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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Epistolarios.
Una mirada a correspondencias de intelectuales


Por Osmar Gonzales
Fuente: Librosperuanos.com
Enero 2013

Los epistolarios personales —que según señalan algunos tiene origen femenino—1  son parte de esos auto-documentos,2  uno de los espacios autobiográficos, que permiten auscultar la constitución subjetiva del individuo;característica que comparten con las memorias, las confesiones o los diarios íntimos. Se trata de representaciones escritas emitidas desde el yo,3  es decir, desde la individualidad;4  son expresión de la manera de entender la vida que no encuentra razones para ser disimulada, pues quien redacta la carta no busca ni necesita recabar la aprobación del público. Por el contrario, la dirige a una persona específica, no es representación de, ni se dirige a, una comunidad o colectividad, cualquiera sea su tamaño y razón de ser.

Los epistolarios personales ayudan a revelar la conexión entre el individuo y la sociedad. Muestran, y ponen a disposicióndel analista, la subjetividad del sujeto —corresponsal en este caso— que es, al mismo tiempo, expresa característica individual y resultado de un proceso social. En este sentido, no importa que quien escriba las cartas sea de origen social elevado o pertenezca a las clases populares; igual echa luces sobre su vida y pensamiento particulares, así como permite vislumbrar sus redes de socialización. En efecto, las cartas personales ponen a la luz —cuando son leídas y analizadas—, los procesos de constitución personal, psicológica e intelectual del individuo, así como de susconvicciones con todas las contradicciones que las componen, las mismas que en el territorio público tratan de ser suprimidas o disimuladas buscando mostrar una coherencia, aunque sea frágil y ficticia.

Los epistolarios personales permiten constatar que no hay proceso individual que sea llano y coherente de principio a fin, y cuando se trata de sujetos públicos —intelectuales o políticos, por ejemplo— ayudan a entender por qué, cómo y cuándo llegan a sostener ciertas posiciones, defender determinados principios o decisiones y, en definitiva, explicar el proceso personal que conduce a tales posicionamientos. Las cartas personales son puertas de acceso a cuestiones más generales. Depende del observador poder extraer todos los significados que contienen. Hay que tener presente que este tipo de cartas no son escritas con el fin de hacerse públicas, y ahí está precisamente su mayor valor, su más grande riqueza, pues usualmente el corresponsal se relaja y libera de las tensiones de la exigencia de lo público y se permite expresar lo que piensa, o manifestar sus dudas con naturalidad. El analista, en este caso, asume el papel de espía, mirando entre las rendijas de las palabras escritas los asomos que permiten explicar al individuo en su complejidad. Para ello debe tener muy en claro que en las cartas personales no se debe buscar que sus autores digan la verdad, sino que expresen lo que piensan con sinceridad.

La redacción de una carta exige por lo común un momento de soledad en el cual el individuo está pensando en su corresponsal, en su lector único, pero al mismo tiempo está llevando a cabo un ejercicio de auto inspección que quiere plasmarlo en algunas líneas. Ahí es cuando surge el esfuerzo de la sinceridad. Es diferente a cuando el individuo redacta sus memorias. En primer lugar, porque quien escribe sus recuerdos usualmente está pensando en publicarlas, es decir, salen del espacio privado y por lo tanto la forma de su escritura es otra. En segundo lugar, las memorias son un relato que se escribe en un tiempo diferido, mientras que las cartas son un testimonio inmediato en el presente. En tercer lugar, las memorias, al estar dirigidas al público en general, el tipo de lector-objetivo es distinto, este ya no es espía sino espectador: mientras mayor sea el número de lectores más grande será su éxito, pues se somete a las reglas del mercado, en contraste absoluto con las cartas personales, que requieren de la privacidad y del alejamiento precisamente del espacio mercantil.5  En cuarto lugar, lo usual es que las cartas personales sean conocidassolo una vez haya muerto su autor; recién a partir de ese momento —repito, usualmente pero no siempre— el público puede acceder a sus manifestaciones privadas escritas; mientras que las memorias sí se pueden publicar —incluso, por exigencias editoriales deben serlo— mientras su autor sigue con vida porque puede potenciar el éxito comercial. En quinto lugar, es diferente la naturaleza del diálogo que cada tipo de auto-documento genera: las cartas exigen el ida y vuelta de la escritura, del intercambio de información y pareceres, lo que no ocurre con la publicación de las memorias, pues estas no buscan interacción alguna, sino a lo sumo, un consumo lector que producirá comentarios impersonales, mediante la crítica especializada o presentaciones públicas, por ejemplo. En sexto lugar, habría que sumar el diario íntimo: como las cartas personales, están redactadas para el consumo privado (por ello solo se conocen una vez muerto su autor); pero como las memorias, no establecen una comunicación o un diálogo interactivo.6

Para resumir todo lo dicho:el hecho de que las cartas personales no sean escritas pensadas en el público sino en el corresponsal específico no niega que su contenido sea de interés más amplio, por el contrario,las cartas personales —en tanto auto-documentos— constituyen una fuente de investigación muy útil que permiten ingresar ala subjetividad del individuo y desde él al entramado social que lo rodea.7

Hay distintos esquemas que se desprenden de los particulares intercambios epistolares. Pero el abanico es inmenso, casi hasta se podría decir que cada correspondencia establece su forma particular de comunicación. Por ello resultaría improcedente pretender elaborar algún tipo de taxonomía.

En las páginas que continúan tomo —casi al azar— un conjunto de epistolarios publicados, y más que reseñar cada uno lo que busco es hacer explícita la interacción entre los corresponsales, remarcar en los tipos de relaciones que se expresan en los intercambios epistolares. Se debe tener en cuenta una especificidad que une la variedad de los epistolarios analizados: que se trata de sujetos intelectuales, escritores, poetas, científicos sociales, filósofos. Esto quiere decir que no solo hay una forma de utilización del lenguaje, por momentos especializado pero siempre más elevado que el promedio, sino también que, si bien se dirigen a su corresponsal inmediato, en algunos casos se manifiesta cierta conciencia de trascendencia, es decir, saber que en algún momento esos documentos personales van a ser leídos por muchos otros; finalmente, los propios temas que abordan tienen características particulares, tanto en la expresión del lenguaje como en la profundidad del análisis; temas comunes a todos como el miedo a la muerte por ejemplo, en cartas de estos tipos de corresponsales adquieren una dimensión distinta.

La correspondencia invasiva
Solo ocho cartas en un periodo de dieciséis meses (entre diciembre de 1664 y marzo de 1665) duró no solo el intercambio epistolar sino también la relación personal entre el filósofo holandés, Baruch de Spinoza, y el comerciante de cereales Willem van Blijenbergh. La comunicación entre ambos nació con la primera carta y murió con la última.8

Spinoza pertenecía a una familia de judíos sefardíes de origen español que tuvieron que huir durante la persecución contra los judíos desatada en Portugal en el siglo XV. Sus lecturas variadas, así como su inteligencia crítica lo alejaron de una lectura ortodoxa desde la tradición judaica, dando forma a un pensamiento bastante liberal, llegando al extremo de ser expulsado de su comunidad hacia la mitad del siglo XVII. Principios de la filosofía de Descartes. Pensamientos metafísicos, en 1663, demuestra la profunda influencia que tuvo la obra de Descartes en la suya propia. Su obra más famosa es Ética, donde sostenía que esta debía basarse en la metafísica y en la física. En cuanto al terreno filosófico Spinoza descarta el dualismo cuerpo-alma; él es monista, pues considera que el hombre es cuerpo y mente, es uno, e integra una “sustancia universal”. En cuanto al terreno político, es defensor de la mayor democracia posible―al menos dentro de los parámetros de su tiempo―, pero en donde las mujeres estaban excluidas del cuerpo político al considerar que no tienen todos los derechos de los hombres. Por otra parte, el Estado ―afirmaba―tiene como obligación hacer libres a todos los hombres. Spinoza murió, a causa de la tuberculosis, el 21 de febrero de 1677, con apenas 44 años de edad.

Desde Dordrecht, el 12 de diciembre de 1664, Blijenbergh le dirige una carta a su “señor y amigo desconocido”, Spinoza, iniciando la corta pero áspera correspondencia. Se trató de una relación personal, pero no confidencial, donde solo hubo esgrima intelectual y preocupación filosófica. El contenido de las ocho cartas gira en torno a las proposiciones filosóficas de Spinoza. Su corresponsal se confiesa “inspirado por el anhelo de verdad pura”,preocupado por temas como Dios, su perfección y la voluntad, lo bueno y lo malo, la virtud y el amor, entre otros. Lo fundamental de este breve epistolario es la necesidad de dar forma a una filosofía cristiana; ese es el mar de fondo, al menos en un inicio. Pero a lo largo de las cartas, a medida que uno va avanzando en su lectura, puede observar que el corresponsal del filósofo se va convirtiendo en un inquisidor, en un fiscal invasivo y descortés, que quiere demostrar las inconsistencias del pensadorenfatizando sobre el tema del mal y, finalmente, que las acepte.9  Posteriormente hay un contacto personal cuando Blijenbergh visita a Spinoza en su casa, y lo que debió ser una reunión amable terminó en una excusa más para insistirle en que defina mejor sus argumentaciones. No obstante, Blijenbergh no se da por vencido, por el contrario, insiste y escribe la que sería su última carta; el grado de malestar es tan alto que Spinoza le pide en su respuesta desistir de seguir escribiéndole, pues consideraba que los temas que ahora propone difieren mucho de los inicialmente planteados y da por concluido el accidentado intercambio epistolar.

Se trató de una relación que empezó en laprimera carta y terminó en la última, no hubo amistad consiguiente ni afecto prolongado. Estas cartas a pesar de ser personales no trataron asuntos más que impersonales, filosóficos en este caso; pero también observamos cómo la carta puede utilizada como medio de invasión a la privacidad del corresponsal hasta llegar aconvertirse en un gran fastidio; sería un adelanto de los actuales correos electrónicos spam.

Las cartas como medio de constitución del campo intelectual
En un lugar absolutamente opuesto a la correspondencia mencionada se encuentran las cartas rescatadas y publicadas por el historiador argentino, Horacio Tarcus. Las cartas de una hermandad difieren totalmente de “las cartas del mal” antes vistas, y en donde se puede conocer el cruce de comunicaciones epistolares entre Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones, Ezequiel Martínez Estrada, Samuel Glusberg y Luis Franco. Los procesos personales no podían diferir más, pues entre ellos se pueden encontrar rutas y filiaciones diferenciadas: Quiroga fue un cuentista uruguayo de carácter naturalista y modernista, que llegó a ser considerado maestro por los escritores latinoamericanos posteriores a él.Acabó con su propia vida cuando tenía 58 años de edad. El periodista y escritor argentino Lugones, luego de una juventud cercana al socialismo, asumió en la madurez posiciones conservadoras, nacionalistas y autoritarias; también se suicidó, a los 64 años de edad. Martínez Estrada, poeta, ensayista y pensador social argentino, fue parte de la revista Sur de Victoria Ocampo, luego devino decidido defensor de la Revolución cubana y, al parecer, terminó algo desilusionado de ella,retrató como pocos la vida y los pobladores de la Pampa argentina. Glusberg, judío de Besarabia que llegó a América Latina huyendo como muchos de la persecución anti-semita, tuvo como lugares de actuación periodística y editora a Chile y Argentina, fue él quien preparaba la instalación de Mariátegui en Buenos Aires, pero la muerte de este impidió tal proyecto. Y Franco, poeta y ensayista argentino, ateo, rebelde, identificado con el pensamiento trotskista, pero que siempre mantuvo su independencia intelectual; el poeta peruano Alberto Hidalgo señalaba que Franco ocupó el lugar dejado por Lugones en las letras argentinas.

En el nutrido archivo de cartas ofrecidas por Tarcus se puede observar cómo estos hombres de distintas generaciones10  y pensamiento diverso, fundamentales en el proceso cultural rioplatense, fueron dando forma ―en un periodo bastante prolongado: desde 1912 hasta 1956, es decir, 44 años― a una estrecha amistad, a una “fraternidad” que se sostenía en el amor a los libros y al conocimiento, pero también en el mutuo respeto y admiración personales. Varias muestras se pueden extraer de la amplia correspondencia. Por ejemplo, Quiroga le reclama a Lugones: “Téngame al corriente de sus trabajos” (88). Lugones le confiesa a Glusberg: “Estoy más reaccionario de cuando salí, [por razones] que hasta Uds. los bolchevikófilos  encontrarán buenas y aceptables, según creo” (94). Martínez Estrada ratifica su amistad para con Glusberg: “…nuestra amistad es más fuerte que nunca y nada la podrá empañar jamás. Los sinsabores y las satisfacciones nos unen y nos unirán” (99). Quiroga le comenta a Glusberg sobre asuntos más pedestres pero que atañen a la profesionalización del escritor: “Las condiciones de colaboración con Crítica son cien pesos por artículo, crónica, variedades, etcétera. Por tres veces he solicitado confirmación de disponibilidad para mí, y estoy por hacerlo” (150). Quiroga le comenta a Martínez Estrada sobre su libro Radiografía de la Pampa que acababa de leer: “Infinidad de motivos hay en su obra para que ella confirme la estimación, el afecto y la admiración que tengo por su autor” (155).

En otras palabras, las cartas nos guían por el camino de constitución de una comunidad de pensamiento. Como señala Tarcus: “los escritores reflexionan sobre sus deseos de profesionalización, diseñan sus políticas culturales y tejen sus redes institucionales nacionales y continentales…”.11  Gran parte de lo que sería el mundo de las letras rioplatense se debe a la acción de dichos personajes, que fundaron tradiciones, usos y costumbres en la vida literaria y en el debate social.

Profesor y alumna, pero sobre todo, amantes
La correspondencia entre la filósofa política alemana de origen judío, Hannah Arendt, y el filósofo alemán, Martin Heidegger (para muchos, el más importante filósofo del siglo XX), nos muestra otro matiz en las relaciones personales que se traslucen por medio de las cartas.12  Es el intercambio epistolar entre maestro y alumna que devienen amantes.

La comunicación se inicia con una resignación cuando Heidegger le escribe a Arendt: “Todo debe ser llano y claro entre nosotros. Solo entonces seremos dignos de encontrarnos. El hecho de que usted llegara a ser alumna mía y yo, su maestro, es solo el origen de aquello que nos ocurrió” (13).Las misivas tienen como telón de fondo la guerra mundial y la ominosa persecución contra los judíos; y sobre ese escenario se va tejiendo su relación personal/epistolar.Recordemos algunos hechos. Arendt sufrió que el gobierno nacional-socialista le quitara la nacionalidad, en esa condición de apátrida estuvo hasta que en 1951 asumió la nacionalidad estadounidense. Por otra parte, Heidegger fue un militante del nazismo —a cuyo partido se afilió—, y lo hizo explícito en su discurso de 1933, cuando asumió el Rectorado de la Universidad de Friburgo.Por ello consternan las palabras que el autor de Ser y tiempo le escribe a su amante: “Los pueblos del mundo deben regalar primero su fuerza más propia a la intención infinita de la bondad salvadora para que la humanidad esté con dignidad histórica a la altura del destino del Ser y se salve allí” (76-77). Como Rector duraría poco, pues renunciaría al cargo muy pronto, y en 1945 sería destituido como profesor, recién en 1951 (el año que Arendt asumiera su nueva nacionalidad) se reincorporaría a sus labores docentes.

Es fácil imaginar la tensión que seguramente recorrió la relación entre Arendt y Heidegger bajo las circunstancias descritas. Quizás algo de ello explique por qué entre 1933 y 1950 no existe registro alguno de correspondencia que, en conjunto, se extendió 50 años.Por ello, Heidegger le reclama amorosamente: “Hannah, tenemos que recuperar un cuarto de siglo de nuestras vidas…” (77).

En otro momento, Arendt le hace cierto reproche a su profesor/amante acerca de la mala relación de este con los judíos, a lo que Heidegger se defiende respondiendo que solo se trata de calumnias: “Por lo demás soy hoy tan antisemita en cuestiones universitarias como lo era hace diez años y en Marburgo, donde incluso conté para este antisemitismo con el apoyo de Jacobsthal y Friedländer”. Es más, llega a sostener que esto no tiene nada que ver con las relaciones personales que sostiene con otros intelectuales judíos como, por ejemplo, Husserl, Misch, Cassirer y otros (invierno 32-33) (64).

Pero las cartas también revelan la emoción de los amantes por los encuentros amorosos: “Queda lo improvisto de la hermosa velada de ayer y de esta mañana Regocijante” (70), le escribe el filósofo que firma como “Tu Martín” a Arendt. Un aspecto llama la atención, y es que la esposa de Heidegger, Elfride, conocía los amoríos de su marido con la alumna. Más aun, propiciaba sus encuentros: “A mi mujer, que está al corriente de todo, le encantaría saludarla. Lamentablemente está impedida esta noche” (69). Con esa bendición, la culpa se amengua pero no desaparece: “Esta culpa quedará”, refrenda el filósofo (69). Por su parte, Arendt le escribe a la mujer de su amante: “Existe una culpa por taciturnidad que poco tiene que ver con la falta de confianza. En este sentido, creo yo, Martin y yo probablemente hemos pecado tanto el uno contra el otro como contra usted” (73). Y luego Heidegger: “Mi mujer te envía cordiales saludos, te agradece la carta y confía en una buena conversación” (77). Relación compleja, que a veces tendía a ser de tres.

Mujeres de letras en un campo intelectual masculino
Otra relación epistolar longeva fue la que sostuvieron dos mujeres formidables de nuestros países: Gabriela Mistral y Victoria Ocampo.13  Una, poeta chilena y Premio Nobel; la otra, animadora cultural argentina, directora de la revista más influyente de su país, Sur, que después sería también editorial. La lectura de su correspondencia permite reconstruir una mirada alternativa a la usual; es decir, dos mujeres como principios ordenadores dela cultura latinoamericana, un medio dominado por los hombres. Como señalan las editoras Elizabeth Horan y Doris Meyer: “A pesar de sus diferencias, tenían mucho en común. Tanto Gabriela Mistral como Victoria Ocampo fueron mujeres independientes. Aunque se movían en ambientes predominantemente masculinos, el ámbito privado de ambas era marcadamente femenino. Ambas se sentían orgullosas de su herencia vasca y tuvieron un acercamiento poco ortodoxo a la religión. Las dos eran físicamente imponentes, en sociedades que apreciaban la fragilidad de la mujer. Tanto en sus cartas como en sus charlas personales, manifestaron su predilección por los espacios abiertos y el mar. Dado que tuvieron vidas poco convencionales, fueron figuras controvertidas, víctimas de chismes y falsos rumores. Y para su mutua sorpresa y deleite, ambas habían nacido el mismo día, el 7 de abril, con un año de diferencia” (11). Mistral en 1889 y Ocampo en 1890.

Mujeres formidables he dicho, pero siempre mujeres, pues, aun cuando se llegaron a imponer con su inteligencia y personalidad, no se desprendieron de su sensibilidad femenina frente a temas como los niños, las parejas, los problemas sociales. Se pueden ver sus distintas formas de ser en este epistolario, y a pesar de ello mantener cuatro décadas su comunicación epistolar. Los años que abarca su correspondencia incluyen los años pos-revolucionarios de México, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Civil española, las dictaduras militares de nuestros países, pero también el otorgamiento del Premio Nobel para la poeta chilena y el reconocimiento de la brava mujer argentina como laprincipal animadora cultural y editorial de las letras de nuestros países. Leyendo sus cartas se obtiene un panorama de la biografía latinoamericana de esas décadas, y ellas son, qué duda cabe, actrices sustanciales de nuestra América. Basta con revisar los nombres que brotan entre sus líneas: Ciro Alegría, Alfonso Reyes, Adolfo Bioy Casares, Pablo Neruda…

Entre Mistral y Ocampo se formó un clima de respeto mutuo como personas y como mujeres de cultura. La poeta le escribe con cierta indignación, pero solidariamente: “Si yo creyese, con los mismo envidiositos, que su radio de influencia no es sino el de un grupo de señores snobs, no perdería mi tiempo escribiéndole” (45). Efectivamente, hubo un corrillo con ánimo descalificador contra Ocampo que decía que, por provenir de las clases altas, su labor editorial se circunscribía a su entorno social; en el fondo, no querían admitir estos “envidiositos” que una mujer pudiera tener la influencia que Ocampo obtuvo en el mundo de las letras (en cierta medida es una adelantada de Carmen Balcells). Por su parte, la intelectual argentina se siente incómoda por un hecho no menor: su escaso manejo del castellano, pues el haber vivido en Francia desde muy temprana edad hizo que adoptara ese idioma como propio, y que cuando escribiera en castellano lo sintiera como una (mala) traducción. Hay algunas cartas que Ocampo le dirige a Mistral que están escritas en francés. Es más, siente que su libro sobre Lawrence de Arabia “cayó en el vacío” precisamente por la traducción al castellano: “No sé y no sabré jamás escribir en español…” (145), exclama a su amiga y corresponsal, con cierta desesperación. Al final, el idioma no fue obstáculo alguno para ninguna de estas dos mujeres enriquecieran la herencia cultural de nuestros países.

Cartas y autobiografía
También hay cartas que contienen elementos autobiográficos de quien las escribe; de este modo, se convierten en plataforma alternativa frente a la siempre complicada tarea de hablar de sí mismo. Es lo que sucede con Walter Benjamin y su intercambio de cartas con Gretel Adorno, la esposa de Theodor W. Adorno.14

Benjamin tuvo una existencia trágica. De origen judío, perteneció a una familia burguesa alemana de dinero. Desde joven estuvo convencido de que su país necesitaba de una revolución cultural profunda. Pero pronto experimentaría de la marginación por su origen judío. La universidad también estuvo cerrada para él por su procedencia. No se adhirió al sionismo pero sí a cierto mesianismo. Se afincó en la idea de que la salvación de la humanidad depende de la salvación de la naturaleza. Fue un furibundo crítico de Hitler, e intentó conciliar el marxismo con el judaísmo. En los años treinta tuvo un primer intento de suicidio, se sentía fatigado, confesaría luego. Exiliado hasta el final de su vida, como forma de compensar el destierro se acercó a círculos intelectuales, fue entonces que conoció a los miembros que formaríanla Escuela de Frankfurt, entre ellos a Theodor W. Adorno. Viviendo en la Francia colaboracionista, tuvo que intentar la fuga hacia España, pero el grupo de judíos al que pertenecía fue interceptado por las fuerzas franquistas, ante la imposibilidad de huir y en su desesperación (imaginando seguramente lo que le depararía la vida en un campo de concentración), Benjamin se suicidaría, al parecer el 26 o el 27 de setiembre de 1940.Como en el caso dela correspondencia Arendt-Heidegger, el tema judío tiene una presencia fundamental y hasta dramática en las cartas de Benjamin y Gretel Adorno.

Benjamin escribe sobre literatura, amigos, libros, ideas, etcétera. Pero también de cosas sencillas y cotidianas: “Me levanto a las seis y media, a veces a las seis, y a las siete ya estoy sobre la pendiente de algún monte donde busco mi reposera escondida. Después, a las ocho, como cualquier aprendiz de albañil o picapedrero, destapo mi termo y comienzo a desayunar. Luego trabajo y leo hasta la una” (61). Por su parte, Gretel se muestra siempre solícita y comprensiva: “Trataré de alegrarte un poco, ¿lo conseguiré?” (217). Le pregunta por su salud, le cuenta de su esposo, Teddie, y sus planes, de los viajes en mente, de la mala suerte de los amigos. Y en medio, aunque no siempre, se menciona la guerra. En la última misiva (Londres, 19 de julio de 1940) escrita en francés, se nota a un Benjamin cansado: “Mi hermana, que ha sido liberada del campo [de Gurs], se encuentra aquí en un estado de salud bastante precario. Como es la primera vez, desde San Remo, que me encuentro en una zona montañosa, constato más que claramente cuán insuficiente se ha vuelto el trabajo de mi corazón. Es probable que las emociones de los últimos meses hayan contribuido a este estado de cosas. Y me creerás sin dificultad si te digo: una situación donde son posibles los cambios más bruscos de una hora a la otra te mantiene siempre en vilo” (451). No habrá otra comunicación más, a Francia solo llegaría la noticia del amigo que se quitó la vida.

Resulta curioso que Gretel sea Felizitas y Benjamin Detlef. Como ha señalado un crítico, es el gusto del escritor por los seudónimos. La explicación quizás se encuentre en la inclinación de Benjamin en darle un aire de misterio a su vida, o quizás porque su vida era un riesgo permanente y esconder su propia naturaleza era más que una opción lúdica. De cualquier modo, la escritura (en el fondo y en las formas) era su más íntimo refugio para dejar expresar libremente quién era en realidad.

Palabras y melodías
Theodor Adorno mantuvo, por su parte, una intensa correspondencia con el escritor alemán Thomas Mann.15

Adorno provenía de una familia judía acomodada de Frankfurt inclinada al comercio y a la música. Muy joven,se acercó a obras de importantes pensadores como Kant, Husserl, Lukács, y fue formulando su propuesta de la nueva música, inspirado en la obra de Schönberg. Cuando el nazismo tomó el poder en los años treinta, Adorno debió exiliarse, primero a Inglaterra y luego a Estados Unidos. Con Max Horkheimer dio a conocer su libro Dialéctica de la ilustración y luego, concluida la guerra, dieron nueva vida a la Escuela de Frankfurt de la Teoría crítica, de gran influencia en el pensamiento sociológico.Los planteamientos de Adorno inspiraron a los movimientos juveniles rebeldes de los años sesenta, aunque también generó rechazos por sus críticas a la acción sin reflexión crítica. De un ataque al corazón, dejó de existir en 1969.

Por su parte, Mann también pertenecía a una familia judía acomodada de Alemania. Ya desde fines del siglo XIX empezó su carrera literaria, luego de realizar estudios en diferentes disciplinas hasta que definió su vocación. Fue en Munich en donde daría forma a lo central de su obra literaria, que tendría como mejor expresión a su Doctor Faustus(1947). Ya había escrito Muerte en Venecia. Ideológicamente, Mann varió desde su inicial apoyoal nacionalismo alemán a la defensa de las libertades y la democracia, cambio de pensamiento que se expresa en su novela La montaña mágica. En 1929 obtuvo del Premio Nobel de Literatura. Hitler le significó el exilio, primero vivió en Suiza y luego en Estados Unidos, desde donde expectó la Segunda Guerra Mundial. Finalmente, moriría en 1955.

Con tales procesos personales, era natural que en las cartas cruzadas entre Adorno y Mannse fusionaran sus reflexiones sobre música y literatura, para luego ingresar a las complejidades de la creación artística y la estética. En efecto, Mann decidió dirigirse por primera vez a Adorno luego de leer el estudio de este titulado “Schönberg y el progreso”, de 1943. “Necesito intimidad musical y detalles característicos y solo a través de un conocedor tan sorprendente como usted puedo conseguirlo” (10), solicitacon humildad el escritor. Después amplía su argumento: “De hecho, usted me dio a mí, de quien la formación musical apenas va más allá del romanticismo tardío, noción de la música más moderna, que yo necesitaba para este libro, que, entre otras cosas, además de muchos otros elementos, tenía como objeto la situación del arte” (23). En algún momento, incluso, Adorno llegaría a poner notas musicales a la obra de Mann, Doctor Faustus. Y también reflexionaría con su amigo: “Pregunto meramente, por cierto, a causa de mi apasionado afán de que en una esfera tan decisiva, como es la de liberarse del hechizo de la fantasmagoría burguesa, la obra de arte haga efectivo aquello contra lo cual la filosofía, hasta hoy, no ha hecho más que darse de cabeza” (65). Y en otra oportunidad escribiría: “¿Quién, se podría preguntar, sino usted, que ha utilizado toda la madurez y responsabilidad, permaneció fiel a la utopía juvenil, al sueño de un mundo no desfigurado por los fines?” (18). En otro momento, Mann aludiría a la vida del exiliado: “Nosotros, en la lejanía que se ha vuelto casi patria, vivimos después de todo en el lugar equivocado, lo cual transmite a nuestra existencia algo de inmoral” (59). A lo que Adorno respondería: “En primer lugar, además del deseo de salud, se encuentra el de que usted sufra lo menos posible por el trauma alemán y lo transforme en lo que llamo ‘desgracia sin alma’; es decir, en algo opuesto de manera objetiva y a lo cual se le arrancó el aguijón de la experiencia personal” (64). Así, entre disquisiciones de alto vuelo sobre el arte, se fue construyendo unaauténtica amistad. Por ello, cuando Mann murió dejó sin palabras a Adorno, quien le enviaría a la viuda, Katia, la confesión: “No estoy en condiciones de decir nada… el  golpe me ha paralizado” (158).

Cartas atravesadas por delirios: Artaud y Pizarnik
Así como hay relaciones epistolares rebosantes de inteligencia y plenitud, hay otras que trasuntan la oscuridad y la desesperación. Podemos citar los casos de Antonin Artaud16  y Alejandra Pizarnik,17  poetas (francés y argentina de origen judío, respectivamente) que establecieron comunicación epistolar con sus respectivos médicos.

Artaud tuvo un carácter difícil e irritable a consecuencia de la meningitis que lo atacó cuando solo tenía cuatro años de edad. A partir de entonces no lo dejaría la sensación de paranoia y el dolor físico, con graves ataques depresivos. Producto de estos síntomas pasaría años internados en sanatorios en El Havre, Villejuif y Rodez, entre 1937 y 1946, cuando sus amigos lograron sacarlo del sanatorio luego de enterarse que el tratamiento de electroshock lo estaba minando sin remedio. Luego, Artaud acusaría que los médicos que afirman curar solo son envidiosos del talento del artista (lo dice con respecto a Van Gogh, pero con toda seguridad está pensando en él mismo). Se acercó al surrealismo de André Bretón y luego formaría lo que se denominó Teatro de la crueldad, basado en generar impactos violentos en el espectador, rechazando tajantemente “los refugios de la miseria humana”, es decir, la fe y el arte. En México —1936— convive con los Tarahumaras y experimenta con el Peyote. En 1949 moriría víctima del cáncer.

Todos los sufrimientos de Artaud aparecen sin reticencias en las cartas que le escribe al doctor Frediére, médico-jefe del manicomio de Rodez entre los años 1943 y 1946. En ellas le habla de demonios pero también de Jesucristo, del bien y del mal, de pensadores, y se manifiesta muy preocupado de su aseo personal y lo atiborra de pedidos patéticos (“…un poquito más de alimento si no es pedirle demasiado”). Dios está presente (“…siempre me ha parecido imposible que Dios sea la causa del mundo que vemos”) y también su ruegodesesperado porque cese el tratamiento por electroshock del que era objeto. Dice que solo necesita un trabajo para ser útil y su recuperación será completa: “Tratarme como delirante es negar el valor poético del sufrimiento” (103).

El tono de las cartas de Pizarnik a su psicoanalista, León Ostrov, durante once años, de 1955 a 1966), tienen otro carácter y circunstancias. La poeta no está internada en un manicomio pero vive presa de sus temores, aunque escriba desde Europa, especialmente desde París. Si alguna obsesión atraviesa sus cartas es la de la muerte, su propia muerte. La primera línea de su primera carta lo dice todo acerca de su estado de ánimo y mental: “Todavía me contemplo, asombrada de estar viva” (33). Dentro de la desesperación de su situación psicológica, Pizarnik mantiene la belleza de la escritura, utilizando imágenes y giros lingüísticos que por momentosevocan su propia poesía, en las que aparecen constantemente la muerte y el miedo; el miedo a la muerte:

EL MIEDO

En el eco de mis muertes
aún hay miedo.
¿Sabes tú del miedo?
Sé del miedo cuando digo mi nombre.
Es el miedo,
el miedo con sombrero negro
escondiendo ratas en mi sangre,
o el miedo con labios muertos
bebiendo mis deseos.
Sí. En el eco de mis muertes
aún hay miedo.

Mientras discurren sus aprensiones aparece la vida literaria en París y las amistades que va afianzando con escritores como Octavio Paz, Margarita Durás o Julio Cortázar, por ejemplo, así como sus propios logros, como cuando comienzan a aparecer las entrevistas que realiza a personajes de la cultura o cuando sus poesías son publicadas en revistas importantes. Leer las cartas de Pizarnik producirían placer estético si no estuvieran sumergidas en las inclinaciones tanáticas de la autora, mejor dicho, producen placer a pesar de tales inclinaciones. Su última carta se cierra así: “Entonces, es cierto que la muerte es una iniciación en el verdadero país de la infancia” (92). Finalmente, Pizarnik se suicidaría el 25 de setiembre de 1972, con barbitúricos, con 36 años de edad a cuestas.

Tanto en el caso de Artaud como en el Pizarnik sus correspondencias están signadas por una relación jerárquica, quiéranlo o no. Sea con el médico-jefe o con el psicoanalista saben que están frente a una autoridad que puede influir en sus vidas y decisiones, más allá de que ellos sean destacados poetas, figuras de las letras. Por ello, es recurrente leer en sus cartas pedidos, solicitudes o consejos. Este tipo de epistolario siendo en general privadolas características de paciente-médico le confieren un grado mayor de privacidad o de confidencialidad si se quiere, lo que no significa—por el contrario, magnifica—, su utilidad para conocer las personalidades de susautores desde sus pliegues más escondidos.

Literatura, amor y desarraigo
Una importante estudiosa de la obra de Heideggerfue la poeta austriaca Ingeborg Bachmann, quien mantuvo un romance con el poeta alemán más importante del siglo XX: Paul Celan.18

Celan (anagrama de su verdadero apellido: Ancel) es un judío asquenazí que nació en Czernowitz cuando pertenecía a Rumanía (luego sería anexada a la Unión Soviética) y hoy es parte de Ucrania.Ya joven se adhirió al socialismo y apoyaría a la República en la Guerra Civil española de los años treinta. Cuando los nacionalsocialistas tomaron su lugar de origen mientras estaba estudiando en la universidadfue recluido en un campo de trabajo (sus padres murieron en campos de concentración) en Moldavia. En 1944 sería liberado. Cuatro años más tarde se iría a Francia y asumiría esa nacionalidad. Luego se casaría con la pintora Gisèle Celan-Lestrange. Celan fue admirador de Heidegger pero crítico de su pasado nazi, y siempre esperó, sin resultados, el arrepentimiento del filósofo, aun así mantuvieron cierta relación cuando este vivía en una cabaña en la Selva Negra. Hacia 1962 Celan empezaría a sufrir delirios que se harían cada vez más agudos, incluso intentaría asesinar a su mujer. Sus crisis se hicieron más profundas cuando la viuda del poeta Yvan Goll lo acusó de plagio. Ante su gravedad fue internado en un sanatorio mental, desde allí se escribiría con su mujer y su hijo, Eric. Finalmente, su débil estructura psicológica no resistiría más y se suicidaría en el río Sena en la noche del 19 y 20 de abril de 1970.

Bachmann fue también filósofa y se interesó en la obra de Heidegger sobre quien trató su tesis doctoral. Perteneció al Grupo 47, al que también asistía Celan, y que tenía por misión liberar a los hombres de la palabra nazi y comenzar a escribir el nuevo mundo. Bachmann agregó el ingrediente femenino, un nuevo mundo implicaba respetar a las mujeres su lugar en él. Entre 1958 y 1963 se comprometió sentimentalmente con el escritor suizo Max Frisch, lo que hacía más compleja su relación con Celan. Literariamente, obtuvo importantes premios, aunque su marcado feminismo la apartó de un sector importante de sus lectores. Bachmann tuvo una trágica muerte al incendiarse el hospital donde estaba internada, el 17 de octubre de 1973.

En la relación epistolar entre Celan y Bachmann el origen judío de aquel tendría una importancia clave —como en otros casos que ya hemos visto—. El contacto comenzó por la poesía y se fue expandiendo al terreno sentimental. Mientras ella le reclama siempre que le escriba, él va generando su crisis personal que lo llevaría al suicidio. Pero siempre, a pesar de todo, la poesía está omnipresente, como preocupación intelectual y artística, pero también como forma de entender el mundo. En medio están los acuerdos para encontrarse secretamente, y aunque el intercambio se inició en 1948, es decir, después de la guerra, se trata igualmente de años difíciles, de recomposición europea, del nacimiento del Estado de Israel, y de la Guerra Fría. “Tiempos agitados, Ingeborg. Tiempos agitados, ominosos” (106). Mientras que ella no augura tampoco nada bueno: “Pero estoy triste y alejada de todo, dondequiera que esté. Empiezo a trabajar y no quiero pensar en nada que no sea el trabajo, no quiero alzar la vista. A veces creo que habrá guerra, todas las noticias y declaraciones dejan entrever el mal y la demencia como nunca antes” (106).La correspondencia se interrumpiría en 1967, es decir, tres años antes de la muerte del poeta alemán.

El mismo Celan mantendría correspondencia con otra poeta, Nelly Sachs, también agobiada por trastornos mentales,19  y de origen judío. Junto a su madre, logró huir a Estocolmo en 1940, cuando ya arreciaba el vendaval nazi. En dicha capital viviría hasta el final de sus días, cuando se suicida el 12 de mayo de 1970, un mes después de la muerte de Celan, y probablemente acicateada por ello. Cuatro años antes había obtenido el Premio Nobel de Literatura que compartió con el novelista hebreo Shemuel Joseph Agnon. Su poesía está cargada, como no podía ser de otro modo, por la experiencia de la persecución contra los judíos, con el consecuente exilio y el desarraigo emocional.

El vivir fuera de su país aúna a ambos poetas. Sachs se encuentra sola y frágil y busca en Celan,20  en la esposa este y hasta en el hijo de ambos, la comprensión y el apoyo emocional del que carece y necesita con angustia. Sus problemas la colocan siempre al borde del suicidio hasta que sucumbe. En esta correspondencia (1954-1969), como en otras, se expresa la creatividad poética, pues en varias misivas los corresponsales se envían como primicia poemas inéditos o, más aun, primeras versiones de versos que luego saldrían publicados en revistas especializadas europeas.

Literatura, o mejor, creación literaria, producida sobre un terreno incierto e innoble, pero que aun así no pierde su belleza; y también relaciones personales marcadas por la desesperación, el desarraigo y el sufrimiento.

Correspondencia personal para el público en general
Las cartas cruzadas entre Paul Auster y John M. Coetzee tienen una peculiaridad: están pensadas para ser publicadas y leídas por otras personas que no sean ellas, por el público en general.21  Es más, Coetzee le propuso  sacarse “chispas el uno al otro”. Se trata de misivas recientes, pues se conocieron personalmente en 2008 y desde ese año hasta 2011 intercambiaron opiniones sobre muchos temas. Pero antes fijémonos que se tratan de cartas en papel y enviadas por correo postal o a veces vía fax, es decir, no son comunicaciones que pudieron legítimamente ser escritas y enviadas por internet. Hay un claro proyecto de hacer de su correspondencia personal un hecho público. En efecto, quien lee estas cartas puede tener la impresión de estar frente a artículos o pequeños ensayos. Así, discurren por las páginas profundas disquisiciones sobre el deporte, el cine, la amistad, la crítica literaria, el incesto, el idioma, la ética y la estética, entre otros temas. Uno como lector, tiene la sensación que esas cartas han sido escritas para uno y secundariamente para su corresponsal directo. El lector en este caso no aparece como espía sino como un invitado natural.

Auster nació en Nueva Jersey, en una familia judía de raíces polacas. La literatura, el cine y el béisbol serán sus grandes aficiones. Su labor periodística es intensa, pues debe trabajar para vivir. En Francia trabaja en un petrolero y simultáneamente hace traducciones de autores como Sartre, Mallarmé y Simenon. Desde los años ochenta escribiría libros importantes como Leviatán, que obtendría el Premio Médicis. Luego, en 2006 recibiría el prestigioso Premio Príncipe de Asturias. Por su parte, Coetzee nació en Ciudad del Cabo, pero en los años sesenta se traslada a Estados Unidos, donde trabajó de programador informático y profesor de Lengua y Literatura, así como inició su carrera de escritor. A mediados de los años ochenta regresó a Sudáfrica para dictar clases en la Universidad de Ciudad de El Cabo, hasta su retiro, año 2002. Al año siguiente recibió el Premio Nobel de Literatura. En 2006 le fue otorgada la nacionalidad australiana, aunque sus raíces sudafricanas no han sido olvidadas en sus obras.

En tanto escritores, uno de sus temas predilectos de reflexión tenía que ser el idioma. Es muy rica la reflexión sobre la lengua materna que realiza Auster: “…si de pequeño hablabas inglés en casa, entonces tu lengua materna es el inglés” (178). Además: “Uno está imbuido de su propia lengua, la percepción del mundo se halla tan profundamente moldeada por el idioma que uno habla, que a cualquiera que no hable como uno se le considera un bárbaro…” (77). Como interesantes son los pensamientos de Coetzee sobre el deporte: “El deporte nos enseña más sobre la derrota que sobre la victoria, simplemente porque somos mayoría los que no ganamos. Lo que nos enseña por encima de todo es que perder no es malo. Perder no es lo peor que hay en el mundo, puesto que en los deportes, a diferencia de en la guerra, el ganador no degüella al perdedor” (174). Y de su forma de mirar el deporte y la vida pasa al tema de la paz tomando el conflicto palestino/israelí: “Me gustaría ver a los israelíes y a los palestinos jugar al fútbol entre ellos una vez al mes, con árbitros neutrales. Así los palestinos tendrían la oportunidad de aprender que pueden perder sin perderlo todo (siempre les queda el partido del mes siguiente), mientras que los israelíes podrían aprender que no pasa nada aunque pierdan contra los palestinos” (175).

Finalmente, entre intelectuales de esta magnitud no podía estar ausente la reflexión sobre la vida cultural contemporánea. Descorazonado, Coetzee evalúa el papel de las artes en la actualidad en un diagnóstico que nos recuerda al de Mario Vargas Llosa en su ensayo La civilización del espectáculo: “Me da la impresión de que a finales de los setenta o principios de los ochenta pasó algo que provocó que las artes perdieran su papel protagonista de nuestra vida interior. Estoy más que dispuesto a dar crédito a los diagnósticos de lo que pasó entre entonces y ahora que aluden a la política, la economía o la historia mundial. Sin embargo, me da la sensación de que ni escritores ni artistas consiguieron en general salir airosos del desafío que sufrió su rol protagonista, y que ese fracaso nos ha hecho a todos más pobres” (107).Auster le responde con un poco más de optimismo: “Mi único consuelo es que el arte sigue avanzando. Es una insaciable necesidad humana, y aun en estos tiempos sombríos, hay una innumerable cantidad de buenos escritores y artistas, y aunque el público que atiende a su obra se haya reducido, todavía hay bastante gente interesada en el arte y la literatura para que la empresa merezca la pena” (109).

En este conjunto de cartas, Auster y Coetzee obvian todo elemento que podría ser visto como infidencia y chisme, por el contrario, se trata de cartas perfectamente escritas y pensadas, quizás no en su interlocutor/corresponsal, sino en nosotros, los lectores, quienes terminamos gozando con un intercambio muy elevado de ideas, aunque por momentos aparezca algo disforzado.

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Aun al azar, en las correspondencias revisadas aparecen ciertas referencias constantes que he tratado de hacer evidente a medida que avanzaba en mi exposición. Una de ellas es el origen judío de varios de los intelectuales considerados: Spinoza, Glusberg, Arendt, Celan, Sachs, Benjamin, Adorno, Mann, Pizarnik, Auster. La herencia que llevan sobre sus espaldas es un pasado que se vuelve presente y no necesariamente con su mejor rostro. Si no que se reencarna en el hoy de manera angustiante, produciendo dolor y desasosiego, básicamente debido a prejuicios y estigmatizaciones sobre esa colectividad y sobre cada uno de sus integrantes. Esta realidad impacta de diversas maneras sobre los sujetos, en sus maneras de entenderse y de buscar un lugar en el mundo, pues una de las carencias espirituales más profundas es la del desarraigo, el de sentir que se vive en un lugar que no es el propio, como inquilinos en predio ajeno. Este desgarro afecta la subjetividad de los intelectuales que hemos visto a tal grado que algunos de ellos se verían impelidos a dar fin a sus vidas. El llamado “tema judío” resulta así no solo un problema general de un Estado o de un pueblo, sino que se hace carne en individuos específicos. Esta atmósfera de desasosiego es tan fuerte que envuelve aun aquellos (los corresponsales y amigos) que no son judíos, pero que son parte de una red construida en gran medida precisamente por las circunstancias adversas.

Por otro lado, la presencia de las ideas, de la literatura, de la cultura escrita en general, es abrumadora. Y no podía ser de otra manera, pues de intelectuales se trata. Las digresiones sobre los distintos aspectos de la cultura escrita preceden o acompañan a la presentación/exposición de los intelectuales como individuos. Escritores y sujetos, personajes y personas, autores públicos y seres privados, pueden ser conocidos por medio de sus cartas desde el otro lado que sus obras no necesariamente permiten vislumbrar. Lo privado y lo público emergen como una unidad que da un sentido pleno a lo ofrecido al público y lo reservado a la esfera privada. Seres humanos portadores de las pasiones y sentimientos comunes que los ponen a la altura de la humanidad a la que buscaron (buscan) no solo explicar sino también representar, aunque en el camino hacia ese propósito se encuentren con sus propias limitaciones.

Notas
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1 Mercedes Arriaga Flórez, “Epistolarios en Italia: un punto de vista teórico sobre un género femenino”, http://www.escritorasyescrituras.com/cv/epistolarios.pdf. Consulta: 1 de enero de 2013
2 Philippe Lejeune, El pacto autobiografico y otros estudios, Megazul, Málaga, 1994
3 Leonor Arfuch, El espacio biográfico. Dilemas de la subjetividad contemporánea, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2002
4 Philippe Artières y Dominique Kalifa, “El historiador y los archivos personales: paso a paso”, en Políticas de la Memoria núm. 13, Verano 2012/13.
5 Otro tipo de correspondencia es la política. Véase, por ejemplo, Susan Butler (editora), Querido Mr. Stalin. La correspondencia entre Roosevelt y Stalin, Paidós, Barcelona, 2007 1941-1945
6 Otra cosa son los diarios de viajes o de campaña, por ejemplo, por medio de los cuales el autor informa o expone sus impresiones. También están destinados, por lo general, a la puesta en circulación en el mercado.
7 Razones editoriales también nos ofrecen panoramas amplios o completos de las correspondencias personales. Por ejemplo, véase Charles Baudelaire, Correspondencia general, Paradiso, Buenos Aires, 2005, o Arthur Rimbaud, Cartas de Adén y Harar, José J. de Olañeta, Editor, Barcelona, 2010.
8 Las cartas del mal. Correspondencia Spinoza-Blijenbergh, Caja Negra, Buenos Aires, 2006
9 La explicación filosófica de esta correspondencia se puede encontrar en el comentario de Gilles Deleuze incluido en el mismo volumen.
10 Lugones nació en 1874, Quiroga en 1878, Martínez Estrada en 1895, y Franco y Glusberg en 1898.
11 Horacio Tarcus (editor), Cartas de una hermandad. Leopoldo Lugones, Horacio Quiroga, Ezequiel Martínez Estrada, Luis Franco, Samuel Glusberg, Emecé, Buenos Aires, 2009, pág. 19
12 Hannah Arendt/Martin Heidegger, Correspondencia, 1925-1975, Herder, Barcelona, 2000
13 Gabriela Mistral/Victoria Ocampo, Esta América nuestra. Correspondencia, 1926-1956, El cuenco de plata, Buenos Aires, 2007
14 Gretel Adorno/Walter Benjamin, Correspondencia, 1930-1940, Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires, 2011
15 Theodor W. Adorno/Thomas Mann, Correspondencia, 1943-1955, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2006
16 Antonin Artaud, Cartas desde Rodez, 1943-1946. Textos inéditos, Volumen 3 Editorial Fundamentos, Madrid, 1980
17 Andrea Ostrov (editora), Alejandra Pizarnik/León Ostrov: Cartas, Editorial Universitaria Villa María (Eduvim), Córdoba, 2012
18 Ingeborg Bachmann/Paul Celan, Tiempo del corazón. Correspondencia, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2012
19 Paul Celan/Nelly Sachs, Correspondencia, Editorial Trotta, 2007
20 Este es un buen ejemplo del tono de la escritura de Sachs: “Querido poeta y querido ser humano Paul Celan,Su carta me ha dado de nuevo tanta alegría. Pero, porfavor, llámeme pormi nombre; me parece que ya que se ha dado el milagro de haber hallado aun ser humano a través de tanta lejanía, esto tendría que celebrarse en unencuentro, sin rodeos, con lo esencial”, op. cit., pág. 118.
21 Paul Auster/J. M. Coetzee, Aquí y ahora. Cartas, 2008-2011, Anagrama & Mondadori, Buenos Aires, 2012

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