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Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios |
por Alberto Loza Nehmad |
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Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos.
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El infierno de los niños soldados:
recuerdos de un superviviente |
| por Ishmael Beah |
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Publicado originalmente como “The making, and Unmaking, of a Child Soldier”, The New york Times, 14 de enero, 2007. Traducido por Alberto Loza Nehmad
http://www.nytimes.com/2007/01/14/magazine/14soldier.t.html?ref=magazine |
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A veces siento que vivir en Nueva York, tener una buena familia y buenos amigos, y el tan solo hecho de estar vivo es un sueño, que quizá esta segunda vida mía no me está sucediendo en la realidad. Siempre que hablo en las Naciones Unidas, Unicef u otros sitios, con el fin de despertar la conciencia acerca del continuo y abierto reclutamiento de niños para la guerra en todo el mundo, me vengo a dar cuenta de que aún no comprendo completamente cómo pudo haber sido posible que superviviera a la guerra civil de mi propio país, Sierra Leona. |
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La mayoría de mis amigos, después de conocer a la mujer que considero como mi nueva madre, una estadounidense blanca, judía, nacida en Brooklyn, creen que yo fui adoptado a una edad muy temprana o que mi madre se casó con un africano. Nunca imaginarían que yo tenía 17 años cuando vine a vivir con ella y que yo había sido un niño soldado y participado en una de las guerras más brutales de la historia reciente.
A inicios de 1993, cuando tenía 12 años, fui separado de mi familia cuando la guerra civil de Sierra Leona, que había comenzado dos años atrás, llegó a mi vida. El ejército rebelde, conocido como el Frente Unido Revolucionario (FUR), atacó mi pueblo en la parte sur del país. Yo huí por senderos y caminos regados de cadáveres, algunos mutilados de maneras tan horribles que el mirarlos dejó cicatrices permanentes en mis recuerdos. Corrí por días, semanas y meses, y no podía creer que el mundo simple y precioso que había conocido, donde las noches se celebraban contando historias y danzando, y donde las mañanas nos saludaban con el cantar de las aves y los gallos, era ahora un lugar donde solo hablaban las armas y donde a veces parecía que incluso el sol no se decidía a brillar. Después de enterarme de que mis padres y mis dos hermanos habían sido muertos, me sentí aún más perdido y despreciable en un mundo inundado por el temor y la sospecha, donde el vecino se volvía contra el vecino y el niño contra su padre. Supervivir cada minuto que pasaba era algo que parecía un milagro.
Después de casi un año de estar huyendo, yo y algunos amigos que conocí en el camino, llegamos a una base del ejército en la región sureste. Pensamos que por fin estábamos a salvo; no sabíamos lo que nos esperaba.
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| Ishmael Beah nació en 1980, en Sierra Leona. Conoció la niñez solo hasta los doce años, cuando perdió a su familia entera en la guerra civil que asolaba su país. Un año después, fue enrolado en el ejército y obligado a vivir matando, sujeto a un estricto régimen de drogas para mantenerlo fiero y obediente. Beah cuenta que a los 15 años, rescatado de la guerra, viviendo en un centro de rehabilitación, “Siempre que abría la llave del agua, todo lo que veía era sangre fluyendo. Me quedaba mirándola hasta ver que era agua, antes de beberla o tomar una ducha”. Actualmente se estima que 300,000 niños y niñas en todo el mundo, algunos de 10 años de edad, viven esa experiencia: niños soldados. Muchos en el Perú lo fueron. Ahora, Ishmael Beah, escritor, un inusual caso de supervivencia, dedica sus esfuerzos a dar a conocer la tragedia por la que pasan esas víctimas de uno de los peores casos de abuso infantil. |
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1994: la primera batalla
En toda mi vida nunca he estado tan asustado de ir a un sitio como lo estuve ese día. A medida que caminábamos hacia los brazos del bosque, mis ojos se empezaron a llenar de lágrimas, pero luchaba para esconderlas y me aferraba a mi arma buscando consuelo. Exhalábamos silenciosamente, temerosos de que nuestro propio aliento pudiera causarnos la muerte. El teniente dirigía la línea en la que yo me encontraba. Levantó su puño en el aire y nos detuvimos. Entonces, él lentamente bajó el puño y nos sentamos sobre uno de nuestros talones, examinando la selva con los ojos. Comenzamos a movernos rápidamente entre los arbustos hasta que llegamos al borde de un pantano donde formamos una emboscada, apuntando nuestras armas hacia la ciénaga. Estábamos echados de barriga y esperamos. Yo estaba recostado al costado de mi amigo Josiah. Con sus once años él era incluso más joven que yo. Musa, un amigo de mi edad, de trece años, también estaba cerca. Miré alrededor para ver si podía ver sus ojos, pero ellos estaban concentrados en el objetivo invisible en el pantano. La parte superior de los ojos me empezó a doler y el dolor lentamente subió hasta mi cabeza. Mis orejas estaban calientes y las lágrimas empezaron a caer por mis mejillas, pese a que no estaba llorando. Las venas de mis brazos sobresalían y las podía sentir pulsando como si hubieran empezado a respirar por su propia cuenta. Esperamos en medio del silencio, como los cazadores. El silencio me atormentaba.
Los bajos árboles del pantano empezaron a agitarse a medida que los rebeldes se abrían paso en medio de ellos. Aún no los podíamos ver pero el teniente había hecho pasar la voz con un susurro que fue pasando como por una fila de dominós que caen: “Fuego cuando lo ordene”. Mientras observábamos, un grupo de hombres en ropas de civil emergieron por debajo de unos pequeños arbustos. Hicieron un movimiento con las manos y aparecieron más soldados. Algunos eran niños, tan jóvenes como nosotros. Se sentaron juntos en línea, moviendo las manos, discutiendo una estrategia. Mi teniente ordenó que se disparara una granada RPG (impulsada con lanzacohete), pero el comandante de los rebeldes escuchó esto y en suspiro salió del bosque. “¡Retirada!” gritó a sus hombres, y la explosión de la granada alcanzó solo a unos pocos rebeldes cuyos cuerpos destrozados volaron por el aire. La explosión fue seguida de un intercambio de disparos desde ambos lados.
Yo estaba sobre el suelo con el arma apuntada hacia el frente, incapaz de disparar. Mi dedo índice estaba paralizado. Sentí como si la selva se hubiera puesto de cabeza y que me iba a caer desde arriba, así que me así de la base de un árbol con una mano. No podía pensar pero podía oír lejanamente el sonido de las armas y los gritos de la gente que moría en medio de gritos de dolor. Un salpicón de sangre me cayó en el rostro. En medio de mi embobamiento había abierto un poco la boca de modo que probé algo de esa sangre. Cuando la escupía y me limpiaba la sangre de la cara, vi al soldado de donde ésta había salido. La sangre le manaba de los agujeros de bala como cuando el agua fluye por afluentes recientemente abiertos. Sus ojos estaban completamente abiertos; aún sostenía su arma. Mis ojos estaban fijos en él cuando oí a Josiah llamando a gritos a su madre con la voz más dolorosamente penetrante que jamás había oído antes. Ésta vibraba en mi cabeza hasta el punto de que sentí que mi cerebro se había soltado de sus anclajes.
Busqué a Josiah. Una RPG había levantado su pequeño cuerpo del suelo y él había caído sobre el tronco de un árbol. Agitaba las piernas mientras su llanto gradualmente se extinguía. Había sangre por todo el lugar. Parecía que las balas cayeran desde los árboles desde todos los ángulos. Me arrastré hacia donde Josiah y miré sus ojos. Había lágrimas en ellos y sus labios temblaban, pero no podía hablar. Mientras lo miraba, el agua de sus ojos fue reemplazada por sangre que rápidamente convirtió sus ojos marrones en rojos. Puso su mano sobre mi hombro como si quisiera levantarse. En medio de ese movimiento, sin embargo, se quedó quieto. Los disparos desaparecieron de mi atención y era como si mi corazón se hubiese detenido y el mundo entero se hubiera inmovilizado. Le cerré los ojos con mis dedos y lo levanté del tronco del árbol. Su espina dorsal estaba destrozada. Lo recosté sobre el suelo y tomé mi arma. No me di cuenta que me había puesto de pie para levantar a Josiah del tronco. Sentí que alguien a mis pies me jalaba con violencia. Era el cabo; me decía algo que yo no podía entender. Su boca se movía y él lucía aterrado. Me jaló hacia abajo y cuando toqué el suelo sentí que nuevamente el cerebro se sacudía dentro de mi cráneo y desapareció mi sordera.
“¡Abajo!” gritaba él. “Dispara”, dijo, mientras se alejaba arrastrándose para volver a su puesto. Cuando lo miraba alejarse, mis ojos cayeron sobre Musa, cuya cabeza estaba cubierta de sangre. Sus manos me parecieron demasiado relajadas. Volví los ojos hacia el pantano, donde había hombres corriendo, tratando de cruzarlo. Mi rostro, mis manos, mi camisa y mi arma estaban cubiertos de sangre. Levanté el arma, jalé el disparador y maté a un hombre. Repentinamente, toda la muerte que había observado desde que fui tocado por la guerra se me apareció en la cabeza. Cada vez que dejaba de disparar para cambiar de cacerinas y ver a mis dos amigos sin vida, apuntaba furioso mi arma hacia el pantano y mataba a más gente. Disparaba contra todo lo que se movía hasta que se nos ordenó retirarnos porque necesitábamos otro plan.
Les quitamos las armas y la munición a los cuerpos de mis amigos y dejamos sus cadáveres en la selva, que había ganado vida propia, como si hubiera atrapado las almas que habían escapado de los muertos. Las ramas de los árboles parecían tomarse de las manos e inclinar la cabeza en oración. En el pantano, los cangrejos ya habían empezado un festín con los ojos de los muertos. Extremidades y restos de cráneos estaban esparcidos en la ciénaga, y el agua del pantano tenía charcos de sangre. Yo no tenía miedo de los cuerpos sin vida. Los despreciaba y les daba vuelta con la punta del pie para tomar sus armas. Encontré un fusil G3 y algo de munición. Noté que la mayoría de los combatientes muertos y los chicos muertos llevaban muchas joyas en el cuello y muñecas.
Llegamos a la aldea, nuestra base, cuando caía la noche y nos sentamos con la espalda contra las paredes de las casas. Reinaba el silencio y quizá temerosos de ese silencio empezamos a limpiar la sangre de nuestras armas, a aceitar sus cámaras y a hacer disparos al aire para probar su efectividad. Me dirigí a cenar pero fui incapaz de comer. Solamente bebí algo de agua y no sentía nada. Me recosté de espaldas en la tienda con mi MK-47 sobre el pecho; el G3 que había tomado del rebelde muerto estaba apoyado sobre una de las estacas de la carpa. No había nada en mi cabeza. Mi cabeza misma era un vacío y me quedé mirando la lona de la tienda hasta que milagrosamente fui capaz de dormir algo. Soñé que estaba levantando a Josiah del tronco del árbol y que alguien con un arma estaba de pie frente a mí. Puso su fusil contra mi frente e inmediatamente desperté de mi sueño y comencé a disparar dentro de la tienda, hasta que se acabaron las 30 balas de la cacerina. El cabo y el teniente vinieron al momento y me sacaron de la tienda. Estaba sudando y me rociaron agua en la cara y me dieron unas cuantas cápsulas blancas. Eran las mismas cápsulas que nos habían dado antes de entrar en batalla y hasta él día de hoy no sé qué contenían. Permanecí despierto toda la noche y no pude dormir durante algunos días. Esa semana salimos otras dos veces y no en esas ocasiones no tuve ningún problema para disparar mi arma. |
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Incursiones rebeldes
Después de esa primera semana de expediciones para matar gente que considerábamos como nuestros enemigos o como simpatizantes de los rebeldes, nuestra iniciación había terminado. Luego permanecimos tranquilos en la base; los chicos hacíamos turnos de guardia alrededor de la aldea. Fumábamos marihuana y aspirábamos brown brown, una mezcla de cocaína con pólvora que siempre estaba dispuesta sobre una mesa cerca de la cabaña de la munición y, por supuesto, tomé más de esas cápsulas blancas a las que ya me había hecho adicto. La primera vez que tomé todas esas drogas al mismo tiempo, comencé a sudar tanto que me quité toda la ropa. Mi cuerpo temblaba, la visión se me hizo borrosa y perdí el oído por varios minutos. Caminé alrededor de la aldea sin descansar. Sin embargo, después de varias dosis de esas drogas todo lo que sentía era una sensación de insensibilidad ante todo y al mismo tiempo tanta energía que no podía dormir por semanas. Por las noches veíamos películas de guerra: Rambo: Primera sangre; Rambo: Primera sangre, parte II; Comando y otras más, con la ayuda de un generador o una batería de auto. Todos queríamos ser como Rambo; nos moríamos de ganas de poner en práctica sus técnicas.
Cuando se nos acababan los suministros, incursionábamos en los campos rebeldes, en pueblos, aldeas y bosques. “Tenemos buenas noticias de nuestros informantes” anunciaba el teniente. “Estaremos saliendo en cinco minutos para matar algunos rebeldes y tomar sus suministros, que en realidad nos pertenecen”. A menudo nos daba discursos sobre cómo estábamos defendiendo a nuestro país y qué honrosas eran nuestras acciones. En esas situaciones yo estaba de pie sosteniendo mi arma y sintiéndome especial porque era parte de algo que me tomaba en serio y ya no me encontraba escapando de nadie. El rostro del teniente demostraba confianza; sus sonrías desaparecían antes de terminar de dibujarse. Nos atábamos en la cabeza unas bandanas verdes que nos distinguían de los rebeldes y encabezábamos las patrullas. No había mapas ni preguntas. Simplemente se nos decía que siguiéramos el camino hasta recibir instrucciones sobre qué hacer. Caminábamos durante largas horas y nos deteníamos solo para comer sardinas y carne hervida con gari, para inhalar brown brown y tomar más cápsulas blancas. La combinación de esas drogas nos ponía feroces. La idea de la muerte no cruzaba por mi mente y matar se me había hecho tan fácil como beber agua. Después de la primera muerte, mi mente había dejado de registrar el remordimiento, o por lo menos así me parecía.
Antes de ir a un campamento rebelde, nos desviábamos del sendero y entrábamos al bosque. Una vez divisado el campamento, lo rodeábamos y esperábamos las órdenes del teniente. Los rebeldes estaban ahí haciendo de todo; algunos estaban sentados apoyados en las paredes, tomando siestas y otros, niños como nosotros, estaban de guardia pasándose algún cigarrillo de marihuana. Siempre que veía a los rebeldes durante las incursiones, mi cuerpo entero se sacudía de furia; ellos eran quienes habían disparado a mis amigos y a mi familia. De ese modo, cuando el teniente daba las órdenes, disparaba a tantos como podía, pero no me sentía mejor. Después de cada tiroteo, ingresábamos al campamento enemigo matando a quienes habíamos herido. Entonces buscábamos las casas y reuníamos galones de gasolina, enormes cantidades de marihuana y cocaína, paquetes de ropas, relojes, arroz, sal, gari y muchas otras cosas. Congregábamos a todos los civiles -- hombres, mujeres, niños y niñas -- que se escondían en las cabañas y los hacíamos llevar nuestro botín de vuelta a la base. Si querían huir, les disparábamos.
En una de esas incursiones, capturamos a unos cuantos rebeldes después de un largo combate a tiros y luego de varias bajas civiles. Desvestimos a los prisioneros y les atamos los brazos por la espalda hasta que el pecho se les estiraba como un tambor. “¿De dónde consiguieron estas municiones?”, el cabo preguntó a uno de los prisioneros, un hombre con una barba larga y apretada, como con dread locks. El hombre escupió en la cara del cabo y éste inmediatamente le disparó en la cabeza desde una muy corta distancia. El hombre cayó al suelo y lentamente empezó a salir sangre de su cabeza. Lanzamos gritos de admiración por la acción del cabo y lo saludamos mientras pasaba frente a nosotros. Repentinamente, un rebelde que se escondía en los arbustos disparó a uno de nuestros muchachos. Nos dispersamos por la aldea buscando al francotirador. Cuando el joven y musculoso rebelde fue capturado, el teniente le cortó el cuello con su bayoneta. El rebelde corrió antes de caer al suelo y dejar de moverse. Nuevamente lanzamos gritos de aclamación, elevando nuestras armas, gritando y silbando.
Durante ese tiempo, se hacían muchas cosas sin ninguna razón ni explicación. A veces se nos pedía ir a la guerra en medio de una película. Horas después regresábamos después de matar a mucha gente y continuábamos viendo la película como si acabáramos de volver de un intermedio. Siempre estábamos en la primera línea o viendo una película o consumiendo drogas. No había tiempo para estar solo ni para pensar. Cuando conversábamos entre nosotros, hablábamos solo acerca de las películas y de cuán impresionados estábamos ya sea por el teniente, el cabo o uno de nosotros que hubiera matado a alguien. Era como si nada más existiese.
Las aldeas que capturamos y convertimos en nuestras bases a medida que avanzábamos por el bosque donde dormíamos, se convirtieron en mi hogar. Mi patrulla era mi familia, mi arma era quien me proveía y protegía, y mi regla era matar o ser muerto. El alcance de mis pensamientos no iba más allá. Habíamos estado peleando por más de dos años y matar se había vuelto una actividad diaria. No sentía pena por nadie. Mi niñez había terminado sin darme cuenta y parecía que mi corazón se hubiese congelado. Sabía si era de día o de noche según la presencia de la luna o el sol, pero no tenía idea de si era domingo o viernes. |
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Sacado del frente
Para mí, mi vida era normal, pero todo empezó a cambiar en enero de 1996. Yo tenía quince años.
Una mañana de ese enero, vino un camión a la aldea donde estábamos estacionados. Cuatro hombres vestidos con bluyines claros y camisetas blancas que decían “Unicef” en grandes letras azules, saltaron del camión. Se los dirigió a la casa del teniente. Parecía que éste los hubiera estado esperando. Mientras ellos se sentaban conversando sobre el porche, los observé desde debajo de un árbol de mango, donde estábamos sentados limpiando nuestras armas. Pronto a todos los niños se nos dijo que nos pusiéramos de pie y en línea para recibir al teniente, quien seleccionó a unos pocos de nosotros y pidió a los soldados adultos que nos quitaran nuestras armas y munición. Un puñado de muchachos, incluidos mi amigo Alhali y yo, fuimos conducidos al camión. Miré hacia atrás hacia el porche, donde ahora se encontraba el teniente, de pie, mirando en otra dirección, hacia el bosque, con las manos cruzadas a la espalda. Yo aún no sabía exactamente qué estaba sucediendo, pero empezaba a ponerme furioso y ansioso. ¿Por qué el teniente decidió entregarnos a estos civiles? Pensábamos que íbamos a ser parte de la guerra hasta el final.
Estuvimos viajando por la carretera durante varias horas. Me había acostumbrado a estar siempre en movimiento y por largo tiempo no me había sentado sin hacer nada Era de noche cuando el camión se detuvo ante un edificio, donde había otros muchachos cuya apariencia era similar a la nuestra. Alhaji y yo miramos a ese grupo y les preguntamos quiénes eran. Uno de los chicos, sentado sobre unas gradas, dijo amargamente: “Luchamos por el RUF; el ejército es nuestro enemigo. Luchamos por la libertad; el ejército mató a mi familia y destruyó mi pueblo. Voy a matar a cualquiera de esos bastardos donde lo vea”. El muchacho se quitó la camisa para pelear, y sobre su brazo estaba la marca del RUF. Mambu, uno de los chicos de nuestro bando, gritó “¡Son rebeldes!” y extendió la mano para sacar su bayoneta, que había escondido en sus shorts del ejército; la mayoría de nosotros había escondido un cuchillo o una granada antes de que nos quitaran las armas. Antes de que Mambu pudiera coger su arma, el chico del RUF le dio un puñetazo en la cara. Mambu cayó y cuando se levantó, la nariz le sangraba. Los muchachos rebeldes sacaron las pocas bayonetas que tenían entre sus ropas y corrieron hacia nosotros. De nuevo estuvimos en medio de la guerra. Quizá los ingenuos hombres que nos habían llevado al centro de rehabilitación pensaron que al retirarnos de la guerra disminuiría nuestro odio por el RUF. No se les había ocurrido que un cambio de medio no nos convertiría inmediatamente en muchachos normales; éramos peligrosos y nos habían lavado el cerebro para matar.
Uno de los chicos me tomó del cuello por detrás. Él apretaba para matarme y yo no podía usar mi bayoneta con efectividad, así que le di de codazos con toda la fuerza que tenía hasta que me soltó. Se tomaba el estómago cuando me di vuelta y lo acuchillé en un pie. La bayoneta se atracó y tuve que jalarla con fuerza. Él cayó y comencé a darle puntapiés en la cara. En el momento en que iba a darle el golpe final con mi bayoneta, alguien vino por detrás y me cortó la mano con su cuchillo. Era un muchacho rebelde y estaba por derribarme de una patada cuando cayó de bruces. Alhaji lo había apuñalado en la espalda, luego sacó su cuchillo y empezamos a dar de puntapiés al muchacho hasta que dejó de moverse. No estaba seguro de si estaba inconsciente o muerto. No me importaba. Nadie gritó ni se quejó durante la pelea. Después de todo, habíamos estado haciendo esas cosas por años y todos estábamos drogados.
Continuamos apuñalándonos y cortándonos hasta que un puñado de policías militares vinieron corriendo desde la entrada. Ellos dispararon unas cuantas balas al aire para que nos detuviéramos, pero continuábamos peleando, de modo que tuvieron que separarnos a la fuerza. Lo hicieron a fuerza de patadas y de golpes con sus armas. Seis chicos estaban muertos: dos de nuestro bando y cuatro del lado rebelde.
Mientras los policías militares hacían guardia para asegurarse de que no comenzáramos otra pelea, nosotros, los chicos del ejército, fuimos a la cocina a buscar comida. Comimos y conversamos acerca de la pelea. Mambu me dijo que él le había arrancado un ojo a uno de los del RUF, y que el chico corrió para darle un puñetazo, pero que no podía ver así que corrió contra una pared, golpeándose la cabeza y cayendo desmayado. Nos reímos y levantamos a Mambu por los aires. Necesitábamos de la violencia para alegrarnos después de haber viajado aburridos todo un día, llenos de pensamientos acerca de lo que nuestros superiores nos habían hecho.
Esa noche nos llevaron a un centro de rehabilitación llamado Benin Home. Benin Home era administrado por una ONG llamada Niños Asociados con la Guerra y se encontraba en el barrio Kissy, en las afueras orientales de Freetown, la capital. Esta vez, los policías militares se aseguraron de revisarnos cuidadosamente antes de ingresar. La sangre de nuestras víctimas y enemigos estaba fresca en nuestros brazos y ropas. Las palabras de mi teniente aún resonaban en mi cabeza: “De hoy en adelante, matamos a todo rebelde que veamos. No hay prisioneros”. Sonreí un poco, feliz de que nos hubiéramos desecho de los chicos rebeldes, pero también me volví a preguntar: ¿Por qué nos han traído aquí? caminaba por el porche, ida y vuelta, inquieto en mi nuevo medio. Me comenzó a doler la cabeza. |
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Aprendiendo a ser un niño
Me enfurecía que unos civiles me dijeran lo que tenía que hacer. Sus voces, incluso cuando nos llamaban al desayuno, me llenaban tanto de ira que le daba puñetazos a la pared, mi armario o a lo que estuviera cerca. Hacía pocos días nosotros habríamos decidido si deberían vivir o no.
Rehusamos hacer todo lo que se nos pedía, excepto comer. Al final de cada comida, el personal y las enfermeras venían a hablarnos acerca de asistir a las revisiones médicas programadas y a la consejería personal en el minihospital, que odiábamos y que era parte de Benin Home. Apenas el personal que vivía en el centro, en su mayoría masculino, comenzaba a decirnos qué hacer, les arrojábamos platos, cucharas, comida y bancas. Los perseguíamos hasta fuera del comedor y los golpeábamos. Una tarde, después de haber perseguido a varios miembros del personal, pusimos un balde en la cabeza del cocinero y lo empujamos por toda la cocina hasta que se quemó la mano sobre una olla hirviendo y aceptó poner más leche en nuestro té. En esa misma semana, el efecto de las drogas empezó a pasar. Tenía tantas ganas de consumir cocaína y marihuana que enrollaba una simple hoja de papel para inhalar el humo. A veces, buscaba los bolsillos de mis shorts del ejército, que aún usaba, para encontrar restos de marihuana y cocaína. Rompimos la puerta del minihospital y robamos algunos analgésicos, tabletas blancas así como cápsulas de colores rojo y azul. Vaciamos las cápsulas, molimos las tabletas y lo mezclamos todo junto. La mezcla, sin embargo, no nos causaba el efecto deseado. Día tras día nos enojábamos más y, como resultado, recurrimos a más violencia. Comenzamos a pelear entre nosotros cada día y noche. Peleábamos durante horas sin ningún motivo. Al comienzo el personal intervenía, pero después de un tiempo nos dejaron. En realidad ellos no podían detenernos y quizá creían que las peleas nos agotarían pronto. Durante esas peleas destruimos casi todo el mobiliario y arrojamos los colchones al patio. Nos limpiábamos la sangre de los labios, brazos y piernas solo cuando tocaban la campana para las comidas.
Ya había pasado más de un mes y algunos de nosotros casi habíamos dejado de sufrir los síntomas de la abstinencia, pese a que aún había casos de muchachos que vomitaban y colapsaban en momentos inesperados. Estos ataques terminaron, para la mayoría de nosotros, hacia finales del segundo mes. Eso, sin embargo, nos daba tiempo para pensar; el apretado manto de nuestros recuerdos de guerra lentamente empezó a abrirse. Recurrimos a más violencia para evitar pensar en los momentos recientes de nuestras vidas.
Siempre que abría la llave del agua, todo lo que veía era sangre fluyendo. Me quedaba mirándola hasta ver que era agua, antes de beberla o tomar una ducha. A veces los chicos salían corriendo de la sala gritando “Vienen los rebeldes”. Otras veces, los más niños se sentaban a llorar diciéndonos que las rocas del patio eran sus familiares muertos.
Pasaron varios meses antes de que empezara a volver a aprender a dormir sin la ayuda de medicamentos. Sin embargo, incluso cuando finalmente fui capaz de caer dormido, me despertaba menos de una hora después. Soñaba que un hombre armado sin rostro me había atado y comenzaba a cortar mi garganta con el filo en zigzag de su bayoneta. Sentía el dolor que me inflingía el filo a medida que el hombre aserraba mi cuello. Me despertaba sudando y lanzando golpes al aire. Corría hacia el medio de la cancha de fútbol, me sentaba en una piedra y empezaba a balancearme con los brazos abrazando mis rodillas. Trataba desesperadamente de pensar en mi niñez, pero no podía. Los recuerdos de los combates parecían formar una barrera que tenía que romper para poder pensar en cualquier momento anterior a la guerra. En esas mañanas, sentía que alguien del personal me envolvía con una frazada, diciéndome “No es tu culpa. Lo sabes. Realmente no lo es. Ya se te pasará”. Entonces esa persona me levantaba y me ayudaba a caminar de vuelta a la sala. |
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Pasado y presente
Un día, después de que hubiera estado en Benin Home por más de tres meses, fui enviado al minihospital para una revisión. La enfermera de turno se llamaba Esther. La había conocido antes, cuando fui enviado al minihospital después de cortarme la mano tras golpear una ventana. Esther usaba un uniforme y un gorro blancos. Sus blancos dientes contrastaban con su piel oscura y brillante y, cuando sonreía, su rostro se iluminaba. Era alta y tenía grandes ojos marrones, amables e invitadores. Debía tener cerca de treinta años, lo que yo pensaba era demasiado.
Ese día, antes de que Esther me examinara, me dio un regalo, un Walkman y una cinta del grupo de hip hop Run-DMC. Antes de la guerra solía escuchar mucha música rap y me encantaba por su uso poético de las palabras. Me puse los audífonos y no me importó que me examinaran porque la canción me había capturado por entero y estaba escuchando con cuidado cada palabra. Sin embargo, cuando ella examinaba mis piernas y vio las feas cicatrices sobre mi canilla izquierda, me quitó los audífonos y preguntó, “¿Cómo te hiciste esas heridas?”.
“Heridas de bala”, respondí con descuido.
Su rostro se apenó y su voz temblaba cuando habló: “Tienes que decirme qué sucedió para que pueda prescribir un tratamiento”. Al comienzo yo no quería, pero ella me dijo que sería capaz de darme un tratamiento efectivo solo si le decía lo que me había sucedido, especialmente si le decía cómo me curaron las heridas de bala. Así, le dije toda la historia no solo porque realmente lo quisiera sino porque pensé que si le decía algo de la verdad de mis años en la guerra, ella se asustaría y dejaría de preguntarme cosas. Me escuchaba con atención cuando empecé a hablar:
Durante la segunda estación de sequía durante mis años de guerra, estábamos bajos de comida y municiones. De modo que, como siempre, decidimos atacar otra aldea que estaba a tres días caminando. Avanzada esa tarde dejamos nuestra base, deteniéndonos solo una vez al día para comer, beber y tomar drogas. Cada uno de nosotros tenía dos armas; una sujeta a la espalda y la otra en nuestras manos. Hacia el anochecer del tercer día, tuvimos la aldea a la vista.
Rodeada la aldea, esperábamos la orden del teniente. Mientras esperábamos, emboscados, comencé a darme cuenta de que el lugar estaba vacío. Empezamos a sospechar que algo andaba mal cuando nos dispararon desde atrás. Ahora estaba claro: nos habían emboscado. Terminamos en una pelea que duró más de 24 horas. Perdimos varios hombres y niños. Cuando finalmente parecía que habíamos capturado la aldea, comenzamos a buscar lo que pudiéramos encontrar. Estaba llenando mi mochila con las balas que había encontrado en una cabaña cuando nuevamente empezaron a llover las balas sobre el pueblo. Recibí tres tiros en la espinilla izquierda. Las primeras dos balas entraron y salieron, y la última quedó ahí. No podía caminar, así que me tiré al suelo y disparé toda mi cacerina entre los arbustos de donde habían venido esas balas. Recuerdo que sentí un hormigueo en la columna, pero estaba demasiado drogado para realmente sentir el dolor, pese a que mi pierna se había empezado a hinchar. El sargento médico de mi patrulla me arrastró hacia una de las casas e intentó retirar la bala. Cada vez que quitaba sus manos de mi herida, veía mi sangre sobre sus dedos. Mis ojos se empezaron a poner pesados y me desmayé.
No sé qué sucedió, pero cuando desperté al siguiente día, sentí como si me hubieran martillado clavos en los huesos de la pierna y como si mis venas estuvieran siendo laceradas. Sentía tanto dolor que era incapaz de gritar; solamente me caían lágrimas de los ojos. El cielorraso de la casa era de paja y desde la cama se veía borroso. Mis ojos trataban de familiarizarse con mis alrededores. Ya había cesado el combate y la aldea estaba en silencio, de modo que supuse que los atacantes habían sido exitosamente repelidos. Sentí un breve alivio por ello, pero me volvió el dolor de la pierna. Apreté los labios, cerré mis pesados párpados y me aferré a los bordes de la cama de madera. Oí los pasos de gente que entraba a la casa. Se detuvieron al costado de mi cama y tan pronto empezaron a hablar, reconocí sus voces.
“El muchacho está sufriendo y no tenemos medicinas para disminuir su dolor. Todo está en nuestra anterior base”. El sargento médico suspiró y continuó. “Tomará seis días enviar a alguien para vaya por la medicina y regrese. Para entonces ya habrá muerto por el dolor”.
“Tenemos que enviarlo a la antigua base, entonces”, escuché decir a mi teniente. “De todos modos, necesitamos esas provisiones de la base. Haz todo lo que puedas para que el chico siga vivo”, dijo y salió de la casa. “Si, teniente”, dijo el médico. Lentamente abrí los ojos y entonces sí pude ver claramente. Miré la cara sudorosa del médico y traté de sonreír un poco. Después de escuchar lo que había dicho, juré que combatiría duro y haría cualquier cosa por mi patrulla después de que sanara mi herida”.
“Conseguiremos alguna ayuda”, dijo gentilmente el sargento, sentado a mi cama y examinando mi pierna. “Solamente tiene que ser fuerte, joven”.
“Sí, sargento”, dije e intenté levantar la mano para saludarlo, pero él tiernamente me bajó la mano.
Dos soldados vinieron a la casa, me sacaron de la cama, me pusieron en una camilla y me llevaron fuera. Las copas de los árboles de la aldea comenzaron a girar cuando ellos me sacaban. Sentí que el viaje duró un mes. Me desmayé varias veces, y cada vez que abría los ojos, parecía como que las voces de quienes me cargaban se perdían a la distancia.
Finalmente llegamos a la base y el sargento médico, quien había venido con nosotros, se puso a trabajar en mi pierna. Me inyectaron algo. Me dieron cocaína, que yo exigía frenéticamente. El médico empezó a operarme antes de que los analgésicos hicieran su efecto. Los otros soldados sostenían mis manos y me dieron un trozo de tela para morder. El doctor introdujo en mi herida una torcida herramienta con aspecto de tijeras y empezó a sondear buscando la bala. Yo podía sentir el filo del metal dentro del mí. Mi cuerpo entero se estremecía de dolor.
Justo cuando pensé que ya había sido demasiado, abruptamente el doctor sacó la bala. Un agudo dolor recorrió mi espina dorsal, desde la cintura hasta la base del cuello. Me desmayé.
Cuando recuperé la conciencia, ya era la mañana del día siguiente y las drogas estaban en acción. Estiré las manos hacia la pierna y sentí el vendaje antes de ponerme de pie y salir cojeando, donde algunos soldados y el sargento permanecían sentados. “¿Dónde está mi arma?”, les pregunté. El sargento me dio mi G3 y comencé a limpiarlo. Disparé un par de tiros sentado, con la espalda contra la pared, ignorando la venda y a todos los demás. Fumé marihuana, comí y aspiré cocaína y brown brown. Eso es todo lo que hice por unos pocos días antes de regresar a la nueva base que habíamos capturado. Cuando salimos, echamos kerosene sobre los techos de paja de las casas, les prendimos fuego con algunos fósforos y disparamos un par de granadas en las paredes. Siempre destruíamos las bases que abandonábamos para que las patrullas rebeldes no pudieran usarlas. Dos soldados me llevaban en una camilla, pero esta vez yo tenía mi arma y miraba a izquierda y derecha mientras recorríamos el sendero del bosque.
En la nueva base estuve tranquilo tres semanas. Entonces, un día, escuchamos que un grupo rebelde estaba en camino a asaltar nuestra aldea. Ajusté el vendaje de mi pierna, tomé mi arma y seguí a mi patrulla para emboscarlos. Matamos a la mayoría de los atacantes y capturamos a unos cuantos de ellos, a quienes llevamos hacia nuestra base. “Estos son los hombres responsables por los agujeros de bala de tu pierna. Es tiempo de asegurarnos de que nunca vuelvan a dispararte a ti o a tus camaradas”. El teniente señaló a los prisioneros. Yo no estaba seguro de si alguno de los cautivos era quien me disparó, pero entonces me contentaba con cualquiera de ellos. Fueron puestos en fila seis, con las manos atadas. Les disparé en la espinilla y los vi sufrir por un día entero antes de finalmente dispararles en la cabeza para que dejaran de llorar. Antes de disparar a cada uno de ellos, lo miraba y veía cómo sus ojos renunciaban a toda esperanza y se quedaban quietos antes de que jalara del disparador. Sentía que esos ojos sombríos me irritaban.
Cuando terminé de contarle la historia a Esther, ella tenía lágrimas en los ojos, y no podía decidir si acariciar mi cabeza, un gesto tradicional que indica que las cosas van a estar bien, o abrazarme. Finalmente no hizo nada pero dijo: “Nada de lo que sucedió fue culpa tuya. Tú eras solamente un niño y cada vez que quieras decirme algo, estaré aquí para oírte”. Me miró buscándome los ojos para darme a entender que ella lo decía en serio. Me enojé y me arrepentí de haberle dicho a alguien, a un civil, acerca de mi experiencia. Yo odiaba ese “no es tu culpa” que todos los miembros del personal decían cada vez que alguien contaba algo sobre la guerra.
Me puse de pie y cuando comenzaba a salir del hospital, Esther dijo “Programaré una revisión completa para ti”. Hizo una pausa y continuó. “Déjame tener el Walkman. No te conviene que los otros te envidien y te lo roben. Estaré aquí todos los días y así podrás venir a escucharlo cuando quieras”. Le arrojé el Walkman y salí, tapándome los oídos con los dedos para no oírla decir “no es tu culpa”.
Después de esa ocasión, siempre que Esther me veía, me sonreía y me preguntaba qué estaba haciendo. Al inicio, detestaba esas intrusiones, pero lentamente terminé por apreciarlas, incluso a esperarlas deseoso. En el centro las cosas eran parecidas a ésta; la mayoría de los muchachos encontró a un miembro del personal en quien finalmente empezaron a confiar. Para mí, era Esther.
Durante los siguientes meses, empecé a visitarla ocasionalmente en el minihospital, que estaba justo cruzando la calle de tierra desde el dormitorio que compartía con otros 35 chicos. Durante ese tiempo, Esther hizo que le contara algunos de mis sueños. Ella solamente me escuchaba, sentada en silencio junto a mí. Si ella quería decir algo, preguntaba primero “¿Te gustaría que yo dijera algo acerca de tu sueño”. La mayor de las veces yo decía que no y le pedía el Walkman.
Un día ella me dio una cinta de Bob Marley, un muy simpático cuaderno y un bolígrafo, y me sugirió que los usara para escribir las letras de las canciones y que podríamos aprenderlas juntos. Después de esa ocasión, visité a Esther cada día en el minihospital, para mostrarle lo que había escrito. Le cantaba las partes de las canciones que había memorizado. Memorizar las canciones me dejaba poco tiempo para pensar sobre lo sucedido en la guerra. A medida que me sentía más cómodo con ella, le hablaba principalmente de las letras de Bob Marley y de Run-DMC. Ella escuchaba.
Una noche, por mi quinto mes en el centro, caí dormido leyendo las letras de una canción. Desperté después de haber tenido un sueño que incluía a mucha gente que se apuñalaba y disparaba mutuamente, y sentí todo su dolor. El cuarto donde estaba se llenó con su sangre. Entonces, en el sueño salí a sentarme a cenar con mi padre, madre y mis dos hermanos. Ellos no parecían notar que yo estaba cubierto de sangre.
Era la primera vez que soñaba con mi familia desde que comencé escapando de la guerra en mi aldea original. La siguiente tarde fui a ver a Esther y ella me dijo que algo me estaba fastidiando. “¿Quieres recostarte?”, me preguntó, casi en susurros.
“Tuve un sueño anoche”, dije mirando en otra dirección. “No sé cómo entenderlo”.
Ella vino hacia mí, se sentó cerca y me preguntó “¿Te gustaría contármelo?”. No respondí.
“... o simplemente habla acerca de él en voz alta y haz de cuenta de que no estoy aquí. No voy a decir nada, salvo que me lo pidas”. Ella se sentó calladamente a mi costado. El silencio duró poco y por alguna razón empecé a contarle mi sueño.
Al inicio, ella solamente me escuchaba, y gradualmente comenzó a hacerme preguntas para hacerme hablar acerca de las vidas que yo había tenido antes y durante la guerra. “Ninguna de esas cosas es tu culpa”, dijo, como había repetido severamente al inicio de toda conversación. Aunque yo había oído esa frase de todo el personal, siempre odiándola, ese día comencé a creerla. Eso no me hizo inmune a la culpa que sentía por lo que había hecho, pero de alguna manera aligeraba mis pesados recuerdos y me daba fuerzas para pensar en las cosas. Cuanto más le hablaba de mis experiencias, más me avergonzaba de los detalles horrendos, aunque no se lo hacía saber. Todavía no confiaba plenamente en Esther. Solamente me gustaba hablarle porque sentía que ella no me juzgaba por las cosas de las que había sido parte; me miraba con esos invitadores ojos y esa amable sonrisa que me decían que yo era aún un niño.
Un día, durante mi quinto mes en Benin Home, estaba sentado en una piedra detrás de los salones de clase cuando Esther se me acercó. Se sentó junto a mí sin decir palabra. Ella tenía mi cuaderno de letras de canciones en la mano. “Siento como si en mí no quedara ningún motivo para seguir vivo”, dije lentamente. “No tengo familia, estoy solo. Nadie será capaz de contar historias de mi niñez”, sollocé un poco.
Esther puso sus brazos sobre mí y me atrajo hacia ella. Me sacudió para conseguir toda mi atención antes de comenzar. “Piensa en mí como si fuera tu familia, tu hermana”.
“Pero yo no tenía una hermana”, repliqué.
“Bien. Ahora la tienes”, dijo. “¿Ves? Esta es la belleza de comenzar una nueva familia. Puedes tener diferentes tipos de familiares”. Me miró directamente esperando a que yo dijera algo.
“Está bien, puedes ser mi hermana... temporalmente”. Puse énfasis en esta última palabra.
“Para mí está bien. ¿Y vendrás mañana a ver a tu hermana temporal, por favor?”. Se cubrió la cara como si decirle no fuera a entristecerla.
“Está bien, está bien, no hay necesidad de ponerse triste”, dije y ambos nos reímos un poco. |
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Reingreso a la vida civil
Poco después, un grupo de visitantes de la Unión Europea, las Naciones Unidas, Unicef y varias ONGs llegaron al centro en una caravana de carros. A pedido del personal los chicos habíamos preparado una demostración de talentos para ellos. Yo leí un monólogo de “Julio César” y actué en una breve obra de hip hop que trataba sobre la redención de alguien que había sido un niño soldado, obra que había escrito con el estímulo de Esther. Después de la actuación el director del centro me pidió que fuera el portavoz de Benin Home y que hablara de mis experiencias.
Yo estaba comenzando mi séptimo mes en Benin Home cuando uno de los promotores, Leslie, vino a decirme que él era responsable de “repatriarme”, término usado para describir el proceso de reunir a los ex niños soldados con sus anteriores comunidades. Mi familia estaba muerta, pero yo sabía que mi padre tenía un hermano a quien yo nunca había conocido y quien vivía en Freetown. Leslie dijo que trataría de encontrarlo y que si no podía, me encontraría una familia adoptiva con la cual vivir.
Un sábado por la tarde cerca de dos semanas después, mientras charlaba con Esther en el minihospital, Leslie entró sonriendo ampliamente. “¿Cuáles son las buenas noticias?”, preguntó Esther. Leslie examinó la curiosidad en mi rostro y luego regresó a la puerta y la abrió. Entró un hombre alto.
“Este es tu tío”, Leslie anunció orgullosamente.
El hombre avanzó hacia donde yo me encontraba sentado. Se inclinó y me abrazó largo y fuerte. Mis brazos colgaban sueltos a mis costados.
¿Y qué si se trataba solo de alguien haciéndose pasara por mi tío?, pensé. El hombre me soltó; lloraba, y en ese momento empecé a creer que realmente era de mi familia porque los hombres en Sierra Leona raramente lloraban.
Se acuclilló sobre sus talones junto a mí y comenzó: “Siento que nunca haya ido a verte en estos últimos años. Me gustaría haberte conocido antes, pero no podemos regresar el tiempo. Solamente podemos comenzar desde ahora. Siento todas las pérdidas que has tenido”. Miró a Leslie y continuó: “Después de que termines lo que tienes que hacer aquí, puedes venir y vivir conmigo y mi familia. Eres mi hijo. No tengo mucho, pero te daré un lugar donde dormir, comida y amor”. Me abrazó.
Nadie me había llamado “hijo” por mucho tiempo. No sabía qué decir. Todos, parece, estaban esperando mi respuesta. Me dirigí a mi tío, le sonreí y dije: “Gracias por venir a verme. Realmente agradezco que me hayas ofrecido quedarme contigo, pero ni siquiera te conozco”. Bajé la cabeza.
“Como dije, no podemos regresar las cosas”, respondió, acariciando mi cabeza y riendo un poco. “Pero podemos comenzar desde ahora. Soy tu familia y eso es suficiente para que comencemos a gustarnos”.
Me puse de pie y abracé a mi tío, y él me abrazó más fuerte que la primera vez y me besó en la frente. Brevemente permanecimos en silencio antes de que él volviera a hablar. “Te visitaré cada fin de semana y si te parece, me gustaría que vinieras a casa conmigo en algún momento, para ver dónde vivo y para que conozcas a mi esposa y a mis hijos, tu familia”. La voz de mi tío temblaba; trataba de contener sus sollozos. Acarició mi cabeza con una mano y le estrechó la mano a Leslie con la otra.
Como lo prometió, mi tío vino a verme todos los fines de semana. Tomábamos largas caminatas y ellas me permitieron conocerlo. Me dijo cómo era mi padre cuando era niño y yo le hablé de mi niñez. Necesitaba hablar acerca de los buenos tiempos de antes de la guerra, pero cuanto más escuchaba acerca de mi padre, más extrañaba a mi madre y hermanos.
Alrededor de un mes después, en Benin Home Leslie me dijo que era tiempo de que fuera a vivir con mi tío. Yo estaba feliz, aunque también me preocupaba vivir con una familia. Había vivido por mi cuenta por años y me había cuidado sin la guía de nadie. Si me distanciaba de mi familia, temía que pudiera parecerle desagradecido a mi tío, quien no estaba obligado a aceptarme; estaba preocupado acerca de lo que sucedería cuando mis pesadillas me atacaran. ¿Cómo iba a explicar mi tristeza, que era incapaz de ocultar cuando se apoderaba de mi rostro, a mi nueva familia, especialmente a los niños?
Pasaba las noches mirando al techo y pensando. ¿Por qué superviví a la guerra?, ¿por qué era la última persona de mi familia directa que seguía con vida? No obstante, todos los días iba a ver a Esther. La saludaba, le preguntaba cómo estaba y luego me perdía ensimismado pensando en cómo iría a ser la vida después de dejar el centro. Por las noches, me sentaba calladamente en el porche con mis amigos. No me daba cuenta de cuando alguno de ellos dejaba la banca en la que todos nos sentábamos.
Cuando finalmente llegó el día de mi repatriación, caminé hacia el edificio del minihospital donde debía quedarme esperando. El corazón me latía rápidamente. Mis amigos Alhaji y Mambu y un chico llamado Mohamed estaban sentados en las gradas de la entrada cuando Esther apareció, sonriendo. Leslie estaba sentado cerca, en una furgoneta, esperando para llevarme a mi nuevo hogar.
“Tengo que irme”, le dije a cada uno, con la voz temblorosa. Le di la mano a Mohamed, pero en vez de estrecharla él saltó y me abrazó. Mambu me abrazó mientras Mohamed aún me tenía entre sus brazos. Mambú me estrechaba fuertemente, como si él supiera que era un adiós para siempre (después de que dejé el centro, la familia de Mambu rehusó aceptarlo y él terminó de vuelta en las líneas de combate). Al final del abrazo, Alhaji y yo nos dimos la mano. Nos estrechamos las manos y nos miramos a los ojos, recordando todo por lo que habíamos pasado. Nunca lo volví a ver porque se mudaba de un hogar adoptivo a otro. Esther dio un paso adelante, tenía los ojos llorosos. Me abrazó con más fuerza que nunca. No devolví el abrazo muy bien, pues estaba ocupado intentando contener las lágrimas. Después de que ella me soltara, me dio un pedazo de papel. “Esta es mi dirección”, me dijo. “Ven en cualquier momento”.
Fui a casa de Esther varias semanas después. Pero no era una buena hora. Ella estaba por salir a trabajar. Me abrazó y esta vez sí devolví el abrazo; esto la hizo reír luego de que nos separáramos. Me miró directamente a los ojos. “Ven a verme la siguiente semana para que tengamos más tiempo para conversar, ¿bien?”, me dijo. Llevaba su uniforme blanco y estaba en camino a tratar a otros niños traumatizados. Debe ser duro vivir con tantas historias de guerra. Yo estaba viviendo solo una, la mía, y me era difícil. ¿Por qué lo hace ella? ¿Por qué todos ellos lo hacen?,me preguntaba, mientras cada uno caminaba en su propia dirección. Fue la última vez que la vi. La amaba, pero nunca se lo dije. |
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