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Desde el rincón de siempre, a muchos temas se les termina viendo solo una cara, como a la luna. Con la finalidad de refrescar nuestra visión, "Desde la otra Esquina" presenta traducciones
-de reseñas de libros, artículos, entrevistas- que ofrecen nuevos ángulos de reflexión al visitante de Libros Peruanos. |
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El último romántico
Por Tony
Judt*
Reseña de las memorias de Eric Hobsbawm, Interesting Times: A Twentieth-Century Life (Tiempos interesantes: Una vida en el siglo XX), Pantheon, 448 pp.
Traducción de Alberto Loza Nehmad.
http://www.nybooks.com/articles/16802
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El historiador de Cambridge, Toni Judt, presenta una informada reseña de "Tiempos interesantes" (2003), las memorias del
eminente historiador británico Eric Hobsbawm. |
1.
A la edad de ochenta y seis años, Eric Hobsbawm es el historiador más conocido en el mundo. Su libro más reciente,
The Age of the Extremes [La era de los extremos], ha sido traducido a decenas de idiomas, desde el chino hasta el checo. Sus memorias, publicadas por primera vez este año, fueron un best seller en Nueva Delhi; en algunas partes de Sudamérica -especialmente en Brasil- es un héroe popular y cultural. Su fama está muy bien ganada. Eric Hobsbawm controla vastos continentes informativos con facilidad y seguridad; su asesor de pregrado en Cambridge, después de decirme una vez que Eric Hobsbawm había sido el estudiante más brillante de todos a los que había enseñado, añadió: "Por supuesto, no se podría decir que yo le enseñé; era imposible enseñarle algo. Eric ya lo sabía todo".
Hobsbawm no solamente sabe más que otros historiadores; también escribe mejor: no tiene nada de la quisquillosa "teorización" o del grandilocuente narcisismo retórico de algunos de sus colegas británicos más jóvenes (tampoco cuenta con dedicados equipos de investigadores de posgrado: él mismo hace sus lecturas). Su estilo es limpio y claro. Como E. P. Thompson, Raymond Williams y Christopher Hill, sus otrora compañeros en el Grupo de Historiadores Comunistas Británicos, Hobsbawm tiene un manejo maestro de la prosa inglesa: escribe en una historia inteligible para los lectores educados.
Las primeras páginas de su autobiografía son quizá las mejores que Hobsbawm jamás haya escrito. Son, ciertamente, páginas intensamente personales. Sus padres, judíos -él, del East End de
Londres**; ella, de Habsburgo, en Austria-, se conocieron y casaron en la neutral Zurich durante la primera guerra mundial. Eric, el mayor de los dos hijos, nació en Alejandría en 1917 aunque sus recuerdos empiezan en Viena, donde la familia se estableció después de la guerra. Los padres de Eric Hobsbawm lucharon con poco éxito para suplir sus necesidades con suficiencia en la empobrecida y truncada Austria de la posguerra. Cuando Eric tenía once años, su padre, retornando "de otra de sus crecientemente desesperadas visitas a la ciudad en búsqueda de dinero que ganar o tomar prestado", sufrió un colapso y murió en la puerta de calle de su casa una gélida noche de febrero de 1929. Antes de un año, a su madre se le había diagnosticado una enfermedad pulmonar; después de meses en hospitales y sanatorios, sometida a tratamientos sin éxito, murió en julio de 1931. Su hijo tenía solamente catorce años.
Eric fue enviado a Berlín para vivir con una tía. Su narración sobre los momentos de agonía de la democracia alemana es fascinante: "Estábamos en el Titanic y todos sabíamos que estábamos dando con el iceberg". Un huérfano judío arrastrado hacia la desesperada política de la República de Weimar, el joven Hobsbawm se unió al Partido Comunista Alemán (KPD) de su
Gymnasium (escuela secundaria). Experimentó de cerca la estrategia suicida y divisoria impuesta por Stalin sobre el KPD, al cual se le ordenó atacar a los socialdemócratas y no a los nazis; participó de las valientes ilusiones de los comunistas berlineses y en las desesperanzadas manifestaciones de éstos. En enero de 1933, al leer los titulares de un quiosco de diarios, cuando se encontraba llevando a su hermana a casa de vuelta del colegio, se enteró del nombramiento de Hitler como canciller. Como en la narración de su infancia vienesa, en sus historias berlinesas se entretejen fluidamente sus emotivos recuerdos personales con las reflexiones de un historiador acerca de la vida de la entreguerra en Europa Central:
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Es difícil, para quienes no han experimentado la "Era de la Catástrofe" del siglo XX en Europa Central, ver qué significaba vivir en un mundo que simplemente no se esperaba que durara, en algo que no podría siquiera ser realmente descrito como un mundo sino meramente como una provisional estación en medio del camino entre un pasado muerto y un futuro aún sin nacer.
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Estas primeras cien páginas solas valen el precio del libro.
Los niños Hobsbawm fueron trasladados a Inglaterra (ellos tenían pasaportes británicos y parientes en Londres). Antes de dos años el precozmente dotado Eric había culminado con éxito su tránsito a una educación impartida en inglés y ganado una Beca Abierta para estudiar historia en King's College, Cambridge. Allí comenzó toda una vida de ascenso hacia la elite británica, comenzando con notables calificaciones en sus exámenes de pregrado y su elección para ser parte de los Apóstoles, la autoseleccionada "sociedad secreta" de Cambridge (entre cuyos miembros, antes de él, habían estado Wittgenstein, Moore, Whitehead, Russell, Keynes, E. M. Forster y los "espías de Cambridge" Guy Burgess y Anthony Blunt). Noel Annan, contemporáneo suyo en King's College, describió al Hobsbawm estudiante de pregrado como
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asombrosamente
maduro, armado de pies a cabeza con la
interpretación del Partido para los
acontecimientos políticos actuales, tan
erudito como fluido en su expresión, y
equipado para tener una opinión sobre
cualquier tema oscuro sobre el que sus
contemporáneos hubieran escogido escribir
un trabajo universitario. [1]
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Después
de la guerra, la política hizo que
Hobsbawm disminuyera la velocidad de su
ascenso por la escala de la carrera académica
aunque, por su militancia, probablemente
él habría podido llegar, a una temprana
edad, hasta distinguidos puestos en el
Partido Comunista. Sin embargo, con cada
nuevo libro -desde Rebeldes Primitivos
hasta La Era del Capital, pasando
por Industria e Imperio y La invención
de la tradición- su celebridad
nacional e internacional crecía
constantemente. Durante su retiro, la
carrera de Hobsbawm ha sido coronada con
todo tipo de glorias: ha dictado clases en
todo sitio, ha recibido multitud de grados
honoríficos y es Compañero de Honor de
la Reina de Inglaterra.
A lo largo de los años, los viajes han
puesto a Hobsbawm en algunas
circunstancias curiosas: en 1936, en París,
en el tiempo del auge del Frente Popular,
durante las celebraciones por el Día de
la Bastilla recorrió las calles sobre un
camión del Partido Socialista que se
dedicaba a filmar las noticias (hay una
fotografía de él en esas circunstancias,
extrañamente reconocible aún pese a una
distancia de casi siete décadas); pasó
brevemente a Cataluña durante las
primeras etapas de la Guerra Civil Española.
En La Habana una vez fue traductor -ad
libitum- del Che Guevara. En su
autobiografía escribe con espontáneo
entusiasmo acerca de viajes y amistades en
Latinoamérica, España, Francia y,
especialmente, Italia. A diferencia de la
mayor parte de los demás historiadores
británicos -y de los historiadores
dedicados a la Gran Bretaña, como fue su
vocación temprana- él no solamente es
multilingüe sino también instintivamente
cosmopolita en sus referencias. Sus
memorias son refrescantemente reticentes a
tratar sobre familia y amores; ellas están
más bien llenas de los hombres y las
mujeres que han compuesto el mundo público
de Hobsbawm. Ellas registran un prolongado
y fructífero siglo XX.
Sin embargo, alfo falta. Eric Hobsbawm no
solo fue comunista; ha habido montones de
ellos, incluso en Gran Bretaña. Él siguió
siéndolo por sesenta años. Dejó que su
pertenencia al minúsculo Partido
Comunista Británico feneciera solo cuando
la causa que éste defendía había sido
definitivamente enterrada por la historia.
Además, a diferencia de casi todos los
otros intelectuales que cayeron bajo el
hechizo comunista, Hobsbawm no muestra
ningún remordimiento. Ciertamente, aunque
él acepta la total derrota de todo
aquello que representaba el comunismo, sin
parpadear insiste en que, a mediados de su
novena década, "El sueño de la
Revolución de Octubre aún está allí,
en algún lugar de mí".
Predeciblemente, es su incesante rechazo a
"renegar" de un compromiso de
toda una vida con el comunismo lo que le
ha atraído el comentario público. ¿Por
qué -le han preguntado en innumerables
entrevistas- usted no dejó el Partido en
1956, como la mayoría de sus amigos,
cuando los tanques soviéticos aplastaron
los levantamientos en Hungría? ¿Por qué
no en 1968, cuando el Ejército Rojo
invadió Praga? ¿Por qué usted aún
parece creer -como Hobsbawm lo ha sugerido
en más de una ocasión durante los años
recientes- que el precio en vidas humanas
y los sufrimientos bajo Stalin habrían
valido la pena si los resultados hubieran
sido mejores?
Hobsbawm responde cumplida aunque un poco
cansadamente a estas preguntas, a veces
mostrando un aire de desdeñosa
impaciencia ante esta obsesión con su
pasado comunista; después de todo, también
ha hecho un montón de otras cosas. No
obstante, él invita a hacer esas
preguntas. Según él mismo, el comunismo
ha absorbido la mayor parte de su vida.
Muchas de las personas sobre las que él
escribe en su autobiografía de manera tan
entusiástica, fueron comunistas. Durante
varias décadas él escribió para
publicaciones comunistas y asistió a
actos públicos del Partido. Cuando otros
dejaron el Partido, él se quedó. Le
dedica mucho de su tiempo a la descripción
de esas lealtades, pero en realidad nunca
las explica.
La ligazón de Hobsbawm con el comunismo
tiene poco que ver con el marxismo. Para
él, ser un "historiador
marxista" significa solamente tener
lo que él llama un enfoque "histórico"
o interpretativo. Cuando él era joven, el
movimiento que favorecía las
explicaciones más generales por encima de
las narraciones políticas, y que ponía
el énfasis sobre las causalidades económicas
y las consecuencias sociales, era radical
e iconoclasta. El grupo Annales de
Marc Bloch exigía similares cambios en la
profesión histórica francesa. En el
paisaje historiográfico de hoy estas
preocupaciones aparecen como evidentes en
sí mismas e incluso como conservadoras.
Además, a diferencia de los epígonos de
Gramsci de la revista New Left Review,
Hobsbawm tiene una despreocupación muy
inglesa con respecto a lo
"continental" [a lo europeo no
británico], a los debates intramarxistas,
a los que presta poca atención en todos
sus escritos.
En la versión de Hobsbawm, incluso su
comunismo es difícil de fijar. En su
narración hay poco acerca de lo que sentía
él al ser comunista. Los comunistas, en
Inglaterra como en todo sitio, pasaban la
mayor de su tiempo en agitprop,
actividades de agitación y propaganda:
vendiendo las publicaciones del partido,
haciendo las campañas electorales de los
candidatos del Partido, difundiendo la
"línea general" del Partido en
las reuniones de célula y debates públicos,
organizando reuniones, planeando
manifestaciones, fomentando (o saboteando)
huelgas, manipulando a las organizaciones
de fachada y así por el estilo:
actividades mundanas, rutinarias, un
trabajo a menudo demoledoramente tedioso,
asumido por fe o por deber. Virtualmente
todas las memorias escritas por comunistas
o ex comunistas que puedo recordar,
dedican considerable espacio a tales
asuntos. Por cierto, esta es a menudo la
parte más interesante de esos libros
porque esas rutinas tomaban mucho tiempo y
porque, al final, ellas eran la vida misma
del Partido.[2]
Como deja en claro Eric Hobsbawm, a él no
le gustaba ese tipo de trabajo local
excepto cuando fue un estudiante de
secundaria, cuando provocaba a los camisas
pardas de las SA y cuando asumía el
verdaderamente peligroso trabajo de hacer
la campaña electoral del ya perdido KPD,
para las elecciones de Marzo de 1933. En años
subsiguientes, sin embargo, se dedicó
enteramente a trabajar en "grupos
académicos o intelectuales". Después
de 1956, "convencido de que, dado que
el Partido no se había reformado, éste
no tenía un futuro de largo plazo en el
futuro político del país", Hobsbawm
se retiró del activismo comunista (aunque
no del Partido mismo). Así, en sus
memorias no nos enteramos de nada acerca
del comunismo como forma de vida, o
incluso como política.
Este alejamiento del Partido en tanto
microsociedad, sin embargo, está por
entero en consonancia con su carácter.
Sería ocioso especular acerca de los
lazos que hay entre los traumas de la niñez
de Hobsbawm y sus afinidades políticas
como adulto, aunque él mismo acepta que
"no tengo ninguna duda de que debo
llevar en alguna parte de mí las
cicatrices emocionales de aquellos sombríos
años". Sin embargo, resulta claro
que él siempre mantuvo el mundo a cierta
distancia, escudándose de la tragedia,
como él escribe, "con mi
intelectualismo y mi falta de interés en
el mundo de la gente". Esto no ha
impedido que Eric Hobsbawm sea siempre una
buena compañía ni ha significado que él
no disfrute de ella, aunque puede dar
cuenta de una cierta carencia de empatía:
él no se siente muy conmovido ni por los
entusiasmos de sus antiguos camaradas ni
por los crímenes que cometieron. Otros
dejaron el Partido con dolor porque éste
había significado mucho para ellos;
Hobsbawm fue capaz de quedarse porque, por
lo menos en su vida diaria, el Partido
significaba muy poco.
En un tono bastante diferente, sin
embargo, Eric Hobsbawm se ajustaba mejor
al molde comunista que muchos de sus más
vitalmente comprometidos contemporáneos.
Han existido numerosas y exigentes
microsociedades en la historia de la
izquierda europea moderna. Solo en
Inglaterra existían el Partido Socialista
de la Gran Bretaña, el Partido Laborista
Independiente, los Fabianos, las varias
federaciones socialdemócratas y
anarquistas para no hablar de los
trotskystas y otros Viejos Creyentes de
los últimos días.[3] Sin embargo, lo que
distinguía al Partido Comunista, en Gran
Bretaña como en todo lugar, eran el
principio de autoridad, la aceptación de
la jerarquía y la adicción al orden.
Eric Hobsbawm es decididamente un hombre
del orden, un "comunista
conservador" [Tory Communist,
en el original] como dice él. Los
intelectuales comunistas nunca fueron
"disidentes culturales"; y el
desprecio burlón que Hobsbawm muestra
ante el "izquierdismo"
autocomplaciente, post cualquier cosa,
tiene un largo pedigrí leninista. Sin
embargo, en su caso funciona otra tradición.
Cuando Hobsbawm burlonamente desecha el
thatcherismo como "el anarquismo de
la clase media baja", él está
combinando cabalmente dos anatemas: el
viejo aborrecimiento marxista por la
autocomplacencia desordenada y sin
regulaciones; y el incluso más viejo desdén
de la élite administrativa inglesa por la
poco cultivada, socialmente insegura pero
económicamente ambiciosa clase de
empleados de los servicios, oficinistas y
vendedores, antes llamados Mr. Pooter,
ahora Hombre de Essex.[4] En pocas
palabras, Eric Hobsbawm es un mandarín,
un mandarín comunista, con toda la
seguridad y los prejuicios de su casta.
Esto no es ninguna sorpresa: como Hobsbawm
escribe acerca de su ascensión a los Apóstoles,
hacia 1939, "también los
revolucionarios gustan de pertenecer a una
tradición apropiada". La clase de
los mandarines británicos, en las
universidades como en las oficinas públicas,
estuvo siempre atraída por la Unión Soviética
(aunque desde una distancia): lo que ellos
veían allá era un mejoramiento
planificado desde arriba por parte de
quienes sabían más que el resto, unos
aires y unas presunciones familiares. Los
fabianos especialmente (George Bernard
Shaw, H. G. Wells, los Webb) entendían el
comunismo bajo esa luz y no estaban solos.
Esto, pienso, es por qué quienes en
Inglaterra comentan a Hobsbawm, a menudo
se muestran pasmados cuando los críticos
arman un escándalo acerca de su
comunismo: no solo porque no es educado
invocar las opiniones privadas de un
individuo, o porque el comunismo soviético
le sucedía a otra gente y muy lejos (y
hace mucho tiempo) y no tiene eco en la
experiencia local ni en la historia, sino
porque hacer la ingeniería del alma
humana es tentador para las elites de todo
color.
Eric Hobsbawm, sin embargo, no es
solamente un muy alto y orgulloso
"miembro del establishment
cultural británico oficial" (sus
palabras); si lo fue, con toda seguridad
hace mucho dejó de lado sus lazos con un
cadáver institucional. Él es también un
romántico. Él ha romantizado a los
bandidos rurales, desplazando brillante
aunque imposiblemente la autoridad moral
de los proletarios industriales a los
rebeldes rurales. Él romantiza al Partido
Comunista de Palmiro Togliatti, lo que a
la luz de las recientes revelaciones no se
condice con la insistencia de Hobsbawm en
"no engañarse a uno mismo, incluso
con respecto a las personas o las cosas
por las que uno más se preocupa en la
vida".[5]
Eric Hobsbawm todavía romantiza a la Unión
Soviética: "Cualesquiera fueran sus
debilidades, su misma existencia probó
que el socialismo era más que un sueño",
una afirmación que podría tener sentido
hoy si fuera expresada como una amarga
ironía, lo cual dudo. Incluso romantiza
la muy jactanciosa "dureza" de
los comunistas, el supuestamente lúcido
entendimiento de la realidad política que
ellos tenían. Para decir lo menos, esto
no se condice con la letanía de
desastrosos errores estratégicos
cometidos por Lenin, Stalin y cada uno de
sus sucesores. A veces la dolida nostalgia
de Hobsbawm suena curiosamente parecida a
la de Rubashev, en Darkness at Noon
[Oscuridad al mediodía] de Arthur
Koestler: "Por una vez la Historia
había tomado un rumbo que al menos prometía
una digna forma de vida a la humanidad;
pero ahora, todo había terminado".
En Tiempos interesantes, Hobsbawm
revela una distintiva debilidad por la República
Democrática Alemana, dando a entender más
de una vez una cierta falta de fibra moral
en esos intelectuales que la abandonaron
ante los cantos de sirena de Occidente
("Quienes no pudieron aguantar el
calor salieron de la cocina"). Él
tiende, lo sospecho, a confundir el barato
autoritarismo de la RDA con los recordados
encantos de la Berlín de Weimar; y esto,
a su vez, lo conduce al núcleo romántico
de su compromiso de toda una vida con el
comunismo: una perdurable fidelidad tanto
al momento histórico singular -Berlín en
los últimos meses de la República de
Weimar- y a la juventud alerta y
perceptiva que vivió ese momento. Casi lo
dice en una entrevista reciente: "No
quise romper con la tradición que fue mi
vida y con lo que pensaba cuando por
primera vez entré en ella".[6]
En sus memorias es explícito:
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Llegué
a Berlín a fines del verano de 1931,
cuando la economía mundial colapsaba…
[Ese fue] el momento histórico que decidió
tanto la forma del siglo XX como la de mi
vida.
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No
es una coincidencia que la descripción
que hace Eric Hobsbawm de aquellos meses
sea la prosa más intensa, más cargada
-incluso sexualmente cargada- que él ha
escrito. Ciertamente él no fue el único
observador sensible que comprendió
inmediatamente qué estaba en juego.
Cuando escribió a casa, desde Colonia,
donde estaba estudiando, un Raymond Aron
de 26 años describía el abismo hacia el
que se deslizaba Alemania. Él también
entendió intuitivamente que el Titanic
había chocado contra el iceberg, que el
futuro de Europa ahora dependía de las
lecciones políticas que se podía
aprender de este momento definitivo. Lo
que Aron vio en Alemania entre 1931 y
1933, se convertiría en la referencia
central moral y política durante el resto
de su vida y de su trabajo.[7]
2.
Uno no puede evitar admirar la inflexible
decisión de Hobsbawm de mantenerse leal
para con el Hobsbawm adolescente,
navegando solitario a través del oscuro
corazón del siglo XX. No obstante, él
paga un alto precio por esa lealtad, mucho
más alto de lo que él percibe.
"Existen ciertos clubes -ha dicho- de
los cuales no me gustaría ser
miembro".[8] Con esto él se refiere
a los ex comunistas. Sin embargo, los ex
comunistas -Jorge Semprún, Wolfgang
Leonhard, Margarete Buber-Neumann, Claude
Roy, Albert Camus, Ignazio Silone, Manès
Sperber y Arthur Koestler- han escrito
algunas de las mejores historias de
nuestros terribles tiempos. [9] Como
Solzhenitsyn, Sakharov y Havel (a quienes
Hobsbawm, reveladoramente, nunca
menciona), ellos son la República de las
Letras del siglo XX. Al excluirse de tal
compañía, Eric Hobsbawm, nadie menos, se
ha provincializado.
El daño más obvio cae sobre su prosa.
Siempre que Hobsbawm entra a una zona políticamente
sensible, él se encierra en un lenguaje
soterrado, rígido, con aires a jerga
partidaria. "La posibilidad de la
dictadura -escribe en La era de los
extremos- está implícita en
cualquier régimen basado en un partido único,
irremovible". ¿La
"posibilidad"? ¿Implícita"?
Como le habría dicho Rosa Luxemburgo, un
partido único irremovible es una
dictadura. Al describir la exigencia del
Comintern de1932, de que los comunistas
luchen contra los socialistas ignorando a
los nazis, Hobsbawm escribe en sus
memorias que "ahora es generalmente
aceptado que [esa] política… era de una
idiotez suicida" ¿Ahora? Todos la
creyeron criminalmente estúpida en ese
tiempo y lo han pensado así desde
entonces: todos, esto es, menos los
comunistas.
Hobsbawm carece tanto de oído para
algunos asuntos que aún puede citar con
aprobación los nauseabundos sentimientos
presentes en el poema de Berthold Brecht,
"Para aquellos que nacieron después
de nosotros".
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Nosotros,
que quisimos preparar el camino para la
bondad
No podíamos ser amables
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Después
de esto no sorprende tanto leer la curiosa
descripción que hace Hobsbawm del famoso
"discurso secreto" de
Khrushchev, de 1956, como "la
brutalmente despiadada denuncia de los
fechorías de Stalin". Nótese que es
la denuncia la que atrae los epítetos
("brutal",
"despiadada"), no sus
"fechorías". En medio de su
entusiasmo por la tortilla socialista,
Hobsbawm perdió poco sueño pensando en
los millones de huevos rotos que reposan
en las tumbas anónimas desde Wroclaw
hasta Vladivostok. Como él dice, la
Historia no llora sobre la leche
derramada.
A lo más él muestra remordimiento ante
las injusticias cometidas por los
comunistas contra los comunistas: al
recordar que el juicio de Traicho Kostov
de 1949, en Sofía, "me dejó
triste", él describe a ese juicio
como el primero de los "juicios
montados que desfiguraron los últimos años
de Stalin". No lo fue, sin embargo.
En la misma Bulgaria había habido otro
juicio montado, el del líder agrarista
Nikola Petkov, quien fue enjuiciado y
ejecutado en septiembre de 1947 por el
mismo partido de Kostov. Sin embargo,
Petkov pasa sin ser mencionado. Su
asesinato judicial no echa malas luces
sobre Stalin.
Como Hobsbawm acepta a medias, podría
haber sido más sabio para él si se
hubiera limitado al siglo XIX, "dados
-como él escribe- los fuertes puntos de
vista del Partido y del Soviet acerca el
siglo XX".[10] Él aún parece estar
escribiendo a la sombra de un censor
invisible. Al describir la supervivencia
hasta el decenio de 1920 de los lazos,
provenientes de la era de los Habsburgo,
entre la Austria independiente y
Checoslovaquia, concluye: "Las
fronteras aún no eran impenetrables, como
lo fueron después de que la guerra
destruyera el puente tranviario de
Pressburgo sobre el Danubio". Los
lectores más jóvenes podrían
razonablemente inferir que una fracturada
línea tranviaria era el único obstáculo
para los checos y los eslovacos que
quisieran visitar la Austria de la
posguerra después de 1948: Hobsbawm evita
mencionar cualquier otro impedimento.
Estos no son atávicos tropezones de la
pluma, ocasionales cabeceadas homéricas.
Los comentadores ingleses que caminan en
puntas de pies alrededor de él en
homenaje a los logros del autor, están
simplemente tratando con aires de protección
a un viejo amigo. Fraçoise Furet dijo una
vez que dejar el Partido Comunista en
protesta por la invasión soviética a
Hungría "fue la cosa más
inteligente que hice". Eric Hobsbawm
eligió quedarse, y esa elección ha
baldado sus instintos históricos. Él
puede reconocer sus errores con suficiente
presteza -su subestimación del decenio de
1960, su error al predecir la declinación
precipitada del eurocomunismo después de
mediados de los setenta, incluso sus
grandes esperanzas para la URSS, que
"como lo sé ahora, estaba destinada
al fracaso".
Sin embargo, él no parece comprender por
qué cometió esos errores: incluso su
aceptación de que la URSS estaba
"destinada" a fracasar es
simplemente una inversión de su supuesto
previo de que ésta estaba
"destinada" a triunfar. En
cualquiera de las dos direcciones la
responsabilidad es de la Historia, no de
los hombres, y los viejos comunistas
pueden dormir con tranquilidad. Este
determinismo retroactivo no es sino
Historia Conservadora más dialéctica; y
la dialéctica, como un veterano comunista
explicó al joven Jorge Semprún en
Buchenwald, "es el arte y la técnica
de caer siempre de pie".[11] Hobsbawm
ha caído de pie pero desde donde ahora
está, gran parte del resto del mundo está
cabeza abajo. Incluso el significado de
1989 le es oscuro. Sobre las consecuencias
de la victoria del "mundo libre"
(sus comillas amenazantes) sobre la Unión
Soviética, él meramente advierte:
"El mundo puede aún arrepentirse de
que, ante la alternativa de Rosa
Luxemburgo de socialismo o barbarie, haya
decidido contra el socialismo".
La Rosa Roja, sin embargo, escribió eso
hace casi cien años. El socialismo con el
que soñaba Eric Hobsbawm ya no es una
opción, y la bárbara desviación
dictatorial a la que él le dedicó su
vida tiene en gran medida la culpa. El
comunismo corrompió y despojó al legado
radical. Si ahora enfrentamos un mundo en
el que no hay ninguna gran narrativa del
progreso social, ningún proyecto de
justicia social políticamente posible, es
en gran medida porque Lenin y sus
herederos envenenaron el pozo.
Hobsbawm cierra sus memorias con una
vigorosa coda: "No depongamos las
armas, incluso en los tiempos de
insatisfacción. La injusticia social aún
necesita ser denunciada y combatida. El
mundo no va a mejorar solo". Tiene
razón en todo sentido, pero para hacer
cualquier bien en el nuevo siglo debemos
comenzar por decir la verdad acerca del
que pasó. Hobsbawm rehúsa mirarle los
ojos al mal y a llamarlo por su nombre; en
sus trabajos él nunca enfrenta la
herencia moral ni la herencia política de
Stalin. Si en serio quiere pasar la posta
radical a las generaciones futuras, esa no
es la manera de actuar.
Hace mucho la izquierda no se ha animado a
confrontar el demonio comunista que guarda
en su closet familiar. El
anti-anticomunismo -el deseo de evitar
ayudar y confortar a los guerreros de la
guerra fría de antes de 1989, y de hacer
lo mismo con los triunfalistas
Fin-de-la-Historia de después- ha
paralizado por décadas el pensamiento político
en los movimientos laboristas y socialdemócratas;
en algunos círculos aún lo paraliza;
pero, como Arthur Koestler señaló en
Carnegie Hall, en marzo de 1948,
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No
se puede evitar que la gente esté
acertada por las razones equivocadas…
Este miedo a encontrarse en malas compañías
no es una expresión de pureza política;
es una expresión de la falta de confianza
en sí mismo.[12]
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Si
la izquierda quiere recuperar la confianza
en sí misma y dejar de estar de rodillas,
debemos dejar de contar historias
reconfortantes acerca del pasado. Con la
venia de Hobsbawm, quien blandamene lo
niega, en el siglo XX hubo una
"afinidad fundamental" entre los
extremos de la izquierda y la derecha,
evidente para cualquiera que experimentara
esos extremos. Millones de occidentales
progresistas con buenas intenciones
vendieron su alma a un déspota oriental.
"La sorpresa ridícula -escribió
Raymon Aron en 1950- es que la Izquierda
Europea ha asumido como a su Dios a un
constructor de pirámides".[13] Los
valores y las instituciones que han sido
importantes para la izquierda -desde la
igualdad ante la ley hasta la provisión
de servicios públicos entendida como un
derecho- y que ahora están bajo asalto,
no le debieron nada al comunismo. Setenta
años de "socialismo realmente
existente" no contribuyeron en nada a
la suma del bienestar humano. En nada.
Quizá Hobsbawm entiende esto. Quizá,
como él escribe de James Klugmann, el
historiador oficial del Partido Comunista
Británico, "él sabía qué estaba
bien, pero se corría de decirlo en público".
Si es así, no es un muy orgulloso
epitafio. Evgenia Ginzburg, quien conocía
algo del siglo XX, cuenta de cómo ella
intentaba bloquear los gritos provenientes
de las celdas de tortura en la prisión
Butyrki de Moscú, recitando una y otra
vez, para sí misma, el poema de Miguel Ángel:
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Dulce
es dormir, más dulce es ser piedra
En esta era de terror y vergüenza,
Tres veces bendito es quien ni mira ni
siente.
Déjame entonces aquí, y no fastidies mi
sueño.[14]
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* N. del t.: Toni Judt, es "Profesor Erich Maria Remarque" del Departamento de Estudios Europeos de New York University y director del Instituto Remarque. Hizo todos sus estudios en King's College (Cambridge), donde se doctoró en historia en 1972 (historia europea moderna, historia francesa e historia de las ideas). Uno de sus últimos libros es
La carga de la responsabilidad: Blum, Camus, Aron y el siglo XX francés, University of Chicago Press, 1998. Como Hobsbawm, es judío, nació en Londres y estudió en la misma universidad. En 2003 provocó una gran controversia al escribir un ensayo de 3,000 palabras en el que defendía el desmantelamiento del Estado de Israel y la creación de un estado binacional en su lugar. Es colaborador habitual de New York Review of Books.
** N. del t.: Zona del este de Londres, de clase trabajadora, densamente poblada, con muchos inmigrantes.
1 Noel Annan, Nuestra época: Los intelectuales ingleses de entreguerra, un retrato de grupo (Random House, 1991). p. 189.
2 Ver, por ejemplo, Raphael Samuel, "El Mundo Perdido del comunismo británico" (Parte I),
New Left Review, No. 154 (Noviembre/Diciembre de 1985), pp. 3-53, cuando él esboza un maravilloso retrato de "una organización bajo asedio, …[manteniendo] el simulacro de una sociedad completa, aislada de las influencias externas, beligerante con los de fuera, protectora de los de dentro"; "una iglesia visible", como Samuel la describe, que "traza una línea continua de ascendencia desde sus padres fundadores, que reclama un precedente escritural para nuestras políticas, que adopta etiquetas patrísticas para nuestros anatemas".
3 Para una ilustración de la vida en un partido centenario sostenido por un feliz matrimonio entre la pureza doctrinal y la irrelevancia política, véase Robert Barltrop,
El Monumento: La historia del Partido Socialista de Gran Bretaña (Londres: Pluto, 1975).
4 Véase George y Weedon Grossmith,
Diario de un Don nadie (Londres, 1892).
5 En abril de 1963, poco antes de su muerte, Togliatti escribió a Antonin Novotny, secretario general del Partido Comunista Checoslovaco, suplicándole posponer la cercana "rehabilitación" pública de las víctimas del juicio de Rudolph Slanski de diciembre de 1952. Tal anuncio, escribió (reconociendo implícitamente la complicidad del Partido Comunista Italiano en la defensa de los juicios montados de comienzos de los años cincuenta) "desataría una furiosa campaña contra nosotros, que traería al debate los temas más estúpidos y provocadores del anticomunismo"
[i temi più stupidi e provocatori
dell'anticommunismo] y nos dañaría en las próximas elecciones". Véase Karel Bartosek,
Les Aveux des Archives: Prague-Paris-Prague, 1948-1968 (Paris: Seuil, 1996), p. 372, Apéndice 28; y más generalmente, Elena Aga-Rossi y Víctor Zaslavsky,
Togliatti e Stalin: Il PCI e la politica estera staliniana negli archivi di Mosca (Bologna: Il Mulino, 1997), especialmente pp. 263ss.
6 The New York
Times, 23 de agosto de 2003.
7 Véase mi ensayo "The Peripheral Insider: Raymond Aron and the Wages of Reason", en
The Burden of Responsibility: Blum, Camus, Aron, and the French Twentieth Century (University of Chicago Press, 1998), pp. 137-183.
8 Véase Neal Ascherson, "The Age of Hobsbawm,"
The Independent on Sunday, 2 de octubre de 1994.
9 Por ejemplo Jorge Semprún,
The Autobiography of Federico Sanchez and the Communist Underground in Spain (New York: Karz, 1979), primero publicado en Barcelona en 1977 como
Autobiografía de Federico Sánchez; Wolfgang Leonhard,
Child of the Revolution [Hijo de la Revolución] (Pathfinder Press, 1979), primero publicado en Colonia en 1955 como
Die Revolution entlässt ihre Kinder; Claude Roy, Nous [Nosotros] (Paris: Gallimard, 1972); Margarete Buber-Neumann,
Von Potsdam nach Moskau: Stationen eines Irrweges
(Stuttgart: Deutsche Verlags-Anstalt, 1957).
10 Nótese la implícita separación entre "Soviet" y "Partido", como si los comunistas locales fueran muy distintos de aquellos de Moscú (y no fueran, por tanto, responsables de los crímenes de estos últimos). Eric Hobsbawm sabe mejor que nadie que eso es una patraña. El objetivo central de la ruptura de Lenin con la vieja Internacional Socialista fue centralizar las organizaciones revolucionarias en una sola unidad, bajo el modelo bolchevique y bajo instrucciones de Moscú. Ese fue el propósito de las famosas "Veintiún Condiciones" para ser miembro del Comintern con las que Lenin dividió a los partidos socialistas europeos entre 1919 y 1922; para no mencionar la no escrita Condición Veintidós, de acuerdo al líder socialista francés Paul Faure, que autorizaba a los bolcheviques a ignorar las otras veintiún condiciones si les convenía.
11 "Mais c'est quoi, la dialectique?" "C'est l'art et la manière de toujours retomber sur ces pattes, mon vieux!" Jorge Semprún,
Quel Beau Dimanche (Paris: Grasset, 1980), p. 100.
12 Arthur Koestler, "Las siete falacias capitales", en
The Trail of the Dinosaur and Other Essays [La senda del dinosaurio y otros ensayos] (Macmillan, 1955), p. 50.
13 Raymond Aron,
Polémiques (Paris: Gallimard, 1955), p. 81.
14 Evgenia Ginzburg,
Viaje al vértigo (Harcourt, 1967), p. 162.
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