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Alberto Loza Nehmad
Alberto Loza Nehmad

Desde la otra esquina:
Traducciones de artículos, entrevistas, etc.

¿Podemos escapar del tiempo?: historia de un subgénero de la ciencia ficción
Por John Lanchester
 
Originalmente publicado como “Can We Escape from Time?”, The New York Review of Books, 24 de noviembre de 2016 (www.nybooks.com/articles/2016/11/24/can-we-escape-from-time-james-gleick/). Traducido por Alberto Loza Nehmad.
 
Reseña del libro de James Gleick, Time Travel: A History (Pantheon, 336 pp.). 
 
 
Gracias a Joseph Campbell y sus muchos acólitos en el mundo de las clases sobre cómo hacer guiones y los cursos de análisis de la historia, nos hemos acostumbrado a la idea de que las historias están basadas, no solo en arquetipos, sino en un arquetipo específico. Este es conocido como “el viaje del héroe” o el “monomito”: un héroe emprende una búsqueda cruzando una tierra extraña llena de magia y peligros, y retorna transformado y victorioso. El monomito ha ejercido una fuerza grande en el mundo de Hollywood.
 
Demasiada, quizá. A veces pareciera que la cultura hubiera olvidado que mientras los arquetipos narrativos son poderosos, parte del asunto de contar historias es inventar criaturas y personajes que sean nuevos. Podremos estar por demás hartos de historias de vampiros, zombis, escuelas de magos y detective omniscientes emocionalmente perturbados, pero el hecho es que cuando los lectores las conocieron, las invenciones de Bram Stoker, George Romero, Ursula K. LeGuin y Arthur Conan Doyle eran emocionantes, extrañas y atrevidamente originales.
 
Ahora se desarrolla placer en conocer en los imaginativos mundos que se construyen alrededor de las diferentes versiones de los seres imaginarios; sus tradiciones recibidas, tan similares a los mitos de la antigüedad, que acumulan y enriquecen sus mundos de ficción. Es divertido comparar al Drácula de Stoker con los vampiros de Anne Rice, al Nosferatu de Max Schreck con el Edward Cyllen de Robert Pattinson; y es entretenido preguntarse quién inventó eso de que los vampiros son invisibles ante los espejos (Stoker), que son sensibles al ajo y los crucifijos (no Stoker), o que son incapaces de cruzar el dintel de una casa a menos que sean invitados (de nuevo, no Stoker).
 
Los extendidos mundos de las franquicias de Marvel y DC Comics son una despiadada manera comercializada de experimentar ese mismo placer. Un perspicaz consumidor de la actual cultura de masas tiene muchas oportunidades de solazarse en el sentimiento de echarse a remojar en un canon imaginativo (mi hijo de 14 años y sus amigos usan la palabra “canon” más frecuentemente que los doctores en literatura). De lo que no tenemos bastante, sin embargo, es de lo verdaderamente nuevo. ¡Más historias nuevas! Dennos más cosas que sean tan sexys, impredecibles y nuevas como el primer vampiro, el primer hombre lobo. ¿Es demasiado pedir?
 
El iluminador y entretenido libro Time Travel de James Gleick trata de una de estas —alguna vez— nuevas historias. Nos hemos acostumbrado mucho a la idea del viaje en el tiempo, tal como es explorado y explotado en tantas películas, series de TV y tanta ficción. Aunque se siente como si hubiera estado presente siempre, no es un arquetipo antiguo sino un mito recién nacido, creado por H.G. Wells en su novela de 1895, La máquina del tiempo. Para decirlo de otro modo, el viaje en el tiempo es dos años mayor que Drácula, y ocho más joven que Sherlock Holmes. El mismo término, “viaje en el tiempo”, es derivado del no nombrado personaje principal de la historia, a quien Wells llama “el Viajero del Tiempo”. La nueva idea prendió tan rápidamente que ya aparecía en el Diccionario Oxford en 1914.
 
Wells es descrito por Gleick como “un hombre completamente moderno, que creía en el socialismo, el amor libre y las bicicletas”. Era un pensador serio a su modo, enérgico y tosco, pero la invención de la máquina del tiempo no fue una de sus concepciones filosóficas profundas. Era más bien un artefacto narrativo para una historia con dos puntos claves, uno de ellos político filosófico, y el otro, imaginativo. Su principal punto de argumentación viene cuando Wells viaja al futuro distante y encuentra que la humanidad ha evolucionado en dos especies diferentes, los Morlock, más salvajes, habitantes subterráneos, y los Eloi, pálidos, amanerados, habitantes de la superficie. Esto, sugiere Wells, es lo que podría suceder si las tendencias actuales hacia la desigualdad continúan sin control.
 
Este era un argumento que valía la pena hacer en 1895, y que vale la pena recordar hoy, pero no es lo que la mayoría de lectores de La máquina del tiempo recuerda. Más bien, como señala Gleick, los recuerdos que quedan de la historia provienen de la jornada que el Viajero hace hacia los días finales de la Tierra, la quietud oscura y fría del planeta moribundo mientras circula al moribundo sol. Es la inolvidable visión del ateo acerca de lo absoluto de la muerte.
 
La máquina del tiempo, toda la idea del viaje en el tiempo, era tan solo un medio de hacer que la historia fuera hacia donde Wells quería. Él consiguió el impresionante logro de decir adiós con la mano y de confundir direcciones al introducir la chapucera ciencia de su invención. Alfred Jarry, quien rápidamente se enganchó a la idea del viaje en el tiempo para su Comentario para que sirva en la construcción práctica de una máquina para explorar el tiempo, alabó la “admirable sangre fría” de la ciencia de cocina de Wells:
 
“¿Puede existir un cubo instantáneo?
“No te sigo”, dijo Filby [el infaltable hombre recto y cumplido]
“¿Puede un tubo, que no dura nada, tener una existencia real?”
Filby se puso pensativo. “Claro”, prosiguió el Viajero del Tiempo, “cualquier cuerpo real debe tener extensión en cuatro direcciones: debe tener Longitud, Anchura, Grosor y, Duración”. 
 
Es esta cuarta dimensión la que ha demostrado ser crucial para la viral cualidad de la idea de viajar en el tiempo. Wells estaba en algo. Los victorianos ya habían estado pensando en las cualidades matemáticas de las dimensiones extras, pero con los descubrimientos de Einstein, publicados por primera vez en 1905, una nueva concepción del tiempo se hizo central para la física contemporánea. Wells no solamente tocó un tema clave, sino que accidentalmente dio con uno de los principios fundamentales de la ciencia moderna. “No hay diferencia entre el Tiempo y cualquiera de las tres dimensiones del Espacio, excepto que nuestra conciencia se mueve a lo largo de él”, dice el Viajero. Esto resultó siendo, asombrosa y contraintuitivamente, verdadero. “Sorprendentemente muy pronto esta noción se hizo parte de la ortodoxia de la física teórica”, dice Gleick.
 
El viaje en el tiempo ha sido objeto de fascinación desde entonces, y una de las razones debe ser, con toda seguridad, que la fantasía de Wells resultó rimar tan sorprendentemente  con la física nueva. Una de las pocas personas que se resistió a infatuarse con la nueva idea fue el mimo Wells. Él sabía perfectamente bien que viajar por el tiempo es imposible, y la creciente popularidad de esta idea lo irritaba. “El efecto de realidad se produce fácilmente”, dijo. “Uno mueve uno o dos artefactos inesperados, y se hace el truco. Es un truco”.
 
Debemos ser precisos acerca de lo que Wells inventó. Otros escritores habían desplazado a sus personajes de ficción a lo largo del tiempo, El Rip Van Winkle de Washington Irving cayó dormido y despertó veinte años después; el Yankee de Connecticut de Mark Twain recibió un golpe en la cabeza a fines del siglo 19 y despertó en la corte del rey Arturo (“‘¿Bridgeport?’, dije, señalando con el dedo. ‘Camelot’, dijo él”). En Looking Backward, de Edward Bellamy, el personaje principal toma una siesta de 113 años y despierta en 2000; en 1892, el escocés y jugador de golf J. McCullough —su primer nombre nunca más recordado— publicó Golf in the Year 2000; or, What Are We Coming To. Gleick, que lo ha leído, de modo que ya no tenemos que hacerlo, informa que, “en el año 2000 las mujeres visten como hombres y hacen todos el trabajo, mientras los hombres están libres para jugar golf todos los días”. Sin comentarios. Lo crucial de estos viajes en el tiempo es que son inadvertidos. El héroe (siempre un hombre) no tiene control de sus acciones. El Viajero de Wells era diferente porque él construye, a propósito, una máquina para viajar por el tiempo. En la historia de Wells, la humanidad había conquistado el tiempo mediante el ingenio. Eso era lo nuevo.
 
El viaje por el tiempo se convirtió en un tema popular de especulación y de narrativa casi inmediatamente. Era parte vital de un nuevo género, “scientifiction”, como fue llamado inicialmente por Hugo Gernsback, el fundador-editor de Amazing Stories, en abril de 1926. Gernsback era un “inventor que se había hecho a sí mismo, un empresario”, dice Gleick, y un poco más que un estafador, sacando patentes de aquí, de allá, de más allá, entrecerrando un ojo tras un monóculo para ver la lista de los vinos en restaurantes de lujo al tiempo que ponía al otro ojo de campana, para ponerle en aviso sobre acreedores airados. Era un enorme aficionado del futuro: un entusiasmo que, de vez en cuando, tenía un significativo entusiasmo por las mentiras. Fue esta futurofilia, más que nada, lo que lo llevó a crear esta nueva revista. Cientifiction pronto se convirtió en science fiction, y la revista (la cual Gernaback perdió en una de sus bancarrotas) se convirtió en el más duradero de sus muchos inventos y apropiaciones.
 
No se piensa de Kingsley Amis como un escritor del género, aunque escribió una de las mejores novelas contrafácticas, The Alteration (1976) y era un serio entusiasta y estudioso de la ciencia ficción. Él observó:
 
Aunque, en 1930, muy probablemente eras un chiflado o un improvisado si escribías ciencia ficción, hacia 1940 ya eras un joven normal con una carrera en ciernes, eras miembro de la primera generación que había crecido con ese género ya en existencia.
 
Amazing Stories fue una de las principales razones, si no la principal, para ese cambio.
 
Fue una revista competidora en el nuevo género, Astounding Science Fiction, la que publicó el cuento de 1941 que, después de la original historia de Wells, ejerció la mayor influencia enla formación de nuestra fascinación por los viajes en el tiempo. “By His Bootstraps” fue el cuento de Robert Heinlein, de treinta y cuatro años, un hombre que ejemplificaba perfectamente el argumento de Amis acerca del momento oportuno: escribió su primera historia breve para un concurso en la misma revista en 1939; dos años después, ya había publicado veinte cuentos y novelas cortas y era un escritor profesional de ciencia ficción.
 
“By His Bootstraps” originalmente se tituló “Bob’s Busy Day”, y contaba la historia de un personaje, Bob, sentado pensando en sus propios asuntos cuando un hombre, que se le parece mucho, aparece detrás de él a través de un agujero en el aire. Él explica que este es un “Portal del Tiempo”, e invita a Bob a unírsele en el otro lado. Luego, un tercer hombre, con un parecido muy distintivo con los primeros dos, aparece y le dice que no lo haga. Entonces, un cuarto hombre llama para preguntar qué sucede con —ya adivinaste— los varios Bob. Esta fue la primera historia que mostraba al mismo personaje apareciendo en múltiples líneas temporales, y en emprender la narrativa correspondiente y con los juegos mentales filosóficos, las paradojas, los callejones sin salida y bromas peculiares.
 
El cuento de Heinlein es una gran tontería, y también una gran diversión. Le dio nacimiento a una forma de ficción y de película que aún está con nosotros, en gran manera, bajo la forma de Marty McFly (Volver al futuro), Doctor Who y varias encarnaciones de Terminator, Bill y Ted de la Excellent Adventure and Bogus Journey, la tripulación de la nave espacial Enterprise, los X-Men de Marvel, los enanos de Time Bandits, los principales personajes de las series de TV Outlander, Quantum Leap y Futurama, así como muchas, muchas otras. La mayoría de estas historias tratan de lo que vino a llamarse la “Paradoja del abuelo”: si viajaras por el tiempo hacia el pasado y mataras a tu propio abuelo, ¿habrías de existir en el futuro? Más sutilmente: en este cuento, en algún momento, ¿realmente tienes libre albedrío?
 
Hay un número variado de soluciones preferidas a la Paradoja del abuelo, siendo la más común que el tiempo en realidad está fijo, de modo que las acciones en el pasado terminan siendo los mismos factores que determinan el futuro. Alternativamente, el pasado alterado, en realidad involucra un futuro alterado; o el mundo se divide en múltiples líneas temporales, múltiples universos. Diagramar y establecer la trama de estas narraciones siempre es un dolor de cabeza. Como dice Rian Johnson, escritor-director de una de las mejores películas sobre viajes en el tiempo, Looper: “No quiero hablar acerca de esa mierda del viaje en el tiempo, porque empezaríamos a hablar acerca de él y luego estaríamos todo el día aquí hablando de eso y haciendo diagramas con las cañitas de las gaseosas”.  Es verdad: es difícil discutir una trama sobre viajes en el tiempo, y las inevitables paradojas resultantes, sin que parezcas bien fumado.
 
Los aficionados  de la ciencia ficción no tuvieron la exclusividad del tema del viaje por el tiempo. A finales del siglo 19 e inicios del 20, filósofos y físicos también empezaron a tomar un nuevo interés en el tiempo. El más grande de estos filósofos fue probablemente Henri Bergson, cuyo primer libro, adaptado de su tesis doctoral, fue Essai sur les données immédiates de la conscience. Él sostenía la primacía del tiempo subjetivo, decía que nuestra percepción ordinaria del tiempo está lejos de ser regular: la felicidad y la tristeza corren a diferente velocidad. Pensaba que la experiencia vivida del tiempo debería ser la base de nuestros intentos de entenderlo. En palabras de Gleick. “Para Bergson, el análisis filosófico del tiempo no podía divorciarse de nuestra experiencia humana del tiempo”. Bergson fue admirado por Henry James, y fue inmensamente influyente en Proust, quien reflexionó sobre el tiempo de manera más sostenida que cualquier otro gran escritor del siglo veinte.
 
En el otro campo estaban los físicos. Einstein y sus colegas luchaban para entender la naturaleza de la luz, tan claramente asumida como una onda; pero las ondas se mueven en un medio, así que ¿en qué medio se movía la luz? En el “éter”, quizá; ¿y era este un término inventado para ese medio que  lógicamente debería encontrarse allí? Los experimentadores estaban buscando evidencias de este éter luminoso, y encontraron que estas parecían no existir. Así que, ¿qué estaba pasando con la luz? La versión de Gleick acerca del momento revelador tiene brío:
 
Sabemos que la velocidad de la luz en el espacio vacío es constante, 299, 792, 458 metros por segundo. Ningún cohete-nave puede ganarle a un flash de luz o reducir ese número en lo más mínimo. Einstein luchó (“tensión psíquica”; “toda suerte de conflicto nervioso”) para darle sentido a eso: descartar el éter, aceptar la velocidad de la luz como absoluta. Algo más tenía que ceder. En un hermoso día en Berna (como después contó), habló de esto con sus amigo Michele Besso. “Al día siguiente me volví a ver con él y le dije, sin siquiera decirle hola, ‘Gracias. He resuelto el problema completamente’. Mi solución fue un análisis del concepto de tiempo”. Si la velocidad de la luz es absoluta, entonces el tiempo no puede serlo.
 
Así nació el tiempo del físico, el cual está profundamente en desacuerdo con nuestro sentido común para entender el tiempo. Si el tiempo es una cuarta dimensión como las otras tres —como Wells de pura chiripa concluyó para los fines de su narración—, entonces el libre albedrío es, en algún sentido, una ilusión. Nuestro pasado y nuestro futuro están fijados, y la única cosa que se mueve a través de ellos es nuestra conciencia. Añadido a esto está otro hecho profundamente desafiante para nuestro entendimiento diario, empírico, de la realidad. Las ecuaciones de la física son reversibles y no determinísticas: como la matemática, las leyes de Newton, Maxwell y Einstein funcionan en ambas direcciones. En la realidad que experimentamos, ellas solo funcionan en una dirección. El tiempo tiene una dirección: “la flecha del tiempo”. Esta flecha no tiene analogía en el estudio de las otras tres dimensiones, e introduce un profundo problema con la noción del espacio-tiempo. Podemos ver la entropía —la progresión del universo desde el orden hacia el desorden— en todo lugar hacia donde miramos y, con todo, esta verdad profunda y evidente en sí misma acerca del mundo físico, no es exigida por las ecuaciones fundamentales de la física. A pesar de lo cual, experimentamos la flecha del tiempo en cada momento de nuestras vidas conscientes. El tiempo está en todo lugar, excepto en las ecuaciones. Así que, para ser breve, ¿qué diablos pasa?
 
 Las consecuencias de estas ideas para la física teórica han sido profundas, y también han energizado el debate filosófico. Bergson y Einstein tuvieron sus colisiones, pública y privadamente. “El tiempo de los filósofos no existe”, dijo Einstein. Gleick la pasa en grande contando la historia de los científicos y los pensadores que han tocado su tema, desde John Archibald Wheeler (quien aparece, “a lo Zelig”, en temas que van desde los agujeros negros a la teoría de los universos múltiples) a Kurt Gödel y Lee Smolin, de Jorge Luis Borges a Tom Stoppard, vía David Foster Wallace, W.G. Sebald, Woody Allen y Philip K. Dick, de E. Nesbit y la “arqueología del futuro” de las cápsulas del tiempo a John Hospers, el filósofo analítico que también fue el único candidato libertario que ha ganado un voto en el colegio electoral (en 1972, voto otorgado por un elector de Virginia que reaccionó así ante la alternativa Nixon-Agnew).
 
Suceden muchas cosas en relación con esto, y no hay un solo párrafo en el libro de Gleick que carezca de buenas oraciones y una fascinante información. Tengo que admitir, sin embargo, que también encuentro algo frustrante la experiencia de lidiar con estas ideas. Después de leer Time Travel dos veces, he llegado a la conclusión de que mis dificultades no tienen que ver tanto con el libro como con el tema mismo. Como un aficionado de la ciencia ficción, de toda la vida, siempre he encontrado que el viaje en el tiempo es uno de las menos satisfactorias preocupaciones, artefactos o subgéneros de la ciencia ficción. Como Rian Johnson, no quiero hacer diagramas con cañitas de gaseosa. El mito central de la mayoría de las ficciones de viajes en el tiempo, en el cual un héroe intenta evitar un destino, y, al hacerlo, causa que el mismo destino se cumpla, es algo que he leído y visto demasiadas veces.
 
Cuando se trata de la filosofía y, por cierto, de la física, es innecesario decir que es fascinante ver mentes brillantes “tomando residencia en el Gran Hotel Abismo” (para prestarme una broma de George Lukacs sobre Theodor Adorno). Lo que sería bueno, sin embargo, sería que alguien nos devolviera la llamada cuando el pensamiento lleve a algo, lo que sea, que podamos ver, sentir, tener la idea o inclusive entender: porque todos estos pensamiento, ciencia, aprendizaje e historia asombrosamente brillantes, todas estas historias magníficas, hasta donde puedo decir, no tienen ninguna consecuencia. El entendimiento subjetivo del tiempo, que sale de nuestro sentido común, es tan revelador y tan tiránico como siempre fue. Un siglo y más de fervientes especulaciones y análisis del tiempo y de los viajes en el tiempo no han conducido a ningún resultado. Estamos tan pegados al presente, tan irrevocablemente exilados del pasado y el futuro, como siempre.
 
Nuestra crecida conciencia de esto puede precisamente ser la razón de por qué nos hemos fascinado tanto con la idea del viaje en el tiempo. La precisa denominación de tiempo es relativamente reciente, y fue, en primera instancia, un producto secundario de la necesidad de tener horarios sincronizados de ferrocarriles. Gleick expone esto con su usual vivacidad.
 
Inglaterra empezó a sincronizar sus relojes (expresión nueva) con las horas del ferrocarril a mediados del siglo 19, cuando las señales telegráficas empezaron a ser emitidas desde el nuevo reloj electromagnético del Observatorio Real de Greenwich y la Electric Time Company de Londres.
 
El rey Eduardo VII, en su residencia campestre de Sandringham, hacía trampa adelantando sus relojes media hora (“Hora de Sandringham”) con el fin de poder cazar un poco más. Los físicos han dejado de creer en la idea de un tiempo universal absoluto, y con todo:
 
La humanidad ha establecido una escala temporal oficial colectiva, predicada por un coro de relojes atómicos mantenidos a una temperatura cercana al cero absoluto en bóvedas del Observatorio Naval de Estados Unidos, en Washington, el Buró Internacional de Pesos y Medidas, cerca de París, y otros lugares.
 
Esta, quizá, sea la moraleja del libro de Gleick. Toda este energía y brillo y, sin embargo, quedamos sintiéndonos desanimados. La nueva idea, viajar en el tiempo, es atractiva porque conocemos el tiempo mejor que antes. Sabemos, mucho mejor que nuestros antepasados, los lineamientos exactos de lo que Kipling llamó “el minuto que no perdona”. Nuestro tiempo es más universal y más preciso que nunca, y más que nunca somos conscientes de este hecho; no sorprende que soñemos tanto, y pensemos tan fervientemente, en maneras en las que podríamos doblar, estirar, revertir, hacer menos tirano y menos inmisericorde al tiempo. Todos los prisioneros sueñan con la libertad, sobre todo, quizá, cuando saben que no hay, que no habrá, nunca, ninguna posibilidad de escape.
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