Rincón del lector
 
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Reseñas:
 
Marco Antonio Román Encinas (Corrector) Lima 22 noviembre 2007
EL CRONISTA QUE VOLVIÓ DEL FUEGO
FREIRE SARRIA, Luis
Lima, Municipalidad de Barranco, 2002.

Luis Freire (Lima, 1945) nos sorprende con una novela socarrona y de aliento enteramente zumbón. El argumento no puede ser más sugerente: el noble sevillano Don Nuño de Gamboa y Alvarenga llega al Tahuantinsuyo en 1508 a bordo de un ataúd de roble. A partir de este hecho primigenio se suceden una serie de peripecias a cual más portentosa que la anterior, que Nuño se encargará de registrar en su Antigua Crónica de Yngas y Prodigios Vistos. Pero como este texto es incinerado por Francisco Pizarro en 1541, será recuperado por un vidente piurano llamado Don Celso Moreno, quien logra, mediante un viaje astral, ver al cronista y sus escritos para dictárselos al narrador. Una trama original aunque sencilla, que genera una expectativa mayor a la que logra colmar, y paso a explicar por qué.

El relato se regodea en el chiste, el tono festivo y cómico, pero no va más allá. Si tomamos dos términos propuestos por el crítico español Álvaro Santiago en su libro El humor y la novela española contemporánea, para referirse a este tipo de textos, diríamos lo siguiente. Dentro de las muchas categorías relacionadas con el término humor que establece este crítico, existen dos que resultan básicas y, para efectos de esta reseña, útiles en la medida en que nos va a permitir clasificar la obra de la que nos ocupamos. Éstas son humorismo y humoricidad.

Humorismo vendría a ser la poetización del humor, su sublimación e intelectualización y puede usarse para expresar o denominar una escuela, doctrina, tendencia, estilo, filosofía o sistema literario (1968: 40 y 41). El humorista jamás podrá expresar odio, amargura o resentimiento, sino comprensión (Ibíd.: 51).

Humoricidad es lo chistoso, lo jocoso, lo bromista, lo burlón, etc., generalmente no hace reflexionar y está desprovisto de inquietudes filosóficas o estéticas (Ibíd.: 40 y 41). El humoricista no conmueve nuestra sensibilidad y suele interesarse por los temas de más palpitante y rabiosa actualidad social, económica y política (Ibíd.: 93).

Siguiendo esta categorización (cuya validez no defendemos, sino únicamente presentamos como herramienta que nos permita establecer, grosso modo, hitos de demarcación en un tema brumoso), que por cierto no funciona como compartimento(s) estanco(s), aunque sí dejan percibir una predominancia de uno de los lados, diríamos que esta novela se inserta mejor, aunque no exclusivamente, dentro del humoricismo, que dentro del humorismo, y pasamos a explicar las razones de ello.

Cuando el narrador nos cuenta que Nuño de Gamboa descubrió el Océano Pacífico y lo bautizó diciendo: Yo te baptizo, Mar Océano (Pacífico, Pacífico, le soplan los delfines emergiendo del agua, pero Gamboa tiene su orgullo y además, no los entiende) Sosegado, en el nombre de su católica majestad (2002: 15), en efecto, nos causa risa, cumple su función, pero no hallamos nada detrás, la chanza se desvanece sin mayor repercusión en nuestro ser, ni encontramos un hilo subrepticio concatenante con otros pasajes igualmente hilarantes como éste, que nos remitan a un constructo cuestionador.

Lo veremos mejor cotejando dos hechos semejantes bajo la lupa de dos autores distintos, y aunque la compulsa sea desigual, y hasta quizás abusiva, como se verá luego, resulta inevitable a efectos de echar luz sobre lo que digo.

En el capítulo llamado Que trata de la batalla de los sinónimos, los tripulantes del barco «Santísimo sacramento» deciden jugarle una broma a Nuño de Gamboa. Gerinelda del Carpio, condesa viuda de Alcantarillas, fingiendo padecer duelo de amores, le dice a Nuño que lo ama y sufre por no ser correspondida. Entonces Gamboa se ofrece resucitar su corazón, y ya se le aproxima, cuando ella le confiesa que hizo promesa de non casar de nuevo, sino con un hijodalgo y descubridor que llamase a su descubrimiento con su nombre. Y ante el pedido de ella para que la libere de 2esclavitud tan dura, Gamboa acepta desposarla, ofreciendo cambiar su (por el descubierto) Océano Sosegado por el nombre de Mar Océano de Gerinelda. Durante los siete días siguientes de navegación pasearon juntos por la cubierta, felicitados por las miradas y sonrisas de los tripulantes, que Nuño interpretaba como de pícara complicidad. Y lo eran, pero con Doña Gerinelda (p. 130). La séptima noche, frente a un notario, se firmó una nueva acta con el nombre de Mar Océano de Alcantarillas, con lo cual la burla estaba hecha. Y cuando todo estaba listo para el festín que se pensaba dar Nuño, Gerinelda le pide a Gamboa que se ponga a salvo su honra postergando el encuentro para el día de la boda. En la mañana siguiente, el capitán del barco inicia la azotaína diciendo, entre otras cosas: Comentan las tales avecicas, que en aquesta nao tiene vuestro mar océano gente emparentada (p. 132).

Como vemos, la broma funciona con un feliz resultado, pero tiene esa carencia de reverberaciones que señalamos antes, porque el narrador no asume una postura: ya que ni Gamboa es el arquetipo de los cronistas, ni ésta es una parodia de las crónicas, ni los personajes hunden sus pies en el subsuelo, ni la historia dentro de la historia es mellada o mordida. El narrador aparece desprovisto de espíritu crítico, aun cuando algunas frases sueltas de la novela nos puedan mover a engaño haciéndonos pensar lo contrario. Se trata de un discurso inocuo, poco común en los textos verdaderamente humorísticos (y de allí que llamemos a esta novela humoricista).

Veamos ahora una escena semejante salida de la pluma de uno de los más grandes humoristas de todos los tiempos (compulsa, como decíamos, abusiva, pero necesaria por iluminadora). En el capítulo XLVI de la segunda parte del Quijote (véase la edición de 1966, de la Editorial Ramón Sopena, con notas de Antonio Paluzie Borrell), hay un episodio que es el siguiente. La doncella Altisidora (de catorce años y tres meses), por una burla inventada por los duques, fingía estar enamorada de don Quijote, pero éste la rechaza por ser un caballero y estar prendado de su Dulcinea; y así, mientras la disuade de su pretensión por medio de una canción, le sueltan sacos de gatos con cencerros amarrados a sus colas. Don Quijote lucha con uno de ellos que se le prende del rostro, y mientras lucha con él, va diciendo: - No me le quite nadie, déjenme mano a mano con este demonio que yo le daré a entender de mí a él, quién es don Quijote de la Mancha (p. 745).

En esta escena, el narrador va más allá de la chacota, no sólo se ríe de la situación misma (de por sí graciosísima), sino del personaje que don Quijote pretende representar: el caballero andante, de la forma de ver el mundo de éste, y aun del género de las novelas de caballería. Es decir, se puede bucear dentro de las cavidades del discurso cervantino y encontraremos, acá sí, elementos rastreables en toda la novela; si hacemos lo mismo con el discurso de Freyre no encontraremos nada debajo.

Sin duda, se trata de un autor con imaginación fértil, y además muy creativo que, estamos seguros, en su proceso de maduración, puede ofrecernos más en su faceta de escritor.
Lic. Marco Antonio Román Encinas
 
Jorge Antonio Salcedo Chuquimantari. (Estudiante de sociología. Colaborador habitual del suplemento cultural SOLO4 diario CORREO. Edición Regional). Huancayo, 11 diciembre 2007

Selección Peruana 1990-2007: Varios autores

Reseña: Lo justo, tío Pacori.

Inevitable. Toda antología es polémica por naturaleza. Y es que se dicen un montón de cosas: qué una antología no debería ser lo que le venga en gana al editor, qué se debe buscar representatividad, inclusión, qué faltan o sobran nombres. En fin, de todo como en botica. Pero lo cierto es que ésta Selección PERUANA (1990-2007) publicada por la joven editorial estruendomudo y con la famosa foto de Raymond Manco en la portada, si bien es más efectista que efectiva, por lo menos, es una escuadra parejita. Aquí los once (la selección no incluye suplentes): Santiago Roncagliolo, Sergio Galarza, Alexis Iparraguirre, Beto Ortiz, Carlos Yushimito, Daniel Titinger, Daniel Alarcón, Julio Durán, Ricardo Sumalavia, Gustavo Rodríguez y Luis Hernán Castañeda.

Así, el primer grupo de este equipo lo conforman dos nombres obligatorios en cualquier antología peruana de nueva narrativa: Santiago Roncagliolo y Daniel Alarcón. Son ellos los que gozan de mayor reconocimiento internacional. Los extranjeros que vienen a reforzar al conjunto, digamos. Pero éstos, así como sus símiles futboleros, también decepcionan; uno mucho más que el otro, es cierto. Roncagliolo cede para este libro Asuntos internos, un cuento que apareció en la edición No 46 de la revista Etiqueta negra. Asuntos, es un texto típicamente Roncaglioliano, es decir, frases cortas, envolvente desde la primera línea, colmada de anécdotas divertidas; además, sí hay algo que deberíamos reconocerle a Roncagliolo es la capacidad que tiene para construir personajes sólidos, contundentes, verosímiles; con apenas unas cuantas líneas. Sin embargo, sus historias son demasiado tibias y la mayoría de las veces se quedan (como en esta ocasión) solo en experiencia sensorial. El otro extranjero, Daniel Alarcón, nos presenta Huayco, una historia que formó parte de su libro de cuentos Guerra a la luz de las velas. Pero la elección de este texto es malísima, porque Huayco debe ser el relato más flojo de un libro menor como es Guerra a la luz. Si Alarcón cedía, no sé, un título como Ciudad de payasos, hubiera quedado mejor. Hubiera.

Las sorpresas de ésta selección vienen de la mano de dos autores no tan mediáticos como los anteriores: Sergio Galarza y Julio Durán. Debo confesar que de Galarza he leído poco; salvo dos cuentos; Velas, que fue publicado en el libro Toda la sangre editado por Gustavo Faverón y el texto que se quedó con el Copé de Plata 2006: El mapache. Su libro de cuentos La soledad de los aviones es inhallable. Para esta colección Galarza entrega Lo mejor de la vida, un texto lleno de significados que muestran a un autor cuajado, maduro. En la misma línea, la carta de presentación del otro autor revelación, Julio Durán, no podía ser mejor: La forma del mal es una historia sorprendente que en un primer instante parece que solo son fugaces estampas (inconexas) de la ciudad pero que el autor al final se da maña para engarzar estas situaciones, y con todo ese collage, construir un relato interesantísimo.

Cuando Juan Villoro dice que la crónica es literatura sin ficción, no se equivoca. Pero tampoco hay que exagerar; Viaje apátrida a la tierra del cebiche, la crónica de Daniel Titinger en ésta colección no es literatura por ningún lado. No hay una pregunta por resolver, una línea argumental que seguir, algún pequeño conflicto por ahí. Algo diametralmente distinto ocurre con el segundo cronista de este libro, Beto Ortiz, probablemente el autor más subestimado de la literatura peruana nos regala Intrusos, una historia divertida escrita con esa envidiable conchudez a la que Ortiz ya nos tiene malacostumbrados. Si afirmábamos que Alarcón se había disparado a los pies con mostrar Huayco ; Gustavo Rodríguez hizo todo lo contrario, pues supo discernir lo que más le convenía y eligió para Selección PERUANA (1990-2007) Junta de vecinos, el buque insignia (con dejo cortazariano) de su irregular libro Trece mentiras cortas. Hasta aquí lo más representativo. El conjunto se completa con La isla de Yushimito, El francotirador de Iparraguirre, La herida de Sumalavia y Ayax de Luis Hernán Castañeda.

Redondeando; pienso que no existe selección perfecta, además, afirmar lo contrario sería demagógico, sin embargo, podemos estar tranquilos ya que con Beto Ortiz y Roncagliolo en nuestro equipo, por lo menos, las bicicletas, las quimbas y las huachas irrespetuosas estarán en cada partido, o relato, siempre aseguradas.

 
Francisco Atuncar Napa y José Atuncar Quispe (Docentes) Puente Piedra, 19 noviembre 2007

El niño de junto al cielo de Enrique Congrains

Se caracterizo por el tratamiento realista de la vida social peruana, cuyo Lirismo surge de la observación precisa y la identificación con la vida marginal de las barriadas limeñas.
Reveló a los lectores una Lima poco conocida, atroz, violenta y bullente de vida.

 
Miguel Angel Capuñay Gonzáles (Docente). Chiclayo 13 noviembre 2007

Tungsteno de César Vallejo

Recordarles, que la justicia y el amor son dos ejes principales para contribuir, a una sociedad de paz entre todos los peruanos. Es por ello que tungsteno representa una obra de reflexión y lucha por los mas pobres. Pues en sus primeras paginas nos narra el abuso que sufrían los soras de parte de los hombres de `poder envestidos como empresarios, iglesia que se unen para sacar provecho de sus minas que pertenecían a los soras. Se plasma el abuso de las autoridades enquistadas con la ambición de estos hombres que hoy en nuestro PERU actual existen, que ostentan el poder para sus intereses económicos personales. Pero en la obra se enarbola también un personaje como HUANCA, QUE LUCHA PUEBLO, COMO LO HACEN HOY HOMBRES VALEROSOS, que trabajan `por los mas pobres. Viva VALLEJO VIVA EL PERU.

 
Ronald Castillo Florián (Estudiante) Lima 12 noviembre 2007
La Virgen Negra de Johnny Barbieri

Una lectura existencialista al poemario del Poeta Johnny Barbieri

Johnny Barbieri, poeta peruano (Lima, 1966) de trayectoria ilustre y prolífica tiene publicado siete libros de magnífica poesía que cautivan y desgranan la realidad tornándola enigmática y de inmensurable vigencia.
La virgen negra es un poemario publicado en el año 2003 bajo las ediciones de Noble Katerba al cual pertenece siendo, también, un digno representante del mismo.

Conocí a Jhonny a través de sus poemarios, tales como Branda y la Mesón de los pandos (1993), el libro azul (1996), Maka (1999), jugando a ser Dios (2000), carne de mi carne (2002), el libro hindú (2005) y en un taller de poesía que organizó nuestro amigo y colega el poeta Leoncio Luque en el distrito de San Luis en Lima, Perú.

He leído el poemario con mucho detenimiento y misticismo, no puedo negar que los simbolismos y metáforas son ápices importantes en el corpus del poema, al mismo tiempo que se va sintiendo un aire de posesión mortífera combinada con una esperanza venidera que no se sabe cómo pero que tendrá su realización en el momento adecuado.

El poemario comienza haciendo una descripción del lugar y la forma que se encuentra la virgen negra, hay una virgen negra en la página veintitrés de un libro de defunción, con cabellos que despliegan albas de orfebrería,/alumbrada con teas de alambres oxidados, que al día siguiente le irán a poner rosas y a prender inciensos, y tú estarás en la página acostumbrada/ con una luz alumbrando tu muerte; siendo una descripción fatalista para una entidad que debe, a primera intención, ser cubierta de gloria y esplendor, en este caso el poeta quiere referenciarnos la descripción correcta de la virgen a la cual va rindiendo tributo a lo largo del poemario.

Este es un poemario de fuerte contenido existencial, de exaltación y asombro, de dudas y deseos, de apocalipsis y devastaciones, pero que se va conjugando con esperanzas y gozos, con génesis y realización. Antagónicos, surrealistas, cielo/infierno que alumbran opacando la mirada; en resumen, realidad discernida y sopesada para entender la vida que se va volviendo compleja desde el momento que la ponemos en nuestra espalda y empezamos llevarla sintiendo el hastío del peso preguntándonos del por qué de esa carga.

También, aparece la figura de Eleanor (representando a la humanidad) a quien se le alienta a crecer, a seguir mirando al mundo por su ventana, a comprar colores para su piel, a comprar paisajes con puerta al jardín y sobre todo a luchar por los que la aman, huye hasta perderte/ y jamás vuelvas la vista hacia atrás.

Las bancas de los parques estaban cargadas de viejas cicatrices de recuerdos que jamás podrán ser borrados, buenos o malos, testigos de nuestra existencia, que nos acompañan hasta el final y después de éste, experiencias vividas, tal vez no deseadas pero que son los derroteros de nuestro yo ante los demás, por eso que algunos sueños aún no realizados, pero que se tienen en mente, son a veces de difícil concretización llegando a pensar que caminamos sin dirección el ir a no sé donde con los muñones de una utopía en la mano, muchas veces nos alejamos, huimos, nos exiliamos para no ser testigos ni del tiempo, ni del contexto que nos envuelve, hacemos lo posible por ocultar nuestra realidad, ya que un sin fin de dudas nos va carcomiendo la razón, nos sentimos solos y abandonados antes tal situación, por ello el deseo de envejecer en un rincón cualquiera/ a solas/ y morir de un vez para que todos te olviden. Y los testigos?, siempre hay testigos, nunca falta alguien que te observa, por más oculto que quieras hacer algo, por más sigiloso, por más escueto y lacónico que intentes tu despedida, siempre hay alguien o algo que te observa, no se puede negar que la verdad siempre sale a la luz, ya que ese espía está ahí, a tu lado, junto a ti, cuando sales en la noche un ojo tirado en el suelo te ve pasar y se encarga de informar de tu proceder, ¿soledad? ¿Reclamas soledad? Donde se huya ahí estará el testigo anónimo para informar lo que hacemos, es que este mundo es así, lo oculto siempre sale, por ello los días que pensaste salir corriendo no son más tuyos los jueves están rotos son de otros también, se fascinan ante tu desdicha, hacen alarde de tu caída, qué nos espera, sólo avanzar y seguir así nos estén vigilando, total, sólo ven, por ello la recomendación del poeta: hacer todo ello que satura un simple material de extinción inmediata la noche de papel con cráneos de papel/ Con ventosas de papel y esta vida de papel/ Para hacerlas pedacitos. Justamente ese papel deshecho que no es más que materia inservible se vuelve muchas veces mortaja de un ser que pasó al olvido y que unos cuantos extrañarán la vida en el suelo yacía cubierta con periódicos, cuando nos sentamos a recordar ese ayer que no pasó, sintiendo en el corazón los oleajes de la vida logramos divisar centurias de animalidad en el mundo que nos hacen sensibles adormecidos y es donde nos percatamos que sólo existen visiones de un barco sin rumbo sangrando sobre el mar y que estamos, queramos o no sentados sobre este vacío ubicuo que ahora nos circunda.

Las veces que intentamos escapar de nuestra realidad lo hacemos siguiendo nuestra propia huella ya que éstas nos indican donde estuvo el error y el acierto, es en ella donde corregiremos los desatinos cometidos cuántas veces te he seguido para marcharme de ti por que esa es la única forma de huir, el error no sólo conduce al error sino también a lo correcto porque en nuestra conciencia alguien nos dice que en torno a ti el mundo da vueltas por siempre.

Siempre que luchamos contra ese algo, ser inerte, sin vida, lo hacemos de manera silenciosa, pausada, sufriendo y gozándonos de aquello, pues no permitimos que ese sufrimiento sea ventilado o expuesto al sol, es sólo nuestro, sólo de su autor, pero cuando aquel mortífero sentimiento es sublimado hacia alguien, cuando es culpa del otro, es ahí donde el yo que se reconoce en el tú da un giro total involucrando a su semejante sintiendo que la causa no es el que yo esté aquí sino que tú también los estés y que te marches sin decirme nada, ese contacto con la muerte que te permite verle a la cara y hacerle frente en una batalla que desde antes ya se ha perdido hace sólo gritar al olvido que te habían crecido alas/ alas de ninfas para marcharte y nunca más volver/ sólo quedé yo/ excavando veinte años/ Para olvidarte y no sé si aún lo he logrado porque la vi abrir un agujero en la noche/ y meterse hasta no dejarse ver más. Pero los recuerdos no muchas veces son buenas compañías, nunca hacen bien, jamás forman parte del ritual sublime de la vida, los recuerdos nos pueden matar y hacernos llorar sin respetar horarios, éstos se presentan de súbito, nos hipnotizan y alejan de la realidad el incienso ahuma el cuarto donde sólo quedan/ Los fósiles de una sopa de sémola/ Abandonada hace siglos esperando por ti; el poeta sorprende con esta imagen porque hace una genial construcción humana gastronómica como base de recuerdo y fuente de inspiración en procura del que partió pero que nunca volverá cuando cierro los ojos y no estás/ no está el mundo/ y no existo yo y no existe nada a mi alrededor sintiendo esas irremediable voluntad de salir corriendo, de no hacer frente a tanto sufrimiento, de escapar de las huestes transgresoras, impías y desdichadas que sorprenden en cada reminiscencia y en cada retórica hecha a su favor voy a esconderme del mundo/ Huir donde el dolor tenga menos puñales y cuando no haya más salida, ni cielo donde ocultarte, ni rincón, ni árbol donde colgarte: Yo excavo para huir.

Eleanor sal de tu escondite/ Manda al diablo tu muerte es el grito universal de toda la humanidad, mandemos al diablo a la muerte y que no sea esa piedra que estorba al andar, y si es así de inevitable que no sea dolorosa, aunque la peculiaridad de la muerte es eso, dolor al que la padece y dolor a quien lo presencia, tus ojos permanecen aún pintados en un papel/ sobre un rincón hecho de olvidos que siempre recuerdo y un alud de terror se levantaba ante mis ojos/ la planicie de vacíos se esparcía por todos los rincones aprisionándome fuertemente en el silencio de tu grito que cada vez que suelo recordarte el dolor de estar cerca y lejos de tu presencia hace que me duela y goce sintiendo menos de ti, parece decirnos el poeta.

Jonnhy Barbieri es un poeta de los noventa que comenzó a marcar hito en el mundo de la poesía, a pesar de su gesta afable de bellos poemarios no es muy difundido por menesteres propios de grupos poéticos que suelen atinarse como lo mejor en producción literaria o que cuentan con un caudal de manager dispuesto a sacar el ojo con tal de ver a otros y no al mejor sobresalir. Leer a Barbieri es descubrir no sólo el pensamiento de los jóvenes de su tiempo, sino de ir en búsqueda de caminos hacía una realización insondable de la vida, la Virgen negra, Eleanor, y todo lo sangriento, mortífero, esperanzador, gozoso nace en un poemario que merece ser leído con mucha atención para ir descubriendo, al igual que los evangelios, nuevos significados cada día. No sólo me he quedado absorto ante los poemas, sino también exhortado a procurar un cambio aunque utópico a la vida que me precede, agradezco a Johnny y pido disculpas por haberme atrevido de interpretar de esta manera insulsa su poemario que dependiendo la visión de lectura que se tenga reluce nuevos brillos cada vez que se retorna a él, De la sierra central del Perú quedó petrificado/ Yo la vi morir/ Yo morí con ella.
 
Jack Farfán Cedrón (Es autor de varios libros de poesía y codirige la revista Kcreatinn Alimenta el Blog El Águila de Zaratustra). Cajamarca, 1 noviembre 2007.

Gotas de fuego, de Doan Ortiz Zamora

El fuego es un aliado

El fuego es un aliado, el fuego ruge los destinos y circunscribe determinado círculo de hombres salvajes que cierran paso al enemigo. El fuego arde en el corazón vacío de la tierra y las gotas de fuego vuelan hasta convertirse en magma terrestre. La acción de incinerarse cobra vida a los minerales y a algunas piedras preciosas. Es el espíritu del fuego, individuos.
Este grupo de poemas son palabras volcánicas, en proceso de mineralización, suave resplandor de los lados oscuros que suceden a la calma después de la erupción; su lenguaje es acre y por ratos golpea los vacíos que no quieren retornar a su principio. Así como una paradoja del hielo, el fuego une su lenguaje primigenio a las cosas que de una gran explosión se originaron.
No es usual que un adolescente hable por todos nosotros, como lo hace en esta su ópera prima, Doan Ortiz Zamora, el apocalíptico autor de estos seres invisibles que urden el tomo, con una voz que trata de abarcar más que el común proceso discursivo poético de algunos encapsulados jóvenes aedas, que se solazan, que se enamoran de las palabras, como frágiles rameras, y no ven más allá de sus palabras, muchas veces triviales y adornadas.
Lo acostumbrado, lo repetido, sería encontrar un lenguaje de una sensualidad gratuita, en una primer entrega poética; pero nada hay de gratuito en Gotas de Fuego, de una suave violencia que destroza los ladridos insomnes desde nuestro lecho de vidrios. Este trance de palabras violentas, descarnadas, es patrimonio de los surrealistas que atrapaban al vuelo las emociones plasmadas en no un lamento o una oda aromada de rosas muertas, de un naturalismo exacerbado que dormitaba en viejas cuartillas destinadas a doncellas con cinturón de castidad, en un castillo resguardado. No. El lenguaje de Gotas de fuego sube a expirar en la cima de su propia boca, su origen, un volcán en erupción. Magros cadáveres sus víctimas, crueles plantas carnívoras arrasadas para siempre; arácnidos devoradores de incesantes llamas que los destruyen y volatilizan, convirtiéndolos en gases nocivos cuya nada jamás los reconstruirá; son algunos elementos que tejen su magma, el cual fue amasado a imagen y semejanza de una arcilla rojo Adán, como en las cosmogonías gnósticas de los pueblos arrasados por ríos infames, en las comarcas de El Heresiarca Antiguo, con las manos de herrumbre y el corazón latiendo en otro espacio físico de un cuerpo ajeno. Rumia a Borges, humano, que presto estoy a vomitarte.
La sensualidad de Gotas de Fuego no es gratuita, repito. En los intersticios de un cuarto lleno de papeles y ventanas de vacío, en la mesa fría de noche que aparca recuerdos, ahí fueron tramados los poemas que lo integran, a semejanza de un lector-guerrero, no de un lector que asuma estos poemas como un agua gratuita que nos calme la sed de rezos suicidas. Tenemos que cooperar para que las Gotas de Fuego que lleva enclavadas en su magma, como dagas en cuerpos paganos, no nos dé la corriente suave de velo de novia que esperamos. No más la sensualidad de las palabras que arrastren actos confesos, no más la duda de si somos calmos hombres del alba a la noche o del pasado al porvenir, que es un presente lúcido. No. Gotas de Fuego trasluce lo cavernario, lo fatal, el encuentro con las sombras sexuadas que tragan falos sangrientos y los devuelven al corazón del fuego, acto primigenio de la explosión primera del universo, de ese caos que inició con el Big-Bang eterno que como estrellas neuronales vagará para siempre en un caos que no deja de sorprender a diario, como lo sucedido en recuerdos, como lo que acontece recordando un acto repetido, un déjà vu en los pasos que subsiguen a la sombra.

* Referencia bibliográfica: Ortiz Zamora, Doan , 2007. Gotas de fuego. Cajamarca-Perú. 34 pp.

 
Jack Farfán Cedrón. Poeta. (Es autor de varios libros de poesía y codirige la revista Kcreatinn Alimenta el Blog El Águila de Zaratustra). Cajamarca, 1 noviembre 2007.

Pequeñas infidencias, de Beto Ortiz

Cada vez que revisamos nuestro correo electrónico, nos enfrentamos a sorpresas, y más aun cuando estas sorpresas se tratan de personas desconocidas. Nos enfrentamos pues a un mundo desconocido: otras ideas, otras formas de pensar; frases inusuales. Pero desde el primer mail, ya no son personajes desconocidos, más aun cuando se trata de personas emparentadas con el mismo caos existencial, con la misma rabia que nos escoce el mundo. Enfadados, nihilistas, rabiosos, estos mails son críticos de una sociedad que tiene en la cartelera a fantoches faranduleros que son el pan de cada día, la novedad de cada día. Es el blanco de Beto, la hilarante, la ridícula vida de la farándula chicha, entre otros entuertos políticos y de la high. Pero él no se saca la máscara en este bestiario sahumado de perfume barato y atuendos de Gamarra o Polvos Azules, de tal manera de verse inmerso en ese mundo que de alguna manera es su trabajo, el de absorber todas estas pingües actitudes que son una verdadera fauna, incubadora de las más rimbombantes escenas que son una lástima para algunos peruanos conscientes de la decadencia cultural que cada vez se ve más agravada en el Perú. Ése es su medio, su habitat, que día a día tiene que soportar.
Resiste, Principito de alcantarilla; Resiste, adolescente amargado; Resiste, tierno espectro electrónico que responde mails con toda la pasión que puedes encontrar en el abismo de tu alma.
No se salvan de su ironía los conocidos versos de aquel poeta uranista que “Venía en la noche con el humo fabuloso de su cabellera”, o la del cholo universal, que en la cruel parodia de Beto se convirtió en un íntimo acto confeso de la más sincera mariconería: “Si algo hay en ti de cabro, seré yo”.
Lord, Blitz, Mint, Kid, Hank, algunos de ellos amigos personales del autor (¿en el sueño ficticio?); otros, colados por una grieta de la red, que hicieron más llevadera su vida, y la alejaron de un posible suicidio lento y apesadumbrado que es la soledad, la rabia ante un mundo en decadencia.
Acaso los autores de estos mails sean uno, acaso seis; amigos o fantasmas que invaden la atormentada existencia de Beto. De ser uno, escindido en los autores de los mails, entonces Pequeñas infidencias ha cumplido su cometido literario, la credibilidad.

*Referencia bibliográfica: Ortiz, Beto, 2007. Pequeñas infidencias. Estruendomudo. Lima-Perú. 276 pp.

 
Jorge Antonio Salcedo Chuquimantari (Estudiante de sociología. Colaborador habitual del suplemento cultural SOLO4 diario CORREO. Edición Regional). Huancayo, 22 octubre 2007
Conocimiento de causa de Alfredo Bryce Echenique.

Reseña: Conocimiento de causa

Durante años, el buen Bryce nos ha prodigado cuentos y novelas entrañables; donde los personajes se han perdido, casi siempre, entre la necesidad de búsqueda del camino y la inevitable pérdida del rumbo. Vinculados, con el desarraigo, el desamor, y otros desafectos.

Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939); pergeña en una de sus últimas entregas, Entre la soledad y el amor un género que, ciertamente, no es nuevo para él: el ensayo.

Entre la soledad y el amor; es un libro que tuvo mucha acogida entre público lector peruano; de alguna manera, era de esperarse tratándose de un autor consagrado como Bryce que el éxito de ventas esté asegurado aun así el libro esté escrito en un género no tan difundido.

Entre la soledad y el amor, es la primera obra (casi en su totalidad) ensayística de Bryce; sin embargo los temas ahí abordados, reflexionados, nos remiten sin escalas a los personajes de su narrativa corta y novelística de personajes atormentados, solitarios, y desarraigados.

El libro se divide en cuatro capítulos o partes: la soledad, la depresión, la felicidad, y el amor. Bryce expone, con la fluidez y talento ya conocidos, reflexiones de manera directa y precisa. Entre la soledad y el amor, es un libro altamente instructivo sin llegar a tener un vuelo académico naturalmente erudito; es así que discurren páginas con cavilaciones en razón a las soledades contemporáneas, los amores tardíos, o las estaciones del amor.

Sin embargo, se comenta que lectores atentos van a extrañar en esta última entrega el singular sentido del humor tan característico en Bryce. Es cierto, probablemente dicho humor no esté salpicado a raudales ni impregnado sistemáticamente en todo el libro, como suele ocurrir en todo lo que leamos acerca de Bryce; pero la parte II dedicada a la depresión justifica largamente el pedido de esas risas y guiños extrañados.

Del humor del dolor y de la risa (crónica de una depresión); es precisamente la sección que se reconoce como, a primera impresión, el estilo de Bryce. Ese estilo del narrador en primera persona y del antihéroe bryceano. Es así, que el personaje de esta crónica, que se aferra a su frasquito de Tranquilizante-1000 (con el cual combate una atroz depresión), como boya única de salvación en una ciudad europea nueva para él, nos traslada y nos identifica hábilmente con personajes de la obra de Bryce; y es que, en él está representado, el adolescente oligarca de No me esperen en Abril (Manongo Sterne); el tipo extraño de Tantas veces Pedro que se enamora en Venecia de Sophie (Pedro Balbuena); o ese personaje legendario que embaucado por sueños de gloria y amor decide romper con todo para marcharse a París a ser escritor (Martín Romaña).

Crónica de una depresión (rama fundamental del libro) es a todas luces: autobiográfica; en fin, pocos como Bryce (como reza la contra) puede hablar con tanto conocimiento de causa de la soledad y el amor, de la depresión y la felicidad, eso sí.
 
Jorge Antonio Salcedo Chuquimantari (Estudiante de sociología. Colaborador habitual del suplemento cultural SOLO4 diario CORREO. Edición Regional). Huancayo, 22 octubre 2007
El grito silencioso de Kensaburo Oé

Reseña: Un grito en el pozo.

El descenso al abismo de los infiernos interiores, personales. La expiación masoquista de las culpas; unas veces propias, otras ajenas, la delectación en la introspección acerca del sentido de la vida y el futuro y la revisión constante del pasado de un Japón pre-moderno cimentado en bases que intentan legitimar el presente; son algunos de los temas reflexionados en El grito silencioso , la obra con la que el escritor japonés Kenzaburo Oé (Ose,1935) se dio a conocer y, cómo no, con la que obtuvo mayor valoración y resonancia en esta parte que del planeta nos corresponde: Occidente.

Cuando Yukio Mishima afirmaba que: la cúspide de la literatura japonesa actual había que buscarla en Kenzaburo Oé; no se equivocaba, considerado el mejor narrador oriental post-guerra, rápidamente cobró notoriedad dentro de círculos académicos cuando ganó, en 1958, el prestigioso premio Akutagawa por su trabajo titulado: La presa. Sin embargo, hubieron dos hechos que marcarían de manera decisiva la obra y vida del autor japonés; el primero: el nacimiento de su hijo autista en 1963; el segundo: una visita que hizo a Hiroshima para conocer los efectos de la bomba atómica de 1945 y entrevistar a los sobrevivientes heridos. Ambos acontecimientos causaron una revolución importante en su escritura y dieron como resultado dos obras cumbres: Un asunto personal (1964) y El grito silencioso (1967).

El grito silencioso, como ya apuntamos líneas arriba, es la obra de Oé que tuvo mayor resonancia en Occidente antes de que este ganara el Premio Nobel en 1994. En esta novela, que puede tornarse agresiva para muchos lectores no preparados debido a la dura y extrema caracterización de los personajes, el autor oriental revela la historia de los Nedokoro: Mitsusaburo "Mitsu" y Takashi "Taka”: Mitsusaburo es traductor y profesor en una universidad, signado por la tragedia la lista de sus desgracias es amplia: una esposa alcohólica, un hermano mayor asesinado, un hijo que sufre retraso mental, un ojo estropeado. Ante este infeliz panorama usualmente Mitsusaburo encuentra la manera de reflexionar y deleitarse con el sufrimiento sumergido dentro de un pozo. El arribo de su hermano Takashi, un tipo decidido, cosmopolita y con ansias de heroicidad; le da el sentido de la ardiente esperanza que tanto busca y de alguna manera lo mantiene a flote. Otros personajes menos funcionales, por ejemplo, son: la esposa alcohólica de Mitsusaburo y Pek Sun Gi, el emperador de los supermercados, contra el cual Takashi liderará una revuelta.

Novela donde Oé representa, sin ningún tamiz, el descenso más impúdico a los infiernos personales, no en vano ha llegado a ser equiparado, gracias al estilo que emplea, con Dante y Dostoievski. El progresivo método narrativo, en torno a temas existenciales, se detecta una influencia de Sartre y Camus, como el futuro y el papel del hombre frente a la sociedad hostil; hacen de El grito silencioso una sutil metáfora que revela una actitud frente al desconcierto que experimentan los personajes al tomar conciencia de su historia personal y nacional.

El sentido de sacrificio, el ambiente de misticismo, datos bibliográficos clave: una infancia llena de leyendas, vivencia de la Segunda Guerra Mundial, ocupación del Japón por ejércitos extranjeros; son algunos detalles cruciales que debemos tomar en cuenta para aprovechar al máximo el universo narrativo de este genial narrador japonés que a pesar de todo es, todavía, tratado con anticuerpos en su propio país, por cuestionar los cimientos del progreso fundado, como libra en sus novelas, sobre bases míticas. A pesar de todo, creemos, estamos en condiciones de afirmar que: gracias a la asombrosa capacidad para anudar mito e historia, locura con lucidez y anécdota con parábola Kenzaburo Oé se convierte en un autor esencial para literatura universal; lo que significa que estamos ante un escritor y una obra como El grito silencioso, entonces, ampliamente recomendables.
 
Jorge Antonio Salcedo Chuquimantari (Estudiante de sociología. Colaborador habitual del suplemento cultural SOLO4 diario CORREO. Edición Regional). Huancayo, 22 octubre 2007
La perla de John Steinbeck

Reseña: Arte y denuncia social.

La llamada novela de la tierra , aquella que se convierte en innumerables ocasiones en la voz de los desplazados, ese eficaz vehículo que sirve para mostrar los grandes conflictos sociales, es decir, la brecha abismal que media entre ricos y pobres no solo es patrimonio de la literatura latinoamericana, (los nombres de Manuel Scorza o José María Arguedas son particularmente recurrentes en este sentido) también en el hemisferio norte han existido novelistas como el estadounidense John Steinbeck que recrean, de manera magistral, estos estereotipos y resentimientos la mayoría de las veces no gratuitos.

Se dice que a los norteamericanos les fascina privilegiar el conocimiento práctico y que en cada estadounidense subyace un empresario. Cierto. Gracias a ello USA, que se encontraba por debajo de la ciencia europea a finales del siglo XIX, unas décadas después pasó de ser la sexta a la primera potencia mundial. La clave: objetivos claros, metas específicas. Y bueno, esta dinámica de superproducción y competitividad descarnada genera, innegablemente, un sistema capitalista y una civilización industrial (como dirían algunos) sin rostro humano. Es importante, entonces, apuntar que también esta singular paradoja ha sido fuente de debate, discusión y discurso literario por parte de autores norteamericanos preocupados por revalorar el espacio rural frente a las injusticias de los terratenientes capitalistas.

El californiano John Steinbeck, ciertamente, no fue el primero. Allá por los albores del siglo XX apareció una novela de estirpe ambiciosa, omnívora, llamada: Manhattan Transfer (1925). En ella el autor John Dos Passos con una técnica propia de la pintura llamada collage, presenta una obra cargada de un realismo expuesto sin paliativos, casi naturalista, en donde se visualiza una crítica despiadada al sistema capitalista. Veinte años más tarde, Steinbeck, en esa misma estela, le toma la posta y publica: La perla (1947), una joya de la narrativa breve, a caballo entre la poesía y el cuento e impregnada de sentimentalidad, parábola y un fino estilo esteticista.

A diferencia de Manhattan Transfer (que tenía una propensión colectiva y totalizadora) la anécdota que relata La perla, en clave de metáfora, es más bien sencilla. Contada a partir de un narrador omnisciente, esta obra nos refiere la historia de Kino, un pescador pobre, su esposa Juana, y el bebé de ambos Coyotito. Un día cualquiera Kino halla la perla del mundo que conmociona la existencia de su familia y de la gente del pueblo que los rodea. Este descubrimiento será el hilo conductor de una serie de acontecimientos inusuales que trastocarán el mundo familiar, y producirán un poder de enajenación sin límites.

Sin embargo, este episodio a todas luces de primera intención inofensivo, guarda, además, un alegato de dominadores y dominados. Kino pertenece a la raza indígena ancestralmente explotada y la perla que él encuentra es el símbolo que le hace desear la libertad. Esta gigantesca perla parece iluminar el camino hacia un mundo más justo y hacia el fin de siglos de explotación; a pesar de ello el sueño tranquilo y sosegado es amenazado por depredadores que andan agazapados. La potencial riqueza saca a luz la maldad que se encontraba escondida en la conciencia de la comunidad.

Redondeando, Lukács alguna vez llamó realismo crítico a la clase de ficción convertida en instrumento de análisis y exfoliación del mundo real; herramienta de denuncia de fraudes e injusticias que conlleva la historia. A esa raza de obras pertenecen todas las novelas de Steinbeck en general y La perla en particular, y es que a partir de ellas este genial narrador exhortó a los desposeídos a desafiar al sistema que les niega la dignidad y el sustento, y a la vez incitó a los individuos a buscar el sentido del espíritu que nos permita vivir en paz. Si tuvo éxito o no, la respuesta la ubicaremos, estoy convencido, en cada uno de nosotros.
 
Jorge Antonio Salcedo Chuquimantari (Estudiante de sociología. Colaborador habitual del suplemento cultural SOLO4 diario CORREO. Edición Regional). Huancayo, 22 octubre 2007
La hora azul de Alonso Cueto.

Reseña: Expiación nice

A Cueto se le criticó siempre la falta de consagración internacional. Todavía no da el gran salto a lo Bryce o Vargas Llosa -se decía. El reconocimiento por La hora azul (Premio Herralde de Novela 2005) de alguna manera, lo ha reivindicado.

Alonso Cueto (Lima, 1954) tiene en su haber seis novelas y siete libros de cuento; una de sus publicaciones (El tigre blanco) recibió, también, el premio Wiracocha; pero La hora azul es (salvo naturales objeciones) probablemente, la mejor de sus novelas.

La hora azul es la historia de Adrián Ormache, un abogado limeño, que gana 9000 dólares al mes, tiene una esposa guapísima y dos hijas adorables, es decir, un velo de lujo y confort bastante conveniente que lo tuvo amodorrado durante mucho tiempo; hasta que un fatal descubrimiento (su padre militar cometió barbaridad y media durante los años de guerra con sendero en Ayacucho) aterrizará al exitoso abogado y lo estrellará con la realidad de manera brutal.

Había veces que se tiraba a una terruca, después se la daba a la tropa para que se la tiren en fila, y allí nomás le pegaban un tiro en la cabeza. Así se olvidaban del miedo. ¿Eso era, así tan simple? (pag 67),- piensa Adrián, al escuchar la atroz confesión que su hermano, Rubén, le acaba de hacer gracias a la cual se entera de las torturas, violaciones y asesinatos perpetrados en ese cuartel del lejano Ayacucho. Pero la novela de Cueto da un giro inesperado cuando irrumpe en el universo narrativo del relato, Miriam.

Miriam, es una prisionera que logró escapar de las letales garras del comandante Ormache, y es, además, el vehículo mediante el cual Ormache Jr. busca la definitiva y salvadora liberación de sus más oscuras culpas, todas ellas gratuitas por cierto ya que, al final de cuentas, todos los atropellos los cometió su padre y no él.

En apariencia, el móvil del protagonista cuando busca atropelladamente a Miriam y escarba en todo ese pasado tortuoso es, a todas luces, sólo el temor al escándalo.

La novela, aunque demora en levantar vuelo, dosifica bien el suspense con cada dato nuevo develado, con cada giro inesperado; de ese modo suscita al lector emociones solidarias de ansiedad con respecto al desenlace. El suspense sólo puede sostenerse, dicen los expertos, retrasando las respuestas a las preguntas formuladas, el ¿qué pasará ahora?... ¿cómo se desatará el nudo?... Cueto logra mantener cierta sana impaciencia hasta el final. En lo formal; objetivo cumplido.

Es en el fondo donde La hora azul decepciona. El narrador no es fiable, su posición molestamente superficial, no conecta con la mayoría de los lectores peruanos, con los ibéricos seguramente sí, porque hay que tomar en cuenta que el premio Herralde se entrega en España. La guerra, o represión subversiva es un capítulo nefasto que desangró a nuestro país por más de una década, los más afectados, como casi siempre ocurre, fueron los peruanos con menos recursos, los más pobres y desamparados, entonces, si Cueto quiere hacer lo que llaman literatura comprometida me refiero a no ser un autor que relate lo que le salga del forro, como leí alguna vez, sino tratar temas delicados como la violencia política que padeció nuestra nación, debería tener más cuidado con el enfoque, ¡vamos!, el ángulo del cual se va asir para escribir la novela. No me equivoco cuando digo que el lector promedio peruano no se va a sentir identificado con el revisionismo afectado, ni con la expiación nice de un abogado con plata metido en dificultades.
 
Jack Farfán Cedrón (Poeta) Cajamarca, 12 octubre 2007
La celebración continúa, de Santiago Aguilar
En 7 momentos, a pausas, se disemina en este libro el aliento poético caudaloso, del poeta Huamachuquino Santiago Aguilar (1940), quien a partir de la inmensidad del universo como colofón (Celebración de la inmensidad sin nombre), inicia una celebración conjunta, con la humanidad. Otrora preciso, ya había celebrado a la humanidad en sus versículos, el barbado Walt Whitman, en sus Hojas de Hierba. Y esta vez le ha tocado alegrarse en La Celebración Continúa, por segunda vez, a la hierba; por enésima vez, cantar al padre y a la madre; a la piedra; y, como no, al manido amor. Desde una perspectiva justamente de celebración, Santiago Aguilar canta aun a la nimiedad de, por ejemplo: las arrugas de la frente. Como que el mundo es una pequeña celebración diaria, también lo es para alguien que muy a escondidas del propio mundo canta a manera de un torrente en invierno, al mundo y a todo lo que en él habita.

En esta edición, del autor no se precisan más datos que el lugar y el año de su nacimiento, y su obra producida. Los libros no deben ser escaparates biográficos ampulosos; más bien una biografía más que breve es la que deben ostentar. Luego, defenderse, si es que pueden. Y este libro lo ha hecho, y bien.

Leo en el recorte que el calmado poeta me muestra. Santiago Aguilar perteneció al Grupo Trilce, al igual que Ibáñez Rosazza. Ha trajinado mucho para alcanzar esta voz profética, festiva. Es de una tierra fría: Huamachuco. No todas las personas que habitan lugares fríos son melancólicas. Santiago no ostenta mucha melancolía que digamos; muy por el contrario, su poesía vive en sí misma con vida propia; despierta, aviva el fuego, disemina el agua y levanta insomnes que caminan sin más esperanza que unos versos con olor a espíritu joven, ¡con olor a fiesta que continúa!.

Esta mañana encontré al profeta. Me lo encontré en la calle y hablamos unos momentos. Leí el recorte de El Comercio donde mostraban justamente su trabajo, su vida. Sacó de su maletín un ejemplar del libro y me lo dio. Y nos despedimos. Pareciera que hace sólo unos momentos Santiago hubiera susurrado al viento estos frescos poemas que acabo de leer, de celebrar en la intimidad de mi lecho. La Celebración Continúa, de Santiago Aguilar, como dijo Borges acerca de Ensayos y Diálogos de Oscar Wilde, pudo haber sido escrita esta mañana.

*Referencia bibliográfica: Aguilar, S 2006. La celebración continúa. Ediciones Algo te Identifica. Trujillo-Perú. 2006.
 
Jack Farfán Cedrón (Poeta) Cajamarca, 12 octubre 2007
Collage Fractal, de Edgar Malaver Narro
Estos trece poemas son hijos de un universo caótico: la creación. La idea genésica de su composición deviene de los fractales, fórmulas matemáticas visualizadas como una desmembración infinita. Una poética de laberinto, la de Collage Fractal, de abrir nuevos recovecos en la mente; derivaciones de otras derivaciones; un desmembramiento sutil, como las fórmulas matemáticas de la fractalia. Si a esto le sumamos la antojadiza pinacoteca que sugiere su lectura, obtenemos verdaderas muestras de surrealismo, libre de maquinaciones gratuitas. El mismo frontispicio del libro sugiere una ramificación al infinito de imágenes que se superponen: dos manos que de cada uno de sus dedos nace una mano y esa mano a su vez da origen a otros dedos provistos de otras pequeñas manos, cada una de ellas con sus cinco dedos, y así, hasta el infinito. Este libro fue maquinado, amasado y sacramentado, cuando no oleado, en 2001, por el poeta y amigo Edgar Malaver Narro. Todas estas muestras visuales de poesía giran entorno al arte, no ese arte parametrado a reglas fijas, sino a un arte quitasueño. Uno puede leer de arriba para abajo, de izquierda a derecha, empezar por el medio e ir a los extremos esos saltos son propios de la mente y del juego. El juego para la humanidad implica experimentación, un distraerse en las cosas, recreándolas, dándoles vida propia a través del juego que vaya creando la mente, en este caso, un deleitoso juego de palabras, combinadas a colores e imágenes. Todo en Collage Fractal nos conduce a una reproducción infinita de asociaciones; imágenes echadas a la suerte al universo, desde un universo caótico que bien podría ser una bolsa llena de frases recortadas al azar y elegidas al azar para ser pegadas sobre fondos de diversos colores, otras veces con sendas ilustraciones que podrían ser o no el centro o el tema principal de cada muestra poética. Todo artista innovador es recordado y este es el caso de Edgar Malaver Narro, quien es el primero -en Cajamarca- en usar la técnica pictórica del collage para armar poemas con frases recortadas -como otrora lo hicieron los surrealistas-, dando así origen a una libertad de textos poéticos que por su clara premeditación, nos sugieren un caos ¿intencionado?, la dosis necesaria para mantener sano el corazón.

*Referencia bibliográfica: Malaver, E. 2007. Collage Fractal. Edición del autor. Cajamarca-Perú.
 
Jack Farfán Cedrón (Poeta) Cajamarca, 12 octubre 2007
César Moro, de André Coyné
En este ensayo apologético que retrata la personalidad extraordinaria del poeta peruano César Moro (Lima, 1903-1956), André Coyné, a prueba de balas, pone en tela de juicio que un hombre libre lo es “24 horas al día”, afirmación de Geert van Bruaene que levanta polvo en un mundo tan laboral y rutinario como el que nos ha tocado habitar, ya que para poder vivir de manera honesta, al menos 8 horas de nuestro tiempo deben ser arrebatadas de esa “mítica” libertad que Coyné propala en las primeras páginas, no menos amicales que laudatorias, en torno a tan surrealista personalidad.

Más que una nota necrológica ―publicada por vez primera en 1956, año de la muerte del poeta―, este pequeño tomo describe la personalidad de un verdadero poeta apasionado, que aun en los avatares de la vida, jamás renunció a su libertad. Moro rehuía del escándalo vulgar de la prensa o los eventos “culturosos”, su vida era un escándalo, pero era un escándalo en el sentido de salirse de los cánones establecidos, rehuir del arte adormidera. No escribir a un horario fijo o trabajar a determinada hora. Moro era libre de una libertad rebelde como la poesía, una rebeldía en contra del arte concebido como una experiencia insoportablemente regionalista, lacrimógena y que busca figurar.

Ese “otro mundo” en el que vivía plenamente Moro, es el que nos llevará, a muy largo plazo (la memoria no es efímera) a la verdadera libertad, la de los sueños. Moro siempre será el eterno legado de un verdadero poeta. Moro no ha muerto; cada vez que leemos sus poemas revive ―cito a Coyné― “el incendio de un palacio de aire que iluminaba su mirada”. Algunas fotos de Moro y sus pinturas adornan el texto. Y se deja entrever un hálito tardío y persuasivo de que la libertad del hombre es la verdadera poesía que urde a diario sus sueños.

*Referencia bibliográfica: Coyné, A. 2003. César Moro. Ensueño Indescifrable Editores, Lima-Perú.
 
Jack Farfán Cedrón (Poeta) Cajamarca, 12 octubre 2007
Euritmia, de Denisse Vega Farfán
El móvil de este pequeño tomo de poemas es la armonía de los textos, que no necesariamente siguen algún hilo conductor que los mantenga unidos. Su feliz desenlace es lo que motiva al lector a una reflexión denodada acerca de la vida y su cauce torrentoso. El leitmotiv que sostiene al libro es de variado registro. Un muso azaroso, una casa que recuerda una niñez feliz en alguna ciudad norteña, entre otros temas de corte personal.

La belleza de Euritmia es su misma corriente emotiva, el flujo con el que la poeta ha escrito estos textos rítmicos y frescos. Ante una primera entrega lírica, es casi seguro encontrar detalles que median entre la fuerza expresiva y una desenfadada naturalidad humana. Capaz de expresar el advenimiento del otoño en la simple caída de una hoja, o el fervoroso deseo de ser abrazada, Denisse Vega conmueve con piezas enlazadas a una poética sincera y brillante por sus claros modos expresivos.

La locura siempre ha sido el vehículo para convertir todo arte en corriente expansiva, hacia los hombres. Los aedas necesitan algo de locura para salirse de los cánones establecidos por la sociedad. Y esa locura está presente en el espíritu que ronda a la magia del paisaje y las emociones. No ceñido a los cauces normales del destino, Euritmia revela una forma expresiva muy natural, la del flujo de la sangre; en su poesía que fulgura, cual himno de la noche.

*Referencia bibliográfica: Vega, D. 2005. Euritmia. Chimbote- Perú. UCV.
 
Jack Farfán Cedrón (Poeta) Cajamarca, 12 octubre 2007

Mitos de la soledad, de Edgar Malaver Narro
El amor es un mito. No su desenlace, no la primera emoción, sino su proceso, es lo que convierten al amor en un agradable sufrimiento. El poeta, no por instinto, no por exceso, va construyendo castillos en el aire con la trama que urde el amor dentro de su poesía. Ese proceso es lo que hace emocionante tal construcción poética, el magma literario es la emoción misma que al final, llega a un desenlace cada vez que el acto de escribir encuentra su cause, el poema. Una vaga forma de esperanza la que nos alienta a diario; el amor está en todas partes como una enfermedad. Si el amor es una mentira, entonces es seguro que podemos vivir de las mentiras, y esa mentira es y ha sido hasta hoy una forma de poetizar de los líridas románticos, los que son, hasta hoy, especies en extinción. La mayoría de ellos han tejido los peores versos, pero algunos de ellos, los mejores.

Mitos de la Soledad es un poemario que no sostiene ninguna mentira en su poética. Si bien es cierto que el paisaje, lo bello que sucede en el paisaje, es lo más parecido a un sueño, no siempre ese sueño tiene que ser una mentira. Las descripciones que en este libro encontramos se evidencian casi a diario en pequeños pueblos serranos, donde alfombras de luciérnagas, ocasos que duran un instante que evoca toda una eternidad, traslucen fantasía, una quimera real -valga el oximorron-, un infinito collar de sueños, como lo sostiene unos de los poemas de Edgar Malaver, quién hace seis años publicó este pequeño libro. Una musa inasible plaga los 18 textos, una musa inasiblemente real que pierde la mirada hacia ocasos concretos, hacia cantos y mañanas con rocío concretas.

Hay un poema en especial en Mitos de la Soledad que resume mi historia, mi pequeña historia de amor. Las coincidencias existen y releyendo ese poema vuelvo a sostener que el amor es un mito. Nunca concreta nada, sólo atinamos en el amor, a vivir esos mágicos momentos, los que en un día cercano o lejano quizá los podamos leer en alguna pequeña histora, como la que Edgar Malaver ha escrito y que fiel a mi sueño perdido, transcribo:

Caminamos aquella tarde
acompañados por nuestros sueños recién planchados
para relucir
Al tiempo le cambié un verso por una hora
y nos obsequió tiernamente en los caracoles su sonrisa
No nos sobraron palabras
quizás llenabas más aprisa los espacios de tu vida
los míos escondidos en cada una de tus señales
naufragaban al respiro de las últimas luces en la arena
Cómo mentí
aquella tarde que cambiaste los caminos santamente rutinarios
Cómo cambié aquella tarde / que rompiste los mitos de la soledad.


*Referencia bibliográfica: Malaver, E. 2001. Mitos de la Soledad. Cajamarca- Perú. Edición del autor.

 
Jack Farfán Cedrón (Poeta) Cajamarca, 12 octubre 2007
Las falsas actitudes del agua, de Andrea Cabel
Los libros siempre han sido mi principal preocupación, casi siempre una preocupación obsesiva: citas, números arábicos, romanos, uno que otro jeroglífico adornando viejas páginas octavas. Independientemente de la convenida crítica de discurso de sobremesa, el libro llega a los lectores y sobrevive más en sus memorias que en la de críticos distraídos u olvidadizos. No es este el caso, que merecidamente no ha olvidado la crítica.

Frente a numerosos prólogos y reseñas, mi intelecto no cuenta más que con el superficial caer en la cuenta de algún transcurso literario que es menos moda que monopolio diariesco, a los cuales sigue borregamente la crítica, en algún ámbito no ajeno a mi descentralizada persuasión de lector.

Dentro de la literatura existe una suerte de alquimia entre emoción e intelecto. La poesía, dentro de la literatura, siempre ha incluido a la prosa como arma persuasiva al lector; es decir que la poesía no sólo nos cuenta una historia, sino que la transmite (a través de una lectura atenta), al sinfondo de las emociones.

Siempre me he preguntado qué es lo que dice la poesía. Mi cuestionamiento frente a este arte mayor ha coronado su admiración en cada momento final de la lectura. Es como aquel momento a la vez vacío y feliz, después de la batalla amatoria: casi nada. Cuando leemos poesía no esperamos entender nada, es sólo el flujo de la sangre transmitiéndonos una energía especial: El olor del aire del mundo, como reza uno de los últimos versos de tan torrentoso poemario que tengo el agrado de criticar. Y no es para menos cuando en cada una de sus piezas en forma de prosemas, evidencio una pequeña historia que evoca un amor, un sueño, una rama o una mujer de espaldas a la vida. En Las Falsas Actitudes del Agua, Andrea Cabel novela una poética, lira una prosa, acaso. Esa amalgamación entre microrelato y poema, esos objetos con los que nos rodea lo inasible, una lámpara de tristeza extinguiéndose en cuartos olvidados.

No hay nada como hacer eco en la historia. Y no hay mejor arma que con la poesía. Es bueno recordar la emoción cuando uno lee un libro, pero no menos lúcido es recordar la trama que urde una historia poetizada. Y más precisamente cuando uno se emociona al recordar una historia poética.
Un amor, una vida, un viaje. Todo lo que entreve la poesía es cosa de extrañar, casi siempre. Y extrañar a alguien es lo que nos deja un viaje. La poesía es triste como un viaje, un viaje por los recuerdos, que casi siempre urden los poetas, en finales que muerden, que conmueven.

*Referencia bibliográfica: Cabel, A. 2006. Las Falsas Actitudes del Agua. Lima- Perú. Centro Cultural de España.

 
Jack Farfán Cedrón (Poeta) Cajamarca, 12 octubre 2007
Cuando cae una hoja, de César Panduro Astorga
Con un pequeño relato autobiográfico que frisa la pieza lírica, César Panduro da inicio a su primera colección de versos. Debiera desligarme de un lenguaje de brindis de sobremesa, acaso de la naturaleza de los prólogos que convienen al común de las personas que asienten a cualquier lectura de corte mediático. No es para menos, cuando doy una última revisión a tan bello grupo lírico. Se trata pues del primer paso de un poeta que embelesa con las palabras, ensalzando la naturaleza, describiendo sublimes sentimientos ligados a la poesía. Cabría recordar las primeras entregas sublimes de W.B. Yeats, acaso la ensoñación develadora de una trama simple, como la urdida por Cavafis. Cuando Cae una Hoja: parece rezar la última línea de un haiku perdido en algún paraíso no lejano. 44 poemas que ruedan como las primeras gotas de una montaña que mana agua cristalina, se mezclan con un río que canta y riega desiertos sembrados con viñedos, en el desierto de La Huacachina, en la calurosa Ica, ciudad natal del aeda. Y es que en los versos de Panduro, La luz origina el mundo, mundo en el cual las musas se exponen al sol abrasador por espacio de palmas refrescantes, y, cercano, el lago que refresca el desierto, sabio como el tiempo y el viento que no se pueden amonedar. La poesía es un milagro que a los poetas nos sucede a diario, un milagro que el poeta devela ante vuelos, saltos de peces, caracolas frescas y ramajes dispersos. En Cuando Cae una Hoja, el origen es color, fiesta de fruta, cantos de aves y abanicos de viento que magnetizan, cómo no, ese hermoso lago que apenas he vislumbrado en la poética de César Panduro. Cuando era pequeño solía preguntarme si los animales hablaban entre ellos. La Oruga, poema de más largo aliento que ilustra el volumen, da cabida a una comunicación entre poeta, lector y la misma oruga. En todos y cada uno de los poemas encontramos una empatía mágica entre naturaleza, poesía, hombres y animales. Poesía de corte sencillo y sabio (lo simple es mágico), la poesía de César Panduro, también evoca la época de la niñez, que es cuando las cosas nacen ante nuestros ojos. Tal parece que la inocencia nunca abandonará a César Panduro. Así lo denota su potencial poético. Cuando leí el libro por primera vez, me invadió una paz interior que sólo se encuentra en las estrellas y los árboles, de los cuales sólo esperamos un nido/como fruto. Y lo seguiré releyendo cada vez que la vida me agobie.

*Referencia bibliográfica: Panduro, C. 2006. Cuando Cae una Hoja. Lima- Perú. Lustra Editores.
 
Jack Farfán Cedrón (Poeta) Cajamarca, 12 octubre 2007
El archivo personal de Julio Ramón Ribeyro, de Luis Fuentes
El archivo personal de Julio Ramón Ribeyro es un libro conformado por 22 textos jamás aparecidos en libro alguno, se trata de artículos de toda índole, muy bien documentados, amenos y originales del maestro Ribeyro, quien nos devela en estos textos un mundo alterno a su ejercicio narrativo pleno. El autor de esta documentada publicación, el limeño Luis Fuentes, además ha hurgado en bibliotecas, hemerotecas y librerías para poner a nuestro alcance la más completa guía bibliográfica del maestro, fotografías de todas y cada una de las ediciones de Ribeyro publicadas desde su primer libro de cuentos Los gallinazos sin plumas (Circulo de Novelistas Peruanos, 1955), hasta ésta última, aparecida en setiembre de 2006. Además podemos disfrutar de un poema en homenaje a Ribeyro, de su íntimo amigo, el poeta Leopoldo Chariarse y otros textos acerca del autor, por renombrados intelectuales, y la producción escrita entorno a Ribeyro (ensayos, artículos, tesis, etcétera). La edición fue auspiciada por el Instituto Raúl Porras Barrenechea de la UNMSM y por el Fondo Editorial Cultura Peruana.

*Referencia bibliográfica: Fuentes, L. 2006. El archivo personal de Julio Ramón Ribeyro. Lima-Perú. Fondo Editorial Cultura Peruana.
 
Jack Farfán Cedrón (Poeta) Cajamarca, 12 octubre 2007
Sin querer queriendo, de Roberto Gómez Bolaños
Creador de singulares personajes en programas televisivos como El Chavo, El Chapulín Colorado, Los Chiflados, Los Caquitos, entre otros, que formaron el elenco multitudinario , Roberto Gómez Bolaños, Chespirito , el comediante número 1 de la televisión humorística, como lo anunciaba el spot previo al El Chavo, en el Canal Ocho: TIM (Televisión Independiente de México), canal que luego uniría sus fuerzas con Telesistema, originando Televisa, es sin duda alguna el mejor comediante de habla hispana que ha podido producir el ingenio.
Roberto Gómez Bolaños (México, 1929) se inició en el mundo de la actuación escribiendo jingles, sketchs y slogans publicitarios para la productora de programas televisivos D´arcy, agencia que facilitaría que Chespirito, el popular Chavo del Ocho escribiera los guiones televisivos y luego cinematográficos para Capulina y Viruta, cómicos de aquel programa humorístico cuyo protagonismo recayera posteriormente sólo en la persona de Gaspar (Capulina), aquél señor grueso, popular por el facilismo de sus chistes, a finales de los 60.
Agustín P. Delgado, productor de TV, fue el primero en bautizar a RGB como Shakespearito , (Chespirito), dado el ingenio que demostraba antes de incursionar con esos inolvidables personajes ya clásicos y paradigmáticos con no menos anécdotas que multitudinarias giras por sudamérica y hasta New York, abarrotando por dos veces el Madison Square Garden (años 70s).

La idea de El Chavo, un niño pobre de unos 8 años de edad que en el primer capítulo se acercara a mirar los globos que Don Ramón vendía a voz en cuello, surgió gracias a que la popularidad de El Chapulín Colorado requiriera un espacio extra durante la semana. El Chavo se transmitía los Lunes y El Chapulín Colorado los miércoles, alcanzando no sólo superar en rating a la competencia, sino que alcanzaría contratos en casi todos los países de habla hispana, lo que se convertiría en una función itinerante que alcanzaría cantidades multitudinarias de público en sus presentaciones: En el Estadio Nacional de Chile, 80000 personas, en 1973; en el Luna Park de Argentina, durante 7 días consecutivos abarrotaron el local; Perú 50000 personas; además las giras se extendieron por Venezuela, Colombia, Ecuador, Uruguay, Puerto Rico, Panamá y El Salvador, país que muchos años después le ha otorgado el Título de Doctor Honoris Causa por su inconmensurable humanismo , habiendo logrado transformar a lo largo y ancho de América Latina y del mundo: el llanto en sonrisa, la sonrisa en alegría y la alegría en pensamiento y acción , así rezan las letras góticas del diploma: Doctor Honoris Causa en Filosofía de la Vida , que la república de El Salvador, a las diez horas treinta minutos del día uno de septiembre de 2005, le otorgara; año en el cual Chespirito escribiera este libro de memorias autobiográficas, plenas de anécdotas que viviera con el grupo humorístico más popular en el mundo de habla hispana: Chespirito, integrado entre otros personajes por: La Chilindrina (María Antonieta de las Nieves), El Señor Barriga (Edgar Vivar) El Profesor Jirafales (Rubén Aguirre) , Doña Florinda (Florinda Meza), Godínez (Horacio Gómez), Don Ramón (Ramón Valdez), La Bruja del 71 (Angelínez Fernández), Jaimito El Cartero (Raúl El Chato Padilla) y Quico (Carlos Villagrán), entre otros, que no sólo demostraban su evidente carácter histriónico para interpretar sus respectivos personajes, sino también una entrañable amistad, amistad que sucediera por primera vez en el programa Los Genios de la Mesa Cuadrada , en el año 70, con Ramón Valdez, Aníbal del Mar, Maria Antonieta de las Nieves, Rubén Aguirre y el ya existente en ese entonces Doctor Chapatín . Pasados dos años de esta primera puesta en escena televisiva dedicada a parodiar al programa Mesa Redonda y a artistas de la época, hace su aparición El Chavo, cuando el personaje contaba ya con 42 años (1971) y su amada Florinda Meza (su segunda esposa) con sólo 22 años.

Admirador de Stan Laurel & Oliver Hardy y Charles Chaplin, RGB hace poco ha celebrado su más pintoresco personaje en estos últimos años en El Diario del Chavo, libro que ha vendido la no muy despreciable cantidad de 50000 ejemplares, cifra avasalladora teniendo en cuenta que aun escritores establecidos sólo venden 2000 o cuando mucho 3000 ejemplares.

Con Los 12 mejores nietos del mundo , Chespirito, pasa momentos apacibles recordando siempre aquél episodio que se iniciara en 1971 y que culminara su grabación en Televisa cuando el genio creativo contara con 66 años (1995). Han pasado muchas décadas, comedias, anécdotas y millones de seguidores en todo el mundo, en la vida del Shakespearito de la comedia mexicana, que quizá ya figure el los diccionarios como El Comediante número 1 de la Televisión humorística: Chespirito y todo esto, como se lee en el título que ostenta sus memorias fue: Sin querer queriendo.

*Referencia bibliográfica: Gómez Bolaños, R. 2006. Sin Querer Queriendo (Memorias). Editorial Aguilar. Mexico, D.F. 448 + 40 pp con fotografías.
 
Jack Farfán Cedrón (Poeta) Cajamarca, 12 octubre 2007
Borges Oral-Conferencias, de Jorge Luis Borges
La oralidad es el principal vehículo de comunicación entre los hombres, aun entre los animales y los objetos. El hombre en sus disímiles intentos por transmitir sus pensamientos, ha legado pinturas rupestres, señales de humo, escrituras cuneiformes, jeroglíficos, entre otras formas de escritura. Pero la oralidad compenetra al orador con el oyente. Un solo orador dirigiéndose a uno solo de los asistentes a una conferencia, puede crear un vehículo de comunicación tan persuasivo, que daría la impresión de que la conferencia sólo estuviera dirigida a él. Ya por necesidad económica, ya por legar conocimiento, a partir de 1949, Borges inicia el dictado de conferencias con una disertación sobre Nathaniel Hawthorne, y se convirtió con el correr del tiempo en una incesante actividad, que en principio era estimulada con una copa de vino o guindado, motivo por el cual, soltura y erudición se combinaban para mostrar al Borges orador, al Borges compenetrado con sus alumnos ávidos de conocimiento. Así, Borges sustentaba de que una buena conferencia era como estar pensando en voz alta; si lograba esto, entonces sentía que había sido una buena conferencia. En Borges Oral, consistente en una reunión de conferencias dictadas en la Universidad de Belgrano, encontramos a un Borges más humano y con un lenguaje más sencillo que el de su obra escrita, no menos plagado de citas y valiosísimas reflexiones filosóficas. En “El Libro”, primera conferencia dictada el 23 de mayo de 1978, Borges resalta la idea de éste como algo divino, en donde cita a Bernard Saw cuando le interrogan que si creía que el Espíritu Santo había escrito la Bíblia y él contesta: “Todo libro que vale la pena ser releído ha sido escrito por el Espíritu”. Todo libro tiene que ir más allá de su autor –prosigue–; todo libro es todos sus lectores. Cuando alguien recita un verso de Shakespeare, en ese momento el lector es de alguna manera aquel momento en el cual fue escrito el poema; es decir, Shakespeare –acota–. El libro, La inmortalidad, Emanuel Swedenborg, El Cuento Policial, El tiempo, Borges Oral es una miscelánea de conocimiento reflexivo, filosófico, enigmático, legado que el erudito transmitiera a los alumnos de la Universidad de Belgrano. No olvidemos además que Borges profesó la docencia a lo largo de 20 años en la ciudad de Buenos Aires, y que tras varias operaciones de cataratas hasta 1955, Borges pierde la visión totalmente, desarrollando así una lúcida memoria, y un vasto sentido de la oralidad. Borges Oral, ha sido transcrito, íntegramente, a partir de grabaciones magnetofónicas de dichas conferencias; exceptuando, claro está, algunos titubeos y tropiezos a la hora de la disertación. Borges, al hablar de su ceguera la definía como un lento crepúsculo que ha durado más de medio siglo, un crepúsculo en el que dictaba libros de poemas, ensayos, cuentos…un crepúsculo que para sus lectores es y será siempre, toda una eternidad de conocimiento e imaginación vasta de uno de los más grandes escritores del planeta.

*Referencia bibliográfica: Borges, J. L. 1997. Borges Oral, Conferencias. Emecé Editores, Buenos Aires-Argentina.
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