|
Más allá de los preocupados consejos de preceptores, padres de familia, cónyuges y jugadores arrepentidos, los juegos de azar y las apuestas forman parte del tejido cultural de las sociedades... y cambian con ellas. Esto se puede ver en Lima, donde el golpeado de la bodega de la esquina y el cascabeleo del cachito han sido reemplazados por esas cajas registradoras musicales que son los casinos. En el siguiente artículo, el poeta, narrador y jugador de póquer, Al Álvarez (Londres 1929), nos ilustra sobre este juego y algunos de sus momentos y personajes más resaltantes.
|
|
Ases de oros: los mejores y más
brillantes jugadores de póquer en el mundo |
 |
Por A..
Alvarez
Título original: "The Best and the
Brightest"
The New York Review of Books, Vol. 53, No.
5,
23 de marzo de 2006
Traducción de Alberto Loza Nehmad
(albertoloza@librosperuanos.com)
Libros reseñados:
One of a Kind: The Rise and Fall of Stuey "The Kid" Ungar, the World's Greatest Poker Player
por Nolan Dalla and Peter Alson, Ed. Atria, 316 pp.
The Professor, the Banker, and the Suicide King: Inside the Richest Poker Game of All Time
por Michael Craig, Ed. Warner, 282 pp.
|
|
|
1.
Según Alexis de Tocqueville, creer en la suerte era una de las características fundamentales que diferenciaba a las cerradas y jerárquicas sociedades de Europa de la completamente abierta democracia del Nuevo Mundo, donde las distinciones de clase eran fluidas y la posibilidad de ir de una cabaña de troncos a la Casa Blanca no era un sueño de ilusos: "Aquellos que viven en medio de las fluctuaciones democráticas -- escribió -- siempre tienen ante sus ojos la imagen de la suerte, y terminan tomándole el gusto a todas las empresas en las que la suerte toma parte".
Tocqueville escribía cuando el póquer era aún un crudo juego de apuestas jugado en las barcazas de río, pero cuando se difundió al norte del Mississippi y luego al oeste junto con la fiebre del oro y los vaqueros, -- el
stud poker, una de las muchas variedades del póquer, tomó su nombre de los caballos -- gradualmente se convirtió en un pasatiempo que representaba el espíritu de la frontera. Como las empresas de los pioneros, el póquer prosperaba en medio de las grandes expectativas y de la idea de bastarse a sí mismo, en medio de las aventuras riesgosas y el oportunismo, así como en la disposición a abandonar una mala mano de naipes y seguir adelante. A finales del siglo XIX, el póquer se había convertido en un juego nacional, tan intrínseco a la psique norteamericana como el ajedrez lo es a la rusa, el
cricket a la inglesa y las carreras de autos a la italiana. "El juego -- decía Walter Matthau -- ejemplifica los peores aspectos del capitalismo que han hecho tan grande a nuestro país". El póquer, quería decir, es el darwinismo social en su forma más pura y brutal: el débil se hunde y el más apto supervive mediante el cálculo, su visión de las posibilidades, el autocontrol, el engaño además de la inflexible determinación de nunca darle una oportunidad justa a un bobo.
En 1960, John Scarne, una de las mayores autoridades en los juegos de azar, reconoció que el póquer era regularmente jugado por lo menos por 47 millones de
estadounidenses.[1] No obstante, a pesar de su popularidad siembre hubo algo oscuro alrededor de este juego, como si nunca se hubiese librado de sus orígenes arrabaleros. El viejo póquer, como se jugaba a inicios del siglo XIX en los casinos de Nueva Orléans y en los vapores del Mississippi, era un juego para cuatro personas que se jugaba con una baraja de veinte naipes; cada jugador recibía cinco cartas, apostaba o cerraba su juego de acuerdo al valor de ellas, y luego mostraba la mano recibida. Dado que solo se servía los naipes una sola vez, el juego resultaba ideal para quien supiera cómo preparar la baraja o marcar los naipes. A mediados de ese siglo, el juego había sido adaptado a una baraja de cincuenta y dos naipes, pero los tramposos permanecieron: simplemente ajustaron sus habilidades al nuevo reto y su continua presencia en los ilegales juegos de trastienda -- o la amenaza de ella -- oscureció la reputación del juego. Incluso en el siglo XX, en los legales salones de juego de Las Vegas, no había garantía de que todos los juegos fueran limpios, hasta que la mafia perdió control de los casinos y los nuevos dueños corporativos se dieron cuenta de que había más ganancias en la honradez que en las trampas.
"¿Es el póquer un juego de azar?", le pregunta alguien a W. C. Fields en la película
My Little Chickadee (1940). "No de la manera en que lo juego". Fields es un tramposo de viejo cuño y se viste como tal: sombrero de copa, guantes blancos, levita deslucida. En el presente, los jugadores profesionales prefieren chaquetas cortas de cuero y gorras de béisbol aunque acerca de la pregunta del azar, ellos y Fields estarían de acuerdo: todos trabajan bajo el principio de que el póquer, como el ajedrez, es un juego de habilidades y de que, en el largo plazo, siempre ganará el mejor jugador (lo que no mencionan es que incluso para los mejores jugadores, el corto plazo puede algunas veces durar más de lo que ellos jamás podrían imaginar). Como los artistas, los jugadores profesionales se ven como espíritus libres, solitarios que trabajan fuera del sistema, sin jefes ante quien responder y sin horarios impuestos, y prosperan, algunos de ellos espectacularmente, simplemente en virtud de sus talentos naturales. La mayoría tiene una memoria fotográfica y todos ellos -- incluso los de la vieja guardia como Puggy Pearson y el finado Johnny Moss, quienes llegaron solo hasta el tercer grado de primaria -- han recibido una doble bendición: una facilidad para las matemáticas que les permite calcular con precisión las probabilidades en cada ronda del juego, y un instinto para "leer" a los otros jugadores (para advertir las vanidades y temores que los hacen vulnerables y para conjeturar las cartas que ellos tienen en mano). Es una combinación formidable que probablemente les traería el éxito en el mundo formal, pero, hasta hace poco, cuando el póquer se convirtió en una fiebre internacional, incluso los mejores jugadores parecían incómodos con el estatus social que tenía la profesión de su elección.
|
|
2.
La excepción más notable fue Stuey Ungar, quien generalmente es reconocido como el jugador más talentoso de todos los tiempos. En
One of a Kind: The Rise and Fall of Stuey "The Kid" Ungar, the World's Greatest Poker Player [Único en su género: el auge y la caída de Stuey "El Chico" Ungar, el más grande jugador de póquer en el mundo] sus biógrafos, Nolan Dalla y Peter Alson, dejan bien en claro que a Ungar nunca le molestó la opinión del mundo formal, por la sencilla razón de que Stuey tuvo muy poco contacto con él. Su padre era un corredor de apuestas y prestamista de la mafia, quien poseía un bar llamado Fox's Corner en el Lower East Side, en la esquina de la 2da. Avenida y la 7ma. Calle. El lugar era popular entre los gángsteres, de modo que Stuey, quien fue allí con su hermana mayor, Judith, todos los días a partir del primer grado, pasó lo que podría llamarse su niñez rodeado de la gente la mafia, como se lo dijo a Nolan Dalla:
|
|
Siempre traté de encontrar excusas para abrirme paso al bar donde todos esos tipos conversaban. Quería saber qué pasaba. Lo primero que puedo recordar, el primer recuerdo consciente que tengo, es el de aprender cómo manejar el servidor de gaseosas. Debo haberme bebido diez cocacolas al día tratando de escurrirme hasta el bar para oír sus conversaciones. Yo solamente quería ser parte de todo ello.
|
|
Stuey era hiperactivo y extremadamente inteligente, un niño fieramente competitivo a quien le encantaba correr riesgos, pero siempre fue pequeño, delgado y frágil; hizo sus pininos en los juegos de mesa, comenzando con las damas y el monopolio, con su hermana, luego trasladándose rápidamente a los naipes, siempre por dinero, puesto que apostar era lo que todos hacían en ese bar, el Fox's Corner. Pese a tener un talento especial para los números, la escuela lo aburría. Cuando estaba por el sexto grado ya le llevaba la contabilidad a su analfabeto padre. Como la mayor parte de los corredores de apuestas, Ungar padre no apostaba, aunque su esposa tenía una pasión por los naipes, que ella jugaba bastante mal, mientras su pequeño hijo miraba e intentaba decirle qué hacer. "Desde la edad de siete años", le dijo a Dalla,
|
|
Yo miraba a mi madre jugar al póquer y al golpeado; ayudaba a mi padre con sus libros de cuentas. Quiero decir, antes que pudiera hacerle el nudo a mis malditos pasadores, podía sacar ventaja en un juego de caballos.
|
Si su padre hubiera vivido, habría mantenido al muchacho en la escuela, pero murió
in flagrante con una de sus muchas amantes cuando Stuey tenía catorce años, dejándolo al cuidado de su irresponsable madre. El hijo pudo haberle enseñado a ella a jugar cartas, pero aparentemente ella no le enseñó nada a cambio; pasaron otros veinticinco años antes de que él aprendiera incluso los modales más elementales: la exasperada esposa de un amigo le enseñó a usar los cubiertos. Abandonó la escuela, tomó trabajo repartiendo cartas en un casino ilegal y comenzó a hacer una buena cantidad de dinero jugando golpeado.
El año anterior, cuando su familia le celebraba su
bar mitzvá en el Hotel Americana, habían allí, le dijo a Dalla, "tantos tipos de la mafia que los federales querían obtener una orden judicial para requisar el álbum de fotos
|
|
|
Stuey Ungar gana la Serie Mundial de 1997 (a la derecha, con anteojos)
|
de mi bar mitzvá. Después de la muerte de su padre, la gente de la mafia se convirtió en su familia. Dalla y Alson se
muestran comprensiblemente reticentes acerca de las conexiones de Ungar con la mafia, pero la sugerencia es que ésta siempre estuvo presente y muy metida. Ungar fue virtualmente adoptado por un soldado de la familia Genovese, un ex convicto llamado Víctor Romano, quien administraba un grupo de clubes de juego en Manhattan. Romano puede haber sentido lástima por el muchacho, pero también vio en él una fuente de ingresos. Stuey, a los catorce años, jugaba al golpeado tan bien que ya estaba derrotando a todos los mejores jugadores de la costa atlántica; para cuando tenía dieciséis, era tan bueno que nadie quería jugar con él, de modo que se vio forzado a concentrarse en el póquer. Con todo, era también un jugador adicto que no veía otro uso para el dinero que no fuera el apostar; ganaba fortunas jugando al golpeado pero inmediatamente las perdía en las carreras de caballos. Desde el punto de vista de Romano, eso lo convertía en un precioso activo financiero, tan bueno como para preservarlo del peligro:
|
|
Stuey fue invitado a una reunión con el jefe de jefes, el capitán de la mafia Gus Frasca. Víctor [Romano] pensó que era importante que oficializara su relación con Stuey para que todos comprendieran que el muchacho le pertenecía. El encuentro con Frasca... no duró más de cinco minutos, pero cuando Frasca le dio la mano a Stuey era como si la espada del rey hubiera tocado los hombros de un joven caballero.
"Son un iniciado", Stuey se ufanó ante todos después de la reunión. Le encantaba su relación con el crimen organizado. El estar conectado le atraía un enorme prestigio en el submundo del juego, y era una virtual garantía de protección personal.
|
|
Para Stuey, "estar conectado" era como tener una beca de alguna gran fundación. Para los gángsteres se trataba simplemente de una propuesta sin posibilidad de pérdida: ellos lo financiaban para jugar cartas, tomaban un porcentaje de sus ganancias y entonces tomaban otra gran porción de los corredores de apuestas ante quienes él perdía prontamente el resto. Eso, presumiblemente, es lo que quieren decir sus biógrafos cuando lo llaman "un caballo fijo de la mafia".
Entre la mafia el apodo de Ungar era "Meyer", como Meyer Lansky. En los círculos del póquer, en deferencia a su desconocimiento del temor, era conocido como "Chico Kamikaze". Sin embargo, sus dotes como jugador de cartas eran tan misteriosas que también era llamado "Mozart del Póquer". El novelista y jugador de póquer James McManus escribió acerca de Ungar, en
Positively Fifht Street, su fascinante relato de cómo se convirtió en el único hombre de letras que alcanzó a llegar a la mesa final de la Serie Mundial del Póquer en Las Vegas (terminó en sexto lugar, saliendo del sitio con un cuarto de millón de dólares): "Brutalmente preciso al momento de atacar los grandes pozos", escribe McManus con admiración, "La casi suicida magia negra de las fichas de Ungar, hipnotizaba a innumerables oponentes y los hacía abandonar manos superiores a las de él". McManus está fascinado por la naturaleza impetuosa del genio de Ungar y cuán similar era a las "imposibles e incluso trastornadas volteretas visionarias que parecen ser el común denominador que separa a los artistas comunes y corrientes del más grandioso entre todos los más grandes muchachos y muchachas". McManus sostiene persuasivamente que por el uso desenfrenado y desafiante de sus notables habilidades, Ungar puede ser comparado a la poeta Sylvia
Plath[2].
La biografía de Dalla y Alson está llena de ejemplos del misterioso don de Ungar para "leer" las cartas de sus oponentes. En un juego con efectivo, por ejemplo, él hizo una puesta de $32,000 teniendo solo un 10 y un 9 de diferentes palos en la mano, porque de alguna manera sabía -- con acierto -- que su oponente no tenía nada mejor que un 4 y un 5, o un 5 y un 6. A medida que avanzaba el juego, carta por carta y apuesta por apuesta, había una extraña lógica en la puesta de Ungar, pero podemos ver esto solo retrospectivamente, porque ahora sabemos cuáles eran las escondidas cartas de cada jugador. En el calor de la acción, con $32,000 en juego, los análisis de ese orden tienen que ver menos con la lógica que con la imaginación creadora; es decir, con la certeza intuitiva con la que los artistas hacen lo que saben. Si él se hubiese equivocado, esa puesta podría haber parecido suicida, pero él se preocupaba de que su negocio consistiera en no hacer las cosas tan mal. Incluso así, la pura arrogancia y el atrevimiento de la puesta son asombrosos. Estoy seguro de que Sylvia Plath lo hubiera aprobado.
A pesar de su habilidad para leer a sus oponentes, fuera de la mesa de juego Ungar no tenía idea de cómo tratar con ellos. Otros profesionales que se ganan la vida en los grandes juegos, son frecuentemente tan eficientes con sus encantos personales como lo son con las cartas. Una vez le pregunté a uno de ellos por qué los amateurs podrían siquiera querer jugar con ellos, sabiendo que no podrán ganar. "Mi meta es hacer que la gente sienta que se necesita clase para perder", respondió. "Esto significa que ellos son obviamente muy ricos o, si no lo son, que ellos se manejan bastante bien". Stuey, criado por maleantes, no tenía ningún encanto. "Era un ganador antipático y un mal perdedor", escriben sus biógrafos. "Era burlón y jactancioso y no comprendía el arte de la movida. Su misión no era ganar dinero; era destruir gente y ser el mejor, siempre. Como resultado, él... ahuyentaba a sus oponentes potenciales".
Ungar tenía pataletas en la mesa, rompía los naipes que lo ofendían, insultaba a los repartidores y a veces los escupía. No solo pasó gran parte de su vida sin aprender a usar cuchillo y tenedor, sino que también pasaron por sus manos millones de dólares sin tener jamás una cuenta bancaria o una tarjeta de crédito. La primera vez que ganó la Serie Mundial, en 1980, solo meses después de haber empezado a jugar
Hold'em -- una versión del póquer en la que a cada jugador se le sirven dos cartas con la cara hacia abajo para que las usen en combinación con cinco cartas abiertas sobre la mesa -- fue incapaz de recoger inmediatamente sus ganancias porque carecía de Tarjeta de Seguridad Social. Cuando volvió a ganar el título al año siguiente, apareció en el
Show de Merv Griffin, por lo que se le pagó $300 más $100 por la repetición. "Piensa en esto -- dijo orgullosamente -- en toda mi vida, esos fueron los únicos cheques que recibí por un trabajo".
Dieciséis años después, Ungar ganó el título por tercera vez -- el único jugador que ha logrado eso
[3] -- pero para entonces su vida estaba destrozada. En Nueva York, tras la muerte de su padre su madre se había hecho adicta a los barbitúricos, y su hermana a la heroína, pero Stuey siguió con su adicción a la acción incesante: cuando los juegos de cartas lo aburrieron, tiró su dinero en las carreras de caballos o con los corredores de apuestas deportivas ilegales. Podía calcular brillantemente las probabilidades relacionadas con el juego de cincuenta y dos naipes, pero las probabilidades de caballos y jugadores de fútbol de carne y hueso son difíciles de predecir. Cuando, debido a sus deudas, Nueva York se le puso demasiado candente, se trasladó a Las Vegas, donde la acción nunca se detiene y el grupo con el que andaba le apostaba a todo, por la sola razón de hacer las cosas más interesantes. Con todo, en Nevada el juego es legal, de modo que quizá carecía de algo de la emoción que tenía en la costa atlántica y, en vez de una vida interior él necesitaba otro estimulante. Así empezó a tomar drogas -- no de manera casual ni para relajarse, sino de la misma manera empecinada, suicida, en la que jugaba -- y para cuando hizo su gran retorno al ganar la Serie Mundial por tercera vez, en 1997, las drogas casi lo habían destruido. Según sus biógrafos, lucía y olía como un vagabundo y había aspirado tanta cocaína que uno de los lados de la nariz se le había hundido, como una llanta desinflada. También estaba en bancarrota y tuvo dificultades para convencer a alguien a que invirtiera en él los $10,000 dólares por el derecho a competir.
El tercer título le significó un millón de dólares. La mitad de ellos fueron al hombre que lo había financiado, el resto se fue en los siguientes meses, la mayor parte en crack y en cocaína, y al año siguiente ya estaba demasiado ido incluso como para intentar defender su título. Seis meses después fue encontrado muerto en un hotelucho del centro de Las Vegas, la televisión encendida mostraba una película porno y había vómito en el suelo. A Ungar se le atribuye haber ganado $30 millones a las cartas -- mucho más de $100 millones a precios de hoy -- pero "el bien más barato en su vida fue siempre el dinero", y murió quebrado. Para ayudar a la esposa e hija que había descuidado por tanto tiempo, sus compañeros, grandes apostadores como él, hicieron una colecta durante el funeral.
|
3.
La autodestructividad de Ungar era horrible, pero el desperdicio que ésta produjo fue peor: aparte de los millones que malgastó tan casualmente, tenía un nivel de inteligencia de 185 y lo usó solo para apostar. Naturalmente, disfrutaba de su temible reputación y de los títulos que había ganado, y los quería debidamente registrados... aunque sea para darle a su hija algo de qué sentirse orgullosa.
One of a Kind comenzó como una serie de entrevistas concedidas a Nolan Dalla, a quien Ungar intentaba utilizar para que éste escribiese una autobiografía "narrada" por el propio autobiografiado. Le encantaba la fama, pero no tenía idea de cuán famoso podría haber sido si hubiera vivido unos pocos años más.
El póquer puede ser el juego nacional estadounidense, y es la segunda actividad nocturna más popular, pero hasta hace muy poco, el póquer de altas apuestas era un pequeño mundo donde los mejores jugadores se conocían entre ellos, si no personalmente, al menos por nombre. Aún sigue siendo un mundo pequeño, pero solo en la cima; no obstante, gracias a la televisión, el resto del mundo sabe quién es quien.
World Poker Tour es el programa de televisión de mayor audiencia en Travel Channel; y es también el más extraño de los éxitos televisivos, un programa con una audiencia que crece con cada repetición. El póquer es ahora el
rock and roll del mundo "punto.com", y es jugado por Internet por millones de esperanzados, a cada hora del día y de la noche, en todo el mundo. Cuando Ungar ganó su segundo título en la Serie Mundial, en 1981, se presentaron setenta y cinco concursantes y el primer premio fue de $375,000. El año pasado, 5,619 jugadores pagaron $10,000 por anticipado cada uno y el ganador, un australiano desconocido llamado Joe Hachem, terminó ganando siete millones y medio de dólares, el premio más grande en la historia de cualquier juego o deporte.
Hay muchísimos jugadores jóvenes en Internet que llegan hasta los campeonatos televisados. La mayoría de ellos usan su gorra de béisbol con la visera sobre la nuca, tienen el nombre de un sitio web personal en sus camisas y, como Ungar, tienen un gran talento para las matemáticas y una restringida perspectiva de la cultura. Stuey no pasaba de leer las páginas de deportes; los nuevos chicos crecieron con comics, Tolkien y
Calabozos y Dragones. Algunos de ellos hacen buen dinero en las cartas, pero pocos, aún, pertenecen a la verdadera élite del póquer. Los más grandes apostadores son un grupo muy cerrado, presidido por dos de los más grande jugadores vivos, Doyle Brunson y Chip Reese. Sus cuarteles están ubicados en la sección de apuestas altas del salón de póquer del casino Bellagio, en Las Vegas, y lo que sucede ahí -- quién gana y cuánto -- es estrictamente confidencial.
Sin embargo, hace cinco años, empezaron a circular algunos confusos rumores acerca de un juego gigante: un banquero multimillonario de Dallas había venido al Bellagio con ganas de apostar tan alto como quisieran los profesionales. Previamente, las puestas más altas en el Bellagio habían estado limitadas a $4,000 y $8,000 (esto es, los jugadores apostaban en unidades de $4,000 en las primeras dos rondas de las apuestas, y luego $8,000 en las otras dos rondas). El banquero, Andy Beal, prefería $10,000 y $20,000, y quería ir, incluso, por cantidades más altas. Finalmente, los profesionales aceptaron, viendo en Beal a otro de esos peces gordos con ganas de terminar varados en tierra. Comenzaron a jugar con él en febrero de 2001 y continuaron intermitentemente, siempre que Beal tuviera tiempo libre, hasta mayo de 2004. Para entonces, las apuestas se habían elevado a la asombrosa cantidad de $100,000 y $200,000, convirtiendo al juego de Beal en el más grande de toda la historia. El libro de Michael Craig,
The Professor, the Banker, and the Suicide King: Inside the Richest Poker Game of All Time [El Profesor, el Banquero y el Rey Suicida: el más costoso juego de póquer de todos los tiempos], es una historia fascinante de lo que sucedió entonces.
Los jugadores profesionales de póquer son conocidamente reticentes a revelar sus ganancias y pérdidas. Por eso, Craig, un abogado a quien le encanta el póquer, debió haberles caído excepcionalmente simpático como para hacerles hablar con tanta libertad sobre la maratón y con tanto detalle, dado que las sumas involucradas eran tan enormes que parecen irreales. Los jugadores del póquer de apuestas altas, han habitado por siempre un universo en el que el dinero no tiene significado sino como una manera de mantener un puntaje, y donde lo que se haga con las fichas -- cuándo y cómo se apuesta o se deja de apostar, o se eleva las apuestas -- es simplemente una forma de comunicación. Los bienes y los placeres que esas fichas podrían comprar en el mundo real no tienen interés para estos tahúres hasta que ellos se ponen de pie y se alejan de la mesa. Cuando Andy Beal llegó a Las Vegas, sin embargo, las apuestas se hicieron tan altas que el mundo real reapareció en los cálculos y los profesionales empezaron a temer lo que Doyle Brunson llama "la economía del póquer".
Después de su primera visita, Beal le dejó $110,000 al Bellagio, lo que fue tomado por los profesionales como una buena señal que indicaba que había estado con suerte y que volvería. Ellos supusieron correctamente, pero subestimaron al hombre. Beal no solo era un brillante hombre de negocios que comenzó reparando televisores y terminó dueño de un banco; era también, entre otros logros, un matemático autodidacta que había trabajado en el Último Teorema de Fermat. Cuando se volcó al póquer, quería comenzar por arriba y derrotar a los mejores jugadores en su propia cancha:
|
|
Andy jamás se compararía a ellos en experiencia o instintos. Por otro lado, él sentía que podía igualárseles -- y tal vez ganarles -- en la habilidad para conjeturar el juego correcto, basándose en las probabilidades y apoyado por la fuerza bruta de su intelecto y su determinación.
|
De vuelta en casa, en Dallas, después de su primer viaje a Las Vegas, Beal escribió su propio programa en BASIC, corrió millones de manos de póquer en una computadora, estudió los resultados y se puso a practicar constantemente, con la convicción de que podría derrotar a los profesionales por medio del cálculo perfecto de las probabilidades y de un juego inquebrantablemente correcto. Además, debido a que los profesionales tienen extraordinarios poderes de observación y podrían, por tanto, advertir "revelaciones" acerca de las cartas que él iría a tener y deducir cómo podría jugar, todo eso basándose en las señales más inadvertibles -- la manera en que uno respira, el tono de la voz, la mirada de los ojos, el latir de una vena en la sien -- también concluyó que debía eliminar toda traza de su personalidad. La siguiente vez que se sentó con los profesionales en el Bellagio, llevaba gafas negras que le cubrían totalmente los ojos, y audífonos para mantener lejos de sí todas las conversaciones que pudieran rodearlo. Debe haber parecido un robot extraterrestre, pero la gente que juega póquer a esos niveles es como los mejores agentes de inteligencia: saben prácticamente todo lo que se debe saber acerca de disfraces, duplicidad y traición.
La única verdadera ventaja de Beal era su riqueza, pero él podría valerse de ella solo si jugaba contra ellos "cabeza contra cabeza" (uno por uno), y si elevaba las apuestas tan alto que sus oponentes tuvieran que sentirse fuera de su "zona de confort". La zona de confort es un curioso concepto de la gente acostumbrada a jugar cientos de miles de dólares, y Craig tiene un ejemplo revelador de lo que significa. En uno de los últimos juegos, cuando el oponente de Beal dejó la mesa para ir al baño, su lugar fue tomado por Lyle Berman, el hombre que puso el capital para fundar el programa de televisión World Poker Tour. "Berman jugó cuatro manos, deshaciéndose inmediatamente de dos de ellas, perdiendo así las apuestas "ciegas", es decir, las obligatorias iniciales. Perdió $900,000".
Antes nadie había querido jugar tan alto y, aunque los profesionales estaban seguros de que podían derrotar a Beal, éste era dueño de un banco y ellos eran capaces de enfrentársele solo juntando sus recursos y jugando como un equipo, uno a la vez. Eso es lo que quería Beal pero, viéndolo retrospectivamente, fue un error. Para un amateur ya es suficientemente difícil jugar contra los mejores jugadores del mundo; pero jugar contra ellos en serie, cada uno comenzando fresco al tiempo que él se cansaba, era una decisión temeraria que les daba a ellos una ventaja extra.
También jugó demasiado prolongadamente. Uno de los talentos que hacen al jugador profesional de póquer es la capacidad de concentrarse por largas horas, y la habilidad de retirarse cuando su concentración empieza a fallar. Los amateurs, inclusive los amateurs dotados como Beal, están demasiado atrapados por el juego como para darse cuenta de que están cansados; pierden su concentración, se persuaden de que es solo un desliz momentáneo, y entonces comienzan a perder su dinero. Beal era un jugador formidablemente disciplinado, pero Las Vegas no era su hogar y nunca pudo dormir bien; eso, también, les daba a los profesionales una ventaja extra.
¿Cuánto ganaron los profesionales finalmente? Eso no lo cuenta Craig: varios millones, por cierto, aunque no tantos como algunos de ellos dijeron y no lo suficientemente demasiados como para perturbar la zona de confort de Beal. Aunque no les fue fácil, y hubo momentos en que a Beal le iba tan bien que ellos se la pasaban asustados. Un día, narra Craig, Beal ganó cerca de $12 millones, la mitad de ellos al gran Chip Reese. Ningún otro amateur había hecho eso antes ni es probable que lo haga nuevamente. La batalla de Beal contra los profesionales puede haberle costado muchísimo dinero, pero en el mundo real, donde Goliat virtualmente siempre gana a David, Beal terminó pareciendo ser el ganador.
|
[1] John Scarne,
Scarne's Complete Guide to Gambling [La Guía Scarne para los juegos de apuestas], Simon and Schuster, 1961, p. 568.
[2] James McManus,
Positively Fifth Street. Farrar, Straus and Giroux, 2003, pp. 82-83. [N. del t.: Sylvia Plath, 1932-1963, es conocida por su "excelencia técnica" y sus "perturbadores imágenes de la locura" (American Heritage Dictionary, 1993)]
[3] Johnny Moss tambión tuvo tres títulos d ela serie mundial, pero los ganó solamente dos, en 1971 y 1074. No ganó su primer título en la Serie Mundial Inaugural de 1970; fue elegido campeón por los otros jugadores.
|
|
|
|
| |
|