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César Vallejo
César Vallejo: Poeta de la situación límite de la condición humana

Por Gustavo Flores Quelopana
Fuente: Librosperuanos.com
Lima, julio 2012

El hombre es mortal por sus temores e inmortal por sus deseos.
Pitágoras


Sobre la poética de Vallejo se han dado las siguientes interpretaciones:
1.    Poeta metafísico (J. Carlos Mariátegui, Orrego, Juan Larrea)
2.    Poeta del mestizaje americano (André Coyné)
3.    Poeta de la solidaridad humana (Luis Monguio)
4.    Poeta del dolor humano (Alcides Spelucín, Armando Bazán)
5.    Poeta de lo trascendente (Américo Ferrari)
6.    Poeta cristiano (Xavier Abril)
7.    Poeta cristiano y metafísico (Enrique Chirinos Soto)
8.    Poeta de la absurdidad de la existencia humana (James Higgins)
9.    Poeta revolucionario (Luis Hernán Ramírez)

Yo creo que todas estas interpretaciones están justificadas por tan eminentes autores y estudios, sin embargo, como los rayos de la aurora que anuncian la luz del día,  todos ellos contribuyen a tener una imagen más cabal del gran vate de Santiago de Chuco. Esta imagen más integral y aparentemente nueva debe dar cuenta de todas las anteriores pero sin pretensiones eclécticas deberá proponer una interpretación más básica y fundamental.

Esta nueva interpretación es la siguiente. Quienquiera se aproxime a Vallejo se dará con la convicción central que el tema básico del poeta peruano es la situación límite de la condición humana. En otras palabras, si Vallejo es un poeta metafísico, cristiano y existencial no es por su interés en la metafísica, en la teología o en la existencia, sino porque es un poeta de la situación límite de la condición humana. Esta nota característica de su estro lírico se mantiene tanto en su juvenil romanticismo tardío, su paso al modernismo y su arribo al vanguardismo. El soneto romántico endecasílabo cederá su lugar primero a las metáforas modernistas y luego al versolibrismo vanguardista, aunque no siempre, para acoger el habla popular, la exclamación, el epíteto, pero la temática de fondo será la misma, a saber, la situación límite de la condición humana.

Pero qué es la situación límite de la condición humana. Se ha escrito sobre la condición humana en términos de activismo (Hannah Arendt), sobre la condición obrera (Simone Weil), la condición postmoderna (Lyotard), la conciencia mistificada (Henri Lefebvre), etc., pero comprender la condición humana implica algo más fundamental que las abarque a todas, porque involucra dar cuenta de la situación del hombre no sólo en un determinado periodo histórico, sino de la estructura fundamental que está presente en todas las etapas de su historia. Esto es, comprende una teoría de las necesidades del hombre, de su fin y destino. En una palabra, envuelve toda una teoría del hombre.

Un poeta no elabora sobre su emoción teorías, sino que intuye verdades expresadas en metáforas. Y en este sentido en Vallejo no hay una teoría de la condición humana, y menos de su situación límite, lo que hay es una profunda intuición de la situación límite de la condición humana.

Y en qué consiste dicha situación límite de la condición humana. Según Karl Jaspers la situación límite permite una aprehensión del existir en una forma más radical que el examen del mundo. Se trata de una dilucidación de la existencia no de carácter objetiva o psicológica sino de índole metafísica. Es un camino que desbroza la vía hacia lo trascendente a partir de los modos en que la existencia se consagra a buscar las diversas formas del ser. Desde este punto de vista todo ser que no sea trascendencia aparece como insuficiente, aunque radicado en la historia. La muerte, la culpa, lo relativo, el azar, el sufrimiento, lo fáctico, la historicidad, todo aquello que el hombre no puede cambiar y escapa de su control son situaciones límite.

Para Heidegger la situación límite coloca al hombre ante su propia condición finita, como la angustia ante la muerte y su forma se existir auténtica. Para Frankl es la toma de postura o la búsqueda de sentido ante lo inevitable. En Gadamer la hermenéutica de la facticidad comienza preguntándose por las situaciones límite. La teología dialéctica de Karl Barth volvió a problematizar la situación límite como el escenario en que no basta escuchar a Jesucristo hay que contemplarlo. Paulo Freire la utiliza en su pedagogía ubicándola en la situación límite del oprimido. En suma, una situación límite no sólo es la situación para conocer el dolor sino también para saber de la felicidad.

La poesía, la mística y la filosofía tienen una especial predisposición para enfrentar situaciones límites de carácter metafísico-existencial. Yo pienso que esta tensión límite entre lo contingente, histórico y temporal y lo absoluto, divino y eterno, fue intuida y vivida de forma radical por Vallejo. En los versos de nuestro vate el hombre no puede dejar de ser humano ni siquiera en la condición de deshumanización, soledad, humillación, sufrimiento, hambre, vida, muerte y cuestionamiento de Dios. El hombre es una inmanencia que no puede dejar de ponerse frente a lo trascendente.

En el estro poético vallejiano la situación límite es la tensión de lo humano y finito ante un Dios que se percibe al mismo tiempo tan lejano y tan cercano a la vez. Así se trasluce en los poemas “Los dados eternos”, “Dios”, “Absoluta” en Los Heraldos Negros, el poema XXXI de Trilce. Así dirá:   

Siento a Dios que camina
Tan en mí, con la tarde y con el mar.
Con él nos vamos juntos. Anochece.
Con él anochecemos. Orfandad.

En el estro poético vallejiano la situación límite se subleva de modo lapidario y contundente ante un Dios inhumano, lejano, ahistórico, trascendente y que no sufre, apareciendo casi como un precursor de las posteriores teologías de la praxis que remecerían a Roma por reclamar una nueva imagen de Dios:

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
Hoy supieras ser Dios;
Pero tú, que estuviste siempre bien,
No sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre; el Dios es él!

En el estro poético vallejiano la situación límite no deriva hacia un endiosamiento del hombre, no lo convierte en un deus in terris, sabe demasiado bien lo que es el hombre, de sus flaquezas, miserias y limitaciones.

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
Ya no podrás jugar, porque la Tierra
Es un dado roído y ya redondo
A fuerza de rodar a la aventura,
Que no puede parar sino en un hueco,
En el hueco de inmensa sepultura.

Yo no creo que en el estro poético vallejiano la preocupación por Dios nazca de un conflicto entre Eros y la Religión, que se remontaría a que sus abuelos fueron sacerdotes no célibes, como sostiene el ilustre crítico Edmundo Bendezú Aibar. Por el contrario, pienso que Vallejo llega al Dios inmanente o encarnado como la única forma de que el hombre destinado al bien pero inclinado al mal pueda encontrar ayuda. En otras palabras, Vallejo sufre porque advierte la vocación deicida del hombre que mata constantemente a Dios con su pecado.

Más, todo esto implica que en el hombre hay algo de sagrado, de trascendente, que hay salvar por su propio amparo, pero aquello por salvar traspasa incluso la condición humana para solidarizarse con todos los seres que existen. Pero no es la indigente existencia lo que le apena, ni siquiera la de Dios mismo, que también sufre, sino porque la enorme incógnita de este lado sufriente del ser se hace nudo en el hombre. Sino veamos estos versos de “Los anillos fatigados” en Los Heraldos Negros (1919):

Hay ganas de…no tener ganas, Señor;
A ti yo te señalo con el dedo deicida:
Hay ganas de no haber tenido corazón.

El dedo deicida increpa a lo trascendente por el sentido de lo inmanente. A propósito de esta situación límite Vallejo expresa una gigantesca antinomia en el mismo libro:

Hay golpes en la vida, tan fuertes…Yo no sé!
Golpes como el odio de Dios;….

Es decir, el lado temporal y sufriente de lo absoluto se le revela a Vallejo de modo palmario y trágico. Toda una teología de la encarnación de alcance cósmico, que involucra no sólo al hombre sino además a todos los entes, pone en cuestión el sentido de lo inmanente. También en Trilce (1922) preside todos sus versos el misterioso poema I:

Quién hace tanta bulla, y ni deja
Testar las islas que van quedando.

El Vallejo maduro y europeo de Poemas Humanos (1923-1938) también deja traslucir dicha situación límite pero con más intensidad aun. Así en Intensidad y Altura escribe:

Quiero escribir, pero me sale espuma,
Quiero decir muchísimo y me atollo;
No hay cifra hablada que no sea suma,
No hay pirámide escrita sin cogollo.

Tiene un tono casi místico, propio de quien se encuentra ante lo inefable de la condición humana. Pero reiteradamente la búsqueda del sentido de lo inmanente se deja ver en los Nueve Monstruos:

Y desgraciadamente,
El dolor crece en el mundo a cada rato,…

Más notoria es la ausencia de sentido de la vida humana al leer lo escrito en su poema Fallo Personal:

Considerando en frío, imparcialmente
Que el hombre es triste, tose y, sin embargo
Se complace en su pecho colorado;
Que lo único que hace es componerse
De días;
Que es lóbrego, mamífero y se peina.

No menos vívido es Traspié entre dos estrellas cuando dice:

¡Amado sea aquel que tiene chinches,
El que lleva zapato roto bajo la lluvia,
El que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,
El que se coge un dedo en una puerta,
El que no tiene cumpleaños,
El que perdió su sombra en un  incendio,
El animal, el que parece un loro,
El que parece un hombre, el pobre rico,
El puro miserable, el pobre pobre!

A propósito de esa enorme incógnita de este lado sufriente del ser que se hace nudo en el hombre, Orrego cuenta que Vallejo le narró su sueño premonitorio sobre su muerte en París y lo plasma en Piedra negra sobre una piedra blanca:

Me moriré en París con aguacero,
Un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París y no me corro,
Tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

La existencia misma se escarnece en el hombre, todo el movimiento cósmico acontece como si señalara al hombre su abultada insignificancia ante los impenetrables misterios del universo. Es como si en el hombre mismo se conjugaran en una tensión permanente lo inmanente y lo trascendente. Así dice en Juego Final:

Escarnecido, aclimatado al bien, mórbido, urente,
Doblo el cabo carnal y juego a copas, donde acaban los destinos,
Donde comí y bebí de lo que me hunde.

Pero el entristecido Vallejo deja espacio para la esperanza, lo escatológico, lo soteriológico y la teodicea. Y allí reluce con todo patetismo en su estremecedor y compasivo poema Masa:

Al fin de la batalla,
Y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
Y le dijo: “¡No mueras; te amo tanto!”.
Pero el cadáver, ¡ay! siguió muriendo.
….
Entonces, todos los hombres de la tierra
Le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
Incorporóse lentamente,
Abrazó al primer hombre; echóse a andar…

Esta esperanza no es exactamente la prosaica solidaridad humana, como suele interpretarse, sino que es la inefable condición humana preternatural restaurada por Cristo, la única capaz de superar a la muerte, el dolor y la tristeza de lo existente en el ser del hombre. Vallejo siempre fue cristiano, tanto así que su marxismo no implica materialismo ni compromiso de su libertad estética. Su conflicto con el Dios encarnado, Cristo, no envuelve una pérdida de fe, por el contrario, exige una mayor identificación con él a través del sufrimiento humano. Incluso es conocida la carta del 18 de junio de 1929 a su hermano Víctor en que pide desde Europa una misa al Apóstol para que lo saque bien librado de un asunto.

Entonces, Vallejo tiene un Dios y no es un dios cualquiera, es el Dios cristiano, Providente y omnipotente. Esto explica que a partir de esta intuición esperanzadora sobre el lado intemporal de la realidad se entiende la última palabra dictada a su esposa Georgette en su lecho de muerte en el hospital de Villa Arago el 29 de marzo de 1938:

“Cualquiera que sea la causa que tenga que defender ante Dios,
Más allá de la muerte, tengo un defensor: Dios”.

Es cierto, si Vallejo fue capaz de advertir la absurdidad de la existencia humana, la entraña metafísica del dolor del ser, si se miró a sí mismo como un Cristo, la dimensión trascendente del hombre, la solidaridad y el dolor humano, fue porque encarnó en su ser la situación límite del hombre como única criatura donde lo finito se planta ante lo infinito de manera visceral.

Por qué Vallejo sintió con especial intensidad la situación límite de la condición humana. Un crítico tan autorizado como Luis Monguio es de la opinión que fueron causas biográficas (mestizo, clase media, abuelos sacerdotes no célibes, provinciano, la casa de su infancia, la vista al cementerio, la penurias económicas, el hambre, el dolor, la muerte, la cárcel, la incomprensión de los críticos, y su temperamento sensible y romántico) las que predispusieron la obra del poeta.

Lo cual no es falso, sólo que es insuficiente. Causas psicológicas y sociológicas pueden ser detonantes pero no causas de su peculiar genio. Muchos poetas sufrieron como él y quizá hasta más y no lograron su especial condición. Creo más bien que en este punto los franceses tienen razón cuando se refieren de un escritor genial señalando que tiene “duende”, o sea es poseedor de un don divino, único e inexplicable. Y efectivamente de nada hubieran servido sus vivencias y condiciones sociales sin ese “don” misterioso que lo hacía sentir con especial intensidad las situaciones límites de la condición humana. A él lo hizo sufrir profundamente, pero su dolor dejó una obra creadora impar en el espíritu universal.

En suma, Vallejo es un poeta de una estirpe y de una raza (Mariátegui, Coyné), un metafísico (Juan Larrea, Orrego), de la solidaridad humana (Monguio), un trascendente (Ferrari), del dolor humano (Alcides Spelucín, Armando Bazán), un cristiano (Abril), metafísico-cristiano (Chirinos Soto), de la absurdidad de la existencia humana (James Higgins), un revolucionario (L. Hernán Ramírez), porque su especial sensibilidad lo predispuso para percibir con exclusiva intensidad la situación límite de la condición humana.

Sin ánimo de deslucir los profundos versos de nuestro vate, siento que sería injusto despedir a tan ilustre trovador sin osar pergeñar de mi parte unos modestos versos hilvanados en mi humilde sesera:

Oda a Vallejo

Loa al bardo mestizo,
cuyo triste mirar universal,
donde Dios brillar quiso,
exhala nuestro dolor mortal.

¿Dónde moras?
¿A quién cantas?
¿Dónde vas?
Con tu hermana Muerte
ya no estás,
con la hermana vida,
volverás.

Los dados eternos rodarán,
los heraldos refulgirán,
te abrazará el último hombre
y te echarás a  andar.

Vive sempiterno,
con tus Cristos del alma,
vive sonriente,
con tu pan celestial.


Lima, Salamanca 31 de Julio 2012

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