Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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¿De quién es este cuerpo?
Por Ian Hacking
 
Originalmente publicado como "Whose Body is it?",
London Review of Books, Vol. 28, No. 4, 14 de diciembre, 2006.
Traducido por Alberto Loza Nehmad <albertoloza@librosperuanos.com>
 

Libro reseñado:
Strange Harvest: Organ Transplants, Denatured Bodies and the Transformed Self por Lesley Sharp, California, 307 pp

 
Tal vez "Antropología Médica" no sea todavía un término casero. Aunque los antropólogos aún se dirigen a Papúa Nueva Guinea, Mayotte o a la naciente del Amazonas, muchos trabajan ahora más cerca a casa, en la frontera entre Notting Hill y Ladbroke Grove [zonas londinenses; la primera más próspera; la segunda, empobrecida. N. del t.] o en alguna compañía de inversiones de riesgo que dedicada a estudiar la secuencia genética. No obstante, los temas centrales de los mitos, la muerte y la reproducción atraen incluso a estos nuevos antropólogos de vuelta a su querencia original. Los antropólogos médicos se dedican al nacimiento, la enfermedad, el deterioro y la muerte, como sus predecesores lo hacían en Papúa Nueva Guinea.

Strange Harvest [Una extraña cosecha: transplantes de órganos, cuerpos desnaturalizados y la transformación del ser individual] trata todos los temas de la antropología pero en un muy nuevo contexto. Las celebraciones de la cosecha, trátese del Thanksgiving estadounidense o de la más modesta celebración en la Iglesia de Inglaterra, se remiten a la fertilidad: la cosecha a la que se refiere este nuevo libro es aquella denominada por el eufemismo oficial [en inglés] como la cosecha de órganos de los muertos. Este libro trata de un nuevo tipo de fertilidad llamado renacimiento, que permite a la gente celebrar su "recumpleaños" después de haber recibido un órgano que le salvó la vida. Es un libro acerca del alma y cuánto de ella se transfiere cuando una parte del cuerpo es transferida de una persona a otra. Es un libro sobre rituales, mitos y cómo estos evolucionan de una semana a otra ahora mismo. Además, como corresponde a la etnografía, es un libro acerca de un nuevo tipo de parentesco, cuyos códigos son aún incipientes: el recién nacido parentesco entre quien recibe un órgano y la familia del donante, especialmente la madre.

Leslie Sharp ha cumplido con sus deberes antropológicos tradicionales pues antes ha estudiado una aldea de Madagascar donde los rituales de la muerte desempeñan un rol central para la comunidad. En esta oportunidad ella estudia las prácticas de la vida y de la muerte en los Estados Unidos, sus hospitales, en el luto de las familias de los donantes y en la nueva vida de los receptores. Ella también tiene algo que decir acerca de otro tipo de gente: los donantes vivos de riñones y sus receptores.

Primero, una advertencia. Soy un completo extraño no solo en el campo de la medicina y la cirugía sino también en la cultura de los transplantes de órganos. Nadie cercano a mí ha sido nunca un "receptor" y nadie cercano tampoco ha fallecido y se ha transformado en un "donante". Esto no es inusual. Cada año en el Reino Unido, con una población de 60 millones, hay cerca de 750 donantes y cerca de tres mil receptores (un solo donante puede servir a varios receptores). Por tanto, no es probable que un lector británico esté cercanamente conectado a un donante o a un receptor. Por supuesto, con la edad las cifras se acumulan y es más probable que usted recuerde a un conocido relacionado con la donación de órganos. Recientemente pregunté a un respetable número de personas mayores cuántas eran cercanas a donantes o receptores y varias dijeron que en cierta manera sí, mientras una era muy cercana. Yo no.

Mi primera acercamiento al tema vino por un libro de una antropóloga médica, Margaret Lock, cuyo libro Twice Dead [Dos veces muerto] es un brillante estudio antropológico comparativo de las actitudes japonesas y norteamericanas hacia la muerte cerebral como criterio de la muerte. De ahí el título: una persona ha muerto "por primera vez", cuando los criterios técnicos establecen que el cerebro se ha detenido, mientras el cuerpo aún funciona tranquilamente en un respirador; alguien está "dos veces muerto" cuando el corazón se ha detenido y se ha cosechado los órganos.

El libro que en esta oportunidad comenta el filósofo Ian Hacking, intenta desentrañar las complejidades antropológicas generadas por las tecnologías de los transplantes de órganos: nuevas relaciones de parentesco y afinindad, diferentes actitudes hacia la muerte cerebral, y diferentes actitudes hacia las posibilidades de recibir órganos transplantados de otras especies mamíferas o ideales y funcionales órganos artificiales. Ian Hacking afirma: "Hay muchas cosas en el libro de Sharp que lo hacen sentir incómodo a uno, pero si usted se hace las preguntas que ella hizo a las comunidades que estudió, usted descubrirá bastantes cosas de sí mismo que no conocía antes".

 

Los occidentales aceptaban la nueva definición de la muerte, a las justas deteniéndose para reformular leyes y reordenar ciertas prácticas, mientras en Japón predominaban unos muy diferentes sentidos de la vida, la muerte y el cuerpo. Hasta este día, en el Japón casi todos los transplantes de órganos consisten en transplantes de riñón provenientes de donantes vivos de la familia extendida. Lock explica por qué las diferencias son tan grandes, y nos pone a pensar acerca de nuestra extraordinaria disposición a aceptar la muerte cerebral como la muerte. Incidentalmente, los primeros transplantes de órganos venían de gente cuyos corazones se habían detenido, los antiguos transplantes de órganos de cadáveres. Y, para añadir perspectiva, recuérdese que el primer éxito de Christiaan Barnard en transferir el corazón de un cadáver a un enfermo sucedió hace solo 40 años, en 1967.

En el momento que el corazón se detiene, los órganos comienzan a descomponerse. A medida que la tecnología de los transplantes se hizo más confiable, gracias tanto a mayores conocimientos quirúrgicos como a un mejor control químico del rechazo de órganos, se hizo claro que sería mejor usar órganos vivos. De ahí el nuevo impulso hacia definir un nuevo tipo de muerte, la muerte cerebral. Los transplantes de cuerpos con el corazón muerto fueron abandonados, pero ahora, con la actual escasez de órganos y dadas las nuevas infraestructuras, se está volviendo a usar órganos de cuerpos con corazones muertos. Se necesita cierta infraestructura para recoger los órganos tan pronto como sea posible después de que se detiene la circulación sanguínea. La familia tiene que ser persuadida de que la cosecha del órgano debería tener lugar antes de que se permita un solo minuto de luto.

Debido a que mi conocimiento de los transplantes de órganos proviene solo de algunos libros, como es el caso de la mayoría de los extraños a este campo, yo pensaba en los órganos como partes de repuesto. Lo más cercano que he estado del sistema de partes de repuesto fue cuando se suponía que yo debía estar inconsciente durante una operación de implante de una lente artificial en uno de mis ojos. Mi cirujano estaba haciendo un maravilloso trabajo conmigo mientras al mismo tiempo negociaba con córneas por el parlante de su teléfono. El cirujano y el administrador local de córneas podrían bien haber sido un comprador y un vendedor regateando alfombras en un mercado. El cirujano quería las mejores córneas para un paciente de más de edad mediana, mientras el administrador pensaba que el único par perfecto de córneas jóvenes que él tenía en posesión debían reservarse para una persona más joven bajo el cuidado de un cirujano menos influyente. Esta pequeña experiencia (confirmada luego por mi cirujano; es decir, no se trató de una alucinación inducida por los analgésicos) me hizo pensar en los órganos como repuestos, algunos de mayor calidad que otros. No pensé en qué podrían sentir las familias de los donantes o de los receptores. Al respecto, he aprendido mucho del estudio de largo plazo realizado por Lesley Sharp acerca de las personas involucradas en ese tema y acerca de sus partes internas.

En noviembre [de 2006], cuando leía este libro, encontré una carta en el Star de Toronto, escrita en respuesta a un débil editorial contra el consentimiento implícito para la donación de órganos. El consentimiento implícito es la norma en Europa: a menos que alguien explícitamente prohíba la cosecha de sus órganos, se supone que sí lo ha permitido. Sin embargo, en el individualista mundo anglo (los Estados Unidos, el Reino Unido, Canadá, Australia) los miembros de la familia deben estar comprometidos en el proceso de consentimiento, incluso cuando la persona formalmente lo había consentido estando en vida, que no es el caso de la mayoría. La carta provenía de una angustiada madre que había visto morir a su hijo de cuatro años de edad y quien, junto con su marido, había autorizado la reutilización de cualquier parte viable del cuerpo. Ella terminaba su carta airadamente:

 

Me resisto de todos modos a la idea de que somos toda una colección de partes usables y de que alguien que nos es desconocido pueda decidir cómo desarmarnos y redistribuirnos. Es un punto de vista mecánico más que humano... No se trata de ponerle una nueva resistencia a una vieja cocina eléctrica.

 

Sharp tiene mucho que decir acerca de esta sensibilidad. Strange Harvest es casi por completo norteamericana en su enfoque: todo etnógrafo del pasado tenía su propio territorio y el de Sharp es los Estados Unidos. Este país es de cualquier modo de interés para el resto del mundo, no solo porque allí se transplantan más órganos que en cualquier otro lugar, sino porque las costumbres norteamericanas son muy contagiosas. Además, el dominio de la medicina guiada por el lucro asegura que técnicas más innovadoras y caras sean aplicadas por primera vez en ese país antes que en otros lugares. Sharp nos asegura que aunque la venta de partes corporales está prohibida, el transplante de órganos es la rama más lucrativa de la medicina en los Estados Unidos, para los cirujanos, su personal y los mismos hospitales.

Se hace necesaria una nota marginal, porque, en otros sentidos, España es el centro de transplantes del mundo. Ahora tiene de lejos más donantes por ciudadano que cualquier otro país: cerca de 34 por cada millón, en comparación con 12 en el Reino Unido y 22 en los Estados Unidos. Por un tiempo, España tenía más órganos de los que podía usar, mientras en el resto del mundo los tiempos de espera se extendían por demasiados años. Frecuentemente se dice que el consentimiento implícito explica la diferencia: siempre que la escasez de órganos es debatida públicamente en el mundo angloparlante, la solución que tiende a tener más apoyo es el cambio del consentimiento confirmado al consentimiento implícito. Sin embargo, este es un punto de vista completamente equivocado. En primer lugar, Estados Unidos es al menos tan estricto acerca del consentimiento confirmado como lo es Inglaterra, pero tiene casi el doble de donantes per cápita. En segundo lugar, Grecia acepta el consentimiento implícito pero tiene solo la mitad de donantes per cápita en comparación con el Reino Unido. En tercer lugar, en España el consentimiento implícito es la norma, pero no la práctica. Las familias son siempre consultadas en España y en otros países europeos. El consentimiento implícito no constituye, entonces, la base del éxito español. ¿Cuál es?

Las razones son muchas, pero la clave es la infraestructura. Es verdad que en España hay más aceptación social del procedimiento que en otros países, gracias en parte a los llamados propagandísticos al orgullo nacional y no solo al altruismo. También está el más que tácito apoyo de la Iglesia Católica. Sin embargo, lo que realmente importa es el eficiente sistema de recolección de órganos a nivel local, que involucra directamente a cada hospital de importancia. El sistema integra a todas las regiones, y las organizaciones dedicadas a conseguir órganos son recompensadas en base a un sistema por órgano conseguido; ningún otro país se ha atrevido a emular esto. España continúa innovando y fue el primer país en retomar el uso de órganos de donantes "sin corazón latiente" (este último término, como "donante", receptor" y "obtención", es un término estándar). Se trata de una práctica que depende de la aceptación pública, de mucha organización y de un buen juicio, porque se necesita tener a los cirujanos justo en el momento en el que el corazón del paciente está próximo a detenerse, un aspecto macabro de la infraestructura necesaria. Los funcionarios encargados procurar órganos son parte de la vida en España. ¿Cuánta gente ha escuchado alguna vez de una organización para la obtención de órganos, que Sharp abrevia en su libro como una OPO [Organ Procurement Organization]? El gran cineasta español Pedro Almodóvar ha dirigido la única película de importancia que tiene a la donación de órganos como un tema central, y con un funcionario del sistema de transplantes en el nudo de la trama: Todo sobre mi madre (1999). La flor de mi secreto (1995) comienza con dos de esos médicos practicando, frente a un entrenador y una cámara, cómo hablar con la madre de un muchacho que acaba de morir luego de un accidente de motocicleta.

Los medios nos ofrecen las historias sensacionales. El primer transplante parcial de rostro y los correspondientes problemas acerca de la forma como afecta a la identidad del paciente. O la épica del primer transplante simultáneo en serie en el hospital Johns Hopkins. Eso consistió en cinco personas, V, W, X, Y, Z, conectadas a una máquina de diálisis y muy enfermas. ¿Donación en serie? Quizá uno debiera decir más bien cíclica. V viene con un amigo o un familiar v quien está dispuesto a donar un riñón; v no es compatible con V pero es compatible con W, quien es incompatible con el riñón w de su amigo pero quien se dirige a X, quien es incompatible con el riñón de su amigo x... En este caso, Z no tiene amigo z compatible con V para completar el círculo, pero un donante "altruista" aparece para darle a V un nuevo riñón. El interés humano de esta historia es que la Señora Altruista recientemente había experimentado dos tragedias: un marido muerto por hemorragia cerebral y una hija muerta por una sobredosis. La Señora A pudo haber tomado el camino del altruismo para restaurar cierto sentido y significado en su propia vida. Esa es una historia que se acomoda al libro de Sharp, pese a que ella no estudia donantes vivos.

A pesar de estas historias sensacionales, el trabajo diario de quien se encarga de conseguir órganos es rutinario e implacable. En los hospitales apropiadamente equipados siempre hay alguien a mano para monitorear a quienes se acercan a la muerte, para encontrarse con sus familiares y hablarles suave pero efectivamente acerca de la donación, así como para aprovechar las muertes rápidas sucedidas en la unidad de emergencias. La motocicleta es la mejor amiga del funcionario encargado de obtener órganos, puesto que los hombres jóvenes corren peligrosamente y entran medio muertos a emergencia, con las cabezas destrozadas pero con sus corazones y pulmones en perfecto estado. Los funcionarios encargados de esto en Estados Unidos tienen el abundante recurso adicional de las muertes producidas por heridas de bala. Sin embargo, la obtención de órganos tampoco es el objetivo de Sharp. Ella presenta a estos funcionarios como esenciales pero más bien sin rostro conocido ni identificable, conversando con familiares afligidos y usando tranquilizadoras frases de cliché acerca del don de la vida, pero sin tener contacto con los cadáveres después de que han sido donados.

¿Cuán muerta es una muerte cerebral? Pocos de nosotros pensamos acerca de la carne y la sangre que están en el respirador, el pecho que se levanta y contrae con respiraciones regulares, con el corazón bombeando la sangre por el cuerpo y manteniendo en funcionamiento los órganos, es decir, reutilizables. Lo que parece haber perturbado más a Sharp es el hecho de que los donantes con muerte cerebral son anestesiados antes de que se les extraiga los órganos. Muertos cerebralmente y por tanto incapaces de sentir dolor: ¿por qué necesitan anestesia? Parece ser un serio caso de negación. Cuando Sharp comenzó haciendo esa pregunta, tres personas encargadas de obtener órganos, dos neurólogos y dos médicos internistas le dijeron que no estaba bien informada; otro médico le dijo que preguntara a un anestesiólogo puesto que no quería hablar de ello.

Cuando ella consiguió algunas respuestas, éstas eran variadas. Los anestesiólogos podían monitorear y controlar la presión de la sangre mediante el uso de varias drogas; éstas pueden relajar los músculos de modo que la operación es más fácil y también se evita que el abdomen colapse en cualquier momento. Así, las drogas del anestesista hacen que el cadáver sea más tratable. No obstante, revela Sharp, hay mucho más detrás de esa anestesia. Cuando se le pincha o se le corta los nervios, un cuerpo con el cerebro muerto puede moverse como si estuviera vivo. El cuerpo, tibio y luciendo suficientemente saludable ahí donde no ha recibido heridas, puede dar la impresión de que se encogiera de hombros, pateara o que hiciera gestos. Esto es muy perturbador para algunas personas que atienden la operación. Estos efectos son reducidos casi totalmente cuando el cadáver está anestesiado. Además, algunas de las personas involucradas reflexionan que, quizá, si a pesar de todos los exámenes la persona no está completamente muerta, por lo menos se le ahorrará el dolor antes de que se le detenga el corazón. Todo esto a pesar de la convicción oficial de que la muerte cerebral implica la imposibilidad de sentir dolor: "el dolor es un fenómeno cortical".

Sharp se dirige al Reino Unido, que parece ser el único lugar donde la aplicación de anestesia a los cadáveres ha sido debatida públicamente por expertos. La carta de un anestesista dirigida al Journal of the Royal Society of Medicine en 1999 no se anda con timideces. "Una idea de lo más equivocada es que el donante estará muerto en el sentido ordinario de la palabra. La mayoría de la gente piensa que la muerte equivale a que el corazón se ha detenido y no la relaciona con el estado reactivo tibio, rosado, pulsante y respiratorio (aunque por medio de una máquina) que llamamos muerte del tronco del encéfalo". El debate continuó el siguiente año en la revista Anaesthesia, donde se hicieron comentarios candentes sobre el "lobby de los transplantes".

Evidentemente hay mucho desasosiego, incluso si alguien -- y ciertamente la misma Sharp -- está de acuerdo en que el transplante de órganos es una invalorable manera de otorgar una nueva vida. Y se trata de vida con calidad para mucha gente que de otra manera moriría luego de vidas sin calidad en el tiempo que les queda. Para los pacientes que pueden continuar, por ejemplo, conectados a máquinas de diálisis, un transplante de riñón es inmensamente efectivo en término de sus costos (actualmente, casi 2 por ciento del presupuesto del Sistema Nacional de Salud inglés se dirige a realizar diálisis para cerca del 0.05 por ciento de la población británica).

Siempre he pensado en la muerte cerebral como algo inequívoco, puesto que soy de esas personas que ubican al alma en el ser amado (u odiado) consciente. Había aceptado la metáfora de una persona que primero pasaba a un estado vegetativo, aunque en un respirador el humano está más cercano a ser una máquina que un vegetal. Nunca había pensado en cómo sería ver el cuerpo tranquilo de alguien cercano a mí "respirando" aunque ya declarado muerto. Supongo que Sharp recibirá algunos feos golpes de quienes tienen el temor de que ella está socavando el dogma oficial según el cual la muerte cerebral es la muerte, y nada más.

No es solo dogma sino retórica. Sharp ha estado presente en muchas conferencias dedicadas a los transplantes. En algún momento, los receptores se pondrán de pie y atestiguarán sobre la vida que han obtenido. Las declaraciones son ritualizadas, y recuerdan un encuentro de reavivamiento espiritual o, más directamente, una reunión de Alcohólicos Anónimos. Sharp señala las diferencias. El alcohólico es un adicto, mientras el receptor nunca piensa en sí mismo de esa manera, pese incluso (Sharp comenta sarcásticamente, a que él tiene que permanecer con un cocktail de poderosas medicinas por el resto de su vida). El alcohólico tiene que agradecer solo a sus propios pecados por su anterior estado de miseria, mientras el receptor no es responsable por su corazón fallado. Ambos, sin embargo, por razones totalmente diferentes, son supervivientes: una vez alcohólico, para siempre alcohólico; una vez receptor, para siempre receptor. En ambos casos hay una gratitud de tipo evangélico por ser un superviviente. Eso no sorprende. Los programas de doce pasos y sus descendientes son parte del modo americano de vida.

En la retórica hay mucho más que eso. Sharp escribe acerca de los tonos "verdes" del transplante de órganos. Los símbolos, los logotipos, son árboles que crecen, mariposas que se transforman. Se pone en escena el injerto de las variedades estimadas de manzanas en los troncos de fuertes manzanos con pobres frutos. La gente desarrolla huertos con plantones en memoria de los donantes, plantones que se convertirán en poderosos robles. Todo es ecológico y por eso, se sugiere, todo es natural. Y usted, familiar de un donante, está otorgando el don de la vida. La familia del donante y las parejas se sienten bien y los receptores salen a la vida.

Eso no es el final. "Quienes donan son usualmente jóvenes, gente saludable que murió repentina e inesperadamente", escribió la madre del donante de cuatro años en su carta al Star de Toronto. "La tragedia de sus muertes es pasada por alto por la manera como el debate es planteado por quienes... parecen pensar que todos somos colecciones mecánicas de partes corporales intercambiables". Ella continúa diciendo "tuvimos dos días para hacernos a la idea de que él estaba muriendo, y para confiar en el personal del hospital que nos lo comunicó. Y para estar seguros de que la hora de la muerte no sea adelantada porque otra gente está esperando las partes utilizables".

En realidad, los donantes ideales son gente joven y saludable, usualmente víctimas de un accidente trágico o, a veces, de una enfermedad atípica. De ese modo, la familia tiene que lidiar con lo que carece de significado. Los funcionarios encargados de obtener órganos trabajan en esto, intentando construir la idea de que la muerte adquirirá significado si los órganos permiten vivir a otros; pero, si esto tiene un significado ¿no sería incluso más significativo conocer al receptor o los receptores? De un donante se pueden beneficiar hasta diez personas. El pequeño de cuatro años ofreció válvulas del corazón y córneas para diferentes individuos, mientras un donante muerto en un accidente de motocicleta puede ofrecer corazón, pulmones y todo el resto de órganos además de los transplantes de tejidos. Y además de los transplantes cíclicos entre donantes vivos y receptores que mencioné antes, hay lo que Sharp llama los dominós. Un hombre tiene un corazón saludable pero pulmones enfermos; él recibe un corazón completo y pulmones mientras su propio corazón es transplantado a otra persona.

Al inicio, la política que regía la donación de órganos estuvo diseñada siguiendo las políticas de adopción. En el pasado, a los padres que adoptaban nunca se les decía el nombre de la madre que dio el bebé a luz, por temor a que el bebé pudiera intentar encontrarla después. De igual modo, a los receptores y los familiares del donante nunca se les daba información sobre la otra parte, por temor al contacto, pero los receptores sentían que algo nuevo había entrado en ellos y los familiares del donante, tras haber participado en salvar una vida, quieren conocer a quien lleva la parte de la persona a quien aman. Esto es especialmente cierto para el caso del corazón y los pulmones, los símbolos del alma. En Estados Unidos la regla que prohíbe el contacto entre donante y receptor está siendo erosionada. Cada vez más receptores están descubriendo quién fue el donante. Algunos simplemente repasan los obituarios del día anterior a su propia vuelta a la vida y hacen una buena suposición. Y los donantes están buscando a los receptores, rompiendo las barreras institucionales. Actualmente en los Estados Unidos hay Olimpíadas del Transplante análogas a Olimpíadas en sillas de ruedas o las Olimpíadas Gay. La primera tuvo lugar en Los Ángeles, con competencias en numerosas categorías diseñadas de modo que la mayoría de los receptores pudieran competir. Se invitó a las familias de los donantes, pero se las mantuvo estrictamente separadas de los receptores. Todo eso ha cambiado: ahora hay una búsqueda y un conocimiento mutuo más abiertos.

Todo esto hace que sean posibles nuevas formas de parentesco. Nuevamente, la comparación con la adopción es muy fuerte. En este nuevo mundo donde los adoptados pueden buscar y encontrar a sus padres biológicos, el parentesco es simplemente un asunto a ser descubierto. Sin embargo, en el mundo de los transplantes de órganos, la tecnología ha creado un nuevo parentesco. Muchos receptores sienten una fuerte relación con la familia del donante. El lazo es especialmente fuerte con la madre. Se pueden crear extrañas relaciones familiares cuando el Sr. B, un hombre de 60 años, recibe el corazón del motociclista C, un joven de 17, cuya madre, la Sra. D, tiene 40 años. El Sr. B viene a considerar a la Sra. D como una nueva madre que ha participado en su propio re-nacimiento. Ella lo llama hijo pese a que es 20 años mayor que ella. El Sr. B también siente que lleva el alma del joven C, no solo su energía sino también algo de las peculiaridades y las fascinaciones de C. Sharp, evidentemente cree que esta no puede ser la mejor manera de resolver las complicaciones emocionales de los transplantes. Hace quince años, el antropólogo Paul Rabinow introdujo el concepto de "biosociabilidad" para describir los lazos de una comunidad basados en nuevas biotecnologías. Sharp sugiere que podemos estar siendo testigos de algo más cercano a la biosentimentalidad. En todo caso, los etnógrafos pueden hacer su agosto, cuentos de fantasmas incluidos: algunos receptores afirman haber sido visitados por el donante de quien llevan un órgano.

Gracias a su propio éxito la transferencia de órganos está en crisis: no hay suficiente donantes. En el Reino Unido se dice que cuatrocientas personas mueren anualmente por falta de órganos; muchas más yacen esperando interminablemente, en estados que van desde la mala salud hasta la agonía. De ahí el dudoso comercio que lleva a los ricos a países pobres para comprar un riñón de un pobre hombre cuyos cuidados postoperatorios serán horrendos y cuya vida después de la donación estará plagada de enfermedades. De ahí el uso de partes humanas de criminales ejecutados. Estos dos son casos de la vida actual. El primero es vergonzoso; el segundo es más complicado. Me opongo totalmente a la ejecución de los seres humanos, pero no puedo ver el daño que provoque volver a usar sus órganos. También están las historias de horror acerca de los prisioneros "prescindibles" deliberadamente ejecutados para cosechar sus órganos. ¿Se trata de un mito de la globalización? Existe una buena aunque no sólida evidencia de que en efecto tales cosas suceden aunque no a menudo. En todo caso, con nuestras poblaciones cada vez más envejecidas, en el futuro vamos a querer cada vez más órganos e incluso si sobrepasamos los estándares españoles de excelencia integrada, esos órganos no serán suficientes.

¿Cómo conseguir más órganos? Primero, haciendo menos estrictos los estándares. Los donantes considerados en riesgo de tener enfermedades transmisibles como la hepatitis solían ser excluidos. No se consideraba a los donantes mayores de 70 años. Hoy, en los Estados Unidos, si el receptor está dispuesto a aceptar el riesgo, tales donantes son aceptados, más vale arriesgarse que morir. En segundo lugar, permitiendo las donaciones de donantes con corazones no latientes, una práctica que se está expandiendo de España a otros lugares. Tercero, mediante el uso de nuevas tecnologías. Actualmente se está haciendo investigaciones para usar órganos electromecánicos y órganos de otras especies mamíferas.

Estas nuevas tecnologías son el tema del análisis final de Sharp. ¿Deberíamos dedicarnos a construir cyborgs, es decir, humanos con bombas electrónicas implantadas llamadas corazones artificiales? ¿Deberíamos más bien enfocarnos en híbridos: por ejemplo, humanos con corazones de cerdo transplantados? Los cerdos son considerados más prometedores como donantes que los simios: la proximidad en la rama evolutiva es menos importante que los paralelos estructurales y funcionales, siempre y cuando se puedan solucionar los problemas del rechazo. La ingeniería del diseño viene en primer lugar, luego la bioquímica resuelve los efectos laterales. Sharp informa que, por esta razón, la opinión de los expertos se muestra fuertemente favorable a los híbridos más que a los cyborgs. Mejor usar un órgano donde la mayoría de los problemas de diseño ya han sido resueltos en el curso de la evolución mamífera, que jugar a ser Dios o Darwin e intentar hacerlo todo nosotros imitando al órgano de verdad.

Los estadounidenses comunes y corrientes piensan de manera diferente. Se muestran confundidos ante el mero pensamiento de transplantar partes animales y temen volverse ellos mismos algo animales. Muchos están más ofendidos ante la idea de un corazón de cerdo que ante la de uno de chimpancé, al considerarse al cerdo como un animal sucio, si no asqueroso. La mayoría prefiere pensar en el implante de una máquina: limpia, bacán, completamente confiable, el acostumbrado deseo americano por la solución tecnológica. Los estadounidenses de origen africano parecen oponerse más a la idea de transplantar órganos animales que los de origen europeo, aunque tampoco están muy felices de convertirse en cyborgs. Las caderas y rodillas artificiales, incluso los tobillos artificiales son ahora algo común entre los norteamericanos de clase media y edad madura. Los marcapasos son rutinarios. Los transplantes del caracol en el oído interno realmente ayudan a las personas con problemas de oído, pese a que su uso es impugnado por la comunidad de sordos. Sin embargo, cuando llegamos al tema del corazón, la gente se preocupa.

No sé hasta qué punto el descubrimiento de Sharp de que la gente no desea convertirse en híbridos está sesgado por su muestra, conformada por estadounidenses. Una mayoría de estadounidenses rechaza la teoría de la evolución en todas sus formas y apariencias; los otros mamíferos, por tanto, son considerados como algo totalmente otro. Es posible que una muestra de canadienses, una población que es en gran medida indiferente a la controversia sobre la evolución, tendría puntos de vista algo diferentes. Quizá no: Sharp señala que al menos entre los estudiantes que usó como sujetos de prueba, las actitudes hacia los híbridos no se correlacionan con el grado de su compromiso con las doctrinas protestantes fundamentalistas. Ella puede estar sondeando una preocupación humana más profunda, según la cual el corazón es el centro de nuestras emociones y el ojo es la ventana del alma hacia el mundo.

Strange Harvest no considera la opción de las células madre, quizá porque es tabú para muchos sectores en los Estados Unidos. Muchos científicos en otros lugares, incluyendo el Reino Unido y Canadá, encontrarán las alternativas de Sharp muy limitadas. Ellos dudan de los cyborgs y los híbridos, por razones técnicas, y tienen mayores esperanzas en el uso de células madre para generar y regenerar órganos. No obstante, todo este campo fue transformado desde el primer transplante de corazón realizado por Christiaan Barnard, y deberíamos reconocer que no tenemos una idea clara de los que vendrá después.

Estos son temas fundamentales que atañen a la manera en la que la gente concibe su relación con la naturaleza, con la demás gente, con las máquinas y con Dios. Uno podría argüir que las actitudes ante las cuestiones que surgen de las nuevas tecnologías del transplante de órganos clarificarán tales diferencias. Sin embargo, quizá deberíamos solamente decir que aún no hemos terminado de solucionar nuestra relación con la nueva biotecnología. Necesitamos la penetrante mirada del etnógrafo para mostrar que la tecnología de los transplantes -- cuyos impulsadores se creen un grupo basado en conocimientos probados, hipótesis experimentales y el dominio de ciertas técnicas -- está en realidad incrustada en su propia ideología. Los transplantes, escribe Sharp, "se basan en un paradójico conjunto de premisas morales que guían la conducta médica, los esfuerzos médicos para proyectarse a la comunidad y las formas predominantes en las que los legos entienden la muerte, el cuerpo y el hecho de dar un obsequio. Ella hace una lista de siete premisas que son dadas por sentadas en el mundo del transplante, desde el principal cirujano hasta los llorosos hermanos y hermanas del donante. Es verdad, esas premisas son asumidas como ciertas, pero existe una tensión entre ellas que produce lo que ella lama paradojas: la ingeniería de los transplantes es un milagro médico; las partes del cuerpo nunca deben ser comercializadas; los órganos reutilizables son preciosos; se necesita sentar el criterio de la muerte cerebral para generar órganos transplantables; la escasez de órganos humanos disponibles necesita soluciones radicales; la combinación de diferentes cuerpos humanos es una progresión natural a medida que aprendemos cada vez más a hacerlo mejor; incluso si el transplante de órganos se convierte en una industria que requiere de una gerencia corporativa, los pacientes que se están muriendo aún requieren de absolutas compasión y confianza. Hay muchas cosas en el libro de Sharp que lo hacen sentir incómodo a uno, pero si usted se hace las preguntas que ella hizo a las comunidades que estudió, usted encontrará bastantes cosas de sí mismo que no conocía antes.