José Watanabe
 
 
 
 
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pgc
Letras peruanas de luto
 
Fuente: Expreso, Lima 27/04/07
 

El mes de las letras se viste de luto. José Watanabe Vara murió casi a la medianoche, mientras unos dormíamos y otros descansaban.

Como para no incomodarnos el sueño con la pena de su deceso. Pero él sabe que es inevitable no sentirse triste. El poeta dejó el mundo que conocemos el miércoles a las 11:30 p.m. en el Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas. Un maldito cáncer a la garganta apagó una de las voces poéticas peruanas más importantes de las últimas décadas.

Watanabe nació en 1946 en Laredo, departamento de La Libertad. De madre peruana y padre japonés, desde la aparición de sus primeros poemas, reunidos en “Álbum de familia” (1971), logró convertirse en una de las voces más valiosas y personales de la denominada generación del 70, al lado de figuras como Antonio Cisneros, Abelardo Sánchez León, Rodolfo Hinostroza y Enrique Verástegui, entre otras.

Arte poética
El poeta buscó trascender en su poesía. De su padre, no sólo aprendió el control de las manifestaciones emocionales, que llama refrenamiento; sino también y sobre todo la forma poética del haiku, la expresión mejor lograda de la mirada oriental del mundo que, por los senderos del budismo zen y el taoísmo, busca a la naturaleza pura y real irradiando su misterio en cada observación.

Aunque sus poemas no pueden ser considerados haikus, su efecto es parecido. Son más bien parábolas, breves narraciones que alegorizan situaciones humanas en las que cualquiera puede reconocerse. También se ha señalado que bajo los nombres de Stéphane Mallarmé y Paul Verlaine, Watanabe se dejó influenciar la poesía simbolista francesa, por la musicalidad de sus versos y la facilidad para la sugerencia.

Dentro de la literatura peruana podemos asociar a Watanabe con la poesía de César Vallejo. Con él comparte el uso del verso libre, así como la nostalgia por el hogar, la familia y el pueblo natal de los que ambos se separan para crecer, estudiar y trabajar.

Final inesperado
En una de sus últimas entrevistas, Watanabe dijo que el futuro le inspiraba temor porque “no tengo nada, como muchos poetas o cualquier peruano”. “No tengo fortuna, no tengo un trabajo seguro, no soy asegurado y ya se acerca la edad, la vejez”, comentó en tono irónico.

No obstante, el deceso lo sorprendió en medio de una frenética temporada de viajes de trabajo a Europa y cuando trabajaba en talleres literarios como el que se vio obligado a suspender hace un mes por su repentino internamiento hospitalario.

“Qué inútiles somos / ante un cadáver que se va tan desolado”, rezan unos versos en su último poemario “Banderas detrás de la niebla”. Nada tan cierto. Descanse en paz, maestro.

Todo Watanabe
El conjunto de su rica obra se compone de los libros: “Álbum de familia” (1971), “El huso de la palabra” (1989, según muchos críticos el mejor poemario de la década del 80), “Historia natural” (1994), “Path trough the canefields” (Londres, 1997, antología), “Cosas del cuerpo” (1999), “Antígona” (2000, versión libre de la tragedia de Sófocles), “El guardián del hielo” (Bogotá, 2000, antología ganadora del Premio José Lezama Lima otorgado por la Casa de las Américas), “Habitó entre nosotros” (2002), “Elogio del refrenamiento” (Sevilla, 2003, antología), “Lo que queda” (Caracas, 2005, antología), “La piedra alada” (Lima y Valencia, 2005) y “Banderas detrás de la niebla” (Lima y Valencia, 2006). En los últimos años estuvo a cargo de una colección juvenil de la editorial Peisa.