primero "los regímenes patriarcales del confucianismo, el Islam y el catolicismo fueron suavizados por el desdén budista hacia los asuntos familiares", y en el segundo, la conquista europea creó la curiosa combinación de un rígido sistema patriarcal entre los dominadores, una masiva mezcla racial y un patrón familiar no marital caracterizado por el desarraigo entre los indígenas conquistados y los africanos importados. Las conquista imperial del hemisferio occidental, sugiere Therborn, produjo la primera transformación súbita de la estructura familiar antes del siglo XX.
Entre los criollos americanos, el poder masculino fue más machista que institucional, aunque para la gran mayoría de sistemas familiares hasta el siglo XX este poder fue patriarcal, incluso en la minoría de sistemas matrilineales. El poder masculino se basaba en el poder de los varones de mayor edad sobre los jóvenes de ambos sexos así como en la institucionalizada superioridad de los hombres sobre las mujeres, aunque Europa, el Sudeste Asiático y África resultaran ser menos desfavorables para las mujeres que el resto del planeta. La familia europea occidental, se nos recuerda en el libro, "fue de lejos la menos patriarcal en un mundo muy patriarcal". Sin esperárselo, las mujeres también se beneficiaron en la única región de poligamia masiva sistemática, al sur del Sahara, gracias tal vez al hecho de que la familia africana era esencialmente no nuclear ("el parentesco era siempre más importante que cualquier cónyuge") así como al temprano reconocimiento público de que el sexo es un placer humano legítimo. El patriarcado también se basaba sobre la predominante presencia del matrimonio, no necesariamente indisoluble, incluso en el Sudeste Asiático y en África, donde las bodas no eran rituales de pasaje centrales.
Therborn sostiene que, a diferencia de las estructuras sociales del poder y la producción, "los sistemas familiares no parecen poseer una dinámica intrínseca: sus cambios son exógenos"; esto significa que en ausencia de impulsos desde fuera, esos sistemas se reproducirán solos. Por supuesto, las maneras en las que los grupos humanos se ganan la vida -- que son tanto limitaciones como oportunidades -- siempre han conducido a ajustes en el matrimonio (mediante la abstención o el cambio de la edad de los contrayentes) y en la reproducción (mediante cambios en la tasa de fertilidad o en el infanticidio). Los más tempranos demógrafos del siglo XVIII consideraban casi axiomático que en cualquier año el número de matrimonios variaba de manera inversa al precio de los granos. De manera más general, el largamente existente "sistema matrimonial europeo occidental" que prevaleció al oeste de la histórica línea entre Trieste y San Petersburgo, la "Cortina de Hierro" original, asumía que los matrimonios conducirían al establecimiento de nuevos hogares (neolocalidad), que requerían que la nueva pareja poseyera recursos iniciales: en las sociedades agrarias, esto significaba el acceso a la tierra. Sin embargo, sostiene Therborn, en regiones pobladas como aquellas de la Europa medieval y premoderna, esto requería de sistemas intergeneracionales de transferencia de la tierra por medio de la herencia. Esto, sugiere, es lo que condujo al sistema de matrimonio "occidental" (después exportado a los colonizadores europeos en ultramar): matrimonios a edades tardías, a una edad variable, una alta proporción de gente que nunca se casó y una "combinación de... informalidad sexual no jerárquica... con un orden sexual normativo". Por otro lado, en África, donde la mayor parte de la agricultura de supervivencia (y el comercio en algunos lugares) era realizado por mujeres, el matrimonio era más que en ninguna otra parte, una forma crucial de la oferta de trabajo.
¿Cuáles son los impulsos exógenos que condujeron con una rapidez sin paralelo histórico a estos cambios en la familia? Algo inesperadamente, lo que Therborn se siente obligado a explicar es el largo aplazamiento -- durante los siglos XVIII y XIX -- de la rápida declinación y caída del patriarcado occidental en el siglo XX. ¿No habríamos esperado que la industrialización lo debilitara mediante la separación del lugar del trabajo del lugar de residencia, así como la proletarización, al disminuir el poder de los padres, debido tanto a que no tenían ninguna propiedad que legar a sus hijos como a que se habían claramente convertido en dependientes de los propietarios de la tierra y el capital? ¿La urbanización no debilitó la autoridad como tal? Ciertamente, ¡no había parecido retirarse el predominio masculino, al menos entre los pobres, en la era de la protoindustrialización (lo que solía conocerse como el sistema del "putting out" o "Verlag system")?
En realidad, el surgimiento de la sociedad capitalista industrial protegió y reprodujo el patriarcado; entre varias razones, debido a que tras la aparición de las empresas capitalistas, el patriarcado no era ni podía ser un sistema que operara principalmente, y menos aún únicamente, según la racionalidad del mercado (en muchos países este es todavía el caso prevaleciente). La familia patriarcal no era solamente "una pesada ancla social" sino un mecanismo esencial de la empresa económica. Además, como lo muestra la industrialización inglesa del siglo XIX, un capitalismo industrial próspero iría a convertir a sus proletarios en una clase obrera manufacturera, muy probablemente con conciencia de clase, aunque también cada vez más compuesta de hombres que funcionaban como los principales proveedores del pan de su hogar. Esto se convirtió en "la aspiración normativa de las clases trabajadoras europeas".
Quizá algo de la sorpresa de Therborn se debe a que él pone en primer lugar el argumento antipatriarcal antes que los cambios en el comportamiento real, pese a que él demuestra que las ideas no se tradujeron en una acción del estado nacional antes del siglo XX. Según él, el argumento se remonta al siglo XVIII, cuando en la Ilustración Escocesa surgió la idea de que la posición de las mujeres en la sociedad era un indicador del progreso social, sin significar esto todavía la igualdad de derechos para ambos sexos. Posiblemente, esta idea tuviera conexiones con el protestantismo radical que, junto con el socialismo (ateo), es visto por Therborn como uno de los mayores desafíos del siglo XIX contra el patriarcado. Mientras las revoluciones estadounidense y francesa no se preocuparon por la liberación de las mujeres, ésta sería un elemento central de las revoluciones socialistas y comunistas. De ahí que Therborn vea que en el siglo XX, las "más amplias corrientes ideológicas que alimentaron determinadas incursiones en la fortaleza del patriarcado" fueron, en orden de importancia, las siguientes: la revolución socialista/ movimiento comunista (notablemente vía los vastos efectos e influencia de la Revolución Rusa); los "desarrollistas nacionalistas" no occidentales (notablemente en Turquía); los movimientos feministas de las mujeres, que según él no fueron de gran significado fuera de las regiones anglosajonas; y "un liberalismo secularizado principalmente de origen cristiano protestante o judío, rara vez católico".
Desde un punto de vista global, tiene un sentido obvio insistir, junto con Therborn, en que "el comunismo internacional desempeñó un papel crucial, si no avasallador", en todos los más grandes avances hacia el retiro del patriarcado en el siglo XX: la Primera Guerra Mundial, los resultados de la Segunda Guerra y los grandes cambios desde mediados del decenio de 1960 hasta el de 1980. A pesar de cuán resistente fuera el comportamiento familiar real frente a las imposiciones del modelo de Lenin de modernismo igualitario o la occidentalización de Ataturk, los tremendos cambios del siglo XX sucedidos entre los Balcanes y los mares de China, difícilmente podrían haber sucedido sino por el efecto del sobrecargado poder estatal revolucionario. Aunque Therborn adelanta la fecha de muerte de la familia extendida ultrapatriarcal balcánica, la zadruga, el mejor experto en ese campo (Karl Kaser) sostiene que ésta fue liquidada luego de décadas de comunismo.
En Occidente, la declinación y la caída del patriarcado, mucho más drásticas que en cualquier otro sitio hasta el último tercio del siglo, estuvieron basadas en dinámicas propias. El efecto de la ideología organizada y del poder estatal -- este último preocupado, principalmente hasta el inesperado boom de la natalidad después de 1945, por fomentar la natalidad -- fue por tanto menos significativo y menos necesario. La educación primaria estatal obligatoria para las mujeres y para los hombres así como la prohibición del trabajo infantil, resultantes ambos en la elevación de los costos de la crianza para los padres, fueron las principales maneras en las que la acción del estado afectó directamente a la familia. El modelo moderno fue desarrollado por primera vez no en los países centrales del desarrollo capitalista sino en las márgenes de éste: entre las sociedades de colonizadores blancos (no católicos), en Australasia y el Oeste y Medio Oeste norteamericanos, aunque especialmente en Escandinavia. (Therborn nos advierte contra los modelos simples y lineales de relaciones entre la transformación económica y la cultural, con la excepción de la patente correlación económica entre las variaciones en la edad del matrimonio y la planificación familiar.)
El patrón general occidental parece consistir en que las ideas que favorecían la modernidad se difundieron al interior de las sociedades occidentales desde las elites (clases medias) secularizadas y educadas y los movimientos políticos "progresistas"; y que esta modernidad se difundió hacia afuera de Occidente por imitación de sus influyentes modelos de modernidad. El progreso del control de la natalidad en Sicilia, analizado en un hermoso estudio hecho por Jane y Peter Schneider, es un excelente ejemplo. Incluso así, salvo por la declinación masiva en la natalidad a partir de 1880, la ideología y el cambio legal estuvieron mucho más adelantados que el cambio en el comportamiento familiar y sexual hasta los años sesenta del siglo XX. Incluso en Occidente el cambio no se hizo drástico sino hasta el último tercio del siglo XX. En realidad, en el último tercio del siglo pasado se vio el más rápido y radical cambio global en la historia del género humano y la historia de las relaciones intergeneracionales, aunque éste no haya penetrado hasta ahora muy profundamente en el resto del mundo. Therborn es mejor registrando y siguiendo esta revolución sin precedentes en el comportamiento humano en los países capitalistas desarrollados y las correspondientes perturbaciones sucedidas en las regiones poscomunistas, que analizando sus causas y sus relaciones con la extraordinaria aceleración del crecimiento socioeconómico y la transformación de la que esta revolución forma parte.
De manera algo inesperada, sus conclusiones acerca del estado de la familia durante el final del último cuarto de siglo de revolución conductual son prosaicas, para no decir trilladas. Probablemente la humanidad continuará realizando variaciones de la vieja familia ("el patrón modal del emparejamiento heterosexual institucionalizado de largo plazo"), solo que -- al menos en el Occidente post 1968 -- de una manera burguesa menos estandarizada. Algunas novedades son preocupantes, notablemente la "mercantilización" de las relaciones sexuales y personales, aunque ninguna es "necesariamente fatal o incluso amenazadora de las circunstancias institucionalizadas existentes. Ellas solamente indican que el futuro tendrá también sus problemas". Esas afirmaciones son sorprendentes pues están en contradicción tanto con el propio análisis de Therborn como con parte de la evidencia hacia la que él atrae una atención incidental.
Él mismo ha formulado el problema de manera lúcida: los sistemas familiares se mantienen en equilibrio. Cuando son perturbados por contradicciones internas o, en este caso, exógenamente, se desestabiliza un conjunto dado de acuerdos sociales. La perturbación puede o no ser manejada por medio de mecanismos balanceadores o restablecedores. Si no puede serlo, "surge la necesidad de una segunda fase de cambio... una fase que consiste en el establecimiento de una dirección del cambio y de una nueva organización de la institución". Y si esto no sucede "habrá un período corto o largo de anarquía después del cual la institución en cuestión cambiará (incluyendo su posible desaparición) o volverá a su forma anterior". Difícilmente podrá negarse que las novedades estudiadas por Therborn pueden alcanzar una perturbación históricamente súbita y espectacular de las duraderas normas y acuerdos mediante los cuales los géneros y las generaciones estuvieron conectados en las diferentes sociedades por lo menos desde la invención de la agricultura. Cuando el número de los nacimientos extramaritales en los países desarrollados se eleva, en 40 años, de 1.6 a 31.8 por ciento (Irlanda), de 1.4 a 25 por ciento (Países Bajos), de 3.7 a 49 por ciento (Noruega), o cuando, como en Canadá, la media del número de hijos por mujer cae de 3.77 a 2.33 en solo el decenio de 1960, vemos claramente que estamos enfrentando una revolución en el comportamiento personal y social. Uno podría haber esperado un examen menos superficial de las consecuencias de esta extraordinaria perturbación. El único aspecto que Therborn considera seriamente es el estrictamente demográfico, que probablemente reducirá Europa de tener un cuarto de la población mundial en 1900 a un quinto en 2050.
Aquí la fuerte y propia identificación de Therborn con los ideales escandinavos de una emancipación en términos de sexo y género se cruzan en el camino de su análisis, sesgando su visión de las funciones sociales históricas de la familia. Tal vez no sea accidental que el índice del libro contenga más referencias a "divorcio" que a "hijos", a "sexualidad" que a "herencia", y muchas más a "matrimonio" que a todas estas últimas juntas y ninguna a cualquier forma de "adopción" u otras formas construidas del parentesco. Su libro considera al matrimonio principalmente como un ordenamiento sexual, separado del orden social aunque entrelazado con él, ordenamiento que incidentalmente le permite abrirlo a los emparejamientos del mismo sexo. Para él, esta función sexual se antepone a otras ("una opción que deriva de las experiencias de comienzos del siglo XXI"): el matrimonio como un acuerdo para la procreación y la crianza de los hijos, como un mecanismo de intercambio e integración social al interior de las comunidades más extensas y como un mecanismo que establece el estatus social de grupos de edad y de los hogares. Curiosamente, Therborn parece mostrar poco interés, al menos en este contexto, en la unidad progenitores-hijos o en la unidad trigeneracional como un medio de transmisión material y cultural y como un sistema de apoyo social al interior de las generaciones o entre ellas, y poco interés en la pareja casada como unidad generadora de ingreso.
Dada la drástica agudización (desde los años setenta) de las desigualdades económicas al interior de las sociedades capitalistas, ¿resulta todavía adecuado considerar la declinación de la "familia con ama de casa", desde su cenit a mediados del siglo XX, como algo enteramente "impulsado no -- como después sucedería en los países pobres -- por la pobreza sino por una nueva prioridad en la historia vital, la de un ingreso independiente y una carrera"?. De paso, los propios descubrimientos de Therborn sugieren que el matrimonio como un orden sexual, históricamente es una norma social o un ideal más que una descripción de cuanto acontece en la realidad, con excepción de algunos sistemas que obligan a todas las mujeres a casarse vírgenes y que hacen que el sexo (heterosexual) sea para ellas virtualmente imposible fuera del matrimonio Muy aparte de la zona del Nuevo Mundo criollo (latinoamericano y caribeño), "por siglos el área clásica de acoplamientos masivos fuera de las normas de la Iglesia y de la ley", Therborn observa la histórica informalidad del orden sexual del África subsahariana, donde en algunas partes la frecuencia del sexo marital alcanza un muy claro segundo lugar luego del sexo no marital, y en algunas regiones de Europa, por ejemplo, los Alpes austriacos y la zona ibérica noroccidental, con sus "proletarios o minifundistas históricamente desviados de la ley de la Iglesia" y, él podría haber añadido, también del celibato sacerdotal.
Los datos de Therborn sugieren una visión menos complaciente de la situación creada a inicios del siglo XXI por el terremoto que ha sacudido a la familia tradicional. Probablemente la tendencia básica del siglo XX -- esencialmente, la emancipación de las mujeres de su antiquísima posición de inferioridad social e institucional ante los hombres -- aún prevalece, pero él también observa que "donde no gobiernan los padres y los maridos, el orden sociosexual puede ser dominado por la falocracia y el poder sexual masculino asimétrico, como en las sociedades populares latinoamericanas o en las crecidas barriadas del África"; o, como él señala, en el contexto post comunista, donde "mientras el poder de los padres y los maridos no parece haberse incrementado, ciertamente sí lo ha hecho el de los proxenetas". En medio del período del más abrupto colapso de los estándares tradicionales de la moralidad y el comportamiento sexual, la familia masculinamente dominada ha sido reforzada por fuertes reavivamientos religiosos, "a menudo con intensas preocupaciones patriarcales". A pesar de todo lo poderoso que esto sea en el Islam, no está para nada claro que las victorias del cristianismo fundamentalista norteamericano sean tan "pírricas" como sugiere Therborn. Ciertamente, al presente parece como si bajo George W. Bush, fueran a producirse adicionales victorias de este tipo en el "primer y hasta ahora el único país del área del sistema de familia europea que ha sido testigo de una reacción antifeminista exitosa".
Therborn también reconoce que la supremacía del ideal que la emancipación liberal comparte con el capitalismo de consumo, es decir, la satisfacción de los deseos individuales, incluido el sexual, tiene algunas consecuencias aberrantes: la tasa de fertilidad occidental no solo ha caído mucho más bajo de las tasas de reemplazo sino que ha producido el nacimiento de menos niños de los que realmente quieren las mujeres. Él no menciona las consecuencias, especialmente en una sociedad de mercado, de las nuevas y rápidamente crecientes capacidades humanas para manipular la genética de nuestra especia (clonación, etc.). Estas capacidades serán inevitablemente substanciales, impredecibles y casi ciertamente problemáticas. Los problemas creados en los años noventa en las sociedades que prefieren hijos hombres, dada la combinación de control de la natalidad y la capacidad de los padres de conocer el sexo de los embriones, son ya obvias. En 1995, la tasa china de natalidad era de 117 niños por cada 100 niñas. Me abstengo de comentar sobre la predicción de Therborn de que el mercado resolverá esto en el largo plazo, elevando el valor de las niñas dada su escasez.
Se trata de un libro profundamente impresionante, escrito por un sociólogo de primera, un libro original y de lo más persuasivo en su análisis histórico además de destacado por su revisión del escenario global marital y sexual. Sin embargo, subestima el real y potencial efecto de los recientes cambios revolucionarios en la familia humana, sin precedentes en su escala y su velocidad, tanto a nivel global como en las sociedades occidentales, donde han sido aún más profundos. Desde mi punto de vista, subestima la relación entre los efectos de la revolución cultural occidental del último tercio del siglo XX sobre la familia y el equivalente económico de esta revolución: la creencia en un capitalismo teóricamente libertario que cree que puede funcionar sin la herencia que en el pasado le dio mucho de su fuerza, sin esas reglas de la obligación y de la lealtad al interior y fuera de la familia tradicional y otras proclividades que no tienen conexiones intrínsecas con la búsqueda de la ventaja individual, búsqueda que alimentaba ese motor. A medida que el neoliberalismo triunfaba en lo económico, sus defectos se hacían imposibles de ocultar. A la luz del contenido de este libro, puede sugerirse que estamos llegando a este punto en la ideología del libertarianismo cultural. |