Hay muchas formas de entender la historia del hombre. Una de ellas, aunque suene increíble, es a través de la historia de la destrucción de los libros, hecho terrible que ha acompañado al ser humano prácticamente desde el inicio de la historia.
En el principio fue la destrucción de los libros. Esta afirmación puede sonar exagerada para algunos, pero no estamos muy lejos de lo cierto al afirmarla. La biblioclasia u odio destructivo por los libros está registrada en la historia humana desde sus albores. Se sabe, por ejemplo, que los primeros libros de que se tiene noticia se hicieron en Sumeria (actual Irak) hace unos 5000 años. También por esa época comenzó la destrucción de los mismos, que eran entonces tablillas de arcilla.
Hacia el año 3000 a.C., en Ebla, una antigua ciudad Siria, existió una biblioteca con alrededor de 15,000 tablillas. Los acadios, bajo la égida del rey Naramsin, la destruyeron y prendieron fuego. Paradójicamente fue un asirio, Asurbanipal, el primer gran coleccionista de libros del mundo antiguo. Los sirios probaron hacia el año 612 a.C. de su propio café: los feroces medos destruyeron la ciudad de Nínive y arrasaron la biblioteca de Asurbanipal.
Aunque hay debate todavía sobre quiénes destruyeron el casi medio millón de rollos que atesoraba la famosa Biblioteca de Alejandría, uno de los sindicados es el patriarca cristiano Teófilo, quien devastó el Serapeum, un bello templo que acogía parte de los rollos de la biblioteca. Otras fuentes señalan al emperador árabe Omar. La disputa continúa.
En Grecia, Diógenes Laercio inmortalizó a Platón como un envidioso biblioclasta, por intentar desaparecer la obra de un filósofo competidor: Demócrito. Casos como este abundan en la historia occidental. El cordobés musulmán Ibn Hazam (994-1063) escribió un tratado sobre el amor, El collar de la paloma. Al tener una rencilla política con el rey de Sevilla, su libro fue condenado por este último a ser borrado de la historia, para lo cual se confiscaron y quemaron todos los ejemplares que se pudo.
Por tierras americanas la intolerancia también hizo estragos. En 1530, el obispo de México, fray Juan de Zumarrága (1468-1548), hizo una enorme pira con los códices mayas que pudo requisar, con la idea peregrina de borrar todo el pasado indígena.
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