revolucionarios islámicos, y los aliados de los gobiernos norteamericano y europeos en el mundo islámico: esta historia subraya el papel central de Egipto en los orígenes y la perpetuación del conflicto. Una de las resonancias más oscuras que muestra el excelente trabajo periodístico de Lawrence Wright es el éxito que tuvieron tres de esos gobiernos aliados, los de Arabia Saudita, Pakistán y Egipto, en desviar a los guerreros fundamentalistas de su principal objetivo original -- esos gobiernos -- hacia Occidente. Ha sido una hazaña destacable, pues los gobernantes de esos tres países no solo han desviado a los revolucionarios islámicos simultáneamente reprimiéndolos, otorgáncoles concesiones y canalizando sus iras hacia el extranjero, sino que han ganado apoyo adicional de los mismos países occidentales que ahora experimentan las consecuencias de esa ira.
Wright convincentemente sostiene que aunque después bin Laden dijo que Estados Unidos había sido siempre su enemigo, en un momento estuvo listo para volcar su cólera contra la venalidad, concupiscencia e hipocresía de la familia real gobernante de su país natal, Arabia Saudita. ¿Por qué las autoridades sauditas le dieron tanta libertad de acción a fines de los 80 para criticar a su aliado Estados Unidos? Porque esto era preferible a que las atacara a ellas mismas. Las áreas de los pashtunes del sur de Afganistán y del norte de Pakistán no se habrían convertido en los caldos de cultivo de radicales de mentalidad cerrada que llegaron a ser y son, sin el apoyo pasivo y activo de ciertas ramas del gobierno pakistaní. ¿Por qué se dio tal apoyo? En parte porque los funcionarios pakistaníes querían mantener a Irán y Rusia fuera de Pakistán, parte porque algunos de ellos mismos son musulmanes fundamentalistas, pero también porque esto desviaba la punta de lanza yijadí hacia fuer de Islamabad, Lahore y Karachi, dirigiéndola a Kabul, Nueva York y Londres.
La prolongada y brutal lucha entre los revolucionarios islámicos y los gobiernos egipcios, que se remonta a 1928 con la fundación de la Hermandad Musulmana por Hasan al-Banna, y que pasa por la ejecución de Sayyid Qutb en 1966, fue el crisol del aparato ideológico que condujo a los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001. Las prisiones de Egipto se convirtieron en un vehículo que permitió el establecimiento de redes entre los yijadistas. En ellas los carceleros egipcios pusieron su inversión de crueldad sobre Zawahiri, quien después se la devolvería multiplicada por mil. A partir del trabajo de Wright, está claro que la lucha en Egipto y no en el mundo de fuera tuvo precedencia para el doctor Zawahiri, que éste pudo haber creído que la estrecha geografía del populoso Egipto, confinada por el Nilo, hacía difíciles las operaciones de los insurgentes, pero que dejó de lado Egipto como meta de la revolución islámica para favorecer la cooperación con bin Laden solo cuando no le quedó otra oportunidad.
Después de un ataque contra intereses egipcios en 1995 -- un atentado suicida en la embajada egipcia en Pakistán, inmediatamente después de que al-Yijad fuera expulsada de Sudán -- Zawahiri fijó por primera vez los puntales teológicos de los ataques suicidas. Dieciocho personas, incluidos los dos atacantes suicidas que condujeron el camión, murieron en ese atentado. Zawahiri justificó el ataque arguyendo que, dado que el gobierno egipcio no era islámico y que todos los que trabajaran en la embajada lo hacían para ese gobierno, todos ellos merecían morir; los musulmanes inocentes que pasaban por los alrededores y los niños cogidos por la explosión, eran un triste pero necesario daño colateral.
La prohibición islámica contra el suicidio era difícil de superar pues el Profeta mismo había anunciado la condenación eterna para uno de sus guerreros después de que éste se matara para evitar sufrir el dolor de las heridas de guerra. Zawahiri se remontó a una lejana historia para ver el caso de un grupo de mártires musulmanes a quienes sus idólatras captores les habían ofrecido la elección de renunciar a su fe o morir. Ellos eligieron la muerte. Su aparente quiebre de la palabra de Dios fue aceptada por otros musulmanes de ese tiempo como un martirio heroico, porque habían muerto en nombre de Dios. “Con esos sofismas”, destaca Wright, “Zawahiri le dio vuelta a las palabras del Profeta y le abrió las puertas al asesinato universal”.
Finalmente, Zawahiri dejó Egipto de lado, para concentrarse en la guerra de bin Laden contra Estados Unidos solo a partir de 1997, cuando todo Egipto sintió repugnancia ante sus métodos. El catalizador fue un ataque perpetrado por un grupo de aliados de Zawahiri contra unos turistas en Luxor. Un pequeño grupo de yijadistas vestidos de policías herían a todo turista que estuviera a su alcance, disparándoles a las piernas, luego pasaron, herido por herido, ultimándolos con disparos a la cabeza. Algunos de los muertos fueron mutilados con cuchillos; una mujer suiza vio que a su padre le cortaban la cabeza. Un volante que decía “No a los turistas en Egipto” fue encontrado dentro del cuerpo eviscerado de un turista japonés. La mayoría de las 62 víctimas eran suizas; había también cuatro egipcios y tres generaciones de una familia británica: abuela, madre y una niña de cinco años.
Wright le da gran importancia a la vida de Qutb, cuyo libro Hitos, había tenido enorme influencia en el movimiento de reavivamiento islámico. Publicado en 1964, es un tratado contradictorio, cerrado en sí mismo y antisemita, que llama a la guerra contra el mundo no islámico para establecer un Islam universal, después del cual los conquistados, o como dice Qutb, los liberados, serán libres de creer lo que quieran. Qutb insiste en que el mundo, no solo el mundo no islámico sino el mismo mundo islámico, está en estado de Yajiliya, o en desafío contra la soberanía de Dios. En el mundo yajili, en lugar de la ideal síntesis de adoración y gobierno que Dios ofrece mediante el Corán, los hombres blasfemamente se adoran y gobiernan entre ellos. El aspecto más subversivo de Hitos, desde el punto de los gobiernos y las personas seculares y multiculturales, es su insistencia en que la creencia personal en Dios y la adoración personal son insuficientes para evitar la Yajiliya. Se puede ser tan devoto como uno quiera, pero si uno tolera y obedece a las instituciones yajili, se está desafiando a Dios. Es una prescripción fuerte, especialmente cuando se considera que Qutb admiraba de manera especial los logros científicos y culturales de la Europa yajili, y creía que una futura civilización islámica debería sobrepasarlos.
Qutb escribió Hitos después de pasar un tiempo en Estados Unidos, de 1948 a 1950. Durante este periodo su personalidad orgullosa, sensible, tímida, amante de la música clásica, fue asediada por lo que él vio como la lasciva calidez de las mujeres estadounidenses y las materialmente ricas y espiritualmente pobres vidas norteamericanas. En su alojamiento recibió proposiciones de una joven mujer ebria ligeramente vestida; se escandalizó por una enfermera de Washington que le dijo qué es lo que ella buscaba sexualmente en un hombre; en Colorado una maestra feminista lo conmocionó cuando declaró que no había elementos morales en las relaciones sexuales; se sintió repelido por un pastor que se deleitaba en una libidinosa danza en un templo; sintió repulsión por la cruda violencia del fútbol americano; se asombró al ver que un hombre negro era golpeado en la calle; sintió espanto ante lo “negro primitivo” de los sonidos del jazz; se consternó por el prodigioso consumo de alcohol en las fiestas estudiantiles. Vio la abundancia de las iglesias como un signo de hipocresía, más que de devoción. “El alma no tiene ningún valor para los estadounidenses”, escribió. “Ha habido una disertación doctoral acerca de la mejor manera de lavar los platos, algo que les parece más importante que la Biblia o la religión”.
Wright no es el primero en haber identificado los orígenes del atentado del 11 de septiembre en los asuntos relacionados con el sexo, ocurridos en Greeley, Colorado, en 1949. No obstante, hay suficiente evidencia en el mismo libro de Wright para sugerir que su caracterización de la influencia de Qutb -- “la historia de al-Qaida realmente había comenzado en Estados Unidos, no hacía mucho”, escribe -- es un poco simplista. La Hermandad Musulmana ya tenía un millón de miembros y patrocinadores cuando Qutb viajó a Estados Unidos, y el fundador del movimiento, al-Banna, no desconocía el concepto de Yajiliya. La noción de que la perdición de las Torres Gemelas es un arco con que comenzó en Estados Unidos y termino ahí, es difícil de resistir para un narrador norteamericano, incluso si es solo parcialmente cierto. No obstante, no hay duda de que Qutb influyó en bin Laden y Zawahiri; un tío de Zawahiri fue discípulo y protegido de Qutb y, durante el juicio que condujo a éste a su ejecución, actuó como su abogado. La muerte de Qutb tuvo un profundo impacto sobre un Zawahiri adolescente.
Además de un relato detallado de los primeros años de bin Laden, Wright investiga en profundidad la vida de Zawahiri, el muchacho devoto, libresco, de clase media que le ayudó a formar su primera célula revolucionaria en 1966, cuando tenía quince años de edad. La célula se convirtió en uno de los elementos constitutivos de al-Yijad (también conocida como Yijad Islámica).
Al-Yijad fue uno de los tres grupos clandestinos dedicados a derrocar al gobierno secular egipcio y a establecer une estado islámico. El más grande de ellos, el más antiguo y moderado, que mezclaba la política con la violencia, era la Hermandad Musulmana, cuyo fundador al-Banna fue asesinado en 1949, probablemente por el gobierno egipcio. En los años 70 surgió la segunda organización, el Grupo Islámico, toda una fuerza en las universidades; los socialistas y los nacionalistas seculares de la década anterior cedieron terreno, aparecieron las barbas, y las estudiantes mujeres se cubrieron con velos. El Grupo Islámico vino a ser dirigido por el sheik Omar Abdul Rahman, ciego desde la niñez. El sheik Omar y Zawahiri se conocieron y complotaron en prisión. Sus organizaciones clandestinas eran similares: pequeñas, sospechosas de la Hermandad Musulmana, listas para usar la violencia, deseosas de un Egipto islámico gobernado bajo la ley sharia. En realidad, ellos encontraron difícil la cooperación, en parte debido a los celos personales, en parte porque la ruta hacia el Islam global del sheik Omar era más tolerante que la de Zawahiri. Con todo, el sheik Omar recorrió un ominoso camino que prefiguraba el subsiguiente descenso de Zawahiri a lo sangriento. En un momento, el sheik emitió una fatwa [pronunciamiento legal] que justificaba el asesinato de cristianos, para posibilitar que sus jóvenes soldados financiaran su yijad matando y robando, con la conciencia limpia, a los hombres de negocios de religión cristiana copta. En 1993, en Nueva York, sus seguidores hicieron detonar una furgoneta con una bomba de grandes proporciones en el estacionamiento del sótano del World Trade Center, abriendo un cráter de 70 metros de diámetro y matando a seis personas, aunque fracasando en su intento de derribar las estructuras. El sheik Omar fue luego arrestado y encarcelado en Estados Unidos; él había estado pidiendo asilo político en ese país al mismo que tiempo que emitía una fatwa que permitía a sus seguidores robar bancos y matar judíos, y dando discursos en árabe denunciando a los estadounidenses como “descendientes de simios y cerdos”.
A pesar de todos los atroces momentos registrados en este libro -- la imagen de una mujer agonizando bajo el motor de un Boeing sobre una calle de Manhattan es particularmente indeleble --, el misterio más fascinante y escalofriante sigue siendo el destino del cuarto líder revolucionario islámico más importante, que se sitúa en el centro de esta historia, el sheik Abdulá Azzam. Se sabe que este erudito religioso palestino estudió con el sheik Omar en Cairo; se sabe que inspiró a bin Laden; se sabe que despertó los celos de Zawahiri. Lo que permanece sin saberse hasta este día es quién fue el responsable de su asesinato en Peshawar en 1989. El asesinato de Azzam -- quien, con apoyo financiero de bin Laden, convirtió el esfuerzo internacional de derrotar a los invasores soviéticos de Afganistán en una yijad panislámica --fue un momento decisivo en la saga de los revolucionarios islámicos.
Azzam era un musulmán devoto que mostraba desdén por quienes defendían las posiciones seculares. Ayudó a fundar Hamás como un contrapeso islámico palestino de la secular OLP de Yasir Arafat. Con el fin de reunir apoyo para la guerra contra los soviéticos en Afganistán, emitió una fatwa declarando la yijad (guerra santa) en Afganistán como un deber religioso para todo musulmán físicamente apto. El principal líder religioso de Arabia Saudita lo apoyó emitiendo una fatwa de su propia iniciativa. Azzam inició una gira por el mundo, predicando sermones acerca de los divinos milagros sucedidos en el campo de batalla: sobre los perfumados cuerpos de los mártires y sobre las aves que desviaban las bombas soviéticas. Era un héroe para los árabes jóvenes. Azzam popularizó las tentadoras recompensas que esperaban al mártir en el Paraíso, las que después se entronizaron en el corazón de al-Qaida; fue Azzam quien el 11 de agosto de 1988, con los soviéticos ya derrotados en Afganistán, convocó a la reunión donde formalmente se creó una organización llamada al-Qaida.
En ese momento, sin embargo, al-Qaida podría haber sido cualquier cosa; la visión de Azzam acerca del futuro de la yijad post Afganistán difería sutilmente de la de bin Laden y profundamente de la de Zawahiri. Azzam tenía la idea de una amplia guerra de guerrillas que recuperara las tierras que el Islam alguna vez dominó, desde el Asia Central Soviética hasta Bosnia, incluso España. Temía que los muyajidin [“muyajid”, guerrero en árabe] empezaran, por el contrario, a pelear entre ellos, que los musulmanes lucharan contra musulmanes. Se oponía a los sueños de Zawahiri, de fomentar un círculo de terror y represión en Egipto. No quería matar a mujeres ni a niños. Le preocupaba la oscura y herética doctrina que Zawahiri había asumido en Afganistán: la takfir o excomunión.
En un hospital de la Media Luna Roja en Peshawar, financiado por Kuwait y que se convirtió en su base durante los años de la ocupación soviética de Afganistán, Zawahiri coincidió con otros médicos árabes que habían sido influenciados por un brote de la herejía takfir en Egipto, en los años 70. Esencialmente, takfir es un medio de justificar el asesinato de cualquiera que esté en desacuerdo con las propias y cerradas interpretaciones de la supuesta conducta correcta islámica propuestas por el takfiri, es decir, quien emite la excomunión. Zawahiri y los otros takfiristas le dieron vuelta a la explícita prohibición coránica de matar a nadie, excepto como pena por cometer asesinato; señalando que el Profeta dijo que cualquiera podía ser muerto por rechazar el Islam. De acuerdo a Qutb, cualquiera que cooperara con las instituciones yajili estaba rechazando el Islam, por tanto, cualquiera que viviera en Yajiliya podía ser muerto sin problemas. La democracia era yajili, por ejemplo; por tanto, cualquiera que votara podía ser -- no: debía ser --ejecutado.
Azzam, quien había hecho más que bin Laden o Zawahiri para hacer avanzar la causa islámica en Afganistán, y quien se oponía a la takfir, cayó, no obstante, víctima de ella. No hay evidencias de que Zawahiri tuviera que ver con su asesinato; Wright no sugiere que él lo hiciera. Dice lo siguiente acerca del día en que Azzam murió: “Ese viernes, temprano, en las calles de Peshawar, el principal rival de Azzam, Ayman al-Zawahiri, había estado difundiendo rumores de que Azzam estaba trabajando para los americanos. Al día siguiente, estaba presente en el funeral de Azzam, alabando al sheik mártir, como lo hacía el resto de los jubilosos enemigos del asesinado”.
Es posible ver los sucesos del 11 de septiembre como una síntesis de todas esas ideas, como la aplicación de la takfir (excomunión) de Zawahiri y de las herejías suicidas de Qutb, a Estados Unidos, un país que vive en Yajiliya, por medio de hombres que creían firmemente en la visión de Azzam sobre la recompensa del mártir, quienes seleccionaron su principal objetivo influenciados por las obsesiones de los seguidores del sheik Omar. Sin embargo, de todos los países del mundo yahili, ¿por qué Estados Unidos? La respuesta parece estar en la quijotesca mente del mismo bin Laden.
¿Qué tendría que decir el estricto moralista Qutb o, para tal caso, un sicoanalista, acerca de la historia familiar de bin Laden? Osama bin Laden es uno de los 54 hijos que con sus 22 esposas tuvo su fantásticamente rico padre, un hombre salido desde abajo. Su padre conoció a su madre Alia -- esposa número cuatro -- en una pequeña villa de Siria y se casó cuando ella tenía 14 años de edad. Cuando Osama aún era un niño pequeño, el padre se divorció de Alia y se la “dio” en matrimonio a uno de sus empleados. Poco después, el padre de Osama murió en un accidente de aviación. Cuando tenía 17 años de edad, bin Laden fue al mismo pueblo donde su madre encontró a Alia y conoció y se casó con su primera esposa, Nashwa, quien también tenía 14 años. Solemnemente resolvió practicar la poligamia, casándose finalmente con cuatro mujeres.
Aunque Wright nunca evita la responsabilidad de bin Laden por las muertes de miles de civiles, el retrato que hace de este terrorista de nivel mundial es curiosamente atrayente. Mientras Zawahiri aparece como un manipulador frío, traicionero y celoso, bin Laden es vano, ingenuo, generoso e idealista, lo que, combinado con el hecho de que es un asesino en masa, lo convierte en un personaje siniestro.
La mayoría de los pocos miles de árabes que fueron a Afganistán para la yijad, realmente nunca tomaron parte en la pelea contra los soviéticos. Bin Laden desesperadamente lo quería, y lo hizo, pero sus primeros esfuerzos para formar una legión árabe y dirigirla en la batalla, fueron fracasos vergonzosos. Azzam y otros intentaron persuadirlo de abandonar su legión y dejar que sus soldados fueran dispersados e integrados en otros lugares del frente, pero bin Laden se mostraba terco en su deseo de estar a la cabeza de su propia cohorte de guerreros árabes. Esto le permitió hacer afirmaciones absurdas acerca de su rol dirigente en la derrota del superpoder soviético cuando, en una escaramuza cerca a Tora Bora en la primavera de 1987, él y sus árabes lograron su única victoria.
No es que bin Laden sea un cobarde. Él y sus combatientes estuvieron bajo un bombardeo de mortero y napalm por largas semanas. Hay diferentes versiones de la batalla final, que terminó en la retirada local soviética, pero es cierto que bin Laden estuvo lo suficientemente cerca a los rusos como para que las balas le pasaran silbando y las RPG explosionaran cerca, mientras él metía un dedo en una bolsa de sal que llevaba para combatir la baja presión y se lo chupaba. El experto militar egipcio de bin Laden, Abu Ubaydah, fue quien concibió el aspecto táctico de la victoria. Esto no importó; pero lo sucedido fue suficiente para permitirle a bin Laden hacerse con la gloria como un gran yijadista que asumía la batalla contra la Yajiliya listo para abrazar el martirio. Cuando regresó a casa, convenció a sus compatriotas sauditas de ello y se convenció a sí mismo.
Segín la versión más conocida de la trayectoria de bin Laden después de Afganistán, éste genuinamente creía que él y su banda de irregulares había sido la punta de lanza de la derrota de un superpoder. Esta versión dice que él urgió al gobierno saudita para que lo pusiera a la cabeza de un grupo similar aunque más grande de muyajidin del lugar para hacer yijad contra Saddam Hussein, cuando el dictador iraquí invadió Kuwait; que él se sintió profundamente ofendido por el brusco rechazo de su plan por parte del gobierno, y ofendido cuando ellos invitaron a cientos de miles de tropas americanas yahilis al sagrado suelo de Arabia Saudita, para hacer el trabajo en lugar de ellos; y que prometió desde ese momento derrotar a los americanos así como lo había hecho con los rusos.
Wright no contradice esta versión, pero la imagen que surge de su relato es la de un bin Laden más indeciso, caprichoso, mal informado de las realidades de Estados Unidos, conciente de la existencia de un mundo injusto y plenamente convencido de su propio destino aunque sin saber en qué momento ambos se encontrarían: el arquetipo del rebelde sin causa. Tenía a Zawahiri para darle forma a sus objetivos, quien a su vez quería su dinero y su red. El cuadro que formó a los líderes de al-Qaida fue un guardaespaldas que Zawahiri le dio a bin Laden cuando éste inicialmente hablaba contra Estados Unidos, a fines de los años 80.
En 1989, al-Qaida parecía estar tomando forma como la bien organizada fuerza de elite de yijadistas árabes creyentes en la takfir que bin Laden y Zawahiri deseaban. Esta fuerza tenía un campo de entrenamiento cerca a Khost, en Afganistán. Los nuevos reclutas prestaban un juramento de lealtad a bin Laden, hacían votos de secreto y se alistaban por un salario de US$ 1500 al mes, con un vuelo pagado de vuelta a casa, un mes de vacaciones cada año y un seguro de vida privado. Pese a todo, tres años después, de una manera que sugiere que bin Laden no tenía ningún compromiso con nada que se pareciese a las visiones de Azzam o de Zawahiri, todo había cambiado. Bin Laden y al-Qaida estaban en Sudán; Afganistán había caído en la guerra civil y Arabia Saudita no se mostraba acogedora. Bin Laden pareció haber encontrado la paz y se transformó en un aristócrata rural sudanés. Criaba caballos. Recibía a sus visitantes en una casa de huéspedes en Jartum, matando un cordero diariamente. Llevaba a sus hijos de picnic sobre las riveras del Nilo. Se vestía a la usanza sudanesa y llevaba un bastón sudanés con un mango en forma de V. Cultivaba costosos girasoles. Adquirió vastas extensiones de tierras a cambio de construir caminos y esperaba convertir a Sudán en un granero mundial. Predicaba la paz en una mezquita de Jartum. Tenía 34 años de edad. “Tenía ocupados a los miembros de al-Qaida haciéndolos trabajar en sus prósperas empresas, puesto que no había muchas más cosas que ellos pudieran hacer. Los viernes, después de las oraciones, los dos equipos de fútbol de al-Qaida jugaban un partido”. Wright dice: “En gran medida al-Qaida se había convertido en una organización agrícola”.
Con todo, a finales de 1992 al-Qaida, bajo la dirección de bin Laden, dio el primer paso en su campaña terrorista mundial contra Estados Unidos, campaña que aumentaría de intensidad con los atentados contra las embajadas estadounidenses en África y la nave de guerra USS Cole en Yemén, hasta llegar a la conflagración en Nueva York, nueve años después. ¿Qué fue lo que finalmente inclinó a bin Laden a iniciar una guerra contra Estados Unidos? Como telón de fondo, Wright ofrece la idea compartida por los yijadistas de que Estados Unidos era el centro de la cristiandad, y de que el mundo cristiano había estado ganando la batalla de la fe desde que las huestes islámicas empezaron a ser rechazadas a las puertas de Viena el 11 de septiembre de 1683. Él resalta que los hombres de al-Qaida no distinguían claramente entre Estados Unidos el país y un Estados Unidos más conceptual, la fuente de todo lo moderno, materialista, secular y, por tanto, de lo no islámico. No obstante, nada de eso era nuevo en 1992.
Ciertamente a Bin Laden le causaba enojo que las tropas norteamericanas no parecieran querer salir de Arabia Saudita, como lo habían prometido. Wright sugiere que lo que finalmente lo hizo inclinarse hacia la acción fue su paranoica mala interpretación de un pequeño despliegue militar norteamericano, casi desapercibido entonces por el público occidental, cuando unas pocas tropas norteamericanas hicieron un alto en Yemén, donde nació el padre de bin Laden, en camino a Somalia, donde iban a prestar seguridad a unos trabajadores de la cooperación internacional.
Para bin Laden, este era un paso ya excesivo en el intento norteamericano de rodear su territorio. Su guerra contra Estados Unidos comenzó con una ignorancia y una incomprensión mutuas, con la sangre de inocentes y con el viejo problema del estado y la religión. Con el apoyo de su imam, Abu Hajer, quien aseguraba que era teológicamente apropiado atacar a las tropas norteamericanas, al-Qaida atentó con bombas contra dos hoteles de Aden. Eran los hoteles equivocados. Resultaron muertos un turista australiano y un trabajador hotelero yemení. Abu Hajer salió con un precedente del siglo XIII para justificar sus muertes. Las indemnes tropas norteamericanas se trasladaron a Somalia como estaba planeado. Debido a que las tropas dejaron Yemén después de los atentados, bin Laden pudo convencerse a sí mismo de que él las había echado. Afganistán se le aparecía de nuevo. Además, debido a que ningún estadounidense había sido herido, Estados Unidos ni siquiera pareció darse cuenta de que había sido atacado. La gran contienda comenzó así, en medio del gran regocijo de al-Qaida: “Cuando Estados Unidos nunca había oído de al-Qaida, la misión a Somalia fue vista como un acto de caridad no agradecido, y Sudán era de muy poca importancia como para preocuparse”.
Wright dedica muchas páginas de la última parte de The Looming Tower a la historia de John O’Neill, el alto agente del FBI que vio el peligro de bin Laden desde el inicio, quiso arrestarlo y llevarlo a juicio cuando algunos colegas de la CIA habrían preferido simplemente matarlo, y quien murió en el World Trade Center cuando éste fue atacado en 2001. Incluso en 1999 O’Neill era una voz solitaria en su propia organización cuando advertía sobre la amenaza que al-Qaida significaba para el territorio estadounidense. “Era inseguro, engañador y potencialmente riesgoso” dice Wright. “También era determinado, ingenioso y brillante. Para bien o para mal, este era el hombre del que Estados Unidos dependía para detener a Osama bin Laden”.
A pesar de la previsión de O’Neill, tengo la impresión de que Wright escogió seguir el hilo de la tragedia de este agente, más en nombre de una narración más invitadora, con personajes contrapuestos, que debido a que O’Neill realmente se sentara frente a bin Laden ante el tablero de ajedrez del terrorismo global. como su contraparte contraterrorista. A pesar de lo patético de la ironía de que O’Neill muriera en el World Trade Center, esto sucedió porque él había dejado el FBI para trabajar como jefe de seguridad en ellas. Además, en todo caso, el propio relato de Wright deja en claro que Estados Unidos no podía depender de ningún hombre ni mujer individuales para detener a Osama bin Laden: se trataba de una tarea que, inevitablemente, dependía de la cooperación de varias organizaciones y de cientos de personas. El rival norteamericano de bin Laden no era un hombre, era una institución, y el fracaso de esa institución, como Wright elocuentemente deja en claro, fue más espectacular que cualquiera de los logros de O’Neill.
Por regla, soy un escéptico de la escuela histórica del tipo “ellos estaban advertidos y sin embargo no hicieron nada”. La historia y el periodismo hacen un excelente trabajo al resaltar los telegramas, los envíos por fax y los correos electrónicos que llegan a los escritorios de quienes están en el poder, haciendo exactas aunque extrañamente ignoradas predicciones de algunos terribles acontecimientos que ocurren más tarde. La historia, y también el periodismo, hacen un pobre trabajo al registrar los miles de telegramas, envíos por fax y correos electrónicos que llegan simultáneamente a esos mismos escritorios, advirtiendo sobre terribles eventos que nunca suceden.
Con todo, en el caso del 11 de septiembre, los errores de los servicios de inteligencia norteamericanos fueron tan grotescos que el escepticismo resulta superado. En 1999 un trabajo conjunto entre la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), la CIA y la inteligencia malaya y saudita ya había detectado a un grupo de conocidos agentes de al-Qaida que se reunió en Kuala Lumpur. Si en esa reunión se hubiese plantado un micrófono, se habría podido frustrar no solo los atentados del 11 de septiembre sino aquel contra la nave USS Cole en Aden. A pesar de todo, sin embargo, la CIA terminó en posesión de los nombres y las fotografías de los terroristas de al-Qaida que estarían en uno de los aviones secuestrados el 11 de septiembre. No obstante, las rivalidades y las sospechas entre esos servicios determinaron que ellos no pasaran la información al FBI o al Departamento de Estado norteamericano.
Un agente del FBI que trabajaba con la CIA preguntó si podía decirle al FBI que uno de los hombres de al-Qaida, Khaled al-Mihdhar, tenía una visa norteamericana y que podría viajar a los Estados Unidos. Se le dijo que no. La CIA se enteró de que otro de los hombres, Nawaf al-Hazmi, voló a Los Ángeles en enero de 2000. Después la CIA se enteró de que Mihdhar estaba con él. Habían ido a aprender a pilotear jets de gran tamaño. A pesar de todo, la CIA no le dijo nada al FBI.
Un año después, en la primavera (Norte) de 2001, un agente de la CIA llamado Tom Wilshire, descubrió los vínculos entre Hazmi y otro hombre de al-Qaida que llevaba el nombre de guerra de Khallad. Ambos habían sido fotografiados juntos en Malasia. Para entonces Wilshire sabía que Khallad era uno de los guardaespaldas de bin Laden y de que había planeado el ataque contra el la USS Cole. También sabía que Hazmi estaba en los Estados Unidos. Preguntó si le podía decir todo eso al FBI. Sus superiores en la CIA nunca le respondieron.
Hasta este punto, las bandejas de correo repletas con los fracasos de la inteligencia norteamericana podrían haber salvado de la más completas vergüenza y desgracia a los involucrados. Sin embargo, fue en el verano de 2001 (Norte: Junio-Septiembre) cuando las barreras entre la CIA y el FBI alcanzaron proporciones verdaderamente absurdas: ambas agencias sabían cuán importante era el material conseguido, pero la CIA rehusaba por completo a compartirlo. El asunto llegó a un punto decisivo en una reunión entre ambos bandos, el 11 de junio de 2001, cuando la CIA mostró al FBI tres de las fotografías tomadas en la reunión de Kuala Lumpur y les preguntó a los agentes del FBI si podían reconocer a cualquiera de ellos. Los agentes de la CIA, sin embargo, rehusaron decir quiénes eran esos hombres y que algunos de ellos ya estaban en los Estados Unidos y no mostraron al FBI la fotografía de uno de los hombres a quienes ésta sí habría reconocido, Khallad. Los dos grupos de agentes empezaron a gritarse. “Los agentes del FBI sabían que las pistas de los crímenes que intentaban resolver se las estaban mostrando, de lejos y sin querer revelarlas del todo”.
Finalmente, se le mostró las fotos a uno de los colegas más importantes de O’Neill en el FBI, Ali Soufan, uno de los pocos agentes de inteligencia que hablaba árabe. Era el 12 de septiembre de 2001 y Soufan sabía que O’Neill estaba muerto. Cuando se le hizo claro que la CIA había sabido por más de dieciocho meses que dos de los secuestradores habían estado en los Estados Unidos, el horror le produjo arcadas.
Mucho antes de estos acontecimientos, los servicios de inteligencia de Estados Unidos (junto con los británicos), se hicieron sordos al ruidoso mensaje del Islam revolucionario anunciando que intentaba cambiar al mundo. Dos narrativas prevalecientes -- la de Occidente contra el comunismo soviético, y la de Israel contra el mundo árabe -- impedían el entendimiento cabal de otra emergente, en la que la que casi toda Europa, casi todo Estados Unidos, junto con el bloque soviético y la inteligencia secular de los países en desarrollo, resultaban en el mismo bando. Aunque esto no es lo que explícitamente se propone hacer, el libro de Wright da pie a la conclusión de la lucha directa entre el Islam revolucionario y anti Ilustración y el mundo posilustrado, comenzó en algún momento previo al final de la Guerra Fría, específicamente, en 1979. Ese fue el año de la revolución en Irán, año en que, de manera significativa, los revolucionarios islámicos derrotaron no solo al pronorteamericano sha, sino cuando la Unión Soviética envió tropas a Afganistán para proteger el régimen izquierdista asediado por los rebeldes islámicos, y el año en que la Gran Mezquita de la Meca, el sitio más sagrado del Islam, fue tomado por una banda de fundamentalistas islámicos. A las fuerzas sauditas les tomó más de dos semanas derrotar a los 400 o 500 insurgentes, quienes exigían que Arabia Saudita se aislase culturalmente y políticamente de Occidente, que se retirase la familia real, se expulsara a todos los occidentales y se dejara de vender petróleo a los Estados Unidos. Antes de que termine la batalla, las mujeres insurgentes dispararon a la cara de sus camaradas hombres muertos, para evitar que fueran reconocidos. Era la primera quincena del nuevo año islámico, el año 1400, el inicio del siglo XV islámico. El resto del mundo aún seguía un calendario diferente.
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