Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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Cartas desde Iwo Jima:
Las películas de guerra de Clint Eastwood
Por Ian Buruma
 
Artículo originalmente publicado como “Eastwood’s War”,
The New York Review of Books, Vol. 54, No. 2, 15 de febrero de 2007.
Traducción de Alberto Loza Nehmad
<albertoloza@librosperuanos.com>
 

Películas reseñadas:
Flags of Our Fathers, dirigida por Clint Eastwood
Letters from Iwo Jima, dirigida por Clint Eastwood

 
Un factor común en las películas de guerra convencionales, ya sean hechas por estadounidenses, europeos o asiáticos, es la carencia de enemigos visibles. Estos están ahí, como lo estaban los indios norteamericanos en los viejos westerns, como carne de nuestros cañones, gritando ¡Banzai! o ¡Achtung! o ¡Come on!, antes de caer por montones sobre el suelo. Lo que le falta a ese enemigo, con raras excepciones, es todo sentido de diferenciación individual, de carácter, de humanidad. No obstante, incluso las excepciones tienden a caer en tipos familiares: los murmullos del alemán siniestro siseando acerca de las maneras en las que te puede hacer confesar, el ruidoso y vulgar estadounidense, el japonés gruñón.

El coronel Saito, el comandante del campo en El puente sobre el río Kwai (1957), caracterizado por Sessue Hayakawa, muestra algunas cualidades personales, pero ellas también caen en el demasiado recorrido dominio del samurai estoico, que avanza gruñendo hacia el inevitable suicidio ritual. También se tiene las épicas películas de batalla como ¡Tora! ¡Tora! ¡Tora! (1970), acerca del ataque a Pearl Harbor, dirigida conjuntamente por un estadounidense (Richard Fleischer) y dos japoneses (Kinji Fukasaku and Toshio Masuda). En ese filme vemos figuras históricas ladrando órdenes sobre el puente de los portaviones y a un extraño piloto japonés que muestra los dientes a medida que se acerca al USS Arizona, pero en medio de todo el fuego de las armas no hay tiempo para ninguna intimidad.
 
Clint Eastwood ha dirigido dos extraordinarias películas de guerra, ambas sobre la misma batalla, cada una narrada desde la visión de cada uno de los dos bandos en conflicto. Cartas desde Iwo Jima, la más reciente, muestra de manera convincente y humana, la experiencia de los combatientes japoneses; es decir, del enemigo. En el siguiente artículo, Ian Buruma, un escritor y académico especializado en literatura y cine del Asia, comenta sobre las dificultades intrínsecas a la representación de la guerra en un film, y especialmente sobre las dificultades de representar al bando contrario: “En realidad, mostrar la personalidad individual o, en realidad, cualquier cualidad humana, sería un problema dado que esto inyectaría a los asesinatos de nuestros héroes cierta ambigüedad moral que no quisiéramos ver. El objetivo central de la propaganda complaciente es que el enemigo no tenga personalidad, que sea monolítico y, por tanto, inhumano”.
Existen razones tanto prácticas como propagandísticas para la carencia de personajes enemigos. Hasta hace poco en Hollywood era difícil encontrar actores suficientemente capaces como para desempeñar el papel de japoneses (o vietnamitas, para tal caso). Los soldados japoneses usualmente eran representados por un conjunto de estadounidenses de origen asiático que gritaban unas pocas palabras en un japonés difícilmente comprensible. Hollywood podría haberlo hecho mejor pero el tema le importaba a poca gente. En las películas japonesas de propaganda hechas durante la guerra, los soldados estadounidenses frecuentemente eran representados por rusos expatriados después de la Revolución Rusa que casi no hablaban inglés. A veces entraban en escena actores japoneses con narices de cera y pelucas rubias. Y el típico soldado americano de las películas japonesas de la posguerra, violando a las niñas del pueblo, pisoteando los tatamis del piso con sus botas, usualmente era representado por cualquier hombre blanco que necesitara ganarse fácilmente algo de dinero. De paso, el mismo principio se aplica a las películas chinas, donde la mayoría de los “demonios japoneses” hablan con un muy fuerte dejo chino, mientras los estadounidenses hablan con todos los dejos extranjeros conocidos por un blanco norteamericano.

La razón propagandística es quizá más importante que la práctica. La mayoría de las películas de guerra han tratado acerca de héroes, nuestros héroes, y las diferencias entre los enemigos eran irrelevantes, puesto que su villanía podía darse por sentada. En realidad, mostrar la personalidad individual o, en realidad, cualquier cualidad humana, sería un problema dado que esto inyectaría a los asesinatos de nuestros héroes cierta ambigüedad moral que no quisiéramos ver. El objetivo central de la propaganda complaciente es que el enemigo no tenga personalidad, que sea monolítico y, por tanto, inhumano.

Como en el western clásico, la película de guerra como mito patriótico, ha sido crecientemente puesta en tela de juicio desde los heroicos días de John Wayne y Robert Mitchum. Recuérdese Catch-22 o Pelotón, o la película de Kubrick Full Metal Jacket. Incluso antes de la Segunda Guerra Mundial, películas como Sin novedad en el frente o La gran ilusión, consideraban al enemigo como seres humanos. Sin embargo, hasta donde sé, Clint Eastwood es el primer director que ha hecho dos películas de la misma batalla, mostrando ambos lados desde la perspectiva de los soldados individuales y con personajes completamente desarrollados. Diestramente, sin entrar en debates ni incluir mensajes obvios, él ha roto todas las reglas del género
tradicional de la película patriótica de guerra y ha creado dos magníficas películas, una en inglés, la otra en japonés: Flags of Our Fathers [Las banderas de nuestros padres] y Letters from Iwo Jima [ Cartas desde Iwo Jima]. La última es, a mi parecer, una obra maestra.

La elección de Iwo Jima, donde en febrero de 1945 tuvo lugar el primer desembarco norteamericano en suelo japonés, tiene pleno sentido. Casi 7,000 estadounidenses y 22,000 japoneses murieron en treinta y seis días de combate en esa pequeña isla volcánica a poco más de 1000 kilómetros de Tokio. La famosa fotografía de Joe Rosenthal, con seis soldados americanos izando la bandera de EEUU en la cima del Monte Suribachi, instantáneamente convirtió a la batalla en un mito que anunciaba la victoria sobre el Japón, justo cuando el entusiasmo por la guerra y el dinero para ella estaban acabándose en los Estados Unidos. Esta imagen, reproducida en todos los periódicos, en estampillas postales, esculturas, chucherías, afiches, pancartas, monumentos y, no mucho después de la guerra, en una película con John Wayne, fue vendida al público como la personificación del heroísmo y el triunfo estadounidenses. Para elevar la moral y para vender más bonos de guerra, tres supervivientes de los soldados que realmente izaron la bandera, John “Doc” Bradley, Rene Gagnon y Ira Hayes, fueron llevados de gira por los Estados Unidos como si fueran estrellas del cine, trepando a un Monte Suribachi de cartón piedra en un estadio de béisbol de Chicago, recibiendo honores en Times Square, cenando con senadores y congresistas, conociendo al presidente y, finalmente, después de que la guerra terminara, conociendo al mismo John Wayne. [1]

La distancia entre el verdadero horror de Iwo Jima y la tramoya armada en casa terminó por ser demasiado para Ira Hayes, un indio pima, quien se dedicó a la bebida, y cuya arruinada vida, iniciada en una empobrecida reservación indígena y finalizada en una congelada cuneta de Arizona, tuvo sus propios aspectos míticos lamentados en una balada cantada por Bob Dylan. Gagnon, también, aunque siempre un voluntarioso mercachifle, murió joven y alcohólico. Bradley, cuya historia, escrita en un best seller por su hijo James, es el soporte de Flags of Our Fathers, tuvo pesadillas por el resto de su vida.

Además de la mitología patriótica hay, sin embargo, otra razón de por qué Iwo Jima fue una buena elección, porque ahí, atrapados en la negra arena volcánica, los americanos pelearon realmente contra un enemigo sin rostro. Comandados por el Teniente General Tadamichi Kuribayashi, los japoneses se habían internado en un laberinto de cuevas, túneles y casamatas. Sin ningún apoyo desde tierra ni mar, habían recibido la orden de combatir hasta la muerte, esperando, contra toda esperanza, que esto pudiera detener la invasión del Japón. Letales pero invisibles, pasaban días y noches enteros en condiciones similares a las de un sauna, con provisiones de alimentos y agua que se agotaban rápidamente, matando tantos enemigos como pudieran, antes de volarse ellos mismos, como sucedió en muchos casos. No sorprende que los marines consideraran a sus enemigos como ratas que tenían que ser extraídas de sus agujeros con lanzallamas. En Iwo Jima muchos norteamericanos tenían pintadas con esténcil sobre sus cascos las palabras “Exterminador de roedores”.[2]

Desde el comienzo de Flags of Our Fathers, cuando la Marina de EEUU se dirige con toda su fuerza hacia Iwo Jima, uno se da cuenta de que Eastwood ha hecho una película de guerra muy inusual. Sin terminar de darse cuenta de qué es lo que les espera, los jóvenes soldados aún tienen tiempo para aclamar alegremente a los bombarderos norteamericanos que vuelan por encima, como si estuvieran en un partido de foot ball, así como se le invita a hacer al público en las películas más convencionales. Uno de los hombres, en su emoción, cae por sobre la borda. La risa amistosa de sus compañeros se congela repentinamente cuando ellos se dan cuenta de que ninguna nave va a detenerse por un marine individual que se agite en el océano. La máquina de la guerra continúa su marcha. “...Hasta que no dejaron a nadie atrás...”, dice “Doc” (Ryan Phillippe) entre los dientes.

En la película se le da bastante importancia al hecho de que estos soldados no se veían a sí mismos como héroes. Ellos eran jóvenes comunes y corrientes enviados a un lugar infernal del cual la película ha extraído todos sus colores brillantes, como si el mismo paisaje sulfuroso estuviera muerto. Todo lo que uno podía hacer, en palabras de Ira Hayes, era “tratar de no recibir un tiro”. Aunque la historia se centra en “Doc”, el personaje más interesante del filme es Ira, hermosamente representado por Adam Beach, quien se crió, como su personaje, en una reservación indígena. De los tres, Hayes era el soldado más dedicado. El servicio militar le ofrecía un escape de la pobreza y la humillación. El Cuerpo de Marines de EEUU fue la primera y única institución donde se sintió aceptado. Apodado “Jefe Nube Baja”, era popular entre sus camaradas, y él les retribuía con su lealtad.

En la película esto se muestra de varias maneras. Hayes nunca quiso dejar su unidad para unirse a la chillona publicidad en los Estados Unidos. Él es quien sufre un quebranto emocional en una función oficial en la que conoce a la madre del sargento Strank (Barry Pepper), uno de quienes izaron la bandera para morir poco después. “Mike, Mike -- solloza -- él fue un héroe. El mejor marine que he conocido”. Que Hayes superviviera, solo para ser mostrado en estadios de fútbol y salones de recepción con el fin de vender más bonos de guerra, lo llena de vergüenza.

Hay momentos en la película en los que la farsa desencadena visiones horribles en los supervivientes. Los cohetecillos y las rugientes multitudes suenan como morteros y disparos, y los recuerdos se agolpan de compañeros abandonados, gritando. En un banquete oficial, donde a los “héroes” se les sirve un postre con la forma del Monte Suribachi con la bandera izada en la cumbre, el expectante mesero susurra “¿Chocolate o fresa?”, antes de cubrir el azucarado paisaje con un jarabe de color sangre. El hecho de que algunos bares le rehúsen el servicio a Hayes por ser indio, se suma a sus sentimientos de desplazamiento y humillación. Borracho, pleitista, es llamado “una desgracia para su uniforme” por uno de los militares promotores de la gira, y finalmente es enviado de vuelta al frente de batalla, el único lugar donde se sentía respetado y, en alguna medida, quizá, en casa.

A pesar de su favorable descripción de Hayes, Eastwood ha sido acusado de racismo por no incluir soldados negros en Flags of Our Fathers.[3] Hubo, en verdad, hubo más de novecientos soldados afroamericanos entre los 110,000 hombres enviados a Iwo Jima. Si Eastwood hubiese seguido las convenciones de las películas de guerra hechas en las posguerra, podría haber incluido al menos uno, dividiendo los héroes entre los varios tipos étnicos entonces usuales: el valiente WASP [blanco, anglosajón, protestante], el sureño de hablar pausado, el faite de Brooklyn, el rudo negro de Chicago. Eastwood, sin embargo, no se dedica al negocio de los tipos étnicos; él muestra cómo unos pocos hombres que realmente existieron, trataron de vivir con una terrible experiencia y superarla.

El problema con cualquier película que intente hacernos sentir el horror de la guerra es que se trata de un intento imposible. Ver el combate sobre una pantalla, sin importar cuán hábil sea el trabajo de cámaras, la actuación, la banda sonora o la simulación digital, nunca podrá hacernos sentir cómo fue realmente aquel en Iwo Jima. Cuanto más trate la película de reconstruir la realidad, más se da uno cuenta de la futilidad del intento. Steven Spielberg, coproductor con Eastwood, fue un mago técnico en Salvando al soldado Ryan y La lista de Schindler, pero, afortunadamente, la experiencia real de Normandía y especialmente la de Auschwitz, permanecen por completo más allá de nuestra comprensión. Eastwood, no obstante, se las arregla para ofrecer un atisbo (y un atisbo es todo lo que es posible) de la manera en que la guerra afecta al soldado común: el horror, la crueldad, aunque también los momentos de desprendimiento e incluso, los de elevación.

Eastwood nos ofrece vistazos de algo de la crueldad: el despreocupado asesinato de dos prisioneros de guerra japoneses por parte de soldados americanos que están demasiado aburridos para vigilarlos; el despedazamiento de un soldado americano arrastrado a una cueva por un grupo de japoneses medio enloquecidos; los restos de unos soldados japoneses, salpicados sobre las rocas después de que ellos detonaran unas granadas de mano contra sus propios cuerpos. No obstante, aunque Eastwood muestra muy bien la brecha entre la revulsiva realidad de la guerra y las historias que nos inventamos luego acerca de ella, él no niega la posibilidad de los actos heroicos. Vemos cómo “Doc” Bradley arriesga su vida en medio de un letal fuego cruzado, deslizándose fuera de su trinchera para ayudar a un soldado herido. Es un acto que no tiene nada que ver con el patriotismo, la “lucha por la libertad” o nada de ese tipo, y que sí tiene plenamente que ver con la dignidad, algo que es lo suficientemente raro como para ser llamado heroico.

Evidentemente, Bradley nunca habló a sus hijos acerca de sus experiencias de la guerra, y cuando la prensa lo llamaba para los aniversarios, él le decía a su hijo que les dijera que había salido en un viaje de pesca. En la película, sin embargo, hacia el final de su vida, respirando con dificultad en la cama de un hospital, le cuenta a su hijo un recuerdo de Iwo Jima. Esta es la última, inolvidable escena de la película. Hombres como Bradley, en palabras de su hijo, “lucharon por su país, pero murieron por sus amigos”, y nosotros “deberíamos recordarlos de la manera en que eran, de la manera en que mi padre los recordaba”. Entonces vemos a “Doc” y a sus amigos en ropa interior corriendo hacia el mar, salpicándose y gritando en la exhuberancia de la juventud ante el mero placer de estar aún vivos, al menos por unas pocas horas más, quizá días. En esa simple escena, en la que no se dispara ni un solo tiro, se siente algo del horror de la gratuita destrucción de unos seres humanos cuyas vidas adultas habían acabado de comenzar.
 
2.

Es más difícil despertar empatía hacia los soldados enemigos, especialmente aquellos de algún extraño país cuyo idioma no hablamos. Uno podría horrorizarse por el asesinato masivo de japoneses en Hiroshima o Nagasaki, tanto como uno deplora la muerte de los habitantes de Bangladesh causada por una terrible inundación, o la de los aldeanos de Darfur; pero, mientras no tengan rostros reconocibles su sufrimiento permanece casi abstracto, una cuestión de números. Es muy difícil hacer una película convincente acerca de gente de una cultura que no nos es familiar. Los directores europeos en EEUU a menudo pasan dificultades para poder capturar el espíritu de un lugar. Para un director extranjero, hacer una película japonesa sin notas falsas o resbalones culturales, una película en la que los personajes -- que hablan en japonés con subtítulos -- sean totalmente convincentes y completamente vivos, es un logro extraordinario. Varios cineastas, desde Arnold Fanck, el propagandista nazi de la preguerra, hasta el gran Josef von Sternberg, lo han intentado. Para mí, Clint Eastwood es el primero que lo ha logrado.

Cartas desde Iwo Jima comienza y termina con escenas que muestran unos investigadores japoneses excavando en algunas cuevas en búsqueda de cualquier cosa dejada por los soldados que murieron ahí. Ellos encuentran un saco lleno de cartas de soldados que no fueron enviadas a sus familias. La historia de la película se basa en algunas de ellas así como en las notables cartas escritas e ilustradas por el general Kuribayashi, publicadas hace varios años en el Japón.[4] Algunas de las cartas a su familia fueron en realidad escritas en los años veinte y treinta, cuando vivía y viajaba por Norteamérica como agregado militar. Las cartas son utilizadas para introducir escenas de una vida anterior, más apacible, la vida de un aristócrata compasivo a quien le gustaba Estados Unidos, llegando a conocer lo suficientemente este país bien como para darse cuenta de la locura que significaba declararle la guerra. Quizá por este motivo durante gran parte de la guerra fue dejado de lado por oficiales más militantes, y al final se le dio la ingrata tarea de pelear una batalla suicida.

Ken Watanabe hace el papel de Kuribayashi con el nivel preciso de noble benevolencia hacia sus hombres y desprecio hacia los menos imaginativos y a veces brutales oficiales que lo consideraban un blando norteamericanófilo. Kuribayashi tuvo la idea -- llevada a cabo a pesar de una gran obstrucción -- de que los japoneses deberían cobijarse bajo tierra en lugar de ofrecer fútiles cargas desesperadas al grito de banzai. Aunque él era bastante consciente del destino final de su ejército, no veía ningún mérito en la autodestrucción gratuita. De manera inusual para un oficial japonés de alta graduación en la Segunda Guerra, el general interviene cuando ve que los sargentos abusan de los hombres de su patrulla. A los soldados rasos se los solía tratar brutalmente. No hay, sin embargo, nada de sentimentalismo en el retrato de Kuribayashi. Él no es un pacifista en el closet sino un soldado profesional japonés, quien escribió a su esposa:
 

Puede que no retorne vivo de esta misión, pero déjame asegurarte que combatiré con lo mejor de mis habilidades, para que ninguna desgracia caiga sobre nuestra familia. Combatiré como el hijo de un Kuribayashi, el samurai, y me comportaré de una manera tal que merezca el nombre Kuribayashi. Que mis ancestros me guíen.[5]

 
Además de Kuribayashi, el único personaje de la historia con algún conocimiento del enemigo es el barón Takeichi Nishi (Tsuyoshi Ihara), un arrojado jinete que ganó una medalla olímpica en Los Ángeles, en 1932, y que recibió a Mary Pickford y Douglas Fairbanks en su casa de Tokio. En vez de despedazar a hachazos a un soldado americano herido, como algunos de sus hombres lo habrían hecho, recuerda en inglés los viejos buenos tiempos, contándole al agonizante americano acerca de sus conexiones hollywodenses. “Sin bromas”, dice el soldado poco antes de expirar. Nishi tiene las llanas maneras de un deportista británico. Es más bien el personaje Erich von Stroheim de La Gran Ilusión, el filme de Jean Renoir, un miembro de la aristocracia internacional, de quienes se sienten en casa en cualquier lugar donde el vino, los caballos y las mujeres tienen un pedigrí aceptable.

El soldado japonés común, entrenado para pegar un salto a la mera mención del emperador, para pensar que los extranjeros son demonios y exaltar a la muerte como el más alto de los honores, es más difícil de comprender para el público moderno. Parece no tener rostro, porque la policía militar japonesa estaba lista para eliminar a golpes todo signo de personalidad individual, en grado mayor al caso de los marines de EEUU. Incluso bajo condiciones normales, en Japón hay la tendencia a “darle un martillazo al clavo que sobresale”. Durante la guerra esta tendencia se hizo extrema. Todo signo de comportamiento inusual ameritaba ser castigado por la matonesca Kempeitai (policía militar) o la Tokkotai (policía especial de mayor rango). En una de las pocas escenas de Cartas desde Iwo Jima que tiene lugar en Japón, vemos a un oficial kempattai ordenándole a un joven recluta que le dispare al perro mascota de un niño, como muestra de dureza. Cuando el recluta trata de salvarle la vida al perro, es separado y enviado a morir en Iwo Jima.

Este recluta, llamado Shimizu (Ryo Kase), es uno de los soldados de la película de Eastwood cuya máscara de ciega obediencia y fanatismo suicida no termina de ocultar una naturaleza más reflexiva, incluso compasiva. Cuando otro joven soldado, Saigo (Kazunari Ninomiya), rehúsa matarse con una granada de mano después de que otros en su patrulla ya se hubieran suicidado, Shimizu lo amenaza con matarlo por su traición; sin embargo, él mismo siente también que es demasiado joven para volarse los sesos en una guerra perdida, y ellos deciden salvar sus propias vidas rindiéndose a los americanos. Shimizu sale a entregarse primero pero es muerto por su guardián. Saigo no se mueve, y eso le salva la vida.

Las voces indecisas de las dudas que aumentan, los peligrosos signos de humanidad, son expresados entre los jóvenes soldados a través de diálogos que fácilmente podrían haberse deslizado hacia la sensiblería, pero en realidad son harto conmovedores. Kuribayashi, el general compasivo, podía haber dudado de la sensatez de declarar la guerra, pero sigue siendo un soldado profesional; su negocio es la guerra; nunca duda de su deber de obedecer hasta morir. Saigo, representado por un ídolo juvenil pop, en la vida civil es un panadero con una esposa encinta esperándolo en casa. Fue arrastrado al conflicto sin haber querido ser parte de éste. Cuando el comité de su barrio viene a su casa con su tarjeta de reclutamiento, felicitándolo por el honor de recibir la orden de morir por su país, Saigo no puede esconder su angustia. Ninomiya, la estrella juvenil, es absolutamente convincente en esta parte, porque uno llega a darse cuenta cuán jóvenes eran esos hombres y cuán inadecuados eran para ser convertidos en máquinas de matar.

Saigo, en realidad, es muy diferente de Ira Hayes, quien encontraba un hogar y un propósito en los marines. Como Shimizu, el aspirante a kempeitai que no pudo animarse a matar al perro de un niño, Saigo está fuera de lugar, siendo usado como carne de cañón en una guerra que no tiene sentido para él. Otros a su alrededor han asimilado el fanatismo del estado japonés militarizado. El teniente Ito, por ejemplo, representado con un poco de exceso histriónico por el joven actor de kabuki Shido Nakamura, está obsesionado con empujar a sus hombres al suicidio. Otros, como los soldados de todas partes, usan la guerra como una oportunidad para ejercer el sadismo con permiso. Saigo y Shimizu son interesantes porque continúan pensando por su cuenta, a pesar de todos los intentos de que dejen de hacerlo. A diferencia del barón Nishi o de Kuribayashi, ellos no tienen conocimiento del mundo fuera del Japón, pero su integridad personal permanece intacta en medio de algo que, en otros aspectos, es una descripción del infierno.

En la verdadera batalla de Iwo Jima, de los 22,000 japoneses enviados a defender la isla supervivieron alrededor de mil. Algunos se rindieron, otros fueron capturados antes de que pudieran matarse ellos mismos. En la película, Saigo es el único de su unidad que supervive. No sabemos cómo murió el verdadero general Kuribayashi. Hay historias según las cuales murió como un samurai, con su propia espada. Posiblemente murió quemado con un lanzallamas o con un explosivo, dentro de su cueva. En la película de Eastwood, el general dirige una carga suicida contra el campamento americano, lo que casi con certeza no sucedió. Saigo está con él, pero es derribado de un golpe por los marines que lo capturan. En la escena final de Cartas desde Iwo Jima, lo vemos en el suelo, en una larga fila de soldados americanos heridos, con la cara vuelta hacia la cámara. Recostado bajo una frazada del ejército, esperando ser evacuado de la isla de la muerte, Saigo no es diferente a los americanos que están en línea con él, aunque, pese a todo, es sin lugar a dudas, él, y ése es el tema de la extraordinaria película de Eastwood.
 

Notas

[1] Bradley, Gagnon y Hayes actuaron desempeñando el papel de ellos mismos, junto con John Wayne, en la película de 1949, Sands of Iwo Jima [Las arenas de Iwo Jima].
[2] John W. Dower, War Without Mercy: Race and Power in the Pacific War [Guerra sin cuartel: Raza y Poder en la Guerra del Pacífico] (Pantheon, 1986), p. 92.
[3] Véase, por ejemplo, Earl Ofari Hutchinson, The Huffington Post, 24 de octubre de 2006.
[4] “Gyokusai Soshireikan” no Etegami (Tokyo: Shogakukan, 2002).
[5] Citado en Thomas J. Morgan, “Former Marines Remember the Most Dangerous Spot on the Planet”, The Providence Journal, 28 de junio de 1999.