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Los festines y los banquetes son el tema de este artículo. Cuando la autora menciona a los enriquecidos anfitriones del siglo XVIII en Francia ("Consumidores desvergonzados, invertían en libros de etiqueta, cocineros y sabores sofisticados, en helados, áspic y candelabros para la mesa") uno no puede evitar dejar su esquina y transportarse al Perú actual.
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| El desaparecido arte de comer |
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Por Ingrid D. Rowland
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Reseña del libro de Roy Strong Feast: A History of Grand Eating (Orlando : Harcourt Eds., c2002) publicada originalmente como "The Lost Art of Eating", en
The New York Review of Books, Vol. 51, n. 12 (15 de Julio de 2004).
Traducción de Alberto Loza Nehmad
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Un bajo relieve de Tel el-Amarna, en Egipto, muestra a la reina Nefertiti en un banquete con su esposo, el herético faraón Akhenaten, aunque "banquete" quizá sea un término demasiado refinado para ese despliegue de glotonería. La fría y remota belleza que conocemos por un famoso busto en un museo de Berlín, en el bajo relieve se muestra como una comelona voraz: sentada en un exquisito trono, toma un pollo con ambas manos y lo desgarra con los dientes, ni sombra de un cuchillo, una servilleta o un aguamanil. Mientras, Akhenaten contradice su reputación de frágil visionario: con una fuerza --para no mencionar un apetito -- más digna de Hércules, blande un asador que atraviesa un enorme trozo de carne como si se tratara tan solo de un anticucho, mientras engulle un pedazo de carne como otro Ramsés el Grande. El consumo ostentoso raras veces fue tan ostentoso.
La celebración de banquetes, sin embargo, como lo muestra Roy Strong en su compulsivamente legible y bien ilustrado libro, siempre ha sido un trabajo duro. Los monarcas, desde el rey Belsazar hasta Luis XIV, han usado la distribución y el consumo públicos de comida para representar su poder, para alardear sobre su control de las rutas del comercio al comer delicadezas provenientes de los confines de la Tierra, deleitándose en el refinamiento de su gusto, o simplemente para satisfacerse con el más jovial de los siete pecados capitales. A menudo, los restos de los banquetes reales eran distribuidos entre los pobres, un soborno culinario para impresionar a las masas y aquietar sus resentimientos, al menos por un momento. En las salas destinadas para los banquetes se ha discutido de política tanto como en el salón del trono; a menudo ambos espacios han cumplido los mismos fines.
Los plutócratas de la antigua Roma pudieron haber empezado a contar la era de su liberación de la tiranía desde cuando en el año 510 a.c. expulsaron a sus dominadores etruscos; sin embargo, aún se comportaban como déspotas desde sus reclinadas sillas, ordenando a sus esclavos, cocineros e invitados a cumplir sus mandatos. Tampoco es casual que los caballeros del rey Arturo ejercieran el poder desde una Mesa Redonda. Roy Strong dedica un fascinante capítulo al comedor victoriano, mostrando que éste podía convertirse en un espacio ceremonial regido por ritos y reglas como la ciudad sagrada del disco solar de Akhenaten, o como el incesante festín del Monte Olimpo. Penosa pero inevitablemente, Strong termina su recorrido con una mirada desmoralizada a nuestra propia nación de comidas rápidas donde, en las palabras del dramaturgo Ken LeZebnik, los banquetes de antes se han reducido a "cenas ante el lavadero de la cocina": una parada para consumir alimentos en la cocina, un suspendido lapso entre el refrigerador y la llave del agua.
Las conexiones entre el banquetear y el poder pueden ser tan antiguas y obvias como la cadena alimenticia, y por esa sola razón el tema ha resultado ejerciendo una interminable fascinación a los animales humanos que se ganan el pan con el sudor de su frente. En
Los señores, una comedia del año 423 a.c., el joven e iracundo dramaturgo ateniense Aristófanes, intentó revelar las maquinaciones de un demagogo local, Kleón, introduciéndolo en una de sus obras como un quejoso sirviente que muele, cocina, roba y sirve, con untuosa hipocresía, los alimentos de su malhumorado y viejo amo, Demos, "el Pueblo" de la democrática Atenas. Lo que otro enemigo de Kleón, el historiador Tucídides, describe en el cuidadoso y devastador análisis del poder que constituye los libros III y IV de
La Guerra del Peloponeso, Aristófanes lo representa dramáticamente en un prolongado concurso de comida, que enfrenta al sirviente Kleón y a un sórdido vendedor de salchichas del mercado ateniense, en su afán de ganarse los favores del amo Demos (para encontrar una profesión tan dudosa, tan dedicada a destrozar y reciclar el principal símbolo del poder de nuestra cultura, actualmente podríamos representar al vendedor de salchichas como un vendedor de autos de segunda mano).
Los obsequiosos halagos de los sicofantes rápidamente toman forma tangible cuando ambos empiezan a alimentar al gordo y gris personaje que literalmente representa al cuerpo de la nación, sirviéndole delicadeza tras delicadeza en un torrente de repugnantes favores. Con un gesto triunfante, el vendedor de salchichas finalmente revela que Kleón ha estado robando tanta comida como la que da a su amo, mientras él, el abyecto vendedor, le ha dado a Demos -- el pueblo -- todo lo que tenía. De este modo, con gran sutileza, Aristófanes denuncia tanto la cruda hambre de Kleón como su esencial egoísmo. La comida, como se ve en la obra, es la metáfora ideal del poder político, un concepto para el que el mismo Tucídides recién empezaba a encontrar las palabras adecuadas (Él encontró dos en particular: dynamis, "fuerza", y paraskeue, que significa algo entre "recursos" y "presteza").
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Dos mil años después, la metáfora de la comida pudo funcionar igualmente bien para el humanista toscano Enea Silvio Piccolomini, quien denunció la corrupción de la vida en el Vaticano en un pequeño tratado titulado
Sobre las miserias de los funcionarios curiales (De Curialium Miseriis). Al dedicarle su obra a un abogado alemán, amigo suyo, el autor observaba: "tú mismo por unos cuantos años has ladrado entre esos perros cortesanos". Y como perros en un banquete, como él lo muestra, los jóvenes funcionarios de la Curia eran mantenidos en su lugar ofreciéndoles a la vista espléndidas comilonas y dejándoles probar el sabor de los restos de la comida. Los pasajes más vívidos de la diatriba de Piccolomini detallan las injusticias perpetradas en los banquetes papales; como en el caso de Aristófanes, la comida en este caso es una más que suficiente metáfora del poder:
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Aquellos que encuentran su única razón de vivir en el palacio son unos tontos, y viven una vida de ovejas, no de hombres... Como moscas en un picnic, vuelan alrededor del banquete de su señor pero, sin importar la realeza del banquete, ellos conseguirán menos que las moscas. Veamos, entonces, cuál es el placer que los curiales obtienen del comer y el beber en media de la pompa real.
¿Cómo es la comida? Se sirve un vino que ni un trapo de lana se dignaría de lamer (como dice Juvenal), el cual, si uno está lo suficientemente insano como para beberlo, le provocará vinagreras, hinchazón, lo corromperá, lo pondrá amargo, le dará calosfríos, y terminará de mal color y con mal sabor... Y no se piense que uno estará bebiendo de vasos de plata o vidrio; existe el temor de que se roben los primeros y de que se rompan los segundos. Uno beberá de una copa de madera, negra, vieja, fétida, con restos pegados en su fondo y que los señores han usado como orinal. Además, uno no tendrá su propia copa: de modo que quiera uno su vino puro o con agua, se tendrá que beber lo que el resto quiera; y donde quieras morder, habrá mordido antes una barba piojosa, un labio baboso o un diente podrido. Mientras, el rey estará brindando con buenos vinos, tan fragantes que su aroma llena el lugar. Uno querrá beber pero no podrá hacerlo hasta que beban los superiores.
El queso vendrá solo raramente, y si lo hace, estará lleno de gusanos, perforado, minúsculo y estará más duro que una piedra. Mantequilla fétida y grasa rancia serán los condimentos. Uno comerá huevos que tienen ya pollos adentro, y el pan y las manzanas estarán podridos o verdes, y si uno no los come se los darán a los cerdos... A los señores les encanta observar la disparidad entre ellos y sus sirvientes.
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Roy Strong observa cuán frecuentemente los actos sádicos han acompañado los festines, desde el páter familias romano que cortó las manos de un esclavo y lo hizo ahogar en la fuente de los peces por haber dejado caer una copa, hasta los filisteos que hicieron traer a Sansón, ya cegado, como un
intermezzo del banquete (al menos hasta que Sansón, con sus propias manos, derribó los muros y el techo del salón). Las cenas del Renacimiento tuvieron sus propios espectáculos de variedades o diversiones, escasamente más ilustrados que los de los antiguos romanos, en quienes se inspiraron. Según algunos feroces rumores, el papa Alejandro VI Borgia invitó una vez a cincuenta prostitutas desnudas para que actuaran después de los postres en uno de los salones del Palacio Apostólico, mientras observaban él, sus cardenales y su hija Lucrecia. Es conocido que un cardenal dio un "Banquete Infernal" en el que los invitados llegaron a su villa, toda recubierta de colgaduras negras, para beber de cráneos a la luz de los candelabros; el altivo cortesano conocido como "Matremma non vole" (Mamma-no-quiere-que-lo-haga) vomitó de temor. El Papa León X, hijo de Lorenzo el Magnífico, indujo una vez a su bufón a que se comiera toda una chaqueta de cuero cocida en una sabrosa salsa.
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Sin embargo, los banquetes que mejor describe Strong, evidentemente sus favoritos, son esos encuentros de alegre glotonería que los seres humanos desde tiempos inmemoriales han usado para celebrar la festividades del año. La mayoría de estas fiestas celebran ocasiones religiosas o son ellas mismas ritos religiosos: la cena pascual judía, la comunión, la cena navideña. Él omite la cena de acción de gracias
(Thanksgiving) , la festividad más celebrada en los Estados Unidos, una cena ceremonial cuyos ingredientes transculturales encapsulan, para bien o para mal, la historia de un continente. La primera cena de acción de gracias reunió a abatidos colonizadores europeos y a familias indígenas americanas para celebrar un momento de tregua en medio de sus enfrentamientos mutuos así como de su lucha contra la naturaleza. Los mismos enfrentamientos y las mismas paces pueden ser vistos en acción de manera casi idéntica en celebraciones de otras épocas y otros lugares, como lo muestra Strong con riqueza de detalles anecdóticos. Además, en los libros y en las conversaciones sobre comida, las anécdotas son esenciales.
Strong comienza con lo que correctamente llama "la más notoria descripción jamás escrita de un banquete": el festín que sirve como pieza central del
Satyricon, del escritor romano Petronio, escrito en los momentos cumbres del reinado del emperador Nerón (probablemente entre los años 63-65 d.c.). Petronio se esfuerza en burlarse de la vulgaridad del ficcional anfitrión de su banquete, el liberto convertido en plutócrata Trimalchio, cuyos errores gramaticales son tan coloridos y frecuentes como sus torpezas sociales. La cena fue llevada al cine por Fellini, aunque Petronio es ya lo suficientemente extravagante:
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En el plato de entrada se veía de pie un burro de bronce de Corinto que llevaba un par de canastos sobre el lomo, con aceitunas verdes uno y con aceitunas negras el otro... los platos estaban cruzados por pequeños puentes soldados a ellos, y contenían lirones bañados en miel y rociados con semillas de girasol. Se veía también salchichas calientes sobre una parrilla de plata y bajo ellas había ciruelas y semillas de granada.
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El banquete de Trimalchio es famoso sobre todo porque la comida había sido preparada para tener el aspecto de algo diferente: la liebre preparada como Pegaso, la gallina de madera que ponía huevos de mazapán rellenos con avecillas, el jabalí que amamantaba pasteles en la forma de lechones, jabalí de cuyos flancos agujereados emergían ruiseñores vivos.
Es claro que los paladares romanos estaban afinados para un conjunto de gustos diferentes de los nuestros. Como observa Strong, "a pesar de su teórico gusto por la simplicidad, a los romanos les disgustaba todo ingrediente en su forma pura. Difícilmente se encontrará una receta sin una salsa, una que cambie radicalmente el sabor del ingrediente principal". Sobre los alimentos abundaban las salsas dulces (como la que bañaba a los lirones). El pescado se servía con salsas agridulces. Desde Britannia hasta Berytus (la Beirut de hoy), viajaba por el Mediterráneo una salada salsa de pescado llamada garum, que hacía las veces de la salsa de Worcestershire de la actualidad (la salsa de pescado tailandesa o vietnamita están hechas de ingredientes similares y tiene un sabor fermentado similar). Algunos bocadillos romanos aún existen en los platillos de las actuales calles italianas: las habichuelas salteadas llamadas lupini y las castañas tostadas.
Strong enfatiza la deuda que los escritos culinarios romanos le tienen a los griegos, y esto es algo real. Lamentablemente, no supervive ningún documento que nos diga qué le debían los antiguos comensales romanos a los etruscos, cuya influencia en los hábitos culinarios romanos fue probablemente grande; todo lo que sabemos viene de una pletórica muestra de vasijas de cocina etruscas, ganchos para carne, braseros y estatuas que muestran hombres satisfechos y barrigudos, mujeres con papadas y niños regordetes. Los etruscos eran conocidos por sus bien alimentados cuerpos (con buena razón). Aparte de las contribuciones del Nuevo Mundo como la polenta, los tomates y los pimientos, puede que por milenios los banquetes toscanos no hayan cambiado mucho, y son irresistibles.
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La antigua comida griega podía ser un asunto muy extraño, con delicadezas tales como queso y ajo rallados sobre el vino, una versión helénica del haggis (plato escocés hecho con corazón, pulmones e hígado de oveja o becerro, picados y sazonados con manteca, cebollas, avena y especias, todo hervido en el estómago de un animal) y el siempre presente garos, la versión griega del garum. Por otro lado, un menú conservado por un autor de finales del siglo II d.c., Athenaeus de Naucratis, simplemente presenta la abundancia de un impoluto Mar Egeo con una profusión apetecedora: "anguilas, rayas, pejesapos, calamares y langostinos glaseados con miel", servidos entre platos de cebada blanca y medias lunas con crema pastelera. A los cocineros griegos se les atribuía poderes mágicos y ellos intentaban preservar la salud mediante la comida, manteniendo los cuatro humores corporales en equilibrio: sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla. Si la armonía y el equilibrio parecen gobernar el pensamiento culinario en todas las culturas, los medios por los que se llega a ese equilibrio han producido resultados radicalmente diferentes. De acuerdo a los griegos, "los viejos tienen que evitar las harinas, el queso o los huevos duros. Y las comidas que se consumen en el invierno deberán ser más calientes, fuertes y secas que las consumidas en el verano".
Una cruda parodia de esta antigua filosofía culinaria fue compuesta a inicios del siglo XVII por un erudito alemán y ladrón de libros llamado Melchior Goldast, quien alrededor de 1606 falsificó una serie de cartas cursadas entre Cleopatra, Marco Antonio y el médico Quinto Sorano (quien realmente vivió dos generaciones después de los dos primeros) en las cuales Marco Antonio, tras pedir consejo acerca de cómo limitar la libido de Cleopatra, es recompensado con un conjunto de recetas. Para Cleopatra, por su cálida naturaleza, Sorano aconseja una dieta de pan integral, lechugas con vinagre y un poco de sal, vino fuerte, carne y "cosas frígidas"; para el más remolón Antonio, rábanos picantes. Se ve que Goldast, a pesar de su reprensible carácter, tenía un conocimiento erudito de los autores de la antigüedad.
La culinaria de la Edad Media continuó con la premisa de que la comida era la medicina de los humores corporales, aunque los banquetes donde esta "medicina" era administrada tomaron nuevas formas rituales por el advenimiento del cristianismo. Para dar una idea de las diferencias en el comer durante tiempos medievales, Strong compara una cena en un refectorio monástico con un banquete en un salón real. En ambos casos se tiene comensales que se sientan derechos a la mesa en lugar de reclinarse al antiguo estilo mediterráneo, y en ambos casos la cena asume el aire de la Última Cena. Desde otros ángulos, sin embargo, los banquetes medievales no eran tan diferentes de los banquetes de Grecia y Roma. Como muchos otros pueblos de todo el planeta, los griegos antiguos asociaban los festines con el sacrificio de los animales (reconociendo ritualmente de este modo la cadena alimenticia), y la Última Cena es en sí misma un sacrificio, un séder de Pascua judía cuyo cordero sacrificial se convertirá en el símbolo de Jesús, arrestado por las autoridades romanas la misma noche y sacrificado al día siguiente.
Sin embargo, aquello que Strong asocia de manera más especial con la mesa cristiana es "el nacimiento de las buenas maneras" encarnadas en la elaborada manera de servir la mesa y la cortesía de los monjes medievales:
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Los monjes se reunían, se lavaban las manos y luego ingresaban al refectorio... Ante cada monje había un cuchillo, un vaso y un pedazo de pan cubierto con un paño... Los vasos tenían que ser sostenidos con ambas manos y no debían ser limpiados con los dedos sino con el paño. Los dedos y el cuchillo debían primero limpiarse con un pedazo de pan y luego con el mantel de la mesa; la sal debía levantarse con la punta del cuchillo; nada debía ser pasado entre los monjes sin una respetuosa reverencia.
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Trasladándose directamente de esta plácida visión al salón de festines vikingo, Strong aclara que para entonces no esperemos buenas maneras en las mesas no conventuales. No obstante, los nobles caballeros finalmente harían sentir su impacto. Hacia 1215, un italiano de Trieste llamado Tommasino da Circlaria había dedicado 15,000 líneas en verso para cultivar las buenas maneras alemanas al momento de comer:
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Un hombre debería ser cuidadoso
Y no ponerla [la comida]
En ambos lados de la boca
Habrá de estar en guardia, pues
No vaya a beber y hablar
Mientras tenga algo en la boca
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Una generación después, el refinamiento había llegado al punto de que sonarse la nariz con el mantel de la mesa así como usar el propio cuchillo como mondadientes, "como sucede en algunos lugares, ... no es bueno".
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Hacia el siglo XV, el renovado interés en el los mundos clásicos griego y romano había vuelto a poner de moda las ideas clásicas acerca de la comida, especialmente entre los italianos, así que no sorprende encontrar que en un banquete borgoñón de 1468, con motivo de celebrar el matrimonio de Carlos el Calvo y Margarita de York, haya una explosión de comidas metamorfoseadas:
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Los invitados ingresaron y encontraron quince cisnes dorados y seis plateados, cada uno llevando un collar de la Orden del Toisón de Oro y el escudo de armas de cada caballero. La mesa estaba además poblada con un arreglo hecho de elefantes con castillos en los lomos, camellos con canastas, ciervos y unicornios, todos cubiertos de colores oro, plata y azul, rellenos de carnes dulces. Cada figura llevaba un blasón con las armas de la provincia del duque.
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Los banquetes renacentistas le ofrecen a Strong muchísimas anécdotas, especialmente en Roma, donde las historias acerca de las cenas lujosas virtualmente se convirtieron en un género narrativo. En las primeras dos décadas del siglo XVI ni papas ni cardenales pudieron igualar las cenas ofrecidas por el magnate sienés Agostino Chigi, cuyas astutas estrategias e incontables ducados sostuvieron los grandes proyectos de los papas Julio II y León X. Al cabalgar sobre el magnífico corcel que le había regalado la Puerta Sublime (como se conocía al gobierno del imperio otomano) y al servir una salsa de lenguas de perico de Constantinopla en una de sus veladas, Chigi se ufanaba de sus conexiones con el Sultán Bajaste II.
Strong dedica una página a varios de los más memorables banquetes de Chigi, incluido uno que tuvo lugar en sus enramadas a lo largo del Tíber, quizá en 1514. A los cardenales que asistieron se les sirvió en platos de oro que tenían grabados los escudos de armas de cada uno de ellos; estos platos fueron luego arrojados al río, después de acabado cada uno de los platillos del menú servido, aunque Chigi, en la gran tradición bromista toscana, había dispuesto redes bajo la superficie del río para volver a recuperar los platos supuestamente arrojados en sus aguas. En una fiesta anterior Agostino ya había perdido once platos de plata, presumiblemente sustraídos escondidos bajo los abultados ropajes de algunos gordos cardenales. Irónicamente, la lectura de sus cartas muestran a Chigi como un hombre de gustos sencillos en cuanto a comida: parece que lo que más le gustaba era una buena pera y un trozo fresco de queso envueltos en un helecho llamado
raveggiolo.
Aunque su pedigrí clásico era evidentemente estudiado, el banquete renacentista difería radicalmente de sus antecesores de la antigüedad en un aspecto: la presencia triunfante del azúcar. Traída en creciente abundancia del Nuevo Mundo y las Islas Canarias, a partir del siglo XV el azúcar empezó a ser moldeada en esculturas fantásticas que eran llamadas, literalmente,
trionfi (triunfos). Este polvo dulce también se abrió camino entre los platillos del menú, donde su presencia comenzó a cambiar la paleta culinaria europea, del antiguo emparejamiento entre las carnes y las salsas dulces a un más marcado contraste entre lo dulce y lo salado. Alrededor de los mismos años, comenzaron a aparecer los tenedores, primero en Italia y luego en el resto de Europa (aunque es difícil imaginar a Enrique VIII sosteniendo en las manos algo tan delicado, además, la reina Isabel parece habérselas arreglado con nada más que un buen cuchillo).
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A mediados del siglo XVIII aparecieron el café, el té, el chocolate y la champaña, así como utensilios de mesa más elaborados: servilletas dobladas de maneras sofisticadas, esculturas de azúcar o bronce para adornar la mesa. En el Vaticano, los temas sagrados como la Pasión de Cristo podían aparecer entre las bandejas bajo la forma de triunfos de azúcar; también eran frecuentes algunas escenas mitológicas, como un Hércules niño estrangulando serpientes. La mesa de los banquetes se convirtió por derecho propio en un panorama, un horizonte o un escenario. También podía convertirse en la escena de un incidente internacional, como cuando en 1655 el papa Alejandro VII se reunió por primera vez en la Porta del Popolo de Roma con la reina Cristina de Suecia, recientemente convertida al catolicismo. Alejandro había estado esperando ansiosamente el encuentro; la conversión de la reina y su abdicación al trono de Suecia le habían hecho anticipar una poderosa nueva aliada para la causa católica. Sin embargo, Cristina no era lo que el papa había esperado. Él era, después de todo, un italiano (de la misma familia de Agostino Chigi) y debió haber estado imaginando a una rubia amazona; en lugar de ello, en su diario él lamenta la figura de la pequeña reina, morena, de ojos saltones y hombros caídos: "non è bella" ("no es bella"). Cuando él la llevó a un banquete, ella se quejó de que su mesa era más baja que la de él y rehusó sentarse hasta que sus comidas fueran servidas al mismo nivel.
Debido a una infinitud de inconvenientes tales como el arriba referido, a medida que la narrativa de Strong ingresa a la Ilustración, el ritual de los banquetes reales, con sus tonos sacrificiales y religiosos, da paso a la deliberada informalidad de las
soupers intimes (cenas íntimas) de Madame de Pompadour, donde las agudezas de la conversación podían reemplazar a las ceremonias, donde el rey podía deshacerse de algo de su aura divina y donde la cena, tal como la conocemos actualmente, tomó su primera forma. Estas cenas se extendieron entre las crecientes filas de los burgueses, y a diferencia del astuto hombre de negocios Trimalchio o de Agostino Chigi, cuyo estatus como banquero comerciante era ridiculizado por la gran esnob Elisabetta Gonzaga, los anfitriones y anfitrionas empezaron a llover desde un creciente sector burgués de la sociedad. Consumidores desvergonzados, invertían en libros de etiqueta, cocineros y sabores sofisticados, en helados, áspic y candelabros para la mesa.
¿Cómo pudo terminar todo esto, tan rápidamente, en pasarse el día comiendo bocadillos, en someterse a dietas de calorías medidas, en alimentarse con comida rápida o sufrir de anorexia? Incluso en el decenio de 1950, las cenas especialmente vendidas para ser consumidas ante la televisión, envueltas en papel de aluminio y presentadas en bandejas especialmente acondicionadas, tenían la virtud de ofrecer una experiencia colectiva. Ahora, esas bandejas han seguido la ruta de la extinción que ya transitó la mesa del comedor y son reliquias de una época más convival, más social. Para Enrique VIII, el comer solo, frente a un inmenso público de sirvientes y vasallos, era un asunto de alta importancia cívica; sin embargo, para el solitario comensal que se alimenta de pie sobre el lavadero de la cocina, en palabras de Strong, "la misma expresión 'banquetear' o 'tener un festín', ya no parece pertinente". Y quizá este sea el tema más importante de su entretenido libro: éste explora la historia de una experiencia que estamos en riesgo de perder por completo, una experiencia de comunidad, de humanidad común, que ha sido central para nuestra experiencia colectiva hasta donde podemos recordar. Una de las más perdurables de todas las tradiciones humanas está resultando ser ahora más frágil de lo que creíamos.
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Ingrid Rowland, con un doctorado en literatura griega, es una historiadora del arte. Se especializa en el arte y la arquitectura mediterráneos. Enseña desde 1990 en la Universidad de Chicago. Contribuye regularmente con The New York Review of Books.
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