| |
Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios |
por Alberto Loza Nehmad |
|
| |
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
|
| |
| |
|
 |
| ¿Adiós a todo eso? |
| por Tony Judt. |
| |
Artículo originalmente aparecido como "Goodbye to All That?" en The New York Review of Books, Vol. 53, No. 14, 21 de Septiembre de 2006.
Traducción de Alberto Loza Nehmad
<albertoloza@librosperuanos.com> |
| |
Libros reseñados
Main Currents of Marxism: The Founders, the Golden Age, the Breakdown
por Leszek Kolakowski, traducción del polcao al inglés por P. A. Falla
Norton, 1,283 pp.
My Correct Views on Everything
por Leszek Kolakowski, editado por Zbigniew Janowski
St. Augustine's, 284 pp.
Karl Marx ou l'esprit du monde
por Jacques Attali
Paris: Fayard, 537 pp.
|
| |
 |
Leszek Kolakowski es un filósofo originario de Polonia. No obstante, no parece muy -- o lo suficientemente -- adecuado definirlo de ese modo. Como Czeslaw Molosz y otros que lo antecedieron, Kolakoswki forjó sus carreras política e intelectual en oposición a ciertos profundamente enraizados aspectos de la cultura polaca tradicional: el clericalismo, el chauvinsmo, el antisemitismo. Obligado a dejar su tierra natal en 1968, Kolakowski no podía retornar a casa ni ser publicado en Polonia: entre 1968 y 1981 su nombre estuvo en el Index polaco de los autores prohibidos y parte importante del trabajo por el que hoy es mejor conocido, fue escrito y publicado fuera de su país.
En el exilio Kolakowski vivió principalmente en Inglaterra, donde desde 1970 ha sido profesor asociado en All Souls College, Oxford; pero, como explicó el año pasado en una entrevista, Inglaterra es una isla; Oxford es una isla en Inglaterra; All Souls (un college sin estudiantes) es una islaen Oxford; y el Dr. Leszek Kolakowsk es una isla en |
Leszek Kolakowski |
|
All Souls, una "isla cuádruple".[1] Alguna vez en la vida cultural británica hubo lugar, es cierto, para los emigrados intelectuales de Rusia y Europa Central: piénsese en Ludwig Wittgenstein, Arthur Koestler o Isaiah Berlin; pero un filósofo marxista ex católico de Polonia es más exótico, y a pesar de su renombre internacional Kolakowski es en gran medida desconocido -- y curiosamente no suficientemente apreciado -- en su tierra adoptiva.
En todo sitio, sin embargo, es famoso. Como muchos intelectuales centroeuropeos de su generación, Kolakowski es multilingüe -- habla con facilidad ruso, francés y alemán, además del polaco y su adoptado inglés -- y ha recibido elogios y premios en abundancia en Italia, Alemania y especialmente en Francia. En Estados Unidos, donde por muchos años enseñó en el Comité de Pensamiento Social de la Universidad de Chicago, sus logros han sido generosamente reconocidos, culminando en 2003 con el primer Premio Kluge de la Biblioteca del Congreso, que se otorga por toda una vida dedicada a aquellos campos académicos (las humanidades sobre todo) para los que no hay un Premio Nobel. Con todo, Kolakowski, quien más de una vez ha declarado sentirse más en casa en París, no es más norteamericano de lo inglés que es. Quizá se lo pueda entender más apropiadamente como el último ciudadano ilustre de la República de las Letras del siglo XX.
En la mayoría de sus países adoptivos Leszek Kolakowski es más conocido -- y en algunos sitios solamente -- por Main Currents of Marxism [Principales corrientes del marxismo], su notable historia del marxismo en tres volúmenes: publicada en polaco (en París) en 1976, en Inglaterra por Oxford University Press dos años después y ahora reimpreso en Estados Unidos en un solo volumen por Norton.[2] Sin duda, así es como debería ser; Main Currents es un monumento de la erudición humanística moderna. Hay, sin embargo, cierta ironía en el hecho de la prominencia de este libro entre los escritos de Kolakowski puesto que su autor es cualquier cosa menos un "marxologista". Es un filósofo, un historiador de la filosofía y un pensador católico. Pasó años estudiando las sectas y herejías cristianas de principios de la edad moderna y durante la mayor parte del último cuarto de siglo se ha dedicado a la historia de la religión y la filosofía europeas y a lo que podría ser mejor descrito como especulaciones filosófico-teológicas.[3]
El período "marxista" de Kolakowski, desde su temprana prominencia como el más sofisticado marxista de su generación en la Polonia de la posguerra hasta su salida en 1968, fue en realidad muy breve. Además, la mayor parte de ese tiempo ya era un disidente: incluso en 1954, a la edad de veintisiete años, estaba siendo acusado de "desviarse de la ideología marxista-leninista". En 1966 leyó una conocidamente crítica conferencia en la Universidad de Varsovia durante el décimo aniversario del "Octubre Polaco", y fue oficialmente reprendido por el líder del partido Vladislav Gomulka y acusado de ser el "principal ideólogo del llamado movimiento revisionista". Cuando Kolakowski fue debidamente expulsado de su puesto en la universidad, se lo hizo por "formar las perspectivas de la juventud de una manera contraria a la tendencia oficial del país". Por el tiempo en que llegó a Occidente ya no era marxista (para confusión de algunos de sus admiradores, como veremos); pocos años después, habiendo escrito el más importante libro acerca del marxismo en los últimos cincuenta años, Kolakowski tenía lo que otro intelectual polaco educadamente llama "un declinante interés en el tema".[4]
Esta trayectoria ayuda a explicar las distintivas cualidades de Main Currents of Marxism. El primer volumen, "Los fundadores", está convencionalmente ordenado como una historia de las ideas: desde los orígenes cristianos de la dialéctica y el proyecto de salvación total hasta la filosofía romántica alemana y sus efectos sobre el joven Karl Marx, luego sobre los escritos de madurez de Marx y hasta llegar a Friedrich Engels. El segundo volumen está reveladoramente (si no irónicamente, creo) titulado "La Edad de Oro". Este volumen incluye la historia de la Segunda Internacional, fundada en 1990, hasta la Revolución Rusa de 1917. Aquí, también, Kolakowski se preocupa por sobre todo de las ideas y los debates, conducidos a un nivel sofisticado por una extraordinaria generación de pensadores radicales europeos.
Los principales marxistas de la época -- Karl Kautsky, Rosa Luxemburgo, Eduard Bernstein, Jean Jaurès, y V.I. Lenin -- son reconocidos en justicia, dedicándosle a cada uno un capítulo que resume con infatigables eficiencia y claridad sus principales argumentos y su lugar en la historia. No obstante, de mayor interés, puesto que usualmente no figuran tan prominentemente en las historias generales, son los capítulos sobre el filósofo italiano Antonio Labriola, los polacos Ludwik Krzywicki, Kazimierz Kelles-Krauz y Stanislaw Brzozowski, junto con Max Adler, Otto Bauer y Rudolf Hilferding: los "austromarxistas". La abundancia relativa de polacos en la historia del marxismo de Kolakowski sin duda se debe en parte a la perspectiva local y a la compensación debida a los descuidos del pasado. Sin embargo, como los austromarxistas (quienes reciben uno de los más extensos capítulos del libro entero), ellos representan un siempre oportuno recordatorio de las riquezas intelectuales de la Europa Central de fines del siglo XIX, olvidadas y luego expurgadas de una narrativa largamente dominada por alemanes y rusos.[5]
El tercer volumen de Main Currents -- la parte que trata lo que muchos lectores pensarán como "marxismo", es decir, la historia del comunismo soviético y el pensamiento marxista occidental desde 1917, es llamada sin rodeos "La crisis". Poco menos de la mitad de esta sección está dedicada al marxismo soviético, desde Stalin hasta Trotsky; el resto se dedica a una variedad de teóricos del siglo XX de otras tierras. Pocos de estos, notablemente Antonio Gramcsi y György Lukács, son de permanente interés para quienes estudian el pensamiento del siglo XX. Algunos, como Ernst Bloch y Karl Korsch (contemporáneo alemán de Lukács), resultan más interesantes como curiosidades intelectuales. Otros, notablemente Lucien Goldmann y Herbert Marcuse, parecen incluso menos interesantes ahora de lo que fueron a mediados de los setenta, cuando Kolakowski los descartó en unas pocas páginas.
El libro termina con un ensayo sobre los "Avances en el marxismo desde la muerte de Stalin", donde el autor repasa brevemente su propio pasado "revisionista" antes de escribir abiertamente y con un tono de incesante desprecio sobre las cambiantes modas de la época, desde las elevadas ligerezas de Sartre en Crítica de la razón dialéctica y sus "neologismos superfluos" hasta Mao Zedong, su "marxismo campesino" y sus irresponsables admiradores de Occidente. En el prefacio original del tercer volumen, los lectores de esta sección son advertidos de antemano: aunque reconoce que el material tratado en el último capítulo "podría expandirse a un volumen adicional", el autor concluye afirmando: "Yo no estoy convencido de que el tema intrínsecamente valga la pena de ser tratado con tanta extensión". Quizá sea digno de dejar sentado ahora que mientras las dos primeras partes de Main Currents aparecieron en Francia en 1987, el tercer y final volumen de la obra maestra de Kolakowski aún no ha sido publicado en los Estados Unidos.
Es casi imposible transmitir en una breve reseña la asombrosa amplitud del rango cubierto por la historia de la doctrina marxista de Kolakowski. Con toda seguridad no será superado. ¿Quién habrá de conocer nuevamente -- o a quién le importará -- lo suficiente como para revisar este campo con tal detalle y con tanta sofisticación analítica? Main Currents no es una historia del socialismo; su autor le presta solo una pasajera atención a los contextos políticos o a las organizaciones sociales. Es, sin ambages, una narrativa de las ideas, una suerte de bildungsroman [novela que trata sobre el desarrollo moral, intelectual y psicológico de un joven, generalmente. American Heritage Dictionary. N. del t.] acerca del auge y caída de una antes poderosa familia de teoría y teóricos, narrada en la edad avanzada, escéptica y libre de engaños por uno de sus últimos supervivientes.
La Tesis de Kolakowski, que él desarrolla a lo largo de 1,200 páginas, es directa y no tiene ambigüedades. El marxismo, según su punto de vista, debería ser tomado en serio: no por sus proposiciones acerca de la lucha de clases (que fueron a veces verdaderas pero nunca originales); no por su promesa acerca del colapso inevitable del capitalismo y una transición conducida por el proletariado hacia el socialismo (que como predicción fracasó completamente); sino porque el marxismo ofreció una única -- y verdaderamente original -- combinación de ilusión romántica prometeica con un determinismo histórico sin concesiones.
La atracción del marxismo entendido de esta manera es obvia. Ofrecía una explicación de cómo funciona el mundo: el análisis económico del capitalismo y de las relaciones sociales de clase. Proponía una manera en la que el mundo debería funcionar, una ética de las relaciones humanas como lo sugerían las idealistas especulaciones juveniles de Marx (y como lo sugiere la interpretación de Marx hecha por György Lukács, con las que concuerda Kolakowski a pesar de todo su desdén por la propia concesiva carrera de Lukács.[6]). Anunciaba, además, incontrovertibles pruebas de que las cosas sí iban a funcionar de ese modo en el futuro, gracias a un conjunto de afirmaciones acerca de la necesidad histórica derivada por los discípulos rusos de Marx a partir de los propios escritos de éste (y de Engels). Esta combinación de descripción económica, receta moral y predicción política resultó siendo intensamente seductora además de útil. Como ha observado Kolakowsi, Marx aún merece ser leído, aun así sea solo para entender la mera versatilidad de sus teorías al momento de ser invocadas por otros para justificar el sistema político al que ellas dieron pie.[7]
Acerca del vínculo entre marxismo y comunismo -- que tres generaciones de marxistas valientemente intentaron minimizar, "salvando" a Marx de su "distorsión" en manos de Stalin (y Lenin) -- Kolakowski es explícito. Por supuesto, Karl Marx fue un escritor alemán que vivió en la Londres victoriana.[8] Difícilmente se le puede hacer responsable, en ningún sentido inteligente, de la historia rusa o china del siglo XX, y por tanto hay algo redundante y fútil, después de largas décadas de esfuerzos hechos por los puristas de establecer la verdadera intención de los fundadores, en determinar qué es lo que Marx y Engels habrían pensado acerca de los futuros pecados cometidos en su nombre (aunque este reiterado énfasis en volver a la verdad de los textos sagrados ilustra la dimensión sectaria del marxismo, a la cual Kolakowsi presta especial atención).
Sin embargo, el marxismo como doctrina no puede ser separado de la historia de los movimientos y los sistemas políticos hacia los cuales condujo. Realmente hay un núcleo de determinismo en el razonamiento de Marx y Engels: su afirmación de que "en última instancia" las cosas son como tienen que ser por razones sobre las cuales los hombres no tienen un control final. Esta insistencia nació del deseo de Marx de poner al viejo Hegel "de cabeza" y de insertar causas materiales incontrovertibles (la lucha de clases, las leyes del desarrollo capitalista) en el centro mismo de la explicación histórica. Sobre esta conveniente barrera de contención Plekhanov, Lenin y otros irían a apoyar todo el edificio de la "necesidad" histórica y su correspondiente maquinaria de implementación.
Además, la otra intuición juvenil de Marx -- que el proletariado tiene un privilegiado entendimiento de los propósitos finales de la historia gracias a su rol especial de clase explotada cuya propia liberación significará la liberación de toda la humanidad -- está íntimamente ligada al comunismo producido finalmente, gracias a la subordinación de los intereses del proletariado a un partido dictatorial que afirma encarnarlo. La fuerza de estas cadenas lógicas que vinculan el análisis marxista con la tiranía comunista pueden juzgarse a partir de los muchos observadores y críticos -- desde Mikhail Bakunin hasta Rosa Luxemburgo -- que anticiparon el resultado totalitario del comunismo y que hicieron advertencias contra él, mucho antes de que Lenin anduviera por los alrededores de la Estación de Finlandia. Por supuesto, el marxismo podría haberse ido en otras direcciones: podría también no haber llegado a ningún lugar. Sin embargo, "la versión leninista del marxismo, aunque no era la única posible, era bastante creíble".[9]
Por supuesto, ni Marx ni ninguno de los teóricos que lo siguieron pensaron ni anticiparon que una doctrina que predicaba el derrocamiento del capitalismo por el proletariado industrial llegaría al poder en una sociedad atrasada y en gran medida rural. Para Kolakowski esta paradoja solo subraya el poder del marxismo como un sistema de creencias: si Lenin y sus seguidores no hubieran insistido en la necesidad ineludible de su propio éxito (y retroactivamente no lo hubieran justificado teóricamente), sus voluntariosos esfuerzos no habrían tenido éxito ni tampoco habrían sido un prototipo tan convincente para millones de admiradores foráneos. Convertir un golpe de estado oportunista, facilitado por el transporte de Lenin en un tren sellado provisto por el gobierno alemán, en una revolución "inevitable", requería no solamente de poseer genio para la táctica sino también de extensos ejercicios de fe ideológica. Con toda seguridad Kolakowski está en lo cierto: el marxismo político fue sobre todo una religión secular.
Las principales corrientes del marxismo no es el primer estudio de primera calidad sobre el marxismo, aunque es de lejos el más ambicioso.[10] Lo que lo distingue es la perspectiva polaca de Kolakowski. Probablemente esto explica su énfasis en su historia del marxismo como escatología: "una variante moderna de las esperanzas apocalípticas que han sido permanentes en la historia europea". Y esto da pie a una lectura sin concesiones en lo moral e incluso religioso, de la historia del siglo XX. |
El Demonio es parte de nuestra experiencia. Nuestra generaci ón ha visto lo suficiente de él como para tomar el mensaje con extremada seriedad. El mal, sostengo, no es contingente, no es una ausencia ni una deformación ni una subversión de la virtud (o cualquier otra cosa que pensemos es lo opuesto a ella), sino un hecho testarudo e irredimible.[11]
|
Ninguno de los comentadores del marxismo, sin importar cuan crítico haya sido, jamás escribió de esa manera.
Lo que sucede es que Kolakowski escribe como alguien que ha vivido no solamente al interior del marxismo sino bajo el comunismo. Él fue testigo de la transformación del marxismo de un teorema intelectual en un modo político de vida. Así observado y experimentado, el marxismo se hace difícil de distinguir del comunismo, que fue no solo su resultado práctico más importante sino su único resultado. En esa perspectiva, el despliegue diario de las categorías marxistas para el vulgar propósito de suprimir la libertad -- que fue el principal valor de uso de esas categorías para los comunistas en el poder -- con el tiempo le resta valor a los encantos del teorema mismo.
Esta cínica aplicación de la dialéctica para el retorcimiento de las mentes y el quebrantamiento de los cuerpos fue usualmente perdido de vista por los estudiosos occidentales del marxismo, absorbidos en la contemplación de los pasados ideales o de las futuras posibilidades, e inconmovibles ante cualquier noticia proveniente del presente soviético, particularmente cuando era transmitida por las víctimas o los testigos.[12] Los encuentros que Kolakowski tuvo con esta gente sin duda explica su cáustico desdén por el marxismo "occidental" y sus acólitos progresistas. |
Una de las razones de la popularidad del marxismo entre la gente educada era el hecho de que en su forma m ás simple, el marxismo era muy fácil, incluso [sic] Sartre se dio cuenta de que los marxistas son ociosos... [El marxismo era] un instrumento que hacía posible dominar toda la historia y la economía sin realmente tener que estudiarlos.[13]
|
Fue justo uno de esos encuentros el que dio origen al sardónico título en la recientemente publicada colección de escritos de Kolakowsi. en 1973, en The Socialist Register, el historiador inglés E.P. Thompson publicó una "Carta abierta a Leszek Kolakowski" en la que reprendía al otrora marxista por haber defraudado a sus admiradores occidentales tras haber abjurado del comunismo revisionista de su juventud. La "Carta abierta" era Thompson en su faceta más afectada y más domésticamente británica: gárrulo (la carta tiene más de cien páginas de texto impreso), paternalista y mojigato. Con un tono pomposo, demagógico, sin quitar un ojo de su audiencia progresista, Thompson apuntaba con su agitado dedo retórico al exiliado Kolakowsi, amonestándolo por su apostasía: |
Ambos fuimos voces del revisionismo sovi ético de 1956... Ambos pasamos de una crítica frontal al estalinismo a una postura de revisionismo marxista... Hubo un tiempo en el que usted y las causas que usted defendía estuvieron presentes en nuestros pensamientos más íntimos.
|
¿Cómo se atreve, sugería Thompson desde la seguridad de su estrado en Inglaterra Central, a traicionarnos dejando que su inconveniente experiencia en la Polonia comunista obstruya la visión de nuestro común ideal marxista?
La respuesta de Kolakowsi, "Mis correctas opiniones acerca de todo", puede ser la más perfectamente ejecutada demolición intelectual en la historia de los debates políticos: nadie que la lea volverá a tomar en serio a E.P. Thompson. El ensayo explica (y sintomáticamente ilustra) la enorme brecha moral que se abría entre los intelectuales "orientales" y "occidentales" por causa de la historia y la experiencia del comunismo, brecha que permanece con nosotros todavía. Kolakowski disecciona sin piedad los arduos y nada desinteresados esfuerzos de Thompson para salvar al socialismo de las fallas del marxismo, de salvar al marxismo de los fracasos del comunismo, y de salvar al comunismo de sus propios crímenes, todo en nombre de un ideal ostensiblemente basado en la realidad "materialista", pero cuya credibilidad dependía de permanecer libre de contaminación por las experiencias del mundo real o las fallas humanas. "Usted dice -- le escribe Kolakowski a Thompson -- que pensar en términos de 'sistema' rinde excelentes resultados. Estoy bastante seguro de que es verdad, no solo excelentes sino milagrosos; pensar así simplemente resuelve todos los problemas de la humanidad de un solo plumazo".
Resolver los problemas de la humanidad de un solo plumazo buscar una teoría total que pueda simultáneamente explicar el presente y garantizar el futuro, recurrir a la muleta de los "sistemas" intelectuales o históricos para navegar por la irritante complejidad y las contradicciones de la experiencia real, rescatar de la fruta podrida la semilla "pura" de una idea o de un ideal: esos atajos tienen un encanto eterno y ciertamente no son el monopolio de los marxistas (ni de la izquierda). Sin embargo, es comprensiblemente tentador desechar por lo menos la variante marxista de tales locuras humanas: entre los esclarecidas observaciones de un ex comunista como Kolakowski y el puritano provincialismo de los marxistas "occidentales" como Thompson, para no hablar del veredicto de la historia, pareciera que el tema se hubiera autodestruido.
2.
Quizá sí. Sin embargo, antes de consignar la curiosa historia del surgimiento y caída del marxismo a un paso cada vez más rápido y cada vez menos relevante, haríamos bien en recordar la notable fuerza del agarre del marxismo sobre la imaginación del siglo XX. Karl Marx puede haber sido un profeta fallido y sus discípulos más exitosos una camarilla de tiranos, pero el pensamiento marxista y el proyecto socialista ejercieron un control sin paralelo sobre algunas de las mejores mentes del siglo pasado. Incluso en aquellos países que cayeron víctimas del dominio comunista, la historia intelectual y cultural de la época es inseparable de la atracción magnética de las ideas marxistas y su promesa revolucionaria. En cualquier momento de ese siglo, muchos de los pensadores más interesantes habrían respaldado el encomio de Merleau-Ponty sin dudar: |
El marxismo no es solo una filosof ía de la historia sino que es la filosofía de la historia y renunciar a esto significa cavar la tumba de la Razón en la historia. Después de eso, no puede haber ya más sueños ni aventuras.[14]
|
El marxismo está así inextricablemente entrelazado con la historia intelectual del mundo moderno. Ignorarlo o desecharlo es malinterpretar intencionadamente el pasado reciente. Ex comunistas y quienes fueron marxistas -- François Furet, Sidney Hook, Arthur Koestler, Leszek Kolakowski, Wolfgang Leonhardt, Jorge Semprún, Victor Serge, Ignazio Silone, Boris Souvarine, Manès Sperber, Alexander Wat, y docenas de otras personas -- han escrito algunos de los mejores relatos acerca de la vida intelectual y política del siglo XX. Incluso un anticomunista de toda una vida como Raymond Aron no tenía problemas en reconocer su nunca disminuido interés en la "religión secular" del marxismo (hasta el punto de reconocer que su obsesión en combatirlo equivalía a una suerte de anticlericalismo transpuesto). Es, además, indicativo que un liberal como Aron sintiera un particular orgullo en haber leído mejor a Marx y sobre el marxismo que muchos de sus autoproclamados contemporáneos "marxistas".[15]
Como el ejemplo del fieramente independiente Aron sugiere, el atractivo del marxismo trasciende la historia ya conocida, desde la antigua Roma hasta la Washington contemporánea, de los plumíferos y aduladores que se sienten atraídos por los tiranos. Hay tres razones de por qué el marxismo duró tanto tiempo y ejerció tal magnetismo sobre los mejores y los más brillantes. En primer lugar, el marxismo es una idea grandiosa. Su mera temeridad epistemológica -- su compromiso prometeico de entenderlo y explicarlo todo -- atrae a quienes tratan con ideas, igual como atrajo al mismo Marx. Además, una vez que se sustituye al proletariado por un partido que promete pensar en nombre de él, se ha creado entonces un intelectual orgánico colectivo (en el sentido acuñado por Gramsci) que aspira no solo a hablar en nombre de la clase revolucionaria sino también a reemplazar a la vieja clase gobernante. En ese universo, las ideas no son solamente instrumentales: ellas ejercitan un tipo de control institucional. Ellas son desplegadas con el propósito de reescribir la realidad de acuerdo a ciertas líneas. Las ideas, en palabras de Kolakowski, son el "sistema respiratorio" del comunismo (lo cual, incidentalmente, es cuanto lo distingue de otras tiranías similares). En tales circunstancias, los intelectuales -- los intelectuales comunistas -- ya no están confinados a contarle la verdad al poder. Ellos tienen poder, o por lo menos, en las palabras de una descripción húngara de este proceso, ellos están en el camino hacia el poder. Esta es una noción intoxicante.[16]
La segunda fuente de atractivos del marxismo y de su progenie comunista no fueron una aberración histórica, un error genético de Clío. El proyecto marxista, como el más antiguo sueño socialista al que desplazó, absorbiéndolo, fue una tendencia de la gran narrativa progresista de nuestro tiempo: el marxismo comparte con el liberalismo clásico, su antitético gemelo histórico, la visión optimista y racionalista de la sociedad moderna y sus posibilidades. El giro distintivo del marxismo -- la afirmación de que la buena sociedad a venir sería una sin clases, un producto poscapitalista de los procesos económicos y el trastorno social -- era ya difícil de creer hacia 1920. Sin embargo, los movimientos sociales que derivaron del impulso analítico marxiano inicial continuaron por muchas décadas hablando y comportándose como si aún creyesen en el proyecto de transformación.
De este modo, para tomar un ejemplo, el Partido Socialdemócrata Alemán efectivamente abandonó la "revolución" mucho después de la Primera Guerra Mundial; pero solo en 1959, en el Congreso de Bad Godesberg, oficial y efectivamente levantó la hipoteca de la teoría marxista que llevaba sobre su lenguaje y metas oficiales. Entretanto, y ciertamente por algún tiempo después, los socialdemócratas alemanes -- como los laboristas ingleses, los socialistas italianos y muchos otros -- continuaron hablando y escribiendo del conflicto de clases, la lucha contra el capitalismo y cosas por el estilo; como si a pesar de sus tibias y reformistas prácticas diarias aún estuvieran viviendo la gran narrativa romántica del marxismo. En fecha tan reciente como en 1981, después de la elección de François Mitterrand como presidente, eminentemente respetables políticos socialistas franceses -- que no se habrían descrito a sí mismos como "marxistas" o "comunistas" -- hablaban entusiastamente de una "gran soir" revolucionaria y de la próxima transición al socialismo, como si estuvieran en 1936, o incluso en 1848.
El marxismo, en breve, era la "estructura" profunda de gran parte de la política progresista. El lenguaje marxista, un lenguaje parásito de las categorías marxistas, le daba forma y una coherencia implícita a muchas clases de protestas políticas modernas, desde la social democracia hasta el feminismo radical. En este sentido Merleau-Ponty tenía razón: la pérdida del marxismo como forma de relacionarse críticamente con el presente realmente ha dejado un vacío. Con el marxismo se han ido no solo los regímenes comunistas disfuncionales sino también un esquema total de supuestos, categorías y explicaciones creado a lo largo de los pasados 150 años, que habíamos llegado a pensar como "la izquierda". Quien haya observado la confusión de la izquierda política en Norteamérica o Europa de los últimos veinte años y se haya preguntado "pero ¿qué es lo que defiende? ¿qué es lo que quiere?", apreciará este punto.
Había, además, una tercera razón de por qué el marxismo tenía atractivo, y quienes en los últimos años se han apresurado para saltar sobre su cadáver proclamando el "final de la historia", o la victoria final de la paz, la democracia y el libre mercado, harían bien en reflexionar en ella. Si generaciones de hombres y mujeres inteligentes y de buena fe estuvieron dispuestos a jugárselas por el proyecto comunista, no fue porque ellos hubieran estado adormecidos en un estupor ideológico por el seductor cuento de la revolución y la redención. Fue porque ellos fueron irresistiblemente atraídos por el mensaje ético subyacente, por el poder de una idea y de un movimiento comprometido sin concesiones con la representación y la defensa de los desdichados de esta tierra. Desde el inicio hasta el final, el más fuerte punto de la argumentación del marxismo era lo que uno de los biógrafos de Marx llama "la seriedad moral de la convicción de Marx de que el destino de nuestro mundo como totalidad, está atado a la condición de sus miembros más pobres y desfavorecidos.[17]
El marxismo, como abiertamente reconoce el historiador polaco Andrzej Walicki, uno de sus críticos más acerbos, fue la más influyente "reacción contra los múltiples defectos de las sociedades capitalistas y la tradición liberal". Si el marxismo cayó en desgracia en el último tercio del siglo XX se debió en gran medida a que los peores defectos del capitalismo parecían finalmente haberse superado. La tradición liberal -- gracias a su inesperado éxito en adaptarse a los desafíos de la represión y la guerra y en conceder a las democracias occidentales las estabilizadoras instituciones del New Deal y el estado benefactor -- había triunfado palpablemente por sobre sus críticos antidemocráticos de la izquierda y la derecha. Una doctrina política que se había posicionado perfectamente para explicar y explotar las crisis e injusticias de otra era, parecía estar entonces fuera de lugar.
Actualmente, sin embargo, las cosas están cambiando una vez más. Aquello que los contemporáneos de Marx llamaban "la Cuestión Social" -- cómo tratar y superar las enormes disparidades entre la riqueza y la pobreza, y las vergonzosas desigualdades en la salud, la educación y las oportunidades -- pueden haber sido respondidas en Occidente (aunque la brecha que separa a pobres de ricos, que alguna vez parecía estarse cerrando a paso constante, por algunos años se ha vuelto a abrir en Inglaterra y sobre todo en Estados Unidos). No obstante, la Cuestión Social está de vuelta en la agenda internacional, y a ha regresado con furia. Lo que ante sus prósperos beneficiarios aparece como un crecimiento mundial y una apertura de mercados internacionales de inversión y comercio, es crecientemente percibido y resentido por millones de otras personas como la redistribución de la riqueza global para el beneficio de un puñado de corporaciones y propietarios de capital.
En los últimos años algunos críticos respetables han estado desempolvando el lenguaje radical del siglo XIX y aplicándolo con un perturbador éxito a las relaciones sociales del siglo XXI. Uno difícilmente necesita ser marxista para reconocer que lo que Marx y otros llamaban "ejército laboral de reserva" está volviendo a resurgir, no en las calles recónditas de los pueblos industriales europeos sino a nivel mundial. Al mantener bajo el costo del trabajo -- gracias a la amenaza de la subcontratación, el traslado de las fábricas o la desinversión[18] -- este reservorio de trabajadores baratos ayuda a mantener las ganancias y a promover el crecimiento, de la misma manera como lo hizo en la Europa industrial del siglo XIX, al menos hasta que los sindicatos organizados y los masivos partidos de trabajadores fueron lo suficientemente fuertes como para provocar mejores salarios, una tributación redistributiva y un decisivo cambio en el balance de poderes del siglo del siglo XX, confundiendo las revolucionarias predicciones de sus propios líderes.
En pocas palabras, el mundo parece estar entrando a un nuevo ciclo, uno que era familiar a nuestros antepasados del siglo XIX pero que del que nosotros, en Occidente, no tenemos una experiencia cercana. En los años que se vienen, a medida que las disparidades visibles se incrementen y que las luchas por los términos de comercio, la ubicación de los empleos y el control de los recursos naturales escasos se agudicen, será probable que oigamos más, y no menos, acerca de la desigualdad, la injusticia, la inequidad y la explotación, tanto en los Estados Unidos como en el extranjero. Así, a medida que perdamos de vista al comunismo (en Europa oriental uno tiene que tener treinta y cinco años de edad para tener una memoria adulta de un régimen comunista), el atractivo moral de alguna modificada versión del marxismo probablemente vaya a crecer.
Si eso parece una locura, recuérdese esto: la atracción que por una u otra versión de marxismo tienen los intelectuales y políticos radicales en Latinoamérica, por ejemplo, o en el Medio Oriente, nunca desapareció realmente; el marxismo en tales lugares retiene mucho de su atractivo como una creíble versión de la experiencia local, como lo tiene para los actuales antiglobalizadores en todo lugar. Estos últimos ven en las tensiones y en los defectos de la economía capitalista internacional actual, precisamente las mismas injusticias y oportunidades que llevaron a los observadores de la primera "globalización" del decenio de 1890 a aplicar la crítica del capital de Marx a las nuevas teorías del "imperialismo".
Y puesto que nadie más parece tener nada muy convincente que ofrecer a modo de estrategia para rectificare las inequidades del capitalismo moderno, el campo está una vez más libre para aquellos que ofrecen la más arreglada historia y la más airada prescripción. Recuérdese las proféticas observaciones de Heine acerca de Marx y sus amigos a mediados del siglo XIX, en los años del mayor crecimiento y la mayor prosperidad victoriana: "Estos doctores revolucionarios y sus despiadadamente determinados discípulos son los únicos hombres en Alemania que tienen una vida activa, y es a ellos, me temo, a quienes pertenece el futuro".[19] |
| |
No sé si el futuro de la política radical pertenezca a una nueva generación de marxistas inconmovibles por (y quizá desconocedores de) los crímenes y fracasos de sus predecesores comunistas. Espero que no, pero no estaría dispuesto a apostarlo. Jacqes Attali, quien alguna vez fue asesor político del presidente Mitterrand, publicó el año pasado un largo y apresuradamente escrito libro sobre Karl Marx. En él arguye que la caída de la Unión Soviética ha liberado a Marx de sus herederos y nos a liberado de ver en él al esclarecido profeta del capitalismo que anticipó los
dilemas contemporáneos, notablemente las desigualdades globales generadas por una competencia
|
 |
Jacqes Attali |
|
sin restricciones. El libro de Attali tuvo buenas ventas. Su tesis ha sido ampliamente discutida en Francia aunque también en Inglaterra (donde en una encuesta por radio de la BBC los oyentes eligieron a Marx como el "mayor filósofo de todos los tiempos"[20])
Por supuesto que podría responderle a Attali como Kolaxowski respondió a una afirmación análoga de Thompson, según la cual las buenas ideas del comunismo podrían ser rescatadas de su embarazosa realidad. |
Por muchos a ños no he esperado nada de los intentos de enmendar, renovar, limpiar o corregir la idea comunista. Ay, pobre idea. Lo sabía, Edward [Thompson]. Este cráneo no volverá a sonreír.
|
Sin embargo, Jacques Attali, a diferencia de Edward Thompson y del recientemente resurgido Antonio Negri, es un hombre de sensibles antenas políticas, finamente afinadas para percibir los cambios en el ánimo del momento. Si él piensa que el cráneo podría sonreír de nuevo, que las moribundas explicaciones constructoras de sistemas de la izquierda podrían ciertamente estar por revivir -- aunque solo sea como un contrapunto ante los irritantes excesos de confianza de los libremercaderes de la derecha -- entonces probablemente no está completamente equivocado. Por cierto que él no está solo.
En los años iniciales de este nuevo siglo nos encontramos enfrentado dos fantasías opuestas aunque curiosamente similares. La primera de ellas, la más familiar a los norteamericanos pero en venta en los países avanzados, es la engreída y conciliatoria insistencia hecha por comentaristas, políticos y expertos de que el consenso político actual -- carente de toda alternativa clara -- es la condición de toda democracia moderna bien administrada y durará indefinidamente, que aquellos que se oponen al él o bien están desinformados o son malévolos y en cualquier caso están condenados a la irrelevancia. La segunda fantasía es la creencia de que el marxismo tiene un futuro intelectual y político, no solamente a pesar del colapso del comunismo sino debido a este colapso. Hasta ahora confinada en la "periferia" internacional y en los márgenes del mundo académico, esta renovada fe en el marxismo -- al menos como una herramienta analítica si no como de pronóstico político-- es ahora, una vez más, por la falta de competencia, la moneda común de los movimientos internacionales de protesta.
La semejanza, por supuesto, consiste en el común fracaso de aprender del pasado, y en una simbiótica interdependencia, puesto que la miopía de la primera otorga una espuria credibilidad a los argumentos de la segunda. Quienes lanzan vivas ante el triunfo del mercado y la retirada del estado, quienes querrían que celebremos el desrregulada horizonte abierto a la iniciativa privada en el "plano" mundo de hoy, han olvidado lo que sucedió la última vez que pasó algo parecido. Ellos están a punto de recibir un rudo shock (aunque, si el pasado es una guía confiable, esto será a expensas de otros). Y con respecto a quienes sueñan con volver a tocar el casete marxista, digitalizado y libre del ruido de interferencia comunista, sería bueno para ellos que se preguntaran más temprano que tarde, qué hay en esos "sistemas" del pensamiento que abarcan todo, que los lleva inexorablemente a los "sistemas" de gobierno que lo abarcan todo. Sobre esto, como hemos visto, Leszek Kolakowsi puede ser leído con mucha ventaja. Sin embargo, la historia muestra que no hay nada tan poderoso como una fantasía a la que le llega su momento oportuno. |
| |
Notas
[1] "Sobre el exilio, la filosofía y el tambalearse inseguramente al filo de un abismo desconocido", diálogo entre Leszek Kolakowsk y Danny Postel, Daedalus, Verano (Norte) 2005, p. 82.
[2] Glowne Nurty Marksizmu (Paris: Instytut Literacki, 1976); Main Currents of Marxism (Clarendon Press/Oxford University Press, 1978).
[3] Véase, por ejemplo, su Chrétiens sans église: la conscience réligieuse et le lien confessional au XVIIe siècle (Paris: Gallimard, 1969); God Owes Us Nothing: A Brief Remark on Pascal's Religion and on the Spirit of Jansenism (University of Chicago Press, 1995); y los ensayos recogidos en My Correct Views on Everything, notablement "The Devil in History" and "Concern with God in an Apparently Godless Era."
[4] Andrzej Walicki, Marxism and the Leap to the Kingdom of Freedom: The Rise and Fall of the Communist Utopia [El marxismo y el salto de la utopía al reino de la libertad: el auge y caída de la utopía comunista] (Stanford University Press, 1995), p. vii. Acerca de su propio trayecto de la confiada ortodoxia a la oposición escéptica, Kolkowski solamente dijo lo siguiente: "Cierto, yo era casi omnisciente (aunque no enteramente) cuando tenía ceinte años de edad; pero, como se sabe, a medida que uno crece, la gente se hace cada vez más boba con la edad. Yo era mucho menos omnisciente cuando tenía veintiocho, y mucho menos ahora". Véase "Réplica a E.P. Thompson", originalmente publicada en The Socialist Register, 1974; reimpreso en Mis correctas opiniones acerca de todo, p. 19.
[5] Kelles-Krauz, al menos, ha sido rescatado del descuido por Timothy Snyder, cuyo libro Nationalism, Marxism and Modern Central Europe: A Biography of Kazimierz Kelles-Krauz, 1872-1905 fue publicado por Harvard University Press in 1997.
[6] En otra parte Kolakowski escribe de Lukács -- quien sirvió brevemente como comisario cultural en la República Soviética Húngara de Béla Kun de 1919 y luego, a instancias de Stalin, abjuró de cada palabra interesante que había escrito -- que fue un gran talento que "puso su intelecto al servicio de un tirano". Como resultado, "sus libros no inspiran ningún pensamiento interesante y son considerados "cosas del pasado" incluso en Hungría, su país de origen". Véase "Communism as a Cultural Formation [El comunismo como una formación cultural]", Survey, Vol. 29, No. 2, verano (Norte)1985 ; reimpreso en My Correct Views on Everything as "Communism as a Cultural Force", [El comunismo como una fuerza cultural] p. 81.
[7] Véase "What Is Left of Socialism" [Qué ha quedado del socialismo], publicado primero como "Po co nam pojecie sprawiedliwosci spolecznej?" en Gazeta Wyborcza, 6-8 Mayo, 1995; publicado de nuevo en My Correct Views on Everything.
[8] En Main Currents Marx es sólidamente ubicado en el mundo filosófico alemán que dominaba su horizonte mental. El teórico social Marx recibe muy pocas absoluciones. Con respecto a las contribuciones de Marx a la economía -- trátese de la teoría del valor del trabajo o la predicha caída de la tasa de ganancia en el capitalismo avanzado --, éstas reciben una poca sostenida atención; considerándose que el mismo Marx se hallaba descontento con el resultado de sus investigaciones económicas (una de las razones por las que Das Kapital permaneció sin terminar) esto podría ser entendido como un poco de clemencia: hace mucho los poderes de predicción de la economía marxiana han sido dejados de lado incluso por la izquierda, por lo menos desde que Joseph A. Sachumpeter publicó Capitalism, Socialism, and Democracy (Harper and Brothers, 1942). Veinte años después, Paul Samuelson se dignó admitir que en el mejor de los casos Marx era un "postricardiano menor".
[9] Kolakowsi, "The Devil in History" [El Diablo en la Historia] Encounter, Enero de 1981; reipreso en My Correct Views on Everything", p. 125.
[10] El mejor estudio sobre el marxismo en un volumen, brillantemente condensado aunque incluyendo la política, la historia social así como personas e ideas, permanece siento el de George Lichtman, Marxism: An Historical and Critical Study [El Marxismo: un estudio histórico y crítico], publicado originalmente en Londres en 1961. De los estudios sobre el mismo Marx, dos biografías hechas en los años setenta, muy diferentes entre sí, siguen siendo las mejores historias últimas, la de David McLellan (Karl Marx: His Life and Thought [Karl Marx: vida y pensamiento], Harper and Row, 1974) y la de Jerrold Seigel (Marx's Fate: The Shape of a Life [El destino de Marx: los contornos de una vida], Pennsylvania State University Press, 1978), aunque deberían ser complementadas con el sobresaliente ensayo de Isaiah Berlin Karl Marx: His Life and Environment [Karl Marx: su vida y su contexto], aparecido en 1939.
[11] "El Demonio en la historia", en My Correct Views, p. 133. Un poco después, en la misma entrevista, Kolakowski nuevamente pone énfasis en la estructura escatológica del mesianismo político: descenso al infierno, rotura absoluta con los pecados del pasado, el arribo de una Nueva Época. Sin embargo, en ausencia de Dios, tales empresas están condenadas a la incoherencia; una fe que se quiera hacer pasar por conocimiento no funciona. Véase pp. 136-137.
[12] La desconfianza en tales testigos fue un tema por mucho tiempo sostenido por los apologistas occidentales del estalinismo. De manera muy parecida, los sovietólogos norteamericanos solían desechar las evidencias o los testimonios de los exiliados del bloque soviético: demasiada experiencia personal, se solía decir generalmente, puede distorsionar las perspectivas de las personas e inhibirlas del análisis objetivo.
[13] El burlón desdén de Kolakowski por los bienintencionados progresistas occidentales fue ampliamente compartido por sus paisanos y otros "orientales". En 1976 el poeta Antoni Slonimski recordó el llamado, hecho veinte años atrás por Jean-Paul Sartre, a que los escritores del bloque soviético no abandonaran el Realismo Socialista para no debilitar al "Campo Socialista", en comparación con el llamado hecho a los norteanericanos: "Libertad para él, todas las limitaciones para nosotros". Véase "L'Ordre règne à Varsovie," [El orden reina en Varsovia"] Kultura 3 (1976), pp. 26- 27, citado por Marci Shore, Caviar and Ashes: A Warsaw Generation's Life and Death in Marxism , 1918-1968 [Caviar y cenizas: La vida y la muerte en el marxismo de una generación de Varsovia] (Yale University Press, 2006), p. 362.
[14] Véase Maurice Merleau-Ponty, Humanisme et terreur: essai sur le problème communiste (Paris: Gallimard, 1947). La cita es de la edición norteamericana de 1969, Humanism and Terror (Beacon), p. 153. Para una historia ejemplar de la generación fundadora de los intelectuales comunistas polacos (un sorprendentemente dotado grupo de artistas y escritores nacidos alrededor de 1900), los últimos en educarse en los viejos imperios políglotas y los primeros que salieron de la adolescencia en una Polonia independiente), véase el recientemente publicado libro de Marci Shore, Caviar and Ashes [Caviar y cenizas], una elegía erudita para un mundo ya desaparecido.
[15] Raymond Aron, "Un philosophe libéral dans l'histoire" [Un filósofo liberal en la historia] (1973), en Essais sur la condition juive contemporaine [Ensayos sobre la condición judía contemporánea] (Paris: Éditions de la Fallois, 1989), p. 222. Véase también Aron, D'une sainte famille à l'autre: essais sur les marxismes imaginaires [De una santa familia a otra: ensayos sobre los marxismos imaginarios] (Paris: Gallimard, 1969), p. 11: "Como los amigos de mi juventud, nunca he separado la filosofía de la política, ni el pensamiento del compromiso; aunque me he dedicado más tiempo que ellos al estudio de la economía y los mecanismos sociales. en este sentido, creo que fui más leal a Marx que ellos". A un cuarto de siglo de su muerte, las clases de Aron sobre Marx en el Collège de France fueron reconstituidas y publicadas por sus antiguos estudiantes y colegas con el revelador título de Le Marxisme de Marx [El marxismo de Marx] (Paris: Éditions de Fallois, 2002).
[16] György Konrád and Ivan Szelényi, The Intellectuals on the Road to Class Power (Harcourt, Brace, Jovanovich, 1979). Waclaw Machajski, an early-twentieth-century Polish anarchist, anticipated just this aspect of Marxism in his criticism of the implicit privileges that Marxist social democracy would accord the intelligentsia. See Marshal Shatz, Jan Waclaw Machajski: A Radical Critic of the Russian Intelligentsia and Socialism (University of Pittsburgh Press, 1989). Kolakowski discusses Machajski briefly in Main Currents (pages 493, 917) and in "The Myth of Human Self-Identity," in The Socialist Idea: A Reappraisal, edited by Leszek Kolakowski and Stuart Hampshire (Basic Books, 1974), reprinted in My Correct Views on Everything.
[17] Seigel, Marx's Fate [El destino de Marx], p. x.
[18] Propugnadores inteligentes de la globalización como Jagdish Bhagwati, insisten en que el libre comercio y la competencia internacional no han reducido directamente los salarios reales de los trabajadores de los países avanzados. Son, sin embargo, la amenaza de subcontrataciones, de perder el trabajo, de traslado de las fábricas lo que restringe las presiones por salarios más altos, no la competencia per se; y esto se aplica con iguales efectos a las economías con fuerte presencia de sindicatos como Alemania o a sociedades más competitivas como Estados Unidos. No obstante, incluso Bhagwati acepta que ha habido una permanente depresión de los salarios reales en los países avanzados, aunque en su optimista versión la globalización ha por lo menos ayudado a detener en algo el proceso. Véase Jagdish Bhagwati, In Defense of Globalization [En defensa de la globalización] (Oxford University Press, 2004), pp. 123-124. Véase también las observaciones de Paul Donovan, un economista de [la firma financiera internacional] UBS citado por Financial Times, 5 de junio de 2006, p. 1: "El mercado de trabajo de los Estados Unidos puede estar endureciéndose, pero aún hay un amplio apoyo por parte de trabajadores a nivel mundial, y esto puede estar limitando lo que los trabajadores locales pueden exigir".
[19] Citado en el libro de S.S. Prawer, Karl Marx and World Literature [Karl Marx y la literatura mundial](Oxford University Press/Clarendon Press, 1976), p. 151.
[20] Marx recibió 28 por ciento de los votos emitidos, más que Sócrates, Platón, Aristóteles, Tomas de Aquino y Kant juntos. David Hume alcanzó el segundo lugar, con 13 por ciento. |
| |
| |
|
|
|
|