Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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Las amenazas contra la vida humana: bioerror, bioterror, desastres ambientales y cosmológicos
 
Un artículo de Dennis Overbye, publicado originalmente como “It Was Fun While It Lasted”, The New York Times, 18 de Mayo de 2003 (http://www.nytimes.com/2003/05/18/books/review/18OVERBYT.html)
 

Reseña del libro
Martin Rees, Our Final Hour: A Scientist’s Warning. How Terror, Error, and Environmental Disaster Threaten Humankind's Future in This Century -- on Earth and Beyond. Basic Books, 228 pp.

 
Iba a comenzar esta reseña con una broma acerca de por qué los astrónomos son, como el pollito del cuento, las personas más autorizadas para empezar a gritar “El cielo se va a caer, el cielo se va a caer y el rey lo debe saber”, pero después de un rato me dejó de parecer gracioso. Cuando hace un mes regresábamos del Asia Central con nuestra recientemente adoptada hija, mi mujer y yo tuvimos encuentros nocturnos con funcionarios de aduanas armados con ametralladoras y protegidos contra el SARS [Síndrome Respiratorio Agudo Severo] por máscaras quirúrgicas. Mientras escribía este artículo el Washington Post publicaba una serie de artículos acerca de armas biológicas y químicas en venta, los remanentes de un programa secreto en Sudáfrica.
 
No perdamos la perspectiva. Ni el calentamiento global es la única y más importante amenaza para la vida humana, ni la vida humana que conocemos es el acontecimiento central del universo. Peligro atómico, desastres biológicos y cosmológicos son el tema de este artículo; y el escenario incluye, como se suele decir, la Tierra y sus alrededores. El libro reseñado fue publicado en 2003 y es una muy buena introducción al siglo XXI.
Martin Rees, Astrónomo Real de Inglaterra, profesor en la Universidad de Cambridge, uno de los más brillantes cosmólogos en todo el planeta y por largo tiempo propugnador del control de armamentos, le da a la civilización que actualmente conocemos tan sólo un 50% de oportunidades de sobrevivir al siglo XXI. La propuesta de Our Final Hour [Nuestra hora final], un ligero pero frío recuento de todas las posibles maneras en la que el cielo podría caer sobre nuestras cabezas, era tan deprimente, afirma Rees, que su agente literario pasó momentos difíciles tratando de vender el manuscrito.

Pero eso fue antes de lo de las torres gemelas.
Las decisiones que tomemos en las siguientes décadas, sostiene Rees, podrían decidir el destino de la vida no solo en el planeta Tierra sino aún más allá, ya sea asegurando su supervivencia si podemos expandirnos al espacio, o condenándola para siempre. “Puede no ser una hipérbole absurda, y ciertamente puede no ser tan solo una exageración afirmar que el lugar más crucial en el espacio y en el tiempo (aparte del Big Bang mismo) podría estar aquí y ahora”, escribe.

La humanidad ha progresado hasta el punto que hemos terminado por constituirnos en nuestro peor enemigo: además de las calamidades naturales que siempre nos han amenazado, la tecnología, argumenta Rees, ha elevado tanto el poder del individuo o de los grupos pequeños, que un terrorista individual como el unabomber o un error de laboratorio podrían crear una situación catastrófica antes soñada sólo por los Doctor Strangelove del siglo pasado, quienes mantenían a raya las fuerzas del Apocalipsis mediante la realización de juegos de guerra en escenarios donde la destrucción mutua estaba asegurada. El autor cuenta, además, que ha apostado mil dólares a que un caso de bioterror o de bioerror costarán un millón de vidas antes del año 2020.

Hay muchas cosas de las que preocuparse y algunas de ellas ya son conocidas por todos: el calentamiento global, posibles impactos de asteroides y la ya vieja amenaza de guerra nuclear, transformada hacia el final de la guerra fría: el colapso de la Unión Soviética, destaca Rees, ha dejado al mundo inundado de materias primas, uranio y plutonio enriquecidos, como para 70 mil bombas.

Otras amenazas son nuevas. Los avances en la ingeniería podrían llevar a la creación de nanopartículas inteligentes capaces de reproducirse y que podrían devorar a los seres humanos y a otros seres vivos del planeta, reduciendo la biosfera a lo que Eric Drexler, uno de los pioneros de la nanotecnología, llama “una pasta gris”: el tema de una reciente obra de suspenso, Prey, de Michael Crichton.

Algunos experimentos físicos podrían ser incluso más catastróficos, informa Rees. En principio, tales experimentos podrían alterar el mismo espacio-tiempo, haciendo que las leyes de la física resultaran alteradas repentinamente, logrando, por ejemplo, congelar súbitamente toda el agua o destruir nuestros átomos y todo lo demás. Ya que no tenemos una teoría probada en el terreno acerca de qué sucede a temperaturas bajísimas, dice, podríamos haber estado justificadamente preocupados cuando hace poco una barra de metal -- parte de un aparato para detectar ondas gravitacionales, pequeñas olas de espacio-tiempo predichas por la teoría general de la relatividad de Einstein -- fue enfriada hasta casi el cero absoluto, convirtiéndola en lo que Peter Michelson, de la Universidad de Stanford, llamó “el objeto más frío de todo el universo”.

En este libro, cuyas influencias provienen desde los escritores de ciencia ficción como H. G. Wells, Kurt Vonnegut e incluso Tom Clancey, hasta los científicos modernos, Rees le lanza al lector toda calamidad a mano; algunas creíbles, otras no. La cuestión no es demostrar que cualquiera de esos particulares desastres nos caerá encima sino que algo, en general, podría sobrevenir. Y los científicos, sugiere, han estado a veces más interesados en las relaciones públicas que en realmente compartir con el resto de nosotros las posibilidades que enfrentamos.

Tomemos como ejemplo la guerra fría. Rees cree que los riesgos de la carrera armamentista entre los Estados Unidos y la Unión Soviética -- una competencia que, sostiene, fue promovida en gran medida por científicos que hacían su trabajo tratando de mejorar las armas existentes para tener una ventaja sobre la otra parte -- no valían la pena. Cita al presidente Kennedy, quien dijo que las posibilidades de una guerra nuclear durante la crisis de los misiles en Cuba había sido de una en tres, y aún más. Rees también dice que Robert McNamara, el Secretario de Defensa bajo Kennedy, estimó el riesgo de un enfrentamiento nueclear durante la guerra fría como “substancialmente más alto que uno en seis”. En otras palabras, peor que un juego de ruleta rusa. Si el público hubiera conocido esas probabilidades, ¿les habríamos seguido la cuerda? “Personalmente yo no habría arriesgado la probabilidad de uno en seis de matar a cientos de millones de personas y de destrozar el casco urbano de todas nuestras ciudades; no lo hubiera hecho incluso si la alternativa hubiera sido la certeza de la toma de Europa por parte de los soviéticos”, añade Rees.

Antes de la primera prueba nuclear, los científicos se tomaron el tiempo de calcular si la explosión encendería el nitrógeno de la atmósfera terrestre incinerándonos a todos. El riesgo era bajo, de modo que la prueba fue iniciada, pero Rees se pregunta cuál habría tenido que ser la probabilidad como para que los fabricantes de la bomba desistieran.

Más recientemente, un grupo de científicos del Laboratorio Nacional de Brookhaven estimó las posibilidades de que un experimento ya planeado, en el que núcleos atómicos serían acelerados para colisionar a altas velocidades, pudiera provocar que toda la materia en el planeta colapsara hasta reducirse a unas exóticas y densas partículas llamadas “strangelets”, extinguiendo así la vida, entre otras cosas. El riesgo vino a ser de uno en 50 millones. Eso suena bien, y el experimento comenzó sin ninguna tragedia, pero Rees no se queda tranquilo con eso y más bien señala que los resultados de la estimación pueden también expresarse diciendo que 120 personas podrían morir a raíz del experimento. Ni siquiera el físico más ambicioso podría defender que se aceptara tal precio por el conocimiento científico.
Los cálculos y las decisiones relativas a un posible acontecimiento que suponga la extinción de la vida se vuelven más complicados cuando las vidas de los no nacidos son incluidas en ellos.

En tales casos la ciencia es demasiado importante como para ser dejada en manos de los expertos que quieran llevar a cabo el experimento, dice Rees: “No basta con hacer un cálculo a la ligera de, incluso, el riesgo más pequeño de destruir al mundo”. Apoya más bien una sugerencia hecha por el físico Francesco Calogero, de la Universidad de Roma, de que equipos opuestos de científicos, ajenos al experimento, deberían debatir públicamente sobre los riesgos experimentales. Para Rees, el momento cumbre en este respecto fue la conferencia de 1975 en Asilomar, California, donde los genetistas acordaron restringir ciertos experimentos con la recombinación del ADN hasta que se pudiera asegurar que los resultados no fueran organismos letales.

Por supuesto, ahora los científicos no tienen la última palabra sobre el trabajo o los experimentos que llevarán a cabo como sí la tienen quienes les pagan por su trabajo en el gobierno y la industria. Es muy probable que el llamado de Rees para que se definan las responsabilidades provoque algunos reclamos entre sus colegas, los mismos que se preocupan acerca de la interferencia política en la investigación. Erica Goode recientemente reportó en este mismo diario que los investigadores del SIDA han sido advertidos de que ciertos términos como “trabajador/a sexual” o “gay”, deberían evitarse en las peticiones de financiamiento, para no atraer una atención no deseada por parte de los ideólogos de la administración de Bush o del Congreso.

Felizmente, o desafortunadamente para su carrera como polemista, Rees es un científico demasiado bueno como para contentarse con contar sólo un lado de la historia. Él insiste en detallar las objeciones a sus propios argumentos. Como resultado, no siempre llegamos a saber dónde se sitúa finalmente en algunos temas. Por ejemplo, Rees comienza una discusión sobre el crecimiento poblacional global con la noticia de que serían necesarios los recursos de tres planetas Tierra para alimentar a los ocho mil millones de habitantes que se espera seamos hacia 2050. Sin embargo, seguidamente reporta que se espera que la población caiga después de eso, de modo que dentro de un siglo la población podría ser menor a la que existe ahora. Así, ¿es o no la superpoblación un problema de largo plazo? No lo sé.

El libro de Rees toma vida en las últimos capítulos cuando se reconecta con la cosmología, su propia especialidad, y confronta el tema de qué significaría para el universo la extinción de la humanidad en el planeta. La cosmología solía ser la rama de la ciencia con menos corazón. Cualquiera sea la grandeza encontrada en el rodar inmenso de las galaxias, cualquiera la elegancia de la curvatura einsteniana de la oscura soledad en la cual ellas flotan, es en todo caso una grandeza fría, de una elegancia adquirida e incómoda para la mayoría de nosotros. Últimamente, sin embargo, los cosmólogos han concluido que el universo y las formas de vida que viven en él son todos uno. La vida “tal como la conocemos” parece depender de un equilibrio milagroso e improbable de los valores numéricos de unas pocas constantes atómicas.

Los cosmólogos admiten que ellos no saben qué significa eso. ¿Es acaso la vida un accidente de la suerte? ¿Existen trillones de diferentes universos entre los cuales escoger? Y, entre todo eso, ¿qué es la vida? Existen argumentos imaginativos e impresionantes que sostienen que los seres humanos están solos en el universo e igualmente impresionantes réplicas según las cuales la vida está en todo sitio del universo. Y basta de discusiones.

Los humanos somos una adición reciente al cosmos. Si todo el conjunto de 10 mil millones de años en que se ha estimado la existencia del sol pudieran comprimirse en un año, escribe Rees, toda la historia humana escrita tomaría menos de un minuto, y el siglo XX equivaldría a menos de un segundo. El supuesto implícito detrás de esta exposición, por supuesto, es que a las justas estamos comenzando; cosas más grandes y poderosas nos esperan adelante. Bien podría ser, sin embargo, sugiere Rees, que el futuro de la humanidad sea un hilo tan delgado como su pasado. Si estamos solos en el universo, el hecho de que sobrevivamos determinará si el resto de la historia cósmica tiene sentido.

Rees señala que no hacer nada no constituye una opción válida. En dos mil millones de años más o menos, el cálido sol y el efecto invernadero habrán hecho de la tierra un lugar demasiado cálido para la vida, salvo para los microbios. En unos pocos miles de millones de años más, el planeta será tostado hasta convertirse en un poco de ceniza en medio de las últimas convulsiones del sol. La respuesta está en el espacio. Una vez que los humanos hayan establecido hogares o colonias en diferentes planetas, habrá menos probabilidades de que una catástrofe individual, ya sea una plaga o un asteroide, termine con todos nosotros (aunque hay una probabilidad mayor de que la especie se diversifique genéticamente).

Sin embargo, la NASA está haciéndolo todo mal, dice Rees (quien escribió el libro antes del accidente del transbordador Columbia, en Febrero). El programa espacial necesita nueva tecnología y un nuevo “estilo”. Más que ser un programa gubernamental casi militarizado, cree Rees, debería convertirse en la provincia de aventureros millonarios listos para aceptar grandes riesgos en la búsqueda de fronteras y emociones mayores a las que proporcionan las carreras de yates o de globos aerostáticos. Una colonia en la luna o un viaje a Marte serían empresas apropiadas para Bill Gates o Larry Ellison, afirma el autor.

Nada es para siempre, quizá ni siquiera el universo, pero tales acciones podrían darnos una oportunidad. “Mucho antes de que las lenguas del sol finalmente dejen limpia la faz de la Tierra, una amplia variedad de tipos de vida o sus artefactos podrían haberse dispersado mucho más allá de su planeta original, salvo que evitemos una catástrofe irreversible antes de que este proceso pueda siquiera comenzar”, concluye Rees. Después de haber dado esta caminata con él bajo las sombras de la muerte, yo estaría agradecido por cualquier buena noticia.