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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Bethoven Medina Sánchez
“Éxodo a las siete estaciones” de Bethoven Medina

Por Boris Espezúa Salmón
Fuente: Librosperuanos.com
Enero, 2017

Con gran beneplácito recibí el libro de nuestro amigo norteño Bethoven Medina, coetáneo, compañero de los ardorosos y  desolados años de la generación del 80, que siempre nos sorprende con sus singulares poemarios. Se trata de un poeta que ha domeñado la palabra poética a lo largo de estos últimos 35 años con una producción sostenida  en el tiempo de modo constante y fulgurante. En la década del ochenta su ya clásico “Necesario silencio para que las hojas conversen” anunciaba a un poeta que  se ubicaría bien  en el quehacer poético nacional, sin pertenecer a grupos estridentes, ni apoyarse en la publicidad mediática que requieren algunos para hacerse conocer en forma efímera, en cambio Bethoven desde las playas Moches, asumió el reto con trabajo y más trabajo, él estuvo siempre en la línea del que para tener un reconocimiento en éste país hay que rajarse el lomo a punta de desvelos madrugadores y de volcar en la palabra el compulsar toda una integridad vital, vinculada a su circunstancia, y hacer ello desde provincias es doble reto, pero el tiempo demostrará que no es imposible.
 
Refiriéndonos al poemario: ”Éxodo de las siete estaciones” se trata de una propuesta atípica vinculada a la astrología, a la numerología, a la cábala como un recurso tan antiguo pero siempre nuevo también, de recurrir al número siete como designio de suerte, de presagio, de  imprecación. Es en ese sentido que estamos frente a un poeta que toma la esencia de la filosofía hermética, recobra cierto esoterismo como recurso en poesía, y hace del siete una ventana para visionar el mundo.    Uno de los que en poesía hizo maestría en la recurrencia del número siete fue nuestro inmortal César Vallejo, quien en sus más grandes poemas de alta significación humana, y de emplazamiento a la conciencia moral recurre al número siete para hablarnos de un mundo que esta sorteado en la costumbre popular, en la idiosincrasia de los peruanos donde el siete tiene un significado  de maldición o bendición, según el uso que se le quiera dar.
 
El libro se abre con el axial religioso de los siete días de la creación  donde está el credo del poeta que en palabras que encabalgan hierofonía exaltan lo sagrado en poesía, a través de los 7 espíritus de Dios. La segunda sección de las siete notas musicales amalgaman aquello que sabemos los poetas que el verso tiene sonido, que la música es el ritmo del cosmos y la semilla, que la música en buena cuenta cura aquello que quiere apagarse de vida. La tercera sección de los siete días de la semana, dentro del calendario gregoriano, es una forma de establecer las jornadas y los espacios de realización de la convivencia humana donde el hombre además de trabajar con ahínco como el lunes también tiene derecho a  descansar en el seno familiar como en el domingo. La cuarta sección de los siete cuerpos del hombre se refiere a todas las dimensiones de la persona que permite hacerlo integral y trascendente, ya que estas siete entidades permite establecer su relación teleológica con el cosmos interno y externo, la quinta sección de las siete palabras de Jesucristo, nos recuerda la influencia del cristianismo como parte de nuestra historia, y el sacrificio en la cruz que es el mensaje augusto del sufrimiento y la ganancia del cielo. La sexta sección de los siete colores del arco iris, tiene que ver más con la naturaleza, con aquella Gaia, que no es sino la razón de ser de nuestra existencia, que en el mundo andino es nuestra Pachamama, el lugar sagrado y fundador de la vida. La séptima y última sección es la más libérrima del autor quien lo titula siete ensayos de la realidad peruana, con clara alusión al inigualable libro de nuestro Amauta José Carlos Mariátegui, es la parte terrenal del libro, donde recrea con una nueva contextualización, resignificando poéticamente cada uno de los ensayos del pensador moqueguano.
 
La poesía de Bethoven Medina no es barroca, no es (como se pudiera pensar) hermética por el tema que consagra, sino, es una poesía fluida, reflexiva, imprecativa que toca cosas comunes, cotidianas e históricas. Su vasto ámbito poético de Bethoven nos hace ver que puede transitar de varias temáticas, por varias propuestas poéticas, y así como puede estar en la ciudad con sus propios problemas citadinos, puede estar en el campo escuchando el viento o leyendo el mar, con la reflexión puntual de hacernos pensar sobre nuestra condición de peruanos, así como puede ser panteísta y descolorear los asombros de la naturaleza, puede destilar furor e ira por los desencantos y ahogamientos de las urbes y los urbanos atosigados. Es en todo caso un poeta dinámico, plural, como se debe ser en este país que precisamente no es un espacio como una mesa de billar sino un mosaico de muchas realidades culturales.
 
La palabra poética también madura, fuera de los encasillamientos, de las tendencias o escuelas, en el caso de Bethoven Medina se ha fraguado su palabra por el ejercicio de muchos años en el oficio, que no ha necesitado de máscaras, ni de poses, sino de la sencillez y la espontaneidad que al igual que su persona fluye en su poesía.  En la actualidad hay bastante producción de poesía joven, hay muchas antologías de noveles poetas que aún sin tener un primer libro están ya, antologados, lo que nos revela una acentuada egolatría por parecer y no ser. En ello hay que retomar la enseñanza de nuestros antecesores que como Javier Sologuren nos recordaba que con una dosis de simplicidad y  otra dosis de trabajo, hacemos la mezcla perfecta para iluminar el camino. Por otro lado hace falta que pluralicemos la mirada para reconocer lo que se trabaja en provincias, de saber que el trabajo en el Perú, como sostenía Jorge Eduardo Eielson “si no es profunda y plural, no será”.  Es tiempo de internalizar nuestras otras identidades y mentalidades, que significa concebir la literatura con la visión  heterogénea que planteaba Antonio Cornejo Polar, el monismo literario o el reconocer un canon tubular del quehacer literario es invisibilizar a los otros peruanos, que también muerden la tierra de este territorio como sus cielos muerden su almas.
 
Volviendo a Bethoven que es el antiguo Perú encarnando a los Moches Sacras, podemos decir que tenemos poetas de peruanidad inquebrantable, diseminados por los cardinales del país, muchos poetas con cartografías para develarlas, poetas que escriben con fuego y con una memoria que pueden elevar otros arcos iris del Perú a nuevos universos estelares. Esos otros discursos, como tejidos de filigrana de barro y oro, seguramente tendrán los sustratos de identidad de nuestros antepasados que labraron otra estética raigal de matrices menos coloniales,  que encierran en cada palabra como en cada calle solitaria, esperanzas y desesperanzas aún sin perfil, pero tampoco sin sombras.
 
Bethoven Medina cruza estas puertas y recrea en su palabra poética el norte bravío, lo que herético es también el sur para nosotros, somos pues el esqueleto de este territorio ardiente, panteístas, creyentes, soñadores, terrígenos, festivos, y podemos ser capaces de salir con dos velas a medianoche y hacer una fogata en los ojos de nuestra historia para iluminar de lluvia la piedra caliza del genuino Perú. Finalmente, decir que los poetas que vivimos en provincias, no hemos necesitado vivir en Lima, para ser peruanos, y para tener la suficiente claridad de mirar las cosas desde el élan de nuestros orígenes y desde el prisma de la diversidad que terca y sufrientemente somos en el canto y la risa. Que sean siete abrazos amigo Bethoven, que nos demos en la puerta de los arcos del camino ó de las apachetas, para que el cielo desate sus siete truenos en celebración de tu poemario para el universo.   
 
Puno, Trujillo.  Enero-2017
 
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