-¿Cuándo decidiste dedicarte al tema de la literatura infantil? ¿Qué razones tuviste para ese cambio, siendo tú un poeta?
-Como profesor de colegio, estuve siempre interesado en las lecturas de mis alumnos. Me preocupé por editar libros para chicos y así nació la Editorial Colmillo Blanco. No pensaba, por entonces, dedicarme a escribir para niños y jóvenes. Carecía de humor, ingenio, soltura... tenía una relación tortuosa con la literatura. Fue después de Navajas en el paladar, casi sin proponérmelo y como un acto de limpieza, que escribo mi primera novelita para niños. Luego de La niña de la sombra de colores todo ha ido ligero.
-¿Qué es lo más difícil que tuviste que sortear para asumir este nuevo papel como escritor?
-Los giros de género obligan a un reacomodo de nuestra vida. Ahora tengo una relación más amable y vital con la literatura. Pasar de la poesía a la prosa es como soltar una respiración contenida. Y hacer literatura para niños vendría a ser una expansión pulmonar, un jadeo ante el descubrimiento, una arritmia por la travesura.
-¿Hay que sentir como niño para escribir literatura infantil o es cuestión de técnica?
-El creador debe arder en la experiencia, pero debe tener también la frialdad para conocer y manejar los mecanismos íntimos de la creación.
-¿Alguna vez algún niño te ha dicho que no entiende tus cuentos o que no le gustan?
-Por suerte, no. Aunque me han propuesto, muchas veces, otros finales. En general me he sentido, en sus opiniones, muy complacido de ser su compinche.
-La literatura llamada genéricamente infantil, ¿también es para los padres?
-Principalmente. Debieran ser los primeros lectores, juntos con los profesores. Tengo una columna, hace años, de comentarios de libros para niños y jóvenes que está dirigida a los adultos.
-¿Crees que la literatura infantil deba tener el papel de inculcar valores o le basta con divertir?
-El libro debe ofrecer el disfrute de un partido de fútbol, un concierto o una película. Y en cada una de estas experiencias también se aprende, pero no como extensión de un programa escolar: La enseñanza que proporciona el arte es más profunda y sutil.
-¿De qué autores peruanos del género te sientes tributario?
-Admiro la obra de los poetas Eguren y Valle Goicochea. En narrativa creo que nadie ha escrito mejor que Jorge Díaz Herrera.
-¿Sientes como que hay un pequeño boom de la literatura infantil hoy? ¿Por qué?
-Es verdad y gracias a la labor de algunas editoriales, en particular de Bruño. Los últimos años se han sumado, con fuerza y calidad, Norma y Alfaguara. Hay también un gran interés, no del Estado, por la promoción de la lectura.
Conviene mencionar que tenemos algunos buenos escritores que no han participado de este impulso y son los pioneros del género: Francisco Izquierdo Ríos, Cota Carvallo, Rosa Cerna Guardia...
-Qué es más fácil, ¿que un niño lea sus propios cuentos o que sus padres lo hagan por él?
-El oído, de antiguo, es el sentido privilegiado en la literatura. Los poemas, los cantos, los relatos primitivos eran transmitidos oralmente. Nuestras primeras historias infantiles nos la contaron en la cama, los papás o los abuelos.
¿A quién no le gusta que le susurren un poema o un cuento? Yo diría que es el primer paso en el contacto con el texto impreso, después será el niño quien se acerque a la letra y a los dibujos, al contacto táctil con el libro.
-¿Crees que los niños ahora son capaces de elegir sus cuentos y, por tanto, sus temáticas?
-Sin duda. Aunque no tienen capacidad de compra y a menudo están ligados al condicionamiento de los profesores, de la publicidad y de los vendedores...
-¿Qué oportunidad tiene el cuento infantil frente a la computadora en el gusto infantil?
-La computadora, como cualquier invento, es un traje que cada uno se hace a la medida. Nadie duda de su importancia para escribir, para leer, para informarse. Es un signo de los tiempos, con sus enormes posibilidades y limitaciones.
Aunque frente al pequeño libro, que tiene un aroma y una textura, podríamos decir que se repite el encuentro de David y Goliat.
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