Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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Un silencio que duele hasta ahora
por Neal Ascherson
 
Artículo publicado originalmente como "Even Now",
London Review of Books, Vol. 28, No. 21, 2 de Noviembre de 2006
Traducción de Alberto Loza Nehmad
<albertoloza@librosperuanos.com>
 

Reseña de las memorias de Günther Grass,
Beim Häuten der Zwiebel, [Pelando la cebolla] Steidl ed.
480 pp.

 
Hace sesenta y un años, bajo la lluvia, dos desdichados jóvenes alemanes se agazapaban en un agujero cubiertos por una lona. Alrededor de ellos, en el mismo campo rodeado de alambre de púas, miles de otros prisioneros de guerra ansiaban enterarse de qué harían los norteamericanos con ellos. Para mantener la mente alejada del hambre y el frío, los muchachos -- uno de Danzig y el otro de Bavaria -- jugaban a los dados y conversaban acerca de sus planes para el futuro, suponiendo que tuvieran un futuro. El joven de Danzig quería ser artista. El bávaro esperaba hacerse sacerdote.

Este año, ambos muchachos, actualmente famoso cada uno de ellos, metieron la pata con salpicaduras que tuvieron ecos en todo el mundo, llegando a manchar sus reputaciones. Joseph, el piadoso bávaro, quien creció
Gunter Grass
Günther Grass
hasta convertirse en el cardenal Ratzinger y luego el papa Benedicto XVI, horrorizó al mundo musulmán y a muchos católicos liberales al citar los insultos contra el profeta Mahoma de un emperador bizantino. El chico de Danzig, quien se había convertido en el mejor escritor de Alemania y ganador de un Premio Nobel, el azote de quienes callaban su pasado nazi, reveló que durante la guerra había servido brevemente en las Waffen SS.

Los dos muchachos del agujero han hecho una buena historia, pero ¿cuánto de verdad hay en todo ello? Ciertamente Grass compartió ese agujero con un Joseph de Bavaria; ellos compartieron un puñado de semillas de alcaravea que Grass había intercambiado por dos cigarrillos, y discutieron sobre el dogma, la fe y la duda. El futuro papa definitivamente estuvo en el gran campo al descubierto para prisioneros en Bad Aibling, pero también lo hicieron otros diez mil. ¿Era en realidad Ratzinger el apellido de Joseph? En su libro Grass admite que no puede estar seguro. "Esa es solamente una de las típicas historias inventadas que usabas para impresionar a nuestra madre cuando eras niño", comentó su hermana muchos años después. Molesto, Grass respondió que ellos incluso habían apostado acerca del futuro que habían escogido para sí. Si Joseph no hubiera sacado tres tres a los dados, entonces él habría sido el artista y el escritor, mientras Grass habría sido el obispo, o algo más. "Francamente, le dijo su hermana, mientes como un soldado".
 
Neal Ascherson (Edinburgo, 1932) reseña las memorias de Günther Grass (Pelando la cebolla) y discute la revelación del escritor alemán sobre su breve paso adolescente por las Waffen SS, el batallón militarizado del partido nazi. "La historia de Alemania moderna es, en parte, la historia de varios silencios", escribe Ascherson. Las memorias de Grass constituyen un esfuerzo personal para pelar esos silencios superpuestos, tejidos por muchos sentimientos, entre ellos el de la culpa. En ese esfuerzo, muestra las profundas distorsiones de la sicología alemana durante la etapa más terrible de su historia.

¿Qué es lo que en verdad uno recuerda, y qué es lo que uno recuerda u olvida a propósito? El papa, se dice, no recuerda haber conocido a Grass bajo una lona, pero quizá sea Joseph Ratzinger quien esté negando las cosas. ¿Qué orgulloso cardenal querría recordar semanas de desdichas llenas de piojos, vestido con un uniforme húmedo y deshonrado? ¿Qué ambicioso hijo de la Iglesia se sentiría cómodo de confesarse tan íntimamente con un escritor tan profano?

Con respecto a Grass, el alboroto no ha estado relacionado con la negación, ha estado relacionado más bien con la supresión. No son los hechos acerca de su servicio en la guerra los que han provocado el escándalo, puesto que han resurgido a partir del mismo Grass, sino el hecho que los ocultara. Esa parte de su vida se resume fácilmente. A los 17 años de edad, en los últimos meses de la guerra, Grass, quien había intentado ingresar a la marina de guerra como tripulante de un submarino [U-Boot], fue reclutado en una nueva división de las Waffen SS [las SS Armadas]. Él no escogió las SS, aunque tampoco intentó evitarlas; para él, las Waffen SS no eran más que una fuerza de combate con atractivo y con emocionantes armas. Fue entrenado para servir disparando un tanque. Sin embargo, la División Frundsberg, una formación improvisada en gran medida conformada por muchachos a medio entrenar y por fuerzas de tierra de la Luftwaffe [Fuerza Aérea], se desbarató cuando el Ejército Rojo irrumpió cruzando el Oder en su ofensiva final. Grass, después de experimentar algunos horrorosos combates en los que afirma nunca haber hecho un solo disparo, se rezagó.

Fue herido por una esquirla y permaneció en un hospital de campaña de Bohemia, en Marienbad, entonces la guerra terminó; cuando salió de baja, se encontró en Bad Aibling.

Todo esto no fue sino la experiencia de decenas de miles de jóvenes alemanes en esa etapa de la guerra. Grass no tomó parte en ninguna conquista ni ninguna atrocidad; no fue más que una fibrilla de la carne de cañón con la usual fe ignorante en el Reich y en el Führer. Él nunca ha negado esa fe. Como dijo en una reciente entrevista para El País, "Yo siempre admití que cuando joven estuve involucrado en el sistema. Ese nunca fue un secreto". Sin embargo, "este único episodio de mi vida (su servicio para las Waffen SS) fue algo que guardé para mí". En ese tiempo, él no tenía idea de qué es lo que las Waffen SS podrían haber hecho además de luchar contra el enemigo. Cuando un sargento que marchaba con él durante su huída le dijo que se deshiciera de las insignias de las SS que tenía en el cuello en caso de que los capturaran los rusos, Grass quedó muy confundido. En pocas palabras, él no había hecho personalmente nada de lo que pudiera avergonzarse. ¿Por qué, entonces, le fue imposible por casi toda la vida admitir dónde había estado en esos pocos meses y con cuál uniforme?

Gran parte del maltrato caído sobre Grass en los meses recientes ha provenido de viejos enemigos y rivales. Especialmente estuvieron encantados aquellos de la derecha nacionalista que antes se habían retorcido bajo las sátiras de Grass y se resentían por lo que ellos veían como un constante trabajo de zapa contra la autoconfianza alemana. ¡Una buena caída como para gozar de ella! Grass, también, el poderoso novelista aceptado en el extranjero como la conciencia política de Alemania, había escondido su pasado. No obstante, hay muchos más alemanes que habían usado sus primeras novelas -- El tambor de hojalata, El gato y el ratón, Años desdichados -- para formarse una idea de su propia nación y de la maldición de la amnesia que había caído sobre ella. Ellos están heridos, como si Grass los hubiera decepcionado. Grass podría haber dicho la verdad sobre esos meses y nadie habría pensado tan mal acerca de él. En realidad, admitir que había estado en las Waffen SS, aunque sea brevemente, podría haberle dado incluso más firmeza a su ficción y a su posición política. ¿Qué lo retuvo hasta que fue demasiado tarde?

Es imposible absolver a Grass de hipocresía, en sus efectos si no en su intención. Él fue amigo del ya fallecido Karl Schiller, el ministro de economía socialdemócrata. En cartas fechadas en 1969 y 1970, recientemente descubiertas y publicadas en el Frankfurter Allgemeine, Grass urgía a Schiller a que limpiara su pasado y hablara abiertamente acerca de su pertenencia al Partido Nazi. De joven Schiller fue miembro de las Tropas de Asalto (SA) y durante la guerra fue consultor de la Wehrmacht, el ejército alemán, para la explotación económica de los territorios conquistados. Si Schiller no confesaba su pasado, sostenía Grass, ¿cómo podría criticar con credibilidad al entonces canciller Kurt Georg Kiesinger por su mucho más prominente pasado nazi? "Pienso que estaría bien si admitieras abiertamente tu error. Sería un alivio para ti, y al mismo tiempo le daría al público el tipo de desahogo que trae una tormenta que lo limpia todo".

¿Cómo pudo haber escrito eso sin una punzada de disgusto consigo mismo? En ese entonces, Grass mismo bramaba por todo el país denunciando en magníficos discursos el pasado de Kiesinger. ¿Y qué entonces acerca del propio pasado y su servicio durante la guerra? Entonces, la versión aceptada en Alemania era que Grass había sido levado brevemente y contra su voluntad para servir en una batería antiaérea. Eso es cierto -- los escolares de Danzig fueron enviados a la denfensa antiaérea en 1944 -- pero no es toda la verdad.

La historia de Alemania moderna es, en parte, la historia de varios silencios. Primero había cosas que uno aprendía a no decir, pronto siguieron las preguntas que uno aprendía a no hacer, lo que conducía a visiones que uno debía evitar. Después, había las preguntas que uno aprendía a no responder (preguntas de interrogadores aliados, pero también las de los propios hijos y pupilos) y, una vez más, las cosas que uno aprendía a no decir porque "no hay razón para hablar de todo eso". Con Grass, encontramos uno de esos silencios alemanes en uno de los más prolíficos escritores y oradores europeos y detrás de una de las más altas voces que argüían en pro de la honradez y la humanidad. Debemos, sin embargo, preguntarnos cuán total fue realmente ese silencio. La familia de Grass sabía de él, por supuesto. Parece que él se lo dijo a su segunda esposa aunque no a la primera (quizá porque ella era suiza, no alemana). Quizá le dijo a unos pocos amigos. Lo más curioso es que cientos de jóvenes deben haberlo conocido en esos meses, durante el entrenamiento o en acción; si supervivieron, con seguridad reconocieron a su viejo camarada en el más famoso escritor alemán y sabían en qué unidad había servido. No dijeron nada. Además, periodistas e investigadores literarios de años recientes pueden haber excavado en estos hechos, que estaban desperdigados en documentos abiertamente disponibles; cuando fue liberado por los norteamericanos, Grass se registró como un ex soldado de las Waffen SS. No obstante, si alguno de ellos encontró esos papeles, nadie lo mencionó. Me parece cierto que un gran número de gente, y por supuesto no demasiados de ellos admiradores de su trabajo o de su línea política, eran concientes de que Grass había estado en las Waffen SS pero pensaron que "no había ninguna razón para hablar de todo eso".

En las décadas de la posguerra, a los extranjeros les disgustaba la aparente incapacidad de muchos alemanes para entender el sufrimiento que su nación había inflingido a otras. No obstante, alguien, quizá el mismo Grass, recientemente escribió que ese silencio era realmente la continuación de otro, un silencio anterior: su renuencia a aceptar abiertamente cuánto habían sufrido ellos mismos.

Hay algo en esto. El famoso estudio de Margarete y Alexander Mitscherlich de 1967 sobre la psicología alemana tenía el título Die Unfähigkeit zu trauern, la incapacidad de llorar una muerte o de hacer luto por alguien, más que la incapacidad de sentir empatía hacia los demás. No es que los alemanes de la posguerra carecieran de autocompasión. ¿Cómo podrían no sentir lástima por sí mismos cuando recordaban las matanzas y el cautiverio en Siberia de sus hijos, la destrucción de sus ciudades históricas, los horrores de la expulsión de doce millones de alemanes de Europa Central y Oriental, las violaciones masivas o, de alguna manera lo más difícil de soportar, la humillante hambre, la suciedad y la miseria que les sobrevino después del colapso del Reich? La autocompasión y el dolor, sin embargo, fueron mantenidos en privado.

La injusticia era un asunto aparte. Las protestas de las asociaciones de expulsados en contra de la pérdida de sus hogares y contra la violación de lo que ellos llamaban su "derecho a la autodeterminación" fueron públicas y ensordecedoras. El luto, por el contrario, se daba solo detrás de las puertas cerradas. Cuando viví en Bonn en los años sesenta, los vecinos que habían supervivido a la destrucción de Dresden solían reunirse calladamente entre ellos cada 13 de febrero. Los periódicos no conmemoraban el aniversario. Las violaciones eran recordadas tras una cortina de silencio hasta que, muchos años después, periodistas e historiadores extranjeros publicaron lo que todos los alemanes de mayor edad sabían. Hace tan solo cuatro años, el público alemán se escandalizó cuando Grass escribió en su novela Crabwalk [El paso del cangrejo] acerca de la matanza de civiles cuando Prusia Oriental y Danzig caían bajo los rusos, y acerca del torpedeamiento del barco de refugiados Wilhelm Gustloff, con la pérdida de hasta nueve mil vidas, cerca de cinco mil de los muertos eran niños. Deliberadamente, Grass había roto un silencio alemán. Para él, había una razón para hablar de todo eso y la necesidad de hacerlo.

A pesar de todo, hasta ahora, él mantuvo en secreto un rincón de "todo eso". Este libro es una memoria maravillosa y fecunda de su vida antes de que se convirtiera en un personaje público (en 1959, con la publicación de El tambor de hojalata), trenzada con una serie de complejas y a ratos tortuosas reflexiones acerca del recuerdo y la memoria que dejan más en claro por qué él dudó por tanto tiempo. No era tanto el temor a dañar su imagen pública, aunque obviamente a medida que pasaban los años se le hizo cada vez más difícil confesar su episodio Waffen SS. Era más bien una culpa penetrante e insoluble: el saber que a la edad del colegio y luego como adolescente en uniforme, él había sido una parte dispuesta, creyente y activa de la máquina Nacional Socialista. Es una culpa para la cual él rechaza la inocencia y la ignorancia de la juventud -- "¡Yo solo era un niño, solamente un niño!" -- como circunstancias atenuantes. "Yo estuve en silencio. Puesto que tantos otros se han mantenido en silencio, es grande la tentación... de trasladar la culpa hacia la culpa colectiva, o de hablar de uno mismo solo figurativamente en tercera persona: él estaba, vio, dijo, él se mantuvo en silencio...". Y aquí Grass está escribiendo acerca de sí mismo, puesto que casi todo lo que él hizo, pensó o experimentó en esos tiempos es actuado en sus novelas por una multitud de personajes, no solo Oskar Matzerath en El tambor de hojalata. No obstante, si esperaba que esa ficción en tercera persona podría actuar como una suerte de exorcismo, sencillamente no lo hizo.


La culpa queda. Contin úa con su tic-tac, se la encuentra ocupando tu sitio hasta en los viajes sin destino... piadosamente se deja olvidar por un momento, hiberna en los sueños. Queda como un sedimento, como una mancha que no se puede quitar, un charco que no se puede limpiar a lamidos. Aprendió pronto a refugiarse como confesión en un oído, a dejar que el paso del tiempo o el olvido la hagan cada vez más pequeña que minúscula, una nada, y entonces se yergue de nuevo.


Luego, él alude a "lo que aún queda encapsulado: los vergonzosos secretos asegurados con cuñas, siempre con un disfraz diferente. Eso que es como liendres en el pelo. Palabras enrevesadas y evasivas. Astillas del pensamiento. Eso que duele. Hasta hora".

El libro, como lo ha dicho Grass, es un intento de redescubrir e interrogar su ser personal anterior, comenzando con "ese niño de 1939 que parecía como una persona distante para mí". Dos imágenes de este procesos son recurrentes. Una es la cebolla del título: frágiles capas de recuerdos que se pelan para revelar indistintas memorias garabateadas, a veces engañosas. La otra es el ámbar. Los fragmentos transparentes que solía buscar en las playas del Báltico cerca a su casa, los que a veces encerraban insectos de un pasado inconcebiblemente remoto, son una metáfora que innegablemente sucedió pero cuyo contexto está perdido para siempre.

"Pelando la Cebolla" comienza con sonidos y con silencios. La guerra comenzó en Danzig y Grass recuerda el estallido de los cañones cuando la vieja nave de guerra Schleswig-Holstein abría fuego contra el fuerte polaco de Westerplatte, y cuando las tropas alemanas ponían bajo asedio a la Oficina Postal polaca. Cuando la oficina de correos se rindió, sus defensores fueron confucidos fuera y se los mató a tiros, y entre ellos estaba el tío de Grass, Franz. Él era kashubio, de una pequeña minoría eslava de los interiores de Danzig a la que pertenecía la madre de Grass, y aquí comenzó el primer silencio. Al Günther de diez años de edad no se le dijo qué le había sucedido a Franz, y en la pequeña tienda de abarrotes que sus padres administraban no se volvió a mencionar ese nombre.

Pronto siguieron otros silencios. Había ese amigo en la escuela quien parecía saber más que nadie acerca de las pérdidas alemanas en los combates de Noruega. Desapareció repentinamente. Grass no preguntó por qué, y solo una generación más tarde se enteró de que el padre del muchacho había sido arrestado por escuchar las emisiones de la BBC y enviado al campo de concentración de Stutthof. Luego desapareció el profesor de latín, un sacerdote católico. Nuevamente, Grass ni sus compañeros de clase hicieron pregunta alguna. "Para disculpar a los muchachos y a mí mismo, no se puede ni siquiera decir: Fuimos seducidos. No. Nosotros -- y yo -- nos dejamos seducir".

Su educación terminó a sus quince años, cuando a Grass y a sus compañeros de clase se les puso un uniforme y se los envió a servir en baterías antiaéreas de los alrededores de la ciudad. Vieron muy poca acción; por entonces Danzig estaba casi fuera del rango de alcance de los bombarderos aliados, y su maravilloso perfil urbano de espirales y torres estaba aún intacto. Entonces fue llamado a hacer su Servicio Laboral para el Reich, limpiando a paladas el lodo de los pantanos vecinos. Pronto a las palas se agregaron las carabinas y el entrenamiento militar. Un muchacho, sin embargo, un modelo alto y rubio de juventud "nórdica", se rehusó a tocar el arma. Cada vez que se la ponían en las manos, la dejaba caer. Fue amenazado y repetidamente castigado; otros muchachos del Servicio Laboral lo atacaron en grupo y lo golpearon con sus correas, pero él permaneció terco y en silencio. Todo cuanto dijo fueron cuatro palabras: "Nosotros no hacemos eso".

¿Quiénes eran "nosotros"? Nunca lo explicó, y sus compañeros de equipo, quienes solo vagamente habían oído acerca de sectas prohibidas como los Testigos de Jehová, terminaron por odiarlo, y una razón para ello era que ellos habían sentido abrirse fisuras en su fe total en el Reich y el Führer. Para Grass fue un alivio que el terco muchacho desapareciera en Stutthof. "La brisa de la duda que pasó por lo que parecía una creencia sólida como una roca, desapareció de nuevo. La sosa calma en mi cabeza no me permitía incubar ningún pensamiento. Solo la estupidez se esparcía por dentro de ella. Estaba satisfecho de mí mismo, y contento". Las cuatro palabras en alemán de ese joven, sin embargo, se condensaron en una sola palabra que quedaría para siempre en Grass: Wirtunsowasnicht, "nosotros no hacemos eso". Él había conocido una conciencia.

Para entonces se había propuesto ser un artista. De niño había coleccionado anuncios de cigarrillos con pinturas famosas, y durante su Servicio Laboral se le permitió decorar las paredes del cafetín e incluso pasar el tiempo pintando paisajes con acuarelas. Sintió la agonía de los primeros amores, se hizo adicto al cine y comenzó a leer libros. Cuando consiguió un ejemplar de Sin novedad en el Frente de Remarque (aunque Grass no lo sabía, esa novela había sido prohibida y quemada por los nazis), la leyó ávidamente. Actualmente, no puede imaginar cómo pudo haberse sumergido en Remarque perdiéndose de algún modo el tema mismo de la advertencia contra la guerra. "El autor y su libro me advierten sobre mi juvenil falta de entendimiento y, al mismo tiempo, son una llamada de atención acerca de la limitada influencia de la literatura". No obstante, una influencia más importante para el futuro fue un libro que le prestó uno de sus profesores: Der abenteuerliche Simplicissimus [El aventurero simplísimo], de Christoffel von Grimmelshausen. En ese libro, con terrible y descarnado detalle Grimmelshausen puso en ficción lo que había visto en la Guerra de los Treinta Años: un ennegrecido horizonte atravesado por una soldadesca hambrienta y asesina, donde todo orden y piedad habían colapsado. Dentro de pocos meses ese paisaje retornaría a Europa y Grass estaría tropezando sobre él.

Estaba desesperado por alejarse. Aunque era un hijo de mamá tiernamente engreído, añoraba poder escapar de su familia y unirse a la "lucha por el destino" que se desataba a su alrededor. Grass ya se había presentado como voluntario submarinista y había sido rechazado. Ahora, en septiembre de 1944, finalmente llegaban sus papeles de enlistamiento. Su padre, vestido con su mejor traje y con una solapera del Partido Nazi, lo llevó silenciosamente a la estación. Por última vez Grass vio las intactas torres y los edificios góticos de su ciudad. El tren lo llevó a Berlín, ya medio destruida e incendiada después de los ataques aéreos británicos. Desde ahí fue conducido a Dresden, donde recibió sus órdenes: preséntese a una base de las Waffen SS y reciba entrenamiento como cañonero de un tanque.

¿Se sintió escandalizado de ver la doble S rúnica estampada en su orden de movilización? "Nada está grabado en la piel de cebolla que pueda ser leído como un signo de shock o pesadumbre. Es más probable que haya visto a las Waffen SS como un cuerpo de élite, y me haya sentido enviado a acción donde hubiera un quiebre que debiera ser sellado, o un bolsón como Demyansk que necesitara ser relevado, o una Kharkov que tuviera que ser recapturada. La doble S rúnica en el cuello del uniforme no me repelía". El nombre de la División lo atraía; él había leído sobre Jörg von Frundsberg en los libros de historia, donde aparecía como un héroe del pueblo en las Guerras Campesinas. Además, había un atractivo europeo en las Waffen SS, con sus voluntarios provenientes de Francia, los Países Bajos y Escandinavia.

Entonces es cuando Grass escribe: "Basta de evasiones. Después de todo, por décadas he rehusado admitir esa palabra y esa doble letra. Después de la guerra, con creciente vergüenza, me mantuve en silencio acerca de algo que había aceptado con el tonto orgullo de mis años jóvenes. El peso seguía ahí, sin embargo, y nadie podía aligerarlo". Durante el entrenamiento no oyó nada acerca de los crímenes que las Waffen SS habían cometido. "El apelar a la ignorancia, sin embargo, no puede, creo, poner un velo sobre la participación en un sistema que planificó, organizó y llevó a cabo el exterminio de millones de seres humanos. Incluso si pudiera excusarme con palabras de la acusación por culpa conjunta activa, queda un residuo que hasta este día no ha sido levantado, algo demasiado fácilmente llamado responsabilidad compartida. Es cierto que yo debo vivir con eso por el resto de mis días".

El entrenamiento era brutal; el abuso condujo a Grass al borde del quiebre total. En la cruda helada de Febrero de 1945 prestó juramento y fue enviado a un frente que se desintegraba. Dresden había desaparecido, Danzig había sido tomada, Breslau estaba sitiada y toda la población civil de Alemania Oriental había tomado las carreteras en su fuga. El Ejército Rojo se volcaba sobre Silesia y se preparaba para su final y gigantesca ofensiva para cruzar los ríos Oder y Neisse en camino a Berlín. Contra este trasfondo un Günther Grass confundido, con los dos rayos de plata como insignia en el cuello, se dirigió a la guerra. Tenía 17 años.

Sus recuerdos de lo que siguió son una serie de escenas desconectadas y horrorosas; como Grass lo describe, un trozo de película interrumpido por cortes y vacíos. Por lo menos tres veces salió con vida él solo, cuando todos sus camaradas ya habían muerto. Supervivió al impacto de un devastador cohete Katyusha que barrió con casi toda su unidad, a un combate casa por casa en el cual vio morir a sus compañeros, a una batalla nocturna en un bosque del que escapó huyendo por entre los árboles. Errando en la oscuridad, se encontró con un sargento alemán que tomó bajo su protección al aterrorizado muchacho y lo guió por entre un universo Grimmelshausen de llamas y fugitivos. Juntos escaparon con las justas a la muerte a manos de soldados rusos y a manos de la policía militar alemana que estaba ahorcando "desertores" separados de sus unidades, hasta que se les acabó la suerte cerca a Cottbus. Atrapados en una columna de refugiados, fueron emboscados por los tanques soviéticos. Grass terminó en un hospital de campaña con un corte en una pierna y un fragmento de granada en un hombro. El sargento, su salvador, fue menos afortunado. Con las piernas medio desprendidas, exigió un cigarrillo y luego le pidió a Grass que le abriera los pantalones para chequear si "todo aún estaba ahí". Confirmado, se dejó llevar en una camilla. Grass nunca lo volvió a ver; años después él usó la escena del chequeo bajo los pantalones cuando escribía El tambor de hojalata. Ese día era el cumpleaños de Hitler.

Ese fue el final de la corta pesadilla de Grass con las Waffen SS, y pronto fue el fin de la guerra. Liberado de los campos de prisioneros, donde él y otros hambrientos hombres habían asistido a una surrealista clase de cocina de cordon bleu, trabajó como obrero agrícola hasta que encontró un trabajo estable en una mina subterránea de cloruro de potasio. Eso fue meses antes de que se enterara de que su familia había supervivido a la destrucción de Danzig, al saqueo de la ciudad por el Ejército Rojo, a su expulsión por los polacos, y había alcanzado la Zona Británica de la Alemania ocupada. Nunca nadie, ni su padre, madre o hermanas, le dijeron abiertamente lo que les había sucedido en Danzig. "Eso ya es el pasado" decía su madre cuando él la presionaba. "Especialmente para tu hermana. No hagas tantas preguntas. No mejora las cosas… Lo que pasó, pasó". Solo después de la muerte de su madre, años después, la hermana de Grass le dejó entender que la madre había sido repetidamente violada, ofreciéndose a los soldados rusos en un intento de proteger a su hija.

Grass, también, mantuvo silencio acerca de lo que le sucedió en esos pocos años. "No. No miré atrás, o lo hice solo con una breve mirada horrorizada por sobre el hombro". Entonces él estaba creciendo políticamente. En los campos de prisioneros se había alineado con la mayoría que descartaba las horribles fotografías de cadáveres apilados como "propaganda aliada". En la mina, durante los frecuentes apagones, oía los encendidos debates entre los nazis irredentos, los comunistas fanáticos y los socialdemócratas que intentaban calmar a los demás. "Ellos nunca aprenden de la historia", le dijo un socialdemócrata a Grass. "Lo quieren todo o nada. Nos odian, a nosotros los 'Sozis', porque solo aceptaremos la mitad si tenemos que hacerlo". Grass estaba impresionado. Cuando lo llevaron a oír a Schumacher, el lider socialdemócrata, quien hablaba en las ruinas de Hanover, se sintió convencido a medias. Fue el inicio de un compromiso de toda una vida para con un gradualismo a paso de caracol y no sin interrupciones (él iría a pasar por una fase de existencialismo estudiantil que rechazaba toda política democrática), pero reafirmándose a medida que llegaba a la edad mediana y se convertía en el satírico autorizado y el profeta del Partido Socialdemócrata de Willy Brandt.

La primera parte de Beim Häuten der Zwiebel da pie ahora a una enriquecida crónica de la vida de un joven que lucha por una nueva identidad como artista. En las ruinas de Düsseldorf encontró un trabajo como aprendiz de escultor restaurando fachadas derruidas y labrando losas funerarias (entonces, la única industria floreciente), y luchó para ingresar a la escuela de arte de la ciudad. Hubo más amores de juventud y, cuando en 1951 a los alemanes occidentales se les permitió volver a viajar, hizo su primer viaje pidiendo aventones hasta Italia y luego París. Entonces ya escribía una poesía con ambiciones, y también dibujaba y esculpía. En París comenzó un olvidable poema épico a la manera "absurdista" acerca de un joven picapedrero que se construye una columna en el mercado y vive sobre ella a la manera de los estilitas, bombardeando a su pueblo con "metáforas cargadas de blasfemias".

Aquí se encuentra a uno de los ancestros de Oskar Matzerath, el enano maldiciente. Otro apareció en una visita a Suiza. En medio de una reunión familiar a la hora del café irrumpió un niño de tres años batiendo ruidosamente un tambor de hojalata. "Ni el ofrecimiento de chocolates ni los engaños más infantiles lo podían detener; parecía estar observando a través de todo y de todos hasta que, de repente, se dio la vuelta y salió de la sala… Fue una aparición que dejó un eco, una imagen que se me quedó pegada".

Grass se trasladó a Berlín Occidental, se casó con Anna Schwartz, a quien conoció en Suiza, y fue aceptado como estudiante en la Hochschule für Bildende Künste [Escuela Superior de Artes Plásticas], la suprema escuela de arte de la Alemania de la posguerra. La Guerra Fría estaba en todo su furor. Durante el levantamiento de 1953 él y Anna observaron sin poder hacer nada cómo en el sector fronterizo (el Muro aún no había sido construido) los obreros de Alemania Oriental eran dispersados por los tanques soviéticos. En la Hochschule, en Berlín Occidental, fue cogido en medio de la "Guerra del Arte", cuando los defensores de la abstracción, apoyados por los norteamericanos, expulsaron a los miembros "figurativos" del personal y los acusaron de ser procomunistas, Permaneció leal al defenestrado director, Karl Hofer, quien insistía en que "los problemas centrales del arte creativo son y permanecen siendo el ser humano y la humanidad", y Grass vio cómo su portafolio de dibujos era rechazado como "demasiado objetivo". Grass nunca olvidó ese insulto y en su libro afirma que su trabajo gráfico ha sido injustamente marginado desde entonces.

Para esos años su poesía atraía la atención, y se convirtió en una joven estrella del Gruppe 47, el despiadadamente crítico círculo de escritores que se había impuesto la tarea de reconstruir la literatura alemana. Se estaba desplazando, de ser un artista que escribía poemas a un escritor que hacía sus propias y maestras ilustraciones. Para entonces, sin embargo, se estaba embalsando una enorme presión interior, el clamor de las voces imaginarias que bullían por hablar del pasado prohibido. En 1956, él y Anna se trasladaron a París y allí, en un húmedo taller, se sentó a buscar sus primeras palabras. Ellas finalmente vinieron: "Lo admito: estoy internado en una institución mental". El tambor de hojalata fue publicado en 1959. Grass se hizo famoso. Una vida había terminado y otra, la de la celebridad y el novelista, había comenzado.

Ese es solo un simple resumen de un grueso, altamente emotivo y complejo trabajo de revisión de toda una vida. La segunda mitad de Beim Häuten der Zwiebel es el mejor relato que conozco acerca de supervivir y crecer en la Alemania Occidental caótica y pauperizada en los años que precedieron al despegue del Milagro Económico. Las energías de Grass como escritor siempre han surgido de su creencia en el valor de la experiencia: las cosas horribles, cómicas, deliciosas, pero todas siempre sentidas, vistas, tocadas, comidas o abrazadas. Aquí hay experiencias -- trabajo, mujeres, dramas universitarios, profesores, compañeros de tragos -- aunque también un tono poco familiar de introspección. En este libro Grass no se pone a predicar y pocas veces se ufana. Los mejores pasajes tienen que ver con su familia más que con él mismo; describe el fracaso de su atormentada hermana al intentar llevar la vida de monja, la lenta declinación del padre, a quien alguna vez detestó, y su transformación en un encogido viejo que se pone a escuchar el sonido de las papas puestas a hervir en una cacerola. Sobre todo, está el relato de la larga enfermedad de su madre y su muerte por cáncer en un "cuarto para morir" sin ventanas de un hospital de Colonia. Aquí Grass escribe con una voz que no se encuentra en sus novelas ni en sus polémicas: seria, directa, sin adornos ni metáforas, incesantemente conmovedora.

Muchas emociones se encuentran registradas en este largo libro: temor, vergüenza, cólera, deleite y triunfo, entre otras; pero solo en la elegía por la muerte de su madre efectivamente confiesa sentir una pena real. Grass admite, finalmente, que él también ha sufrido una abrumadora aflicción. Al romper este silencio -- "Que duele. Hasta ahora" -- quizá el permitió que el otro secreto también saliera a la luz.