Hasta hace muy poco el último refugio del libro era el consultorio dental. Allí encontrábamos una serie de revistas rotas y pasadas que se ofrecían al paciente como una anestesia antes de sufrir los estragos del martirio. Otros locales ya habían abandonado al libro: las cafeterías, por ejemplo, los bares, incluso algunos restaurantes, los aviones, los gimnasios y los buses interprovinciales optaban por la tele y les decían a los usuarios que el libro y la lectura no eran bien recibidos. Prohibido leer, esa es la consigna.
En los buses interprovinciales no tienes escape: o ves o ves la tele durante las quince horas que pueda durar el trayecto. En los gimnasios está muda y escogen siempre programas deportivos, casi como una reiteración. En las cafeterías tienes a la tele como música ambiental y en los bares ponen fútbol, box o tenis, y no te libras de sentir el susurro de las imágenes cerca de la nuca.
El libro requiere tres condiciones que hoy por hoy resultan escasas: tiempo (todo el mundo corre), silencio (todo el mundo prefiere la bulla), espacio (los espacios andan llenos, llenos de gente, de chillidos), pues el libro es un objeto que invita a la concentración. Sin esas condiciones, el libro no puede existir. La tele, en cambio, es ruidosa por naturaleza e invade con fuerza los resquicios de la intimidad. Una persona acompañada por un libro se vuelve sospechosa.
Lima es una de las pocas ciudades en las que la oferta de libros disminuye durante el verano, es decir, en las vacaciones. La sugerencia es que las novedades se muestren antes de las navidades porque, como afirman los marqueteros, en el verano no se lee. Los escolares, que durante el año han leído quizá un libro completo, no imaginan que durante sus vacaciones parte del vacilón pueda recaer en la lectura. Después no nos quejemos de que los peruanos nos expresamos mal, que no sabemos escribir, que no sabemos hablar, porque en el Perú se considera que los argentinos son más cultos que nosotros por el simple hecho de que saben hablar.
En los hogares peruanos la reina y señora es la televisión, y alrededor de ella gira la conversación, los malos entendidos, las peleas, la lucha por el control, la división de televisores para que unos vean fútbol y otros telenovelas. Por lo general, no hay libros ni revistas ni periódicos. Solamente Grucho Marx decía que le encantaba la tele porque cada vez que la prendían cogía un libro. Sin duda, era un marciano, un bicho raro en busca de tiempo, espacio y silencio.
Los escolares, que durante el año han leído quizá un libro completo, no imaginan que durante sus vacaciones parte del vacilón pueda recaer en la lectura.
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