Hilary Mantel, novelista británica, reseña la colección de artículos
reunida bajo el título
Robespierre: "El libro editado por Haydon y Doyle contiene 16 ensayos acerca de lo que Robespierre pensaba y hacía, y acerca de la forma en la que ha sido percibido e interpretado, no solo por los historiadores sino por los dramaturgos y novelistas. Hay capítulos dedicados a su ideología y visión, acerca de su rol político y de la manera en que, durante los siglos XIX y XX, fue presentado a la posteridad".



¡Qué hombre es éste, rodeado de mujeres!
Por Hilary Mantel
Título original: "What a man this is, with his crowd of women around him!", 
London Review of Books, Vol. 22, No. 7, 30 de Marzo de 2000
Traducción de Alberto Loza Nehmad 

Libro Reseñado: Robespierre, Colin Haydon 
y William Doyle, eds., Cambridge, 292 pp.



Por algún tiempo, a comienzos del año pasado, no podía hallarse ni una huella de Robespierre en la calle donde vivió los días de su fama. El restaurante Le Robespierre había cerrado; poco después, retiraron su anuncio con el retrato, que antes había estado sobre la entrada del establecimiento, en la calle de Saint-Honoré. Una vez más la placa colocada sobre la pared había sido destrozada. El mármol estaba roto y sus letras habían sido desfiguradas con un cincel. Poco antes de la celebración de la Bastilla, un caluroso y neblinoso día, apareció una nueva placa. Mientras, solo el personal de la nueva pastelería podía confirmar la verdad: Robespierre vivió aquí.

La casa que corresponde a esa dirección ha sido reconstruida y así, la habitación que él ocupó, como dijo su biógrafo J. M. Thompson, es ahora un espacio metafísico. Se entra por un pasaje, entre dos tiendas; el pasaje se ensancha un poco flanqueado por dos altas paredes. No parece el lugar donde pudiera ocurrir una tragedia, aunque si pudiéramos diagnosticar tal tipo de lugares, cruzaríamos sin dudar la calle y permaneceríamos en la otra acera. En 1791, la entrada daba paso a un jardín con cabañas para almacenar la leña; Maurice Duplay, el dueño de casa, era un maestro carpintero. En este jardín Paul Barras vio a dos generales de la República escoger algunas hierbas para la ensalada bajo la mirada de Madame Duplay. Robespierre vivía en el segundo piso, en un cuarto de techo bajo y acondicionado con los muebles más sencillos.

El historiador Françoise Furet nos dice: "La Revolución expresa a través de él su discurso más trágico y puro". No importa dónde vivió o cómo era ni que él pasara bajo este umbral un día antes de su horrible muerte. Su temperamento no tiene ninguna importancia ni la tiene tampoco la voluntad que condujo a su punitivamente controlado cuerpo a lo largo de tantas laboriosas amanecidas. Ese Robespierre abstracto, sin embargo, no es el que me interesa cuando camino por este pasaje, protegida de la calle. Después de todo, su retrato se mantiene sobre la pared; si la formulación de Furet me convenciera, no me sentiría tan desolada y hasta atacada de pánico. El pasaje mismo es estrecho y oscuro. La garganta se me cierra un tanto y recuerdo lo dicho por Michelet: "Robespierre estrangula y sofoca". Hacia la izquierda se ven unas puertas cerradas. Elevo la mirada hacia el segundo piso. Las ventanas están sucias. Me digo: "es solo un espacio metafísico". Ningún desbocado caballo metafísico podría arrastrarme al interior de la habitación de Robespierre ni a cualquier espacio que pudiera haber ocupado ese cuarto. Me reclino contra la pared esperando que algo suceda.

Cuando el restaurante aún abría sus puertas, la administración solía repartir una fotocopia con una Vida Breve impresa. Alguien pensó que su tono carecía de calidez y escribió en sus márgenes lo siguiente: "estas paredes todavía resuenan con los discursos, ardientes y perfectos, de Maximilano Robespierre". La frase es deleitable, aunque yo me sentiría demasiado expuesta de haberla escrito. La objetividad es una divinidad muy poderosa y mi cerebro, tal como es, se interesa solo en los detalles subjetivos. Él era un hombre de una distracción espectacular. Le gustaban las flores. Algunas veces reía hasta las lágrimas. Sorprendió a Madame Tussaud cuando ella resbaló y rodó por las escaleras en su paseo turístico a la Bastilla. Imagínese a una persona, no a un objeto, y se infiltrarán los sentimientos. Una levanta torreones y cava trincheras para defenderse de ellos hasta que un día, quizá, descubra que la casa que defiende está vacía y que nadie ha estado en ella por años. Mientras, estoy aquí, en la penumbra con el patriote isolé. "Millones de franceses fueron criados en el culto a Robespierre", dice François Crouzet en un ensayo de esta compilación. ¿Cómo es posible que ninguno de ellos venga? Algunas veces pienso en dejar flores en este pasaje pero nunca lo hago o, para decirlo de otro modo, aún nunca lo he hecho.

Para escribir acerca de Robespierre se tiene que encontrar el coraje de permitirse estar equivocado. De otro modo, cada oración estaría cargada de condicionales y calificativos, y cada cita, antecedida de una advertencia: supuestamente dicho por Robespierre. Se caerá en contradicciones puesto que él se contradice. Si se quiere saber por qué él produce esos extremos de adoración y desprecio se tiene que estudiar no solo las biografías sino la vida de la gente que escribió acerca de él. En el siglo XIX su biógrafo Ernest Hamel lo adoraba; los historiadores socialistas Mathiez y Lefebvre lo proponían como un héroe; George Sand lo llamó "el hombre más grande no solo de la Revolución sino de toda la historia conocida". Lord Acton lo describió como "el personaje más detestable en las primeras filas de la historia humana desde que Maquiavelo redujo a un código la maleficencia de los hombres públicos". En 1941, el historiador Marc Bloch llamó a una tregua: "Robespierristas, antirrobespierristas, ya es suficiente. Les pedimos, por piedad, dígannos simplemente cómo era realmente Robespierre".

Eso, sin embargo, no es tan fácil. No son los novelistas los únicos que perpetran ficciones y pareciera que cualquier cosa que se dice sobre él fuera dicha acerca de quien la dijo. "El corpus entero de los estudios sobre Robespierre es un salón de espejos" dice Mark Cumming en el trabajo que escribió para este volumen. Queriendo ver a Robespierre nos vemos a nosotros mismos con nuestros mismos asombrados ojos, nos vemos enflaquecidos o gordos, inflados o disminuidos. El hombre que describe Carlyle, "delgado y magro, puritano y preciso", avanza, por siempre apresurado, a través de la imaginación de los ingleses pero, ¿habría sido reconocido por la persona que encontró al Incorruptible paseando por el Bois de Boulogne llevando un chaleco de rosas bordadas?

El libro editado por Haydon y Doyle contiene 16 ensayos acerca de lo que Robespierre pensaba y hacía, y acerca de la forma en la que ha sido percibido e interpretado, no solo por los historiadores sino por los dramaturgos y novelistas. Hay capítulos dedicados a su ideología y visión, acerca de su rol político y de la manera en que, durante los siglos XIX y XX, fue presentado a la posteridad. Los autores son destacados investigadores en sus respectivas áreas de investigación y cada uno de sus ensayos está escrito con impresionante claridad de pensamiento y expresión. Los autores han evitado el tipo de historia que se pregunta, en palabras de George Rudé, "si él habría sido una agradable compañía para una cena o un buen partido para mi hija", preguntas que, sin embargo y por supuesto, se hicieron los contemporáneos de Robespierre. El tono es juicioso, aunque una explosión ritual de epítetos de David Jordan contradice la sutileza de su más extenso estudio, La carrera revolucionaria de Maximiliano Robespierre, escrito hace quince años. Para Jordan, Robespierre es "espiritual, resentido, vano, egotista, susceptible al halago, despreciativo de todos los placeres sociales excepto la conversación o indiferente a ellos... inflexible, sigiloso... obsesivamente preocupado de sí mismo". También lo es el hecho de que todo lo anterior esté en el primer párrafo de su artículo. Como dice Baudrillard, "Hay quienes dejan a los muertos enterrar a los muertos, y quienes están perpetuamente desenterrándolos para rematarlos".

La introducción de los editores subraya el problema de las evidencias. Cuando en Julio de 1794 Robespierre ya estaba muerto, declarado fuera de la ley y guillotinado, sus documentos fueron escogidos por Courtois, un pariente de Danton, y Courtois hizo su trabajo sin honradez, seleccionando y destruyendo los documentos según su parecer. Quienes estuvieron más cerca de Robespierre murieron con él y pocos de sus anteriores colegas tuvieron el interés de dejar las cosas en claro. Como nos dicen los editores, los vencedores de Termidor "no solo oscurecieron su memoria sino posiblemente también exageraron su importancia para la posteridad". Una vez muerto podía culpársele de los "excesos" del Terror, pero esa culpabilidad solo podía sostenerse si se mostraba que él había sido una figura poderosa y singular. Hubo hombres que fueron de lejos más sangrientos, en los hechos y en la intención: Fouché, Collot, Carrier. Él había actuado conteniendo la ferocidad de ellos; sin embargo, era el más conocido de los miembros del Comité de Seguridad Pública, su ideólogo y portavoz. Robespierre es recordado como el teórico del terror. Cuando se trata de repartir la culpa, le toca a él recibirla.

Robespierre se fue a vivir con los Duplay en 1791, en el verano de la reacción contra los "patriotas", cuando los periódicos radicales estaban clausurados, las prensas destruidas y la izquierda vivía a salto de mata. Marat desapareció de vista, Danton cruzó el Canal de la Mancha y Robespierre, simplemente, se mudó de casa. Para entonces ya había ganado la reputación de un Cristo; Maurice Duplay, por su parte, no se parecía mucho al carpintero de Galilea. Miembro del Club Jacobino, poseía otras casas además de la de la calle de Saint-Honoré y un buen negocio. Los Duplay eran una familia de pasar sencillo y altas aspiraciones; todos ellos estaban políticamente comprometidos. Una de sus hijas estaba casada y vivía con su marido, en otro sitio; tres hijas continuaban en casa. Eléonore, la hija mayor, estudiaba arte. Danton la llamaba su Cornélia Copeau: la señorita astilla, hija del carpintero. Elisabeth, de más o menos quince años, muchos años después le decía al dramaturgo Sardou, refiriéndose a Robespierre: "¡Él era tan bueno!". Ella le contaba sus problemas y él la escuchaba. "Era paciente y amable. Solíamos recoger cerezas y flores". En la interpretación de Elisabeth, el hogar de los Duplay asume la calma burguesa de una pintura de Chardin, sus habitantes todos en trance y concentrados entre objetos cotidianos, con bloques de color y luz dispuestos con una geometría sobria y reverencial. Sardou estaba horrorizado. "¿A qué Robespierre había ella conocido?". Procedió a demoler todas los recuerdos de Elisabeth: ¡Tonta mujer! Sus sentimientos le cerraban el acceso a su propia historia.

Es posible -- cuando uno se dedica a la ficción -- sentir alguna perturbación acerca de la casa de Duplay. Después de instalarse en ella, Robespierre dejó su habitación solo fugazmente, cuando su hermana Charlotte apareció en París y exigió su derecho de hermana de encargarse del cuidado de una casa para los dos. Él accedió a mudarse pero solo a una cuadra de distancia y repentinamente cayó enfermo, presa de todo tipo de males sicosomáticos. En pocos días estaba de vuelta en su cuarto, en el segundo piso, con vista al patio de la leña. A él y Eléonore se los veía caminar de la mano. "Eléonore pensó que era amada", dijo un compañero de estudios, "pero ella realmente lo asustaba". Mucha gente asumía que era la amante de Robespierre. Si él era el sentencioso y rígido personaje que describe la leyenda, resulta interesante que no le preocupara lo que pensara la gente.

Robespierre tenía 36 años cuando murió y no sabemos casi nada de los primeros 30 años de su vida. Hay una persistente leyenda según la cual era de origen irlandés, pero tanto J.M. Thompson y la puntillosa novelista francesa Marianne Becker han rastreado a su familia hasta el norte de Francia en el siglo XIV. Maximiliano nació en Arras en 1758, cuatro meses después del matrimonio de sus padre; es decir, vino por accidente. Su padre, François, era abogado y su madre, la hija de un fabricante de cerveza. Cuando él tenía seis años, su madre murió al dar a luz a su quinto hijo. Después de la muerte de su esposa, François cayó en deudas, empezó a desaparecer de casa por largos períodos y finalmente se fue para siempre. Los hijos fueron distribuidos entre la familia. Maximiliano era un niño tranquilo a quien le gustaba cuidar pajarillos, aunque después, por supuesto, la gente decidiría que lo había hecho con el propósito de cortarles la cabeza con una guillotina de juguete que había inventado -- con una misteriosa anticipación -- para ese propósito.

A la edad de doce años Maximiliano recibió una beca para ir al Colegio Luis el Grande, de París. Era pobre hasta la humillación, aunque formidablemente diligente y listo. Regresó a Arras a comienzos de su veintena, tras haberse graduado como abogado. Comenzó a pagar las deudas de su padre. Tuvo un éxito razonable y se le asignó a un puesto judicial menor. A veces iba al campo con sus amigos; a veces escribía versos ligeros. Sin embargo, se las arregló para enemistarse con secciones enteras del sistema establecido local. No quería lo que el viejo régimen le podía dar y en pocos años se convirtió en una persona sin nada que perder. Se identificaba con las víctimas y usaba el lenguaje de la victimización como un arma de ataque. Constantemente declaraba que la gente trataba de "oprimirlo"; si uno estaba en desacuerdo con él, se declaraba "oprimido". Empezó a referirse, en sus escritos, a la "vida laboriosa" y a vaticinarse una muerte temprana. Tenía una intimidad inespecífica pero poderosa con el desastre y con la gloria. Montesquieu informó sus afectos y Rousseau sus emociones. Después se describió como "tímido como un niño" y dijo que temblaba de nervios cuando tenía que dar un discurso. No estaba hecho para la confrontación. Su voz, decía la gente, no era fuerte; de este modo le tocó crear, en esos salones de la Revolución, de acústica tan desastrosa, el clima en el que comandaría un callado asentimiento.

En 1789 fue elegido a los Estados Generales y se dirigió a Versalles. En la Asamblea Nacional que surgió de los Estados fue parte de una minúscula minoría radical, pero esto no lo molestaba debido a que él no valía de la manera ordinaria. Él fue siempre parte de una mayoría más grande: el Pueblo y Maximiliano, Maximiliano y el Pueblo. Rápidamente pasó a sospechar que cuando los héroes del 89 estaban en el poder, eran tan solo políticos del antiguo régimen con un vocabulario diferente. Ellos hablaban el lenguaje de la Declaración de los Derechos del Hombre al tiempo que favorecían sus propios intereses locales. Intentó ponerlos en vergüenza haciéndoles seguir la lógica de los propios principios que proclamaban: fracasó la mayoría de las veces. En los dos años que siguieron a la toma de la Bastilla siguió una agenda impecablemente liberal y de avanzada. Hablaba a favor del derecho de sufragio y contra la propiedad como prerrequisito para poder elegir; contra la esclavitud; en apoyo de los derechos civiles de los judíos; contra la pena capital; y contra la censura.

Los dos últimos principios cederían notoriamente a la presión. En los años iniciales de la Revolución dejó que la prensa radical le estableciera sus credenciales. Desde la primavera de 1792 hasta comienzos del verano del siguiente año hizo una incursión de perfil bajo en el periodismo, publicando un periódico semanal de comentarios más que de noticias. Su distribuidor estaba en la calle del Comercio, casi ante la puerta de Marat. Es difícil imaginarlo en ese territorio de gacetilleros entintados intercambiando sonrisas sarcásticas e insultos acerca de los errores ajenos. Él había sido, como lo dice en su ensayo Hugh Gough, "coherente y tenaz" en defensa de la libertad de prensa y había rehusado tomar acciones legales contra los muchos libelos publicados en su contra. Después de la caída de la monarquía el punto de vista anticensura tuvo que ceder; solo una comunidad de santos habría permitido a la prensa realista la oportunidad de hacer campaña a favor de la restauración. En la primavera de 1794, Camille Desmoulins, amiga de su infancia, le diría que no era la "virtud" sino la libertad de pensamiento aquello en lo que se fundaba una república; pero el ofensivo número de El Viejo Cordelier no llegaría a la prensa y la antigua amiga iría al cadalso. En este asunto uno puede declararlo culpable de timidez o de frialdad de corazón, pero no de hipocresía. Leer al revés a un hombre no ayuda a conocerlo. El primer compromiso de Robespierre con la libertad de prensa era genuino, pero no se extendió a una prensa que, como él lo veía, se había corrompido sistemáticamente. Como demuestra Gough, mientras Robespierre fue uno de sus miembros, el Comité de Seguridad Pública no reintrodujo la censura represiva del viejo régimen ni anunció con sus acciones la que vendría con el Directorio, aunque esto quizá se debiera a la carencia de capacidades más que a la falta de voluntad. A fines de 1793, Robespierre temía profundamente a la prensa. Sentía que una sílaba podía sabotear sus políticas. El había dicho, por ejemplo: "la república, una e indivisible". La prensa informó que él había dicho "una y universal", alineándolo así como los radicales cosmopolitas, tan de desconfiar. Él no pensó que esto fuera un error sino una trampa.

Su historia personal le dio razones para no creer que el mundo le dejaría decir sus ideas. Fue, se ha comprobado, acallado a gritos y silenciado frecuentemente a inicios de su carrera parlamentaria. No tenía presencia, no tenía los amaneramientos que agradan a la multitud ni una oratoria florida. Los historiadores frecuentemente dan cuenta de que sus discursos eran áridos. Es interesante, entonces, leer su discurso contra la pena capital, que es tan fresco como si hubiera sido escrito hoy. Está construido perfectamente en una brillante fusión de lógica y emoción, tanto como podrían estarlo un trabajo de arte, un edificio o una pieza musical. Uno puede creer que, como narra Desmoulins, él era capaz de hacer ponerse de pie a 800 hombres en un solo instante. Se puede dudar del número exacto pero ese poder parecía ser real. Se extendía a las mujeres de París, quienes asistían a las galerías públicas del Club Jacobino. Esto preocupaba a sus contemporáneos, quienes pensaban que él abusaba de esa ventaja. "¡Qué hombre es éste, con una muchedumbre de mujeres a su alrededor!" dijo Rabaud Saint-Etienne. Condorcet, el campeón de los derechos de las mujeres, se retrajo, desplazado, al haber conseguido Robespierre la atención de ellas.

La posición que Robespierre alcanzó en la Revolución no puede explicarse en los términos políticos tradicionales. Durante la mayor parte de su carrera luchó desconfiando de los puestos oficiales y la mayoría de las medidas parlamentarias que propuso fueron rechazadas como demasiado progresistas. Cuando entró a formar parte del Comité de Seguridad Pública, lo hizo de la manera más callada posible, simplemente reemplazando a un miembro que había caído enfermo. Poco después de que él se uniera al Comité, éste comenzó a acrecentar sus poderes ejecutivos hasta llegar a ser el gobierno efectivo de Francia. Sus reuniones generalmente se realizaron sin registrarlas en actas de modo que el rol de Robespierre a menudo permanece poco claro. Así, ¿habla Robespierre por sí mismo o por el gobierno? Cualquiera fuese la fuente de su autoridad él era innegablemente efectivo. El ensayo de David Jordan lo describe como "ese raro ser, un ideólogo con exquisitos reflejos políticos". Parte del secreto de su éxito, sin duda, se debe a que inicialmente Robespierre fue subestimado. Era cauto y podía sumergirse en detalles, y se pensaba que estos rasgos eran la marca de la mediocridad. Sin embargo, tenía un cuidadoso sentido de la oportunidad y un tipo de persistencia que desgastaba a sus oponentes; durante su juicio, el fatigado Danton lo describió como "por sobre todo, tenaz". El Robespierre de 1793 es el santo patrón de los antes minusvalorados, uno de los humildes que heredarán la tierra. Su autoridad moral se mantuvo bajo la presión de las circunstancias y su reputación de probo a menudo parecía lo único constante en una época en que las coaliciones eran frágiles y la lectura de los acontecimientos incierta. Era un idealista que no creía en la derrota. Como lo expresa Coleridge, "Robespierre... poseía un irradiante ardor que no dejaba de recordar sus fines y una fría ferocidad que nunca dejó de lado sus medios ni tuvo escrúpulos de ellos".

En mayo de 1793 le dijo a la Convención: "Para cumplir su misión, deben hacer exactamente lo contrario de lo que existía antes de ustedes". Por su parte, el ensayo de Alan Forrest acerca de la intervención de Robespierre en la organización de la guerra, muestra a éste enfrentando a los generales con un radicalismo incesante. Él se había opuesto a que Francia declarase la guerra y esto lo hizo temporalmente impopular. No obstante, él sabía que en tiempos de guerra las libertades públicas nunca crecen. En general, sospechaba de los militares y de la visión del mundo de éstos; pensaba que eran opresores por naturaleza. Era escéptico de la noción según la cual el ejército francés difundiría la libertad por Europa: "¿quién quiere a los misioneros armados?". Sospechaba que la guerra era imposible de ganar y que una vez ésta comenzara, no podría ser detenida. Las victorias podían ser más letales que las derrotas y, al final, él veía una dictadura militar; por supuesto, tenía razón. Sin embargo, como lo muestra Forrest, se convirtió en "un líder guerrero a pesar de sí mismo", contribuyendo con su disposición a destruir el reglamento, a levantar la moral de los voluntarios y a ayudar a ganar las guerras de la República. La ideología reforzaba la estrategia. El ámbito del heroísmo no estaba estrechamente definido; una mujer que enviaba a su hijo al frente era también una heroína. El soldado no era una bestia sino un ciudadano: no era carne de cañón sino un hombre libre con una inteligencia a la que se debe apelar.

Ganar no es suficiente, sin embargo; uno debe estar en lo correcto. La Revolución, creía él, debe justificarse a cada paso y cada acción revolucionaria debe ser una expresión de virtud. Ningún cínico aprende nada acerca de Robespierre; el cínico, incapaz de entenderse con la "virtud", se retira, confundido. Suena pálido y católico, pero "virtud" no es autocomplacencia ni beatitud. Es fuerza, integridad y pureza de propósitos. Asume la benevolencia de la naturaleza humana hacia ella misma. Es una fuerza activa que antepone el bien público al interés privado. Sus significados son explorados en el libro Goodness beyond Virtue [Bondad más allá de la Virtud] (1998), de Patrice Higonnet, un extraordinario manual de jacobinismo práctico. Higonnet no tiene mucho tiempo para Robespierre, de quien dice "probablemente murió virgen" (claro, los historiadores jamás chismean). No obstante, este libro muestra, durante la Revolución, la vitalidad cotidiana de las ideas con pedigrí venerable que sin embargo habían sido consideradas como enteramente teóricas. Robespierre pensaba que si uno puede imaginar una mejor sociedad es porque uno puede crearla. Necesitaba un cuerpo de gigantes morales detrás suyo, pero se encontró liderando a una pandilla de pendencieros pigmeos morales.

De ese modo la Virtud condujo al Terror. Virtud y Terror se convirtieron en inseparables, en un dios Jano de una sola cara que custodiaba la entrada a un mundo mejor. ¿Fue la violencia de 1793-94 tan solo el producto de las circunstancias, forzada por un gobierno remiso, en pánico por la guerra, la guerra civil y el sabotaje? Hacia fines de 1793 existía ya una podrida subestructura de la Revolución, una red de corruptelas en los contratos militares, fraudes debido al acaparamiento y la falsificación, y una capital llena de espías y gente extranjera, a ojos de Robespierre, de dudosas valía y lealtad. Toda información que llegaba al gobierno era sospechosa desde sus fuentes. Además, era claro que el Pueblo Soberano no siempre actuaba en el mejor de sus intereses. Parecía, según las acciones de los saqueadores y de los saboteadores, que el Pueblo estaba dado al pensamiento de corto plazo. Robespierre intentó forjar una coherencia interna, aferrándose a la idea de un pueblo virtuoso mal conducido por políticos corruptos y facciosos, por enemigos enmascarados y sigilosos. Si la Revolución no tenía fuerza moral detrás de ella, ésta devenía solamente en una serie crímenes interesados. Danton se había reído de la idea de virtud, por tanto, no estaba preparado para gobernar. Después de la batalla legal contra los dantonistas, Robespierre empezó a temer que el juicio mismo fuera antipatriótico, criminal, peligroso: las leyes existentes promovían el delito si se dedicaban a proteger a los enemigos del pueblo. Cuatro años de debates habían fracasado en salvar a la Patria, que era un espacio espiritual más que temporal; la batalla por el territorio era menos importante que la batalla por la imaginación. A partir de entonces, no habría más juicios en el viejo sentido de la palabra. El enemigo podría ser juzgado según sus acciones y no por la hipócrita formalidad verbal que pudiera esgrimir en su defensa. No habría más argumentaciones, solo justicia, tan pronta como la muerte en la batalla. Hérault de Séchelles, antes de caer víctima de la guillotina la había descrito como un "corte de sable".

Es algo monstruoso, por supuesto, pero -- en la práctica -- la monstruosidad no era la sola exclusividad de Robespierre. Lo que él adoptó como principio, fue adoptado por otros para engrandecerse. Su religión, de la que algunos jacobinos se burlaban llamándola el pasatiempo privado de Robespierre, era un credo para los espíritus endurecidos, para los habitualmente desconsolados y al descubrirla él había consultado con la intuición, no con la razón. Para él, y sin duda para Saint-Just, el terror era un medio para el descubrimiento y el autodescubrimiento. En público, uno podía decir que el triunfo del bien era inevitable; en privado, había dudas espirituales. "El vicio y la virtud forjan el destino de este mundo; estos dos espíritus opuestos luchan entre sí por él". En la mente de Robespierre, el año II era un campo de batalla, con el escenario despejado para el apocalipsis.

Ahora, échese una mirada a sus retratos, auscúltese lo que ellos nos pueden decir. Él fue dibujado y pintado tantas veces, como si cada artista amateur levantara su pincel maravillado por lo que sabía era un fenómeno transitorio. Así, hay una plenitud de cosas para mirar y es nuestra culpa si no podemos ver. Un inglés llamado John Carr, viajero en París en 1802, se sorprendió por un busto "hecho poco antes de que cayera". Anotó:

La historia, enfurecida al repasar los crímenes insaciables de Robespierre, le ha dotado ya a éste con una fisonomía curiosa, que ella ha compuesto con características que corresponden bastante con la ferocidad de su alma más que con su rostro real. Viendo el aspecto de este busto, que guarda un parecido tan fiel, su rostro debe haber sido bastante agradable. Sus rasgos eran finos y pequeños, y su apariencia debe haber expresado con fuerza animación, penetración y sutileza.

Existe un retrato de salón de 1791, atribuido a Madame Adelaide Labille-Guiard. A dos años de iniciada la Revolución ella pintó a un muchacho con un rostro de notoria dulzura, gentil y tímido: una levita negra, los bordados puños de la camisa cayendo sobre esas exquisitas manos, de largos dedos y sin huesos que solo los retratistas llegan a ver. En los retratos posados él siempre sonríe: quizá delicadamente; quizá impacientemente. También existe un boceto de 1793 hecho en vivo, en la Convención Nacional. No sonríe. Ha levantado sus espejuelos por encima de su cabello. Se encuentra mirando de lado, sospechando o con cierto temor. Bajo el boceto, el artista Gérard garabateó: "ojos verdes, tez pálida: levita de rayas verdes, chaleco azul sobre blanco, corbata roja sobre blanco". Un hombre, como Belloc lo dice, de colores más que de adornos. El rostro es aún muy joven; la expresión es cerrada, cuidada, como si hubiera visto moverse algo entre las sombras. Hacia Termidor parece que él hubiera envejecido diez años. El boceto final, vuelto a tomar en vivo, muestra un rostro reducido a huesos, los músculos de la mandíbula rígidos, cada línea dibujada es tensa y fina. Uno o dos días después, Madame Tussaud le hizo su máscara mortuoria.

La Revolución significó una ruinosa lucha física para su personal de primera línea. Uno no necesitaba ser un soldado para terminar triturado; el frente interno destruía los organismos con sus plazos inamovibles, sus emergencias y sus exigencias, tan extenuantes para la mente como para el cuerpo. "Confieso una inmensa fatiga", dijo Robespierre, en su último discurso ante la Convención. En las semanas anteriores había guardado un silencio que afectaba los nervios de sus colegas. Su rostro se volvió ilegible. La narrativa existente detrás de esto es siempre vieja y siempre nueva.

Danton pensaba que había descifrado el asunto: "No puede tener sexo y le tiene miedo al dinero". Un retrato a grandes trazos es todo lo que pueden conseguir los historiadores, pues juzgan a Robespierre de una manera que es tanto visceral como intelectual. Él es el monstruoso arquetipo del gran inquisidor y místico, y tanto los historiadores como los escritores imaginativos se han complacido en fijar arquetipos alrededor de él, principalmente Danton mismo con su "en conjunto, un prodigio". La imaginación crea una falsa oposición entre ambos hombres; los hombres de la Revolución tenían, en su mayoría, pocas diferencias en cuanto a las políticas, y Robespierre -- en base al principio de que es mejor ganar incluso las batallas que uno no ha escogido pelear -- abandonó a Danton cuando concluyó que éste no podía hacer nada más por él. Pero como Norman Hampson dice en algún lugar, el Danton de la leyenda es difícil de resistir, especialmente desde que él se impuso sobre sus contemporáneos tanto como sobre la posteridad. Después de su muerte, este bien leído, ávido, sigiloso abogado, se convirtió en una suerte de muchacho exuberante, un hombre de gran corazón, pleno, de trato sencillo. A medida que avanzó el siglo XIX, en cambio, Robespierre adquirió un conjunto de contracturas y temblores nerviosos así como un repelente color amarillo resaltado por venas verduscas. Siendo la pulgada del siglo XVIII algo variable, se encogió físicamente mientras Danton crecía. Como se describe en el ensayo de Mark Cummings, a Robespierre se le acusa de "impotencia física, cobardía y afeminamiento". Por supuesto, la mayoría de gente que ha escrito sobre él son hombres y quisieran ser ellos mismos, au fond, [en el fondo] masculinos, bajo sus togas y sus chaquetas de tweed. A ellos les gusta creer que, de ser necesario, podrían derribar físicamente a sus oponentes: más como Danton que como Robespierre, después de todo.

Dos ensayos de esta colección se concentran sobre Robespierre en la dramaturgia y la ficción francesas. La obra de teatro más famosa acerca de la Revolución es la de Büchner, La muerte de Danton. Asombrosa en forma más que en contenido, embellece la leyenda del filósofo cansado del mundo y hecho para morir por acción de la máquina Robespierre. El pobre Bitos, de Anouilh, obra virtuosa en su forma y vacía por dentro, nos dice más acerca de Francia durante la última posguerra que sobre la Francia de 1793, tanto como la película Danton, de Andrzei Wajda, nos habla más acerca de Polonia en la década de 1980. Si sospechamos que Danton resulta tanto halagado como denigrado por la hipnotizante actuación de Gérard Depardieu, aún continuamos repelidos por el enfermizo, neurótico y envejecido Robespierre de la película. Romain Rolland se quejaba de que "la más grande figura de la Revolución aún no tiene estatura en Francia" y procedió a conmemorarlo en una irrepresentable obra de teatro de 300 páginas que podrían extenderse por seis horas. Henry Irving representó a Robespierre en un melodrama de Sardou de 1899; en él, el Gran Terrorista era a obligado a comprometer sus principios para salvar la vida de su largamente perdido hijo ilegítimo. Sin embargo, el ensayo de William Howarth muestra que Robespierre no ha sido enteramente malquerido por el teatro. Una obra de Combet de 1888 tiene una memorable dirección de escenografía: "Entonces aparece Robespierre, traído por las nubes. Al momento de su entrada, un coro celestial explosiona en cantos".

El ensayo de Howarth acerca de Robespierre según el teatro, tiene poco que decirnos acerca de Stanislawa Prsybyszewska, en cuyo trabajo basó Wajda el guión de su Danton. Ella fue la más delirante de todas las robespierristas (delirio en el que yo le cedo el paso a pocas). Nacida en 1901, hija de un escritor polaco, ella fue una artista del ayuno y el congelamiento, alguien que le ponía fecha a sus cartas según el calendario revolucionario francés y que murió a la edad de 34 años en Danzig, donde ella había estado viviendo en una suerte de casa abierta, sin calefacción, durante los inviernos, embadurnando sus alimentos con líquidos desinfectantes para preservarlos al tiempo que pensaba intensa y extensamente acerca de "ese apuesto abogadito que a la edad de 35 años gobernada él solo a Francia". La tuberculosis, la morfina y la desnutrición fueron señaladas como causas de su muerte, aunque ella podría más verdaderamente ser diagnosticada como la mujer que murió de Robespierre.

Si uno intenta escribir ya sea obras de teatro o novelas acerca de la Revolución, uno tiene que considerar su posible audiencia y el estado de sus prejuicios. Para los historiadores, los escritores creativos ofrecen un tipo de pornografía. Ellos rompen las reglas y admiten lo imaginado, pero no existe licencia para poder imaginar a alguien. Tampoco tiene caso insistir en que uno ha solicitado tal licencia, como no lo tiene el intentar aguantar firme ante los intentos de desocuparlo del territorio. Los editores de este volumen son generosos acerca del posible papel de la ficción en la tarea de volver a imaginar lo pasado, aunque Mark Cumming advierte acerca de "los peligrosos deleites de la historia pintoresca". Es posible que sucumbamos ante ella, hasta que la historia sea escrita por máquinas; no existen dos clases de historia, una escéptica y racional, y la otra imaginativa y errabunda. Cumming hace la indiscutible observación de que "la imagen histórica tiene dos facetas, una dirigida hacia fuera del sujeto histórico y la otra hacia adentro de la psique del autor". Esto es tan cierto para los académicos como para los acreditados autores de ficción. Es Carlyle, sin embargo, el sujeto del ensayo de Cumming, Carlyle, quien hizo tan difícil (para el lector de habla inglesa, por lo menos) mirar a la Revolución excepto a través de los muy coloreados filtros que nos dieron "el verde mar incorruptible". Una heroína de verdad de la Revolución es el ama de casa que encendió el fuego con el primer borrador de Carlyle. Dickens tomó en préstamo sus mejores efectos, y como lo señaló George Orwell, Historia de dos ciudades es en gran medida responsable de la noción que tienen los lectores ingleses de la Revolución, como una "frenética masacre que duró por años... mientras en realidad la totalidad del Terror, hasta donde llega el número de los muertos, fue una broma en comparación con las batallas de Napoleón... Hasta este día, para el inglés común, la Revolución Francesa no significa más que una pirámide de cabezas cortadas".

La visión general no ha cambiado desde los días de Orwell. En el mundo no francoparlante, el bicentenario ha sido dominado por Ciudadanos, de Simon Schama, que no impugna las cómodas preconcepciones. Schama usa su habilidad narrativa y la riqueza de su ilustración para confirmar a la gente en la creencia que ya tenía desde antes, según la cual la Revolución fue una pérdida de tiempo sangrienta y sin sentido. Para los franceses, por supuesto, Schama es irrelevante, puesto que él no les está diciendo sino aquello que ya habían oído antes de parte de sus historiadores revisionistas.

En el presente libro, el capítulo de Malcom Cook sobre Robespierre según es visto por los novelistas franceses, sirve para mostrar la timidez general de ellos, su fracaso en romper con los estereotipos. No obstante, la amplitud de la mirada de Cook no es mucha. ¿No ha leído la novela de Dominique Jamet, Antonio y Maximiliano o el Terror sin Virtud, de 1988, con su refrescante retrato de Robespierre como paidófilo y asesino de niños? Digna de cinco minutos de atención, esta novela lleva a un novelista a examinar la ética de su oficio. La imaginación debe ser libre, las leyes no remedian a los muertos; todo lo que éstos pueden hacer es andar en penas, espantándolo a uno.

Y esto es, precisamente, lo que hace Robespierre. Él la toma a una por la imaginación y no la suelta fácilmente. Michelet, ambivalente acerca del Incorruptible, cruzando siempre, en ambos sentidos, la línea de su argumentación, acusó a Louis Blanc, Hamel y a otros de una corruptora parcialidad: "Ustedes tienen un amigo en la ciudad y ese amigo es Robespierre". Sin embargo, en su novela De luto por la gloria, de 1977, Marie-Hélène Huet cita un pasaje de Michelet donde éste, habiendo terminado su gran historia de la Revolución Francesa, habla de lo que Robespierre había venido a significar para él:

En toda esta historia, que fue mi vida y mi mundo interior por diez años, formé, en el camino, muchos lazos profundos de amistad... El más grande de los vacíos que sentí sentado a esta mesa de madera blanca, de la cual mi libro ahora se separa y donde quedo solo, fue la partida de mi pálido compañero, el más fiel de todos, quien no me había dejado desde 1798 hasta Termidor; el hombre de la gran voluntad, trabajador afanoso como yo, pobre como yo, con quien había tenido, cada mañana, tantas fieras discusiones.

El libro de Michelet está concluido; el rescoldo de la discusión aún flota en el aire.

En sus últimas semanas, Robespierre permaneció fuera de la mirada del público. Salía a caminar por los bosques o se encerraba en la calle de Saint Honoré. Nadia suponía que era una fuerza gastada, pero después de la muerte de los dantonistas él había parecido perder la seguridad de su toque. No podía supervivir si no confiaba en nadie, y no pudo labrarse nuevas confianzas. La verdad acerca de los motivos de sus compañeros revolucionarios parecía estar más allá del alcance de los mortales. En su biografía de Danton de 1978, Norman Hampson señaló que "la verdad era lo que correspondía con lo que Robespierre quería creer en un momento determinado". Sin embargo, hay una dificultad en este punto: ¿con qué palabras puede decirse la verdad cuando los enemigos secretos de la Revolución le han robado a ésta su lenguaje? Él siempre había advertido que el diablo tiene las mejores tonadas. Todo cuanto le queda son las palabras garantizadas que puede expresar un moribundo. "¿Qué se le puede objetar a un hombre que desea decir la verdad y que está resuelto a morir por ella?".

La Revolución, como empresa creativa, murió con él. Existe una postulación según la cual su muerte es una especie de liberación bendita para la nación; sin embargo, después de su muerte el Terror continuó y lo que esperaba adelante era una nueva tiranía y 20 años de guerra. En su último discurso a la Convención dijo: "mi razón, no mi corazón, empieza a dudar de esta república de la virtud que me he dispuesto a establecer". El corazón deja su leve huella: Michelet, solo, sentado a su mesa de madera blanca, Stanislawa rebobinando obsesivamente la cinta de su máquina de escribir. De otro modo, no queda mucho excepto un trajinado portafolios en el Museo Carnavalet, colocado cerca de unos grandes cuchillos y tenedores que llevan el monograma de Danton. El cuero está estampado con el nombre de Robespierre pero éste casi se ha borrado. Como dice Lamartine, "él fue la última palabra de la Revolución pero nadie pudo leerla".

En el documento final su firma aparece incompleta. Había escrito solo dos letras de su nombre antes de que un pistoletazo destrozara su mandíbula; nadie sabe realmente si él mismo se disparó. Yacente sobre su propia sangre en una antesala del Comité de Seguridad Pública, expresó con gestos que quería escribir pero nadie le alcanzó una pluma. Yo le habría dado una, dijo después Barras, incómodo ante esa crueldad y ante la desaparición de una posible declaración. Estaba casi muerto cuando lo llevaron al cadalso y sus decapitados restos fueron enterrados cerca del Parc Monceau. Eléonore supervivió y fue conocida como "la viuda Robespierre". Maurice Duplay fue conducido a prisión y perdió sus negocios. Su esposa, también arrestada, fue encontrada muerta en su celda. El temor selló los labios de los testigos, los documentos fueron quemados y los recuerdos reformulados. Después de la revolución de 1830, un grupo de admiradores trató de encontrar el cuerpo. Aunque cavaron y cavaron, nadie estaba enterrado ahí.


Hilary Mantel es una galardonada escritora inglesa nacida en 1952. Estudió derecho en la London School of Economic. Vivió cuatro años en Botswana como trabajadora social, luego cinco años en Arabia Saudita. Regresó a Inglaterra a mediados de la década de 1980. Entre sus novelas están A Place of Greater Safety, acerca de la Revolución Francesa , Vacant Possession, An Experiment in Love y, más recientemente, Beyond Black. Es una declarada admiradora de Maximilano Robespierre. Véase su biografía en http://www.contemporarywriters.com/authors/?p=auth67

 

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