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Él esperaba que todo terminara malamente y así fue: una bala de pistola que destrozó su mandíbula, una noche de indescriptible agonía, la muerte sin previo juicio. Durante esa noche -- el 9 de Termidor o 27 de julio de 1794 -- gesticuló indicando que quería pluma y papel. ¿Qué habría escrito? Es inútil esperar que saberlo nos habría ayudado a entenderlo. Él había tenido su oportunidad, podría pensarse: cinco años en la política. El historiador George Rudé estima que Robespierre hizo más de novecientos discursos.
Por supuesto, él los había pronunciado pero, ¿había sido escuchado?
Literalmente hablando, quizá no. Los salones de la mayoría de las asambleas revolucionarias tenían una acústica pobre. Además, estaba el asunto de su timidez. Cuando salió por primera vez a la escena política francesa, en la primavera de 1789, decía que "temblaba como un niño" antes de cada intervención. Muchos habrían sentido ese miedo, pero pocos lo habrían admitido. Era fácil callarlo. Su dejo era provinciano, su persona -- era bajo, delgado y pálido -- estaba diseñada para ser pasada por alto. No obstante, si bien no era un orador dotado, era uno persistente. Hacia el otoño de 1789, los periodistas habían aprendido a escribir bien su nombre.
La mayoría de sus discursos, si no todos, supervive en breves informes periodísticos. Cuando se lee los que fueron impresos en esa época y que han sido conservados completos, lo que se encuentra es un predominante tono sentimental, una fuerte tendencia autorreferencial, una estructura lógica de hierro. El Incorruptible era también el impredecible. Era un manojo de exponencialmente crecientes contradicciones. Idealizaba al "pueblo" y desconfiaba profundamente de quien afirmara hablar en nombre de ese pueblo. Desconfiaba de las mismas estructuras de representación que él contribuyó a crear. Buscaba el poder y lo despreciaba. Era pacifista y ayudó a armar una guerra. En medio del debate más cotidiano y detallista, él pensaba en la posteridad; y mientras se encontraba haciendo planes para conseguir el éxito, él cantaba himnos a la pureza del fracaso. Los previsores lo bendecían o maldecían, por si acaso. En el sentido más común, su visión era defectuosa. Incluso con la ayuda de anteojos él no veía muy bien y era, lo sugiere Ruth Scurr, al mismo tiempo miope e hipermétrope. Sus perspectivas eran extrañas; las líneas que lo separaban del mundo exterior eran borrosas. Tímido, bastante desmañado, debería haberse mantenido aparte del mundo; en lugar de ello, parece confundirse con la bruma de los tiempos en los que vivió. Pensaba que él era la revolución y pensaba que la Revolución era él.
Scurr se acerca a la complicada historia de Robespierre con una eficiencia vivaz y enérgica, aunque con simpatía. Robespierre nació un don nadie pero él no está indocumentado. Los casos de niñez infeliz dejan algo detrás, aún sean solo certificados de defunción. Nacido en Arrás, en 1758, Robespierre fue el mayor de sus hermanos, su madre murió de parto, dando a luz a su quinto hijo, cuando él tenía seis años de edad. Ella era la hija de un fabricante de cerveza y estaba con un embarazo de cinco meses cuando François de Robespierre, un abogado, encontró el tiempo para desposarla. Los de Robespierre eran de una "buena" familia sin dinero. A la muerte de su madre siguió la deserción del padre. François dejó deudas y, sin duda, chismes. Los niños fueron separados y criados por tías y abuelos.
Después, Rousseau le aseguraría que la gente era naturalmente buena, que se podía confiar en la naturaleza y que él estaba libre de pecado original. ¿Se sintió bueno, se sintió libre? Su susceptibilidad, su vulnerabilidad, su tendencia a rehuir de la gente sugieren un activo sentido de la vergüenza. Luego sería el defensor de los derechos de los niños ilegítimos. Insistió, en una etapa inicial de su carrera como legislador, que el antiguo concepto de la "mala sangre" debería ser abandonado. Los niños no eran responsables de lo que habían hecho sus padres, de lo que éstos habían sido. Uno comienza desde cero en esta vida; el estado robespierrista ideal lo habría garantizado, dando educación y satisfaciendo las necesidades. En una democracia, un individuo debería ser juzgado por sus méritos, no por el accidente de su nacimiento.
La vida de Maximiliano está convencionalmente dividida en 31 años que no importan y cinco que sí. Es como la vida de Cristo: una oscura privacidad seguida de un ministerio público y de una muerte agonista y pública (estos paralelos no pasaron inadvertidos para quienes estaban inclinados a adorarlo o a satirizarlo). No sabemos cómo lo
afectó la separación de su familia pues él nunca habló de su vida anterior. No obstante, para entenderlo probablemente sí necesitamos pensar en cómo fue de niño. ¿Cómo ha tratado Scurr a su personaje? "He tratado de ser su amiga", dice. Si uno lo hubiera conocido
cuando tenía diez años, probablemente habría pensado: él necesita un amigo.
Robespierre tuvo una beca en el prestigioso Louis-le-Grande, antes una institución jesuita que operaba bajo los auspicios de la Universidad de
París. Su fuerza de carácter, su seriedad, fueron tenidas como destacadas. Uno de los sacerdotes, el padre Hénvaux, lo llamaba "mi romano". Después, un desafecto ex condiscípulo, el periodista Camille Desmoulins, compararía el gobierno de Robespierre con el gobierno del emperador Tiberio. Eso no era lo que el padre Hénvaux había querido decir.
A la edad de 23 años, Robespierre regresó a Arrás para hacer una carrera como abogado y cuidar a sus hermanos Augustin y Charlotte. Augustin lo seguiría después en la política revolucionaria y moriría con él. Charlotte, quien alcanzó la vejez, dejó memorias escritas por terceros; ella era efusivamente cariñosa con sus hermanos, pese a que cuando ellos vivían se quejaba incesantemente de que no le prestaban suficiente atención. Ella nos ofrece el detalle doméstico; las cortes de la antigua provincia de Artois nos ofrecen un poco más. Como muchos jóvenes educados de la época, Robespierre cultivaba sus sensibilidades. Escribió un poco de poesía ligera. Era sociable, pero hasta cierto punto. Tenía amigas. Fácilmente podría haberse casado. Exceptuando su espectacular distraimiento -- una vez sirvió la sopa sobre el mantel, sin notar la ausencia del plato -- era como la demás gente. La Reforma estaba en el aire; las opiniones liberales estaban de moda. Usualmente éstas no obstaculizaban al individuo que buscara un lugar en el sistema. Sin embargo, Robespierre era un abogado de pobres. Ponía sus principios por delante de su propio beneficio y por delante de la amistad. Estaba dispuesto a recibir agravios y a agraviar. En uno de sus primeros poemas dice que la peor cosa que le puede suceder a un hombre justo es conocer, al momento de su muerte, "el odio de aquellos por quienes uno da la vida".
Robespierre pensaba en el dolor y en la muerte con una inquebrantable intensidad que habría desestabilizado a seres menores. Es un error pensar que poseía un temible don del presagio, o que tenía el poder, bastante insospechado por quienes lo rodearon, de organizar la siguiente década en base a un patrón predeterminado por él. Quizá sus sueños eran diferentes en intensidad, aunque no en naturaleza, de los sueños de quienes lo rodeaban. Era una época como para que los jóvenes, aferrados a sus copias de
La Nouvelle Héloïse, buscaran algo interesante por qué morir: amor u otra cosa; el joven sueño de trascender sus circunstancias, de avergonzar a las mediocridades que los rodeaban, de salvar vidas, de ser mártires. Cuando se tiene tanto futuro por delante la vida parece barata; tal vez uno no puede imaginar completamente, como lo hacen las personas mayores, el hecho de extinguirse, el hecho de simplemente llegar a la nada.
Para la mayoría de la gente, la época del correr riesgos desinteresadamente es una fase. Irrita a sus mayores mientras dura; aunque a veces, en los movimientos políticos, esos mayores encuentran un modo de explotarla. Luego, sin embargo, si las personas jóvenes superviven a sus ideales, algo pasa, sorprendiéndolos: ellos aprenden un oficio, desarrollan ambiciones, se enamoran, encuentran un interés en la vida. O simplemente el tiempo pasa y se anuncia la edad madura con sus mezquinas transigencias. Para el Incorruptible, sin embargo, el idealismo no fue una fase. Él mantuvo cuidadosamente su perspectiva en mente mientras fue veinteañero y la llevó cuidadosamente a Versalles, donde llegó un día después de cumplir los 31 años de edad. Puesto que estaba perfectamente a tono con la época en que vivía, puesto que había una causa real a la cual servir, sus ansias se endurecieron convirtiéndose en convicciones, sus sueños se inscribieron en piedra. Con todo, aún parece más un sacerdote, más un santo en entrenamiento que el sazonado operador político en que se habría de convertir. "La tarea de mi vida -- dijo, de acuerdo a su hermana -- será ayudar a quienes sufren".
Debemos deducir que él también sufría. Se identificaba, de todo corazón, con el pobre, el necesitado, el desesperanzado, y fue esta identificación la que luego le haría rechazar violentamente el ateísmo de ciertas corrientes del pensamiento revolucionario. Dado que no se puede crear una sociedad perfecta -- al menos no de la noche a la mañana -- uno tiene que dejar a la gente con el consuelo de las creencias. Era demasiado cruel intentar convencerlos de que el universo era éticamente ciego. Ellos tenían que saber que sus perseguidores iban a ser castigados, en el otro mundo si no en éste. Y si no se podía abolir la pobreza, al menos podía eliminarse su estigma. Se podía hacer honorable la pobreza mientras se trabajaba -- mediante un sistema de educación universal -- para ayudar a la gente a salir de ella. Se podía, además, eliminar la impotencia del pobre: podía dársele un voto.
Primero, por supuesto, había que darle elecciones. Los pobres no tuvieron el voto en las elecciones que llevaron a Robespierre hasta Versalles, cuando se reunieron los Estados Generales por primera vez desde 1614. Él llegó sin ningún refinamiento, sin ninguna elegancia y, como dice Scurr, "careciendo por completo del distanciamiento
irónico de los acontecimientos en los que estaba invirtiendo su vida". El era, no obstante, realista y poseía una clara visión de las cosas al momento de predecir el curso de los eventos. "Inesperadamente, el frágil y libresco Robespierre resultó mucho más talentoso en la práctica de la política que en la teoría de ésta".
Scurr entiende el poderoso impulso religioso detrás del pensamiento de Robespierre, del modo como ella también entiende la revolución. Puede ser una afirmación extraña, pero muchos de quienes han escrito sobre Robespierre y acerca de la Revolución en general, no parecen entender por qué la gente del 89 no se quedó tranquilamente en casa esperando un cambio gradual. Scurr nos recuerda que Arthur Young, el agricultor que viajó por Francia en las vísperas de la Revolución, estaba profundamente impresionado por la gente sin tierra, sin zapatos, sin esperanzas; él pensó que los campesinos franceses eran tan pobres y estaban tan hambrientos como los irlandeses. Scurr ve con precisión por qué, para algunos, la promesa de recibir algunas mejoras no les parecía suficiente; ella entiende la necesidad de salir a la calle para obtener resultados directos. Es prudente, sin embargo, tener cuidado con ciertos términos muy cargados: "turba" no es el término colectivo para los parisinos, y no debería aplicarse a los curiosos espectadores que fueron, en 1790, a observar a la familia real cuando salía a tomar el aire en los jardines de la Tullerías.
El ímpetu de la revolución popular vino, por supuesto, de los centros urbanos: de París especialmente. La gente de los pueblos estaba siempre en riesgo de sufrir por la falta del pan, por las rebajas de salarios, y tenían el temor de ser invadidos por refugiados del campo incluso más pobres que ellos. Los disturbios pequeños eran casi de rutina en esos años; y eran suprimidos, más o menos eficientemente, más o menos humanamente. La Revolución recibió su justificación ideológica de los profesionales educados y de los clérigos y nobles de mentes más liberales, aunque Scurr no nos permite olvidar la oleada de deseos populares, el poder transformativo, unificador, de los eventos de 1789. Para cualquiera que tuviese una conciencia política, las cosas debieron haberle parecido como un aceleramiento de la historia. Los lentos siglos habían pasado, arrastrándose, salpicados por extrañamente regresivas revueltas campesinas; entonces llegó el verano de 1789. Los Estados Generales se convirtieron en la Asamblea Nacional. El Tercer Estado tenía voz. El rey rodeó París con sus tropas y París erupcionó en protestas. Las multitudes atacaron la Bastilla por buenas y prácticas razones: querían la pólvora que se guardaba dentro; no obstante, cuando vieron que caía la fortaleza, algo fundamental debe haberse tornado en el proceso histórico, quizá en la naturaleza humana misma. Camille Dessmoulins escribió: "Los viejos dejan, por primera vez, de añorar el tiempo pasado; ahora se avergüenzan de él".
Tan pronto como Robespierre tuvo una experiencia directa de la política, comprendió qué tipo de pensamiento y lenguaje necesitaba una revolución. Cuando el ministro Foulon fue muerto en los linchamientos post Bastilla, escribió: "M. Foulon fue ahorcado ayer por decreto del pueblo". Él comprendió en un instante lo que se necesitaba: velocidad, resolución y una disposición a destrozar los libros de leyes. Robespierre no operó al interior de la estructura del poder convencional, incluso aquella que la revolución más temprana había establecido.
Tuvo un asiento en la primera Asamblea Nacional, pero fue excluido de la segunda por la misma ordenanza que con espíritu de renunciación él mismo había propuesto. Nunca fue un ministro de gobierno. Las bases de su poder estaban al interior del club jacobino, que tenía ramificaciones en toda Francia; él fue uno de los primeros en entender cabalmente el potencial de la organización celular jacobina. Ascendió al poder mediante la comuna insurreccional de 1792 y mediante una Convención Nacional elegida en base al sufragio masculino universal (aunque la verdad es que un gran porcentaje del electorado potencial estaba demasiado confundido o demasiado asustado de votar). Finalmente, el instrumento de su poder fue el Comité de Seguridad Pública. Es el Robespierre de estos días postreros quien embruja nuestra imaginación: implacable, remoto, con su cabello inmaculadamente empolvado, su bien afeitado mentón, sus estrechos hombros erguidamente rígidos dentro de su bien cepillada chaqueta.
Como Norman Hampson escribió en La vida y las opiniones de Maximiliano
Robespierre, "no hay nada que los hechos puedan hacer para cambiar el mito". Pese a todo, uno debe seguir intentándolo: estableciendo los hechos tal como los conocemos, viviendo con el mito al mismo tiempo que se lo escruta. Robespierre era penetrante en asuntos de escrutinio: él quería un edificio parlamentario con capacidad para 10,000 espectadores. Cuando se encontraba bajo ataque de uno u otro foro público, a menudo sus oponentes se consternaban al encontrar que las galerías estaban repletas de sus admiradoras. Por eso, ya era tiempo de que una mujer escribiera su biografía. Scurr dice que "durante su corta vida, las mujeres amaron a Robespierre. Su combinación de fuerza y vulnerabilidad, de ambición y escrúpulos, de compasión y refinamiento, atraía a unas mujeres que tenían fuertes defensas contra los hombres evidentemente vulgares y ninguna contra el aparentemente sensible". Ella misma tiene buenas defensas: "Por lo que dicen todos -- nos dice Scurr -- él era marcadamente extraño". En este libro, él es singular pero no nos parece desconocido. Podemos no encontrar su firme propósito moral entre nuestros amigos y vecinos, pero escuchamos las noticias diarias con temor, y sabemos que ese propósito existe, en alguna parte del mundo.
Como todo biógrafo, Scurr espera darle a su biografiado una vida privada. Posiblemente ella exagera con Pierre Villiers, un hombre que afirmaba, mucho después, haber sido el secretario impago de Robespierre en 1790. Villiers es el único testigo que nos dice que Robespierre tuvo una aventura amorosa. Scurr sabe que Villiers es una fuente sospechosa, pero casi no puede resistirse a él (es como si no se pudiera concebir a un francés sin una amante). A partir de 1790, Robespierre vivió tranquilamente con la familia de un maestro carpintero cuya hija quizá fue, o quizá no, su prometida y, probablemente, piensa Scurr, no fue su amante. No es mucho como para continuar. La escritora (y el lector) sabe que una vida privada no documentada no significa que no hubo ninguna. Todo lo que significa es que es privada.
Scurr mantiene su promesa de ser amiga de Robespierre; desde nuestra distancia, un amigo crítico puede acercarse sin exponerse al riesgo de que una riña conduzca a una rápida decapitación. Su libro es una historia narrativa directa, y ella nos guía con seguridad a lo largo de complejos acontecimientos. Es juicioso, equilibrado y admirablemente claro en todos sus temas. Sus explicaciones son concisas y precisas; sus ejemplos, bien elegidos e imaginativos; y las citas de las fuentes primarias van al punto y son pertinentes. Con seguridad es la más calmada y menos abusiva historia de la Revolución que se podrá leer. Sirve bien como una historia general de los años 1789-1794, además de ser una sucinta guía para poder seguir a uno de sus personajes dominantes. La autora no se dedica a hacer denuncias o a destruir a algún personaje, como lo hacen muchos historiadores y muchos revolucionarios. Después de cierto punto, una empieza a extrañar los vituperios: me pregunto si ella ha sondeado la profundidad de la deshonestidad de Danton, la traición de Mirabeau, la psicopatología de Saint Just. Hay una palabra que todos usan cuando hablan de Robespierre de la cual Scurr está bastante libre; la palabra es "paranoia". ¿Tuvo él delusiones persecutorias? No: él tenía enemigos y éstos andaban armados. "Compartan mis temores", exhortaba él a sus oyentes. Ellos también tenían enemigos y no siempre eran los enemigos obvios, aquellas tropas hostiles apiñadas en las fronteras.
Hacia 1791, entre ciertos revolucionarios existía la fuerte sospecha de que los gloriosos días de la Bastilla no eran tan gloriosos como lo habían parecido en su tiempo. ¿Hasta qué punto los acontecimientos habían sido orquestados por el Duque de Orléans, quien deseaba ser rey, y por los poderes extranjeros, particularmente los ingleses, que estaban interesados en socavar a Luis? Robespierre sospechaba que sus colegas estaban "enmascarados", que el significado de los acontecimientos estaba "velado", y estaba en lo cierto. Antes había pensado que Luis era un rey con buenas disposiciones; pero había venido a aprender que estaba preparado para traicionar a su propio país. Lafayette, el héroe de los inicios de la Revolución, cruzó las líneas austriacas; también lo hizo el general Dumouriez, quien había conducido a los ejércitos franceses hacia su primera victoria en Valmy. Robespierre había creído en la pureza de corazón de su colega Pétion, quien se había sentado con él en Los Estados Generales; pero después vio a Pétion convertirse en un charlatán pomposo e interesado que creía que la hermana del rey se había enamorado de él. Otros, muy numerosos, simplemente lo engañaban, desde el actor poeta Fabre d'Eglantine hasta el mismo Danton. El fraude de la Compañía de las Indias Orientales, que salió a la luz a fines de 1793 y que implicaba tanto a Fabre como a Danton, fue un negociado de una complejidad tan ridícula que nadie podía ver su final ni sondear su profundidad. Ahora se puede ver cuán amenazadora debe haber parecido la idea de que los esfuerzos bélicos y la economía toda estaban siendo socavados por deshonestos contratistas del ejército en alianza con siniestros intereses foráneos. Es perfectamente sensato sentirse amenazado por lo que no puede verse claramente ni entenderse a cabalidad. Las cosas que Robespierre no comprendía eran múltiples, e iban desde el funcionamiento de las finanzas internacionales hasta la capacidad humana para la duplicidad.
¿Era una persona con dobleces? Él era mutable, y Scurr ve motivos para ello. Él hacía una clara distinción entre lo que era posible en un país en tiempos de paz y en un país bajo la amenaza de la agresión externa y la guerra civil. En tiempos ordinarios, pensaba, no había necesidad de la pena capital. En tiempos de guerra, sin embargo, cuando el estado estaba sujeto al sabotaje y no podía protegerse a sí mismo, no se podía pedir a un soldado que matara enemigos en el campo de batalla si el estado no aplicaba similares sanciones para sus enemigos internos. De manera similar, él estaba en contra de la censura, asumiendo el principio de la libertad de expresión tan seriamente que lo habría llevado a una conclusión lógica y habría permitido la pornografía. No obstante, una vez más, el principio debe ceder ante la necesidad mayor de la defensa nacional: un gobierno en guerra no puede, creía, permitir a sus periodistas ser el enemigo interno.
Lo que Scurr muestra de manera muy capaz es cómo los instintos liberales sucumbieron ante las circunstancias. Hacia mediados de 1792, el rey Luis esperaba ser inminentemente rescatado por fuerzas extranjeras.
La journée del 10 de agosto fue una respuesta: la invasión del Palacio de las Tullerías. Si la primera revolución había sido condicional, tenido imperfecciones y había terminado en la creación de una nueva elite, esta revolución republicana era una oportunidad de comenzar de nuevo. Sin embargo, bajo la terrible presión de los acontecimientos no había oportunidad de convertir los ideales en hechos sólidos. Las tropas del Duque de Brunswick cruzaron la frontera el 19 de agosto y las masacres de las prisiones en septiembre tomaron lugar en una atmósfera de pánico masivo. Cuando los carniceros hacían su trabajo, mataban prostitutas presas, jóvenes en los reformatorios así como a aquellos que podían ser vistos como el enemigo interior. Robespierre aprovechó la oportunidad de intentar hacer arrestar a su oponente Brissot. Si éste hubiera realmente sido arrestado -- Danton bloqueó la orden -- existe una alta posibilidad de que Brissot habría caído muerto durante las masacres.
En términos de Robespierre, eso habría sido una prudente sangría. El culpaba a la fracción de Brissot por la guerra y no pensaba que éste hubiera estado engañado, sino que había conspirado activamente contra la Revolución. Nunca extendió a sus oponentes la cortesía de creer que simplemente estaban equivocados o desinformados, o que incluso fueran tontos. En una emergencia, tal cortesía no tiene sentido. Él los conocía por sus acciones y sabía que ellos eran maliciosos. Con el enemigo a solo días de caer encima, la malicia era igual a la traición. Al menos así lo pensaba él. Tuvo que esperar otro año para que Brissot fuera "desenmascarado" ante el Tribunal Revolucionario y guillotinado con sus seguidores. Robespierre deploraba la violencia innecesaria, pero podía persuadirse fácilmente para encontrar su necesidad. El debido proceso era demasiado lento como para sus rápidos instintos.
Ciertamente, la guerra no fue hechura suya, y Scurr enfatiza cómo, durante 1972, él luchó por conseguir la paz, oponiéndose abiertamente a la corriente de la opinión pública y perdiendo en el proceso toda la popularidad que había atraído. Tampoco estaba de acuerdo con la guerra de expansión territorial propuesta por Danton o con la guerra de expansión ideológica de Brissot; no pensaba que se pudiera exportar los ideales de la Revolución por la fuerza de las armas. Era una situación sin ninguna posibilidad de éxito, como él lo entendía. Si Francia perdía, la Revolución estaba acabada; si Francia empezaba a ganar, habría tenido que agradecer a sus generales, cuyo compromiso con la democracia fue siempre sospechoso. Los borbones estarían de vuelta, vengativos y furiosos; o un vacío de poder dejaría entrar a un dictador militar. Como fuese, Robespierre anticipaba "un abismo lleno de víctimas". Si se mira a los subsiguientes años napoleónicos, puede verse que no estaba equivocado.
No obstante, una vez que la guerra fue un hecho, pudo ser usada como el instrumento de represión interna: el Tribunal Revolucionario, el apresamiento de sospechosos y luego la infame ley de 22 de Prairial, que negaba la defensa al acusado. El Comité de Seguridad Pública -- que originalmente, como el Tribunal, fue una invención de Danton -- incrementó su poder después de que Robespierre ingresó a él y se convirtió, en efecto, en un gobierno revolucionario provisional que supervisaba el Terror. Robespierre controló los excesos de Pouché y Tallien quienes, de misión en las provincias, habían cometido atrocidades en el nombre de la Revolución; e intervino para salvar a algunos individuos. Con todo, no podemos hacer desaparecer, con deseos, la parte que tuvo él en el Terror. ¿Fue un hombre bueno que se deterioró bajo la presión de los acontecimientos o fue solamente en las situaciones extremas arrojadas por la guerra cuando fue capaz de mostrar lo que estaba latente en él, para bien o para mal? ¿Cuán responsable fue de la sangre derramada en 1794? Si se eliminan sus responsabilidades, se eliminan sus derechos a la grandeza. Él mismo vio el problema: "Gentes solícitas han hallado el atribuirme más bien del que he hecho, con el fin de imputarme las malicias en las que no tuve parte". La salvación del pueblo era, dijo, "una tarea que excede los poderes de cualquier persona individual; que excede ciertamente los míos, exhausto como estoy por cuatro años de revolución". En 1794, cuando fue guillotinada Madame Elisabeth, hermana de la reina, la gente en la calle lo acusaba pese a que él se había opuesto a tal medida: "¿Ven? -- decía -- siempre yo". Él había reclamado, sin embargo, esa intensa identificación con la Revolución, por tanto, no podía quejarse.
¿Por qué fue fatal su pureza? Porque ésta parecía ser absoluta. No podía ser comprado. No podía ser impresionado. No podía ser atemorizado. No se le podía reclamar: aunque no era un hombre sin afectos humanos, él no dejaba que estos se interpusieran en el camino de la guillotina cuando pensaba que algún viejo amigo estaba bloqueando el camino revolucionario. Al final, no se podía ni siquiera negociar con él pues temía ensuciarse las manos. Para un alma tan pura, la muerte era el único resultado lógico. Se llegaba al martirio o se transigía. Se era el enemigo del pueblo o -- como Marat se llamó a sí mismo -- el amigo del pueblo, o se era simplemente "el pueblo", que es lo que Robespierre pensaba de sí mismo: la suma de las esperanzas del pueblo, la suma de sus temores. ¿Y alguna vez podría triunfar el pueblo? ¿Era posible incluso exponer su causa, dado que la historia era escrita por los ganadores? Hacia el verano de 1794, un pesimismo revolucionario había tomado control de él. Estaba deprimido y físicamente enfermo. Estaba cansado; bien podría haber dicho, con Marat, "No he tomado un cuarto de hora de recreo por más de tres años". Empezó a alejarse del Comité y de la Convención. ¿A quién podía culpar el público, estando él ausente, si los acontecimientos tomaban un giro desafortunado? La respuesta fue: te culpamos a ti.
En la Convención, Robespierre se sentaba en una alta gradería que la gente llamaba la Montaña. Su voz no era más alta, él no se había vuelto más alto, pero la gente escuchaba y miraba. Ellos escrutaban cada gesto, sopesaban cada palabra. ¿Qué decía? ¿Qué quería decir? ¿A quién se refiere? ¿Se refiere a mí? Lo que finalmente trajo abajo a Robespierre no fue un acceso adicional de fanatismo o una propuesta de intensificar el Terror, sino una propuesta para moderarlo. Su error, en su último discurso en la Convención, fue amenazar a sus oponentes sin mencionar nombres. Cada miembro de la asamblea se sintió cerca a la guillotina, así, hombres con intereses dispares actuaron en concierto para destruirlo. Muchos años después, cuando era un anciano, se le preguntó a Merlin de Thionville cómo pudo haberse vuelto contra Robespierre. "!Ah¡ -- dijo --, si hubieran visto
sus ojos verdes..."
Es dudoso que Merlin o muchos otros alguna vez se acercaran lo suficiente como para ver sus ojos verdes. Scurr parece haberse acercado más que la mayoría. En 1865, el escritor Edgar Quinet dijo de los actores de la Revolución: "Aunque estén muertos... aún se encuentran en la brega. Continúan luchando y odiando". Y teniendo esperanzas, podría añadirse; incluso ahora, cuando ellos están a dos siglos de distancia, deberíamos estar aún viendo qué es lo que podemos aprender de sus esperanzas y de sus violentas expresiones. La Revolución no está acabada, tanto como la historia no ha finalizado". Cada vez que Robespierre fue interrumpido, aún echamos de menos algo. Cada vez que fue silenciado, escuchamos los silencios. Además de todo lo que fue, él fue un hombre de convicciones y de principios. Ahora no estamos a tono con los principios y las convicciones, sino con las trivialidades de la política y la política de la trivialidad. Por eso no podemos entender al mundo islámico o la convicción de sus militantes, su rabia por la pureza, su disposición a morir. Lo que poseían los herederos de la tradición liberal, ellos mismos lo han dejado caer; somos irónicos, acomodados, absorbidos en nosotros mismos y fatalmente engreídos. Pensamos que la justicia ha sido hecha; una justicia suficientemente buena, como sea, y esperamos que la caridad llene los vacíos. Robespierre no tenía ningún libro sagrado sino que poseía una fe militante, no en un Dios cristiano sino en un buen dios revolucionario que había hecho iguales a los hombres. No veía a su "Ser Supremo" como una figura que ofrecía solo consuelo, sino como una activa fuerza del cambio. Los revolucionarios iban a disfrutar de una vida después de la muerte; la muerte, decía él, era "su precioso y seguro asilo". La ferocidad de su intento, su fiero reclamo del martirio, nos son repentinamente familiares; él parece ser contemporáneo nuestro.
Muerto Robespierre, cuando el Abad Sieyès era un anciano y el pasado y el presente se le habían mezclado en la cabeza, solía decir: "Si
Monsieur Robespierre viene a verme, díganle que no estoy en casa". Actualmente debemos simpatizar con el abad. Sin embargo, a pesar de lo mucho que no queramos ver a Robespierre, podemos oír sus ligeros pasos en la escalera.
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