Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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El ama de llaves de una teoría que sacudió al mundo
por Jenny Diski
 
Originalmente publicado como "The Houskeeper of a World-Shattering Theory",
London Review of Books, Vol. 28, No. 6, 23 de Marzo de 2006.
Traducción de Alberto Loza Nehmad
<albertoloza@librosperuanos.com>
 

Reseña del libro de Katia Behling, Martha Freud: A Biography, Polity, 206 pp.

 
En la lista de miembros del venerable gremio de las esposas consentidoras, el nombre de Martha Freud aparece entre los más importantes: la Sra. Noé, la Sra. Darwin, la Sra. Marx, la Sra. Joyce, la Sra. Nabokov, la Sra. Clinton y sus socios honorarios, el Sr. Woolf y el Sr. Cookson. Las esposas de cualquier sexo son quienes mantienen el universo lo bastante ordenado y tranquilo como para que los grandes personajes desarrollen sus pensamientos, realicen sus viajes, escriban sus libros y cambien el mundo. Martha Freud fue un modelo de excelencia entre las esposas. Para liberarse de la rutina diaria y de la culpa provocada por evitarla no hay nada mejor que tener una mujer de la limpieza a quien le encante limpiar, una nana que esté contenta con cuidar a los Sigmund y Martha Freud
"Sigmund y Martha Freud"

niños, un ser doméstico que no quiera sino estar en casa; y Martha Freud fue todo eso. Realmente por qué ella fue todo eso es algo que su esposo mismo podría haber investigado, pero Freud no tenía un pelo de tonto y sabía cuándo dejar bien en paz y en las más ocultas regiones de su vida personal especialmente ese oscuro continente de su mente relacionado con las mujeres. En una carta a su amigo Wilhelm Fleiss (a quien le escribió que en ninguna mujer había jamás encontrado reemplazo a su camaradería masculina) Freud mencionó de pasada que a la edad de 34 años, después del nacimiento de su sexto hijo en ocho años, Martha se hallaba bloqueada como escritora. Imposible imaginar por qué. No obstante, como en el caso de otros misterios acerca de la vida de Martha, esta nueva biografía no describe (o quizá no puede hacerlo debido a que algunas de las fuentes no están disponibles) qué habría ella estado intentando escribir. Una lista de mercado, supongo. A menos que se

Jenny Diski (Londres, 1947) es una reconocida escritora británica. En este artículo sondea las curiosas relaciones entre Sigmund y Martha Freud: "Supongo que ser una musa, una inspiración, podría tener sus atractivos; pero ser el ama de llaves de una teoría que sacude el mundo no es realmente lo mismo".
tratara de aquel libro acerca de las interesantes nuevas maneras que ella había pensado para la interpretación de sus sueños, libro que escribía en los raros momentos cuando los niños no estaban enfermos con sarampión o cuando necesitaban que se les remendara las medias.

La historia muestra a la Sra. Freud -- la esposa -- como una devota doméstica, y hay pocas cosas en la biografía escrita por Katja Behlings que podrían sugerirnos modificar nuestra imagen de ella. La gran idea parece ser que debemos valorar su contribución al desarrollo del psicoanálisis en cuanto proveedora de una apacible vida hogareña para su fundador. La condición indispensable del pensamiento radical es que sea otro quien se encargue de cambiar los pañales. En el prefacio al libro, Anton Freud, un nieto, lo pone con lógica incontrastable.
 

¿Habría tenido él el tiempo y la oportunidad para escribir este trabajo fundacional si hubiera tenido que, por decir, llevar a su hija a sus clases de baile y a su hijo a sus lecciones de equitación dos veces a la semana?... La menor de sus hijas nació en 1895. Cuando ella lloraba por las noches, ¿iba a levantarse Sigmund para consolarla?... Si Martha hubiera sido menos eficiente o diligente en dedicar de ese modo su vida a su marido, el flujo de las primeras ideas de Sigmund se habría secada hasta reducirse a un goteo, sin poder converger en un vasto océano. Martha cuidó que las energías de su esposo no se malgastasen.

 

Y si Freud hubiera consolado a su hija cuando ella lloraba de noche, ¿habría estado Anna tan desesperada por acaparar la atención de su padre al punto de dedicar su vida a publicar sus escritos y continuar su trabajo? Los apóstoles necesitan algo más que la infelicidad común para estar adecuadamente preparados para sus tareas.

Al hacer el elogio de la nueva biografía, Juliet Mitchell reprende duramente a quienes menosprecian a Martha Freud por ser el estereotipo del ama de casa, en lugar de ver en ella "a un ser humano altamente ético y decente", aunque para mí no está para nada claro cómo ambas descripciones podrían ser mutuamente excluyentes. En cuanto a menospreciarla, por el contrario, una se retuerce las manos y llora por ella, o lo haría si ella no pareciera haber estado perfectamente contenta con su existencia. En su biografía de Freud, Peter Gay cita la respuesta de Martha a una carta de condolencia por la muerte de Freud en la que escribe que es un "frágil consuelo que en los 53 años de nuestro matrimonio nunca hubiera ni una sola palabra amarga entre ambos, y que yo siempre intenté, en la medida de lo posible, retirar del camino de él la misère de la vida diaria". Como en el caso de los adultos que consienten en tener sexo de maneras extrañas, no hay nada que se pueda decir contra el contentamiento y contra una división del trabajo sobre los cuales ambas partes están felices. Debemos leer y asombrarnos de la buena fortuna que cada uno encontró en el otro. ¿Quién de nosotros no desearía su propia Martha para que se ocupe de la misère de nuestra vida diaria mientras nos sentamos en nuestro estudio, o silenciosamente cocinamos en la mesa del comedor las luces e ideas que iluminarán al mundo? Entonces, nuevamente, ¿quién de nosotros desearía ser Martha, sin importar cuán esencial, según su biógrafa, fuese ella para la producción de la gran idea? Supongo que ser una musa, una inspiración, podría tener sus atractivos; pero ser el ama de llaves de una teoría que sacude el mundo no es realmente lo mismo.

A la luz de 53 años de evidencias no hay razón para pretender que en Martha existiera una gran creadora luchando por salir a la luz. No obstante, no se puede evitar pensar en cómo así ella deseara solo eso para sí misma, una mujer que al momento de su matrimonio no era irreflexiva ni en extremo modesta. Martha era una voraz lectora de John Stuart Mill, Dickens y Cervantes, aunque su futuro esposo la advertía contra los groseros fragmentos inapropiados para una mujer de Don Quijote. A ella le interesaba la música y la pintura, y no le escasearon los pretendientes. Cuando Freud empezó a sospechar obsesivamente de Eli, el hermano de Martha (y esposo de la hermana de Freud) y quien se encargaba de las finanzas de la familia de ella, los Bernays, él insistió, bajo la pena de terminar la relación, en que ella dejara de ver por completo a su hermano. Ella mantuvo su posición, devolviéndole firmemente el ultimátum a Freud, y continuó encontrándose con su hermano. Martha viajó al norte de Alemania de vacaciones acompañada solamente de la menor de sus hermanas y pasó una temporada maravillosa a pesar del sospechoso y duro uso de los irónicos signos de admiración de su prometido. "Imagínense, ¡Lubeck! ¿Debería permitirse eso? ¡Dos jóvenes solteras viajando solas por el Norte de Alemania! ¡Esta es una revuelta contra la prerrogativa masculina!". Luego, apenas estuvieron casados, Freud prohibió a su devotamente judía esposa encender las velas del Shabbat. Sólo el primer viernes después de la muerte de su esposo ella las volvió a encender. Qué quieren las mujeres es una cosa, pero la verdadera pregunta es qué hacía funcionar a Martha: administrar la casa, cuidar a los niños, hacer los arreglos de viajes, organizar a los sirvientes, todo eso y sin ninguna palabra de queja salvo un tibiamente expresado asombro acerca de la elección de profesión de su marido. "Debo admitir que si no me diera cuenta de cuán seriamente toma mi marido sus tratamientos, yo pensaría que el psicoanálisis es una forma de pornografía".

El matrimonio, dicen, cambia a la gente, y en verdad parece que Martha hubiera tenido la hechura de otra mujer o, por lo menos, una vida enteramente diferente. Lo que esta biografía, por lo demás cumplida (el espejo de su biografiada, quizá) sí nos ofrece es un atisbo (y lamentablemente nada más que eso) de la para nada aburrida familia Bernays y la de su hija mayor, Martha, antes de que se convirtiera en la otra Sra. Freud. Tres de los hermanos de Martha murieron en la infancia; su hermano mayor, Isaac, nació con un problema grave en la cadera y caminaba con muletas; y el segundo hermano, Eli, no gustaba mucho a su madre. Cuando Martha tenía seis años de edad su padre, Berman Bernays, fue a prisión por bancarrota fraudulenta después de unos oscuros tratos en el mercado de valores. Dos años después, la familia se retiró de la vergüenza pública en Hamburgo trasladándose a Viena, y Martha recordaba oír el "chisporroteo de las lágrimas de su madre cuando éstas caían sobre la recalentada estufa de la cocina": En la nueva escuela la fastidiaban por su dicción alemana. Isaac murió cuando Martha tenía once años de edad y siete años después, Berman sufrió un colapso en la calle, muriendo de "parálisis del corazón" y dejando a la familia sin fuentes de ingreso. Los hermanos de Berman tuvieron que apoyarlos y Eli se hizo cargo del trabajo del padre con el fin de ayudar a la familia. No fue una niñez sin incidentes, ni faltaron traumas que atravesar. Hubo toda suerte de dolores y dificultades, aunque Martha no se doblegó ni sucumbió a los malos humores. No existe la más mínima indicación de que ella haya perdido el uso de sus piernas o que se encontrara incapaz de hablar. Esto es, además, por demás notable en vista del hecho de que cuando su padre murió, su madre nombró como guardián temporal de su hija Martha a nadie menos que al padre de Bertha Pappenheim, después conocida como Anna O [1], quien le debió haber dicho un par de cosas sobre el significado de la pérdida de un miembro en la familia. Tampoco hay indicaciones de que su efectivamente neurótica carencia de síntomas neuróticos (a menos que se cuente entre estos el cuidado obsesivo compulsivo por el bienestar de su marido) le pareciera al padre del psicoanálisis algo digno de por lo menos un artículo.

Lo que Sigmund y Martha tenían en común eran familias embrolladas en oscuros escándalos financieros. Un tío de Sigmund fue encarcelado por negociar con rublos falsificados y corría el persistente rumor de que su padre estaba implicado en el caso. La manera en que ambos superaron la incomodidad de la vergüenza pública y vivieron felices por siempre jamás fue el asumir una perfecta existencia burguesa al estilo del siglo XIX, siempre que no se incluyan en ella los incesantes pensamientos de Sigmund acerca de la sexualidad infantil, la teoría de la seducción, el complejo de Edipo, la envidia del pene y el impulso tanático -- o quizá incluso si se los incluye. Es de presumir que precisamente fueron esta ejemplar superficie burguesa, los trajes formales, los enormes muebles brillantes, las rígidas maneras en el comedor, la crianza ordenada y la agitada regularidad lo que hizo posible que esos profundos y difícilmente pensables pensamientos, tuvieran lugar y se desarrollaran en algo que parecía una teoría científica. En su empeño de sacarle brillo a esa superficie y mantener los relojes funcionando al unísono, Martha fue tan esencial para del desarrollo del pensamiento freudiano como lo fueron Dora o el Hombre Rata.[2] Sucede simplemente que ella nunca tuvo el tiempo de reposar sus pies sobre el diván, y que a Sigmund nunca le preocupó en qué consistía todo ese pulir, limpiar y mantener los horarios. Martha no estaba allí para ser entendida; ella estaba allí para que él pudiera entender a los demás.

Y no es que las mujeres no fueran interesantes. Anna O y Dora eran fascinantes. Minna, la más joven de las hermanas de Martha, quien vivía con los Freud, era alguien con quien, cuando no había hombre serios alrededor, Freud podía hablar acerca de temas intelectuales. ¿Quién podría haber sido más estimulante que Lou Andreas-Salomé, Marie Bonaparte, Hilda Doolittle, Helene Deutsch or Joan Riviere? Ninguna de ellas era, sin embargo, su esposa. El papel de la mujer, le dijo Freud a Mathilde, la mayor de sus hijas, es hacer más placentera la vida del hombre. La compañía intelectual había que encontrarla en otro lugar. Los hombres más inteligentes buscaban una mujer que tuviera "la gentileza, la alegría y el talento como para hacer la vida de ellos más fácil y hermosa" (no a Lou Andreas-Salomé, entonces). En 1936 Freud habló con Marie Bonaparte acerca de su vida matrimonial: "En realidad no fue una mala solución al problema del matrimonio, y ella es aún tierna, saludable y activa". Sigmund Freud expresó su alivio a su yerno Max Malberstadt "por los hijos, que han salido tan bien, y por el hecho de que ella -- Martha -- no ha sido muy anormal ni ha estado enferma muy a menudo".

En realidad, precisamente la naturaleza robusta aunque algo obsesiva con la limpieza y la puntualidad de Martha, fueron lo que Freud encontraba de lo más atractivo, según Behling. Ella era la piedra imán, la quintaesencia, el elíxir al cual Freud ostensiblemente dedicaba el trabajo de su vida. Ella era normal. Obviamente, habría sido extremadamente difícil si Anna o Dora o el Hombre Lobo hubieran sido como ella, pero en el mundo de Freud, pleno de distorsiones psíquicas, Martha representaba aquello que nadie quien tome las obras de él en serio podría jamás creer: el espécimen común sin daño alguno. Según Ernest Jones "la personalidad de ella estaba completamente desarrollada y muy bien integrada: bien merecería el más alto de los cumplidos de un sicoanalista como 'normal'". Martha no tuvo ningún problema al confrontar su carencia de pene en los correspondientes años de su desarrollo; ningún lío con transferir al padre su deseo edípico por la madre. Ella se había adaptado muy bien a su castración, y aunque esto significara que su superego resultara algo endeble comparado con el de un hombre (la mujer "demuestra un menor sentido de la justicia que el hombre, una menor inclinación a la sumisión ante las grandes exigencias de la vida; sus decisiones están más frecuentemente conducidas por sentimientos tiernos u hostiles"), esto servía suficientemente bien para los propósitos de Freud. Imagínese que el análisis freudiano se hubiese dirigido en otra dirección y que el maestro hubiera estudiado la normalidad que aparentemente él tenía tan cerca en casa en lugar de sus deformaciones. ¿Qué es lo que Emmeline (cuyas tendencias mandonas y egoístas Freud odiaba) y Berman Barnays habían hecho tan bien? ¿Por qué no habría tenido que estar frenético por saberlo? Sin embargo, ¿qué innovador intelectual podría renunciar a lo interesante para dedicarse a lo común, especialmente cuando lo común, abandonado a sus propios mecanismos y a la sublimación de sus propios deseos, arreglaba una vida tan cómoda para él?


Behling sugiere que el mayor valor que Martha tuvo para Freud fue su existencia misma, lo que le evitaba a él deprimirse demasiado por razón de la naturaleza de la naturaleza humana. Él era capaz de ver en ella a "alguien que se situaba aparte de lo que él aprendía acerca de la humanidad en general". Ella no era parte de la "chusma" como explicó Oscar Pfister, parte de esa humanidad "buena para nada". Así, él no solo no la estudió sino que no le comunicó ninguno de sus pensamientos profesionales. "Freud no quería compartir las más negras profundidades de su conocimiento con Martha, sino más bien quería protegerla de ellas", escribe Behling. Más probablemente, quizá, quería protegerse a sí mismo. En el tiempo en el que estuvieron comprometidos, Freud se mostró "grandemente sorprendido cuando ella admitió una vez que en ocasiones tenía que suprimir pensamientos malos o malignos".

La alegre naturaleza de Martha, aparentemente tan diferente de la naturaleza humana, fue alentada si no cuidadosamente cultivada por su novio durante ese épico compromiso que duró cuatro años. La madre de Martha se había opuesto a que su hija se casara con un empobrecido investigador, y así ellos fueron reducidos a intercambiar cartas y a arreglárselas para ocasionales encuentros. Este compromiso parece haber sido el único intento realizado por Freud para alcanzar la pasión, y se dedicó a él con toda la voluntad de un hijo predilecto. Él debe haber encontrado esa experiencia algo alarmante porque las pesadas cortinas de la satisfacción se cerraron tan pronto como finalizó la boda. Antes de eso, él la celaba rabiosamente a la sola mención de los nombres de otros hombres, exigiéndole, por ejemplo, que Martha dejara de llamar a un interesante primo suyo, por su primer nombre. "Querida Martha, cómo has cambiado mi vida", le dijo en una de sus primeras cartas. Y cuando estuvieron comprometidos y él batallaba por Martha, él explicaba: "Marty, no puedes luchar contra esto; no importa cuánto te amen; no dejaré que nadie te lleve, y nadie te merece; ningún otro amor se compara al mío". Resulta claro que al autoanálisis del maestro aún no le había llegado su tiempo, de modo que era libre de desear regalarle a su novia un elegante brazalete en forma de serpiente y de escribirle cuánto sentía el tener que conformarse solamente una "pequeña serpiente de plata". Él quería que ella tuviera siempre una muy buena presencia de modo a "a nadie se le ocurriera sino que ella se había casado con un príncipe". Sus cartas, sin embargo, dejan otras cosas en claro. La nariz y la boca de Martha, le dijo él, estaban conformadas "más característica que bellamente, con una expresión casi masculina, tan poco propias de una doncella debido a la decisión que demuestran". Es como si la naturaleza quisiera salvarla "del peligro de ser solamente hermosa". Pese a todo, el romance era poderoso: los dos jóvenes amantes intercambiaban ramas de almendros en flor, y Freud le dijo que la adicción que él tenía por los cigarros puros se debía a la ausencia de ella: "fumar es indispensable si uno no tiene a quién besar". Al mismo tiempo, al describir sus opiniones acerca del matrimonio explicaba que "a pesar de todo el amor y la unión, la ayuda que cada uno había encontrado en el otro, cesa. El marido busca nuevamente a sus amigos, frecuenta una taberna, encuentra intereses generales fuera del hogar". Martha, quien después se disculparía cada vez que gritaba durante sus trabajos de parto, ya estaba advertida.

Después de la muerte de Freud, Martha no perdió el control, aparte de encender las velas del Shabbat, sino que empezó a sentarse en un sillón en el descanso de las escaleras entre el primer y segundo pisos en su casa de Maresfield Gardens, y se dedicó nuevamente a la lectura, aunque solamente hacia el final de la tarde, aseguraba a una amiga en una carta, en caso de que alguien la acusara de perezosa. Sin su marido la vida, decía, había "perdido sentido y significado", pero ella gozaba mucho recibiendo a las importantes visitas que venían a casa a rendirle homenaje. Anna asumió el trabajo de su padre y súbitamente Martha empezó a interesarse en él. Su hija la encontró demasiado curiosa acerca de los pacientes que entraban y salían. Martha incluso expresó un punto de vista: "¡Te sorprenderías de saber cuánto cuesta este infantil análisis!".

Freud acusaba a Martha de haberle impedido ganar un reconocimiento temprano en el mundo de la ciencia médica. "Mirando hacia atrás, ahora podría contar que fue culpa de mi novia el que no me hiciera famoso en esos primeros años", escribió en su autorretrato. Sus experimentos con la cocaína en la década de 1880 fueron retomados y elaborados por otros. Se encontró que lo que la Princesa Margarita conocía como "sales traviesas" tenía un efecto benéfico como anestésico local, un uso en el que Freud inexplicablemente no había pensado y que había omitido en su artículo "Sobre la Coca". Fue una oportunidad inesperada para visitar a Martha lo que lo había distraído de explotar al máximo las potencialidades de su descubrimiento, él decía en su vejez, aunque fue lo suficientemente generoso como para disculpar a su esposa puesto que, como Behling escribe, "49 años de vínculo matrimonial lo habían compensado por haber perdido la fama durante la juventud". Pero he aquí un pensamiento, una clave no considerada, quizá, para comprender a Martha. Cuando Freud realizaba sus experimentos con cocaína, él le envió varios frascos a su novia ensalzando sus efectos para la vitalidad, dándole instrucciones acerca de cómo dividir y administrar las dosis. Martha escribió agradeciéndole, diciendo que aunque ella pensaba que no la necesitaba, la tomaría como él lo sugería. Después ella informó a su novio que ella la encontraba útil en momentos de tensión emocional. De tiempo en tiempo, dice Behling, Martha "dilataba sus sentimientos de bienestar con una vigorizante pizca de cocaína". Por cuánto tiempo ella continuó haciendo esto es algo que desconocemos, pero sugiere una manera diferente de ver a la devota y domésticamente orientada Martha Freud, quien por medio siglo cumplió su atareada jornada limpiando, cuidando a los niños y la casa, disponiendo y arreglando todos los minuciosos detalles de la vida de su esposo con una sonrisa fija e inquebrantable.

 

[1] Bertha Pappenheim (1859-1936), después conocida como Anna O., fue paciente de Joseph Breuer, quien presentó el caso a Freud. Los síntomas de parálisis y alucinaciones que presentaba finalmente cedieron. Ella se convirtió en una activa trabajadora social y líder del movimiento feminista alemán. Ver "Anna O. and Free Association", en http://www.loc.gov/exhibits/freud/freud02.html. N. del t.

[2] Ida Bauer (1882-1945), "Dora" en las notas de Freud, fue una paciente clave para los estudios de freudianos sobre transferencia, la influencia emocional paciente-doctor. Dora, finalmente rechazó a Freud y sus teorías y abandonó el tratamiento. Ernst Lanzer, (1878-1914), el Hombre Rata, era un joven abogado obsesionado con ideas de tortura, ratas y castigos. Mostró también un interés obsesivo en la hija de Freud. http://www.loc.gov/exhibits/freud/freud02.html. N. del t.