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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Rodolfo Hinostroza
Poeta cósmico

Por Ghiovani Hinojosa
Fuente: La República, Lima 12/08/012
http://www.larepublica.pe/12-08-2012/poeta-cosmico

Es una de las voces más importantes de la generación del sesenta, y acaba de publicar Pararrayos de Dios. Crónicas de poetas (Tribal, 2012), una compilación de artículos sobre escritores peruanos como Juan Gonzalo Rose, Javier Heraud y Jorge Eduardo Eielson. Aquí una semblanza de sus primeros años de vida y de su afición misteriosa por los astros. Pocos recuerdan ahora que publicó uno de los tratados de astrología más consultados de la lengua castellana. O que cuando estuvo en Cuba, en los años sesenta, intentaron adiestrarlo en los quehaceres bizarros de las guerrillas marxistas. El poeta pasea ahora por su pasado con admirable lucidez.

 Rodolfo Hinostroza se convenció a los 14 años de que su padre no era un miserable. Estaba frente a un cofre viejo en su casa de Huaraz. Había descubierto, entre algunos libros amarillentos, una colección antigua de la revista Folklore. Su progenitor había publicado allí unos cuantos poemas indigenistas. El adolescente examinó el hallazgo con atención. Qué lindo escribía el viejo. El poema que más le gustó fue “Elegía a la muerte de la Engracia”, que, según supo después, fue escrito de un tirón. Se enteró, además, de que don Octavio Hinostroza era un dramaturgo elogiado por la prensa. Baste decir que elaboró el guión de una de las primeras películas peruanas, El Guapo del pueblo, en 1938. No era justa entonces la manera como se refería a él la familia de su madre: “el viejo vago de tu padre”, “el viejo inútil de tu padre”, “el viejo de porquería de tu padre”. Octavio y Gloria Clausen se habían separado cinco años atrás según parece debido a los celos enfermizos de él: ella era una hermosa jovencita de ascendencia danesa que atraía la mirada de cualquier hombre. Además, a ambos los separaban considerables 24 años. El pequeño Rodolfo, que se fue a vivir con su madre, oía en casa tantos insultos hacia su padre que terminó creyendo que él no era un buen ejemplo. Se avergonzó de su progenitor y del terno avejentado con que lo iba a visitar a veces. Prometió que de grande sería ingeniero o químico, pero nunca poeta como él. Pensaba como piensan todos los niños del mundo: evitar el dolor de quien los cría. Pero aquel día en Huaraz, con el redescubrimiento artístico de su padre, Rodolfo Hinostroza trazó el derrotero de su propia vida.

 En realidad, la poesía acechó la existencia de Rodolfo desde que nació, un buen día de octubre de 1941. Su madre, que disfrutaba del arte de pergeñar versos (ahora se entiende por qué se casó con Octavio), le escribió la siguiente ternura: Manzanita juguetona/ Travieso melocotón/ Azucena reventona/ Hombrecito! Corazón! En casa, el nicaragüense Rubén Darío ya era una deidad mayor, el “padre y maestro mágico” que orientaba a todos los fabricantes de frases memorables. El pequeño creció con los versos del modernista acariciándoles las orejas. Pero los primeros autores que Rodolfo leyó con plena consciencia fueron aquellos que le dio, años más tarde, Demetrio Quiroz-Malca, el segundo esposo de mamá Gloria. Quien en la práctica venía a ser su padrastro ganó el Premio Nacional de Poesía en 1955, así que sabía bastante del buen decir. Algunos de los libros que le recomendó devorar son La metamorfosis, de Franz Kafka; Bartleby, de Herman Melville; De qué vive el hombre, de León Tolstoi; y El extranjero, de Alberto Camus. El adolescente Hinostroza no solo devino en un lector compulsivo, sino también en un escritor fervoroso.

 Empezó a tantear sus primeros cuentos, que agrupó bajo el título lúgubre de Fosa común. Cuando le entregó con timidez este conjunto a Quiroz-Malca, su mentor se quedó gratamente impresionado de su prosa y especialmente del relato denominado “El noveno tranvía”. Le prometió al menor darle una copia de este cuento a su amigo Manuel Jesús Orbegozo, jefe del suplemento dominical del diario La Crónica. Y así lo hizo. El relato fue publicado el 29 de junio de 1958, con lo que empezó oficialmente la carrera literaria de ese chiquillo desgarbado y sensible que era Rodolfo. Tenía 17 años y estudiaba en el horario nocturno del colegio Nuestra Señora de Guadalupe. Por entonces pasaba buena parte del día oyendo zarzuelas y óperas en el tocadiscos de sus vecinos, los Tong, y volvía a casa, tras la escuela, a eso de las once de la noche. A esa hora encontraba a su madre tomándose un trago con Demetrio. Entonces, los tres se ponían a discutir acerca de algún autor o libro que todos habían leído. Normalmente había dos posiciones en pugna: la del padrastro y Rodolfo Hinostroza, y la de Gloria Clausen. La madre, en medio del fragor de la discusión, los acusaba de aliarse en su contra solo por ser varones. Y pasaba a tratarlos con ironía, con distancia, con sarcasmo hiriente. “Era una aguerrida Aries, no le gustaba perder y cuando se veía acorralada nos botaba de la casa, y terminábamos Demetrio y yo en algún bar de mala muerte chupando con cualquier parroquiano, a las 4:00 de la mañana”, escribiría Rodolfo años más tarde en sus memorias.

 Lo cierto es que tanto en esta bohemia tempranera como en la que vivió después con los poetas César Calvo y Juan Gonzalo Rose en la Universidad San Marcos, Hinostroza intentaba ahogar las penas que le generó la separación de sus padres. De hecho, a los 25 años empezó a ser psicoanalizado por  Max Hernández. Las sesiones de introspección, en las que según sus propias palabras “me restauraron el alma”, duraron unos siete años.
 
Del verso a la astrología

 –La poesía es hablar de tú a tú con Dios, dice Rodolfo Hinostroza acariciando el lomo de su gato Isis. Estamos en su departamento, en el undécimo piso de un edificio en Magdalena del Mar. El poeta tiene la voz extremadamente rasposa y fluctuante, como si su garganta se quejara de algo, como si quisiera alegar algo. Rodolfo está despanzurrado sobre su sofá, con las piernas volcadas hacia su mesita de noche. Tiene aire de transgresor, de sujeto que rompe las reglas y crea en compensación las suyas propias. Por ejemplo, en Contra natura, su segundo poemario (el primero es Consejero del lobo, publicado en 1965), abundan los poemas con figuras geométricas, signos matemáticos y señales astrológicas. Este libro obtuvo el premio Maldoror en Barcelona en 1970, con un jurado liderado por el mexicano Octavio Paz. “La poesía debe abarcarlo todo”, añade trayéndose al pecho a Isis. Para él la poesía es cualquier cosa que exuda belleza: un cuadro, un comportamiento, una frase. Le encanta, por eso, la manera irónica como el vate Jorge Eduardo Eielson ha denominado su propia producción en verso: “poesía escrita”.
 
¿Cuáles son esas otras poesías, las no escritas, en el caso de Rodolfo Hinostroza? Tal vez la principal sea la astrología, esa disciplina misteriosa encargada de estudiar la relación entre los astros y el devenir de las personas. Tanto la astrología como la poesía escrita tienen una inquietud motora: el amor. La una se afana en anticipar el tipo de romance que vendrá, mientras que la otra celebra o lamenta el flechazo recibido.

 Rodolfo descubrió la astrología un día de 1968, cuando se topó en los Campos Elíseos con una computadora gigante capaz de describir tu personalidad a partir de tu signo zodiacal y otros datos personales. Le fascinó tanto esta máquina que terminó investigando a fondo este tema y escribiendo el célebre tratado El sistema astrológico. Teoría y Práctica (1971), que vendió cerca de 120 mil ejemplares.

 El caso demuestra la naturaleza libérrima de Hinostroza. Por eso mismo tampoco le tocó los nervios la prédica comunista de la Cuba que visitó a mediados de los sesenta. La poesía social no le entraba ni con golpes. Lo suyo era moldear a pulso su propio cosmos poético, sin comprometerse con ideas políticas que lo condicionaran. En el proceso, extasiaba sus sentidos con lecturas desbordantes, comida celestial y harto trago. La ebriedad era, antes que nada, un estado de deslumbramiento. En el poema titulado “Al fatigado”, Rodolfo llega a decir: El que está sobrio y permanece fiel a sus medidas/ Contra el ocio y los sucesos feos como pinzas de cangrejo, / Hoy ha encontrado que no sabe nada. Su sinceridad lacerante, corrosiva, ha marcado el curso de su poesía. De él no se esperan largas cavilaciones, sino palabras ametralladas, casi vomitadas. De hecho, ha escrito algunos de sus mejores poemas de un tirón.
 
“Los bajos fondos”

 Estoy por el cuchillo. Yo, que me acostaba limpiamente, Que en las pequeñas tentativas Huía como el búho en el lomo del día, reconozco Finalmente la fuerza de mis inclinaciones. En la vecindad de la liturgia más simple La de las costumbres familiares Me sorprendo excitado y compito con los perros dobermanos En la furia de los desgarramientos.

 (Un templo un templo guarda todavía mis ropas de monaguillo y mis salmos de albahaca detenidos en las salutaciones. Guarda la vergüenza de la ropa sucia y del pecado de no llevar corbata. Y sobre todo guarda a un Cristo, ladrón con la derecha y también con la izquierda, dulcísimo robador de los sexos y de las alcancías.)
 
Vuelvo por el cuchillo.
Fragmento de la parte II del poema, del libro Consejero del Lobo (1965).

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