Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
Artículos recientes:
 
El infierno de los niños soldados: recuerdos de un superviviente

¿De quién es este cuerpo?

El ingenio humano en 2006: lea sobre el cabezazo de Zidane, Wikipedia maoísta, la caminata eléctrica y sobre qué debe hacer para beber agua de wáter

La feminización de Chile: Bachelet y la herencia de la dictadura

La literatura latina del Renacimiento: Un continente perdido

El predominio masculino en retirada

¿Cuán cerca está la catástrofe?: Las graves dimensiones del calentamiento global

Una conversación con Orhan Pamuk

Un silencio que duele hasta ahora

Por todos los medios necesarios
 
Lista completa de artículos
 
 
 
 
pn
Historia y debate del vegetarianismo:
sus raíces religiosas, médicas y filosóficas
Por Steven Chapin
 

Originalmente publicado como "Vegetable Love: The History of Vegetarianism", The New Yorker, 15/I/2007, traducido por Alberto Loza Nehmad. <albertoloza@librosperuanos.com>

Reseña del libro de Tristam Stuart, The Bloodless Revolution: A Cultural History of Vegetarianism from 1600 to Modern Times, 2007

 
A fines del siglo XVII y comienzos del XVIII, durante las grandes controversias acerca del pudín negro [embutido hecho con carne y sangre de cerdo, tradicionalmente comido en Inglaterra para el desayuno], se rumoreaba que Sir Isaac Newton se abstenía de comer carne debido a la prohibición de comer sangre que se halla en el Antiguo Testamente. Después de su muerte, la sobrina de Newton defendió la reputación de su tío, insistiendo en que él había seguido el mandato de San Pablo de no hacerse líos con las prohibiciones alimentarias -- no sean como los pérfidos judíos -- y que [en I Corintios] dijo "Coman de todo lo que se vende en la carnicería, sin hacer averiguaciones por escrúpulos de conciencia". Era cierto, explicaba ella, que Newton se refrenaba de comer el pudín negro pero también conejos (cuya carne permanecía sangrienta porque los conejos era muertos por estrangulamiento), pero sus razones eran muy diferentes de las que se alegaba: "Él decía que las carnes estranguladas estaban prohibidas porque se trataba de una muerte dolorosa, y que desangrar era la más fácil, y que los animales deberían ser muertos con el menor dolor posible, y que la razón de por qué estaba prohibido comer sangre era porque se pensaba que comer sangre inclinaba a los hombres hacia la crueldad".
 
Hacia la época de la muerte de Newton, en 1727, el debate acerca del pudín negro inglés había estado en pie por más de un siglo. En El juicio de un Pudín Negro (1652), Thomas Barlow, futuro obispo de Lincoln, se dio cuenta de que Dios había especialmente prohibido comer sangre a los hebreos, cuyas leyes de pureza en las comidas les mandaba que se matara y se manipulara la carne de los animales de modo de drenarles, lo más posible, la sangre residual. Génesis 9:4 dice "Empero, carne con su vida, que es su sangre, no comeréis", y Levítico 17:10 subrayaba la prohibición: "Y cualquier varón de la casa de Israel, o de los extranjeros que peregrinan entre ellos, que comiere alguna sangre, yo pondré mi rostro contra la persona que comiere sangre y lo cortaré de entre su pueblo". Barlow señalaba que el Nuevo Testamento nunca había rescindido esta ley, a pesar de la remisión de otras prohibiciones alimentarias judías ofrecidas tanto por Jesús como por Pablo; además, la prohibición de comer sangre y la carne de los animales estrangulados era repetida en los Hechos de los Apóstoles. Dios, afirmaba Barlow, "no haría al Hombre comer la vida y el espíritu de las bestias, una cosa bárbara y antinatural". Ninguna carne era impura en sí misma, pero la que estaba en el pudín negro del desayuna en Gran Bretaña era una violación de la ley judía y de las indulgencias cristianas.

En la época de Newton e incluso más adelante, uno no podía discutir sobre si se podía o no comer carne, sin darle de paso un mordisco a un trozo de dura teología, y el extenso libro de Tristam Stuart La revolución sin sangre: Una historia cultural del vegetarianismo desde 1600 hasta los tiempos modernos (Ed. Norton) muestra exactamente cuán difícil era descifrar la voluntad dietética de Dios y cómo otras muchas consideraciones, tanto sagradas como seculares, estaban involucradas en las decisiones relacionadas con lo apropiado o no de comer animales. El libro es una magníficamente detallada colección de estudios eruditos acerca de lo que se ha argumentado para justificar ya sea el abstenerse de comer carne o el consumirla. Por supuesto, una historia de las justificaciones no es lo mismo que una historia de lo que la gente realmente comía o no comía. Para muchas personas, a lo largo de la mayor parte de la historia, se daba por sentado que la carne no se comía:
La opción vegetariana suele estar asociada a determinadas creencias acerca de lo novedoso, lo progresista, lo ambientalista y hasta lo chic. Sin embargo, el libro de Tristam Stuart, una historia cultural del vegetarianismo, muestra que las cosas siempre han sido algo más complicadas y nunca unidimensionales. Los argumentos en pro y en contra de esta decisión dietética se remontan a varios siglos atrás y siempre han estado impulsados por argumentos religiosos, médicos y filosóficos que se impugnan, tropiezan o retroalimentan mutuamente. Actualmente la ecología ha entrado también al debate, introduciendo paradojas como las que señala el autor del libro: "disparar y comerse al venado que estaba comiendo los tulipanes de tu jardín puede resultar siendo en términos ambientalistas más virtuoso que comer tofu manufacturado con soya china".

simplemente era demasiado escasa o cara. Sin embargo, entre los pocos que tenían los recursos, lo sustancioso de la carne, la satisfacción de su grasa y lo nutritivo de su consumo eran muy apreciados, como en la maravillosa oración escocesa de gracias de Selkirk [atribuida a Robert Burns]:

 

Algunos tienen carne y no pueden comerla
Y otros comerían toda la que desean
Pero nosotros tenemos carne y podemos comerla
Y le damos gracias al Señor

 

Con pocas excepciones, los proponentes europeos del vegetarianismo emergieron de entre aquellos que tenían acceso a la carne. Se puede definir el vegetarianismo de varias maneras, pero la simple ausencia de carne en la dieta no es una manera interesante de hacerlo. Para que sea culturalmente significativo, uno necesita algún tipo de justificación de principio, y estas justificaciones no han escaseado.. Los argumentos que organiza Stuart son parte de un debate inmensamente enmarañado y resonante. No hay una demostración de lo malo que es comer carne que no haya sido respondida con argumentos igualmente poderosos defendiendo las bondades de comerla, y algunas justificaciones diferentes entre sí, tienen cierta manera de al mismo tiempo apoyarse e interferirse mutuamente. Generalmente hablando, sin embargo, el debate se centró por muchos siglos en tres cuestiones, cada una de las cuales se reflejó en las decisiones dietéticas de Newton y en las objeciones interpuestas contra ellas: estaba la cuestión religiosa, relativa a las implicancias de las Escrituras sobre la alimentación humana; estaba también la cuestión médica acerca del efecto que comer carne tiene sobre la salud y el carácter humanos; y estaba el debate filosófico acerca de la relación apropiada ente el hombre y los otros animales. No existía una categoría distinta que pudiera llamarse moral, porque todas ellas eran, y permanecen siendo, intensamente morales. El vegetarianismo siempre ha estado relacionado menos con la pregunta de por qué se debería comer plantas que con la pregunta de por qué no se debería comer animales. De este modo, las discusiones acerca del vegetarianismo, al atraer la atención acerca de los derechos que reclamamos para nosotros mismos pero negamos a otros animales, inevitablemente incluyen cuestiones básicas acerca de qué significa ser un ser humano.

Cuando los amigos y biógrafos de Newton intentaron clarificar los puntos de vista de éste acerca del pudín negro y la carne de conejo, no tuvieron temor a que se pensara que Newton era un judío que no había salido del closet; lo que les preocupaba era que él fuera tomado como alguien de los llamados pitagóricos. en el siglo VI a.C., Pitágoras de Samos -- el del teorema que relaciona la hipotenusa con los lados perpendiculares de un triángulo rectángulo -- fundó una comunidad de matemáticos místicos que, se decía, obedecían una prohibición general de comer animales "puesto que tienen el derecho de vivir en común con la humanidad". El interés en la prohibición pitagórica fue renovado en los siglos III y IV d.C. por algunos filósofos paganos neoplatónicos que buscaban la purificación del alma en anticipación al más allá, y persistió por lo menos hasta finales del siglo XIX. En los siglos XVI y XVII, la resonancia del término pitagórico era más dietética que matemática. Una explicación del vegetarianismo de los pitagóricos era su acreencia en una doctrina conocida como metempsicosis, o trasmigración de las almas. Si después de su muerte el alma de una persona pudiera pasar al cuerpo de otra especie animal, el vegetarianismo era la única manera de evitar el canibalismo. Para los cristianos, sin embargo, la metempsicosis era una herejía. Las almas inmortales no migraban entre especies; ellas hacían un trasbordo entre Tierra, Cielo y Infierno, a veces despojadas de su armazón humana pero nunca entrando al cuerpo de otra especie. Durante la Edad Media y comienzos de la edad moderna, cualquiera que defendiera el vegetarianismo podía ser sospechoso de creer en la metempsicosis pagana.

Incluso entre los devotos había un amplio margen para el desacuerdo. El pecado original -- comer el fruto del prohibido Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal en lugar del permitido Árbol de la Vida -- fue a todas luces una mala decisión, pero había controversias acerca del castigo dietético de Adán y Eva. Algunos decían que el castigo era el trabajo de la agricultura o la cocina: "... y comerás hierba del campo; en el sudor de tu rostro comerás el pan". Otros, sin embargo, decían que el castigo era comer carne. Después de la Caída, las plantas se hicieron menos nutritivas o el cuerpo humano se había hecho menos capaz de extraer los nutrientes de las plantas, y estábamos entonces metabólicamente obligados a matar animales y comer de su carne. El comer carne, entonces, era un recuerdo permanente de nuestra condición pecadora. Algunos comentadores fueron más allá, diciendo que nuestra naturaleza caída nos había dado el gusto de la sangre, y que podíamos medir la extensión de nuestra maldad por nuestro gusto por la carne de los animales muertos y por nuestra disposición a hacerlos sufrir. Otros cristianos rechazaban todas las interpretaciones potencialmente vegetarianas, señalando que Dios, desde el inicio, les había dicho a Adán y Eva "señoread en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra" y que cuando, algunos versículos después, Dios mencionaba lo comestible que eran las plantas, se refería a ellas como "carne". Algunos incluso sostenían que el sufrimiento de los animales muertos por su carne, era prueba de su naturaleza pecadora. Comer carne no solo era parte del plan divino, sino que podría ser incluso un deber divino.

Cuando alguien citaba e interpretaba el libro Génesis, al mismo tiempo estaba asumiendo un punto de vista acerca de cuál era el natural alimento de los humanos: cuál había sido su dieta original y cómo la dieta y la constitución humana habían sido afectadas por la caída de la gracia de Dios. Por esta razón, los argumentos religiosos acerca de la comida subyacen a las preocupaciones acerca de qué es bueno para la salud mental y física de las personas. El esquema médico transmitido desde el primer médico del siglo I, Galeno, buscaba explicar qué efecto tenían las diferentes dietas sobre las emociones y la personalidad. Las evaluaciones y las prescripciones podrían diferir, pero generalmente se aceptaba la existencia de un vínculo causal entre la dieta y el carácter. La carne lo hacía a uno valiente; la carne con sangre lo hacía a uno sanguinario. Los escritores vegetarianos de fines del siglo XVII culpaban a la alimentación carnívora de hacer a la gente "sórdida, hosca y soldadesca"; comer carne era algo que la gente hacía para "fortalecer su naturaleza bestial".

Sin embargo, similares razonamientos podían citarse por parte de los consumidores de carne. El asado [roast beef] de la Vieja Inglaterra era un plato que fortalecía el carácter, un alimento recio para gente de corazón recio, mientras se asumía muy ampliamente que una dieta basada en vegetales hacía a los hombres débiles, timoratos y afeminados. En la obra Enrique V de Shakespeare, en las vísperas de la Batalla de Agincourt, los franceses observan que la "isla de Inglaterra alimenta criaturas muy valientes" que se alimentan con "grandes comidas de carne" de modo que "comen como lobos y pelean como demonios". Consecuentemente, era común que los médicos de los siglos XVI y XVII prohibieran la carne a los pacientes de constitución débil o de vida sedentaria. Según las tradiciones médicas de galeno, el asado estaba prohibido a los estudiosos y los filósofos, ya fuera porque estimulaba su humor "melancólico" o porque las dificultades de la digestión le drenaban los espíritus vitales a los pensamientos más elevados. En La duodécima noche, Sir Andrew Aguecheek confiesa "Soy un gran devorador de carne y creo que eso es dañino para mi ingenio". La creencia en la conexión causal entre la carne y las virtudes masculinas persistió incluso hasta después de la declinación de la tradición médica galénica: Mahatma Gandhi, antes de reconvertirse a su original vegetarianismo, por un breve tiempo pensó que "comer carne era bueno, que me haría fuerte y osado y que, si todo el país se dedicara a comer carne, los ingleses podrían ser vencidos".

El encuentro entre las tradiciones india y europea le ofrece al libro de Stuart una de sus afirmaciones más discutibles y sorprendentes. Los europeos, habiendo creído por largo tiempo que la carne animal era necesaria para sustentar una vida vigorosa, estaban asombrados de la existencia de brahmanes paganos aunque piadosos, que no comían carne pero que evidentemente prosperaban. Stuart, un historiador británico que vivió por algunos años en la India, se dedica a mostrar que durante los siglos XVII y XVIII la expansión de las doctrinas vegetarianas en Occidente, fue resultado de la creciente familiaridad con las costumbres de la colonizada India. Evidentemente, en el bando de los herbívoros históricos, él "delata" como pensadores canónicos vegetarianos a quienes ocasionalmente reducían su consumo de carne o aconsejaban a otros que lo hicieran; Stuart juzga el número de vegetarianos de la Ilustración como "incalculablemente grande"; y celebra el vegetarianismo como el pensamiento de avanzada de los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, como muchos otros argumentos en el debate vegetariano, las noticias de la India podrían ser usadas por ambos bandos. ¿Eran los brahmanes ejemplares de moral o ellos eran la prueba de la asociación entre el vegetarianismo y el error religioso?

Igualmente, hay una gran diferencia entre quienes se refrenaban de comer carne como parte de un régimen médico de abstinencia y quienes asumían una posición de principio contra la muerte de los animales para obtener comida de ellos, y Stuart tiende a restarle importancia a la ambigüedades de esas elecciones dietéticas. El gran médico dietista escocés del siglo XVIII, George Cheyne, quien en determinado momento pesó más de doscientos kilos, era famoso por haberse desecho de gran parte de su peso tras haber adoptado una dieta de verduras y leche, y Stuart nota con aprobación que Cheyne urgía a muchos de sus pacientes, incluido el novelista Samuel Richardson, a asumir una dieta basada en verduras. No obstante, Stuart omite decir que Cheyne no prescribía el vegetarianismo universalmente: él aceptaba que alguien que llevara un curso ordinario de vida podría saludablemente consumir media libra de carne al día. Cheyne estaba indignado por los rumores según los cuales como regla general él prohibía comer carne. El vegetarianismo estaba reservado para las circunstancias médicas más desesperadas.

Las prescripciones de Cheyne estaban basadas en las nuevas teorías de la materia que trajo la revolución científica. Pensaba que las más pequeñas partículas de carne eran de un tamaño tan grande y estaban conformadas de tal manera que finalmente ocluirían los vasos sanguíneos y obstruirían el flujo de los fluidos vitales. Los finos corpúsculos de la materia de las plantas no tenían ninguno de esos inconvenientes, y por eso era mucho mejores para la gente. Con todo, la recomendación médica de comer verduras retenía una fuerte dimensión teológica, como cuando Cheyne escribió: "el infinitamente sabio Autor de la Naturaleza ha concebido de tal manera las Cosas, que las más destacables Reglas para preservar la Vida y la Salud son Deberes morales mandados a nosotros".

El lenguaje médico para tomar el cuidado apropiado de la dieta se vinculaba tan fácilmente a las preocupaciones sociales y políticas, como a las religiosas. La conexión entre comer carne y un carácter carnal, hacía de la abstinencia de la carne algo atractivo para los pensadores radicales que desaprobaban la guerra, la violencia y la brutal opresión del hombre por el hombre. Algunos establecían una analogía entre el tratamiento de los animales inferiores y el de las clases inferiores. El polemista vegetariano del siglo XVII, Thomes Tryon, pensaba que la gente comía carne para "que pudieran actuar como Leones, y Demonios, sobre su propia especie así como sobre otras Criaturas". Muchas de las radicales sectas políticas y religiosas que eclosionaron en el escenario inglés a mediados del siglo XVI, usaban la dieta para criticar el orden social establecido. Si, como mantenían los sectarios, Dios estaba presente en todas las criaturas animadas, entonces los animales eran nuestros hermanos y comerlos era un pecado.

El siglo XVIII vio el surgimiento de un argumento en favor del vegetarianismo desde la perspectiva de los derechos de los animales. George Cheyne y otros comentadores, argüían que el hábito de matar, como el mismo hábito de comer carne, endurecía el corazón y los nervios, tanto figurativa como literalmente. La sensible respuesta humana al sufrimiento de los animales era un sentimiento auténtico; la endurecida reacción inducida por la familiaridad con este sufrimiento era tomada como artificial o falsa. "Ver las Convulsiones, las Agonías y las Torturas de una Pobre Criatura como nosotros... muriendo para darle gusto al Deseo... debe requerir de un Corazón de piedra, y un gran Grado de Crueldad y Ferocidad", escribió Cheyne. A inicios del siglo XVIII, Bernard Mandeville en La fábula de las abejas, juzgaba: "En toda la Multitud no hay un solo Hombre de cada diez que querrá (si no ha sido criado en un matadero), de entre todos los Tratos y Negocios, el de Carnicero, e incluso podría decir que todos, a menos que sin Reluctancia haya matado aunque sea una gallina por la primera vez". En épocas anteriores se había visto que comer carne constitucionalmente conducía a la violencia, pero para el tiempo en que Jeremy Bentham publicaba Una introducción a los Principios de la Moral y la Legislación, en 1789, las cosas habían cambiado: comer carne era violencia.

Estos argumentos filosóficos y psicológicos se hicieron centrales en los debates producidos acerca del consumo de carne, y permanecen siéndolo. En el siglo XVII, Descartes se situaba en un extremo al insistir que los animales eran meras máquinas, incapaces de sentir dolor tanto como lo es un reloj, aunque incluso sus seguidores tuvieron que aceptar, en vista de la sólida evidencia presentada, que a pesar de todo mucha gente se conmovía por los signos del dolor animal. Los cartesianos tenían una respuesta: cualquier reacción humana de ese tipo era tan solo un reflejo mecánico. No había obstáculos morales para refrenarse de disfrutar los frutos de un camal. Para otros, sin embargo, nuestra capacidad de conmovernos por el dolor de los animales era una prueba poderosa de identificación, prueba de que compartimos un orden moral con las bestias. Quienes sostenían esos argumentos no dudaban de que esa compasión era una reacción humana natural, evidencia que podía contraponerse al permiso para comer carne presente en las escrituras bíblicas.

El vegetarianismo basado en la compasión pronto asumió el tono de una cruzada moral. El poeta Shelley, alguna vez vegetariano, estaba seguro de que el Terror de Robespierre nunca habría tenido lugar si la población de París "satisficiera su hambre con la siempre bien servida mesa de la naturaleza vegetal", y de que Napoleón nunca se habría hecho emperador si "hubiera descendido de una raza de gente alimentada vegetalmente". Se dice que George Bernard Shaw preguntó: "Puesto que nosotros mismos somos la tumba viviente de los animales que hemos matado, ¿cómo podemos aspirar a cualesquiera condiciones ideales sobre esta tierra?" Con todo, no hay un camino directo que conduzca de la renunciación a la carne a la política de la virtud. El vegetarianismo nazi presente obvios problemas a este respecto. Stuart afirma que el estricto seguimiento de una dieta vegetariana por parte de Hitler fue en gran medida médico: "A lo largo de su vida, Hitler continuó creyendo que abstenerse de carne le aliviaba su crónica flatulencia, el estreñimiento, los sudores, la tensión nerviosa, el temblor muscular y los calambres estomacales que lo convencieron de estarse muriendo de cáncer". El liderazgo nazi, sin embargo, buscaba extrapolar ideologías de aplicación más amplia a partir de las elecciones dietéticas del Fuehrer. Himmler encomiaba las virtudes que para la constitución física tenía el consumo de alimentos vegetales; él quería que las Waffen S.S. se convirtieran al vegetarianismo y pensaba que una vez que los alemanes se hubieran limpiado dietéticamente, sin duda dominarían el mundo. Goering llegó a una retorcida versión del argumento humanitario, amenazando con enviar a los campos de concentración a "quienes aún piensan que pueden tratar a los animales como si fueran una posesión inanimada".

¿Y qué hay respecto a nosotros? Los argumentos teológicos aún florecen: véase esos best sellers como el de Don Colbert, ¿Qué habría comido Jesús? (2002) y el libro de Jordan S. Rubin La diera del Hacedor (2004). También abundan los argumentos médicos, aunque ellos han cambiado su lenguaje: la carne ha pasado del galénico término "alimentadora de los malos humores" a, por decir, propiciadora de la acumulación de placas de colesterol. Recientes estudios epidemiológicos sugieren que los adultos vegetarianos tienden a tener menor presión sanguínea; menores niveles de colesterol, menores tasas de obesidad y, de manera más controversial, mayores coeficientes intelectuales en la niñez, aunque los vegetarianos estrictos tienden a tener menores coeficientes intelectuales que sus pares generacionales carnívoros, y la naturaleza de los vínculos entre vegetarianismo, salud y coeficiente intelectual no es claro.

Los argumentos morales acerca del sufrimiento animal son todavía centrales en el debate popular. Paul McCartney dijo una vez "Si los camales tuvieran paredes de vidrio, todos serían vegetarianos", y es verdad que muchos de quienes tienen poca experiencia de lo que sucede en un matadero, muestran repulsión ante cualquier tipo de conocimiento de primera mano, o inclusive ante cualquier lectura con sucesos vívidos sobre el tema. Sin embargo, las cosas son diferentes al interior de las paredes de un matadero. Quienes matan animales en el curso de su jornada laboral pueden rápidamente habituarse a ello, y desechar este efecto como una mera insensibilización efectivamente reduce un gran conocimiento de la muerte animal en favor de un ligero conocimiento de ella. De manera similar, quienes gustan de romantizar a la gente del campo, frecuentemente se sienten incómodos con las poco suaves maneras que esa gente tiene cuando trata con sus animales. El patrón de urbanización que nos alejó de la experiencia diaria de ver cómo se produce nuestra comida, bien puede ser una fuente importante de la compasión con el sufrimiento animal que se desarrolló de manera tan fuerte a partir de la Ilustración. ¿Por qué es "natural" conocer tan poco acerca de la "naturaleza"?

También estos días se oye mucho acerca de las justificaciones ambientalistas a favor del vegetarianismo, aunque la repulsión causada por las granjas tecnificadas pueden apuntar no hacia el vegetarianismo sino hacia comer carne sosteniblemente producida, y probablemente más sabrosa. El vegetarianismo impulsado por razones ambientalistas tiene una prominencia reciente, pero tiene una complicada historia que se remonta por lo menos hasta finales del siglo XVIII. El teólogo inglés William Paley creía que el arte de gobernar debería dirigirse a maximizar la población de una nación, y reconocía que un acre de tierra potencialmente arable dedicada a "los granos, raíces y leche" podía alimentar al doble de gente que la misma tierra si estuviera dedicada a la pastura de animales criados para ser sacrificados por su carne. Adam Smith recomendaba cultivar papas en lugar de pastos casi por las mismas razones. La política economía del utilitarismo estaba cercanamente relacionada con el patriotismo y continuó estándolo, entre alguna gente, hasta el siglo XX: durante la severa escasez de alimentos producida a inicios del Tercer Reich, Goering criticaba duramente a los granjeros que alimentaban a sus animales con granos, alimento que podría habérseles dado a los alemanes. Actualmente, el argumento ambientalista no está relacionado con maximizar el número de gente que el medio ambiente puede sustentar sino con sustentar el ambiente. ¿Producir una tonelada de lentejas supone quemar menos o más combustibles fósiles que producir una libra de carne para hamburguesas? ¿Cuántas millas cuadradas de bosques son taladas para hacer pastar ganado? ¿Cuánta biodiversidad se pierde tanto en criar ganado como en cultivar el maíz y la soya para engordarlo? Un reciente informe de la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) de la ONU admite que al menos 18 por ciento del calentamiento global proviene del ganado, más de lo que se causa por todos los sistemas de transporte del mundo. Se ha estimado que 40 por ciento de la producción global de granos se usa para alimentar animales en lugar de gente, y que la mitad de estos granos serían suficientes para eliminar el hambre mundial si -- y no se trata de un pequeño "si" -- las voluntades políticas pudieran hallar formas de asegurar una distribución equitativa.

No obstante, el debate energía-costo es formidablemente complicado y no puede por sí mismo ayudar a rehusar todas las formas de carne en favor de todas las formas de materia vegetal: disparar y comerse al venado que estaba comiendo los tulipanes de tu jardín puede resultar siendo en términos ambientalistas más virtuoso que comer tofu manufacturado con soya china; y caminar al supermercado local para buscar un simpático corte de falda de buey criado con pasto en Nueva Zelanda puede ser más amable para el planeta que subirse a tu Toyota Prius de motor híbrido para manejar siete kilómetros para conseguir unas arvejas orgánicas producidas en Zambia (Stuart toma en serio estas convicciones ecológicas: en las entrevistas se identifica como un "freegan" [como alternativa a "vegan", vegetariano estricto] que se sumerge en botaderos de basura para rescatar comida desechada, preocupado de que solamente "la comida tirada a la basura en Inglaterra es suficiente para alimentar a millones de personas").

Stuart es de la opinión de que por largo tiempo los vegetarianos han tenido los mejores argumentos intelectuales. Si eso es cierto, solamente demuestra cuán poco importan los argumentos intelectuales para las decisiones dietéticas de las poblaciones humanas. El número de vegetarianos en los países desarrollados evidentemente está creciendo, pero el consumo mundial per cápita de carne se eleva sin cesar: en 1981, era de 62 libras por año; en 2002, la cifra era de 87.5. En Estados Unidos, país de carnívoros, el consumo per cápita aumentó de 238.1 a 275.1 libras, y esta práctica se está extendiendo en la tradicionalmente herbívora Asia. El consumo de los indios se ha elevado de 8.4 a 11.5 libras desde 1981; en China se ha elevado de 33.1 a la asombrosa cantidad de 115.5 libras anuales. Este resultado no tiene nada que ver con asuntos de principio y sí que ver, y mucho, con la prosperidad.. La "revolución sin sangre" de Stuart ha sido menos una conversión que una conversación.

La historia del pensamiento vegetariano (y antivegetariano) ni se va sumando ni se dirige a ninguna parte, excepto en el sentido de que se dirige a todo sitio que la gente dispuesta a la reflexión ha explorado al preguntarse qué significa ser humano y ser bueno. Es una historia de la moralidad humana, pero no es menos una historia del ingenio humano aplicado a la argumentación moral. Cuando el Benjamín Franklin de dieciséis años de edad se convirtió al vegetarianismo, pareció haber estado asombrado tanto por los beneficios para su salud como por la sensibilidad humana ante el sufrimiento animal. Pronto, sin embargo, Ben Franklin se bajó del tren. En el primer viaje por mar que hizo desde Boston, su nave quedó detenida frente a Block Island:

 

Nuestra gente salió a pescar bacalaos y los trajo en gran cantidad. Hasta entonces había seguido firmemente mi resolución de no comer alimento animal, y en esta ocasión, consideré que pescar esos peces era un tipo de muerte no provocada, desde que ninguno de ellos nos había hecho daño ni jamás podría habérnoslo hecho, de modo que se pudiera justificar la matanza. Todo esto me parecía razonable; pero antes yo había sido un formidable aficionado al pescado, y cuando éste salió caliente de la sartén, olía admirablemente bien. Por un tiempo estuve indeciso entre el Principio y la Inclinación: hasta que recordé que cuando el pescado fue abierto, vi otros peces más pequeños en su estómago. Entonces pensé, si ustedes se comen entre sí, no veo por qué yo no debiera comerlos a ustedes. Así que me dirigí al bacalao muy contento y continué comiendo con la otra gente, regresando solo ocasionalmente a una dieta vegetariana. Es muy conveniente ser una Criatura razonable, puesto que le permite a uno encontrar o crear una razón para todo sobre lo que uno debe tomar una decisión.