Desde la otra esquina: Traducciones y comentarios
por Alberto Loza Nehmad
 
Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de enriquecer los puntos de vista cotidianos, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones -- de reseñas de libros, artículos, entrevistas -- y comentarios que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos
 
 
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Las mandíbulas de Hitler
por Neal Ascherson
 
Publicado originalmente como "Hitler's Teeth"
London Review of Books, Vol. 14, No. 32, 28 de Noviembre de 2002
Traducción de Alberto Loza Nehmad
<albertoloza@librosperuanos.com>
 

Libro reseñado:

Antony Beevor, Berlin, the Downfall, 1945
Viking, 490 pp.

 
A principios de este año [2002] el Museo Histórico de Estocolmo albergó una memorable exposición de la artista Hanna Sjöberg. Ella le puso el nombre de Se hará una limpieza cabal (una frase de Churchill en los tiempos de la segunda guerra mundial, refiriéndose al destino de Alemania). Sjöberg había estado previamente en el lugar donde antes había estado situada la antigua ciudad fortificada prusiana de Küstrin, sobre el Oder. Cuando hace unos pocos años ella visitó la ciudad, sin embargo, el viejo centro de la ciudad aún era inhabitable: un desolado espacio de cascotes y cráteres de bombas donde crecía la maleza. Entre febrero y abril de 1945 la batalla de Küstrin había llegado a ser tan feroz -- como una de las "ciudades fortalezas", se levantaba directamente sobre el camino de la ofensiva soviética final contra Berlín -- que ni siquiera los diligentes polacos la habían reconstruido. Sjöberg hizo su exposición con los objetos desparramados que recogió en ese lugar lugar, como si ella hubiese estado merodeando por un sitio arqueológico de una colonia griega sobre el Mar Negro: fragmentos de tazas de café, cucharas corroídas, una inscripción que debió haber estado puesta en una oficina de turismo. La exposición hablaba de gente que debió haber sido "como nosotros", y al mismo tiempo insistía en ese negro golfo del tiempo y del cambio que hace del pasado algo inasible.
El escritor y periodista Charles Neal Ascherson (Edinburgo, 1931- ) reseña un libro de Antony Beevor sobre la caída de Berlín (2002). Ascherson es uno de los más reputados expertos británicos en temas de Europa Oriental y Central. Se graduó en la Universidad de Cambridge donde tuvo como maestro a Eric Hobsbawm, quien lo describió como "quizá el estudiante más brillante que he tenido. En realidad no le enseñé mucho, solamente dejé que avanzara solo". Se graduó con los altos honores conocidos como "Triple-starred First", una distinción excepcionalmente otorgada. Rehusó entrar al mundo académico y prefirió dedicarse al periodismo.

Berlín misma es la única ciudad que conozco que genera esos golfos en su propia historia. Stalin dijo que "los Hitler aparecen y desaparecen, pero Alemania y el pueblo alemán permanecen". Sin embargo, Berlín también aparece y desaparece. Hacia 1969, quienes conocieron la ciudad de antes de 1939 no podían hallar el camino a sus viejas casas. Hacia 1999, aquellos que -- como yo -- habían viajado casi diariamente cruzando el Muro durante los años sesenta, se hallaban perdidos en medio de bosques de vidrio y torres de acero. Siempre había tratado de conectar la tranquila ciudad que conocí -- el ruinoso y vacío Reichstag, los árboles que crecían entre las cúpulas de las iglesias del Gendarmenmarket -- con la moribunda ciudad del Reich del milenio: esa frenética metrópolis en la que los diplomáticos aún se apresuraban recorriendo la Wilhelmstrasse para asistir a reuniones informativas y donde la Cancillería del Reich aún emitía órdenes cuando las primeras bombas soviéticas caían sobre la ciudad. Ese apocalíptico lugar parecía tan muerto y remoto como Küstrin.

Antony Beevor no puede hacer volver a la vida a esa Berlín, pero ha construido un increíble diorama de cómo era ella en esos meses entre el cruce soviético del Vístula de enero de 1945 y el silencio que se abatió sobre la arruinada Berlín casi seis meses después. Los lectores del anterior libro de Beevor, Stalingrad, podrán hacer comparaciones y quizá ellos encuentren ese libro al mismo tiempo como una mirada más extensa aunque a la vez menos satisfactoria. La limitación de Stalingrado es su sorprendente y deliberada ausencia de contexto histórico; ese libro consiste en la recreación cercana de una gran batalla cuyos preludio, resultados, política, antecedentes históricos, causas y consecuencias fueron todos dejados al margen por el autor. Por

supuesto, ese era también el punto fuerte del libro. Las batallas tienen causas y consecuencias, y conducen a sutiles reflexiones cuando años después son vueltas a considerar. Nada de eso, sin embargo, es accesible para quienes tomaron parte en ellas. Ellos y sus camaradas -- y sus enemigos -- están sellados en una experiencia que no tiene contexto ni comparación, un presente compuesto de bromas, terror, reacciones entrenadas, órdenes demenciales desde arriba, fatiga extrema, el sabor del té recalentado, el sonido de los morteros que se aproximan. Stalingrad era, en ese sentido, un libro sobre la batalla del soldado.


Berlín no podría ser así. Es la historia del colosal conflicto final ente la Unión Soviética y la Alemania de Hitler, terminando todo con el huracán que sufrió Berlín. Como tal, el libro no podría reducirse a la historia de una batalla o incluso a la de varias batallas u ofensivas. Sin embargo, delimitar la política de esos meses habría sido absurdo, dado que los argumentos del Comando Conjunto soviético acerca de cómo, cuándo y si convenía ir a Berlín fueron enteramente políticos. Beevor, además, sabía desde el inicio que él iría a escribir no solo acerca de la colisión entre varios ejércitos sino acerca de una catástrofe humana que conmocionó a la población de Europa Central con la fuerza de un gigantesco cometa. La concepción entera y los colores de la cultura europea cambiaron por completo; la política fue transformada por medio siglo, las fronteras se evaporaron, naciones enteras fueron arrojadas a cientos de kilómetros en ambas direcciones, ciudades que habían perdurado por siglos se redujeron a cenizas; doce millones de alemanes se convirtieron en fugitivos sin hogar.

El libro de Beevor recorre dos temas: el cercano detalle del combate (con sus condecorados protagonistas) y también el destino de la población alemana en los territorios conquistados y en la misma Berlín. El segundo tema es el que hace de éste un libro sensacional, sobre todo en Alemania. Esto se debe a que trata minuciosamente sobre la violación en masa de las mujeres alemanas por el Ejército Rojo. Una antigua estimación hecha por los hospitales berlineses eleva el número a cerca de 100,000 mujeres, con un número aproximado de diez mil muertes, en su mayor parte por suicidio. Esa cifra se refería presumiblemente a la Berlín Metropolitana. No obstante, Beevor acepta que "en total por lo menos dos millones de mujeres alemanas" fueron violadas, "una substancial minoría fue violada por soldados en pandilla". Como siempre sucede con las revelaciones acerca del pasado alemán, muchos ya habían tratado este tema sin haber provocado muchas reacciones. Hay memorias y diarios publicados, y el tema es siempre accesible en las conversaciones berlinesas. Tuvo que producirse un programa de TV norteamericano para que finalmente los alemanes respondieran con admisiones lacrimosas acerca del Holocausto judío. De manera muy parecida, la historia de Beevor, probablemente porque vino del extranjero, liberó una nueva disposición a confrontar el tema de la violación.

Menos notado fue el hecho de que Beevor se esforzara en organizar en fases la historia de las violaciones, y que se aventurara por un estrecho sendero en medio de la oscuridad de las explicaciones. Correctamente, pienso, desecha la idea de que la propaganda soviética incitando al odio y que los versos vengativos de Ilya Ehrenburg tuvieran mucho que ver con esto. El odio ya existía, y Beevor lo ve expresado en las horribles atrocidades cometidas en las primeras villas prusianas del este alcanzadas por las tropas soviéticas tras cruzar la frontera alemana. En esas poblaciones la violación por pandillas de soldados fue acompañada de mutilaciones y asesinatos; las mujeres desnudas y crucificadas encontradas por las fuerzas alemanas de contraataque fueron filmadas por los nazis y endurecieron las ganas de continuar la lucha en las filas alemanas. A medida que la guerra avanzaba, sin embargo, Beever identifica una segunda fase: el sadismo se hizo cada vez más raro y los soldados simplemente se procuraron mujeres alemanas con un mínimo de fuerza casual, como si estuvieran robándose una botella de coñac o tomando la bicicleta de un civil. Entonces el violador (Frau, Komm! - Mujer, ven) podía ofrecer impredeciblemente a su víctima un obsequio o un trozo de salchicha. Una tercera fase, en los lugares ocupados donde todo el sistema de suministros se había disuelto, reemplazó la necesidad de armas y violencia con las necesidades de mujeres hambrientas que ofrecían sus cuerpos por comida. En una cuarta etapa, según Beevor, las mujeres mismas estuvieron en capacidad de mantener vivas a sus familias y aseguradas contra más violaciones por medio de acuerdos para convertirse en "esposas de territorio ocupado" con soldados u oficiales individuales.

Toda esta información estaba disponible para cualquiera que quisiera ir a buscarla, pero se desalentaba ese esfuerzo. Incluso cuando el estalinismo era abominable ¿quién quería manchar la reputación de los simples soldados rusos que habían salvado a Europa de Hitler? No obstante, desde la resurgencia de la violación en pandilla perpetrada por las tropas irregulares en Bosnia, las actitudes han cambiado. El mundo admite ahora lo que los soldados profesionales conocían desde los tiempos romanos: los hombres armados tienen una fuerte inclinación a violar a las mujeres "enemigas", y el mundo quiere saber por qué.

Beevor sugiere que es algo que tiene que ver con el instinto masculino de desperdigar las semillas tan ampliamente como sea posible. Si esto es verdad, no ayuda mucho. Beevor afina su puntería cuando hace una referencia a la "creación de lazos afectivos": la violación en pandilla por los militares puede ser una suerte de reconfortante juramento-ritual entre hombres asustados por lo que ya han hecho anteriormente. Mis ideas al respecto (en la fase dos de Beevor) es menos esotérico: los soldados violan buscando tener sexo. Los hombres asustados se abren camino violentamente a un lugar que, por unos breves momentos, pueden ellos pretender que es el lugar donde son amados y protegidos.

Pero los soldados disciplinados no deberían violar. Viviendo bajo la segunda peor tiranía sobre el planeta, arrojados a paladas por sus encallecidos comandantes dentro del horno como si fueran toneladas de carbón, sujetos al arresto instantáneo y a la ejecución por la NKVD y las fuerzas de seguridad Smersh que iban detrás de la primera línea, estos soldados podían ser todo menos personas intimidadas (cualquiera que haya encontrado tropas estadounidenses y soviéticas en servicio activo recordará que, paradójicamente, los hombres del Ejército Rojo eran de lejos más individualistas y espontáneos en su comportamiento). Ellos podían ser suicidamente valientes, pero eran instintivamente desobedientes y elaboraban sus propios juicios acerca de cuáles ordenes debían tomar con seriedad. Ser muertos a tiros por violación o por saqueo era un riesgo muy propio de ellos. Tras capturar una posición alemana buscaban relojes de pulsera ("Uri! Uri!") tan rápidamente como armas. Cualquier cosa portátil -- herramientas, cuero cortado de un sofá alemán, incluso vidrios de ventanas -- era marcada con tinta indeleble con un nombre y una dirección y enviada a Rusia. Estaban borrachos la mayor parte del tiempo. Sus columnas de transporte parecían caravanas de circo. Primo Levi, después de la victoria, vio algunos camellos halando amarillos buses de Berlín cruzando la estepa de los Urales rumbo a Asia.

Y con todo, ¡qué soldados! El viejo proverbio ruso -- si llegas a un río, crúzalo y haz las preguntas después -- aún se mantenía en pie. Pequeñas unidades del ejército cruzaban corriendo por sobre el hielo del Oder sin apoyo de la artillería, para tomar y controlar cruciales cabezas de puente sobre la rivera occidental. Gran parte de las tropas del mariscal Konev cruzaron el Neisse bajo fuego, nadando o vadeando sosteniendo sus rifles por sobre sus cabezas. Al llegar al Spree, el general Rybalko condujo sus tanques por el agua sin esperar a que llegaran los suministros para establecer un puente. Y cuando venían los contragolpes -- los tanques Tigre de las SS apareciendo de pronto por medio de los pinos y por sobre las trincheras rusas -- esos hombres morían en su puesto.

Esta es la historia de dos grandes ofensivas y un final. Como aún recuerda el mundo, el Ejército Rojo se detuvo ante el Vístula en el otoño (norte) de 1944, con el fin de permitir a los Nazis aplastar el Levantamiento de Varsovia, pero también para acumular fuerzas para la última fase de la guerra. Cuando en enero de 1945 la línea del Vístula fue atacada, había no menos de 6.7 millones de hombres de las fuerzas soviéticas situadas entre el Báltico y el Adriático. Frente al Reich, el centro estaba dirigido por el mariscal Zhukov y su Primer Frente Bielorruso, con el general Rokossovsky y el Segundo Frente Bielorruso a su derecha dirigiéndose a Prusia Oriental, y el Primer Frente Ukraniano del mariscal Konev a su izquierda avanzando hacia Silesia. Zhukov era el hombre que Stalin consideraba como el más experimentado, Konev era el general que le gustaba más debido a su inclemencia y su celeridad; Rokossovsky era de quien más desconfiaba debido a su ancestro polaco.

Cuando se rompió el frente alemán del Vístula, las fuerzas soviéticas se volcaron hacia el oeste y algunas unidades alcanzaron el Oder -- el último obstáculo natural antes de Berlín -- en tres semanas. No obstante, solo el 16 de abril, mucho de dos meses después, Zhukov lanzó su gigantesca ofensiva a través del río internándose más allá de las Alturas de Seelow. A inicios de febrero algunos de los comandantes soviéticos creyeron que no había muchos obstáculos que les evitaran cruzar el Oder en camino hacia Berlín, situada a menos de noventa kilómetros más allá. Dado el caos de la retirada alemana, probablemente estaban en lo cierto. No obstante, Stalin quería no solo llegar a Berlín. Él quería rodearla, lo que significaba hacer cruzar el río a sus tropas principales y hacerlas ingresar profundamente en Alemania central. Sin duda esperaba ser quien capturara a Hitler y a sus secuaces; sin duda -- como sostiene Beevor -- buscaba el óxido de uranio almacenado en el instituto nuclear de Berlín occidental; pero, por sobre todo él comprendía que Berlín, conquistada por medio de una batalla con el Ejército Rojo, sería la piedra angular del arco triunfal del poder soviético sobre Europa central. Los otros aliados tendrían que tomar sus sectores de Berlín en su debido momento, pero Stalin quería estar masiva e invenciblemente en posesión de la ciudad antes que los estadounidenses o los británicos pudiesen llegar. Esta es la razón de por qué mintió, tan a menudo y tan desvergonzadamente, a los emisarios aliados acerca de los objetivos de la ofensiva del Oder. Berlín ya no tenía importancia, decía, y sus fuerzas se dirigirían hacia el suroeste, hacia Dresden.

Eisenhower le creía, o por lo menos no tenía tiempo para las consecuencias de no creerle. Montgomery y Churchill sabían bien qué buscaba Stalin, pero no tenían la capacidad de tomar las decisiones. El 15 de abril, el general William H. Stimpson del Noveno Ejército de EEUU fue conducido por avión de regreso desde el frente del Elba para encontrarse con el general Omar Bradley en Wiesbadem. Los rusos aún estaban en la rivera oriental del Oder, la ofensiva de las Alturas de Seelow no comenzó sino hasta el siguiente día. Simpson, por otro lado, efectivamente había cruzado el Elba y visto no más de noventa kilómetros de autopista entre sus tanques de vanguardia y Berlín. Bradley le pasó las "órdenes de Ike [Einsenhower]": tenía que detenerse. Simpson estaba "aturdido".

No debería dársele muchas vueltas a esto. La noción de que los aliados podrían haber alcanzado Berlín primero y cambiado la historia de Europa es fantasía; las zonas y los sectores de la Alemania y Berlín ocupadas ya habían sido demarcadas y acordadas por los aliados. A la siguiente mañana, Zhukov desató su enorme ofensiva a través del Oder contra las principales formaciones supervivientes de la Wehrmacht y las SS, apoyadas por una muchedumbre de niños y adolescentes de las Juventudes Hitlerianas y civiles conscriptos de la Volksturm. Los alemanes, sin embargo, lucharon inteligente y tercamente. Zhukov cometió impresionantes errores tácticos que costaron la vida de miles de soldados rusos, y la Batalla de Seelow, que se suponía iba a tomar solo un día, duró tres. A medida que los tres Frentes convergían en Berlín desde el norte, el este y el sur, las rivalidades entre los mariscales y el puro y simple desorden retardaron el avance. En un secreto despacho de inteligencia enviado a Stalin el 25 de abril, Serov de la NKVD informaba que Berlín ya carecía de "defensas permanentes serias" y de que el Volksturm no pelearía. Sin embargo, pasó otra quincena antes de que las tropas soviéticas izaran la bandera roja sobre el Reichstag y sobre la Cancillería del Reich -- una mujer lo hizo, la mayor Anna Nikulina del Noveno Cuerpo de Fusileros.

La confusión y el mal trabajo administrativo pueden haber retenido al Ejército Rojo, pero también lo hizo el enemigo. Al leer la historia que hace Beevor de la estructura del comando alemán, uno de los muchos que registra a un histérico Führer berreando órdenes sin sentido a sus generales, es difícil explicarse cómo unos ejércitos con tal liderazgo pudieran resistir. Sin embargo, en realidad las fuerzas que se enfrentaban al Ejército Rojo en esos meses finales lucharon dura y hábilmente hasta el mismo final. Mientras Heinrich Himmler pasaba como el comandante en jefe del Grupo del Ejército del Vístula alojado en un lujoso tren especial estacionado bastante lejos del frente, algunos de sus coroneles estremecían ejércitos enteros con ataques por los flancos expertamente organizados. Los comisarios nazis gritaban exigiendo una "resistencia fanática" y luego salían corriendo; los viejos sargentos y la oficialidad más joven permanecían con sus hombres hasta que no quedaba más que rendirse. Cuando se acabó el combustible y ya no había fuego de apoyo contra la aviación aliada, un puñado de tanques pesados continuaban causándole pesares a Zhukov en Berlín central el último día de la batalla.

Cómo así estos hombres se mantuvieron como una defensa efectiva en tales condiciones permanece siendo un enigma. A veces ellos simplemente luchaban por su vida, como en las temibles batallas de los bosques del sur de Berlín a medida que el Noveno Ejército intentaba quebrar las defensas alemanas del oeste y rendirse ante los americanos. En otras ocasiones, sin embargo, debieron haber estado excelentemente dirigidos. Posiblemente, algún día se escriba un libro en el que Hitler da algunas órdenes astutas y sus generales no siempre están en lo correcto. Ciertamente, esa no es la línea de Beevor. La primera parte de Berlín, especialmente, sigue la narración dejada por el general Guderian, quien aparece como la personificación de la valentía y el sentido común cuando se le enfrenta a un enloquecido Führer. Probablemente fue así, aunque todas las memorias de los generales nazis repiten la misma tonada y uno se pone a sospechar. Con todo, Stalin era ciertamente un mucho mejor Comandante Supremo para este momento de la guerra. Los hallazgos archivísticos de Beevor lo muestran muy conciente de la realidad estratégica, muy capaz de equilibrar los riesgos y las oportunidades y -- aquí se vuelve hasta agradable -- expertamente diestro en usar la tenacidad de Zhukov y la celeridad de Konev sin perder la confianza de ninguno de ellos.

Este libro es una narración, aunque también un enorme collage de detalles bien seleccionados. Algunos de ellos son sorprendentes. No me había percatado de que los defensores del último perímetro de Berlín, en los alrededores de la destruida cancillería y del búnker de Hitler, eran franceses. Ellos eran los supervivientes de la División Carlomagno de las Waffen-SS, un puñado de franceses fascistas endurecidos en la guerra que se enfrentaron a la fuerza total de dos ejércitos de tanques que convergían a una lucha sin esperanzas. Con ellos, en los remanentes de la División Nordland -- también Waffen-SS -- había jóvenes daneses y noruegos aún en posesión de unos cuantos tanques. Hitler y Goebbels habían muerto y la mayoría de las tropas alemanas se habían disuelto astutamente, pero los franceses continuaban combatiendo en las ruinas del cuartel general de la Gestapo. Fueron vistos por última vez combatiendo y muriendo en un vano intento de cubrir el escape de Martin Borman.

El triunfo del collage de Beevor son sus fuentes. Ha usado memorias impresas, pero también ha trabajado con cantidades de materiales manuscritos -- cartas de soldados enviadas a casa, informes de seguridad, diarios privados de oficiales -- provenientes de los archivos rusos. Dos historias personales sobresalen. La primera son los cuadernos del novelista Vasily Grossman, encontrados por Beevor en el Archivo Ruso Estatal para la Literatura. Un gran escritor avanzando con los ejércitos escribió detalladamente lo que veía y oía: pueblos en llamas colapsando bajo una soldadesca embriagada, muchachas violadas con rostros magullados a golpes, un poderoso general bromeando a medida que hace planes para el asalto de una ciudad, mil hombres comenzando una marcha hacia el cautiverio en Siberia mientras sus mujeres, "hermosas mujeres jóvenes, algunas de las cuales ríen intentando animar a sus esposos" caminan tras ellos.

La segunda fuente inolvidable es un "anónimo autor de un diario", una joven mujer alemana que escribió todos sus pensamientos así como sus experiencias. El bombardeo, la violación, la derrota y el hambre, todo eso cayó sobre ella, pero algo en su interior permaneció fresco y entretenido. Incluso antes de que cayera Berlín, ella notó cómo cambiaban los sentimientos de las mujeres hacia los hombres. "Nos dan lástima, ellos parecen tan patéticos y carentes de fortaleza... El dominante y masculino mundo nazi que glorificaba al hombre fuerte se tambalea y con él ese mito, el 'hombre'". Pronto los rusos llegaron a su calle, haciendo turnos para servirse en la cocina algunos, mientras otros la violaban en el dormitorio. Sin embargo, pronto ella y las mujeres de su alrededor se las arreglaron para fortalecerse con un humor sombrío; ellas notaron, por ejemplo, que los soldados preferían a las mujeres gordas y por tanto atrapaban primero a las bien alimentadas esposas nazis. Ella terminó siendo posesión de un educado mayor ruso: un acuerdo de sexo por alimentos. Y así, como ella había previsto, eran los hombres alemanes que retornaban quienes se venían abajo, balbuceando acerca de las "putas" cuando descubrían lo que las mujeres por entonces ya daban por sentado.

En lo que de otro modo sería una mala intencionada reseña de la revista Der Spiegel, el historiador Joachim Fest se queja de que Beevor carece de profundidad cuando intenta generalizar acerca de los sentimientos y las políticas alemanes de la posguerra: esta es una crítica justa, y las habilidades de Beevor también se le escapan cuando intenta mostrar una aguda visión de la psique de Hitler. La famosa última foto que lo muestra pellizcando la oreja de un niño del Volksturm no revela "la intensidad de un paidófilo reprimido" y la evidencia de que él "suprimía su lado homoerótico" no llega a mucho. Por otro lado, Beevor usa sus fuentes para ver mejor una muy conmovedora fotografía de Eva Braun, preparándose para el suicidio con su usual amabilidad y esmero. La nueva estola de zorro quedaría para la secretaria Traudl, las cuentas de la costurera debían ser quemadas; su hermana podría retirar el descompuesto reloj de diamantes de las SS, donde habían encontrado un prisionero que lo reparara...

Hacia el final, el libro resume el rarísimo destino del cadáver de Hitler. Nunca hubo ningún misterio acerca de su descubrimiento, aunque es típico de Stalin el haber pretendido que sí lo hubo de modo que mantuvo al mariscal Zhukov en la ignorancia. Un equipo Smersh de contrainteligencia sacó escondidos los restos del jardín de la cancillería y en 24 horas hizo una identificación positiva basándose en los informes del asistente de un dentista. A Yelena Rzhevskaya, una joven oficial de inteligencia que tenía un buen sentido del humor, se le encargaron las mandíbulas de Hitler -- superior e inferior -- en una barata caja de joyería forrada de satín rojo. Como se le dijo que la matarían si las perdía, ella aún sostenía la caja con una mano incluso cuando servía los tragos para la fiesta de la victoria organizada por Smersh unas pocas noches después. Las mandíbulas permanecieron con Smersh, mientras la NKVD retuvo el cráneo. Ambas reliquias han aparecido en los antiguos archivos soviéticos. Un Hitler decapitado fue escondido bajo una pista de desfile soviética en Magdeburg, hasta que fue desenterrado en secreto, cremado y arrojado por un inodoro hacia el desagüe en 1970.

Al final, los lectores de Antony Beevor reaccionarán como los visitantes que aprecian todos los grandes dioramas (Sevastopol, Waterloo); ellos desviarán la mirada de los lejanos horizontes para mirar de nuevo los combates a tan solo unos metros de ellos. Recordaré siempre su evocación del amanecer del 16 de abril de 1945, en la Reitwein Spur. El entero Primer Frente Bielorruso estaba por lanzar su última ofensiva de la guerra europea contra las Alturas de Seelow. El mismo Zhukov se había acercado al puesto de comando del general Chuikov, por encima del brumoso valle del Oder. En la oscuridad que se extendía por debajo se escuchaba el sonido metálico de las ollas a medida que despertaban los hombres en las trincheras para recibir sopa caliente. Los generales podían oler la sopa y escuchar el zumbido de los teléfonos de campaña a medida que cada unidad se contactaba con sus posiciones de avanzada y sus observadores de artillería. Una joven mujer llamada Margo servía el café de los comandantes. Ellos treparon al camuflado punto de observación faltando tres minutos para las cinco. A las cinco en punto nueve mil piezas de artillería abrieron fuego. Media hora después, Zhukov encendía 143 reflectores para cegar a los defensores alemanes y ordenaba que el ataque volviera a comenzar.

Casi 80,000 soldados rusos no regresaron de la derrota de Berlín. Tantos años después de la guerra y de la Guerra Fría aún continúan ocupando el suelo alemán. Muchos de estos esqueletos tienen los restos de un pedazo de papel doblado en el bolsillo del pecho a modo de un talismán contra la muerte. Este trozo de papel lleva un poema de Konstantin Simonov que hasta hoy conocen todos los rusos:

Espérame y volveré
Solo tú y yo sabremos
Cómo superviví: es solamente que tú sabías, mejor que nadie,
Cómo esperar