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Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios |
por Alberto Loza Nehmad |
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Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
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¿Cuán cerca está la catástrofe?:
Las graves dimensiones del calentamiento global |
| por Bill McKibben |
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Publicado originalmente como "How Close to Catastrophe?", The New York Review of Books, Vol. 53, No. 18, 16 de Noviembre de 2006
Traducción de Alberto Loza Nehmad
<albertoloza@librosperuanos.com> |
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Libros reseñados:
The Revenge of Gaia: Earth's Climate in Crisis and the Fate of Humanity
[La venganza de Gaia: El clima de la Tierra en crisis y el destino de la humanidad]
James Lovelock
Basic Books, 177 pp.
China Shifts Gears: Automakers, Oil, Pollution, and Development
[China pone la primera: Industria automotriz, Petróleo, Contaminación y Desarrollo]
Kelly Sims Gallagher
MIT Press, 219 pp.
Solar Revolution: The Economic Transformation of the Global Energy Industry
[La revolución solar: La transformación económica de la Industria Energética Mundial]
Travis Bradford
MIT Press, 238 pp.
WorldChanging:A User's Guide for the 21st Century
[WorldChanging: La guía para el usuario del siglo XXI]
Alex Steffen, ed.
Abrams, 596 pp.
Design Like You Give a Damn: Architectural Responses to Humanitarian Crises
[Diseñe como si le importara un comino: Respuestas arquitectónicas para una crisis humanitaria]
Architecture for Humanity, eds.
Metropolis, 336 pp.
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| James Lovelock es uno de los más interesantes y productivos científicos del planeta. Su invención de un artefacto para capturar electrones, capaz de detectar cantidades mínimas de sustancias químicas, permitió a otros científicos entender los peligros que significaba el DDT para las cáscaras de los huevos de las aves, y permitió también descubrir las maneras en que los clorofluorocarbonatos (CFS) estaban dañando la capa de ozono. Lovelock es más conocido, sin embargo, no por una de sus invenciones sino por una metáfora suya: la idea de que la Tierra podría, para fines muy útiles, ser considerada como un organismo simple |
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La energía proveniente del carbón y sus efectos |
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que lucha para mantenerse estable; para ese organismo él usó el nombre de la diosa griega de la tierra, Gaia.
En realidad, en sus inicios esta llamada hipótesis Gaia era menos clara: "casi nadie parece saber qué es Gaia, y entre ellos me incluyo durante los primeros diez años de vida del concepto", escribió Lovelock. No obstante, la hipótesis se ha convertido en una teoría, aunque no completamente aceptada por otros científicos. Por otro lado, la teoría no es tomada a la broma por nadie. Según ésta, la Tierra es "un sistema autorregulado conformado por la totalidad de organismos, las rocas de la superficie, los océanos y la atmósfera, fuertemente enlazados como un sistema en evolución", que lucha "para regular las condiciones de la superficie de modo que siempre sea tan favorable como posible para la vida contemporánea".
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| Los efectos devastadores del cambio climático global podrán ser experimentados mucho antes de su ancianidad por quienes ahora tienen menos de treinta años. Así están las cosas. Mientras, la respuesta oficial a esta verdadera amenaza de corto plazo para la vida en la tierra varía mucho: la administración de Bush no hace nada; algunos políticos peruanos presentan a las ONGs ambientalistas como una amenaza de última generación; el alcalde de Londres acaba de proponer un impuesto de 25 Libras esterlinas diarias para las absurdas camionetas 4X4; China e India avanzan con la frente en alto a unirse-- y sobrepasar -- a quienes producen las mayores cantidades de emisiones contaminantes del planeta. El autor de esta comprensiva reseña termina recordando la necesidad de rescatar una tecnología básica: "La tecnología que más necesitamos es la tecnología de las comunidades: el conocimiento acerca de cómo cooperar para hacer que las cosas funcionen". Obviamente, la local filosofía del caos y el aprovechamiento no ayudan a ese fin. |
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Dejando de lado las cuestiones de conciencia y voluntad planetarias (por más amadas que sean por la primera ola de acólitos de la Nueva Era), la teoría puede ayudarnos a entender cómo la Tierra ha logrado mantenerse hospitalaria para la vida por miles de millones de años, pese a que la temperatura del sol ha venido aumentando significativamente en razón de su propia evolución estelar. Mediante una serie de procesos entre los que están, entre otros, las edades glaciares, las algas oceánicas y las rocas aislantes, la Tierra ha logrado mantener en la atmósfera las cantidades de dióxido de carbono necesarias para retener el calor y por tanto mantener estable su temperatura.
En la actualidad esta homeostasis está siendo perturbada por nuestro reciente consumo excesivo de combustibles fósiles, que ha liberado una enorme cantidad de dióxido de carbono en la atmósfera. Ciertamente, en una parte de su libro Lovelock predice -- de manera más sombría que cualquier otro observador competente que yo conozca -- que ya hemos empujado al planeta hasta el borde del abismo, y que pronto veremos notablemente rápidas elevaciones de la temperatura, mucho más abruptas de las que muestran los modelos computacionales actualmente en uso, estos mismos ya bastante desesperados. Lovelock sostiene que debido a que la Tierra ya se encuentra luchando para mantenerse fresca, nuestro incremento extra de calor es particularmente peligroso, y predice que pronto veremos la confluencia de varios fenómenos: la muerte de las algas de los océanos incluso en aguas siempre cálidas, lo que reducirá la tasa a la que estas pequeñas plantas pueden retirar el carbón de la atmósfera; la muerte de los bosques tropicales, como resultado de las mayores temperaturas y de las altas tasas de evaporación que causan esas temperaturas; bruscos cambios en el "albedo", o la capacidad de reflectividad del planeta, a medida que el hielo que refleja la luz del sol hacia el espacio es reemplazado por el color azul del agua marina, que absorbe la luz, y por el color verde oscuro de los bosques boreales en las altitudes más altas; y la liberación de grandes cantidades de metano (un gas de invernadero) que hasta ahora habían estado capturadas en los cristales de hielo del suelo congelado del norte o bajo el mar.
Según las estimaciones de Lovelock, en el curso de unas pocas décadas algunos de estos procesos, o todos, serán suficientes para empujar a la Tierra hacia un estado catastróficamente más cálido, quizá ocho grados centígrados más cálido en las regiones como las del Hemisferio Norte, y ese calor hará que la vida tal como la conocemos sea casi imposible en muchos lugares. A propósito, en la sección de fotografías del libro hay una de un
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de un desierto rojo cuya leyenda dice simplemente "Marte ahora, y así lucirá finalmente la Tierra". Los seres humanos, una especie resistente, no perecerán inmediatamente, sostiene. Durante las entrevistas que se le hizo en la gira de promoción del libro, Lovelock predijo que cerca de doscientos millones de personas, o cerca de un treintavo de la actual población mundial, supervivirán si algunos líderes capaces crean un hogar para nosotros en lo que actualmente es el Ártico. Quizá haya otros lugares para la supervivencia, como las Islas Británicas, aunque él precisa que los mayores niveles del océano las convertirán en un archipiélago. En todo caso, él predice que "miles de millones" perecerán.
Lovelock, quien pasa de los ochenta años de edad, acepta que este es un pronóstico más sombrío que los producidos por los científicos más activamente envueltos en el campo de la climatología y sus revistas científicas; se trata, en cierto sentido, de un sentimiento visceral. Debería ser considerado, de algún modo, con escepticismo, pues Lovelock ha estado antes equivocado en sus reacciones inmediatas, como él mismo siempre lo ha admitido abiertamente. Aunque inventó la máquina que nos ayudó a comprender los peligros de los Clorofluorocarbonatos, también desechó despreocupadamente esos peligros, sosteniendo que no podrían producir suficientes daños como para ser tomados en cuenta. Los químicos estadounidenses Sherry Rowland y Mario Molina pasaron por alto las observaciones de Lovelock y desarrollaron un trabajo pionero acerca del deterioro de la capa de ozono que les hizo ganar el Premio Nobel (e hizo que el planeta ganara, con un acuerdo internacional acerca de la reducción de esos gases que le dio a la Tierra una oportunidad de reparar al agujero en el ozono, antes de que se expandiera hasta aniquilar gran parte de la vida mediante la excesiva radiación ultravioleta). Lovelock también se equivocó al identificar algún mecanismo causal claro para su repentina hipótesis acerca del calentamiento, y explicó que él difería de los pronósticos más convencionales, en gran medida porque piensa que éstos han subestimado, por un lado, la extensión de los retroalimentados ciclos que hacen que las temperaturas se eleven y, por otro, la vulnerabilidad del planeta, la cual es vista por él como severamente aquejada y cerca a perder su equilibrio. También debe decirse que algunas partes de su breve libro son un poco disparejas: con respecto a la seguridad de los nitratos en las comidas, tiene digresiones que no llevan a ningún lugar y que producen preguntas acerca del rigor de toda la obra.
Dicho eso, hay poca gente en el mundo -- quizá ninguna -- que posea el mismo sentimiento intuitivo de Lovelock acerca del comportamiento de la Tierra como una totalidad. Los destellos de penetración que nos ofrece este científico acerca de Gaia, iluminan muchas de las interconexiones existentes entre los sistemas, las mismas que muchos de los científicos menos visionarios han estado tratando de identificar más lentamente. Además, durante los últimos veinte años, el período en el que emergió la ciencia de los efectos de invernadero, la mayoría de los efectos causados por el calentamiento sobre el mundo físico en realidad han sido más graves que los originalmente predichos. El lector habitual de las revistas Science y Nature, recibe una carga casi semanal de datos apocalípticos, y virtualmente todos ellos muestran resultados que se sitúan en el extremo mismo de los rangos predichos por los modelos climáticos o de hecho por completo más allá de estos. En comparación con los modelos originales de hace unos pocos años, el hielo se está derritiendo más rápido; a medida que se calientan, los suelos de los bosques están liberando más carbón; las tormentas están aumentando mucho más rápidamente en número y magnitud. A medida que escribo estas palabras, en la parte inferior de mi pantalla aparece la noticia de que un nuevo estudio demuestra que el permahielo de Siberia, la capa subterránea de hielo, está liberando metano a una tasa cinco veces mayor a la predicha, lo que constituye una muy mala noticia pues el metano es un gas de invernadero incluso más potente que el dióxido de carbono.
En este rápidamente cambiante rompecabezas científico, el Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (PICC), que durante una década ha ofrecido al mundo una guía valiosa, corre el riesgo de resultar sobrecargado por los nuevos datos. Se supone que el próximo año el Panel debe emitir un nuevo informe que resuma los descubrimientos hechos por los científicos del clima desde la publicación del informe anterior. Sin embargo, es improbable que sus algo inmanejables procedimientos le permitan incorporar adecuadamente temores como los de Lovelock, o incluso tratar de manera comprensiva las mucho más numerosas predicciones predominantemente aceptadas, hechas en los últimos doce meses por James Hansen, de la NASA, el climatólogo más importante del planeta.[1]
Hansen no es tan sombrío como Lovelock. Aunque recientemente afirmó que la Tierra está cercana a la temperatura más alta que haya tenido en el último millón de años, dijo que aún tenemos hasta 2015 para revertir el flujo de carbono que se libera en la atmósfera, antes de cruzar el umbral y crear un "planeta diferente". Cuando el pasado diciembre Hansen hizo esta advertencia, teníamos diez años para cambiar de curso, pero pronto tendremos solo nueve, y puesto que entretanto nada ha sucedido que nos sugiera que estamos haciendo todos los esfuerzos para reducir las emisiones de gases de invernadero, las divergencias entre Hansen y Lovelock pueden ser solo académicas (De algún modo no es gran consuelo hacerle barra a quien dice que te queda solo una década).
Lo que resulta sorprendente es que ahora, incluso la buena y aterradora película de Al Gore, An Inconvenient Truth [Una verdad inconveniente] está retrasada con respecto a las investigaciones científicas más avanzadas sobre el tema. La ciencia se está moviendo rápido. Es verdad que el mundo empieza lentamente a despertar a la idea de que el calentamiento global puede ser un problema real, y las legislaturas (aunque no la nuestra en los Estados Unidos) están empezando a mordisquear el asunto. Muy pocos, sin embargo, entienden con verdadera profundidad que se está formando una ola lo suficientemente grande como para destruir la civilización, y que la única cuestión es si en verdad podemos hacer algo para debilitarla.
Finalmente Lovelock vuelve su atención a las soluciones para mitigar los efectos del calentamiento global, lo cual es extraño dado que en otras partes del libro él insiste en que es demasiado tarde como para hacer algo importante. Sus recetas están expresadas con fuerza y son provocadoras. Piensa que la energía renovable y la conservación de la energía vendrán demasiado lentamente como para evitar el daño, y que nuestra mejor, en realidad nuestra única opción es un enorme programa de construcción de reactores nucleares. "No podemos apagar las fuentes de energía de nuestra civilización, tan intensiva en energía y tan basada en combustibles fósiles, sin estrellarnos -- escribe -- Necesitamos energía para lograr un aterrizaje suave". Esa energía no podrá provenir con prontitud del viento o de la energía solar: |
Incluso ahora, cuando la campana ha empezado a doblar anunciando nuestro fin, aún hablamos de desarrollo sostenible y de energía renovable como si estas pequeñas ofrendas pudieran ser aceptables por Gaia como un sacrificio apropiado y disponible
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En lugar de ello, "los nuevos proyectos nucleares deberían empezar inmediatamente".
Con esta extravagante retórica, Lovelock nos hace un favor: es verdad que deberíamos estar al menos tan temerosos de una nueva planta de energía que funcione a carbón como de una nueva estación nuclear. La última trae ciertos riesgos obvios (riesgos que se ciernen sobre nuestra imaginación más de lo que deberían, como Lovelock sostiene convincentemente), mientras que las plantas a carbón vienen con la absoluta garantía de que sus emisiones van a desquiciar los sistemas físicos del planeta. Toda fuente potencial de energía alternativa al carbón debería ser estudiada apropiadamente para ver qué papel podría tener para evitar un desastroso futuro. Lovelock es un enemigo de la energía eólica porque, como él dice, él no quiere que su idílico paisaje Devon esté cubierto con molinos de viento, lo cual lo pone en la misma situación de quienes toman vacaciones en la hermosa península de Cape Cod (Massachussets) y se resisten a la instalación de molinos de viento frente a las playas de Nantucket Sound, o como los habitantes de Vermont que no quieren ver sus altas cadenas de montañas afeadas con altas turbinas: "Quizá somos EMPNs", escribe, refiriéndose a la abreviación de la frase "En mi patio no", sin embargo |
vemos a esos políticos de las ciudades [presionando por energía eólica] como algunos médicos inconscientes que han olvidado su Juramento Hipocrático, y están intentando mantener viva una civilización moribunda por medio de una quimioterapia inútil e inapropiada, cuando no hay esperanzas de curación y el tratamiento hace insoportables los últimos momentos de la vida.
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Esta es una aversión comprensible, pero tendría que fundarse, como lo admite Lovelock, en algo más que la estética, y en este caso tal fundamento simplemente no existe. Él cita a un par de daneses desilusionados para demostrar que la energía eólica no ha sido una panacea en Dinamarca, y dice que Inglaterra necesitaría 54,000 grandes turbinas eólicas para satisfacer sus necesidades, como si ese gran número simplemente terminara con la discusión (la falta de notas adecuadas en este libro hace que sea trabajoso compulsar las fuentes). Sin embargo, los alemanes realmente están añadiendo 2,000 molinos de viento anualmente, llegando por ahora a cerca de 20,000 en total. Algunos objetan la vista que ellos ofrecen, esparcidos por sobre todos los paisajes, y otros están encantados. En todo caso, cualquiera sea la opinión que se tenga sobre la energía eólica, no está para nada claro que un programa radical de construcción de reactores atómicos tenga sentido. La mayoría de los modelos económicos que he visto indican que si uno toma el dinero destinado a la construcción de un reactor y lo invierta más bien en un agresivo proyecto de conservación de energía (uno que prevea subsidios para las compañías para que modifiquen sus fábricas para reducir el uso de energía, por ejemplo), lo que se gana por reducir en el uso del carbón sería mucho más grande. Esto no termina con el debate, tampoco; obviamente, necesitaremos nuevas fuentes de energía, y el ejemplo del éxito francés con la energía nuclear -- donde genera tres cuartas partes de la electricidad -- significa que ésta será incluida en el conjunto de posibilidades, como Jim Hansen recientemente sostuvo en las páginas de esta publicación.[2] No obstante, la opinión de Lovelock contra la energía eólica es notablemente poco convincente.
El banquero inversionista Travis Bradford nos ofrece datos mucho más profundamente investigados y más esperanzadores. La editorial del Instituto Tecnológico de Massachussets acaba de publicar el primer libro de Bradford, La revolución solar, que de manera extensa y con gran detalle sostiene que pronto estaremos recurriendo a paneles solares para obtener nuestra energía, en parte por razones medioambientales pero en mayor medida debido a que esos paneles pronto estarán produciendo una energía más barata y mucho más fácil de distribuir que cualquier otra fuente. Este es un argumento bastante sorprendente: entre los ambientalistas actualmente es comúnmente aceptado que en tanto fuente de electricidad de costo eficiente, la energía solar está retrasada en comparación con la energía eólica por más de una década; pero Bradford expone su caso de manera convincente.
Durante la última década, como Janet Sawin del Worldwatch Institute ya ha descrito anterioremente, Japón ha dado grandes subsidios a los propietarios de casas para la compra de techos con paneles solares. Las autoridades japonesas empezaron a hacer esto en parte porque querían cumplir las promesas que ellos hicieron en su misma tierra, durante la conferencia de Kyoto sobre calentamiento global, pero también, como sugiere Bradford, porque sentían que esa industria podría crecer si recibía un aliento mediante una inversión inicial. El subsidio tuvo el efecto deseado en el lapso de unos pocos años: el volumen de la demanda hizo que tanto la manufactura como la instalación fueran mucho más eficientes, trayendo abajo los precios. Actualmente, el subsidio gubernamental casi ha desaparecido por completo, pero la demanda continúa aumentando debido a que los paneles permiten ahora a los propietarios producir la misma cantidad de energía por el mismo precio que cobran las grandes compañías proveedoras de energía. De alguna manera Japón es un caso especial; un país que tiene la bendición de tener pocas fuentes de energía local, tiene los precios más altos del mundo para la electricidad, lo que hace más competitivos los paneles solares. Por otro lado, Japón no es un país particularmente soleado. En todo caso, Bradford sostiene que la demanda japonesa por energía solar así como un igualmente extenso programa para Alemania, serán suficientes para reducir a un ritmo constante los costos de producción de los paneles solares. Incluso sin los enormes y seductoramente cercanos avances tecnológicos que él anuncia, los equipos actuales pueden abaratarse a un ritmo constante. No será sorprendente, también, enterarse de quienes serán los dueños de esa industria: actualmente casi todos los paneles solares están en Japón y Alemania.
Ya se puede ver los signos de estos cambios. Cuando en Julio pasado estuve en Tibet, repetidamente me encontraba con las tiendas hechas de piel de yak que utilizan los pastores nómadas que viven en algunos de los más remotos y elevados valles del mundo. Ellos dependen del excremento de yak, que queman para preparar sus alimentos y calentar sus tiendas, y a menudo también de un pequeño panel solar que cuelga a uno de los lados de la carpa, para dar energía a un foco eléctrico y tal vez a una radio. Cada uno de los pueblos que visité tenía un negocio que vendía paneles solares a un precio que equivalía de manera aproximada al de una oveja. Obviamente la energía solar tiene sentido en tales lugares, donde probablemente nunca habrá una línea eléctrica. No obstante, también viene teniendo cada vez más sentido en las urbanizaciones suburbanas, donde las nuevas tecnologías como los tejados solares están reduciendo el costo de preparar las casas para el uso de la energía solar; en todo caso, el costo de tales techos sería una pequeña parte de la hipoteca gubernamental subsidiada. Usualmente estos sistemas están ligados a la red existente: cuando brilla el sol, en Vermot mi techo funciona como una pequeña planta de energía que envía electricidad por los cables. Por las noches, consumo y pago electricidad como cualquier otra persona; en los meses soleados del año, la energía que usa la casa y la que genera son más o menos iguales. Económicamente, todo esto tendría más sentido, por supuesto, si los destructivos costos ambientales de quemar, por decir, un carbón barato, se reflejaran en el precio de la electricidad resultante. Eso parece casi cierto una vez que George W. Bush abandone el cargo. Todos los candidatos posibles de los partidos Republicano y Demócrata están comprometidos con la imposición de algunos límites al uso del carbón como fuente de energía. Esto ya es una norma en el resto del mundo desarrollado. Sin embargo, el testimonio de Lovelock, de Jansen y del resto de los científicos reconocidos, deja muy en claro que gastar grandes sumas de dinero gubernamental para apresurar esta transición hacia la energía solar sería una inversión juiciosa, y ciertamente la más juiciosa de todas las inversiones posibles. ¿De dónde debería provenir? Un candidato obvio es el presupuesto del Pentágono, dedicado ahora a defendernos contra peligros considerablemente menos amenazadores que el cambio climático.
No obstante, incluso la adopción casi generalizada de energía solar no pondría final a la amenaza del calentamiento global. La transición económica que nuestro predicamento requiere es más grande y dolorosa que eso. Algunos científicos han estimado que se necesitaría una reducción inmediata del 70% en la quema de combustibles fósiles para simplemente estabilizar el cambio climático en su actual nivel de derretimiento planetario. Y esa reducción se hace mucho más difícil por el hecho de que es necesaria justo en el momento en que China e India han comenzado a quemar serias cantidades de combustibles fósiles a medida que crecen sus respectivas economías. Por supuesto, aunque no se trata de cantidades estadounidenses (cada uno de nosotros estadounidenses gasta ocho veces la energía de un ciudadano chino), son cantidades relativamente serias a pesar de todo.
Kelly Sims Gallaguer. una de las más enteradas entre los pioneros de las políticas con respecto al clima, ha dedicado los últimos años a entender la transición energética china. Actualmente, como directora del Proyecto de Innovación Tecnológica Energética de la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard, acaba de publicar un fascinante libro acerca del surgimiento de la industria automotriz china. Sus investigaciones dejan en claro que ni la industria norteamericana ni su gobierno hicieron mucho para instar a China para que no siguiera nuestro camino de adicción a las tecnologías vorazmente consumidoras de gasolina; en realidad, la industria automotriz de Detroit (y los europeos y japoneses en menor sentido) estuvo contenta de usar diseños y procesos que tenían una antigüedad de décadas. " Pese a que en Estados Unidos existían alternativas más limpias, a China se transfirió tecnologías relativamente sucias", escribe ella. Uno de los resultados es el smog que ahoga las ciudades chinas; otro es la invisible pero creciente nube de gases de invernadero, que provienen de las chimeneas fabriles aunque incluso más de las plantas de energía a carbón que están surgiendo en China. Retrospectivamente, es probable que los historiadores concluyan que el mayor fracaso de la administración de Bush no fue que no hiciera nada para reducir el uso de combustibles fósiles en los Estados Unidos, sino que no hizo nada para ayudar o presionar a China a transformar su propia economía en una época en la que tal intervención podría haber sido decisiva.
Es precisamente esta cuestión (cómo podríamos haber transformado radicalmente nuestra vida diaria) la que tratan los alegres propietarios del sitio Web WorldChanging en un nuevo libro del mismo nombre. Este es uno de los sitios Web más profesionales e interesantes que uno podría marcar como favorito en su buscador de Internet; casi diariamente ellos describen una tecnología o una técnica nueva para los ambientalistas. Su libro, una compilación de su trabajo de años recientes, es poco menos que The Whole Earth Catalog [El catálogo de la Tierra como un todo], esa biblia hippie adaptada para la generación del iPod. Tiene artículos breves acerca de mil magníficas ideas: las comidas lentas [como opuestas a la noción de la comida rápida, o comida basura. N. del t. ], granjas familiares, automóviles a hidrógeno, bolsos hechos con "lona" artificial para camiones reciclada, teléfonos celulares que al ser desechados pueden desarmarse en segundos para ser más eficientemente reciclados, y plyboo (es decir, plywood hecho de bambú, una planta de rápido crecimiento). Tiene cientos de guías prácticas (cómo diseñar una placa base de circuitos, cómo alterar un auto híbrido gasolina-electricidad para maximizar su kilometraje, cómo organizar una "masa inteligente" (una breve reunión en un lugar público con gente que no se conoce entre sí). WorldChanging puede informar a quién se debe enviar un mensaje de texto por telefonía celular para defender la causa para la reducción de la deuda de los países en desarrollo, y cómo construir un parlante de iPod con una vieja latita de mentas Altoids. Es un compendio de todo aquello que una generación joven de activistas ambientalistas puede ofrecer: creatividad, destreza digital, habilidad para establecer redes, un optimismo de la era de Internet acerca del futuro, y una profunda preocupación no solo con los asuntos ecológicos sino con cuestiones relacionadas con derechos humanos, pobreza y justicia social. El pragmatismo del libro es refrescante. "Sí podemos", es el mensaje constante, y hay ejemplos suficientes que dejan pocas dudas acerca de que no es inteligencia lo que nos falta a medida que nos aproximamos a un futuro incierto. "Necesitamos, en los siguientes veinticinco años más o menos, hacer algo que nunca se ha hecho antes. Necesitamos rediseñar conscientemente la base material entera de nuestra civilización", escribe Alex Steffen en la introducción editorial. |
Si estamos confrontando una crisis planetaria sin precedentes, tambi én nos encontramos en un momento de innovación diferente a todos los que se ha conocido antes... Vivimos en una era en la que el número de gente que trabaja para mejorar el mundo está creciendo de manera explosiva.
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Tiene razón.
Si hay un lado débil en el método de WorldChanging, pienso que podría ser una desconfianza general en la idea de que el gobierno podría ayudar a hacer que estas cosas sucedan. En eso la empresa WorldChanging tiene un aire a Silicon Valley. Por años WorldChanging ha estado cercanamente conectada con la revista Wired, la biblia de los entendidos en lo digital [Digerati, en el original. N. del T.] y una publicación casi tan paranoica acerca de la interferencia y la regulación gubernamentales como The Wall Street Journal. Como empresarios de Internet, desconfían tanto de las intenciones del gobierno como de sus capacidades: después de todo, los burócratas tienden a venir de las filas de quienes no tienen ni la resolución ni la inteligencia para la innovación. Una vena libertaria recorre el libro: "Cuando rediseñamos nuestras vidas personales de manera que podemos hacer las cosas bien y pasar además un buen rato -- escribe Steffen -- actuamos como faros personales de la idea de que lo ecológico puede ser brillante, que cambiar el mundo puede ser algo que cambie nuestras vidas". Ese modo de pensar me cae simpático, creo que en el futuro vamos a necesitar de capacidades más locales, más creativas para la toma de decisiones, con el fin de construir comunidades fuertes y con capacidad de supervivencia. No obstante, se hace un poco más difícil ser tan optimista como uno querría cuando se lee estas páginas llenas de buenas ideas que, es probable, no saldrán muy adelante sin el apoyo del gobierno y de un sistema de incentivos para la inversión.
Se puede ver de más cerca esa futilidad en el nuevo libro Diseñe como si le importara un comino, del grupo sin fines de lucro Arquitectura para la Humanidad,[3] un libro encantador en todo el sentido de la palabra. El grupo comenzó auspiciando un concurso para nuevos albergues para refugiados, y el rango de reemplazos en que la gente pensó para las tiendas de lona deja en claro simplemente cuánto talento se desperdicia en el diseño de las llamadas McMansions [Casas de diseño uniforme y predecible, construidas en masa sin consideración del entorno, diseñadas para maximizar el posible precio de venta del pie cúbico, medida estándar inmobiliaria, durante el boom de la construcción iniciado en los años ochenta. N. del t.]. Hay burbujas inflables de cáñamo, casetas para silos hechas de cartón y docenas de otros diseños y prototipos para la gente más pobre del planeta en los casos de desastres más graves. A medida que pasó el tiempo, el grupo también coleccionó fotos y planes de edificios atractivos de todo el mundo: clínicas que generan su propia energía, escuelas lo suficientemente baratas como para que las comunidades mismas las construyan. Sin embargo, hay algo de triste en todo este proyecto: la mayoría de estos diseños nunca han sido realizados debido a que los arquitectos carecían del manejo o de la influencia políticos para que sus ideas fueran adoptadas por las agencias internacionales de ayuda o por los gobiernos nacionales. Cuando ocurre un desastre, las agencias de ayuda continúan sacando sus carpas de lona.
Hay otra manera de decir qué es lo que está faltando. Casi todas las ideas que podrían traernos un mejor futuro serían más fáciles de realizar si el costo del combustible fósil fuera más alto: si hubiera algún tipo de impuesto sobre las emisiones de carbón que hiciera que el precio del carbón, la gasolina y el petróleo reflejasen su verdadero costo ambiental (Hace un mes, Al Gore, en un importante discurso en la Universidad de Nueva York, propuso eliminar todos los impuestos de las planillas para reemplazarlos con un impuesto al carbón). Si llegara ese día, una visión por lo menos anticipada por esfuerzos como el Tratado de Kyoto, entonces todo los esfuerzos innovadores, desde los paneles solares y los molinos de viento e incluso los reactores nucleares seguros (si se los puede construir) se esparcirían mucho más rápidamente: la mano invisible estaría libre como para hacer un trabajo más interesante del que está haciendo ahora. Quizá podría realmente comenzar a funcionar con la rapidez necesaria como para terminar con las pesadillas de Lovelock. Esa voluntad, sin embargo, sólo se dará si los funcionarios locales, nacionales e internacionales, pueden reunirse para que efectivamente suceda, lo que a su vez requiere de acciones políticas. La reciente decisión -- proveniente de los deseos del electorado -- del gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, para tomar un conjunto amplio de medidas para el cambio del clima muestra que tal acción política es posible; en el otro lado del continente, una marcha por el Día del Trabajo en Vermont ayudó a persuadir incluso a los más derechistas de los candidatos federales del estado, a hacer suyo un ambicioso programa contra el calentamiento global. El mitin final de la marcha congregó a un millar de personas, que constituye posiblemente la demostración de protesta ambientalista más grande de la historia de los Estados Unidos. Ese es un hecho patético, pero ayuda a mostrar cuán poca gente se necesita realmente para empezar a trabajar en la dirección de un cambio verdadero.
La tecnología que más necesitamos es la tecnología de las comunidades: el conocimiento acerca de cómo cooperar para hacer que las cosas funcionen. Nuestro sentido de comunidad está descompuesto, en parte debido a que la prosperidad que manaba del combustible fósil barato nos permitió convertirnos en extremadamente individualizados, incluso hiperindivididualizados, de una manera que, como solo ahora nos damos cuenta, representa un negocio Faustiano. Nosotros estadounidenses no hemos necesitado de nuestros vecinos para nada importante, y por eso la vecindad -- la solidaridad local -- ha desaparecido. Ahora nuestro problema es que, si nos ponemos serios en tratar de evitar las peores pesadillas ecológicas, no existe manera de salir adelante que no incluya trabajar políticamente de manera conjunta, para hacer que los cambios sean lo suficientemente profundos y rápidos como para que tengan sentido. Un impuesto al carbón podría ser una buena manera de empezar. |
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[1] Véase Jim Hansen, "The Threat to the Planet", The New York Review, 13 de Julio de 2006.
[2] "'The Threat to the Planet': An Exchange," The New York Review, 21 de Septiembre de 2006.
[3] Un breve ensayo mío que describe la ciudad brasileña de Curitiba y sus esfuerzos para integrar el diseño y la arquitectura en el planeamiento y desarrollo de la ciudad viene como un apéndice del libro. |
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