civil había durado 17 años, exactamente tanto como duró la dictadura. La transición democrática fue declarada oficialmente culminada el año pasado por el presidente socialista Ricardo Lagos, después de la reforma de algunos de los artículos constitucionales más restrictivos de Pinochet. En enero de este año, Michelle Bachelet, también del Partido Socialista y la candidata de la coalición de centroizquierda Concertación, fue elegida presidenta con 53.5 por ciento de los votos, después de una segunda vuelta en la que se enfrentó al derechista millonario de las tarjetas de crédito Sebastián Piñeira. Regresé para celebrar su victoria y para intentar calibrar qué podría significar una mujer presidenta en un país con una sociedad tan conservadora. Mi visita, sin embargo, se convirtió en una búsqueda, en la que usé a las mujeres como hilos conductores para poder comprender la inesperada melancolía que percibí, la inhibición y las fricciones acalladas. El gobierno ya está en problemas y la transición está lejos de haber acabado.
Hay, sin embargo, multitud de imágenes que muestran cuán lejos ha llegado Chile. La gente camina por La Moneda usándola como atajo, ignorada por los carabineros; no se me registró ni se me pidió un documento de identidad en ningún edificio ministerial. Un sorprendente símbolo de la libertad de expresión yace en el subterráneo Centro Cultural de La Moneda, donde las siluetas de todos los pasados presidentes de Chile, desde Bernardo O'Higgins hasta Lagos, cuelgan ahorcadas acompañadas de la leyenda "El pago de Chile". Esas figuras son parte de una divertida e irascible muestra montada por Nicanor Parra, el "antipoeta" de 92 años, el patriarca de una dinastía de las artes de la izquierda. Aunque el director del centro fue "por coincidencia" removido, la muestra continuó. "¡No nos pongamos Parranoides!", dijo riéndose Michelle Bachelet durante la inauguración.
Una pediatra en actividad que también estudió en el Inter-American Defense College de Washington, Bachelet representa un añorado espíritu de reconciliación y una restauración del lazo entre fuerzas armadas y valores democráticos que alguna vez fue un elemento central en el mito chileno sobre Chile. Como ministra de defensa de Lagos desde 2002, ella fue instrumental para conseguir una declaración de "nunca más" por parte de las fuerzas armadas. Eso fue especialmente significativo porque el padre de ella fue un general de la fuerza aérea que, por rehusar el exilio, fue torturado y asesinado en 1974 debido a su lealtad para con Allende. En 1975, la joven socialista estudiante de medicina y su madre fueron también arrestadas. Pasaron varias semanas en Villa Grimaldi, el más mal afamado centro de torturas de Santiago, hasta que fueron liberada por intercesión de la familia en el extranjero. Bachelet siempre ha mantenido silencio acerca de los maltratos recibidos.
Su estilo significa un refrescante cambio: si Lagos gobernaba como un sumo sacerdote, las maneras de Bachelet son cálidas y sencillas. Sus pasatiempos incluyen bailar en la playa y tener reuniones femeninas con sus diez ministras (para resentimiento de los hombres, me han dicho), y su agenda se centra en la injusticia social. Al escoger a una mujer cuya plataforma incluía paridad de género en el gabinete, el país parece estar pidiendo una feminización de la cultura política.
No obstante, de varias maneras la victoria de Bachelet permanece siendo una aberración. En la alta sociedad, donde el viejo sentido de lo apropiado ha supervivido a toda revolución (casi todos me confirmaron esta "hipocresía" chilena), se la desaprueba por estar divorciada y no discretamente separada; peor aún, ella es una agnóstica declarada. Uno de sus hijos nació fuera del matrimonio, y en los años ochenta ella tuvo un romance con un miembro del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, convirtiéndose para algunos en una "puta de los terroristas". Su victoria tampoco representa el estatus de la mujer en general. Una amiga conservadora con quien hablé desconfía de las personas de su mismo sexo y considera que esta desconfianza es típica en Chile: "en los asuntos importantes nosotras preferimos a los hombres. Realmente no creemos en Bachelet. Gozamos cuando se equivoca". Bien, las mujeres consiguieron el voto solo en 1949, y el divorcio se hizo legal en diciembre de 2004, luego de años de negociaciones con la Iglesia. Antes de eso, quienes se separaban porque no podían costearse abogados para conseguir la nulidad del matrimonio, estaban impedidas de abrir una cuenta bancaria o de abrir un negocio a su nombre. Niveles alarmantes de violencia doméstica y de abuso infantil en todas las clases sociales están siendo sacados a la luz por las cortes familiares que abrieron el pasado octubre. Cerca de una tercera parte de las mujeres trabaja, algunas de ellas por un salario equivalente a la mitad del que recibe un hombre. Por supuesto, en el Chile moderno, los toques futuristas que sorprenden al visitante, ya sea la igualdad de género en el gabinete ministerial o las técnicas publicitarias de inmersión total que convierten a los corredores y los vagones del Metro en instalaciones de arte y mercadeo, flotan por encima de una sociedad estratificada que parece detenida en los años cincuenta (el Metro cierra a las 10:30PM).
Las fuertes mujeres de hace una generación no fueron el producto de una sociedad en evolución, sino fueron creadas por los acontecimientos, y no me refiero al experimento de Allende, en el que las mujeres fueron solamente ayudantes. Mónica González, la más importante periodista de investigación, quien fue encarcelada en los ochenta por sus historias sobre derechos humanos, le reconoce el crédito a la dictadura por ese breve despertar. "Puesto que la gente asesinada, aprisionada y desaparecida fueron en su mayoría hombres, las mujeres tuvieron que confrontar a la autoridad como nunca antes. Enfrentarse al ejército o a la policía cuando se busca a los maridos o a los hijos, unir fuerzas y hablar políticamente de manera abierta, ir a trabajar por primera vez". Si un hombre retornaba de prisión, usualmente no podía trabajar, y las mujeres tenían que continuar sosteniendo a la familia. Durante la crisis bancaria de 1981-1983, desaparecieron industrias enteras y la selectiva erosión de la autoridad masculina fue culminada por programas "laborales" en los que a los hombres se les pagaba centavos para mover pilas de piedras de un lado a otro: "una humillación deliberada para quebrar el espíritu de trabajadores que siempre habían estado orgullosos de lo que habían creado". Un taxista con quien hablé acerca de esos años me dijo que salió a rogar que le dieran un trabajo menudo, no por el salario sino "porque mi mujer me odiaba". El trabajo sin finalidad alguna fue un castigo militar convertido en estrategia nacional.
Después de 1990, se volvió a poner la tapa de la caja sobre la mayoría de mujeres. La democracia había vuelto así que déjenselo todo a Papá. A pesar de esto, algunas mujeres, a menudo aquellas con vidas protegidas que no habían cambiado mucho debido al golpe militar, encontraron entonces una liberación. S., una diseñadora de jardines que estuvo empantanada por veinticinco años en un matrimonio abusivo con un hombre rico, me dijo en la oscuridad de un paseo nocturno en automóvil: "Cuando los más violentos de los patriarcas fueron removidos, yo y muchas mujeres que conozco súbitamente nos dimos cuenta de que no teníamos por qué aguantar esto jamás, que la sociedad estaba de nuestro lado". Fue un alarmante atisbo hacia lo que habían pasado las mujeres elegantes, profesionales y casi siempre separadas con quienes me iba encontrando. Nunca habría podido pedirles que dijeran más. Hay una reserva en Chile que usualmente se relaciona con el ancestro (europeo; el componente indígena, más visible cuando más se desciende en la escala social, no cuenta): una mezcla de orgullo vasco y de la rigidez británica.
A nivel nacional, esta reserva significa que una sociedad agraria feudal se encontró súbitamente bajo el ataque -- primero desde la izquierda y luego desde la derecha -- de furiosas fuerzas que esa sociedad se había empeñado en convencerse no existían. Aún continúan luchando contra ellas a susurros, por así decirlo. Muchos compromisos eclipsaron la restauración democrática: compromisos con las leyes del dictador, que aún resisten reformas esenciales; con la derecha política, que iría a continuar gobernando la economía mientras la centroizquierdista Coalición gobernaba un estado debilitado, compensando con paliativos a los marginados del neoliberalismo; y con la Iglesia Católica, cuya valiente posición en favor de los derechos humanos iría a ser recompensada con la resantificación de la familia tradicional. Los militares se felicitaban ruidosamente por haber "salvado a Chile".
El verdadero punto de quiebre vino en 1998, con el arresto de Pinochet en Londres, a donde había ido por una operación y para cerrar un trato de armas. La gente que se sentía oprimida por la continua supervigilancia militar de la transición, supervigilancia personificada por la presencia controladora del dictador como senador vitalicio, describe ese arresto como si un enorme peso les hubiera sido levantado de los hombros. El prestigio de las fuerzas armadas colapsó de la noche a la mañana y los militares tuvieron que usar ropa de civil en público, para evitar ser acosados. Cuando la Casa de los Lores pusilánimemente envió de vuelta a casa al impostor como mentalmente inapto para enfrentar un juicio, el gobierno de Frei Ruiz-Tagle, habiendo públicamente alegado que debería ser enjuiciado en Chile (al tiempo que buscaba apresuradamente hacer pasar una ley otorgándole inmunidad permanente) fue obligado a que el juicio tuviera lugar. La inmunidad parlamentaria de Pinochet fue levantada por la Corte Suprema en 2000, y se vino una erupción de juicios. Es un proceso lento e insanamente técnico. Hacia septiembre de este año, se había obtenido 99 condenas de 467 acusaciones por crímenes contra los derechos humanos. Pinochet, quien tiene excelentes abogados (incluido Pablo Rodríguez Grez, el ex líder del grupo terrorista fascista Patria y Libertad), estaba libre bajo fianza mientras era investigado solo por crímenes en los que hay "evidencias" de su participación: la Caravana de la Muerte (1973), cuando más de setenta disidentes fueron sumariamente ejecutados por una unidad del ejército que viajaba por las provincias; la Operación Colombo (el asesinato de 119 personas, disfrazado como un ajuste de cuentas) y un par de asesinatos. Entre estos está el asesinato en 1993 de Eugenio Berríos, uno de sus propios hombres; Berríos diseñó el agente bacteriológico que supuestamente mató al ex presidente Frei Montalva en 1982. Dadas las dificultades del sistema chileno, parecía haber mejores posibilidades de coger a Pinochet por la estafa, la evasión de impuestos y la falsificación de pasaporte descubiertas por el Senado de los Estados Unidos en una redada antiterrorista bancaria, luego del 11 de septiembre de 2001. Sus cuentas habían sido congeladas y él tuvo que vender sus medallas para pagar sus deudas. Después de que dejé Chile, algunos casos largamente detenidos comenzaron a avanzar. Pinochet fue acusado de 59 casos de rapto y tortura en Villa Grimaldi, y en noviembre, dos días después de su cumpleaños 91 (cuando por primera vez admitió "responsabilidad política en todo lo que se hizo"), un nuevo cargo lo acusó del rapto y asesinato de dos de los guardaespaldas de Allende durante la Caravana de la Muerte. Él está una vez más bajo arresto domiciliario, con la fianza y las apelaciones pendientes.
Mónica Rodríguez, a quien conocí el 11 de septiembre en un memorial nocturno tenido frente al Estadio Nacional (donde miles fueron retenidos y muchos ejecutados en las semanas que siguieron al golpe), ha pasado 16 años luchando por un monumento a las víctimas femeninas de la represión; ella gritó en medio de la música que "ellos" están arrastrando las triquiñuelas legales, esperando que Pinochet muera primero. Durante la reunión se nos mostró películas de la Unidad Popular y entusiastas puños cerrados; por primera vez, socialistas y comunistas, que habían estado alejados por mucho tiempo, estaban teniendo una actividad conjunta. Más allá de los claveles y las velas, podía verse las grotescamente joviales figuras de Disney en un parque de diversiones: el derechista alcalde del distrito había arreglado eso, se me dijo, como una manera de burlarse de la conmemoración. Las calles estaban desiertas porque en varios lugares las pandillas de jóvenes marginales practicaban los rituales con los que siempre conmemoran el aniversario: quemando autos, levantando barricadas y peleando con la policía. Durante la marcha oficial, "anarquistas" encapuchados arrojaron una bomba molotov a La Moneda, las llamas que salían por una ventana eran un recuerdo siniestro de lo ocurrido hacía 33 años.
Asistí a una tranquila y devastadora vigilia en las ruinas de Villa Grimaldi. Solo permanecen en pie los altos portones de hierro, cerrados para siempre. El lugar, plantado con árboles nativos -- abedules, ceibas y araucarias -- estaba salpicado de velas que brillaban dentro de pequeños nichos hechos con los mosaicos de los viejos pisos indicando, por ejemplo, dónde habían estado las Casas Chile, apretados closets verticales donde los prisioneros permanecían durante días enteros entre sesiones de picana y submarinos. Temblando en el fantasmal espacio donde una vez estuvieron las celdas de mujeres, una mujer desconocida comenzó a contar historias de horror, pero también de amor y solidaridad. No se trataba de la "memoria obstinada", como en el título de la película de Patricio Guzmán, donde muestra su propia Batalla de Chile a escolares que desconocen la historia, sino de una memoria impotente. El intento de acusar legalmente a Pinochet es más sincero de lo que Rodríguez y otras creen, pero su lentitud es dolorosa. Y se burla la verdad y la justicia, cuando los responsables no quieren decir qué sucedió a los 1,197 "desaparecidos". En octubre, sin embargo, la continua presión internacional para revocar una de los principales instrumentos de la impunidad, la Ley de Amnistía de 1978, condujo a serias discusiones al interior de la Concertación, despertando las esperanzas de cientos de casos que podrían volverse a abrir algún día.
¿Qué podría significar esa inclinación hacia un mayor otorgamiento de poder a las mujeres? ¿Se origina en la creencia de que los hombres andan incorregiblemente cuidándose entre ellos? ¿Es un deseo por el progreso humano además de macroeconómico? Esta tendencia no parece reflejar una segunda ola de reafirmación femenina, a pesar del alud de divorcios (55,000 casos este año, la mayoría presentados por mujeres) que es más un asunto de formalización de viejas separaciones y de obtener los nuevos beneficios económicos y de alimentos. 31 por ciento de los hogares chilenos están dirigidos por una mujer, y 58 por ciento de los niños nacen fuera del matrimonio. Probablemente el divorcio ha llegado demasiado tarde como para poner al matrimonio nuevamente de moda, y no deja de ser razón el hecho de que ahora los hombres tienen que mantener a sus ex esposas. Las mujeres no son aún "sujetos plenamente jurídicos o culturales", como admitió el Servicio Nacional de la Mujer, pero por lo menos ahora el estado ofrece una mejor protección física. Si una mujer ha obtenido un mandato judicial contra un hombre violento, y él se aparece por casa, se puede llamar a los carabineros y llegarán en cinco minutos; tanto las pobladoras de la clase trabajadora como las trabajadoras sociales me aseguraron que eso era cierto.
No pude encontrar ninguna organización de mujeres de la clase trabajadora en Santiago, quizá debido a la revivida importancia de las caridades de mujeres, que operan de manera paralela a los esfuerzos del gobierno de construir "un sistema de protección social fundado en derechos". Se me mostró un proyecto en La Legua, una de las poblaciones de la ciudad más empobrecidas y atacadas por las drogas, lugar que alguna vez fue una colmena de militantes socialistas y comunistas, salvajemente reprimida por la policía secreta, pero el proyecto resultó ser un centro con apoyo financiero para remedios naturistas. Empecé a pensar que esa sociedad combativa, políticamente despierta y especialmente sus mujeres, había sido tan brutalmente aplastada que debe comenzar nuevamente desde cero.
Pero no deberíamos olvidar el paso radical representado por la paridad de género en el gabinete ministerial. Para Clarisa Hardy, la menuda ministra de planificación de 60 años de edad, la presencia de mujeres en posiciones de poder significa que la política está poniéndose al paso de la realidad. "Hay una explosión de exigencias de los ciudadanos en las cuales la diversidad y la heterogeneidad de la sociedad se hacen visibles", dice. "Las ideas liberales son más comunes de lo que pensamos, y están tanto en la derecha como en la izquierda, poniendo el discurso tradicional, conservador, hegemónico, en su propia perspectiva". Los presidentes Frei y Lagos comenzaron a tratar el problema de las mujeres y de la vida familiar y llevaron a más mujeres a los puestos altos, pero Hardy reconoce que al paso de ellos, la paridad habría llegado en el año 2050. Gracias a la determinación de Bachelet, el gobierno no solo ha impuesto una representación más justa en términos de género, sino que también ha "desafiado la reproducción del poder, abriéndolo a la incertidumbre y al riesgo". Yasna Provoste, una profesora de educación física convertida en ministra de educación, ejemplifica esta disposición hacia considerar nombramientos oficiales que se extienden más allá del círculo interior de los conocidos. Ella es joven (36), mestiza y de orígenes modestos, y pertenece a la minoría de ministras de las provincias. Como administradora regional, luego gobernadora, ella "nunca sintió una discriminación abierta" por parte de sus colegas. "Pero puedo ver -- dice -- que los políticos hombres se sienten amenazados por el surgimiento de las mujeres. Así, tratan de desacreditarnos con cualquier pretexto; la discriminación nunca es directa".
A Karen Poniachik, la ministra de energía y minas, le han hecho pasar momentos duros con el pretexto de que dado que ella no es una ingeniera de minas, al menos debería tener alguna experiencia política. Ella ha hecho su carrera, parte de ella en Estados Unidos, en los medios, las finanzas y las inversiones. Su ayudante, hombre, me advirtió que no le hiciera preguntas acerca de su vida amorosa ni sobre sus compras, como parece suelen hacerlo los entrevistadores, pero cuando me sentaba junto a esta encantadora y nada ceremoniosa mujer de 41 años, ella comenzó a comentarme acerca de su novio. Poniachik disfruta el doble desafío de su puesto: está a cargo tanto de la industria del cobre que genera el cómodo excedente comercial chileno como del sector energético, cuyas carencias hacen que la expansión y la inversión extranjera sean una prioridad. Ella, también, cree que una representación femenina más justa es solo el primer paso en el camino de traer "diversidad" al proceso de toma de decisiones. Mientras que los grandes comercios permanecen siendo cotos cerrados y no basados en la meritocracia, ella dice, el sector público está enviando una señal crucial al eliminar las preguntas acerca de género, edad y otras por el estilo, en las solicitudes de trabajo.
Detrás del lenguaje tecnocrático de estas ministras se aprecia un ímpetu tan fresco y aventurero que parece posible preguntar si las mujeres ejercen el poder de manera diferente. Incluso si el experimento chileno no llega a ofrecer una respuesta a esta cargada pregunta (el Congreso es femenino solo en un 12%; el Senado, 5%) la fuerza de los números de las líderes mujeres las pone en buena posición para considerarla. Una fuerte respuesta afirmativa vendría de las gobernadoras de la región VII, todas mujeres, una provincia agrícola que no destaca por su feminismo. En una entrevista para una revista, una de las cuatro, conocida como "la bruja", por sus semanales reuniones de mujeres, dijo: "Se sentía la necesidad de la sensibilidad femenina, para hacer las cosas por amor, la necesidad de autoridades que no se comporten como semidioses sino como mortales comunes". Prevoste y Poniachik son más reservadas y citan la mayor apertura de las mujeres, su talento para trabajar en grupo y su honradez administrativa. El análisis más completo, sin embargo, es el de Hardy, quien se desempeñó como psicóloga y cuyo libro acerca de las mujeres y el poder en Chile, Eliterazgo, fue publicado el año pasado.
Dudo que alguno de los hombres presentes en una reunión del gabinete se estén preguntando si queda papel higiénico en casa, como me lo pregunto yo. Existe una diferencia, pero no es intrínseca. Las mujeres se socializan fuera de la brutal competitividad de las estructuras masculinas del poder y cuando llegan al poder traen consigo esas suaves y horizontales prácticas. Todas nosotras nos ayudamos y aconsejamos, pero nuestro círculo de apoyo también incluye hombres que no perteneces a él. Si el poder pudiera hacerse más democrático, con mayor rotación de puestos, esto erosionaría la tradicional reproducción del poder al interior de un puñado de familias y redes, haciendo que todos necesitaran más persuadir que imponer.
Al presente, Bachelet y otras están bajo escrutinio. ""!Habremos triunfado cuando se nos permita gobernar tan mal como un hombre¡"
La presencia de más personas ajenas a los círculos usuales del poder en esta administración es quizá un factor del percibido caos e indecisión. ¿Está la gente extrañando una mano dura? Los porcentajes de aprobación de Bachelet cayeron de 62 por ciento en la elección de enero a 44 por ciento en julio. Sus oponentes se lanzaron sobre el errático manejo presidencial de los mítines escolares en junio, seguido por la pérdida de prestigio ante la tradicionalmente detestada Argentina con respecto a los precios del gas, y las tasas de crecimiento de "solo" 4.5 por ciento. También ha perdido apoyo popular. Su noción de un "gobierno de los ciudadanos", uno que invitaba al público a expresar sus necesidades, fue tomado a broma desde el inicio como más apropiado para una madre que para una presidenta. Su discurso a la nación en Mayo incluyó una lista de prioridades "femeninas", dirigidas a problemas de la niñez y la edad avanzada así como al terrible estado de la vivienda. Existe un visionario programa preescolar en marcha, y el anuncio de la salud gratuita para los mayores de sesenta fue extremadamente popular. Sin embargo, el gobierno no solo ha tenido que inclinarse ante los intereses privados, como hicieron sus antecesores, desechando las objeciones de los ciudadanos ante los proyectos ecológica y socialmente dañinos, tales como la mina de oro Pascua Lama, o la fábrica de papel Celco, sino que las recientes negociaciones con los sindicatos del sector público se han interrumpido. "La gente que le creía cuando ella hizo un llamado a que se conviertan en 'agentes de su propio destino' están empujando las cosas más de lo que puede aceptar el gobierno", observó Pamela Pereira, abogada de derechos humanos, quien estuvo muy comprometida en el proceso que, mediante la criminalización de la banda de Pinochet, alentó a la gente a expresar su descontento. En septiembre hubo huelgas de maestros, trabajadores de la salud y empleados municipales.
La cuarta prioridad de Bachelet era la "innovación y visión empresarial", y esto también implicaba una crítica al curso económico del país, puesto que mientras Chile ocupa el puesto 20 en materia de libertad económica, está en el puesto 50 en innovación. Esto no puede dejar de relacionarse con la pasividad fomentada por el dominio de las multinacionales, bajo cuya arremetida han vuelto a caer las últimas estadísticas de la manifactura. La invasión es visible. Bajo grupos de torres de vidrio azul, el horizonte urbano central de Santiago, de descascaradas casas familiares y manzanas de los años sesenta, está cubierto de chillones diseños gráficos que parecen como cortados de revista: avisos de consultores corporativos, servicios de inversión, centros comerciales, proveedores de telefonía celular y una confusa variedad de bancos. Un capitalismo donde todo vale, acelerado bajo la democracia, ha conducido a lo que alguna gente lamenta como una nueva neurosis por la "apariencia". Desde blandir celulares falsos hasta pasearse por el supermercado con grandes latas de caviar solo para deshacerse de ellas antes de la caja registradora, la clase media ha progresado hasta acumular el más alto nivel de deuda personal en el continente ("los británicos de Sudamérica" hasta el extremo más penoso), como si esta sociedad que alguna vez odiara la ostentación estuviera ahogando sus traumas en el culto de objetos que ni produce ni puede darse el lujo de poseer. Aparte de las altas finanzas, el modelo de desarrollo chileno se basa en la minería extractiva y la explotación maderera, la producción industrializada de pescado, frutas y vino. Los ambientalistas como Sara Larraín deploran "la lógica de una economía colonial que continúa hasta el presente".
La devaluación de la creatividad ahoga las energías culturales. Pinochet hizo todo lo que pudo para reprimir la cultura moderna, pero floreció un sorprendente arte de resistencia al que no ha sucedido nada que se le iguale. La artista Livia Marín nació el día del golpe contra Allende y pasó la mayor parte de su niñez, así le parece a ella, observando desfiles militares y violentas contramanifestaciones desde su ventana sobre la plaza Italia. En parte como reacción a este brutal escenario, ella comenzó a producir un arte minimalista y sutil que encontró pocos ecos en Chile; tuvo que emigrar a Londres para poder desarrollar su trabajo. El mercado de la educación en Chile, sostiene Marín, ha producido un exceso de chillonas escuelas de arte, pero el mundo del arte serio es minúsculo y está dominado por las generaciones de los setenta y ochenta, que menosprecian cualquier enfoque que no esté políticamente comprometido. Uno de los grandes escritores contemporáneos, Roberto Bolaño, quien murió en 2003, permaneció en el extranjero después del final de la dictadura. Encontrar el lenguaje de una cultura chilena moderna es algo que le concierne a la generación más joven; oí acerca de jóvenes de barrios residenciales rapeando a la música del icono revolucionario Violeta Parra.
A la situación no la ayuda el hecho de que los libros sean extremadamente caros. Asombrada por los precios de una librería -- 15 libras esterlinas por una delgada edición en rústica -- descubrí que existe un enorme impuesto sobre los libros importados, que son la mayoría. Las imprentas clandestinas hacen copias facsimilares baratas que se venden en la parte trasera de algunas camionetas, cuando una tiene la suerte de comprar algo antes de que la furgoneta parta acelerando a la vista de un auto de la policía. Aparte de estos heroicos piratas, solo las mini bibliotecas que prestan libros en unas pocas estaciones del metro se han fijado en la salud intelectual de la ciudad. Más de un millón de libros fueron prestados en una década, de los cuales 96 por ciento fueron devueltos, demasiados a mi parecer. Por fin, sin embargo, una gran biblioteca pública ha sido abierta en Santiago.
No resulta inmediatamente obvio a los foráneos por qué tanto del legado de Pinochet permanece en pie, o cómo se ha logrado tanto progreso a pesar de las restricciones de ese legado.Se ha introducido algunas leyes laborales, produciendo quejas de que Chile se está convirtiendo en Cuba, y se ha reducido el número de la gente que vive en la pobreza, de 45 por ciento en 1990 a 18 por ciento hoy. La telaraña de complicidades y conflictos que define el incestuoso mundo de la política chilena es confusa; una amiga, molesta por mis constantes intentos de identificar campos ideológicos, dijo que no era bueno ver las cosas en blanco y negro, que debo pensar en subjuntivo. Para comenzar, los cuatro partidos de la coalición están internamente enfrentados, especialmente en asuntos "morales", pues tres enfrentan la oposición de los demócrata cristianos, un partido que originalmente apoyó el golpe contra sus actuales compañeros de cama. No obstante, solo los demócrata cristianos, junto con elementos conservadores de la derecha, son quienes están haciendo un llamado para un mayor gasto social. La coalición de centroizquierda constantemente ha estado cortejando a los partidos de la opositora Alianza por Chile pidiéndoles su apoyo, pese a que los votos de la Concertación de lejos superan a los de la Alianza.
Una de las razones de este punto muerto es que desde 1880, los principales medios han sido propiedad de hombres llamados Agustín Edwards. En 1970, los Edwards de turno, temiendo por sus inversiones, hicieron una visita a Nixon para pedir su ayuda para evitar la toma de mando de Allende. Después de que su operación tuviera efectos contraproducentes, El Mercurio, el principal diario chileno, coordinó una campaña de sabotaje con la misma eficiencia con la que después ocultó las atrocidades de Pinochet. Cuando se enfrenta a una exageración mediática de las tasas de criminalidad, la Concertación regularmente incrementa el poder de la policía en lugar de tratar las causas profundas del crimen. Es, de hecho, obligada a ponerse a la defensiva en cada tema progresista, desde desarrollar propuestas comerciales a otros países latinoamericanos con los que supuestamente Chile no tiene nada en común hasta la prescripción de la píldora del día siguiente a las niñas de 14 años. Las tentativas políticas sociales de Bachelet difícilmente interfieren con el curso de libre mercado mantenido por su ministro de finanzas, Andrés Velasco, pero son puestas en la picota por la prensa de derecha como la causa del persistente desempleo y la "pérdida de confianza de los inversionistas".
Sin embargo, el mayor obstáculo para el cambio es constitucional, lo que significa decir que es inalterable, porque los chilenos son un pueblo amante de las leyes e incluso más atados a las formas dada la reciente destrucción de la legalidad (El mismo dictador, que disfrazaba cada uno de sus ultrajes con mágicos pases jurídicos, perdió su apoyo principal solo cuando se reveló que era un vulgar ladrón). La transmisión del mando negociado por la junta después de que perdiera el plebiscito de 1988 obligó a los futuros gobiernos a respetar la constitución de 1980 y las enmiendas de último minuto. Se acordaba que ninguna parte sería cambiada sin una mayoría que variaba de 4/7 a 2/3.
Una de las leyes, la Ley Binominal, asegura que en una elección la minoría Alianza siempre conseguirá un lugar junto a cualquier diputado de Concertación, haciendo que el quórum reglamentario sea imposible. Los gobiernos han estado reducidos a arrancar algunos flecos de la camisa de fuerza que mantiene privatizado el sistema de salud chileno, la educación y los sistemas de pensión. Regularmente se convoca a comisiones para intentar identificar áreas de maniobra; actualmente se reúne una para estudiar la misma Ley Binominal. Últimamente, otra comisión examinó la industria de pensiones que deja a la mitad de la población desprotegida mientras, de acuerdo a Pereira, los directores de la industria tienen mas poder que los partidos políticos. El resultado: mucha ansiedad y ningún cambio, aunque al estado se le aconsejó que financiara una pensión universal de cerca de 75 libras esterlinas al mes.
El centro de conversaciones más fascinante del momento es el Consejo Consultor para la Calidad en la Educación, obligado a nacer por una masa de escolares hartos de la situación. El último verano (hemisferio sur), miles de tales "pingüinos", algunos de hasta 11 años de edad, ocuparon sus escuelas y las calles para protestar contra el sistema establecido por el dictador un día antes de dejar el poder, bajo la forma de la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE). Santificando la sabiduría del mercado, esta ley creó un sistema tripartito: excelentes escuelas privadas para el 8 por ciento de los estudiantes, escuelas privadas subsidiadas para otro 42 por ciento, y hangares municipales desfinanciados para el restante 50 por ciento. El rol del ministerio de educación consistía en pagar de manera pareja, un peso a los municipios, un peso a las escuelas subsidiadas. El presidente Frei triplicó el pago a los maestros e intentó mejorar su preparación, mientras un reforzado ministerio intervenía hasta donde lo permite la Ley, el nivel de los concejos municipales descentralizados. Pero el ministerio puede ejercer poco control sobre esas pobres salas de clase; en cuanto a las escuelas subsidiadas, cualquier vivo que haya terminado la secundaria puede establecer una en el lugar que quiera, con el resultado de que más de sesenta comunas no rentables no ofrecen ninguna posibilidad educativa. Algunos de estos vendedores de educación, verdaderos productos de la ola consumista, falsifican las matrículas para conseguir más dinero, presentan documentos ilegales para conseguir materiales y para publicitar edificios inexistentes: una montaña de escándalo, pero "no podemos tocarla, como si no tuviéramos manos", se quejaba un empleado del ministerio.
Aunque los padres de clase trabajadora a menudo se endeudan para enviar a sus hijos a colegios del sector subsidiado, los resultados no compensan el sacrificio. De los estudiantes que pasaron los exámenes de admisión de matemática y español en 2005, 58 por ciento venía de las escuelas privadas, 19.4 por ciento de las escuelas municipales y solo 22.5 por ciento de la capa intermedia. Y hacen su aparición los pingüinos. Al comienzo la mayoría de ellos eran de las escuelas municipales, pero el movimiento rápidamente se expandió a todas las clases y partidos. Los muchachos emitían públicamente las discusiones que tenían con el ministerio en tiempo real vía celulares y laptops prestados de escuelas de todo el país. Sus representantes ahora se sientan junto con el consejo consultivo establecido para agonizar acerca de lo que se puede hacer, pero sus exigencias centrales, apoyadas por una encuesta de septiembre -- que se anule la LOCE y que el estado tome a su cargo la educación -- son improbables de conseguirse debido al problema del quórum.
Estos chicos rebeldes desconfían de los periodistas y tuve que fastidiar mucho para que se me permitiera asistir a una reunión al aire libre de su asamblea coordinadora. Filas de agitados adolescentes se sentaban en las gradas de la Biblioteca de Santiago para discutir los argumentos del gobierno según los cuales primero debían desmovilizarse hasta que el consejo emita su informe. Pero de acuerdo a los discursos que escuché, se trataba de una estratagema para engañarlos hasta las vacaciones de diciembre, cuando los líderes más experimentados dejen la escuela. En este punto, dos muchachas con ojos de pandas se acercaron. Daniela y Josefa, ambas de 17 años, están entrenando a cuadros jóvenes en sus escuelas para que las reemplacen, instruyéndolos en cómo dirigir mítines, como evitar el partidismo, y cómo seguir las reglas de la transparencia. Ambas habían sido trasladadas por el sistema educativo según las cambiantes fortunas de sus padres, dejándolas airadas por los sobornos y los contactos personales que condicionan el acceso a la escolaridad, y convirtiéndolas en críticas del "materialismo y racismo" fomentado por el mercado. ¿Y qué con la libertad de escoger? "No. Las escuelas nos escogen a nosotros". Las muchachas se sentían parte de una ciudadanía olvidada. "La clase media es la que más sufre" dijo Josefa. "Los nuevos ricos la pasan muy bien con el capitalismo, y la clase trabajadora sale librada con los subsidios. Nosotros somos quienes estamos en la inseguridad". ellas se preocupan porque sus compañeros no vayan a deslizarse a la confrontación por el gusto de la confrontación misma. "Necesitamos por lo menos una carta bajo la manga, necesitamos ser estratégicos". (Por supuesto, en octubre, manifestaciones sentadas cuyo propósito no era muy claro, fueron dispersadas a la fuerza, y setenta estudiantes resultaron suspendidos por todo el año por la todopoderosa autoridad local; Prevoste está intentando que la sentencia sea anulada).
María Huerta, la portavoz de la asamblea de los estudiantes, trató de manera vibrante la idea de que las manos del ministerio estén atadas. "Por supuesto ellos podrían cambiar la ley. Simplemente no quieren hacerlo". En este punto, ella habla en nombre del "Chile real", como los reformadores lo llaman ahora, un país cuyos ciudadanos están retando a un gobierno de mujeres a que miren hacia afuera de la sala de reuniones ministerial, hacia los hogares tugurizados, los matrimonios violentos, el dictado de clases sin sentido y los hospitales codiciosos. Más arriba en la escala social, una nueva sociedad civil está naciendo, conducida por la intelectualidad. En una marcha contra un lucrativo proyecto municipal, las pancartas decían "Detengamos la masacre urbana" y una mujer que empujaba una bicicleta parecía entusiasmada por la fuerza que brinda la unidad. Ella nunca había oído el lema de la Unidad Popular ¡El pueblo unido, jamás será vencido!. Sin embargo, a medida que los vecinos se reunían en su encantador y amenazado parque para proclamar los "nuevos derechos humanos", rodeados a lo lejos por un encaje de montañas manchadas de smog, la combinación de fraternidad y música folklórica presente en esa manifestación me recordaba los antiguos mítines para reunir fondos en la tradicional Yorkshire.
No se puede hacer mucho más para mitigar las inequidades de los servicios públicos sin atacar sus causas y obligar a la realización de un cambio constitucional. Es instructivo, viniendo de una Inglaterra que se mueve en la dirección opuesta, observar cuán difícil es para un estado marchito volver a retomar sus funciones redistributivas y regulatorias. Yasna Prevoste ha presentado un proyecto de ley que pide el establecimiento de una educación regulada -- similar al proyecto que intenta regular los abusos del sistema de salud -- que le daría más cobertura al control de la calidad y que permitiría imponer sanciones más severas contra los empresarios pistoleros, pero sería una salida provisional costosa y burocrática. Los compromisos de la transición están siendo sometidos a presión. Cuando Camilo Escalona, el presidente del Partido Socialista se refirió a ciertas corporaciones como "chupasangres", hubo cierta incómoda vergüenza: ese, dijeron los políticos de todos los partidos, era un lenguaje "del pasado" que no ayudaba para nada. Escalona respondió diciendo que era hora de terminar con la hipocresía y reintroducir el riesgo en el debate nacional.
La armonía reinó, por lo menos, durante las preparaciones del Día Nacional de Chile, el 18 de septiembre, cuando en las plazas y parques de Chile, la comida tradicional, los rodeos y la cueca bailada pañuelo en mano reunieron a los ciudadanos para celebrar una sociedad de terratenientes paternales y de simples granjeros propietarios. Esa sociedad fue borrada de Chile con la reforma agraria iniciada por Frei Montalva, continuada por Allende y completada por Pinochet. Si alguien se siente tenso -- y Chile es el país más medicado de Sudamérica -- una bien conocida compañía farmacéutica tiene la solución, que aparece cada cinco minutos en la televisión: 36 aspirinas y una bandera nacional, ¡todo por 2 libras esterlinas! |