Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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Apocalipsis pronto
Por Robert S. McNamara
 
Originalmente publicado como "Apocalypse Soon", Foreign Policy, Mayo/Junio 2005
Traducción de Alberto Loza Nehmad
<albertoloza@librosperuanos.com>
 
Es hora -- hace mucho ya lo era, en mi opinión -- de que Estados Unidos deje de basarse, al estilo de la Guerra Fría, en las armas nucleares como herramienta de su política exterior. Bajo el riesgo de mostrarme simplista y provocador, caracterizaría la actual política norteamericana de armas nucleares como inmoral, ilegal, militarmente innecesaria y terriblemente peligrosa. El riesgo de un lanzamiento nuclear accidental o inadvertido es inaceptablemente alto. Lejos de reducir estos riesgos, la administración de Bush ha dado señales de que se ha comprometido a mantener el arsenal nuclear estadounidense como un sostén principal de su poderío militar; compromiso que simultáneamente socava las normas internacionales que han limitado la difusión de las armas nucleares y los materiales fisibles por 50 años. Gran parte de la política nuclear actual de EEUU ha estado vigente Robert McNamara
Robert McNamara, Secretario de Defensa EEUU con el Presidente Kennedy
desde antes que yo fuera secretario de defensa, y desde entonces ésta solo se ha hecho más peligrosa y más diplomáticamente destructiva.

En la actualidad, Estados Unidos tiene desplazadas 4,500 cabezas nucleares ofensivas estratégicas. Rusia tiene aproximadamente 3,800. Las fuerzas estratégicas de Inglaterra, Francia y China son considerablemente más pequeñas, con 200 a 400 armas nucleares en cada arsenal de esos estados. Los nuevos estados nucleares de Paquistán e India tienen menos de 100 armas cada uno. Corea del Norte ahora afirma haber desarrollado armas nucleares, y las agencias de inteligencia de EEUU estiman que Pyongyang tiene suficiente material fisible para 2 a 8 bombas.
 
¿Cuán destructivas son esas armas? La cabeza nuclear estadounidense promedio tiene un poder destructivo 20 veces mayor al de la bomba de Hiroshima. De las 8,000 cabezas nucleares activas u operacionales, 2,000 están apuntadas y con el dedo en el disparador, listas para ser lanzadas con un aviso de 15 minutos. ¿Cómo serán usadas esas armas? Estados Unidos nunca ha respaldado la política de "nunca usarlas primero", ni durante mis siete años como secretario de defensa ni después. Hemos estado y seguimos preparados para iniciar el uso de las armas nucleares -- por decisión de una persona, el presidente -- contra un enemigo sea éste nuclear o no nuclear, siempre que creamos que conviene a nuestros intereses hacerlo. Por décadas, las fuerzas nucleares de EEUU han sido lo suficientemente fuertes como para absorber un primer ataque y luego infligir un daño "inaceptable" al oponente. Ésta ha sido y (mientras enfrentemos a un potencial adversario nuclear) debe continuar siendo la base de nuestra disuasión nuclear.
Robert McNamara (1916- ), Secretario de Defensa de Estados Unidos (1961-1968), Presidente del Banco Mundial (1968-81), ya retirado de todo servicio público, revela la gravedad del problema nuclear, ilustrándolo con anécdotas increíbles pero, lamentablemente, reales. Usar las armas nucleares como herramienta de la política exterior es para él "inmoral, ilegal y terriblemente peligroso".

Durante el tiempo en que fui secretario de defensa, el comandante del Comando Aéreo Estratégico (SAC, Strategic Air Command) de los Estados Unidos, llevaba con él un teléfono de seguridad, no importara dónde fuera, 24 horas al día, siete días a la semana, 365 días al año. El teléfono del comandante, cuyo cuartel general estaba en Omaha, Nebraska, estaba conectado al puesto de comando subterráneo del Comando de Defensa de Norteamérica, en las entrañas de la Montaña Cheyenne, en Colorado, y al presidente de los Estados Unidos, donde quiera que se encontrase. El presidente siempre tenía a mano los códigos de lanzamiento nuclear en la llamada "pelota de fútbol", un portafolio que era llevado a toda hora por un oficial de las fuerzas armadas de EEUU que seguía al presidente.

Las órdenes del comandante del SAC eran responder el teléfono hasta máximo el final del tercer timbrazo. Si timbraba y era informado de que un ataque nuclear de misiles balísticos enemigos parecía estar en camino, se le daba de 2 a 3 minutos para decidir si la advertencia era válida (a lo largo de los años, Estados Unidos ha recibido muchas falsas advertencias), y si lo era, cómo debería responder Estados Unidos. Se le daban aproximadamente 10 minutos para determinar qué recomendar al presidente, para encontrarlo y aconsejar a éste y permitirle discutir la situación con dos o tres de sus asesores (presumiblemente el secretario de defensa o el director de los Jefes Conjuntos de Estado Mayor), y para recibir la decisión del presidente y pasarla inmediatamente, junto con los códigos, a los sitios de lanzamiento. El presidente tenía esencialmente dos opciones: podía decidir obviar el aviso de ataque y diferir hasta después cualquier decisión de lanzar un ataque de represalia; o podía ordenar un inmediato ataque de represalia, a partir de un menú de opciones, lanzando armas que estaban apuntadas sobre los activos militares e industriales del oponente. Nuestros oponentes en Moscú presumiblemente tenían disposiciones similares.

Toda la situación parece tan insólita que es para no creerla. Cada día, cuando nos dirigimos a nuestras ocupaciones, el presidente está preparado, en el lapso de 20 minutos, para tomar una decisión que podría lanzar una de las más devastadoras armas del mundo. Para declarar la guerra se requiere de una ley del congreso, pero para lanzar un holocausto nuclear se requiere de 20 minutos de deliberaciones del presidente y sus asesores. No obstante, hemos vivido con eso por 40 años. Con pocos cambios, este sistema permanece en gran medida intacto, incluida la "pelota de fútbol", constante compañera del presidente.

Yo pude cambiar algunos de estos peligrosos procedimientos y políticas. Mis colegas y yo comenzamos las conversaciones para controlar las armas; instalamos salvaguardas para reducir el riesgo de lanzamientos no autorizados; añadimos opciones a los planes de guerra nuclear de modo que el presidente no tuviera que elegir entre todo o nada, y eliminamos los provocadores y vulnerables misiles nucleares en Turquía. Ojalá hubiera hecho más, pero estábamos en medio de la Guerra Fría y nuestras opciones eran limitadas.

Estados Unidos y nuestros aliados de la OTAN enfrentaban una fuerte amenaza convencional soviética y del Pacto de Varsovia. Muchos de los aliados (así como alguna gente en Washington) creían firmemente que era necesario conservar la opción de Estados Unidos de lanzar un primer ataque, para mantener a los soviéticos a raya. Lo que es escandaloso es que hoy en día, más de una década después de finalizada la Guerra Fría, la política nuclear de EEUU permanezca inalterada. No se ha adaptado al colapso de la Unión Soviética. Los planes y los procedimientos no han sido revisados para hacer que sea menos probable que Estados Unidos u otros países opriman el botón. Como mínimo, deberíamos retirar todas las armas estratégicas nucleares del estado de alerta actual que las mantiene apuntadas y con el dedo en el disparador, como lo han recomendado otros, incluido el general George Lee Butler, el último comandante SAC. Ese simple cambio reduciría grandemente el riesgo de un lanzamiento nuclear accidental. También sería una señal, para otros países, de que Estados Unidos está tomando los pasos para dejar de basarse en las armas nucleares.

Cuando en 1968 negociamos el Tratado de No Proliferación Nuclear (NPT) prometimos trabajar de buena fe hacia la final eliminación de los arsenales nucleares. Este mayo, diplomáticos de más de 180 naciones se están reuniendo en Nueva York para revisar el NPT y evaluar si los miembros están cumpliendo el acuerdo. Estados Unidos está concentrándose, por razones comprensibles, en persuadir a Corea del Norte a que vuelva a unirse al tratado y en negociar restricciones más severas a las ambiciones nucleares iraníes. Esos estados deben estar convencidos de poder mantener las promesas que hicieron cuando originalmente firmaron el NPT; esto es, convencidos de que no construirían armas nucleares a condición de su acceso a los usos pacíficos de la energía nuclear. Sin embargo, la atención de muchas naciones, incluyendo algunos estados potencialmente deseosos de tener armas nucleares, está puesta en Estados Unidos. Mantener un número tan grande de armas, y mantenerlas en alerta con el dedo en el disparador, son potentes signos de que Estados Unidos no está trabajando seriamente hacia la eliminación de su arsenal y provoca preguntas problemáticas como por qué los otros estados deberían restringir sus ambiciones nucleares.


Un anticipo del Apocalipsis

El poder destructivo de las armas nucleares es muy conocido, pero dada la continua confianza en ellas por parte de Estados Unidos, vale la pena recordar el peligro que representan. Un informe de 2000 hecho por Físicos Internacionales para el Evitamiento de la Guerra Nuclear, describe los probables efectos de una bomba de un solo megatón (docenas de ellas están incluidas en los inventarios rusos y de EEUU). En el punto de la explosión, ésta crea un cráter de 100 metros de profundidad y 400 metros de diámetro. En el lapso de un segundo, la atmósfera misma se enciende en una bola de fuego de más de 900 metros de diámetro. La superficie de la bola de fuego irradia cerca de tres veces la luz y el calor de un área comparable de la superficie del sol, extinguiendo en segundos toda forma de vida en el radio de 1.6 a 4.8 kilómetros. Una onda expansiva de aire comprimido alcanza la distancia de 4.8 kilómetros en alrededor de 12 segundos, barriendo fábricas y edificios comerciales. Los escombros arrastrados por vientos de 750 km. por hora infligen heridas mortales en toda el área. Por lo menos 50 por ciento de la gente del área muere inmediatamente, antes que por cualquier herida, por la radiación o por la tormenta de fuego que se desencadena.

Por supuesto, nuestro conocimiento de estos hechos no es enteramente hipotético. Armas nucleares con una setentésima fracción del poder de una bomba de 1 megatón ya descrita, fueron usadas dos veces por Estados Unidos en agosto de 1945. Una bomba atómica fue soltada sobre Hiroshima. Cerca de 80,000 personas murieron inmediatamente; en total, con el pasar del tiempo murieron aproximadamente 200,000. Después, una bomba de similar tamaño fue soltada sobre Nagasaki. El 7 de noviembre de 1955, el alcalde de Nagasaki recordó el ataque mientras daba su testimonio ante la Corte Internacional de Justicia:


Nagasaki se convirti ó en una ciudad de la muerte donde ni siquiera se podía oír el sonido de los insectos. Después de poco tiempo, innumerables hombres, mujeres y niños empezaron a reunirse para beber agua del cercano río Urakami, con el cabello y las ropas quemados y con la piel desprendida colgando como trapos. Ellos morían suplicando ayuda, uno tras otro, en el agua o amontonados junto a la rivera… Cuatro meses después del bombardeo atómico, 74,000 personas estaban muertas y 75,000 habían sufrido heridas, esto es, dos terceras partes de la población de la ciudad habían caído víctimas de esta calamidad que cayó sobre Nagasaki como un anticipo del Apocalipsis.

 

¿Por qué tenían que morir tantos civiles? Porque los civiles, que componían cerca del 100 por ciento de las víctimas de Hiroshima y Nagasaki, estaban desafortunadamente en el mismo lugar de los blancos japoneses industriales y militares. Su aniquilación, aunque no era el objetivo de quienes hicieron caer las bombas, fue un resultado inevitable de la elección de esos objetivos. Vale la pena notar que durante la Guerra Fría, Estados Unidos tenía, según los informes, docenas de cabezas nucleares dirigidas solo a Moscú, pues ésta contenía muchos blancos militares y mucha "capacidad industrial".

Presumiblemente, los soviéticos escogieron del mismo modo muchas ciudades de EEUU. La afirmación de que nuestras armas nucleares no están dirigidas per se a las poblaciones, fue y sigue siendo totalmente engañosa en el sentido de que el llamado daño colateral de los grandes ataques nucleares incluiría a decenas de millones de civiles inocentes muertos.

Esto es en breve lo que las armas nucleares hacen: explosionan, queman e irradian indiscriminadamente con una velocidad y una conclusión que son casi incomprensibles. Con esto es exactamente con lo que países como Estados Unidos y Rusia, poseedores de armas nucleares a punto de dispararse, continúan amenazando cada minuto de cada día en este nuevo siglo XXI.


Sin forma de ganar

He trabajado en temas relacionados con la estrategia nuclear y los planes de guerra de Estados Unidos y de OTAN por más de 40 años. Durante ese tiempo, nunca he visto una hoja de papel que delinee un plan para que Estados Unidos o la OTAN inicien el uso de las armas nucleares con algún beneficio para Estados Unidos o la OTAN. He hecho esta afirmación frente a varias audiencias, incluyendo los ministerios de defensa de OTAN y los líderes militares de más alto nivel, muchas veces. Nunca nadie me ha refutado. Sería suicida lanzar armas nucleares contra un oponente equipado nuclearmente. Hacerlo contra un enemigo no nuclear, sería militarmente innecesario, moralmente repugnante y políticamente indefensible.

Llegué a estas conclusiones muy poco después de convertirme en secretario de defensa. Aunque creo que los presidentes John F. Kennedy y Lyndon Johnson compartían mi opinión, era imposible para cualquiera de nosotros hacer esas afirmaciones públicamente porque ellas eran totalmente contrarias a la política establecida de OTAN. Después de dejar el Departamento de Defensa, fui presidente del Banco Mundial. Durante mis 13 años en ese puesto, de 1968 a 1981, yo estaba prohibido, como empleado de una institución internacional, de hacer comentarios públicos acerca de temas relacionados con la seguridad de Estados Unidos. Después de mi retiro del banco, comencé a reflexionar en cómo yo, con siete años de experiencia como secretario de defensa, podría contribuir a un mejor entendimiento de los temas con los que comencé mi carrera de servidor público.

En ese entonces se decía y escribía mucho acerca de cómo Estados Unidos podía, y por qué debería, ser capaz de hacer una guerra nuclear contra los soviéticos y ganarla. Este punto de vista suponía, por supuesto, que las armas nucleares tenían en efecto una utilidad militar; que ellas podían ser usadas en batalla con ventajas finales para quien tuviera la mayor fuerza o las usara con la mayor inteligencia. Habiendo estudiado esos puntos de vista, decidí salir a la luz con alguna información que sabía sería controversial, pero que yo sentía era necesaria para inyectarle realidad a esas crecientemente irreales discusiones acerca de la utilidad militar de las armas nucleares. En artículos y en discursos critiqué el equivocado supuesto fundamental de que las armas nucleares podían ser usadas de alguna manera limitada. No existe manera de efectivamente constreñir un ataque nuclear, de evitar que inflija una enorme destrucción sobre la vida y las propiedades de los civiles, y no existe ninguna garantía contra el escalamiento ilimitado una vez que ocurre el primer ataque. No podemos evitar el serio e inaceptable riesgo de una guerra nuclear hasta que reconozcamos estos hechos y basemos nuestros planes y políticas militares en este reconocimiento. Hoy sostengo estos puntos de vista de manera incluso más fuerte que antes, cuando por primera vez hablaba abiertamente contra los peligros nucleares que nuestras políticas estaban creando. Sé por experiencia directa que en la actualidad la política nuclear de EEUU crea inaceptables riesgos para otras naciones y para la nuestra.


Lo que Castro nos enseñó

Entre los costos de mantener armas nucleares está el riesgo -- para mí inaceptable -- de usar esas armas, ya sea por accidente o como resultado de un error de juicio o un error de cálculo en tiempos de crisis. La Crisis Cubana de los Misiles demostró que Estados Unidos y la Unión Soviética -- y ciertamente el resto del mundo -- estuvieron a un pelo del desastre nuclear en octubre de 1962.

En efecto, de acuerdo a anteriores líderes militares soviéticos, en el punto más alto de la crisis las fuerzas soviéticas tenían en Cuba 162 cabezas nucleares, incluyendo por lo menos 90 cabezas nucleares tácticas. Alrededor de la misma época, el presidente cubano Fidel Castro le pidió al embajador soviético en Cuba que enviara un cable al primer ministro soviético Nikita Khrushchev diciendo que Castro lo urgía a responder con armas nucleares a un ataque de EEUU. Claramente, existió un alto riesgo de que ante un ataque de EEUU, algo que muchos en el gobierno de EEUU estaban preparados para recomendar al presidente Kennedy, las fuerzas soviéticas en Cuba hubieran decidido usar sus armas nucleares antes que perderlas. Solo hace pocos años nos enteramos de que cuatro submarinos que estaban siguiendo a unas naves de la armada de EEUU cerca de Cuba, llevaban cada una torpedos con cabezas nucleares. Cada uno de los comandantes de los submarinos tenía la autoridad para lanzar sus torpedos. La situación fue incluso más alarmante porque, como el comandante en jefe me dijo, los submarinos estaban fuera de comunicaciones con sus bases soviéticas, y ellos continuaron su patrullaje por cuatro días después de que Khrushchev anunciara el retiro de los misiles de Cuba.

La lección, si las cosas no habían estado claras antes, fue valorada en una conferencia sobre la crisis tenida en La Habana en 1992, cuando por primera vez empezamos a enterarnos, por ex funcionarios soviéticos, de sus preparaciones para la guerra nuclear en la eventualidad de una invasión de EEUU a Cuba. Cuando la reunión estaba por finalizar, le pregunté a Castro si él hubiera recomendado que Khrushchev usara las armas ante una invasión de EEUU, y si así lo hubiera hecho, cómo pensó que iría a responder Estados Unidos. "Comenzamos con el supuesto de que si había una invasión a Cuba, estallaría la guerra nuclear", respondió Castro. "Teníamos la certeza de que… estaríamos obligados a pagar el precio de desaparecer". Continuó: "¿Habría estado yo dispuesto a usar armas nucleares? Sí, habría estado de acuerdo con el uso de armas nucleares". Además añadió, "Si el Sr. McNamara o el Sr. Kennedy hubieran estado en mi lugar, y si su país hubiera sido invadido o estuviera por ser invadido… Yo creo que ellos habrían usado armas nucleares tácticas".

Tengo la esperanza de que el presidente Kennedy y yo no nos habríamos comportado como Castro sugirió que lo habríamos hecho. Las decisiones de Castro habrían destruido su país. Si hubiéramos respondido de manera similar, el daño a Estados Unidos habría sido impensable; pero, los seres humanos son falibles. En una guerra convencional, los errores cuestan vidas, a veces miles de ellas. Sin embargo, si los errores fueran a afectar las decisiones relativas al uso de fuerzas nucleares, no habría curva de aprendizaje. Los errores resultarían en la destrucción de naciones. La indefinida combinación de la falibilidad humana y las armas nucleares conlleva un muy alto riesgo de catástrofe nuclear. No existe manera de reducir el riesgo a niveles aceptables si no es primero eliminando la política de mantenerse alerta y con el dedo en el disparador, para pasar después a eliminar o casi eliminar las armas nucleares. Estados Unidos debería moverse inmediatamente para instituir esas acciones en cooperación con Rusia. Esa es la lección de la Crisis Cubana de los Misiles.


Una obsesión peligrosa

El 13 de noviembre de 2001, el presidente George W. Bush anunció que él le había dicho al presidente ruso Vladimir Putin que Estados Unidos reduciría "las cabezas nucleares operacionalmente desplazadas" de aproximadamente 5,300 a un nivel entre 1,700 y 2,200 a lo largo de la siguiente década. Este descenso se acercaría al rango de 1,500 a 2,200 que Putin había propuesto para Rusia. Sin embargo, la Revisión de la Postura Nuclear de la administración de Bush, ordenada por el Congreso de EEUU y emitida en enero de 2002, presenta una historia muy diferente. Ésta asume que las armas nucleares ofensivas estratégicas en un número mucho más grande que de 1,700 a 2,200 serán parte de las fuerzas militares de EEUU por las siguientes décadas. Aunque el número de cabezas nucleares desplazadas será reducido a 3,800 en 2007 y a entre 1,700 y 2,200 hacia 2012, las cabezas nucleares y muchos de los vehículos de lanzamiento que serán retirados de desplazamiento serán mantenidos en una reserva "sensible" desde la cual podrían ser llevados de nuevo a la fuerza operacionalmente desplazada. La Revisión de la Postura Nuclear recibió poca atención de los medios, pero su énfasis en las armas nucleares ofensivas estratégicas merece un vigoroso escrutinio público. Aunque cualquier reducción propuesta es bienvenida, es dudoso que los supervivientes -- si queda alguno -- de un intercambio de 3,200 cabezas nucleares (el número proyectado para EEUU y Rusia para 2012), con un poder destructivo aproximadamente 65,000 veces el de la bomba de Hiroshima, pudieran detectar una diferencia entre los efectos de tal intercambio y otro que resultaría del lanzamiento de las fuerzas actuales de EEUU y de Rusia, que totalizan cerca de 12,000 cabezas nucleares.

Además de proyectar el desplazamiento operativo de grandes números de armas nucleares estratégicas hasta un futuro lejano, la administración de Bush está planeando una serie extensiva y costosa de programas para sostener y modernizar la fuerza nuclear existente y para comenzar estudios sobre nuevos vehículos de lanzamiento y sobre nuevas cabezas nucleares para todas las plataformas de lanzamiento. Algunos miembros de la administración han hecho un llamado para desarrollar nuevas armas nucleares que podrían usarse para destrozar búnkeres y refugios subterráneos (como los que Saddam Hussein usó en Bagdad). Se necesitaría construir nuevas instalaciones para los materiales fisibles para apoyar esta expandida fuerza. Los planes incluyen integrar la defensa misilera balística nacional con la nueva tríada de arma ofensivas para ampliar la capacidad nacional de usar sus "fuerzas de proyección del poder" por medio del mejoramiento de nuestra habilidad de contraatacar al enemigo. La administración de Bush también anunció que no tiene intención de pedirle al congreso que ratifique el Tratado Comprensivo de Prohibición de Pruebas (CTBT) y, aunque no se ha tomado ninguna decisión de probar armas nucleares, la administración ha ordenado a los laboratorios nacionales comenzar investigaciones sobre nuevos diseños de armas nucleares y preparar los sitios subterráneos de prueba para pruebas nucleares situados en Nevada, si es necesario en el futuro. Claramente, la administración de Bush asume que las armas nucleares serán parte de las fuerzas militares de EEUU por lo menos en las siguientes décadas.

La participación de buena fe en la negociación internacional para el desarme nuclear -- incluyendo la participación en el CTBT -- es una obligación legal y política para todas las partes del Tratado de No Proliferación que entró en vigencia en 1970 y fue extendido indefinidamente en 1995. El programa nuclear de la administración de Bush, junto con su rechazo a ratificar el CTBT, serán vistos por muchas naciones como un equivalente a una rotura del pacto por parte de EEUU. Esto dice a las naciones con armas no nucleares: "Nosotros, con la fuerza militar convencional más poderosa del mundo, necesitamos armas nucleares por perpetuidad, pero a ustedes, que enfrentan a oponentes potencialmente bien armados, nunca se les permitirá tener ni una sola arma nuclear".

Si Estados Unidos continúa con su actual posición actual, con el tiempo con toda seguridad se vendrá una substancial proliferación de armas nucleares. Algunas, o todas, de las naciones tales como Egipto, Japón, Arabia Saudita, Siria y Taiwan, con mucha probabilidad iniciarán programas de armas nucleares, incrementando tanto el riesgo del uso de las armas nucleares y el desvío de armas y materiales fisibles hacia las manos de estados transgresores o de terroristas. Los diplomáticos y la agencias de inteligencia creen que Osama bin Laden ha hecho varios intentos de adquirir armas nucleares o materiales fisibles. Se ha informado ampliamente que el Sultán Bashiruddin Mahmood, anterior director del complejo del reactor nuclear de Paquistán, se encontró con bin Laden varias veces. Si al Qaeda fuera a adquirir materiales fisibles, especialmente uranio enriquecido, su habilidad de producir armas nucleares sería grande. El conocimiento de cómo construir un simple artefacto nuclear como el que dejamos caer sobre Hiroshima está ahora difundido. Los expertos tienen pocas dudas de que los terroristas podrían construir tal artefacto primitivo si obtuvieran el requerido uranio enriquecido. En efecto, justo el último verano, en un encuentro de la Academia Nacional de las Ciencias, el anterior secretario de defensa William J. Perry dijo "Nunca he tenido más temor de una detonación nuclear que ahora… Hay una probabilidad de más de 50 por ciento de un ataque nuclear a objetivos en EEUU dentro de una década". Comparto sus temores.


Un momento de decisiones

Estamos en un momento crítico de la historia humana, quizá no tan dramático como el de la Crisis Cubana de los Misiles, aunque en un momento no menos crucial. Ni la administración de Bush, ni el Congreso ni el pueblo estadounidense ni el de otras naciones han debatido los méritos de políticas alternativas de armas nucleares de largo alcance para sus países o para el mundo. Ellos no han examinado la utilidad militar de las armas; el riesgo de su uso inadvertido o accidental; las consideraciones morales o legales relativas al uso o a la amenaza de uso de las armas; o el impacto de las políticas actuales de proliferación. Tales debates debieron hacerse hace mucho. Si ellos se llevan a cabo, creo que concluirán, como hemos concluido yo y un creciente número de líderes militares de alto rango, políticos y civiles expertos en seguridad: debemos movernos pronto en la dirección de la eliminación --o casi eliminación -- de todas las armas nucleares. Para muchos, existe la tentación de aferrarse a las estrategias de los pasados 40 años, aunque hacer esto sería un serio error conducente a riesgos inaceptables para todas las naciones.

 
Robert S. McNamara fue secretario de defensa de Estados Unidos de 1961 a 1968 y presidente del Banco Mundial de 1968 a 1981.