Giovanna Pollarolo
Liturgia de la memoria

Por Jorge Eslava
Fuente: El Dominical, Lima 15/02/09
http://www.elcomercio.com.pe/impresa/notas/liturgia-memoria/20090215/246252

Una excepcional novela de Giovanna Pollarolo. “Dos veces por semana” es a la vez una novela de aprendizaje y un recorrido por el universo ficcional creado hasta ahora por la autora.

Acaso uno de los lugares más íntimos y desamparados del mundo contemporáneo sea el diván del psicoanálisis, donde un hombre o una mujer se entregan con creciente impaciencia a los dédalos del recuerdo. Durante las sesiones, flotando por un mar de palabras y silencios, se va como una barca a la deriva hasta que aparecen pedazos de tierra, dislocados y abruptos, donde es posible atracar. Las zozobras de este viaje han sido registradas de modo admirable por Giovanna Pollarolo en su obra más reciente, que conjuga procedimientos y energías interiores de géneros que ella ha cultivado con solvencia: la poesía, el cuento, el drama y el guión cinematográfico.

“Dos veces por semana” alude al compromiso de sesiones psicoanalíticas que establecen protagonista y terapeuta, bajo la advocación de que “las palabras no matan”; aunque estén cargadas de agresividad, desconcierto o indiferencia. Es precisamente lo que se pone en escena en el reducido espacio del consultorio, donde dos mujeres, “Yo” y “Ella” —protagonista y terapeuta—, intentan curar, en apariencia, un mal de amor, cuando en realidad se trata de disipar las impurezas del pasado que impiden respirar a la paciente. “Yo” confiesa sentirse un desperdicio de mujer: está en los cuarenta y tantos y ha sido abandonada por su marido, quien se ha marchado con una mujer más joven, despojándola de la felicidad de veinte años de matrimonio.

En el primer encuentro con la analista, “Yo” evoca un pasaje de la película “Amarcord”: uno de los personajes trepa a un árbol y clama con desesperación: “Io voglio una donna!”. Y dice para sí misma: “Hay días en que yo también quisiera gritar “Io voglio un uomo!, Io voglio essere felice!”. Pero no hay árbol al que me pueda trepar ni a nadie a quien amenazar con mi deseo”. La exasperada desmoralización de “Yo” que abruma su discurso de referencias cinematográficas y literarias, encuentra en “Ella” una controladísima conducta de gestos mínimos, preguntas bumerán y silencios. O el lapidario “terminó su tiempo”. Actitud que abisma a la protagonista y la arrastra —junto con el lector— por un despeñadero de asociaciones significativas. Pronto el lector advierte que no asiste a un diálogo de circunstancias, destinado a informar sobre el presente de la protagonista, sino que está atenazado a una cadena de episodios que viene de su infancia y que permite contemplarla en una ráfaga de imágenes.

Poética propia
Este hallazgo del lector no es una golondrina en la obra de Pollarolo, sino su columna vertebral. Podríamos afirmar que su arte poética es una ceremonia de la memoria, no una caída libre por los recuerdos reales, sino una exploración desgarradora por el pasado del universo ficcional de la autora, fundado desde sus poemarios “Huerto de los olivos” (1987) y “Entre mujeres solas” (1991); con este segundo libro la mirada retrospectiva fue asumida muy conscientemente y el verso desplegó una forma y un contenido próximos a la narrativa. No sorprendió, por tanto, la publicación de su libro de cuentos “Atado de nervios”. Ahora la dimensión polifónica de la novela descerraja mayores posibilidades creativas, con las que Pollarolo consigue una novela compleja, innovadora y excitante. En el conglomerado de géneros que reúne la novela, la mayor parte de su historia ha privilegiado el planteamiento del guion cinematográfico —predominancia de diálogos, variados tipos de planos y movimientos de cámara—, sin descartar los procedimientos propios del relato como las rupturas de tiempo y espacio. Amén de que es una estrategia narrativa que reflexiona sobre la escritura, pues la protagonista asiste a un taller literario y escribe en un cuaderno, problematizando la naturaleza de sus testimonios.

La mirada sobre el personaje nos obliga a señalar su categoría de novela de aprendizaje: El personaje crece ante nuestros ojos, gracias a las experiencias de la infancia y la adolescencia, tejidas con la inocencia del deseo y la angustia religiosa. Asistimos a sus relaciones con los padres —manifiestas con la madre, ocultas y más trascendentes con el padre— y el conocimiento de las primeras letras de la mano de una agria profesora, quien a la larga será la responsable de lo escrito en el cuaderno y quizá en el libro.

Ahora “Yo”, encarnada en la mujer de buena voluntad que angustiosamente masculló la frase ante su terapeuta: “Usted me obliga a ver lo que no quiero ver”, ha conseguido escarbar de modo conmovedor en su pasado —tan propio como nuestro— y este proceso de limpieza ha dejado en el lector una honda llaga que resiste a cicatrizar.

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