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Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios |
por Alberto Loza Nehmad |
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Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
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| Una conversación con Orhan Pamuk |
| por Maureen Freely |
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Originalmente publicado como "A Conversation with Orhan Pamuk",
Granta: The Magazine of New Writing / 93, 14 de abril, 2006.
Traducción de Alberto Loza Nehmad
<albertoloza@librosperuanos.com> |
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1.
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El pasado diciembre, tres días antes de ir a juicio por "denigrar públicamente la identidad turca", hice una entrevista a Orhan Pamuk. No fue y nunca podría haber sido del tipo usual de entrevista porque nosotros hablamos a menudo: en los últimos tres años he traducido tres de sus libros. Nos conocemos desde hace aún más tiempo. Yo crecí en Estambul, en el campus del antiguo Robert College, actualmente la Universidad Bogazici; mi padre todavía enseña ahí. Pamuk fue a la Academia Robert, que en aquellos días quedaba en el mismo campus; yo estudié en una escuela "hermana" de aquella, sobre una colina vecina. Así, la Estambul que Pamuk describe en sus libros es la ciudad perdida de nuestra juventud.
Nos encontramos a las dos de la tarde en el apartamento que él ha usado como su oficina durante los últimos diez
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Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura 2006 |
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años. Está situado en Cihangir, en Susam Sokak, que significa Calle Sésamo. Como todos los otros lugares donde Pamuk pasa el día, su oficina es un templo del libro. En medio de la sala principal hay un gran escritorio con altas pilas de libros encima. Los estantes se alinean contra las paredes, desde el piso hasta el cielorraso. Entre el escritorio y la ventana hay un sillón, y otro en la esquina opuesta, cerca a una gruesa ventana de cristal; ambos están puestos de modo que quien los ocupe pueda levantar la mirada del libro para echar una mirada hacia afuera.
Ese día se podía ver hacia la derecha el Cuerno de Oro (la ensenada del Bósforo), la silueta de la ciudad antigua y los abultados contornos de las Islas de los Príncipes del Mar de Marmara. Si no fuera por los ruinosos edificios de departamentos de la derecha, podríamos haber visto también el primer puente sobre el Bósforo. Directamente delante de nosotros estaba una mezquita con dos minaretes y un domo coronado por una luna creciente. Entre los minaretes podíamos ver la ciudad que se extendía sobre la costa asiática. Hacia la mitad del Bósforo, salpicado como siempre de botes y naves de todo tamaño, estaban los muelles secos que marcan el camino del túnel que pronto unirá ambas costas.
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| El 13 de diciembre de 2005, Maureen Freely conversó largamente con el escritor turco Orhan Pamuk. El resultado es esta amplia e iluminadora ventana desde donde podemos observar algunos de los elementos que alimentan las ficciones de este extraordinario escritor: Estambul, la historia y la cultura de Turquía, su propia historia personal. En esos días, Pamuk estaba procesado según el Artículo 301 del código penal de su país por haber “denigrado la identidad” de Turquía. Pamuk solo había expresado la necesidad de que Turquía confrontara algunos aspectos oscuros de su historia, como el genocidio de los armenios otomanos, la situación de los kurdos. Los nacionalistas turcos (“una suelta coalición dominada por secularistas de la vieja guardia que también reciben apoyo de los grupos islamistas marginales, la extrema izquierda y la derecha fascista”) querían callarlo a toda costa. Aún no pueden. Hace pocas semanas Orhan Pamuk recibió el Premio Nobel de Literatura 2006. El gobierno turco, hace unos días expresó que quizá podría dejar de lado el mencionado Artículo, una constante y demagógica amenaza en manos de un estado con cuestionables puntos de vista sobre la libertad de expresión. |
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Ese día había una nube pendiendo sobre Pamuk. Desde el extranjero, el caso judicial parecía no tener ningún sentido. Al interior de Turquía, el caso estaba cargado de significado. Incluso la fecha, 16 de diciembre de 2005, tenía para algunos una ominosa resonancia: el juicio de Pamuk había sido programado para comenzar exactamente un año después de que la Unión Europea acordara establecer una fecha para las conversaciones sobre la accesión de Turquía, y el día en que Gran Bretaña, el más firme aliado de este país en Europa, pasaba la presidencia a Austria, el más abierto oponente de Turquía.
¿Por qué Turquía podría querer exponerse ante sus enemigos? La mayoría de observadores europeos pensaba que tenía algo que ver con el Islam. Aunque el partido gobernante es oficialmente proeuropeo, es también abiertamente islamista. ¿Era este extraño acto contra Pamuk el signo de un giro hacia el Oriente?
Este no es el tipo de preguntas que la gente se hacía en Turquía. Para ellos se trataba de una lucha entre lo que algunos llaman la "democracia tutelar" (en la que el ejército tiene las riendas, interfiriendo siempre que ve que "la nación" se aleja del camino correcto) y algo que está más bien alineado con las democracias europeas.
Parecía como que los democratizadores estuvieran ganando. La pena de muerte había sido abolida. Se había acordado algunos derechos culturales a los kurdos. El viejo código penal turco (basado en el de Mussolini y diseñado para frenar la libre expresión de opiniones consideradas peligrosas para el estado) iba a ser reemplazado por un nuevo código que reflejaba las normas europeas. La Unión Europea estaba financiando iniciativas para entrenar a los jueces y a la policía sobre qué hacer en lugar de recurrir a la tortura, y el ejército parecía dispuesto a aflojar su rol en la política. Con las nuevas libertades había venido una apertura de los espacios públicos y las minorías silenciadas comenzaban por primera vez a participar en los debates nacionales. El tema candente no era si Turquía debería mirar a Oriente o a Occidente, sino si ya estaba lo suficientemente madura como para permitir una mayor diversidad de opinión, lo suficientemente estable como para tolerar la diferencia cultural, y suficientemente segura de sí misma como para enfrentar los fantasmas de su pasado.
En Europa nos gusta temblar ante el recuerdo del Sitio de Viena. Si los Habsburgo no hubieran sido capaces de derrotar a los ejércitos otomanos, ¿habría caído toda Europa en manos musulmanas? En Turquía, ellos tiemblan ante el recuerdo del Tratado de Sevres, cuando los vencedores de la Primera Guerra Mundial dividieron entre ellos lo que quedaba del Imperio Otomano. Si Ataturk no se hubiera levantado de las cenizas para expulsarlos de Anatolia, ¿podría Turquía haberse convertido en una colonia europea?
Todos los países que han comenzado negociaciones con la Unión Europea han experimentado un resurgimiento de los sentimientos
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antieruropeos o nacionalistas. El asunto se complicó el año pasado en Turquía, por los referendos realizados en Francia y Holanda y por los sentimientos antiturcos y antimusulmanes en esos mismos países. Esto se complicó aún más debido a los temores y las ansiedades más generales que despierta la modernización, especialmente en las partes más tradicionales de Anatolia, tema que el mismo Pamuk exploró en sus novelas La nueva vida y Nieve, y que él ha llamado los "sentiemientos dostoyevskianos de amor y odio hacia Occidente".
Sin embargo, los intelectuales turcos constituyen un grupo bien establecido y occidentalmente educado que, lejos de estar aislados de Occidente, está completamente familiarizado con los debates sobre Turquía a nivel internacional. Los intelectuales eran conscientes de los otros obstáculos que se erguían en el camino de Turquía: el tema kurdo, el tema chipriota, los abusos contra los derechos humanos y el constante rechazo de su país a aceptar que lo que les había sucedido a los armenios de Anatolia en los últimos días del Imperio Otomano, equivalía a un genocidio. Para el año pasado, a algunos les parecía claro que a Turquía nunca se le iba a permitir entrar a Europa a menos que el tabú del destino de los armenios otomanos fuera resuelto o debatido con dignidad.
Un grupo de estudiosos turcos, algunos de ellos establecidos en universidades norteamericanas o europeas, y otros en las universidades más abiertas a Occidente dentro de la misma Turquía, habían decidido que había llegado la hora de realizar una conferencia en el país que pudiera poner un final a las prohibiciones que limitan una discusión pública abierta sobre el tema. La conferencia iba a tener lugar en la Universidad Bogazici. Aunque esta universidad es propiedad del estado y está administrada por éste, durante sus primeros cien años fue una universidad de propiedad norteamericana que enseñaba en inglés a la élite de la ciudad. Por largo tiempo ha sido un bastión del secularismo. Desde la fundación de la República en 1923, sus graduados han desempeñado un rol clave en la construcción de vínculos entre Turquía y Occidente. Quienes estaban detrás de la conferencia pueden haber estado en la misma dirección. Lo importante era que la gente iba a hablar del tema. A pesar de la fiereza de sus discusiones, ellos estaban haciendo lo que se supone debe hacer la gente en las democracias seculares.
Entra en escena Orhan Pamuk, el novelista más célebre en Turquía. Nacido en 1952, ha dominado la escena literaria de Turquía durante los últimos veinticinco años. No obstante, solo con la publicación de su tercera novela, El castillo blanco, ha estado disponible en inglés. Esta novela atrajo a un grupo pequeño pero dedicado de admiradores, que creció con la publicación en 1995 de El libro negro y de La nueva vida en 1997. En 2003 ganó el Premio Internacional Literario IMPAC de Dublín por su sexta novela, Mi nombre es Rojo. Aunque para entonces ya había ganado varios prestigiosos premios europeos, fue su último libro el que lo elevó al panteón literario. Sus dos libros más recientes, Nieve y Estambul: Memorias de una ciudad, han confirmado su prestigio y le han atraído lectores y admiradores de todo el mundo.
No obstante, cuanto mejor le ha ido en el mundo exterior, más controversial ha sido en casa. Esto se debe en parte a una poderosa ambivalencia acerca de los turcos que tienen éxito en Occidente, pero también debido a las controversiales y ampliamente comentadas opiniones de Pamuk acerca de los derechos humanos, los kurdos y las élites de poder de Turquía. Su destacado perfil en Europa y en los Estados Unidos significaba que podía decir cosas que podrían haber metido en profundos apuros a un escritor menos conocido. Sin embargo, siempre que era entrevistado en Occidente, los periodistas estaban inclinados a exagerar el contexto político, especialmente después del ataque contra las Torres Gemelas. Tarde o temprano, esas entrevistas iban a terminar muy dudosamente traducidas en los medios turcos. La crecientemente nacionalista prensa de derecha citaba esas entrevistas fuera de contexto y lo acusaba de hacer quedar mal a Turquía en el extranjero. También les interesaba presentar a Pamuk como una anomalía y una voz solitaria. Esto difícilmente era cierto: como Pamuk mismo ha señalado en numerosas ocasiones, ya había una larga tradición de disidencia en Turquía, una tradición por la que muchos escritores, periodistas y estudiosos han tenido que pagar con largas sentencias, y a veces con su vida.
En años recientes, sin embargo, se había dado un relajamiento gradual de las sanciones y muchos intelectuales habían aprovechado el momento. En ese mismo espíritu, Pamuk hizo su famosa declaración a un periodista suizo que lo entrevistó en Estambul en febrero de 2005. La conversación giró hacia los intentos de Turquía para ingresar a la Unión Europea y su actitud hacia la libertad de expresión. Sabiendo que pronto iría a haber una conferencia sobre los armenios otomanos, Pamuk declaró que treinta mil kurdos y un millón de armenios fueron asesinados en estas tierras y continuó sugiriendo que había llegado el tiempo de romper con ese silencio.
Esta fue o bien la última gota que derramó el vaso de los nacionalistas turcos -- una suelta coalición dominada por secularistas de la vieja guardia que también reciben apoyo de los grupos islamistas marginales, la extrema izquierda y la derecha fascista -- o la oportunidad que ellos estaban esperando. Al día siguiente, los partidarios de esta coalición en la prensa nacionalista se pusieron furiosos, e incluso algunos columnistas llegaron tan lejos como para llamar traidor a Pamuk e invitar a la "sociedad civil" a tomar acciones para silenciarlo. Esto se tradujo en amenazas de muerte que pueden o no haber estado vinculadas a los paramilitares nacionalistas fascistas. Durante ese tiempo, por algunos meses Pamuk permaneció en el extranjero, regresando de Nueva York cuando la campaña de odio parecía estar acabando. Entonces, hacia julio del año pasado, fue llamado para ser interrogado por dos fiscales de la nación. Uno decidió que no procedía abrir ningún caso, y el otro lo acusó de "denigrar públicamente la identidad turca" según el Artículo 301 del nuevo código penal.
La noticia causó furor en Europa, y rápidamente se hizo claro que el caso había hecho un enorme y quizá irreparable daño a los sueños turcos de unirse a la Unión Europea. Esto era exactamente lo que los abogados nacionalistas y los fiscales que apoyaban la acusación habían esperado. Aunque la prensa amarilla y los incógnitos y ocultos auspiciadores de ésta silenciaron por temor a muchos de los aliados potenciales de Pamuk, los nacionalistas tuvieron un menos pronunciado efecto en la opinión pública. La mayoría de turcos aún querían a su país en la Unión Europea. Algunas voces moderadas aún insistían en que ser miembros de la Unión era la única medida racional de avanzada. No obstante, a medida que el debate se agitaba, también lo hacía la campaña de odio contra Pamuk.
De manera paralela se desarrolló otra feroz campaña contra los organizadores de la conferencia sobre Armenia, la que finalmente tuvo lugar en septiembre de 2005 después de varios esfuerzos por parte del poder judicial para cancelarla. Quizá debido a que sus organizadores abrieron la discusión pública sobre el tema armenio, pronto fueron sujetos a envíos de correo con expresiones de odio, amenazas de muerte y a una campaña de desinformación. Hrant Dink, un periodista turco-armenio que había desempeñado un papel en la conferencia, también fue enjuiciado bajo el Artículo 301 y poco después recibió una sentencia suspendida; otros cinco periodistas que habían escrito columnas criticando a las cortes por intentar impedir la conferencia fueron acusados bajo el mismo artículo, por desacato. Para entonces, varios editores y estudiosos habían sido acusados por insultar al estado o al ejército o a la identidad turca misma. De acuerdo a algunas fuentes, el resultado total del Artículo 301 fue de más de sesenta casos.
2.
Este era el estado de las cosas, entonces, cuando entré a la oficina de Pamuk el 13 de diciembre de 2005. Mi primera pregunta fue cómo había afectado todo eso a su trabajo. En esta atmósfera, ¿cómo podía escribir?
Pamuk: Desafortunadamente, casi me ha sido imposible trabajar durante los últimos tres meses. Aún intento hacerlo. Me estoy sobreexigiendo de manera extraordinaria. Incluso me he puesto un plazo para terminar mi novela. Pero conozco mi imaginación. Necesito ciertas cosas para escribir con algún placer e intensidad. Si dejamos de lado la pluma y el papel, el té y el café, lo que más necesito es cierta irresponsabilidad. Esto es esencial para escribir ficción, al menos para mí: necesito una irresponsabilidad juguetona, retorcerlo todo en la vida, darle la vuelta a las situaciones, buscar la ironía infantil en el más grave de los dramas, organizar las sutiles ambigüedades de las cuales nace la ficción. Ahora, sin embargo, se espera que esté aclarando, aclarando y aclarando mis declaraciones. Este perdido espíritu de irresponsabilidad, esta libertad infantil, es lo que espero poder recuperar, porque cuanto más crece este asunto, mayor es la responsabilidad social que tengo que afrontar, y es algo sofocante. Realmente, quiero hacer lo correcto, que vean que hago las cosas correctamente. Ningún escritor quiere perder el respeto, el interés o el amor de su nación. Especialmente cuando la nación en cuestión tiene tantos problemas con su imagen de sí misma.
Este es un problema central para mí, algo que me preocupa profundamente. Esa es la razón de por qué siempre intento aclarar, aclarar, aclarar, y de por qué siempre respondo a quienes diseminan desinformación y mentiras acerca de mí con la esperanza de dañar mi reputación en mi país. Siempre dejo en claro que lo que yo critico son estas leyes que prohíben la libertad de expresión y la cultura que las tolera, que permite que continúe esta supresión. La prensa amarilla tiene el poder de manipular las cosas de tal manera que el hombre de la calle puede llegar a odiarte.
Sin embargo, todo este asunto no es tan malo como era. Se ha suavizado mucho. Quizá muchos de nosotros nos damos cuenta ahora de que el asunto real es la tolerancia, la libertad de expresión.
Freely: ¿cómo se mantiene firme en medio de esta atmósfera?
Pamuk: En abril, cuando estaba en Nueva York, me impuse una ultradisciplina para evitar ser devorado por todo esto. Me levantaba temprano para poder estar más disciplinado y concentrado en lo que hacía. Aquí tengo una oficina y un hogar, y cada día me levanto temprano y trato de escribir por tres, cuatro horas, donde nadie pueda alcanzarme, y primero hago algo, escribo algo, para la novela que estoy tratando de terminar. En mi opinión la mayoría de los escritores no escribe para reflejar la realidad sino para inventar un segundo mundo con un complicado conjunto de reglas: cuanto más complicado, mejor. Aunque este segundo mundo deriva del primero, de alguna manera es más significativo, más satisfactorio que el mundo real. Si puedo lograr eso, si puedo visitar este mundo imaginario y escribir unos pocos párrafos, siento mucho respeto por mí mismo, y me siento muy feliz. Igual que un niño que ha jugado con sus juguetes y ha agotado su imaginación. Si he estado en este mundo imaginario por un rato, si he gozado de su felicidad, entonces puedo aguantar cualquier cosa. Pero si no puedo hacerlo, entonces el vacío se llena con todas las pequeñas preocupaciones diarias de estos acontecimientos, que nunca terminan.
El verdadero castigo no será el juicio o lo que resulte de él, sino este proceso judicial, la dramatización de todo esto. Todo por lo que he pasado en los últimos tres meses me ha hecho olvidar mi segundo mundo y mis responsabilidades para con él, por así decirlo. Me siento agradecido por la atención internacional, y por el apoyo que desde Turquía he recibido de los intelectuales liberales de izquierda. Esto, definitivamente me protege. Por otro lado, sin embargo, siento que tengo que responder a esa atención. Uno se siente obligado, y eso afecta tu imaginación. Y lentamente esta responsabilidad puede convertirte en un comentador político o en un activista, o una persona de ideas fuertes. Yo no soy así y no quiero ser una persona que se preocupe más acerca de las ideas que de la vida.
F: ¿O sea que usted ha sido obligado a ponerse en el lugar de un diplomático?
P: Es lo último que quería. Pero no quiero representar mal a la nación. No quiero que este juicio sea una excusa para que los conservadores europeos no acepten a Turquía en la Unión Europea, por ejemplo. Esto me hiere y me preocupa más que todo.
F: Al leer acerca de usted en la prensa europea, es fácil tener la impresión de que usted es el único proeuropeo en Turquía
P: Según las encuestas, sesenta y cinco por ciento de la nación está aún a favor de la Unión Europea. Yo aprovecho cada oportunidad para enfatizar que aquí no soy el único. En entrevistas y artículos, siempre me refiero a los amigos, y siempre aclarando que no estoy solo, que hay solidaridad en la oposición, entre los intelectuales, los radicales, los escritores, toda esta gente que ha sido acosada por los últimos treinta años. Ellos no están representados en los medios turcos y desafortunadamente tampoco en los medios internacionales. Siempre me he asegurado de mencionar esto, de referirme a esta tradición de resistir al estado.
F: Sé que usted nunca se propuso verse envuelto en la política. ¿Cómo así sucedió todo esto?
P: De adolescente estuve interesado en las ideas izquierdistas. El izquierdismo era entonces muy prestigioso y también significaba modernidad, secularismo y democracia. Leí todos los libros, pero entonces era, como se decía entonces, un "chico de edificio de departamentos". Ahora todos vivimos en departamentos, pero en mi niñez vivir en un edificio de departamentos era una novedad, una cosa moderna y occidental. La otra palabra era "chico de pudín", que significa un muchacho que no es bravo ni fuerte ni ama su espada y el pelear en las calles o cualquier lugar. Antes que la política, prefería leer a Faulkner o a Virginia Wolf. Incluso cuando tenía diecisiete o dieciocho, podía ver que la política, cuanto más radical era, más comunitaria parecía. Uno tenía que pertenecer a una comunidad, así que si uno era izquierdista, si uno era serio, entonces tenía que unirse a estas varias facciones marxistas, izquierdistas. Esto no era el tipo de cosas que me gustaban hacer. Yo siempre dije, escribiré novelas y pospondré lo otro. O me ocultaré.
Tuve buenos amigos marxistas que venían a mi casa y veían montones de libros. Esto me ganó algún respeto, pero después también una suerte de resentimiento. Probablemente pensaban que una persona que leía libros como yo y que no estaba interesada en política, estaba desperdiciando su talento, incluso deshonrando su cultura si no iba a servir la causa de la nación. A ojos de la mayoría de la gente, el arte era algo menor. Sentimientos infantiles de orgullo como estos son, creo, muy típicos en los países pobres. No obstante, para mí, Turquía con su legado otomano no era solamente un país pobre. Sentía que era algo mucho más complicado y problemático precisamente debido a la simplista visión cultural predominante.
En la Turquía de ese tiempo comúnmente se pensaba que si uno no iba a servir a una causa o a una comunidad, uno quizá terminaría haciendo montones de dinero, por ejemplo en publicidad. No hay Philip Larkins bibliotecarios en este país. Uno no puede ganarse la vida... Uno tiene que trabajar en publicidad o en otra profesión. Sin embargo, no me dediqué a la publicidad. De ese modo, finalmente me gané el respeto por comprometerme a escribir novelas, incluso durante esos años en los que yo no era publicado ni siquiera en Turquía.
No debería haber tenido que ver nada con la política. Pero entonces estaba la guerra que el estado turco desataba contra las guerrillas separatistas kurdas. El estado quería silenciar la libertad de expresión; ellos pensaban que les sería mejor si fuéramos un país callado.
Después de La nueva vida, que salió publicada en Turquía en 1994, la gente empezó a pedirme que hiciera cosas. No sé por qué el libro fue tan popular; La nueva vida es mi libro más experimental y poético, diría yo. Quizá se conectó con algunos sentimientos nacionales, con las ansiedades relacionadas con perder la tradición y la impaciencia ante la occidentalización y la modernidad. De cualquier modo, se vendían grandes cantidades de ejemplares de modo que algunas buenas personas en quienes confío y a quienes admiro, comenzaron a pedirme que fuera a tal sitio, que firmara alguna petición, que asistiera a alguna reunión para defender a esta revista o a aquella persona que estaba en problemas... Pienso que el momento dramático que todos recuerdan tuvo lugar después de que un periódico kurdo sufriera un atentado con una bomba durante la guerra con las guerrillas separatistas. Muchos de nosotros fuimos a Beyoglu, el centro de la ciudad occidentalizada, a lo Jean-Paul Sartre, y distribuimos periódicos. Salí en televisión junto con todos los demás, haciendo algo inesperado por primera vez. Ese fue mi inicio como personaje de la política.
Una vez que hice eso, el establishement, los medios nacionalistas, me denunciaron como una suerte de enemigo. Ese fue el inicio de una campaña de demolición en mi contra. Por supuesto esto se hace algo personal y uno se enfurece. Y uno se hace de muchísimos enemigos personales, hombres eternamente celosos y llenos de resentimiento. Continuó desde entonces hasta hoy.
3.
A lo largo de la ordalía de Pamuk yo estuve trabajando en una retraducción de El libro negro. Esta fue la novela con la que él rompió con el realismo del siglo XIX que la mayoría de los novelistas turcos aún abrazaba; fue también, de acuerdo a muchos de sus admiradores literarios, el libro en el que encontró su propia voz. La historia, ambientada en Estambul en 1980, nueve meses antes del golpe de estado más brutal en la historia reciente de Turquía, relata la historia de un joven esposo en sus esfuerzos de peinar la ciudad buscando a su esposa desaparecida, de quien sospecha se ha escondido con una pareja que termina siendo el más célebre y controversial columnista de Turquía (los columnistas diarios ejercen una influencia inusualmente poderosa en la opinión pública turca; en palabras de Pamuk, ellos son "profesores de todo"). Detrás del esposo-narrador hay varias figuras sombrías que albergan reproches personales y políticos contra el columnista y parece que lo quieren muerto.
A pesar de lo oscuro de la trama y de sus ominosos ecos, yo había encontrado gran solaz en El libro negro. Gran parte de este transcurre en las calles de la vieja Estambul; yo había caminado por esas calles de niña con mi padre, cuando él estaba escribiendo su primera guía de la ciudad. Disfruté mucho volviendo a visitar esas calles con Galip, el héroe del libro. Cada día, cuando había traducido mi cuota diaria y había regresado a la red para ver el mar de correos electrónicos que conllevan las campañas a favor de los escritores injustamente perseguidos, me preguntaba cuánto tiempo había pasado desde que Pamuk había podido caminar por esas calles en paz, o había podido incluso imaginarlas.
Esa es la razón de por qué encontré particularmente atrayente el que Pamuk sugiriera que en lugar de permanecer dentro de su oficina toda la tarde, rodeados de teléfonos y computadoras, siguiéramos los pasos de Galip a través de la ciudad antigua y viéramos cuánto había cambiado en los veinticinco años desde que el personaje había hecho ese mismo recorrido.
Nos dirigimos hacia lo que yo aun llamo "la ciudad antigua" y lo que los turcos llaman la Península Histórica. Allí fue donde el Imperio Bizantino construyó sus grandes monumentos y donde los otomanos, después de tomar la ciudad en 1453, construyeron los suyos. Desde las colinas de Beyoglu, el famoso perfil de la ciudad recordaba ambos imperios: en el extremo de la península, donde el Bósforo se une con el Cuerno de Oro, podíamos ver los edificios y los jardines del Palacio Topkapi extendiéndose, descendiendo hacia los muros de las paredes bizantinas. Elevándose por sobre el extremo derecho de las colinas estaban los domos y los minaretes de Haguia Eirene, Haguia Sophia [Santa Irene, Santa Sofía], la Mezquita Azul, la Nueva Mezquita y, magnífica ente todas, Sueleymaniye. |
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A medida que nuestro taxi cruzaba el Puente Galata, sin embargo, los grandes contornos de la historia dieron paso a bullentes multitudes y calles enmarañadas que, aunque modernizadas, concretizadas y peatonizadas, todavía brillaban con los objetos perdidos y los detalles olvidados de otras épocas. En un vecindario llamado Babiali, la Fleet Street de Estambul hasta hace unos diez años, Pamuk señaló el edificio donde alguna vez su tío trabajó como editor de Hayat, la más popular revista de Turquía durante los años cincuenta y sesenta. Muchos detalles de esa desaparecida era -- los detalles cotidianos de la producción de diarios y los códigos secretos de los editores de folletines de Estambul, aparecen en El libro negro.
En la Plaza Beyazid, señaló la ubicación de varios atentados famosos, la mayoría de fines de los años
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Mezquita Sueleymaniye |
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setenta, cuando la Universidad de Estambul era una zona de guerra donde casi a diario se producían encarnizados encuentros entre los estudiantes de izquierda y los de derecha. Al caminar por el mercado callejero que ahora domina la plaza, el centro del próspero comercio de contrabando del anterior
Bloque Soviético, nos dirigimos a Sahaflar, el viejo mercado de libros usados situado justo al costado de la entrada del Bazar Cubierto. Éste también se había vuelto más turístico.
"Solía pasar tanto tiempo aquí", me dijo Pamuk. "Venía en el auto de mi madre y lo estacionaba al costado de la Mezquita Sueleymaniye, y compraba muchos libros. Recuerdo haber comprado la Enciclopedia de Islamand completa y haberla llevado al auto".
Entramos a una pequeña librería donde el librero lo saludó cordialmente. Nos mostró una colección de revistas turcas de los años treinta llamada Siete Días, las obras completas de Walter Scott y un enorme tratado del siglo XIX sobre la construcción de tranvías. En esa callada y polvorienta tienda parecía desaparecer el ruido de la ciudad. Después de agradecerle al librero por sus molestias, nos dirigimos a un estante donde vendían lo que pensé eran unas malas reproducciones de miniaturas.
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| "Estas cosas son falsas -- dijo Pamuk -- pero son falsificaciones curiosamente hermosas y originales. Yo tenía la curiosidad de saber cómo las hacían. Tuve una larga y amigable conversación con algunos de sus fabricantes. Pensé en escribir un artículo académico acerca de su arte pues de manera inconsciente ellos han creado un género. Estos artistas -- y se les tiene que llamar artistas -- se dieron cuenta de que cuando hacían copias exactas, los turistas no las compraban. Las miniaturas carecen de perspectiva y aunque una pintura sin perspectiva es agradable para los occidentales, también es un poco perturbadora. Así, decidieron añadir |
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Santa Sofía, en Estambul |
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| algo para hacerlas más atractivas para los turistas. Encontraron una suerte de solución dadaísta. Tomaron los viejos grabados europeos de Estambul, que estaban basados en paisajes a la acuarela
hechos por artistas como Keith Melling, y los combinaron con las miniaturas. De modo que lo que tenemos es un inspirado collage de grabados y miniaturas, hecho utilizando fotocopiadoras y coloreándolas. Una suerte de corta y pega posmoderno".
"Mira éste, dijo mostrando una escena de la vieja Estambul. Ferrys como éste venían a Estambul en los años cincuenta... Los detalles del pasado reciente son combinados con escenas occidentales del pasado otomano y con miniaturas otomanas. Estas librerías han venido desapareciendo, pero ahora ellas venden suvenires para los turistas y están haciendo un buen negocio. Lo triste es, quizá, que al hacer esto ellos se están replicando así mismos".
A medida que continuábamos cruzando el mercado, me señaló una librería que alguna vez fue administrada por un famoso sheik. Estaba donde antes una vieja y apacible sociedad sufí había tenido sus discretas reuniones. "Mencioné esto en El libro negro", dijo Pamuk. Creo que el nombre del sheik aún está sobre la puerta. Era un gran librero, pero cuando yo era adolescente venía y le preguntaba, ¿tiene esto o aquello?. Y él nunca tenía el libro que yo buscaba.
Caminamos hacia una última librería, donde la mayoría de los libros eran traducciones de libros extranjeros. Casi compró uno, pero su regla es comprar un libro solo si va a ir a casa sin dejar de pensar en el libro.
A medida que salíamos del mercado, un hombre que estaba de pie junto a un arco le preguntó a Pamuk si era de Irán. "Somos turcos, hermano", replicó Pamuk. Señalando al arco, añadió, "Mira esa grieta. Nadie repara estas cosas".
Pasamos frente al edificio donde estudió periodismo después de cumplir los veinte. "Pero nunca asistía. En ese tiempo en Turquía uno podía conseguir un diploma universitario incluso sin asistir a clases y solo tomando un examen. Estaba ocupado en casa escribiendo mi primera novela. Me tomó cuatro años escribirla y otros cuatro publicarla". Señalando la puerta por la que decenas de estudiantes entraban y salían (bastantes de ellos echando una segunda mirada cuando lo reconocían) añadió, "La verdadera mejora es que ahora la puerta está abierta. En mi época se abría solo una puerta para que la policía de seguridad controlara todo. Había tanta violencia política entre los estudiantes..."
Para entonces ya habíamos llegado a una calle donde vendían utensilios de cocina. Pamuk me mostró una tienda cercana donde vendían uniformes de policía. "Hay tanta variedad hoy en día. Había tan poca cuando era un niño, pero entonces tus ojos escogían ciertas cosas gozaban con ellas. Ahora, con la abundancia de la producción, los objetos de la niñez desaparecen y uno se queda un poco triste, un poco nostálgico y uno ya no siente que es del sitio. Pienso que cada generación está definida por los objetos que la rodean. ¡El sentimiento de que todos teníamos las mismas cosas! Entonces vivíamos en una cultura nacional separada, unificada ideológicamente pero protegida por el estado. No había infiltración internacional. No me refiero a libros, arte o ideología sino a los objetos. Si no se permite el ingreso de ninguno, los ojos se acostumbran. Ahora, para mí, la nostalgia es la nostalgia por esos objetos. Estar rodeado de esos objetos es reconfortante. Ahora el mundo es más como un gran hogar. Los objetos a los que estás ligado aún están alrededor de ti. La galaxia de objetos es en verdad tu hogar, más que los espacios en los que vives. Si pierdes esos objetos, el sentimiento de estar en casa también se pierde".
"Pero hay un segundo consuelo. Los objetos pueden irse, pueden cambiar, pero también pueden volver a reunirse de maneras particulares, de maneras y estilos tradicionales que de un modo extraño aún pueden evocar los recuerdos". En ese momento él movía sus manos como para indicarme que eso le estaba sucediendo en ese momento y esa misma calle.
Entramos a los jardines de la Mezquita Sueleymaniye, desde donde el llamado a la oración salía sonoramente desde todos los minaretes. Después de comprar seis trompos rosados a cinco niños, dejamos los jardines para caminar enfrente de la Biblioteca Sueleymaniye, por una bien conservada calle muy usada, dice Pamuk, en películas históricas, y de ahí nos dirigimos a un vecindario más deteriorado.
Nos detuvimos para mirar algunas viejas casas apuntaladas con vigas verticales para evitar que caigan en caso de terremoto. Vimos también casas restauradas cubiertas de concreto. Pasamos por la puerta de dos infames alojamientos estudiantiles. En los años setenta, uno había sido tomado por los derechistas y el otro por los izquierdistas: se produjo un tiroteo. Después de pasar por delante de otra hermosa mezquina sinan (Sehzade Cami) y de perdernos por un momento para volver luego a encontrar el camino de vuelta al final de un estacionamiento, llegamos a Vefa Bozacisi, donde Ataturk había venido una vez para beber su famosa leche de mijo, y donde su vaso había quedado sobre un pequeño trono de terciopelo rojo dentro de una caja de vidrio sobre la pared.
Antes de entrar, nos detuvimos para comprar una bolsa de garbanzos. Él dijo que le parecía imposible beber boza sin primero ponerle dentro algunos garbanzos. "Como mi madre decía, no tienes que tomarla si no quieres. ¿Te gusta?"
Me gustó. Era suave, espesa y con un sabor a nueces, un golpe de sabor, lo suficientemente familiar como para preguntarme si la había probado -- y olvidado después -- en mi niñez. Había una pequeña cantidad de alcohol en la boza, me dijo Pamuk, que podría explicar por qué había sido tan popular en la época otomana. "Los otomanos decían que veinte botellas de boza equivalían a media copa de vino. Esto quería decir que ellos podían decir que la boza realmente no cuenta como alcohol". Para él, sin embargo, le parecía una mala hora del día como para tomarla. "Me gusta tomarla por las noches, después de la cena. Así me he acostumbrado. ¿Quieres otra?"
Antes de que pudiera responder, un hombre que acababa de sentarse en una mesa vecina con tres mujeres de su familia, todos púdicamente cubiertos con turbantes, vinieron hacia Pamuk. "Usted ha estado en los periódicos últimamente", dijo el hombre. Después de indicar que ambos estaban del mismo lado añadió, "Lo he dicho en voz baja en caso de que alguno de ellos esté por aquí". Cuando salíamos, el cajero le preguntó a Pamuk si realmente era Orhan Pamuk y le pidió luego su autógrafo. Pamuk le regaló el ejemplar de El libro negro que había llevado consigo.
Para entonces afuera ya estaba oscuro y un viento frío empezaba a enfriarse aún más. Pamuk sugirió que fuéramos a su casa para tomar té. Tomamos un taxi y nos movimos lentamente con el tránsito hacia en distrito de Nisantasi, donde Pamuk vivió de niño y donde vive ahora. El edificio donde vive fue construido por su familia en los años cincuenta después de decidir que su vieja mansión de piedra era demasiado otomana, y que por tanto no se ajustaba al sueño occidental de Ataturk. Según la descripción de Pamuk, su familia era entonces muy rica, aunque su padre y su tío (ambos ingenieros y ambos dados a invertir en grandes planes que nunca despegaron) reducirían su fortuna en los siguientes años. Por un tiempo, cada piso estaba habitado por diferentes ramas de la familia. Las puertas del interior nunca estaban cerradas, y de niño Pamuk deambulaba libremente de departamento en departamento.
Ahora vive en el departamento del ático, que es otro templo a la palabra escrita: muebles blancos, pisos de parquet, estantes con once o doce filas de alto y en el centro de la sala de estar, otro escritorio antiguo y pesado. Le pregunté si yo estaba en lo cierto al pensar que estábamos en el departamento secreto de Celal, el famoso columnista de El libro negro.
Pamuk: Sí. Tenía este espacio en mente. Entonces era diferente, pero el zumbido del radiador, el viejo ascensor, las grietas del viejo parquet y el suave temblor de los vidrios de la ventana cuando pasan los buses, todas esas cosas me dan la sensación de que ese pasado de ficción aún está conmigo.
Freely: Pienso que algo cambió con ese libro, que todo lo interesante que usted ha hecho desde entonces parte de lo que comenzó en él. ¿Es así como usted lo entiende?
P: En 1982 publiqué mi segunda novela. Entonces sucedían cosas horrorosas en las prisiones turcas. Y no se permitía ninguna libertad de expresión, salvo que uno escribiera una novela histórica o una novela que no dijera mucho acerca de la política. Aproximadamente en ese tiempo, en 1985, conocí a Harold Pinter. Vino a Estambul en una misión de derechos humanos con Arthur Miller y otros observadores extranjeros. Yo fui su guía. Los militares propusieron una constitución, la nación entera iba a votar por ella. Noventa y nueve por ciento estaba a favor... Pero no había ningún referendo libre, de acuerdo a los estándares occidentales. Uno de mis primos trabajaba para una agencia de publicidad y me llamó y me dijo que algunos periodistas suizos estaban aquí y que buscaban a alguien que pudiera criticar en televisión la constitución propuesta. De paso, aún estamos regidos por esa constitución, pero en esos días nadie se atrevía a criticarla públicamente, y aquí estaba esa gente de la TV suiza, buscando a un turco que viviera en Turquía para que la criticara, y mi primo no conocía a ningún intelectual de izquierda de modo que me pidió que le ayudara. Él dijo que los periodistas no necesariamente necesitaban ver la cara del entrevistado (Usé esto en el final de El libro negro, cuando, en lugar de dar el mensaje político deseado, el narrador cuenta una larga historia. ¡Esto también podría ser una buena solución a mis problemas ahora!).
Como sea, dije que sí, encontraré a alguien. Con un amigo, por dos días, fuimos a ver a otros amigos, profesores que habían sido expulsados de la universidad pero que no habían terminado en la cárcel. No podíamos usar el teléfono, o sea que fuimos a visitarlos, a preguntarles. Yo odiaba mi posición, que me hacía fácil moralizar. Todos ellos eran buenas personas a quienes respetaba, pero ellos tomaban la correcta decisión de no declarar, porque si lo hacían se iban a meter en serios problemas.
Eso quedó conmigo. Yo, un hombre de clase media alta, un liberal educado que iba de casa en casa, hacía llamadas, un personaje confundido y con problemas que buscaba a alguien en Estambul. Era un buen esquema para una novela. Pero nos sentíamos frustrados por no encontrar a nadie que quisiera hablar. Mi amigo me dijo, bien, Orhan, tú hablas. Pero en ese tiempo yo era tímido, políticamente no era franco, abierto, entonces no sabía cómo criticar la constitución. Ellos buscaban a alguien que trabajara en derechos humanos. Así, finalmente no hablé. Sin embargo, mi héroe, Galip, sí lo hace.
En El libro negro iba a incluir un partido de fútbol con un importante equipo europeo. Donde fuera el personaje, mi héroe Galip, iría a estar la nación entera, escuchando. En esos días, los partidos entre Alemania y Turquía solían terminar en siete a cero. Pensé que sería bueno demostrar la derrota nacional, la rabia, la frustración... Cuando Galip buscaba a alguien para que hiciera un comentario político, no solo no podía encontrarlo, sino que Estambul entera estaba escuchando el resultado del partido por la radio. Uno a cero, tres a cero, cinco a cero...
De modo que El libro negro comenzó como una suerte de novela sobre una búsqueda ambientada en una gran ciudad. Pero la ciudad no es un constructo cartesiano occidental. Es un lugar lleno de arabescos, desvíos y vueltas. Comencé a escribir la novela en 1985 y se publicó en Turquía en 1990, y mientras me las arreglé para inventar su textura. No la historia. La historia es bastante simple. La esposa desaparece y el confundido protagonista, un hombre que comparte mi cultura y mis sentimientos, camina por las calles de Estambul. Tuve la idea de convertir Estambul en un océano de signos, algunos de los cuales puede leer mi personaje, algunos de ellos no los comprende. Y si no los entiende, mejor, porque le añade una capa de misterio, que siempre está presente, debido a todas las capas de historia que tiene la ciudad de Estambul. Después leí que esto era llamado un palimpsesto, pero entonces no conocía la palabra.
Es parte de mi carácter el hacer un texto sobreabundante, súper enriquecido. Tengo la tendencia de añadir más y más. Me gusta observar los detalles de un espacio, de una habitación, de una tienda, donde el detalle no necesariamente ilustra el drama de una manera orgánica sino que se alimenta de la historia central, empujando furtivamente la historia central hacia otra esquina. No como los detalles naturalistas de Zola. La sobreabundancia de detalles no es enciclopédica sino extraña.
F: ¿Se convierten los objetos en algo así como personajes?
P: No lo sé. Pero es algo que se relaciona con mis hábitos de escritura. Si uno es un escritor rápido -- yo envidio a esos escritores rápidos -- uno escribirá una prosa magra. Y eso hago a veces, pero a veces no puedo hacerlo. Tengo una mente regresiva; por otro lado, me preocupo de que la historia no se pierda en el camino. Cada vez que tengo un capítulo que pienso será de siete u ocho páginas, se convierte en uno de dieciocho. Cuanto sucede en esas dieciocho páginas es lo que ocurriría en siete. Pero hay tantos signos y símbolos que aparecen por ahí... Me gusta hacer eso, y trabajar en varias melodías que están relacionadas con otras cosas del libro.
Sin embargo, un año después de que escribiera El libro negro, un director turco a quien admiro y que ya murió, Oemer Kavur, vino y me dijo que hiciéramos una película. Le conté varias historias, pero no le gustaron. Así que, finalmente, le dije una historia salida de El libro negro, aquella acerca del fotógrafo. Yo basé esa historia en La conferencia de los pájaros, de Attar. Él me dijo para convertirla en una película. Trabajamos juntos en el guión, pero cada vez que venía a él con mis páginas, él me respondía, "Orhan, tienes una tendencia a -- él había recibido una educación francesa -- surcharge (sobrecargar)". Eso quedó conmigo, porque él estaba diciendo "no sobrecargues".
Esta era una película donde uno tenía que ser rápido y magro. De Kavur aprendí mucho acerca de la escritura. Él tenía un sentido de lo dramático, de que algo debería suceder. Yo decía, así que mis personajes van caminando por la calle y ¿algo les pasa de repente?. El me respondía que no, que ellos salen y algo les sucede inmediatamente. Quizá exageraba. Pero la palabra sobrecargar quedó conmigo. Soy alguien dado a sobrecargar. Sé de los problemas literarios de esto y a veces intento evitar esa sobrecarga, pero el personaje está destinado, pienso, de modo que continúo sobrecargando.
Borges, a propósito, estaba interesado en La Conferencia de los pájaros. Le interesaban los textos islámicos clásicos más de lo que se cree comúnmente. Se trata de una historia muy simple, un grupo de aves está buscando a su rey, que se ha perdido. Ellas viajan y cada una de las aves tiene una experiencia, vive su propia historia. Finalmente llegan al monte Kaf, que es una especie de Monte Olimpo oriental, y se dan cuenta de que el rey, el dios, la persona a quien buscaban, está en ellas mismas. Esas aves son la misma persona que estaban buscando.
Yo había leído ese libro antes de leer a Borges. Sin embargo, el toque de Borges hacía que la literatura clásica islámica me pareciese nueva y diferente. Necesité de la ayuda de Borges para llegar a este nuevo enfoque de la literatura islámica. Una vez que tuve esta nueva visión, todo, especialmente la cultura antigua, me pareció nueva. En mi libro Galip está en búsqueda de algo, y lo encuentra en sí mismo. Es una cosa muy sufí: no busques las cosas mundanas, todo está en el interior.
F: ¿Qué había en Borges que abrió las cosas para usted?
Fue una suerte de revelación literaria. Me enseñó a ver a esos textos religiosos esenciales con una mirada radicalmente alejada, distanciada y así, inevitablemente secular. Borges me enseñó que había algo que nosotros podemos llamar la "metafísica de la literatura". Al seguir las huellas de Poe, Coleridge y Valery, trazando las líneas que van de un texto a otro, me enseñó una manera liberadora de ver los viejos textos cargados de mucho peso sentimental proveniente de la tradición y la religión. Me gusta el hecho de que Borges no estuviera influenciado por el contenido sentimental de los textos literarios, sino por el goce metafísico. Él hablaba de los patrones presentes en los textos literarios, y eso me enseñó a ver los textos sufíes bajo esa luz.
No solo Borges sino mis lecturas de Poe, Kafka y Calvino también me dieron la oportunidad de establecer una distinción entre la religión y la parábola, entre una historia y la filosofía. Leí todos esos textos sufíes a principios y mediados de los años ochenta en Turquía y los Estados Unidos. Mi experiencia sufí entera no fue sino leer a Rumi [1207-1273, uno de los más grandes poetas persas de la corriente mística sufista. N. del t.] teniendo en mente a Borges y Calvino. Pero una vez que le agarré el gusto...
Para los turcos, escribir novelas era todo un paquete político y tal vez ideológico. Leer a Balzac, leer a los clásicos occidentales, tenía una connotación izquierdista, modernista, occidentalista, mientras leer a los antiguos clásicos sufíes islámicos era algo muy conservador.
F: ¿Quiere decir que eso se perdió entre las fisuras de esas dos ideologías?
P: Ahora uno puede ir a una librería y encontrar todo tipo de libros religiosos y modernos. En mi juventud, sin embargo, una librería era o bien occidental, moderna e inclinada a la izquierda, o bien islámica y conservadora. Entonces el país estaba culturalmente más dividido. Para la gente como yo la religión era una cosa casi escondida, excepto por uno u otro tío o vecino. Y los viejos no querían interferir con la modernidad. Ellos nunca propagaban su religión. El llamado espacio público era menos religioso en mi juventud, mientras la vida dentro de las casas era más religiosa, creo.
F: ¿Y qué hay con el sufismo?
P: En mi círculo, Rumi iba de la mano con los espiritualistas. Ellos tenían revistas que mezclaban el Islam con algo de metafísica o parasicología. Después me enteré de que esos espiritualistas también estaban envueltos con algunas sectas, y que el espiritualismo era tal vez una fachada de una versión modernizada de algunas sectas moderadas no parroquiales. En realidad, en los años cincuenta, las sectas espiritualistas ocasionalmente eran allanadas por la policía como si se tratara de un burdel clandestino. A menos que uno estuviera protegido por alguna poderosa institución, uno no podía involucrarse con una secta sin correr riesgos. Todas las sectas religiosas que supervivieron tenían conexiones con gente en el poder.
F: Ataturk las clausuró todas, ¿no es así?
P: La versión de Ataturk del secularismo trazó una firme línea entre la religión y los asuntos de estado, para cortar el poder de la religión especialmente en la esfera social. Él quería que la religión fuera apolítica y no radical. Por supuesto, cortar la fuerza social del Islam era algo muy político. Y no era tampoco secular, pero este no es un tema que ejercite mi imaginación. Me gusta hablar acerca de objetos y de historias.
F:: ¿Y qué puede decir de la religión y el pasado? Usted ha escrito dos novelas históricas.
P: Vea, para ponerlo de manera simple: una vez que usted tiene un gran imperio, como los otomanos, ya se sabe que no va a poder administrarlo solo con la religión. Uno puede administrar una nación provincialmente xenofóbica, pero no un imperio. En un imperio hay demasiados detalles que no pueden tratarse solamente mediante la religión. Un imperio, con sus diversas culturas, religiones, naciones, tribus, tiene que ser mundano. La elite otomana tenía mundo y la elite gobernante estaba cercana a los militares. Después vino el deseo de occidentalizarse, de administrar el imperio de acuerdo a líneas occidentales. Después de cinco generaciones, los otomanos mismos habían cambiado.
Durante la República, Turquía era abiertamente, incluso agresivamente no religiosa. Para probar que se pertenecía a la elite, se tenía que ser occidentalizado y no religioso, por lo menos no abiertamente. Estos son temas que he descrito en Estambul. Mi abuela solía recitar la poesía de Tevfik Fikret, que era en parte atea, y decía que la religión había hecho esto y lo otro. La poesía de Fikret era muy crítica de la religión. Mi familia se describía como musulmana, pero definitivamente no eran gente religiosa.
F: La paradoja es que Turquía se presenta ante el mundo como noventa y nueve por ciento musulmana, pero con un estado secular; es decir, una doble definición. Le gente de fuera no entiende cómo encajan ambas definiciones.
P: Sí. Los burócratas, que aún son el sesenta por ciento de la elite gobernante, siempre se enfadan cuando algún norteamericano o europeo dice que Turquía es un país islámico. Y nosotros los turcos estamos muy orgullosos de ser el único estado islámico "secular". Es parte de nuestra identidad. Es parte de nuestro nacionalismo también, desafortunadamente. Y es porque ahora podemos dividir a los conservadores del establishment en dos: tenemos, por un lado, a los turcos nacionalistas antioccidentales; y por otro, a los islamistas, que también son nacionalistas. Los islamistas están tratando de convencernos para entrar a Europa, mientras los ultranacionalistas, algunos de los cuales son muy seculares, están usando el prestigio del secularismo y a Ataturk como una manera de bloquear el camino de Turquía hacia la Unión Europea.
F: En su novela Estambul, usted resalta que en su niñez, incluso en los hogares seculares aún había una moralidad relacionada con el ascetismo, con la humildad, en otras palabras, con los valores del sufismo.
Por supuesto que esas cosas cambian más lentamente. Pienso que la mayor parte de la moralidad nos viene con las virtudes que aprendemos en casa y en la escuela, o sea, sí, el sufismo continuaba vivo en las familias occidentalizadas. Uno tenía que ser humilde. Uno tenía que respetar a los mayores. Uno tenía que hacer las cosas, no por dinero sino por las cosas mismas. Ahora, por supuesto, todo eso está desapareciendo, o nosotros estamos envejeciendo y nos quejamos, quizá. Pero siempre he querido dejar en claro que esta antigua y maravillosa moralidad también tenía su lado represivo. Uno no debía ser crítico, no se debía gozar de la fama. El Renacimiento consistió en príncipes italianos que, con lo crueles y represivos que eran, también permitieron una nueva forma de ver las cosas. Exploré algo de esto en Mi nombre es Rojo, y también estaré tocando el tema de esta cultura de la ostentación en mi nueva novela, El Museo de la Inocencia. Hasta hace muy poco, sin embargo, como lo escribí el Estambul, la cultura de la ostentación, el mostrar tus riquezas, el colgar pinturas sobre las paredes, era considerado algo que iba contra la ética. Lo bueno era ocultar tu dinero y tus riquezas, los objetos e imágenes que los representaban y nunca decir que uno era exitoso. Si hacías eso eras visto como un desvergonzado o como un nuevo rico.
F: Es su madre quien habla ahora
¡De todas maneras la cultura entera nos habla a través de nuestras madres!
F: ¿Camina usted por la ciudad tanto como lo hacía antes?
Sí lo hago. Después de que comencé a aparecer en TV promocionando mis libros, sentía un poco de vergüenza y por supuesto eso continúa hasta hoy. Algunas personas me reconocen en la calle. Los taxistas inmediatamente comienzan la controversia, pero de una manera mucho más gentil y amigable que los medios de la derecha; aunque los taxistas pueden estar en desacuerdo conmigo, todavía nos tratamos con respeto. Por ejemplo, esta mañana un taxista después de reconocerme, hizo algunos sonidos de simpatía. Después me quejé un poco. Él dijo, "A usted lo hacen parecer un traidor. Ellos exageran todo". En cinco minutos ya éramos amigos. Aunque este tipo era un nacionalista furioso que se quejaba de que el gobierno estaba vendiéndose al ceder Chipre, nos despedimos como amigos".
Ya no digo las cosas que antes les decía a ellos, no me gusta discutir. Prefiero escuchar. De modo que solo asiento con la cabeza y digo sí... sí... sí...
4.
Tres días después, durante el juicio, Pamuk no tuvo oportunidad de hablar y no pudo sino escuchar. Por casi una hora entera permaneció de pie en medio de una pequeña, pobremente ventilada y atestada corte mientras seis abogados nacionalistas explicaban de qué maneras él había impugnado la turqueidad de ellos. Hubo algunas desagradables escaramuzas entre ellos y la docena de parlamentarios de la Unión Europea que habían venido a observar los procedimientos. Aunque el juez no accedió al pedido de esos abogados de que la corte hiciera salir a los europeos, él parecía incapaz de controlar el comportamiento de los abogados. También fue incapaz de decidir si el caso procedía o no, y al final ordenó que el caso se posponga mientras él pedía opinión al Ministerio de Justicia. Mientras, en los corredores de fuera, doscientas personas que no habían podido entrar a la sala fueron rodeadas por un cordón de la policía antimotines, mientras una pandilla de agitadores fascistas (algunos dijeron que fue ayudada e instigada por policías de civil) se abrían paso por entre la multitud volcándose contra algunos acusados bajo el Artículo 301 y otros objetivos, atacándolos a puntapiés y empujándolos, acusándolos de traidores y judíos. Entre nosotros se encontraban muchos de los escritores turcos más importantes y defensores de los derechos humanos. El más prominente era Yashar Kemal, otro de los novelistas turcos internacionalmente célebres, quien había sido acusado por hablar acerca de los kurdos.
Otro grupo se había plantado fuera de la corte con una banderola que denunciaba a Pamuk y a otros seis acusados por el Artículo 301 como "hijos de los misioneros" (supuesto agravio que sugería que ellos habían resultados desviados de la identidad turca por los confabulados maestros europeos y norteamericanos de las escuelas "misioneras" como la Robert Academy). Aunque la banderola ocupó un lugar importante en la televisión turca, el variopinto grupo de medio centenar de gente que estaba detrás de ella era tan pequeño que al siguiente día un escritor turco me dijo bromeando, "¿Y a dónde se han ido todos nuestros fascistas?". Ellos parecían ser el escuadrón de protección de la policía antimotines, que hizo muy poco para proteger al resto de nosotros, y mucho menos a Pamuk. Él fue golpeado en la cabeza por un agitador cuando se dirigía a la sala de la corte y, aunque pudo salir del edificio sin recibir daños, su auto fue atacado con huevos y piedras por una turba profesional. Al día siguiente, en la prensa nacionalista, los agitadores fueron aplaudidos ("¡Nuevamente el puño de hierro! ¡Nuevamente le arrojaron huevos!". El rostro de Pamuk aparecía en medio de un círculo en rojo y descrito -- pese a que en la fotografía salía con su apariencia normal -- como "pálido como un fantasma".
El caso contra Pamuk fue desechado el 22 de enero de 2006, casi seguramente debido a una fiera presión desde Europa, aunque la campaña de odio aún continúa. Muchos otros acusados bajo el Artículo 301 están por ser procesados. La ley aún continúa vigente y los agitadores nacionalistas continúan disfrutando misteriosos privilegios. |
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