Conocido entre nosotros por su poesía, Leopoldo Chariarse (Chiclayo, 1928) es en Alemania, el país donde reside, un respetado yogi, y allí adonde llegue acompañado de sus instrumentos -guitarra, arpa, laúd- un músico virtuoso. Ha paseado su vida por diversas materias, tiempos, geografías y culturas. Domina cinco idiomas y, humanamente, el único lenguaje que realmente importa: el del corazón.
Las versiones de un amigo suyo y mío lo habían convertido a mis ojos en un ser impredecible, cuyos arrebatos podían, en el mejor de los casos, ponerlo a uno de pleito con agendas y relojes. Lo común era, según esta misma fuente, que las ocurrencias del poeta pusieran en aprietos al interlocutor de turno. No es de extrañar, entonces, que el día que fui a su encuentro en un hotel miraflorino, en donde estuvo hospedado durante su reciente visita a Lima, la dosis de mi temor fuera casi la misma que la de mi entusiasmo. El recuerdo de una emocionante tarde de poesía y música un hermoso domingo de verano en Friburgo, en el Sur Oeste de Alemania, alimentaba, además, mi miedo a meter la pata frente a alguien que durante aquella jornada, en privado, se había ganado a punta de melodías y versos mi más profunda admiración y mi más sincero respeto. Como seguramente muchas otras, él había olvidado por completo aquella ocasión que para mí fue única. Lo que sí tenía muy presente era mi afán periodístico y la hora para la cual había anunciado mi llegada: en cuanto crucé el umbral del comedor, en donde concluía una reunión con sus editores, vino amabilísimo a mi encuentro y me invitó a disfrutar de una taza de té, mientras ponía punto final a sus acuerdos.
Su mirada, dinámica y encendida, habla de vida, pero no de cansancio. Su vestir cuidadoso, sus modos atentos, la agilidad y determinación de sus movimientos y su hablar, pausado y lúcido, revelan que, a sus 80 años, Leopoldo Chariarse es quizás lo que localmente llamamos un "adulto mayor", pero todavía está muy lejos de ser un anciano. Es mucho, pues, lo que tiene que contar, pero empezamos por la cronología de sus viajes. De su ir y venir juvenil por la sierra peruana surge la profunda visión del pensamiento andino, y de su llegada casi mágica a la India, queda la sorpresa de una oferta que hubo de rechazar, de convertirse en profesor de filosofía tradicional de ese país. Aunque breve, su estadía en la España de Franco se prolonga en sus relatos: cuenta que fue becado por el Instituto de Cultura Hispánica, junto con Julio Ramón Ribeyro y Alberto Escobar, que Raúl Porras Barrenechea tuvo razón al animarlos a emprender de todos modos un viaje que consideraban moralmente incorrecto, aduciendo que podrían aprovecharlo para promover entre la juventud española ideas que más adelante permitieran la vuelta a la democracia. Después viajó a París y en el Instituto de Musicología de La Sorbona se dedicó a descubrir los secretos y detalles de la historia de la música medieval, mientras que en el Louis Guinet se empapó de todo aquello que tenía que ver con la música extra europea. Sus estudios de arpa y guitarra clásica así como su interés por el laúd que había alimentado al lado del virtuoso Emilio Pujol, lo condujeron al Conservatorio de Wuppertal, en Alemania, país que desde entonces se convirtió en su "centro de actividades".
Aunque él dice que fue el yoga lo que lo ayudó a sobrellevar los diversos temperamentos nacionales, incluido el teutón, lo cierto es que volvió a sus orígenes, pues su madre, nacida en Cajamarca, llevaba el apellido Köster, cuyos representantes están repartidos en Bremen y en Estrasburgo, una ciudad que ha sido parte del mapa germano y la geografía francesa. Ciertamente, no necesitó salir del Perú para iniciarse en el yoga, pues su primer maestro fue un músico y yogi hindú que llegó a Lima como integrante de un grupo de danza: "Él cambió totalmente mi visión del mundo. A mis preguntas contestaba con otras preguntas, y cuando me ponía en un callejón sin salida, me decía 'las enseñanzas dicen esto'. ¿Qué enseñanzas? Las del hinduismo, el tantrismo y probablemente las taoístas. Para todo tenía siempre la respuesta exacta, la sonrisa exacta, el silencio exacto. Transmitía también por la mirada, como si el néctar del conocimiento pasara por los ojos. No sé si esa noche fue el mismo hombre que salió, el que volvió a su casa", recuerda, refiriéndose a sí mismo y la revolución que le significó dicho encuentro. "Ni mi persona era el centro de otras cosas ni mi país era el ombligo del mundo. Ninguna de mis creencias podía atribuirse la exclusividad de la verdad. Me liberé completamente de la posición esquizofrénica de estar tomado, como un sándwich, entre el cristianismo y el marxismo, entre el comunismo y el capitalismo. Todos esos parámetros se esfumaron en el aire puro de un pensamiento post dual", explica.
Desde entonces no ha hecho más que profundizar en las cosas que él llama "ocultas, misteriosas, esotéricas". Huérfano de padre desde sus primeros diez días de vida, Leopoldo Chariarse fue criado por su madre y por los tíos y tías maternas a los que alude de inmediato, en cuanto es consultado sobre su familia. Hijos, tiene cuatro, que de una u otra manera le han heredado el interés por el arte. Aunque dadas las varias parejas que lo han acompañado a lo largo de su vida, asegura que "no podría hablar sobre una familia".
Haber descubierto el mundo andino de la mano de Arguedas, de quien dice haber aprendido, además, la humildad que lo curó del mal carácter y la susceptibilidad extrema que con frecuencia era interpretada como arrogancia, lo confirma como un privilegiado, también su cercanía a Víctor Andrés Belaunde, Marco Martos, Carlos Germán Belli y Jorge Puccinelli, entre otros. Para tolerar la partida de Washington Delgado y Paco Bendezú se inventa "un mundo poblado de presencias silenciosas". Y quizás porque no lo frecuentó mucho, puede lamentar en voz alta la muerte de José Watanabe, a quien, en virtud de su autenticidad, de su correspondencia entre lo que fue y dijo, califica de "poeta verdadero".
De hecho la poesía es algo de lo que Chariarse puede hablar con autoridad: Tenía apenas 24 años cuando apareció su primer poemario, Los Ríos de la Noche. La antología Resplandor en la Niebla, que acaba de ser publicada por Ventana de Medusa Editores, reúne poemas suyos de los cinco libros que vinieron después, incluido Solsticio, con el que ganara el Premio Copé en el año 2000. Desde entonces ha seguido escribiendo cada vez que lo asalta "la incapacidad, por una parte, de articular en palabras ciertas vivencias, y al mismo tiempo, la imposibilidad de guardarlas solo para mí mismo. Con un discurso normal no puedo expresarlas, y llevarlas en mí me haría casi estallar el corazón. De esa discrepancia, de ese conflicto, de ese vaivén, nace la poesía para mí", refiere.
Como a las personas, dice, al Perú prefiere amarlo que juzgarlo, y opta por una postura más bien de místico, y en vez de buscar vanamente soluciones que por surgir de visiones parciales o aisladas resultan inútiles, evoca ciertos paisajes andinos, la intensidad de algunos encuentros pasados y el delicioso aroma a jazmines de una calle miraflorina que ahora huele a gasolina. "Mucho de lo que amo y amé desaparece o va desapareciendo", comenta, y poniéndole un decidido punto final a la charla, tal vez sin proponérselo, se justifica: "No se puede ser místico reflexionando, sino amando, solo amando".
ALGUNOS POEMAS
El Otro
Eternamente soy el otro
para siempre distante
y el que fui
el que no era y quien seré ya tarde
aquel que tuvo cuanto pertenece
a quien un día partió
para volver a reclamar la parte
que fue mía en lo ajeno
y a dejarme
cuanto fue ajeno en lo que poseía.
La Distancia
Qué me dirás cuando ya esté lejos
del último eco de tu voz?
y me estarás mirando aferrada
a nuestras preocupaciones de antaño
pensarás que no basta el regreso
que sería inútil acordarnos ahora
de aquellos días a quienes volvimos
la espalda
y entonces sí será tarde.
Tomados de "Resplandor en la Niebla", antología aparecida en Lima el 14 de febrero del 2008. |