanos, y Martin está en lo cierto cuando dice que Kim Il Sung les prestó particular atención, convirtiéndose en un padre sustituto e inscribiéndolos en las mejores escuelas, creando así un grupo que luego ayudó a facilitar la sucesión de Kim Jong Il. Martin, no obstante, pasa a sugerir que Kim Jong-su era en realidad un oficial de inteligencia y que bien podría ser uno de los propios hijos que Kim Il Sung tuvo en una amante; Martin conoció a un informante que le dijo que Kim era el “más poderoso” de estos hijos no reconocidos. Yo había pensado las mismas cosas; primero, por la clase de preguntas en que él estaba interesado, y porque se convirtió en el número dos en la embajada coreana ante la ONU, un puesto de alto nivel en el extranjero; segundo, porque una vez vi el rostro de Kim cerca a la puerta cuando Kim Il Sung daba la bienvenida a un jefe de estado y, como Martin, noté un modesto parecido facial, pero también, más importante aún, que él tenía un acceso de extremadamente alto nivel.
A fines de la primavera de 1995 busqué a Kim Jong-su en Nueva York, con la esperanza de una visa para visitar nuevamente su país. Cuando nos encontramos me preguntó si alguna firma de Chicago podría estar interesada en invertir en Corea del Norte. Le pregunté qué necesitaban. Kim replicó con una sola palabra: “todo”, y por un momento hubo angustia, mortificación y tristeza en su mirada. Su convicción había fugado a alguna parte; fue un momento revelador. El embajador Kim dijo que podría arreglar mi visa, pero vinieron las torrenciales lluvias e inundaciones; regresó a Pyongyang y nunca mas lo volví a ver. Alrededor de ese tiempo, Martin hizo otro viaje en tren al Norte; un coche lleno de coreanos pasó en la dirección contraria. “Ofrecían un espectáculo desolador. Su ropa estaba en andrajos y sucia, sus rostros oscurecidos por lo que pensé era lodo o decoloraciones de la piel producidas por la pelagra”. Pronto ciudades industriales como Ch’ingjin llegaron a paralizarse, siendo su equipo saqueado para intercambiarlo en el mercado negro, y la empresa de acero Kim Chaek Steel Works, permanentemente ofrecida en venta, cerró. Durante la última década el régimen no ha sido capaz de alimentar a su gente.
Los raídos y sucios viajeros a quienes Martin vio desde su tren representan a todos los norcoreanos en la versión de Becker. Becker tiene conmovedores pasajes acerca de la “hambruna y la fuga” que afligió a grandes sectores de la población, obtenidos principalmente de conversaciones con refugiados que cruzaron la frontera China. Becker ha liberado mujeres coreanas de manos de chinos que las mantenían como juguetes sexuales después de haberlas comprado, en un caso por el equivalente de 24 dólares: una mujer de 28 años que parecía tener 50. Un amigo mío que trabajaba para la Fundación Mercy solía recorrer la frontera con billetes de cien dólares, esperando comprar de vuelta a jóvenes mujeres coreanas de los cientos -- más probablemente miles -- de chinos que las compraron primero. Familias enteras han ingerido veneno o se han puesto a lo largo de las vías ferroviarias ofreciendo a sus bebés, esperando que alguien pueda tomarlos y alimentarlos. Pandillas de niños deambulaban por el campo o cruzaban corriendo la frontera. La mayoría de la gente, sin embargo, solo sobornaba a los guardias y cruzaba buscando un escape o comida, regresando varias veces para alimentar a sus familias. Becker cree que Kim Jong Il lleva en sus manos la sangre de cuatro millones de personas, aunque los expertos que han estudiado con cuidado la hambruna creen que la cifra es de alrededor de 600,000. El estimado de Becker es el más alto que he encontrado, quizá la historia demuestre que estaba en lo cierto. En otros aspectos, sin embargo, su libro es descuidado. Dice que Kim Il Sung se robó el nombre de un famoso patriota antijaponés y que su verdadero nombre era “Kim Song Juh”. Este es el más viejo mito del repertorio anticomunista de Corea del Sur, demolido por los estudios de Suh Dae sook hace cuatro décadas; en realidad, a los cuatro días del retorno de Kim al Norte en el otoño de 1945, el diario Pyongyang Times puso en duda su verdadero nombre (diciendo que era Kim Song-ju), su lugar de nacimiento en las afueras de Pyongyang y sus hazañas contra los japoneses.
Cuando Becker comienza su libro con la posibilidad de una guerra declarada por Estados Unidos contra la península de Corea, deja de mencionar que ya intentamos eso y que no funcionó. Cuando él trata sobre esa guerra, dice que MacArthur avanzó de Inch’on al rio Yalu en 1951: nadie que se haya preguntado seriamente sobre la historia de la Guerra de Corea cometería tal patinada. MacArthur quería un bombardeo nuclear contra China pero Truman lo desautorizó, dice Becker; nuevamente, mal. En abril de 1951 Truman despidió a MacArthur con el fin de poner a un comandante más confiable en el campo, en caso de que decidiera un bombardeo nuclear contra China, y al mismo tiempo transfirió al Pacífico las capacidades operacionales para lograr eso, en la forma de ojivas nucleares Mark IV, nunca antes retiradas de la custodia de la Comisión de Energía Atómica. Los combates cesaron a lo largo del paralelo 38 en 1953, escribe Becker, cuando en realidad la Zona Desmilitarizada entraba muy al norte del paralelo por el lado oriental, y bastante al sur por el oeste. Becker embrolla lo que los expertos saben sobre las instalaciones nucleares del Norte en Yongbyon. Las granjas estatales no comenzaron en los cuarenta sino a fines de los cincuenta (y las granjas colectivas norcoreanas nunca fueron tan enormes como las granjas estatales soviéticas). El líder ficcional surcoreano en el escenario de guerra imaginado por Becker, el “Presidente Choi”, es un obvio sustituto de Roh-Moo.hyun, un principista y valiente abogado que luchó contra los militaristas de Corea del Sur durante la peor década de violencia en los años ochenta, y que fue elegido en 2002 a pesar de la oposición del gobierno de Bush. Todo lo que Becker dice acerca de él es que “en su juventud... había llamado a los militares ‘fascistas y títeres del imperialismo’”. Desconozco era afirmación y no hay una nota a pie de página.
Becker aún cree en cosas tales como “la campaña para ‘estremecer y asombrar’ que rápidamente derrotó a Irak”, y en el firme y experimentado liderazgo de Bush, Rumsfeld y Cheney. Si este libro hubiera sido publicado en 2003, cortésmente lo habríamos llamado “obsoleto”. Al final, hay otros escenarios para un “violento cambio de régimen”. Richard Perle piensa que los norteamericanos deberían ser capaces de inspeccionar todo lo que quieran en Corea del Norte, y de retirar a los físicos nucleares coreanos, enviándolos a un lugar neutral para ser interrogados. Si eso fracasara, Estados Unidos “debería tomar una decisiva acción militar”. Un tránsfuga le dice a Becker que “muchos norcoreanos creen que Estados Unidos es su salvador y que es la única nación que puede liberar a Corea del Norte”. Esa fue también la posición del Cuerpo de Juventudes del Noroeste en 1948 y eso es lo que Truman autorizó hacer a MacArthur en septiembre de 1950. El intento de Truman de cambiar el régimen puso a Estados Unidos en una guerra con China, y esa guerra drásticamente limitó lo que Lyndon Johnson pudo hacer en Vietnam una década después, como invadir Vietnam del Norte para deponer a Ho Chi Minh. Hoy en día el intento de hacer tal cosa en Corea con seguridad incluiría la destrucción nuclear.
Martin, como Becker, depende mucho de tránsfugas para obtener evidencias. No puedo pensar en un libro que haya hecho más uso de ese tipo de testimonios. No obstante, escrupulosamente confirma hechos y cruza la información de sus referencias. Algunos ex funcionarios de la CIA dicen que la mayoría de los tránsfugas norcoreanos son inútiles; otros dicen que son útiles cuando emergen, pero no si las agencias de Corea del Sur los encuentran primero. Sin embargo, lo que estos espías están intentando descubrir es los grandes temas: cómo y por qué el Norte iría a una guerra, cómo responderían ante un ataque preventivo contra sus reactores nucleares o si tienen armas atómicas. Los tránsfugas con ese tipo de conocimientos han escaseado en las últimas seis décadas. Martin, sin embargo, también quiere saber cómo es vivir en Corea del Norte, criar una familia, trabajar en una fábrica, ser un policía, ir a un campo de prisioneros.
Los nativos y los extranjeros, los tránsfugas y los visitantes hablan de la generosidad y de la calidez de la gente y de que hasta la reciente catástrofe, parece haber habido una vibrante vida colectiva. Esto contradice todo lo que esperan los extranjeros, y Martin se pregunta cómo un estado ampliamente tenido como “maligno hasta anular toda posibilidad de redención” puede inculcar tales valores en su gente. Sus entrevistas a tránsfugas iluminan este tema, y él se enfoca en el supuesto común de los reporteros occidentales de que la gente con discapacidades vive vidas miserables, oculta en instituciones de pesadilla. En lugar de ello, Martin encuentra que el régimen tiene muchos programas para apoyar a los discapacitados (los amputados de guerra consiguen el mejor cuidado). Cuando en 1987 visité Corea con un equipo de documentalistas de la TV, entrevistamos a un hombre que había sido rociado con napalm durante la guerra de Corea. La única parte de su rostro que parecía humana era su globo ocular derecho, al que yo me dirigía cuando lo entrevistaba. Trabajaba en una factoría eléctrica, tenía cinco hijos y hablaba elocuentemente sobre los horrores de la guerra. Chung Seong-san, un tránsfuga, detalló a Martin los muchos programas para discapacitados, escuelas especiales para los inválidos y el respeto que los ciudadanos tienen por las bajas de guerra que caminan heridas por la calle. “Los surcoreanos no tienen este tipo de compasión” le dijo Chung, aunque también dijo que este altruismo declinó drásticamente cuando comenzó la escasez de alimentos a mediados de los noventa.
Los tránsfugas de Martin también hablan de la percibida diferencia entre los soldados del Norte y del Sur. En 1983, unos terroristas hicieron volar a gran parte del gabinete surcoreano en Rangún. En medio de muchas especulaciones acerca de quiénes lo habían hecho, un ex funcionario norteamericano me dijo: “Vea, dos de los tipos se mataron con granadas antes de ser capturados. No se puede conseguir ese tipo de compromiso en el Sur, y sus soldados no estarían dispuestos a hacer “el sacrificio necesario cuando estalle la guerra”. Por décadas, el Sur ha sobrepujado al Norte en términos de equipo militar; su presupuesto de defensa es casi tan grande como el PNB anual del Norte. Es verdad, sin embargo, que Corea del Norte es el estado cuartel más grande del mundo y su presupuesto de defensa no da la menor cuenta de cuán profundamente afianzadas están las fuerzas armadas en la sociedad norcoreana.
Martin ha escrito un admirablemente ambicioso libro. Las copiosas notas al final incluyen largos diálogos con los principales expertos. El riesgo aquí es que la opinión de las personas se confunda con una documentación impecable, hechos acerca de los cuales no hay disputas entre los historiadores. Los hechos raramente existen aparte de las interpretaciones, por supuesto, pero ciertos temas en efecto quedan resueltos y los investigadores se mudan a otros asuntos. Martin describe a Kim Il Sung como si no hubiera tomado en consideración las advertencias chinas de que los norteamericanos invadirían Inch’on en septiembre de 1950, cuando materiales norcoreanos capturados muestran que sus propios agentes le habían estado enviando información detallada acerca de la invasión norteamericana por cerca de un mes antes de que ésta sucediera. MacArthur tomó la decisión de invadir el Norte y Washington estuvo de acuerdo, escribe Martin, pero Rosemary Foot y otros han demostrado que Truman y Dean Acheson tomaron la decisión en agosto de 1950, por sus propias razones, sin relación con MacArthur. Martin piensa que los chinos tuvieron que decirle a Kim el 9 de octubre para que colocara una trampa en el Norte, retirándose rápidamente ante las fuerzas norteamericanas y surcoreanas que avanzaban, cuando los documentos norcoreanos muestran que este plan estaba puesto en marcha dos semanas antes. Martin sostiene que entre 1946 y 1960 el bloque soviético le dio tanta ayuda al Norte como la que le dio Estados Unidos al Sur, alrededor de 125 dólares por persona a lo largo de quince años, lo cual es absurdo: varias fuentes estiman que el Sur recibió un promedio per cápita de 600 dólares al año en todas las formas de ayuda durante ese período; y por gran parte de los cincuenta, la ayuda norteamericana fue casi la mitad de todo el presupuesto estatal surcoreano.
Martin pregunta por qué Acheson no mencionó a Corea en su famoso discurso sobre el “perímetro de defensa”, de enero de 1950, ni la incluyó en él. La mejor respuesta, piensa, es que Acheson “quería mantener en secreto” cuán extenso era el “compromiso con la defensa de Corea”. Está en lo cierto con respecto a eso, pero equivocado al decir que Acheson dejó a Corea fuera del discurso; Acheson dejó entrever que si allí ocurriera un ataque, Estados Unidos llevaría el problema al Consejo de Seguridad, que es lo que Dean Rusk había recomendado en 1949 y lo que Acheson exactamente hizo cuando estalló la guerra. Martin menciona esto, pero no ve su significado. Se ha sabido por cerca de quince años que en los muchos borradores de ese discurso, siempre se refería a Corea del Sur como una responsabilidad norteamericana directa, junto con Japón. Sin embargo, los documentos internos también muestran que Acheson no quería decir esto públicamente, no fuera que Syngman Rhee se resolviera a iniciar una guerra. También se ha sabido por largo tiempo que cuando los norcoreanos comentaron este discurso, hablaban de Corea del Sur como incluida en el perímetro de defensa. ¿Por qué? Porque durante semanas no hubo una trascripción oficial del discurso y los norcoreanos probablemente leyeran The New York Times, que había incluido también a Corea en el perímetro. Al final, todo funcionó perfectamente para Acheson, quien buscaba la ambigüedad e intentaba mantener tanto a los comunistas como a aliados volátiles como Syngman Rhee y Chiang Kai-shek tratando de adivinar qué es lo que Estados Unidos haría si Corea del Sur o Taiwán fueran atacadas. En cuanto a Stalin, gracias a Kim Philby y a otros espías, él leía los secretos de Acheson durante el desayuno y no tenía razón para prestar atención a lo que éste decía para el consumo público.
La versión de Martin del papel estadounidense es el principal defecto del libro, y esto proviene, creo, de no haber sujeto las acciones de su propio país en Corea al mismo escrutinio que sujeta las del Norte, el Sur, o las de los Rusos y Chinos. Martin no termina de comprender qué sucedía al comienzo, en los tres años de ocupación militar que le dieron forma a Corea del Norte más de lo que hizo MacArthur con respecto al Japón. No es posible comprender a Corea del Norte sin exponer cómo ésta ha estado por sesenta años en continua confrontación con Estados Unidos, mientras EEUU simultáneamente ha entregado todo tipo de ayuda al Sur. Hace mucho Estados Unidos puso a Corea del Norte bajo asedio (bloqueando su economía desde 1950, realizando enormes juegos de guerra cerca a sus fronteras, vigilándola por todos los medios), y aunque eso no excusa el comportamiento norcoreano, es aún una parte central de la historia.
Si Becker comienza su libro con la ficción de estremecer y asombrar, Martin termina el suyo “soñando despierto” acerca de cómo Kim Jong Il podría encontrarse con un enviado estadounidense de alto nivel y ser convencido de mejorar su récord de derechos humanos, abrir los campos de internamiento, reformar la economía, renunciar a sus armas nucleares y resolver los problemas de todos. “Sentí que en los años que pasé estudiando a Kim había tenido hasta cierto punto éxito en mi meta de penetrar en la mente de ese tradicional déspota oriental, quien resultó tener mi misma edad”. Pero Kim probablemente no lo hará, piensa Martin, porque de lo que más se preocupa es de “salvar la cara” y evitar la “humillación”. Un día mis guías norcoreanos me llevaron a la costa a ver la Represa del Mar Occidental, una represa de siete kilómetros y medio a lo ancho del río Taedong, diseñada para irrigar tierras agrícolas tanto antiguas como nuevas. Durante el usual discurso de propaganda acerca de cómo así ésta era la mejor represa del mundo, con todo pensado y supervisado por Kim Il Sung, mis pensamientos volaron hacia Wittfogel y sus teorías hidráulicas. Martin debería haberse refrenado un poco, lo suyo no era soñar despierto sino una fantasía enraizada en el suelo del prejuicio. Con todo, su libro es fácilmente la versión accesible y más comprensiva de Corea del Norte.
Los lectores del gran público han sido mal servidos, una y otra vez, por los medios occidentales y los comentaristas que se hacen pasar por expertos. En fin, éste es el Oriente, astuto y misterioso, y podemos decir casi cualquier cosa que queramos acerca de él. En verdad, Corea del Norte presenta un frente tan opaco que es difícil recordar a las 23 millones de personas que viven ahí. Debemos empezar no con ellos, sin embargo, sino con nosotros y nuestra ignorancia. |
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