Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
<albertoloza@librosperuanos.com>
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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La literatura latina del Renacimiento:
Un continente perdido
Por Anthony Grafton
 
Publicado originalmente como "Rediscovering a Lost Continent",
The New York Review of Books, Vol. 53, No. 15, 5 de octubre de 2006.
Traducción de Alberto Loza Nehmad
<albertoloza@librosperuanos.com>
 

Libros reseñados

Flavio Biondo Italy Illuminated, editado y traducido por Jeffrey White
Harvard University Press,Volume 1, 489 pp.

Francesco Petrarca, Invectives, editada y traducida por David Marsh
Harvard University Press, 539 pp.

Humanist Educational Treatises, editados y traducidos por Craig W. Kallendorf
Harvard University Press, 358 pp.

Giannozzo Manetti, Biographical Writings, editados y traducidos por Stefano U. Baldassarri y Rolf Bagemihl
Harvard University Press, 330 pp.

Pius II Commentaries, editados por Margaret Meserve y Marcello Simonetta
Harvard University Press, 421 pp.

Ciriaco de Ancona, Later Travels, editados y traducidos por Edward W. Bodnar con Clive Foss
Harvard University Press, 459 pp.

Leonardo Bruni, History of the Florentine People, editado y traducido por James Hankins
Harvard University Press, dos volúmenes, 1,104 pp.

Marsilio Ficino, Platonic Theology, editado por James Hankins y William Bowen y traducido por Michael J. B. Allen y John Warden
Harvard University Press, seis volúmenes, 2,240 pp.

Polidoro Vergilio, On Discovery, editado y traducido por Brian P. Copenhaver
Harvard University Press, 721 pp.

Humanist Comedies, editado y traducido por Gary R. Grund
Harvard University Press, 460 pp.

Maffeo Vegio, Short Epics, editado y traducido por Michael C. J. Putnam y James Hankins
Harvard University Press, 184 pp.

Angelo Poliziano, Silvae, editado y traducido por Charles Fantazzi
Harvard University Press, 240 pp.

Angelo Poliziano, Letters, editado y traducido por Shane Butler
Harvard University Press, Volumen 1, 362 pp.

 
Raras veces Francis Bacon se encontró en la situación de no tener nada que decir. Cuando quiso decir que "la antigüedad" que sus contemporáneos reverenciaban, había sido una época más primitiva que la suya, expresó su pensamiento con cuadro lapidarias palabras latinas: antiquitas mundi juventus saeculi, la antigüedad es la juventud del mundo. Sin embargo, a veces incluso Bacon se mostraba dispuesto a tomar prestadas una o dos convenientes frases. En su obra Avances del aprendizaje, publicada en 1605, se propuso describir el nuevo tipo de investigaciones que sus contemporáneos historiadores realizaban sobre la antigüedad. Las investigaciones experimentales e innovadoras que ellos llevaban a cabo eran muy del gusto de Bacon. Los anticuarios coleccionaban y estudiaban los restos materiales del pasado: ruinas, inscripciones, armas, utensilios, incluso vestimentas. Ellos preferían reconstruir las creencias y los rituales pasados antes que diseñar las elocuentes narraciones que tradicionalmente habían conformado el núcleo del oficio del historiador. Para caracterizar el trabajo de los anticuarios, radicalmente moderno en sus métodos aunque eternamente melancólico en su búsqueda de interminables y elusivos fragmentos, Bacon citó una sentencia tomada de una fuente que no identificó:


Las antigüedades, o los remanentes de la historia, son, como se dijo, tanquam tabula naufragii [ como la tabla de un naufragio]: [ellas son encontradas] cuando las personas industriosas, por medio de una diligencia y una observación exactas y escrupulosas, efectivamente salvan y recuperan del diluvio del tiempo, monumentos, nombres palabras, proverbios, tradiciones, registros y evidencias privados, fragmentos de historias, pasajes de libros que no se relacionan con alguna historia en particular.


No hace mucho, el gran historiador italiano Riccardo Fubini identificó la fuente de donde Bacon obtuvo su fragmento en latín.[1] No se trataba de un texto antiguo, como la cita de Bacon podría conducir a creer, sino de un trabajo en latín escrito por un estudioso italiano del siglo XV: Italia Iluminada, escrito por Flavio Biondo, maestro en antigüedades romanas y cercano amigo del brillante arquitecto italiano y teórico del arte Leon Battista Alberti. Biondo había reunido evidencias de la Italia antigua y moderna a medida que viajaba por la península y se proponía comparar cuanto había visto con el testimonio de los textos antiguos. Esperaba encontrar cuáles nombres de lugares modernos correspondían a aquellos


lugares y nombres de la antigüedad italiana, para establecer la autenticidad de la nueva nomenclatura, para revivir y registrar los nombres que habían desaparecido y, en una palabra, para echar algunas luces sobre la oscuridad de la historia italiana.


La tarea resultó imposible de completar, pero Biondo llegó a escribir un libro informativo e inmensamente legible. Al comenzar les pedía a sus lectores


que se me agradezca por haber traído hacia la playa algunas tablas de un naufragio tan vasto, tablas que estaban flotando sobre la superficie o que estaban casi fuera de vista, en lugar de que se me pida describir la nave entera.


La modestia con la que Biondo formuló sus afirmaciones no debería distraernos -- no más que a Bacon -- de la novedad radical de lo que había escrito. Cuando Biondo eligió la metáfora de traer hacia la playa las tablas de un naufragio, obligó a sus lectores a dirigir su atención al episodio central de su descripción del distrito de Lazio, que a su vez está en el centro de Italia. Alrededor de 1440, Alberti se propuso rescatar uno de los dos navíos romanos que permanecían sobre el lecho y bajo las cristalinas aguas del lago Nemi en las colinas Alban que pertenecían al cardenal Próspero Colonna. Alberti había dispuesto filas de barriles de vino vacíos atados a todo lo ancho de la superficie del lago, y fijó tornos de manivela a cada extremo de esas líneas. Unos buceadores de Génova, "más parecidos a peces que a hombres," engancharon en uno de los navíos hundidos garfios de hierro atados a gruesas sogas. Cuando toda la curia papal observaba, los tornos empezaron a girar, las sogas se estiraron… y la nave se desarmó por completo. Solo salió un fragmento.

Impertérritos ante esta catastrófica conclusión a sus pioneros esfuerzos como arqueólogos submarinos, Biondo, Alberti y "todas las mejores mentes de la curia romana" empezaron entonces a divertirse. Careciendo de textos que pudieran darles luces acerca de los navíos (que en realidad eran barcas de placer llevadas al lugar por Calígula) empezaron a estudiar minuciosamente cuanto habían logrado llevar a la playa:


La nave [decidieron en un informe conjunto] estaba enteramente hecha de madera de alerce, reforzada con vigas de tres pulgadas de ancho y calafateada externamene con brea. La brea estaba cubierta y protegida por una capa de un material rojo o amarillo, como puede verse incluso ahora, y toda la superficie estaba cubierta con láminas de plomo para proteger la nave y el calafate de las olas y la lluvia. Una gran cantidad de clavos de bronce (no de hierro como usamos ahora) había sido usada para sellar las láminas de plomo...

Como modernos arqueólogos, los humanistas se dedicaron a descifrar las evidencias que tenían ante ellos: primero analizaron su composición, capa por capa, y luego se dedicaron a entender las funciones de cada componente en el antiguo navío. Cuando Biondo usó este episodio como una metáfora para el libro en su conjunto, hizo mucho más que pedirle a sus lectores que le perdonasen su incapacidad de traer la antigüedad italiana completa de vuelta a la vida. También subrayaba el hecho de que él y sus amigos practicaban una disciplina emocionante y radicalmente nueva. Ellos leían objetos en lugar de libros, usando un método que no tenía ninguna clara contraparte antigua y eso, a lo largo de los siglos, habría de separarse y transformarse en la arqueología moderna, así como en la historia cultural y la historia de la religión.

Un nuevo y maravilloso proyecto de publicación ha hecho fácil, por primera vez, trabajar y entender lo que Bacon aprendió de la fuente que dejó sin identificar y, de manera más importante, ha hecho muchísimo más fácil que nunca antes apreciar en su totalidad la literatura latina de la Italia del Renacimiento. El primer volumen de Biondo, Italia Iluminada, editado y traducido por Jeffrey White, apareció en 2005. Como los primeros dos volúmenes de Historia del pueblo florentino, de Leonardo Bruni; los seis volúmenes de La teología platónica, de Marsilio Ficino; el libro Mujeres famosas de Bocaccio; las Invectivas de Petrarca y las Silvae de Poliziano, entre muchos otros, éste forma parte de una nueva serie de libros auspiciados por la Villa I Tatti -- el Centro para los Estudios del Renacimiento de la Universidad de Harvard -- y bellamente publicados por la Editorial de la Universidad de

Cuando en Europa el latín supervivía fragmentada y disparmente en los documentos de médicos, burócratas, abogados y clérigos, los humanistas del Renacimiento se propusieron revivir las mejores tradiciones literarias del latín clásico, al que dieron una nueva vida. Con ese pulido y refinado lenguaje, quienes conformaron este movimiento intelectual, desde el Mediterráneo hasta el norte de Europa, sentaron las bases de muchas de las prácticas académicas e intelectuales que conocemos hoy. En la siguiente reseña, Anthony Grafton reseña algunas obras renacentistas publicadas por la Serie I Tatt: "Dispersos en bibliotecas y librerías, asignados en clase y recomendados en conversaciones, por generaciones estos volúmenes infectarán a los lectores con el sentido histórico y el cinismo político, el escepticismo y el idealismo, y el indeclinable amor por el latín de los humanistas del Renacimiento".

Harvard. Siguiendo el modelo de la ya largamente establecida Biblioteca Clásica Loeb, también publicada por Harvard y dirigida a poner a disposición de una audiencia más amplia las más importantes obras latinas del Renacimiento italiano, la Biblioteca I Tatti del Renacimiento ofrece a los lectores tanto el texto original, en útiles ediciones basadas en las mejores fuentes disponibles, como sus traducciones al inglés en la página derecha, muchas de ellas nuevas.

Por todo el territorio de los Estados Unidos, en los estantes de todas las sucursales de las librerías Borders y Barnes and Noble, y en la estantería abierta de las bibliotecas de las universidades más pequeñas, repentinamente se han hecho accesibles a los lectores que solo saben inglés, los escritos más ambiciosos e innovadores del Renacimiento italiano, en prosa y en verso, en campos que van desde la comedia hasta la metafísica, pasando por muchos otros, obras que por siglos solo los eruditos estaban en capacidad de leer y conocer. Por lo menos en traducciones [al inglés], el Renacimiento latino ha vuelto. Como lo muestra el caso de Biondo, tiene mucho que ofrecernos: una literatura fascinante y casi siempre innovadora, cómodamente asentada en un lenguaje de considerable elegancia y sorprendente actualidad.

La serie I Tatti, con veintitrés libros publicados hasta ahora y docenas más por publicarse, nos da muchas lecciones de historia. La primera tiene que ver con la variedad, la riqueza y la seductora belleza de la lengua latina. El latín postclásico, en una variedad de formas, sirvió por más de mil años como el medio de aprendizaje europeo. En los inicios de la Edad Media, los creadores de la cultura monástica lo usaban para la liturgia y en las bibliotecas de sus conventos. Después de la Revolución Francesa, el gran matemático Johann Karl Friedrich Gauss todavía escribía una buena parte de sus trabajos más innovadores en latín, para hacerlos más accesibles de lo que lo hubieran sido en alemán. No obstante, las formas del latín variaban radicalmente según el contexto.

Desde el siglo XIV hasta el XVII, el latín, un idioma clásico revivido, purista y exquisito, desempeñó un papel especial en el dramático escenario de la cultura europea. Los humanistas italianos, eruditos como Petrarca o Bocaccio, se dieron cuenta de que el útil latín de todos los días usado en su época para los documentos oficiales del estado y los contratos, para la liturgia latina de la Iglesia, y para el latín preciso y técnico de los abogados universitarios, los médicos y los teólogos, no era el mismo, sino que difería en muchas maneras del latín usado por los grandes escritores de la antigüedad como Cicerón o Virgilio. AL volver a los clásicos, ellos revirtieron las tendencias de su tiempo. Los puristas, especialmente en las órdenes mendicantes, denunciaban todo estudio de los clásicos como un estímulo para el escepticismo. "Cuántas falsas historias", sostenía el dominico Giovanni Dominici,


son contadas por los historiadores, cuando uno de ellos la cuenta de esta manera y otro la cuenta de otra. El gran Livio mismo es testigo de esto. En este caso el demonio tenía solo una cosa en mente: hacer que cuando el lector vea a los escritores célebres como mentirosos, sienta similares dudas acerca de los santos.[2]


Los habitués de las universidades del Hemisferio Norte, y desde el siglo XIV también en Padua, preferían que los meticulosos estudios de lógica y semántica se realizaran en un idioma implacablemente técnico y especializado y no con la prosa ciceroniana o el verso virgiliano. Cuatro de estos sofisticados jóvenes hicieron saber a Petrarca, el primero de los humanistas en hacerse conocido como el gran maestro de un movimiento intelectual, que él era un "buen hombre sin conocimientos". Su candente réplica, una magnífica defensa de las humanidades, aparece en el volumen I Tatti de sus Invectivas, impecablemente editado y traducido por David Marsh.

A pesar de la oposición que encontraron, los humanistas triunfaron, primero en Italia y luego en toda Europa. Se dedicaron a rastrear y a coleccionar libros antiguos, jactándose ruidosamente cada vez que "rescataban" o "restauraban" un clásico perdido, un proceso que a menudo suponía birlarse un manuscrito de un monasterio donde había sido preservado durante siglos, producir algunas copias imperfectas y perder el original. Los humanistas resucitaron antiguos géneros, desde la épica hasta la comedia, pasando por la historia y las cartas personales, y encontraron formas de hacerse una carrera cono escritores de latín refinado. Incluso consiguieron convencer a endurecidos capitanes mercenarios como Federigo da Montefeltro y a brillantes diplomáticos como Lorenzo de'Medici, para que construyeran bibliotecas con textos clásicos, enviaran a sus hijos (e incluso a sus hijas) a escuelas clásicas y contrataran a estudiosos de los clásicos para servir como embajadores y secretarios de cancillería. En sus intentos más ambiciosos los humanistas elaboraron vastos estudios del universo, de la historia, y del mundo que los rodeaba, trabajos que tuvieron un inmenso impacto sobre sus contemporáneos y que continuaron encontrando atentos lectores en épocas posteriores entre conocedores del latín como Thomas Browne, Jhon Milton y Samuel Johnson.

La Serie I Tatti nos ayuda a ver qué había de especial, en un mundo cultivado que ya hablaba el latín, en las especialmente coloridas variaciones del lenguaje que cultivaron los humanistas. Una espléndida colección de Tratados educativos de los humanistas, editada y traducida con gran precisión por Craig Kallendorf, nos permite ver en acción a algunos de los humanistas más influyentes. Parte del éxito que tuvieron se basaba en su experto dominio de las técnicas del aprendizaje. Battista Guarino, por ejemplo, expresa con claridad que el estudio adecuado de los clásicos tenía que ser activo, no pasivo; tenía que asumir la forma de una búsqueda personal de la información, la guía y los modelos estilísticos, llevada a cabo pluma en mano:


Dejemos que busquen nuevas máximas con aplicaciones específicas. Que escriban notas en los libros también es en extremo beneficioso, y más cuando tienen la esperanza de que se publiquen algún día, puesto que somos más cuidadosos con esas cosas cuando queremos ser celebrados. Escribir de esta manera agudiza maravillosamente el ingenio, pule la lengua y produce fluidez en la composición.


Solo un incesante estudio de este tipo, basado en encuentros cercanos con todo tipo de escritos antiguos, pudo haber capacitado a los humanistas para conducirse en una lengua muerta con la rapidez y la animación logradas por Petrarca, cuando él discutía con un doctor sinvergüenza: "Facile se ipsum excusat, quem non pudet; facile consolatur alium, qui non dolet" (Es fácil disculparse cuando no se siente vergüenza; es fácil consolar a los otros cuando no se siente dolor". Aunque el latín nunca había muerto, el latín de los humanistas, un idioma que se proponía ser clásico en cada detalle, desde la ortografía hasta la sintaxis y la letra misma, era una nueva fuerza cultural, un modelo del arte por el arte en la lingüística.

A veces, la búsqueda de una latinidad perfecta podía convertirse en una obsesión. Niccolò Niccoli, el bibliófilo y conocedor florentino del siglo XV, "se deleitaba grandemente en la pintura y la escultura antiguas" que él coleccionaba con maestría y buen gusto, y sabía tanto de la historia y la geografía de la antigüedad que "podía hablar de cada provincia, ciudad, localidad, lugar, en suma, acerca de cualquier región, mejor y con mayor detalle que la misma gente que había vivido en esos lugares por largos periodos". Un "glotón con los libros", creó una biblioteca de cerca de ochocientos volúmenes, vasta para ese tiempo, y después de haberla compartido generosamente durante su vida pidió en su testamento que se convirtiera "en cierto tipo de biblioteca pública, que estaría abierta por siempre a todos los estudiosos", una clásica institución secular.[3]

El gusto de Nicoli era impecable: "Superaba a todos en juzgar si un autor o un orador era pulido o pueril". Los escritores lo buscaban pidiéndole opinión, solo para enterarse que sus trabajos no estaban listos para ser publicados sino más bien para ser enviados a la letrina. Un esteta que "no podía aguantar el sonido de un burro rebuznando, una sierra o una trampa para ratones funcionando", él amaba y alababa todo lo antiguo. No obstante, Gianozzo Manetti, el humanista florentino a quien debemos la mayoría de estos vívidos detalles, notaba que el clasicismo hipercrítico de Niccoli lo silenciaba a él mismo:


Rara vez o casi nunca se dedicaba él a hablar o escribir en latín, en mi opinión debido a que no aprobaba nada a menos que estuviera completo y perfecto y, por tanto, temía que sus propios escritos, como los de los otros, no le pudieran satisfacer completamente.


Una manera de resolver este dilema (ya estudiado con brillantes resultados por Ingrid Rowland) se puso de moda en la Roma del Alto Renacimiento, donde algunos de los mejores latinistas intentaban utilizar solamente palabras que aparecieran en los escritos de Cicerón. Componían radiantes discursos y poemas clásicos, algunos de ellos gloriosamente elegantes, pero también, en opinión de su contemporáneo del norte, el satírico Erasmo, se hacían incapaces de discutir el mundo moderno cristiano que los rodeaba.[4]

En su mayoría, los escritores cuyos trabajos la serie I Tatti ha sacado a luz, ejercitaron el nuevo latín clásico con maravillosos efectos, y solo cuando se hacía necesario insertaban palabras y términos no clásicos. Aeneas Sylvius Piccolomini, el humanista de Siena que llegó a ser el papa Pío II, describe la elección que lo llevó a la sede apostólica con un tono frío y ácido que anticipa los estilos italianos de Machiavelli y Guicciardini:


Los más ricos e influyentes miembros del colegio [cardenalicio] llamaron a otros a su presencia. Buscando el papado para ellos mismos o para sus amigos, suplicaron, hicieron promesas e incluso intentaron algunas amenazas. Algunos dejaron de lado toda decencia y presentaron su caso sin sonrojo alguno, reclamando el papado como derecho suyo. Entre ellos estaban Guillaume, cardenal de Ruán; Pietro, cardenal de San Marcos; y Giovanni, cardenal de Pavía; y ni el cardenal de Lérida olvidó sus intereses. Cada uno de ellos tenía mucho que decir acerca de sí mismo. Sus rivalidades eran extraordinarias y su energía, sin límites. Ninguno descansaba de día ni dormía de noche… Un gran grupo de cardenales se reunió en las letrinas. Allí, como si estuvieran en un secreto y privado lugar de reuniones, trazaron un plan para elegir papa a Guillaume.


A pesar de toda su severidad, Pío tenía una deliciosa manera de describir ciudades y paisajes. Podía burlarse de sí mismo de un modo encantador, como cuando describió su estada entre los bárbaros habitantes de la frontera británica, quienes nunca habían conocido el vino ni el pan blanco, y con cuyas dispuestas jóvenes mujeres él rehusó dormir mientras permanecía despierto toda la noche por miedo a los bandidos que podían venir "entre las vaquillas y los cabritos, quienes no le dejaban ni pestañear, puesto que se escurrían hacia su jergón para quitarle la paja". Los Comentarios de Pío, presentados de manera elegante e informativa por Margaret Meserve y Marcello Simonetta, bien pueden ser el trabajo más entretenido de toda la serie.

El mismo Pío no tuvo una vida tan aventurera - o alcanzó tal precisión y viveza como escritor descriptivo - como Ciriaco de Ancona, el mercader, aventurero y autodidacta estudiante de las antigüedades que llegó a convertirse, para decirlo de algún modo, en el Patrick Leigh Fermor del siglo XV. Mientras cruzaba el Mediterráneo en toda dirección, embarcado en naves genovesas o venecianas como quien ahora toma trenes suburbanos, calmadamente examinando gemas en compañía de sus capitanes, buscó mediante los esfuerzos de toda una vida "hablar con los muertos", una vocación que lo llevó al Mar Egeo, después a Egipto, luego a la Grecia continental, y que lo condujo a dejar un registro de sus aventuras en ricamente detalladas cartas así como cuadernos en los que copiaba las inscripciones que encontraba. Ciriaco documentó sus dos estadas en Cyzicus con su característico cuidado, mostrando una igualmente característica indiferencia por las dificultades que tenía para estudiar un sitio arqueológico mientras las fuerzas turcas y cristianas combatían en el Mediterráneo y más allá. "Pero, ay", escribió en 1444,


A qué estructura tan decaída retornamos comparada con la que habíamos inspeccionado hacía catorce años, porque entonces vimos treinta y una columnas que habían supervivido erectas, mientras ahora encuentro que [solo] veintinueve de ellas permanecen en pie, algunas despojadas de sus arquitrabes. Y los famosos muros que estaban [entonces] casi todos intactos, ahora en gran parte yacen arruinados y derribados sobre el suelo, evidentemente por acción de los bárbaros. Por otro lado, esas excepcionales y gloriosas figuras de mármol de los dioses sobre la notable y maravillosa fachada del templo, permanecen intactas en su gloria casi original gracias a la protección del mismo Zeus y el patrocinio de su excelsa majestad.


La prosa de Ciriaco se hace incluso más vívida cuando describe la vida que lo rodea: "los apretados viñedos y árboles y las plácidas praderas" de Laconia, por ejemplo, donde observó a los jóvenes de la localidad competir en sus antiguas carreras de a pie, el androdromon pentastadion, mientras buscaba los rastros las antigua costumbres en el folclor contemporáneo:


Descubrimos que ellos preservan en algo una antigua manera de hablar, pues dicen que sus muertos, sin importar su religión, se han ido "al Hades", es decir, a un mundo subterráneo. También, su comida está hecha de habas partidas sazonadas generosamente con aceite, y hacen su pan de cebada.


Los más elaborados y ambiciosos de los trabajos hasta ahora presentados en la serie I Tatti están en prosa: Historia del pueblo florentino, de Leonardo Bruni; Teología Platónica, de Marsilio Ficino; y Sobre los descubrimientos, de Polidoro Vergilio. Cada uno de ellos ilustra la gama de formas en las que estos apasionados clasicistas volvieron su atención a la antigüedad, encontrando en esta tarea nuevas maneras de tratar problemas centrales del mundo que los rodeaba. Bruni, al intentar demostrar que Florencia podía encontrar los orígenes de su tradición republicana en la antigüedad más remota, escribió una historia de su ciudad en base al modelo de la antigua historia de Roma escrita por Livio. Al hacerlo, leyó el elocuente y dramático libro de Livio de una manera muy imaginativa y crítica. A partir de la idealizada versión de los virtuosos romanos escrita por el historiador de la antigüedad, Bruni reconstruyó el virtuoso y poderoso mundo de los enemigos de los romanos, los etruscos, de quienes según él descendían los toscanos modernos. En la imaginación de Bruni, la historia de Livio acerca de Horacio defendiendo heroicamente el puente sobre el Tíber, y la de Mucio Scaevola, poniendo su mano al fuego para mostrar su desprecio por la muerte, se metamorfosearon en ejemplos de la debilidad, la superstición y la deshonestidad romanas.


Habría sido más apropiado (si no irreverente, para decir la verdad) rendir honores al Tíber mismo [y no a Horacio], porque fueron las agitadas aguas del río las que salvaron a la ciudad cuando el valor romano no podía hacerlo. Los etruscos, que controlaban el Janículo y retenían todas las áreas del lado norte del río, por largo tiempo retuvieron las otras partes de la ciudad mediante un asedio cerrado. Los sitiados hicieron un plan para atacar a la persona del rey. Esta era la única esperanza que les quedaba puesto que en la lucha abierta eran bastante desiguales. Así, ellos recurrieron a trampas astutas para hacerlo salir furtivamente del cuerpo principal de las tropas. De ahí el asesinato del secretario y la historia de Mucio Scaevola poniendo su mano al fuego.


"Solo mi padre y yo mismo después de él", escribió Zbigniew Herbert en su magnífico poema "Las transformaciones de Livio",


Leímos a Livio contra Livio
examinando con cuidado qué había bajo ese fresco
así es cómo el gesto teatral de Scevola no levantó ni un eco en nosotros
.[5]


Como Herbert y su padre, y mucho antes, Bruni sabía que "el imperio caerá" y escribió, en el fino latín de Livio, una contrahistoria que exaltaba a los estados que supervivieron al colapso del Imperio Romano.

A más de una generación de distancia de Bruni, y en la muy diferente Florencia de Lorenzo de' Medici, Ficino se propuso mostrar que la antigua filosofía neoplatónica representaba una "tradición teológica gentil" que complementaba la revelación mosaica a los judíos y preparaba a sus devotos para las verdades últimas de la cristiandad. Ficino trabajó con el conocimiento pleno de las complicaciones internas del neoplatinismo. Escribió y debatió con estilos que variaban desde el lógico y sintético hasta el poético y evocativo, a medida que luchaba para encontrar maneras de probar que el universo tenía un orden y estaba gobernado por el Creador al tiempo que encontraba un lugar en aquel para el alma humana inmortal. Para nada un optimista, Ficino sufrió terriblemente de ataques de melancolía saturnina que, él sostenía, afligían a las grandes almas, que son la mayoría de los artesanos y artistas más originales. Se dio cuenta de que los textos antiguos recientemente encontrados, como el magnífico, pavoroso y epicúreo Acerca de la naturaleza de las cosas del poeta romano Lucrecio, desafiaban sus esfuerzos de crear una síntesis del cristianismo y la filosofía pagana. A pesar de ello, encontró formas nuevas, poderosas e influyentes de apoyar sus tesis. "Vimos recientemente en Florencia", escribe Ticino,


Un pequeño gabinete construido por un artesano alemán donde las estatuas de diferentes animales estaban todas conectadas a una sola esfera que las mantenía en equilibrio. Cuando esta esfera se movía, las estatuas también se movían, pero de diferentes maneras… También se podía oír el sonido de trompetas y cornos y el canto de aves; y otras cosas sucedían simultáneamente y un conjunto de eventos ocurría, y todo solamente a partir del movimiento de una esfera. Así, Dios, mediante Su propio ser… solamente tiene que inclinar la cabeza y todo lo que depende de Él tiembla.


Ficino, como muchos de sus contemporáneos, veía a los artistas humanos como las contrapartes terrenales del divino Creador. Aquí, él se basó en el innovador trabajo de un brillante artesano para darle una nueva forma analógica al antiguo argumento de que la creación había partido de un diseño, al tiempo que desmentía a los antiguos atomistas y su peligrosa crítica de la metafísica platónica: "Ya no escuchemos más de Lucrecio el epicúreo, quien quiere que el mundo aparezca y se mantenga por casualidad".

Polidoro Vergilio, nacido en Urbino, hizo gran parte de su carrera en Inglaterra. Escribió una ardientemente crítica historia de su tierra adoptiva, en la que demolía muchas de las leyendas medievales sin ganarse muchos amigos en el intento. Introdujo un agudo sentido de la ambigüedad en su novedoso libro: un vasto estudio de las invenciones que pasó por treinta ediciones en latín durante la vida de su autor. Como Brian Copenhaver lo demuestra en su magnífica edición de Sobre los descubrimientos, el erudito y complejo libro de Vergilio, algunas autoridades de la antigüedad denunciaban las invenciones humanas como una fuente de corrupción; otras las veían como una fuente continua de avances en la condición humana. Las fuentes más confiables que tenía Vergilio eran los autores de la antigüedad, a quienes reverenciaba; pese a ello, sabía que los hombres modernos habían inventado "la pieza para medir el tiempo que a menudo se ve en estos días, hecha de metales, ruedas dentadas y pesas; algunas de esas piezas apuntan las horas con agujas, algunas las anuncian con campanas", así como la imprenta, gracias a la cual "en un solo día una persona puede imprimir el mismo número de letras que mucha gente difícilmente podía escribir en todo un año".

Cuando las fuentes antiguas de Polidoro entraban en conflicto o cuando sus fuentes modernas permanecían en silencio, él no tenía manera de decidir quién había inventado el cañón, la espuela, el molino o el sombrero. Así, concluyó su extenso y erudito libro con una brusca disculpa: "Prefiero pasar información confiable con pocas palabras que usar muchas para ir en busca de incertidumbres". A pesar de todo, Sobre los descubrimientos, como lo muestra Copenhaver, tuvo un impacto profundo y duradero. Demostró ser uno de los principales canales por los cuales los métodos del anticuario del siglo XV llegaron a los etnógrafos e historiadores de la religión de los siguientes dos siglos.

La poesía latina del Renacimiento, como lamentablemente señaló hace mucho John Sparrow, uno de sus mejores estudiosos, es el tipo de tema que los historiadores tercos describen como "fundamentalmente fútil"[6]. Cuando Evelyn Waugh quiso enviar a un especialmente desventurado antihéroe en un viaje picaresco a la Europa Oriental Comunista, tomó como su principal personaje a un profesor de literatura clásica de una escuela particular de Granchester, un tal Scott-King "ligeramente calvo y ligeramente corpulento" que se había convertido en un experto en un poeta neolatino del siglo XVII, un tal Bellorio. El volumen de la serie I Tatti Comedias humanistas, expertamente editado y puesto en contexto por Gary Grund, constituye una lectura más difícil que la mayoría de los demás, y los dos dramas en verso que contiene son menos accesibles que los tres en prosa. No obstante, la edición de Grund muestra de manera muy acertada cómo la comedia renacentista combinaba motivos antiguos con lecciones cristianas, y ofrece una información fascinante acerca del rápido desarrollo de la actuación cómica en el Renacimiento, desde pantomimas hechas por los personajes mientras un solo narrados leía todas las líneas, hasta completas representaciones escénicas, actuadas ante un escenario pintado en base a la nueva perspectiva lineal.

Incluso más reveladora es la edición de Michael Putnam de los breves poemas de Maffeo Vegio y la edición de Charles Fantazzi de las Silvae de Angelo Poliziano. Un devoto clasicista, versado de Ovidio, Séneca y Virgilio, Vegio aún encontraba abrupto y desconcertante el final de la Eneida. La obra épica de Virgilio concluye cuando Eneas, furiosamente encolerizado, se halla de pie ante el cuerpo del enemigo Turno, a quien acaba de matar para vengar la muerte de su amigo Pallas a manos de Turno. La sangre ha clamado por sangre, y el famosamente pío héroe, ese modelo de aguante de edad madura termina dejándose llevar por la ira. Vegio encontraba ese espectáculo nada edificante aunque completamente vívido. Sin embargo, él sabía que Virgilio no había completado la Eneida, por lo menos a la medida de su propia satisfacción, así que decidió redondear el poema y suavizar sus ásperos contornos. Escribió un suplemento, un libro decimotercero en el que muchos de los acontecimientos felices predichos antes en el poema se hacen realidad. Eneas, después de casarse con Lavinia y gobernar a los latinos y troyanos, muere y se convierte en una estrella.

Mediante muy meticulosas comparaciones entre el libro 13 de Vegio, los libros 1-12 de Virgilo y el trabajo de Ovidio, en el que también se basó, Putnam desenmadeja las maneras en las que Vegio transformó el tono general de la obra: cómo hizo que fuera Turno y no Eneas quien montara en cólera, y se las arregló para que Eneas se convirtiera en una estrella en términos ovidianos: no volviendo a nacer mediante la salvación, sino en recompensa por una supremamente virtuosa vida pagana sobre la tierra. Las escenas de Vegio de festines y festivales tienen un agradable espíritu virgiliano, como cuando en la tranquilidad del presente Eneas y Latino recuerdan las luchas del pasado; esas escenas tienen también un vívido sentido de la época cuando Vegio representa las maneras en las que el ritual público podía sellar y solidificar una nueva identidad comunitaria.


Con tales y con otros temas prolongaron la extensión de la noche. Entonces, gritos de alegría retumbaron en los elevados salones y un poderoso rugido llenó el palacio entero. Las antorchas traen su luz y alumbran con caro brillo. Los troyanos saltan para ponerse de pie, les siguen los latinos mientras suena la cítara. El aplauso se intensifica mientras ellos se mezclan en una sola asamblea, varían los ritmos de sus danzas y empiezan a retozar.


Putnam nos enseña a apreciar el arte de Vegio y su habilidad para tejer de nuevo una perturbadora obra de arte hasta representar claramente la mejor moralidad pagana, no cristiana. A su propia manera, Vegio atisbó lo incompleto, el arco roto, que es el aspecto prominente de esta arquitectura épica.

Poliziano, como los demuestra Fantazzi, representa al humanismo italiano en su cenit erudito y artístico. Como los críticos de la Alejandría helenística, Poliziano practicaba las artes de la academia así como las de la poesía, y a un muy alto nivel. Rechazaba las apresuradamente producidas ediciones clásicas de sus contemporáneos por acríticas e incompetentes, y se dedicó a estudiar los manuscritos más antiguos que podía encontrar, rastreando las complejas maneras en las que los poetas latinos habían transformado los originales griegos, describiendo sus resultados más entusiastas en los cortos ensayos que tituló Miscellanea, cuando publicó algunos de ellos en 1489. A partir de 1480 Poliziano enseñó en la Universidad de Florencia, donde daba clases sobre autores que no habían sido previamente incluidos en el currículo, tales como Quintiliano y Estacio. Desestimaba a los críticos potenciales con una precisa cita de Tácito: "No deberíamos decir que lo diferente es automáticamente peor".

También eligió el camino de la soledad cuando declinó dar la usual oración en prosa en alabanza de su autor al comienzo de cada clase. En lugar de ello, recitaba e imprimía las introducciones métricas de las Silvae a la manera de Estacio, densamente alusivas en estilo. Su Rusticus o El Labrador, una encantadora introducción a sus cursos sobre Hesíodo y las Geórgicas de Virgilio, evoca la campiña Florentina donde Poliziano escribió, así como los imaginados paisajes de sus antiguos poetas. Nutricia ofrece una revisión muy exhaustiva, aguda y crítica, de la poesía hebrea, griega y latina, una obra muy bien informada acerca de los poetas helenísticos en quienes se basaron tanto los romanos, un estudio muy consciente de las virtudes de Lucrecio y Lucano y de las fallas de Ovidio. El poema culmina resueltamente, con los poetas florentinos desde Dante hasta el mismo Lorenzo, y es una brillante mezcla de historia y panegírico, hecha para mostrar que lo moderno tenía su propio poder. El verso neolatino, en otras palabras, ciertamente podía estar lejos de lo fútil. Erudita, alusiva, pulida hasta relucir con grandeza, la poesía latina equivalía a un sutil ejercicio de la erudición, densamente pleno de interpretaciones implícitas de los antiguos. Aunque también podía ser algo más. En el verso latino de Poliziano, como Richard Aldington escribió hace ya mucho,


cuando los sabores sutiles de las innumerables reminiscencias de los escritores anteriores eran disfrutados deliberadamente, cuando cada línea y cada frase estaba empapada de la poesía más antigua, había sin embargo algo nuevo en todo, alguna expresión de la propia personalidad del poeta.[7]


La Serie I Tatti ya está empezando a transformarse en el estudio y la enseñanza de la cultura del Renacimiento. Considérese solo un ejemplo. En los decenios de 1920 y 1930, Hans Baron, un brillante académico judío alemán, decidió que los jóvenes latinistas de la Florencia del siglo XV, sobre todo Bruni, por largo tiempo canciller de la ciudad, habían creado un movimiento intelectual, algo que finalmente denominó "humanismo cívico". Estos personajes modernos, sostenía, buscaban revivir no solo los textos antiguos sino también los valores clásicos. Ellos pensaban que la mejor manera de emular a la gente de la antigüedad y las altas formas del logro humano, consistía en llevar una vida activa de ciudadanía republicana. Para fines de los años treinta, Baron se mudó a los Estados Unidos y su trabajo, que empezó a aparecer en inglés, tuvo un poderoso impacto en este país, especialmente después de que su sintético libro La crisis del Renacimiento italiano temprano fuera publicado en 1955 por Princeton University Press.

Desde entonces, los especialistas más eruditos en la cultura del renacimiento -- Gene Brucker, John Pocock, Quentin Skinner, James Hankins, William Connell y muchos otros -- han debatido sobre las fortalezas y debilidades de la tesis de Baron. Cursos avanzados sobre la Florencia del Renacimiento y sobre la historia intelectual del Renacimiento han dedicado semanas de estudio y discusiones a los trabajos de Baron, al de sus críticos y sus seguidores. No obstante, hasta fines de los años sesenta, los estudiantes encontraban que virtualmente ninguno de los documentos latinos claves en los cuales se basaba Baron se hallaba en traducción inglesa. La ambiciosa historia de Bruni, aunque muy discutida, permanecía en gran medida inaccesible. Gracias a la biblioteca I Tatti, ahora los estudiantes pueden examinar directamente el tapiz del pasado florentino que Bruni tejió tan hábilmente a partir de los historiadores de la antigüedad, las crónicas medievales y los documentos oficiales, una obra clave tanto para Baron como para sus críticos.

La serie I Tatti no es la primera ni la única empresa de este tipo. En verdad, los nuevos estudios académicos europeos del siglo XIX, alimentados por una fascinación por las culturas y las literaturas nacionales, dejaron un tanto de lado la literatura latina del norte de Europa así como de Italia. Sin embargo, a lo largo del siglo XX, el neolatín ha sido redescubierto, una y otra vez.[8] Grandes proyectos editoriales han vuelto a colocar en una posición central de la cultura del Renacimiento, los trabajos de estos espléndidamente originales latinistas del norte, Erasmo y Thomas More. En décadas recientes, nuevas ediciones y traducciones han restaurado y puesto a disposición textos latinos largamente influyentes como De revolutionibus, de Copérnico; De humani corporis fabrica, de Vesalio; y la Poetica, de Julius Caesar Scalinger, todos de mediados del siglo XVI, así como la Politica, de Justus Lipsius, de fines de ese siglo. En Messina, Roma, Florencia, Lovaina, Oxford y otros lugares se han establecido centros productivos de erudición neolatina, y existen también unas pocas series comparables, notablemente la serie de la heroica casa editora francesa Les Belles Lettres.[9]

Y con todo, sobresale la Biblioteca del Renacimiento I Tatti. La serie en general tiene la unidad y la ambición que vienen de la energía, la erudición y la visión de un solo fundador: James Hankins, profesor de historia de Harvard. Alumno del gran historiador de la filosofía Paul Oskar Kriesteller y del renombrado historiador intelectual Eugene Rice, Hankion es un maestro consumado de todas las artes de la filología. Más importante aún, tiene una visión sinóptica de todo el "perdido continente" del la literatura latina del Renacimiento, como él lo llama, y ha incluido en su serie trabajos de todo género en el latín del Renacimiento: la única manera de hacer justicia a este vasto territorio sumergido de erudición y elocuencia.[10] Como los humanistas del renacimiento que él conoce tan bien, finalmente, Hankins se ha beneficiado del ilustrado apoyo de un gran mecenas, Walter Kaiser, quien como director de la Villa I Tatti ha auspiciado la serie y la ha hecho posible.

Los volúmenes individuales de la serie han alcanzado un nivel tal de acabado que significa un extraordinario crédito para todos quienes estuvieron envueltos en su producción. Los textos latinos, aunque no son ediciones críticas a cabalidad, son correctos, tienen buena puntuación y son legibles. Las traducciones inglesas tienen inusuales claridad, elegancia y precisión. Tipográficamente, también, estos manejables pequeños volúmenes -- que habrían encantado a Edmund Wilson -- tienen una especial elegancia. Lo más interesante es que toda la serie es el producto colectivo de un grupo interdisciplinario e intergeneracional de académicos. En las portadas de los volúmenes se mezclan los nombres de historiadores, filósofos y críticos literarios consagrados, con los de estudiantes de posgrado y profesores asistentes. Todos estos académicos, viejos y jóvenes, se han unido para la causa de la perdida literatura latina, y todos ellos trabajan para ella con energía y devoción.

En estos simpáticos volúmenes de cubierta azul nos encontramos con los protagonistas de uno los movimientos literarios e intelectuales más complejos de la vieja Europa, hablando con sus voces propias y traídos de nuevo a la vida por jóvenes y viejos practicantes del mismo oficio que los autores de esos libros inventaron. Dispuestos en un estante, son un espectáculo que regocija a todos quienes aún creen en la salud fundamental de las humanidades en los Estados Unidos (y que indigesta a los críticos pichiruchis de la izquierda y la derecha, muchos de quienes usan su cuarto de hora de fama para rebuznar diciendo que los profesores de literatura son autocomplacientes expertos teóricos, huríes de las humanidades que consideran a una dura jornada leyendo los clásicos tanto como los gatos consideran el tomarse un baño). Dispersos en bibliotecas y librerías, asignados en clase y recomendados en conversaciones, por generaciones esos volúmenes infectarán a los lectores con el sentido histórico y el cinismo político, el escepticismo y el idealismo, y el indeclinable amor por el latín de los humanistas del Renacimiento. Tanto operi, podría uno decir, nullum par encomium.



[1] Riccardo Fubini, Storiografia dell'-umanesimo in Italia da Leonardo Bruni ad Annio da Viterbo (Rome: Storia e Letteratura, 2003).
[2] Giovanni Dominici, Lucula noctis, editado por Edmund Hunt (Univesidad Notre Dame, 1940), p. 412 y traído bajo mi atención por el excelente estudio de Alison Frazier, Possible Lives (Columnbia University Press), p. 19.
[3] Véase Berthold L. Ullman y Philip A. Stadter, The Public Library of Renaissance Florence (Padua: Antenore, 1972).
[4] Ingrid Rowland, The Culture of the High Renaissance: Ancients and Moderns in Sixteenth-Century Rome (Cambridge University Press, 1998).
[5] Zbigniew Herbert, "Transformations of Livy," translated by Bogdana Carpenter and John Carpenter, The New York Review, November 6, 1986.
[6] John Sparrow, Visible Words: A Study of Inscriptions in and as Books and Works of Art (Cambridge University Press, 1969), p. 139. The unnamed historian was quoting a phrase of G.M. Trevelyan's. See also the pioneering and very important collection, Renaissance Latin Verse: An Anthology, that he edited in collaboration with Alessandro Perosa (Duckworth, 1979).
[7] El estudio de Aldington sobre Poliziano aparece, apropiadamente, en su introducción a The Portable Oscar Wilde (Viking, 1946), p. 12. La inmensa erudición de Poliziano, basada en el estudio de fuentes que pocos de sus contemporáneos conocían, alimentó lo que Aldington describe en Wilde como "una técnica de extraña erudición hecha poesía". Esto también carazterizó la prosa de sus variadas, exigentes y a veces misteriosas cartas, que están siendo editadas y explicadas para la Serie I Tatti, con gran erudición, por Shane Butler. Butler muestra que Poliziano revisaba las cartas que recibía de amigos como Pico della Mirandola, así como las suyas. Seleccionaba, omitía y pulía los textos para ensamblar un mosaico vívido aunque a veces deliberadamente engañoso, del mundo social y cultural en el que vivía, un proyecto que como su vida académica, puede compararse de más de una manera con su poesía.
[8]See the rich discussion by Christopher Celenza, The Lost Italian Renaissance: Humanists, Historians, and Latin's Legacy (Johns Hopkins University Press, 2004), and the thoughtful review by William Stenhouse, Bryn Mawr Classical Review, September 29, 2004.
[9]In addition, many Neo-Latin texts are now available for reading or downloading on the Web. Useful sites include White Trash Scriptorium: www.ipa.net/ ~magreyn/ and Dana Sutton's excellent Analytic Bibliography of On-Line Neo- Latin Tests: www.philological.bham.ac.uk/bibliography/index.htm.
[10] See James Hankins, "A Lost Continent of Literature," in The Lost Continent: Neo-Latin Literature and the Rise of Modern European Literatures: Catalogue of an Exhibition at the Houghton Library, March 5-May 5, 2001, edited by James Hankins, Harvard Library Bulletin, new series, Volume 12, Nos. 1-2 (Winter-Spring 2001), pp. 21-27, adapted on the I Tatti Renaissance Library Web page: www.hup.harvard.edu/ itatti/neolatin_lit.html.