Conversamos con el poeta, filósofo y musicólogo Leopoldo Chariarse (Chiclayo, 1928), quien radica en Alemania.
–¿Cómo fue su infancia?
Nací en Chiclayo, pero viví poco ahí. Mi padre falleció cuando tenía muy poca edad y mi madre decidió mudarse a Lima y luego a Arequipa y nuevamente Lima. En esos años tuve tres tíos y dos tías que trataron de suplir la ausencia de mi padre, pero siempre es un problema.
Además mi hermana mayor murió muy niña. Entonces, desde temprano me acostumbré a la soledad y a la carencia, y poseí un sentido de la fragilidad y de la perennidad que me acompañarían hasta hoy. Recuerdo que de niño jugaba con muchos amigos y amigas, ellos llenaban el patio de mi casa pero siempre al atardecer se iban y llegaba la soledad, era muy consciente de que tenía que afrontarla cuando todos se marchaban.
–¿A qué edad aprendió a leer y cómo descubrió la literatura?
Leía desde muy niño, tendría tres años cuando aprendí a hacerlo. Recuerdo que me llamaban mucho la atención los titulares de los diarios, que en esos días eran de color rojo. Mi acercamiento a la literatura se da gracias a que mi madre, mis tíos y tías me daban a leer y me leían textos de poesía clásica, ya de muy niño me sabía casi de memoria las rimas de Bécquer y poemas de otros poetas, unos mejores y otros peores.
–¿Y así también descubrió la musicalidad de la poesía?
Una de mis tías tocaba piano, sin ambiciones profesionales, claro. Ella tocaba piezas clásicas, tangos y valses, y esto se sumó a las lecturas de esa época. En la secundaria, recuerdo que caminaba con Carlos Germán Belli por el colegio Raimondi, que estaba cerca de mi casa, y con él cantaba tangos y otros temas. En esa época ambos empezábamos a escribir. Tenía 13 ó 14 años cuando me di cuenta que me gustaba escribir y quería dedicarme a ello. Tanto haber oído y leído me encaminaron.
–¿Cómo se siente pertenecer a la llamada Generación del 50?
Cuando pienso en ello siento a un grupo de amigos, tanto mayores y menores que yo. Eielson me prestaba libros, me aconsejaba y me guiaba en mis lecturas. Salazar Bondy publicó mi primer poema y me alentó siempre. Tuve el privilegio de conocer a Westphalen y a Martín Adán, a quien acompañaba en sus caminatas por las calles mientras recitaba sus poemas. También recuerdo con mucha nostalgia a Paco Pinilla, quien estimuló mi interés por la música. Fui amigo también de Javier Sologuren, Paco Bendezú, Fernando de Szyszlo, Washington Delgado y Blanca Varela, a quien no pude visitar en esta ocasión por su estado de salud. Me alegré mucho cuando ganó los premios Lorca y Reina Sofía.
–¿Se imaginaba que todo su grupo de amigos llegaría a tener la importancia que tiene ahora?
No teníamos ni la idea ni la intención. Lo que se hace desinteresadamente termina por generar mayor interés.
–¿Por qué se quedó a radicar en Alemania?
Porque tengo sangre alemana más que todo. Viví también en Francia 7 ó 9 años. Cuando viajé a Europa tuve mucha facilidad de acoplarme a la vida de allá debido a que fui sabiendo francés, italiano y alemán, que aprendí en La Recoleta y en el Raimondi.
–De otro lado, ¿cómo enfrenta la página en blanco ahora que tiene casi ochenta años? ¿Es como en sus inicios?
Yo no me enfrento a la página en blanco. Yo recibo las palabras cuando vienen y las escribo, ya sea poesía o prosa siempre es igual. Además, nunca escribo sobre cosas que no sé o no conozco. Normalmente escribo cuando un sentimiento me desborda más de lo normal.
–¿Qué piensa de la muerte? ¿Tiene miedo?
La muerte nos va a encontrar a todos y es bueno que nos encuentre haciendo lo que hemos amado siempre, en mi caso la poesía. En todo caso, cuando la deseé o la busqué no vino a encontrarme. Es como una mujer: si la buscas te huye, si la dejas tranquila te busca. Lo mejor es mantenerse neutral ante ellas.
–Por lo que me dice, ¿pensó en suicidarse?
No tanto como eso. Tuve muchas fases de desesperación en los que buscaba algún modo de dejar de sufrir. Por suerte, en esos momentos la poesía fue un hada bienhechora para mí.
–¿Qué le preocupa de que la muerte lo encuentre sin que lo desee?
Me preocupa que los manuscritos que no he terminado de trabajar queden sin publicarse o de que se publiquen de una manera que no deseo. Tengo tanto material para revisar que prefiero no hurgar en ellos porque sino no salgo nunca de ellos y uno tiene que trabajar para pagar las cuentas y poder comer.
–¿Y para cuándo tendremos otro libro suyo?
En esta visita a Lima he recibido una propuesta interesante del poeta Marco Martos: publicar una antología completa de mi obra e incluir todos los poemas que aún no han visto la luz. Es un proyecto que me entusiasma y veremos si se concreta.
–Finalmente, ¿qué opinión tiene de la poesía peruana más reciente?
Hay un buen grupo de poetas que me gustan mucho, como: Antonio Cisneros, Enrique Verástegui y José Watanabe, de quien recité unos poemas hace unos días en un acto público. Me emocioné mucho al leerlo y creo que perdimos a una gran voz con su muerte. De la poseía joven, veo que hay un buen grupo de poetas mujeres que si siguen por buen camino o mejoran más aún constituirían un movimiento importante en la poesía peruana.
El dato
Chariarse es autor de los poemarios: “Los ríos de la noche” (1952), “La cena en el jardín” (1975), “Margen de la nostalgia” (1998), “Elegías” (1998), “Los sonetos” (1999) y “Solsticio” (2000). |