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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Juan Gargurevich Regal
Historias de periodistas Historias de periodistas

Por Osmar Gonzales
Fuente: Lima, agosto 2009

En su célebre conferencia ofrecida en el teatro Olimpo el 30 de octubre de 1888, Manuel González Prada enjuiciaba también al periodismo peruano, luego de ver que una parte de él había apoyado al invasor sureño en la Guerra del Pacífico: “El diario carece de prestigio, no representa la fuerza inteligente de la razón, sino la embestida ciega de las malas pasiones. […] Esas frases gastadas; pensamientos triviales que se vacían en las enormes i amenazadoras columnas del periódico, recuerdan el bullicioso río de fango i piedras que se precipita a rellenar las hondonadas i resquebrajaduras de un valle”.

Don Manuel no podía imaginar entonces que pocos años después de pronunciar tan duras palabras, el periodismo cobraría una calidad sin par en el Perú. En efecto, desde fines del siglo XIX y en los primeros decenios del XX, los diarios expresarían una sensible renovación en sus formatos y contenidos. En esta revolución periodística fueron fundamentales, justamente, los periodistas; es decir, los personajes centrales del nuevo periodismo, como los ha llamado en su reciente libro Juan Gargurevich, Historias de periodistas (Ediciones La Voz, Lima, 2009).

El volumen del que Gargurevich es autor se compone de 16 semblanzas de periodistas peruanos y de “Una propuesta metodológica”. Ahora me quiero concentrar en dos semblanzas, las que se refieren a Abraham Valdelomar y José Carlos Mariátegui.

El nuevo periodismo encarnado por el escritor iqueño tenía la peculiaridad de amalgamar periodismo con literatura, adelantándose en varias décadas al “nuevo periodismo” estadounidense de mediados del siglo pasado con Truman Capote y Tom Wolfe a la cabeza.

Valdelomar no estuvo solo, obviamente, sus creaciones literarias plasmadas en las hojas periódicas estaban arropados por una tropa de nuevos periodistas que surgían luego de la derrota en la Guerra del Pacífico y seguramente prestando oídos a la reprimenda de González Prada transcrita. Junto al autor de “El Caballero Carmelo” el periodismo se llenaba de nombres ilustres como Leonidas Yerovi, Gastón Roger, Luis Fernán Cisneros, Luis Varela y Orbegoso, Federico More, Mariátegui y muchos más.

Con la pluma de Valdelomar los artículos, reportajes y crónicas parlamentarias adquirieron belleza formal sin precedentes y penetración sicológica. Con el escritor iqueño y sus colegas coetáneos, como señala Gargurevich, los viejos periodistas “fueron prácticamente obligados a dar paso atrás”, los que insurgían proponían “una nueva manera, desenfadada, libre y talentosa de contar las cosas como creen ellos que se deben contar…”. Los moldes serían rotos desde entonces, y el diario La Prensa cumplió en ello un papel inobjetable.

En La Prensa también aparecería una figura más joven que Valdelomar, y su seguidor más fiel hasta fines de la segunda década del siglo XX: José Carlos Mariátegui.

Como se sabe, Mariátegui ingresó a La Prensa como obrero y luego fue escalando puestos hasta cobrar celebridad firmando sus crónicas con el seudónimo más famoso de nuestro periodismo: Juan Croniqueur. En dicho diario laboró hasta 1916 para participar en el proyecto de Pedro Ruiz Bravo, El Tiempo, y en el que participaron importantes plumíferos como César Falcón, Luis Ulloa Cisneros, Humberto del Águila, entre otros. El sello de esta publicación era la crítica mordaz al gobierno de José Pardo.

Mariátegui se encargó entonces del periódico La Noche (por oposición a El Día, de Gastón Roger) de corta (un mes) e irregular vida, y del que, según menciona Gargurevich, no se conserva un solo ejemplar; por esta razón lo denomina como “el diario perdido de Mariátegui”.

Luego de El Tiempo, Mariátegui fundó Nuestra Época y luego, en 1919, con César Falcón, La Razón, en el que ya mostraba los inicios de sus compromisos que más adelante serían inconfundibles: con los obreros, los estudiantes y el socialismo. En ese mismo año Mariátegui partiría a Europa, Valdelomar moriría y se iniciaría el décimo gobierno de Augusto B. Leguía. Desde entonces, como subraya Gargurevich, Mariátegui “ya no regresaría a las redacciones profesionales no comprometidas”.

Las semblanzas, biografías incompletas, ofrecidas por Gargurevich nos ayudan a tener un panorama ameno, rociado de anécdotas, de la evolución del periodismo peruano, desde el pregonero colonial hasta los mártires de Uchuraccay. Desde los personajes emblemáticos de nuestro periodismo (Alfonso Tealdo, Corpus Barga, Efraín Ruiz Caro, Guido Monteverde, Pocho Rospigliosi, entre otros distinguidos) el lector puede constatar su larga y rica tradición.

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