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Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de refrescar nuestra visión, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones
-de reseñas de libros, artículos, entrevistas- que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos. |
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El físico norteamericano Jeremy Bernstein (1929) -- practicante en Los Álamos, investigador en Harvard y el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, actualmente profesor en el Instituto de Tecnología Stevens -- nos ofrece una fascinante visión y un balance de los momentos más cruciales del espionaje nuclear desde 1945 hasta el presente, incluido el preocupante actual caso iraní. Él es conocido por su habilidad para escribir con claridad, y para el público general, sobre complejos asuntos científicos y tecnológicos.
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Los secretos de la bomba atómica
Por Jeremy Bernstein
Reseña del libro de Jeffrey T. Richelson Spying on the Bomb: American Nuclear Intelligence from Nazi Germany to Iran and North Korea [Espiando la bomba: La inteligencia nuclear estadounidense, desde la Alemania nazi hasta Irán y Norcorea], Norton, 702 pp.
http://www.nybooks.com/articles/19010
Traducción de Alberto Loza Nehmad.
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"¿Cuál es la respuesta a la bomba atómica?
La respuesta a una bomba atómica es
una bomba atómica, nada más".
-Atal Bihari Vajpayee, del Partido del Pueblo de la India, 1996
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1.
En 1944, cuando el proyecto atómico era algo muy subterráneo, si yo hubiera ido al bar del Hotel La Fonda, en Santa Fe, podría haber visto a algunos físicos a quieres habría reconocido. Por ejemplo, a Robert Serber, uno de los más cercanos asociados de Oppenheimer, y a su esposa, quienes fueron enviados a Santa Fe a plantar el rumor de que lo que sucedía en Los Álamos tenía que ver con submarinos. No estoy seguro de cuánto habría podido yo averiguar del seguimiento de las conversaciones de ambos con otros físicos, puesto que utilizaban un código cuando hablaban del proyecto nuclear. El uranio-235 era llamado "25" y el plutonio-239 era conocido como "49". Estos eran los isótopos fisionables. Niels Bohr era conocido como "Nicholas Baker" y Enrico Fermi, como "Henry Farmer". Los Álamos era llamado "Proyecto Y" y la bomba de plutonio era conocida como "el artefacto".
Para septiembre de 1945, tales engaños habrían sido inútiles. Todos los detalles concernientes a la fabricación de la bomba de plutonio, el artefacto, ya eran conocidos por los rusos. Ellos fueron informados básicamente por un solo agente que tenían en el terreno: Klaus Fuchs. Fuchs, por ejemplo, estuvo en capacidad de revelar el secreto de cómo elaborar el plutonio utilizable en las armas atómicas, secreto que para los rusos habría sido muy difícil de descubrir por cuenta propia. El plutonio es el elemento más complejo de la tabla periódica. No se presenta naturalmente, y no solo tiene que ser manufacturado sino además tiene que ser puesto en forma metálica antes de poder ser usado en una cadena de reacción explosiva. Esto es lo que produjo la explosión que tuvo lugar en Nagasaki. El plutonio viene en por lo menos seis formas cristalinas diferentes -- alótropos -- que se manifiestan a diferentes temperaturas. A la temperatura ambiente se encuentra en la llamada fase alfa. A ésta no se la puede convertir fácilmente en metal. Por otro lado, a altas temperaturas existe la fase delta, de la que se puede hacer un metal bastante útil pero, cuando éste se enfría, vuelve a la fase alfa, de modo que es difícil de utilizar.
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En Los Álamos trabajaba el brillante metalurgista Cyril Smith, nacido en Inglaterra, quien había hecho carrera en el negocio de la fundición, donde las aleaciones son fundamentales para obtener diversos productos. Por medio de pruebas y errores encontró que si se aleaba plutonio con galio, se estabilizaba la fase delta, y se podía conseguir plutonio en forma metálica. Desde entonces hasta hoy nadie sabe por qué el galio funciona así, o cuál es la estabilidad de la aleación por un largo período de tiempo, algo importante para el tema del almacenamiento de las cabezas nucleares. El uso de esta aleación era información crucial, absolutamente esencial para la manufactura de armas nucleares basadas en plutonio, y Fuchs estuvo en capacidad de transmitirla. Cuando los físicos rusos se enteraron de la identidad de Fuchs, lo apodaron Santa Klaus.
Fuchs, hijo de un ministro luterano, había nacido en Rüsselheim, Alemania, en 1911. Siendo estudiante se unió al Partido Comunista Alemán y cuando los nazis llegaron al poder, dejó el país. Consiguió ingresar a la Universidad de Bristol, donde obtuvo su doctorado en 1937. Cuando vino la guerra, fue recluido en Canadá como extranjero enemigo, pero Max Born, uno de sus profesores, consiguió que lo liberasen. Entonces se le acercó Rudolf Peierls, quien había hecho los primeros cálculos de la "masa crítica" necesaria para hacer una bomba de uranio. Peierls quería que trabajara en armas nucleares. Desde el momento en que los alemanes invadieron Rusia, Fuchs comenzó a dar información a los soviéticos acerca de la bomba. Cuando Peierls se unió a la delegación británica de Los Álamos, se le pidió a Fuchs que también ingresara. Recientemente se ha dado a conocer una notable carta que James Chadwick, director de la delegación británica, dirigió a Peierls. En ella Chadwick describe el desgano de Fuchs para unirse al grupo. Fuchs pensaba que podría ser más útil para el proyecto si se quedaba en Inglaterra. Si hubiera sido así, la historia subsiguiente de la bomba atómica rusa habría sido muy diferente. Una vez en Los Álamos, Fuchs se hallaba en el centro mismo de las operaciones. Él sabía todo y lo transmitía a través de un correo llamado Harry Gold.
Fuchs despertaba simpatía en Los Álamos. Era una persona solitaria, trabajaba duro y siempre estaba disponible como niñero cuando los científicos más sociables necesitaban uno. Después de la guerra, a los británicos no se les permitió llevar consigo documentos clasificados. En el caso de Fuchs eso no importaba puesto que tenía una memoria fotográfica y memorizó el diseño final del artefacto, el mismo que vio probar en Alamogordo. Ese fue el mismo diseño de bomba que un mes después destruyó Nagasaki. En octubre de 1945 se le entregó un informe a Laurenti Beria, a quien Stalin había encargado el programa de la bomba rusa; el informe contenía todo lo necesario. Acerca del plutonio éste dice: "El elemento plutonio de la fase delta con gravedad específica de 15.8 es el material activo de la bomba atómica"
[1]. El informe es igual de específico acerca del resto del diseño.
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Cómo así esta información ayudó a los rusos, es materia de algún desacuerdo. Beria no la compartió libremente con los científicos. Probablemente no confiaba enteramente en la fuente. Había, por lo menos, otra fuente, un joven físico llamado Theodore Hall, quien también transmitía información aunque independientemente de Los Álamos. A los científicos soviéticos se les dio información que con seguridad tuvo un efecto. Lo que los espías dijeron acerca de la metalurgia del plutonio y sobre el uso del galio debe haberles ahorrado a los rusos meses de pruebas y errores.
En todo caso, la primera bomba que pusieron a prueba los rusos -- bomba que ellos llamaron "Primer Relámpago" y que EEUU llamó "Joe 1" -- explosionó el 29 de agosto de 1949. Era un duplicado del "artefacto". Los servicios de inteligencia de los Estados Unidos estaban totalmente desprevenidos. Los norteamericanos no tenían ningún agente en el terreno en la URSS, y confiaban en un sistema de seguimiento basado en aviones que simulaban ser patrullas rutinarias del clima. Los aviones estaban equipados para recolectar muestras radiactivas del tipo que podría producir un accidente en un reactor nuclear. Mientras no se reunieron y analizaron esos datos, lo cual tomó varias semanas, hubo una considerable incredulidad -- incluso por parte del presidente Truman -- en la posibilidad de que los rusos hubieran en realidad probado una bomba atómica. Una vez verificado esto, comenzó la carrera armamentista nuclear de la guerra fría. Fuchs fue identificado en 1950 y pasó nueve años en prisión en Gran Bretaña. Después se le permitió retornar a Alemania, donde murió en 1988.
El lector quizá se pregunte por qué no he mencionado la bomba de hidrógeno ni cualquier parte que Fuchs habría tenido en el programa soviético para producirla. En el caso de la bomba de hidrógeno, tanta información permanece aún "clasificada" que es muy difícil llegar a un balance completo de la contribución de Fuchs a ese programa. En el caso de la bomba de fisión ese balance es posible por la actual accesibilidad a la información pertinente. Sabemos que lo que Fuchs hizo fue proveer a los rusos de un plano de la implosión de la bomba de plutonio que se sometió a prueba en Alamogordo y que después cayó sobre Nagasaki. Los rusos copiaron este plano. Fuchs dejó Los Álamos en 1946 y retornó a Inglaterra, donde tuvo un papel importante en el desarrollo de las armas nucleares británicas.
Esto tuvo lugar antes de que, en 1951, debido al trabajo de Stanislaw Ulaw y Edward Teller, se produjeran descubrimientos importantes en el programa estadounidense para la bomba de hidrógeno. No obstante, Fuchs ya había participado en trabajos relativos a la bomba de hidrógeno antes de dejar los Estados Unidos. En 1946, él y el matemático de origen húngaro John von Neumann patentaron lo que ellos pensaron era el diseño de una bomba de hidrógeno.
Ese tipo de bomba nuclear obtiene su energía de la fusión de elementos ligeros -- posible pero no necesariamente del hidrógeno -- para elaborar otros elementos ligeros, con la consiguiente liberación de energía. Este es el proceso que hace brillar a las estrellas. Desde el comienzo de la guerra, algunos científicos se dieron cuenta de que si podían repetir ese proceso, se podría construir una bomba de energía casi ilimitada. El truco estaba en calentar los elementos fusionables a temperaturas como las del interior del sol. Esto se tenía que hacer en dos etapas, mediante la utilización de la energía de una bomba atómica de fisión. Primero, se tenía que "encender" los elementos livianos fusionables; después, una vez encendidos, la reacción de fusión tenía que "propagarse"; es decir, mantener su estado encendido. Este último proceso era la parte difícil, y todos los diseños previos a los de Ulam y Teller resultaron en un enfriamiento antes de que pudiera lograrse la propagación. Este problema no fue resuelto por Fuchs y von Neumann, pero ellos propusieron una nueva forma de encendido, que fue un antecedente del diseño Teller-Ulam, y esto es lo que Fuchs le dio a los rusos. No hay consenso acerca de la medida en que los rusos lo utilizaron, pero hay un creciente acuerdo en que fue de significativa ayuda para su programa.
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2.
Yo pensaba en todo esto cuando leía el fascinante y más reciente libro de Jeffrey T. Richelson, Spying on the Bomb [ Espiando la Bomba Atómica]. El autor es uno de los directivos del Archivo de Seguridad Nacional [National Security Archive], entidad privadamente financiada, y ha escrito otros libros sobre inteligencia militar. Aunque parte de estos materiales aparece en otras fuentes, éstos nunca habían sido reunidos de manera tan exhaustiva. Él también ha entrevistado a algunos de los participantes. El libro comienza con una historia de los intentos estadounidenses de enterarse, durante la Segunda Guerra, de lo que estaban haciendo los alemanes, y continúa con una descripción de los esfuerzos norteamericanos para obtener información acerca de los programas nucleares de los iraquíes, norcoreanos, sudafricanos, israelíes e iraníes. El tema que recorre todo el libro es que si no se cuenta con agentes en el terreno y con gente competente para interpretar lo que ellos han descubierto, uno está jugando y apostando a ciegas, con riesgos e intereses muy altos por cierto.
Hasta donde sé, los alemanes nunca hicieron grandes intentos de enterarse sobre nuestro programa nuclear. Pienso que simplemente no tomaron en serio la posibilidad de que EEUU tuviera uno. A inicios del verano de 1945, diez científicos nucleares alemanes fueron confinados en una casa solariega en las afueras de Cambridge, Inglaterra. Sus conversaciones fueron grabadas. Cuando se anunció el bombardeo de Hiroshima, su reacción colectiva inicial fue de incredulidad. Por otro lado, nosotros sí tomamos con mucha seriedad la posibilidad de un programa alemán. Fueron los británicos quienes primero concluyeron, a partir de una inteligencia limitada, que no había un programa intensivo en Alemania para construir una bomba. El profesor Peierls me dijo que él estaba convencido de esto porque él había conseguido catálogos de cursos de las universidades alemanas y vio que la gente de siempre estaba enseñando los cursos de siempre.
Sin embargo, en el otoño de 1943 se instaló un temor. El verano anterior, en Copenhague, un físico nuclear llamado Hans Jensen había visitado a Niels Bohr. Jensen no era parte del programa nuclear alemán, pero era cercano a gente que sí era parte de éste. Jensen le transmitió a Bohr noticias de lo que Werner Heisenberg y la gente que lo rodeaba parecían estar haciendo. Bohr obtuvo de Jensen un dibujo o algo que él pensó era un arma nuclear. Nunca se aclaró quién lo había hecho. En octubre de 1943, Bohr huyó a Inglaterra llevando consigo la información que había obtenido de Jensen. En diciembre de 1943, Bohr vino a los Estados Unidos y fue interrogado por el general Leslie Groves, quien estaba a cargo del proyecto de la bomba. Heisenberg le mostró el dibujo a Groves y éste se interesó sobremanera. Insistió en que Oppenheimer detuviera todo lo que estaba haciendo y que se reuniera con expertos de Los Álamos tan pronto como Bohr llegara. En los años setenta pude contactar a los científicos supervivientes que habían asistido a esa reunión, incluido al hijo de Bohr, Aage, así como a Hans Bethe y Edward Teller. Teller me dijo que él no recordaba la reunión pero Bethe me dijo que él le echó una mirada al dibujo y vio que se trataba de un
reactor.[2] Su primer pensamiento fue que los alemanes debían estar locos. Aparentemente, pensó, ellos querían hacer caer el reactor sobre Londres. De lo que él ni ninguno de los demás presentes en la reunión se dieron cuenta es que los alemanes de ningún modo estaban locos. Hacia 1940, los alemanes comprendían que se podía usar el plutonio como un explosivo nuclear y que esto se hacía en reactores. Nunca tuvieron éxito en construir un reactor que funcionara pero ellos sí sabían qué hacer con uno.
En el otoño de 1943, el general Groves autorizó la creación de una misión de inteligencia para que siguiera a las tropas aliadas por Europa y se enterase, de una vez por todas, de qué habían hecho los alemanes para producir armas nucleares. La misión fue llamada Alsos y su jefe científico fue el físico Samuel Goudsmit, nacido en Holanda. Hacia la navidad de 1944, Goudsmit había visto lo suficiente para estar seguro de que los alemanes nunca habían tenido un programa nuclear factible. En su libro él se mostró algo burlón con los esfuerzos alemanes. Él incluso, equivocadamente, reprendía a Heisenberg por no haberse dado cuenta de que el plutonio era un posible explosivo nuclear. Que Goudsmit pudiera cometer un error como éste muestra solamente cuán difícil es reunir información de inteligencia e interpretarla.
Richelson tiene mucho que decir acerca de los informes acerca de una supuesta explosión nuclear que nunca pudo ser confirmada. Su historia no depende de testigos oculares sino de información de los satélites "Vela", los que estaban equipados con un "bangómetro", un sensor óptico que puede registrar fluctuaciones de luz que no duran más de un milésimo de segundo. Esos aparatos son cruciales para detectar el flash inicial de la explosión de una bomba de plutonio, que dura tan solo cerca de un milésimo de segundo. Lo interesante de este episodio es que aunque se pensó que algún tipo de explosión tuvo lugar el 22 de septiembre de 1979, aún no hay un acuerdo acerca de en qué consistió. No se ha encontrado testigos oculares. Ese día, un satélite Vela detectó los dos eventos luminosos que son característicos de una explosión nuclear atmosférica. El satélite no estaba equipado para detectar la ubicación precisa de la supuesta explosión , aunque después se estableció que los destellos luminosos ocurrieron en un lugar del Océano Índico cerca a la Isla del Príncipe Eduardo.
Hasta entonces, los satélites Vela tenían un récord impecable en la detección de explosiones nucleares, de modo que era natural asumir que se trataba de una de ellas. Sin embargo, ¿quién la desencadenó? Había dos posibles candidatos, Israel y Sudáfrica, y quizá los dos juntos. Aunque para entonces el programa israelí era bien conocido, pocos se habían enterado de que Sudáfrica también tenía un programa de armas nucleares, el que finalmente abandonó en 1991 cuando firmó el tratado de no proliferación; este tratado abría el programa a las inspecciones internacionales.
Aparte de que Sudáfrica había vendido algo de uranio a Israel, nunca se estableció cuáles fueron las conexiones, si las hubo, entre los programas israelí y sudafricano. Después, en septiembre de 1979, los expertos norteamericanos concluyeron que Sudáfrica no tenía suficientes materiales nucleares como para una bomba; en 1979, no obstante, esto aún se consideraba como una posibilidad. Si Israel o Sudáfrica realmente habían realizado una prueba con un arma nuclear, eso podía tener muy serias consecuencias diplomáticas, así es que se decidió que la información Vela tenía que ser examinada muy cuidadosamente. Se reunió a un panel de expertos, con amplios poderes, bajo la dirección de Jack Ruina, profesor de ingeniería eléctrica del MIT. En el momento de la detección, el satélite Vela en cuestión se encontraba funcionando más allá de su esperanza de vida, de modo que sus resultados eran sospechosos.
La conclusión general del panel fue que no había razón para preocuparse por los resultados
Vela.[3] Sin embargo, había otras observaciones concernientes a ondas acústicas oceánicas y a perturbaciones en la ionosfera que podrían indicar que había ocurrido una explosión nuclear. Pese a todo, no se observó la presencia de restos radiactivos. Era imposible que se tratara de una prueba exclusivamente israelí puesto que ella habría supuesto una expedición naval, que parecía estar más allá de las capacidades israelíes. Hasta donde puedo afirmarlo, la opinión prevaleciente es que el satélite Vela observó algo más, aunque no está claro qué fue. Esto nuevamente ilustra la afirmación de que sin agentes en el terreno tales como Fuchs o como Hall, es difícil obtener información confiable, especialmente si el país en cuestión es al mismo tiempo ingenioso y engañador. Siempre que se trató de armas nucleares, los israelíes demostraron ambas cualidades.
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El programa israelí es tan antiguo como el estado mismo. Ben-Gurion lo autorizó en 1952. Pronto los israelíes desarrollaron nuevos métodos para extraer agua pesada a partir del agua ordinaria, y para transformar el uranio en una forma gaseosa de modo que pueda ser enriquecido y usado como combustible de una explosión. Después de lograr interesar a los franceses en este proyecto, los físicos israelíes empezaron a visitar Saclay, en las afueras de París, que era el centro del programa nuclear francés. Cuando el ya fallecido Amos de Shalit visitó los Estados Unidos, me encontré con él. Él era un distinguido físico nuclear teórico israelí, y después de haber pasado un tiempo en el MIT, trabajó en Saclay por cuatro meses. Estuve casi tentado de preguntarle si había conseguido algunos consejos prácticos de científicos del MIT como Víctor Weiskopf, científicos que eran tanto veteranos de Los Álamos como partidarios de Israel. Nunca me animé a hacerlo. Por otro lado, sí tuve la oportunidad de hablar acerca de asuntos nucleares con Benjamin Netanyahu en una pequeña reunión social en Nueva York. Esto fue mucho antes de que él se convirtiera en un importante miembro del gobierno israelí. Fui presentado a él como alguien que había trabajado en física nuclear y que había sido practicante durante un verano en Los Álamos. No debería sorprender que surgiera el tema de la bomba israelí. Me dijo que los israelíes la usarían si la supervivencia del país estuviera en juego, y que se preocuparían de las consecuencias después.
A fines de los cincuenta, con ayuda francesa, los israelíes habían comenzado a construir un gran reactor en el desierto del Negev, y unas instalaciones para procesar las barras de combustible necesarias para hacer plutonio. Luego, en 1959, De Gaulle llegó a ser presidente de Francia y dijo que la ayuda francesa podría continuar solo si Ben-Gurion ofrecía públicas seguridades de que el reactor sería usado solo para fines pacíficos. Éste así lo hizo, sabiendo perfectamente que el reactor iba a ser usado para hacer plutonio para armas nucleares. El reactor fue terminado en 1963. Durante ese tiempo los israelíes y los norteamericanos se enfrascaron en una suerte de teatro de lo absurdo. Los americanos exigían inspecciones y los israelíes salían con una ingeniosa maniobra tras otra para evitarlas. Por ejemplo, se les informó a los americanos que el complejo nuclear de Dimona era una fábrica textil. Antes de ser asesinado, el presidente Kennedy y sus expertos estuvieron cerca de descubrir que se estaba usando un reactor nuclear para hacer plutonio. Los israelíes continuaron manteniendo la ficción de que ellos no habían manufacturado armas nucleares. Lo que puso fin a esta farsa fue el testimonio de un judío marroquí llamado Mordechai Vanunu, quien había llegado a Israel como inmigrante.
En 1977, después de un breve curso básico sobre la producción de armas atómicas, Vanunu consiguió un puesto como director del turno de amanecida en una planta nuclear, trabajando entre las 11:30 PM y las 8:00 AM. Vanunu tenía acceso oficial a todo nivel en todos los sitios de seguridad de la planta, incluidos aquellos en los que se manufacturaban los materiales que podrían ser usados para construir una bomba de hidrógeno. Vanunu era un activista político que asistía a mítines políticos en los que estaban presentes tanto comunistas como árabes. Se le advirtió que no se involucrara en dichos asuntos políticos, pero él continuó haciéndolo hasta 1985, cuando fue despedido. Entonces se dirigió a Londres con su historia acerca del programa nuclear israelí y con fotografías para demostrarlo. Estas fueron publicadas por el Sunday Times de Londres y causaron toda una sensación. Vanunu fue atraído a Roma por una joven mujer, agente israelí, donde fue raptado por el Mossad; fue llevado de vuelta a Israel donde pasó los siguientes diecisiete años en prisión, parte de ellos en un duro confinamiento solitario. Ahora vive bajo severa vigilancia en Israel. Resulta claro, a partir de lo que él reveló, escribe Richelson, que Israel, que ha estado construyendo armas nucleares durante décadas, tiene un considerable y variado arsenal nuclear.
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Acerca de los programas chino, indio, pakistaní e iraquí, Richelson señala que lo que ellos tienen en común es el fracaso de la inteligencia foránea en sus intentos de detectarlos, fracaso causado en parte por los exitosos engaños practicados por estos países. En el caso iraquí, los servicios de inteligencia estadounidenses y los de otros países han fracasado doblemente al intentar averiguar acerca de su progreso nuclear. Después de que en junio de 1981 un ataque aéreo israelí destruyera el llamado reactor Tammuz 1, las agencias de inteligencia foráneas asumieron que el programa iraquí había sido exitosamente detenido. Eso era en gran medida cierto en lo concerniente a la manufactura de plutonio. Sin embargo, los iraquíes tenían un muy importante programa para separar los isótopos de uranio, y éste no fue afectado por la incursión aérea. Contaban también con un igualmente intacto grupo de diseñadores de bombas. Ninguno de estos dos elementos había sido detectado por la inteligencia estadounidense. Solo después de la primera Guerra del Golfo y después de mucha resistencia por parte de los iraquíes, los inspectores internacionales fueron finalmente capaces de evaluar con precisión la extensión del programa. Llegaron a la conclusión de que si éste no hubiera sido interrumpido, podría haberse fabricado una bomba en el lapso de un año, aproximadamente. En pocas palabras, la abortiva invasión de Kuwait por Saddam Hussein, tuvo la consecuencia no buscada de privarlo de un arma nuclear.
Se ha discutido mucho sobre los errores de interpretación de la información de inteligencia previos a la última guerra en Iraq, pero un lector que desee un resumen compacto lo hallará en el libro de Richelson. Lo que el lector no hallará será una explicación de por qué Saddam Hussein cerró su programa nuclear a inicios de los años noventa y, a pesar de ello, no cooperó completamente con los inspectores que podrían haber verificado que así lo había hecho. Si desde el inicio hubiera dado la información adecuada, la guerra bien podría haberse evitado; el podría haber reconstituido el programa, aunque no he visto evidencia sólida de que planeara hacerlo. Si en 2003 se hubiera permitido continuar las inspecciones dirigidas por los inspectores de la ONU Mohamed ElBaradei y Hans Blix, como preferían muchas naciones, habría sido crecientemente clara la ausencia de armas nucleares y otras armas de destrucción masiva y, desde el punto de vista de Blix, la guerra probablemente habría sido evitada. Lo que casi no ha sido mencionado en la controversia acerca de si Saddam Hussein habría revivido su programa nuclear, es la afirmación de Blix, en su libro Disarming Iraq [Desarmando a Iraq], de que cuando él informaba al Consejo de Seguridad de que "ni los gobiernos ni los inspectores querían que la inspección del desarme continuara para siempre", al mismo tiempo le recordaba a ese Consejo que, después de un desarme verificado, debería permanecer un sostenido sistema de seguimiento e inspección para activar la alarma ante cualquier señal de reinicio de los programas de armas
prohibidas.[4]
Al impedir una apertura total a las inspecciones de la ONU, el peor enemigo de Saddam Hussein fue él mismo. Blix y otros especulan que Hussein quizá estaba reacio a admitir que no contaba con las armas requeridas para intimidar a Irán y a otros países de la región.
Y en cuanto a los indios y pakistaníes, ellos simplemente mintieron acerca de sus intenciones. Estados Unidos no tenía informantes en el terreno, de modo que cuando esos países pusieron a prueba sus primeras armas nucleares, los estadounidenses se vieron sorprendidos. Hasta 1950, los rusos y los chinos colaboraron en programas atómicos, y los científicos chinos eran enviados a la Unión Soviética para aprender acerca de la tecnología nuclear. Los rusos habían accedido a proporcionar a los chinos material fisionable y -- muy extraordinariamente -- una bomba de muestra junto con sus planos. Sin embargo, esos dos países se enemistaron y su programa de colaboración se detuvo antes se que se enviara muestra alguna. Los chinos quedaron solos. Los servicios de inteligencia de Estados Unidos hicieron considerables esfuerzos para poder averiguar acerca de cualquier avance, pero asumieron incorrectamente que los chinos, como los otros países, iban a fabricar una bomba de plutonio. Por ello es que, sin éxito alguno, realizaron una búsqueda aérea de reactores nucleares que pudieran producir plutonio. Al no encontrar ninguno, llegaron a la conclusión de que ninguna bomba china era inminente.
Los chinos, sin embargo, habían decidido fabricar una bomba de uranio pero con un diseño novedoso. En una bomba, el material fisionable pasa por tres etapas: subcrítica, crítica y supercrítica. En la etapa subcrítica, se llegan a producir fisiones pero estas no producen una autosostenible reacción en cadena. Cuando el material llega a la fase crítica, las reacciones en cadena se hacen autosostenibles; cuando llega a la fase supercrítica, el material se hace explosivo. En la bomba de Hiroshima, lo que sucedió fue que una masa subcrítica fue potenciada hasta convertirla en otro tipo de masa, produciéndose primero una masa crítica y luego otra supercrítica. El artefacto no fue probado antes de ser usado en Hiroshima.
Cuando por primera vez se consideró utilizar una bomba de plutonio, los científicos propusieron usar el mismo diseño. Sin embargo, cuando desde los reactores de Hanford, Washington, se hizo el primer envío de plutonio hacia Los Álamos, se encontró que éste contenía un isótopo no deseado de plutonio que se fisionaba espontáneamente. Esto podía desencadenar la reacción de fisión antes de que se pudiera reunir el material suficiente, haciendo fracasar el proyecto. Así, se hacía necesario otro método. Éste consistió en hacer implosionar una esfera de plutonio envolviéndola con explosivos de alto poder diseñados para el caso. Esto funcionaba mucho más rápido y resolvía el problema del isótopo. Lo que hicieron los chinos fue usar esta implosión en su bomba de uranio, la que hicieron explosionar el 16 de octubre de 1964. Este diseño fue mucho más eficiente que el usado por Estados Unidos en Hiroshima, puesto que usaba menos material fisionable. Esa prueba, una vez más, tomó a nuestros servicios de inteligencia totalmente por sorpresa.
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La última parte del libro está dedicada a Irán y a Norcorea. En esos países, especialmente en Irán, los acontecimientos se mueven con tal rapidez que los informes de Richelson han sido complementados con información brindada por la Agencia Internacional de Energía Atómica y ya conocida por la prensa. Comparativamente, en mi opinión, las perspectivas que ofrece una bomba iraní son las más serias. Los norcoreanos probablemente tienen un pequeño arsenal aún sin probar. Mi sospecha es que tarde o temprano, bajo presión china o de otros países, Kim Jong-il podría aceptar una oferta económica o de otro tipo como pago por renunciar a su programa nuclear. Mientras, la principal preocupación acerca de los norcoreanos es que no intenten vender su tecnología a grupos terroristas. Puede que no tengan mucho más que vender.
Lo que hace la situación iraní tan difícil es que ellos son vendedores de petróleo, lo cual los hace menos vulnerables a las sanciones económicas. Por cierto, cuando se los amenaza, el precio del petróleo tiende a subir, haciéndolos más ricos. Actualmente los chinos le compran a Irán alrededor del 14 por ciento del petróleo que consumen, motivo por el cual están tan poco dispuestos a aplicar presión sobre ese país. Para añadir dificultades, el presidente iraní a menudo habla de eliminar a Israel, aunque no está claro si él tiene la autoridad para intentarlo. En cualquier caso, si los iraníes finalmente fabrican una o más bombas, se aplicaría la lógica de la mutua disuasión: el uso de la bomba contra Israel muy probablemente resultaría en un desastre para Irán. Mientras tanto, parece que los israelíes hablan en serio cuando afirman que no permitirán que los iraníes tengan armas nucleares. Los iraníes, puede uno darse cuenta, están muy conscientes de ello, como lo están los demás; y también están conscientes de los supuestos planes de contingencia americanos para un ataque contra Irán, sobre los que recientemente informó Seymour
Hersh.[5]
Son dos los temas de esta reseña. Primero, para poder tener inteligencia realmente confiable acerca del programa atómico de un país extranjero, una condición necesaria pero no suficiente es tener agentes en el terreno. En los ejemplos que he dado la necesidad es clara. Los países pueden ocultar sus programas nucleares incluso de los satélites y de otros instrumentos sofisticados de detección. Los chinos escondieron sus programas porque los satélites estaban buscando las evidencias equivocadas. Hasta que Vanunu, un agente en el terreno, desenmascaró el programa israelí, los israelíes lo ocultaron con engaños. Sin embargo, incluso con un agente en el terreno se puede cometer errores. Samuel Goudsmit fue escogido como el líder científico de la misión Alsos, en parte porque no sabía nada de nuestro programa. A menudo él decía que si hubiera sido capturado por los alemanes, no habría podido decirles nada. Puesto que no sabía nada de nuestro programa de plutonio, él no buscó el programa de plutonio alemán y llegó a la conclusión equivocada de que no había ninguno.
El segundo tema es que en casi todos los casos las predicciones estuvieron erradas por ser demasiado cautas. Los países han adquirido armas nucleares mucho antes de lo que se suponía. El ejemplo de los rusos es el más gráfico. Esto sucedió porque Fuchs les dio un plano de la bomba de plutonio de Estados Unidos y porque los rusos tenían la capacidad tecnológica para seguir ese plano más o menos literalmente. Con los iraníes nos encontramos casi en el peor caso posible. No tenemos, parece, agentes en el terreno, así que no solamente no sabemos qué es lo que han hecho -- excepto por lo que ellos han escogido decirnos -- sino que incluso no conocemos sus capacidades tecnológicas. Para dar un ejemplo, se rumorea que el comerciante nuclear pakistaní A. Q. Khan les ha vendido los planos de una bomba de implosión. Hacer una bomba de implosión -- como lo experimentó en carne propia la gente de Los Álamos -- fue una hazaña tecnológica muy difícil que requirió de los enormes talentos reunidos de casi todo el laboratorio. ¿Cuentan los iraníes con la gente requerida para lograr esto, aparte de tener o no los planos? Simplemente no lo sabemos.
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Lo que sí sabemos es que por muchos años los iraníes han tenido un programa de energía nuclear. Sabemos que en el otoño de 2002, los rusos comenzaron a ensamblar un gran reactor nuclear en la ciudad portuaria de Bushehr (al sudeste de Irán, sobre el Golfo Pérsico). Este reactor aún no ha sido puesto en operaciones. Es lo que se llama un reactor de "agua liviana", lo cual significa que usa agua ordinaria como refrigerante. Tal reactor no puede operar con uranio natural, del tipo que uno consigue en una mina. Éste tiene que ser enriquecido. ¿Cómo se hace esto? Como todos los elementos, el uranio viene en varios isótopos. Los isótopos difieren entre sí en el número de partículas eléctricamente neutrales -- neutrones -- que tienen en sus núcleos. El número de partículas positivamente cargadas en el núcleo -- protones -- es el mismo para todos estos isótopos. Esto hace extraordinariamente difícil extraer separadamente estos isótopos por medios químicos. Se debe recurrir a métodos que aprovechan las pequeñas diferencias de masa que presentan los núcleos de los isótopos. Poco después de que se descubriera la fisión, en 1938 Niels Bohr descubrió que era el uranio-235 -- es decir, con 235 partículas en su núcleo -- lo que se estaba fisionando. Sin embargo, en el uranio natural, que consiste mayoritariamente de uranio-238, solo el 0.7 por ciento consiste de uranio-235. Bohr comprendió cuán difícil sería separar estos isótopos usando medios físicos y declaró que las armas nucleares eran prácticamente imposibles de conseguir debido a que requerirían recursos a escala nacional para poder realizar esta separación. En términos generales estaba en lo cierto, pero estaba errado acerca de la imposibilidad.
Existe cierto número de maneras en las que se puede realizar la separación de los isótopos requeridos, todas ellas difíciles. Durante la Segunda Guerra Mundial, la mayor parte de la separación se hizo usando campos electromagnéticos. Si una partícula cargada es puesta en un campo magnético, la órbita de ésta se desviará en una medida que depende de la masa de la partícula. Esto es lo que se hizo en Oak Ridge donde se llevó a cabo la separación de uranio-235 durante la guerra. Para tener una idea de qué suponía todo esto, la bomba de uranio de Hiroshima estaba hecha de dos partes subcríticas. El "objetivo" al interior de la bomba consistía en 38.4 kilogramos de uranio enriquecido al 80 por ciento, mientras que el "proyectil" que se diseñó para hacer explosionar el objetivo consistía en 25.6 kilogramos de uranio enriquecido al 80 por ciento. Este diseño era considerado algo tan preciso que nunca fue probado antes de ser lanzado sobre Hiroshima. Si los iraníes pueden hacer una bomba de implosión de uranio del tipo que los chinos probaron por primera vez, necesitarían solamente entre quince y veinte kilogramos de uranio altamente enriquecido.
Los iraníes han elegido hacer su enriquecimiento usando centrífugas. Estos son largos cilindros dispuestos en paralelo. Los cilindros pueden rotar de 50,000 a 70,000 veces por minuto. El uranio es introducido en el cilindro en la forma de un gas muy corrosivo -- hexafluorido de uranio -- y se estima que para fines de febrero de 2006 los iraníes habían producido cerca de ochenta y cinco toneladas métricas de uranio en esta forma gaseosa. Se necesitaría alrededor de cinco toneladas métricas de este gas de uranio para producir el uranio suficiente como para hacer una
bomba.[6] Una bomba de implosión, se supone.
En la centrífuga, el isótopo más pesado, uranio-238, es impulsado hacia fuera, dejando el isótopo más liviano, uranio-235, al medio. Este residuo puede usarse como base para la siguiente etapa del enriquecimiento, razón por la cual las centrífugas están conectadas entre sí en lo que se denomina una cascada. Una vez obtenido, digamos, un enriquecimiento al 50 por ciento, avanzar a un grado de enriquecimiento suficiente como para fabricar armas requiere mucho menos
esfuerzos.[7]
Hasta aquí todo es principalmente física con un mínimo de especulación. Lo que es en gran medida especulación es hasta qué dónde hayan llegado los iraníes en el proceso de enriquecimiento. Desde hace algún tiempo se sabe que ellos han tenido en cascada 164 de las llamadas centrífugas P-1, en sus instalaciones de Natanz, en Irán central. "P-1" es la abreviación de "Pakistán-1". Desde 1997, cuando comenzaron, los iraníes fueron provistos por gente de la red de A. Q. Khan. Si los restos de esta red aún están operando, podrían ser vistos en Irán.
Desde agosto de 2005 los iraníes han estado haciendo funcionar las centrífugas de Natanz sin inspecciones ni supervisiones externas. Muy recientemente anunciaron que ellos habían enriquecido uranio del tipo que puede usarse en un reactor. Normalmente, esto significa un enriquecimiento de cerca del 3 por ciento. Esto podría ser coherente con la afirmación iraní de que el único uso que harán del uranio será para energía eléctrica nuclear. Sin embargo, a ningún observador externo se le ha permitido ver cuánto uranio tienen ni a qué porcentaje de enriquecimiento. Simplemente no lo sabemos. Los rotores de las centrífugas P-1 están hechos de aluminio, pero hay una nueva generación -- los P-2 -- que está hecha de un acero especial. Estos rotores son mucho más eficientes. En algunas de sus declaraciones, los iraníes han hablado de hacer una cascada de 54,000 centrífugas P-2. Si esta muy difícil tarea puede ser lograda -- y simplemente no sabemos cuánto podría tomar -- y si la cascada puede ser mantenida en operaciones por un año, los iraníes tendrán suficiente material para hacer más de un arma nuclear.
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-26 de abril de 2006
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1
Para el texto completo véase http://nuclearweaponarchive.org/News/Voprosy2.html.
2
El fallecido Robert Server me dio copias de los documentos, incluyendo una carta de Oppenheimer a Groves en la que aquel describía la reunión e incluía una lista de los participantes.
3
Estoy agradecido a Richard Garwin, quien fue miembro del panel, por las discusiones que tuvimos.
4
Hans Blix, Disarming Iraq. (Pantheon, 2004), p. 210.
5
Véase The New Yorker, 17 de abril de 2006. [Seymour Hersch es un reputado periodista de investigación, ganador de un Premio Pulitzer (1970) por su informe sobre la matanza de My Lai (Vietnam, 1969). Se especializa en temas militares, nucleares y de seguridad. N. del t.].
6
Este estimado puede encontrarse en David Albright y Cory Hinderstein, "El reloj ya está andando pero ¿cuán rápido?", Isis, 27 de marzo de 2006.
7
Estoy agradecido a Norman Dombey, Carey Sublette y Peter Zimmerman por muchos comentarios útiles y sugerencias acerca de todo esto.
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