Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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Siglo XXI: Un planeta de barriadas y autos bombas

Un artículo de Jeremy Harding, originalmente publicado como “It Migrates to Them”. London Review of Books, Vol. 29, No. 5, 8 de marzo, 2007. Traducido por Alberto Loza Nehmad.
 

Libros reseñados:
Mike Davis, Planet of Slums [Planeta de barriadas], Verso, 2006, 228 pp.
Mike Davis, Buda’s Wagon: A brief History of the Car Bomb, Verso, 2007, 129 pp.

 
Si alguno de nosotros ha visto aquellos sitios en los países en desarrollo a los que Mike Davis implacablemente pasa revista en su libro Planeta de barriadas, probablemente lo ha hecho desde un avión. Eso no siempre quiere decir desde una altura de 10,000 metros pues, como Davis señala, la gente más pobre tiende a colonizar las áreas marginales de las ciudades donde antes se construían los aeropuertos, a una cómoda distancia de los prósperos centros de mediana o alta densidad poblacional. En el más reciente e informal medio urbano -- por decir, en Caracas o Lagos -- la prosperidad se mide con estándares incomparablemente diferentes. Davis, el historiador urbano, destacado también en geografía apocalíptica, esboza las diferentes maneras en la que los habitantes de esta geografía pueden estirar el dinero para que les alcance. También hace la lista de las maneras, basadas básicamente en la explotación, en que ellos pueden obtener ganancias. Al final, las crecientes conurbaciones pobres son tan miserables como lucen desde la ventanilla del avión.
 
Mike Davis (1946), “historiador urbano, destacado también en geografía apocalíptica”, es el autor de los dos libros reseñados en este artículo. El primer libro, Planeta de barriadas, muestra la multiplicación y aglomeración de barriadas, fenómeno global también presente en el Perú, aunque lo maquillemos, lo enamoremos con promesas, le pongamos nombres optimistas. Las evidencias de Davis muestran que esas “vastas y contiguas barriadas son el hábitat del futuro para un número cada vez mayor de gente, aunque el futuro luzca cada vez más como anteayer”. El segundo libro reseñado, La Carreta de Buda, hace una breve historia del auto bomba. Mike Davis enseña en la Universidad de California, San Diego.

Los libros de Davis son geniales motores generadores de evidencias. Planeta de barriadas aúlla en datos. Copiosos ejemplos extraídos de todo el globo son acumulados para ilustrar un punto particular, y las tablas comparativas conducen a éste a su destino. Esta constante producción de números -- y una movilidad fluida entre continentes -- nos muestra al mundo como un lugar único, inteligible, definido por las leyes universales de la acumulación y las carencias. Cualquier idea sobre las culturas de las barriadas y las ciudades barriadas como lugares con un carácter específico, más allá de su común suerte de miseria, es tenue. Ningún otro libro dará al lector la impresión de cubrir mayores distancias, incluso si al final de la lectura se sienta como si hubiera estado encerrado en una habitación estrecha y monótona. La homogeneidad, sostendría Davis, es lo que logra el capitalismo avanzado: más de mil millones de personas viven aproximadamente de la misma extraordinaria manera en medios aproximadamente similares. Vastas y contiguas barriadas son el hábitat del futuro para un número cada vez mayor de gente, aunque el futuro luzca cada vez más como anteayer.

Y ahora, a los datos. Hacia 2015 habrá por lo menos 550 ciudades con una población de más de un millón de personas cada una. Esta población agregada ya está creciendo “en un millón de bebés y de migrantes cada semana”. El pico se alcanzará en 2050, cuando diez mil millones de personas, para entonces la gran mayoría de la humanidad, se encuentre viviendo en ciudades: “95 por ciento de esta composición final de la humanidad ocurrirá en las áreas urbanas de los países en desarrollo, cuyas poblaciones se doblarán a casi cuatro mil millones en la próxima generación”. Algo incluso más sorprendente que estos enormes incrementos proyectados, y la afirmación de que ellos son “finales”, es la acelerada tasa a la que están teniendo lugar; y en ningún lugar más rápidamente que en China. Davis se refiere a las ciudades con una población

de ocho millones y en ascenso, como “megaciudades”. Hay más de 20 megaciudades en el mundo en desarrollo. Dos de estas, Ciudad de México y Seúl, eran “hiperciudades” (con 20 millones de habitantes cada una) cuando se publicó el libro. Desde entonces, Sao Paulo y Mumbai deben haber alcanzado la marca de 20 millones, con Delhi rápidamente acercándose.

La expansión concéntrica en los bordes de los discretos centros metropolitanos no es el único modelo de crecimiento subestándar de la vivienda. También existe el corredor urbanizado que aparece a medida que se construye en las áreas rurales situadas entre las áreas más pequeñas y las ciudades grandes o, hablando más estrictamente, a medida que esas áreas se subdesarrollan. Así se empieza a formar un alargado envoltorio urbano como la Región Metropolitana Extendida de Río/São Paulo, efectivamente una serpentina ciudad de 500 km de longitud, con una megaciudad en cada uno de sus extremos y dos abultamientos, ciudades de mediado tamaño, en medio. Una similar cinta urbana se está desarrollando en África Occidental; hacia 2020, de acuerdo a un estudio de la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo (OCED), se extenderá por 600 km, desde Accra hasta la Ciudad de Benin, y albergará a 60 millones de habitantes. Davis cree que ésta será “la más grande marca individual de pobreza humana sobre la Tierra”. En China, están en camino grandes proyectos urbanizadores en los deltas de los ríos Perla y Yangtze, y a lo largo del corredor Beijing-Tianjin. A diferencia de las franjas de Brazil y del Golfo de Guinea, estas “estructuras posurbanas”, como las llama Davis, son agresivamente planificadas. También tienen un glamoroso toque de tigre asiático, al ofrecer atisbos de la emergencia de Tokio-Shangai como una “ciudad mundial”, tan influyente como los es el eje Nueva York/ Londres sobre “el control de los flujos mundiales del capital y la información”.

Planeta de Barriadas no está muy interesado en la viga agitada y febril de la megaciudad, ni incluso en su doble distópico, ese limbo en la Cuenca del Pacífico que aparece en Blade Runner. Las preocupaciones de Davis se dirigen a la reproducción de la desigualdad asociada a las megaciudades y que él piensa empeorará., “al interior y entre ciudades de diferentes tamaños y especializaciones económicas”. A él le preocupa, también, la invasión de lo que aún queda de los medios rurales de sustento. Él cita el trabajo de James Seabrook sobre los pescadores penang (del estrecho de Malaca), con sus hogares aislados del mar por una gran autopista, y sus áreas de pesca contaminadas por la expansión de la urbanización: la siguiente generación terminó en fábricas de explotación japonesas. “En los casos que he visto -- observa Davis -- la gente del campo ya no tiene que migrar a la ciudad: la ciudad migra hacia ellos”.

Ya sea que la ciudad anuncie su llegada bajo la forma de proyectos públicos o llegue mediante contratos de urbanización privados firmados por las autoridades locales, frecuentemente a cambio de dinero en efectivo, es realmente un detalle técnico. Las expansiones urbanas polvorientas, subestándares, con sus márgenes siempre cambiantes, son para Davis el destino manifiesto de las ciudades de los países pobres que se expanden bajo la presión de economías de mercado no reguladas. Si hay países del Hemisferio Sur donde más gente vive en barriadas que en ciudades propiamente dichas, y si hacia 2020 la mitad de la población mundial urbana vivirá en la pobreza, entonces la barriada merece más atención de la que está recibiendo de parte de planificadores, sociólogos, ambientalistas, epidemiólogos y demógrafos. Davis señala que “de las 500,000 personas que migran hacia Delhi cada año, se estima que 400,000 terminan en barriadas” y que 85 por ciento del crecimiento de la población de Kenia durante los años 90 “fue absorbido por las fétidas y densamente apretujadas barracas de Nairobi y Mombasa”.

Davis no considera a las nuevas barriadas como lugares bullentes de potencial económico. No confía en la teoría del economista peruano Hernando de Soto, según la cual surgirían prósperas economías con tan solo formalizar los títulos de propiedad en los barrios marginales, permitiendo a sus dueños convertirlos en activos o usarlos para conseguir préstamos basados en la titularidad. Deshacerse de la “artificial escasez de derechos de propiedad” en las barriadas, sostiene Davis, simplemente creará nuevas divisiones entre propietarios y no propietarios, haciendo que estos últimos sean más visibles ante el gobierno, y añadiendo una nueva presión -- impuestos -- a las que ya existen: este parece ser el caso de la “regularización” de la propiedad en la Ciudad de México.

Los improvisados remedios microempresariales no impresionan a Davis porque, incluso si benefician a una pequeña minoría, no hacen nada para detener el crecimiento de las barriadas. En la era victoriana, la gran ciudad típica debía su crecimiento poblacional -- y sus barriadas -- a la industrialización. Ciudades como Manchester eran “máquinas generadoras de empleos” y para cientos de miles de personas la revolución industrial era el amargo camino hacia la prosperidad. Hay, sin embargo, excepciones, incluyendo Dublín, que en la primera mitad del siglo XIX mostraba pocos signos de industrialización -- mínimos, de acuerdo con el historiador Emmet Larkin -- pese a que albergaba a una gran población en sus barriadas. La “trayectoria canónica” de la gran ciudad, según es entendida por la historia social clásica (“Manchester, Berlín, Chicago”), no ofrece ninguna perspectiva útil para los vastos campamentos de pobres que emergen en el Hemisferio Sur, pese a que algunos se acomodan de manera muy gruesa al viejo patrón. En el planeta de barriadas de Davis, el crecimiento urbano no está vinculado a la capacidad de las ciudades de ofrecer empleo. Éste es el corazón del problema, más que el fracaso en el fomento de los negocios locales o los asuntos de títulos de propiedad de los barrios.

El Banco Mundial y el FMI, sostiene Davis, han sido las fuerzas que impulsaron la creación de las barriadas modernas. Los Programas de Ajuste Estructural (PAE), drásticos mecanismos de condicionalidad impuestos sobre los prestatarios, o los deudores que quieren renegociar sus pagos, fueron los medios de esta creación. Esto es verdad especialmente desde los años 80, cuando tanto el Banco Mundial como el FMI empezaron a bombardear indiscriminadamente a los deudores con los programas de ajuste estructural. El ajuste estructural requería que los prestatarios recortaran sus gastos públicos y su imposición tributaria. Fomentaba la privatización, los despidos en el sector público y el fin de los precios subsidiados. Millones fueron empujados al sector informal. Unos pocos se enriquecieron, algunos consiguieron ganarse la vida, pero la mayoría se encontró reducida al microcomercio, un servicio menor en el Tercer Mundo equivalente a las colas de desempleados, de pie en cola diariamente fuera de las construcciones con la esperanza de conseguir un par de horas de trabajo. Mientras, el financiamiento de los proyectos agrícolas fue severamente recortado y los firmantes de los ajustes estructurales fueron más o menos obligados a volver a la agricultura primaria, el azúcar, el cacao, el café, en un mercado internacional donde los precios podían caer por debajo del piso, como sucedió a comienzos de los años 80. Como consecuencia, fracasaron muchos medios de subsistencia agrícolas, entre ellos los de los agricultores de subsistencia que habían optado por cultivos para el mercado.

Cerca de mil millones de personas en todo el mundo operan en el sector informal. Davis nos dice que ellos constituyen “la clase social de más rápido crecimiento en la tierra”. En el modelo liberal ellos son los “heroicamente autoempleados”, que operan en un paraíso desrregulado donde la iniciativa y el espíritu de empresa finalmente triunfarán para beneficio de todos. En la práctica, el crecimiento del sector informal ni siquiera ha logrado la satisfacción de las necesidades más rudimentarias – agua potable, cuidado médico, avances en educación – para la mayoría de las personas que viven en la barriada del siglo XXI. “Supervivencia informal” es la expresión de Davis para el régimen económico en el que vive esa gente. Pese a que en esta economía informal hay sectores fabriles explotadores y otros nichos intensivos en trabajo, en general simplemente no hay suficientes empleos. Lejos de convertirse en activos participantes de un ciclo virtuoso de creación de riqueza, los enormes números de gente de los escalones más bajos de las barriadas – los pequeños ambulantes y proveedores de servicios – encuentran que sus especialidades son replicadas sin cesar por otros, y que sus ingresos disminuyen. “El sector informal – explica Davis – genera trabajos no mediante la elaboración de nuevas divisiones del trabajo, sino mediante la fragmentación del trabajo existente, subdividiendo de esta manera los ingresos”. Esto es cierto tanto para los pelotones de barberos y lustrabotas como para las bandadas de “cuidadores de autos”, usualmente niños, que salen masivamente de sus hogares cada mañana y ruegan por el derecho de cuidar los autos fuera de las oficinas de las Naciones Unidas y los hoteles del centro de las ciudades, por un par de dólares.

Los remedios del neoliberalismo para la pobreza masiva son tan contraintuitivos que llegan a ser indistinguibles, según Davis, del sinsentido. Es cierto que ya habían economías en problemas antes de 1978, la época en que los programas de ajuste estructural vinieron al mundo. Con motivo de la crisis petrolera de 1973, varios países con extensos sectores públicos y déficits de balanza de pagos fueron duramente golpeados y quedaron tambaleantes. Incluso cuando los líderes nacionales firmaron las deudas más grandes en las que jamás antes habían caído sus jóvenes países, los empleados públicos empezaron a conducir taxis y a reparar radios de transistores para mantenerse a flote. La corrupción en los niveles más altos del sector público y en el gobierno recortaron impresionantes cantidades del Producto Nacional Bruto.

Echando una mirada retrospectiva a los restos del ajuste estructural, Davis discierne un mejor pasado, en el que el estado jugaba un importante papel como proveedor de trabajo, como gerente nacional de proyectos y como una entidad soberana que tomaba decisiones en cuestiones de política fiscal y monetaria. Él cita un artículo de Stefan Andreasson, del Journal of Contemporary African Studies, [Revista de estudios africanos contemporáneos] al efecto de mostrar que la “democracia virtual” que se obtiene en los países golpeados por el ajuste estructural ha llegado “a costa de la democracia participativa”. También le halla razones a la afirmación hecha en un Informe ONU-Hábitat de 2003, The Challenge of Slums [El reto de las barriadas], de que “la principal causa del incremento de la pobreza y la desigualdad durante los años 80 y 90 fue el retiro del estado”.

La cada vez más disminuida población africana subsahariana que se encuentra en la cincuentena podría sorprenderse al escuchar que existía una “democracia inclusiva, participativa” a nivel nacional antes de la epidemia de ajustes estructurales. Otros tendrán sentimientos encontrados acerca de la desaparición del estado. Existía, es verdad, un aspecto magnánimo, de inclusión, en la burocracia de los gobiernos subsaharianos: miles de empleados estatales desplomados sobre pilas de copias escritas a espacio simple, todo en triplicado, con manojos de confusos papeles carbón, máquinas de escribir en desuso, y con todo ese escenario santificado por una lista de ventiladores de techo que habían dejado de funcionar cuando la red eléctrica instalada por el antiguo poder colonial empezó a tener problemas de repuestos. Sin embargo, demasiado a menudo el traqueteo de la carretilla de mano llena de billetes sin valor, al estilo República de Weimar, era el tema frecuente de los funcionarios del Tercer Mundo del periodo que Davis lamenta. No obstante, no todos los empleados del sector público la pasaban mal. Desde Yakarta hasta Kinshasa, y hasta Guatemala por el Occidente, varios bien pagados empleados públicos hacían cumplir los toques de queda y administraban los centros de detención.

A pesar de no haber habido ninguna era dorada, es convincente la descripción de Davis de la destrucción que cayó sobre los pobres por efectos de las políticas de ajuste estructural. Las tragedias de inicios de los años 70 se hicieron mucho más serias con el endurecimiento del FMI y las condiciones del Banco Mundial. Davis piensa que éste fue el “Big Bang de la pobreza urbana”. En un capítulo titulado “Minando el Tercer Mundo” [SAPing the Third World, en inglés. Un juego de palabras. SAP son las siglas inglesas de Políticas de Ajuste Estructural. El verbo “to sap”, significa, minar, debilitar. N. del t.], él hace el seguimiento de los efectos del ajuste estructural mediante una síntesis lograda a partir del trabajo de otros investigadores y estudiosos, y cubre desde el amplio panorama de la infraestructura que se cae a pedazos y los precios en alza, hasta el microcosmos de la unidad familiar cuyos adultos varones son despedidos de sus trabajos al tiempo que sus hijos abandonan la escuela para ganarse la vida, y cuando las mujeres llevan el peso del trabajo extra, no pagado, una carga escondida que difícilmente aparece en los informes del Banco Mundial. Hay en el libro una conmovedora elegía a la solidaridad -- aquella de los gestos cotidianos y las simples cortesías entre los pobres -- en tiempos en los que la taza de café de la hermana o un poco de aceite del vecino necesariamente tiene que entrar en las cuentas, y una advertencia de que incluso dos historias exitosas del dinámico neoliberalismo en acción, las de India y China costera, han incluido una “disparada desigualdad” (y, en el caso de la China, millones de redundancias).

Planeta de barriadas no puede vislumbrar un camino de regreso desde el borde del precipicio, y sería raro que lo hiciera. Los restos de admiración de Davis por la URSS y la China maoísta, basados en la oferta de vivienda, no se convertirán en un programa para el siglo XXI. Él nota que el “triage del capitalismo tardío a la humanidad... ya ha tenido lugar”, y cita a Jan Breman, el especialista en el Asia y antropólogo laboral: “Se llega a un punto de no retorno cuando un ejército de reserva que espera ser incorporado al proceso del trabajo resulta estigmatizado como una masa permanentemente redundante, una carga excesiva que no puede ser incluida ahora ni en el futuro, en la economía ni en la sociedad”. El libro ofrece una perspectiva de “resistencia” barrial, desde las ocupaciones y los disturbios por alimentos hasta el menos retórico desafío de las familias e individuos que resisten en las buenas y en las malas, y quizá sea cierto que la gente que “tercamente se rehúsa a renunciar”, está expresando una suerte de disentimiento, aunque incipiente.

Finalmente, Davis se mueve con cuidado a través de las publicaciones de los planificadores de la guerra, tomando nota de la tendencia estratégica del Pentágono y la Corporación RAND, hacia las “Operaciones Militares en Terreno Urbanizado” (MOUT, sus siglas en inglés), lugares como Mogadishu o Sadr City. ¿Y quiénes son los enemigos del rico Occidente, aparte del también rico al-Qaeda y la nueva ola de adversarios que hemos reclutado con la invasión a Iraq? Como respuesta, Davis cita un artículo de 1995 escrito por el investigador de Fort Leavenworth, Geoffrey Demarest: los adversarios son, potencialmente, los “desposeídos” en general; las “poblaciones excluidas” de todo lugar; los “sindicatos criminales”; los hijos de las barriadas que salen a la vida adulta (maduros para ser niños soldados y mártires religiosos o carne de cañón de los señores de la guerra). En pocas palabras, los pobres extremos y los extremadamente oprimidos quienes, como este libro deja bien en claro, significn muchísimos enemigos. Para Davis, el nuevo pensamiento estratégico consiste en gran medida en satanizaciones y engaños, y él puede imaginar cómo se desenvolverá. “Noche tras noche, helicópteros artillados, acecharán como avispas a enigmáticos enemigos en las estrechas calles de los distritos de barriadas, barriendo a fuego limpio las casuchas o los autos en fuga. Cada mañana las barriadas responderán con atentados suicidas y elocuentes explosiones”.

Este libro acerca del futuro global que ya nos encontramos habitando sin asumirlo en los hechos, es también una invocación del pasado. El periodo en cuestión antecede en el tiempo a las economías centralizadas soviética y maoísta. Nos familiarizamos con esto una vez que Davis termina un interesante pasaje acerca de la etimología de la palabra “barriada” [slum, en inglés] y empieza a desentrañar la pobreza urbana contemporánea: ausencia de diversiones; luchas locales por el poder para controlar las fuentes de ingreso, incluyendo la basura; la política de las invasiones; el resquebrajado e intermitente diálogo entre estados que se encogen y crecientes multitudes de marginales abandonados.

Davis tiene un profundo entendimiento de la era victoriana, aunque gran parte de la historia de las barriadas modernas presenta sus antecedentes como una narrativa subliminal, sin que Davis tenga que señalarlas explícitamente. Así, por ejemplo, cuando él se refiere al tema del agua, los lectores somos devueltos a un siglo y medio atrás, a las discusiones en las ciudades victorianas acerca de los servicios públicos y cómo deberían ser puestos a disposición de los pobres. Hay sorprendentes vínculos entre la desoladora historia de la privatización del agua en Luanda o Dar es Salaam, tal como la cuenta Davis, y la historia de los dueños privados de las estaciones de bombeo de Manchester, resistiéndose a las propuestas para una oferta de agua públicamente administrada, según lo narra Edwin Chadwick en su informe de 1842 acerca de la salud de la población obrera de Gran Bretaña. Y cuando Davis escribe sobre el dinero ganado por los dueños de las viviendas subestándar de las barriadas de Brasil, hay claros ecos del funcionario médico en Whitechapel diciéndole a los colegas de Chadwick acerca de cuán altos eran los alquileres en los distritos o las casas de vecindad alrededor de Rosemary Lane.

Davis prefiere a Engels antes que a Chadwick, quien tenía a mano demasiados detalles menores, al ser un sobresaliente funcionario público preocupado de maximizar la eficiencia de las clases trabajadores. Los tres manifiestan un compromiso con el estado que es muy difícil de concebir ahora que la responsabilidad pública en casi todo, incluyendo la reconstrucción de las ciudades bombardeadas, ha sido subcontratada o entregada a ONGs y corporaciones de hambrientos accionistas. Davis no es un esclavo del estatismo: Planeta de barriadas contiene elocuentes pasajes acerca de la evolución china hacia el mundo de las corporaciones -- corporaciones menos sindicatos -- además de una maravillosa sección acerca de la demolición del prestigio (evidentemente, sobreviene un momento tenebroso para los pobres en las capitales de las naciones en desarrollo cuando ellas intentan ser las sedes de las Olimpíadas). Con todo, su mensaje no declarado a los observadores que viven en los países prósperos es que ellos deberían esperar fervientemente en la resurrección del estado -- que no se marchitó de la manera publicitada en el menú fijo neoliberal --, con la esperanza, quizá, de que se marchite de la manera correcta en la siguiente oportunidad. Ellos también deberían protestar por los efectos de las estrategias del FMI y el Banco Mundial en los lugares que, si tienen suerte, no llegarán a ver a menos de ochenta o cien metros, en los linderos de la pista de aterrizaje de un país del Tercer Mundo.

De otro modo, los caros hábitos de los países ricos harán difícil para muchos lectores ponerse en el lado correcto en la lucha contra la pobreza global. Al final de esta letanía de miseria e injusticia, Davis parece preparado, incluso un poquito demasiado preparado, para el día en que esta guerra llegue al mundo rico. Él ha anunciado una secuela a Planeta de barriadas en colaboración con Forrest Hylton, que se dedicará a la “resistencia de las barriadas contra el capitalismo global”, un asunto que apenas recibe una marca de atención con la promesa de ser tratado en adelante. Mientras, él ya ha escrito La carreta de Buda [Título original: Buda’s Wagon], una corta y fascinante historia de los autos bombas. Desde la Palestina de los años 40, pasando por Argelia, Vietnam, Irlanda del Norte, Córcega, algunos reductos de la Mafia, Líbano, Oklahoma y hasta las actuales guerras asimétricas, él hace el seguimiento del progreso de un arma apreciada igualmente por las insurgencias, los dementes y los servicios secretos. Davis la llama “la fuerza aérea de los pobres”.

El prototipo es probablemente la “máquina infernal” diseñada por un puñado de realistas en 1800 para asesinar a Napoleón. Consistía en un gran barril cargado con pólvora y atado a un carruaje, sujeto a su vez a una vieja yegua parada entre las Tullerías y la Ópera. Fue detonada en Nochebuena, pero falló por mucho más que un pelo: el Primer Cónsul y su entorno habían pasado un minuto antes. Este extraño episodio está tan alejado de la moderna narración urbana de Davis que él ubica el origen del auto bomba contemporáneo 120 años después, en otro caballo y carro dejados cerca de la intersección de Wall Street y Broad Street por el anarquista italiano Mario Buda, cuatro meses después del arresto de Sacco y Vanzetti. El resultado fue de cuarenta muertos y doscientos heridos. “Un inmigrante pobre con alguna dinamita robada, una pila de chatarra y un caballo viejo habían bastado para traer un terror sin precedentes al centro mismo del capitalismo norteamericano”.

El auto bomba, dice Davis, es un “promiscuo igualador del combate entre elefantes y moscas” y, al mismo tiempo, “un arma inherentemente fascista”, aunque él encuentra peor el uso de la fuerza militar masiva de “Estados Unidos, el Reino Unido, Francia e Israel”. El bombardeo de Dresden en 1945 o el de los suburbios del sur de Beirut del verano pasado, le dan peso a su afirmación. Guernica y Londres, durante la Guerra Relámpago, sugieren otros países cuyos nombres podrían haber estado en la lista. Sin embargo, la política no puede estar “inherente” en un arma; el asunto es muy difícil de asir, y desde el inicio él deja entrever que cuando el lado correcto usa un auto bomba (un anarquista en la esquina de Wall Street y Broad Street), es un arma de protesta legítima, pero cuando el lado equivocado la usa (las OAS francesas en Argelia) es un recurso vedado y reaccionario. Esta contradicción, con la mecha puesta y lista a explosionar, con la posibilidad de grandes daños colaterales para la breve historia escrita por Davis, es rápidamente neutralizada por su relato de los propósitos tácticos para los que ha servido este tipo de atentados; él resulta informativo, especialmente en los casos de las OAS francesas y de Hezbolá. Asimismo, él interpreta la mayoría de los incidentes y tendencias sobre las que escribe, como “respuestas”: una respuesta a una desgracia imperial, o una consecuencia de ella, una semilla sembrada por un error de juicio original. A menudo, también, señala él, los grupos violentos -- yijadistas, típicamente -- adquirieron originalmente sus conocimientos y tecnología de servicios secretos como la CIA o el servicio secreto Paquistaní, ISI. En este punto está el quid siniestro de la biografía del auto bomba, descrito de la mejor manera como una complicidad inconsciente -- “inconsciente” porque se forja a lo largo del tiempo, con la historia como intermediaria -- entre agencias involucradas con la muerte y la mutilación, y grupos clandestinos que hacen lo mismo. Las huellas de las llantas difieren, pero el camino es uno solo.

Este libro está encomiablemente libre de palabras como “inocente”, “indiscriminado”, “libertad” y otras por el estilo. Sobre el término “terrorista”, Davis simplemente señala que es “un apodo colegial en el serio negocio de la geopolítica”, haciéndonos recordar que la historia regularmente elige miembros de grupos terroristas para que dirijan un gobierno: el grupo Stern, Umkhonto we Sizwe de Sudáfrica y, más recientemente, el Acuerdo Nacional Iraquí (encabezado por Iyad Allawi), que colocaba autos bombas bajo la supervisión de la CIA mucho antes de la reciente invasión.

Que la gente entienda de diferente manera los actos atroces similares, sugiere que la violencia “sin sentido” es un fenómeno poco frecuente. Davis desde el comienzo aclara que el vehículo con una bomba dirigida a su conductor no será parte de su estudio, una buena decisión que evita sobrecargar La carreta de Buda, aunque una breve revisión de la bomba en el auto de la persona equivocada habría reforzado su opinión de que la violencia está llena de intenciones, y habría confirmado su áspero sentido de que en esta no tan nueva pesadilla, las tácticas y los “signos” son siempre tenidos en cuenta. El auto bomba que se dirige contra un individuo es superficial y espectacular al mismo tiempo. Proclama el ambiguo dominio del asesino, de lo secreto y lo explícito, inflingiendo un castigo público sobre la víctima al mismo tiempo que se alardea del conocimiento íntimo de sus rutinas diarias. Es una advertencia hacia los colegas y partidarios de la víctima. El asesinato del novelista y miembro del miembro del Frente de Liberación Palestino, Ghassan Kanafani en Beirut, en 1972, fue un ejemplo exacto de eso. También lo fue el intento de asesinato en Maputo de Albie Sachs, el abogado y miembro del Congreso Nacional Africano, en 1988. Sachs supervivió y, a través del proceso del post apartheid, vino a encontrarse cara a cara con el hombre que organizó el atentado contra su vida. ¿Bajo qué circunstancias un agente israelí saldría a encontrar a los familiares de Kanafani y su sobrina de 17 años, quienes también murieron en ese auto? Probablemente ni siquiera en período de paz. De todos modos, ya hace demasiado tiempo de eso y, como dice Davis en La carreta de Buda, “todos los lados... siguen ahora las reglas del Antiguo Testamento”. En el Medio Oriente, esto ha sido verdad por algún tiempo, aunque Davis sospecha que el auto bomba tiene un “futuro brillante” en todo lugar.