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Carlos Eduardo Zavaleta
Tras los pasos de un narrador<br>Carlos Eduardo Zavaleta, a través del tiempo Tras los pasos de un narrador
Carlos Eduardo Zavaleta, a través del tiempo


Por Carlos M. Sotomayor
Fuente: Expreso, Lima 28/08/04

Conspicuo escritor de la llamada generación del cincuenta -tan pródiga en calidad-, Carlos Eduardo Zavaleta ha podido conjugar, con similar éxito, géneros que en otros autores han sido casi irreconciliables: el cuento y la novela. Zavaleta, pionero en el uso de las modernas técnicas narrativas y admirador de la obra de Joyce y Faulkner, es un referente indiscutible a la hora de emprender cualquier antología del cuento. Su evidente fascinación por las estructuras hacen de sus narraciones breves, perfectos manuales de escritura. Esto se puede apreciar en el tomo 3 de sus Cuentos completos, editado por el Instituto de Investigaciones de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de San Martín de Porres. En torno a esta publicación, el autor de memorables cuentos como Juana, la campa te vengará conversa con EXPRESO en la hospitalidad de su hogar.
 

-Cuando usted empieza a publicar, en nuestro medio estaba en boga tanto el indigenismo como el costumbrismo. ¿Qué lo lleva a "desmarcarse" de los parámetros impuestos por esas tendencias?
Lo que me llevó a escribir distinto es que yo me sentía distinto. Yo no sabía quechua como sí sabía Arguedas. Pero había vivido desde muy muchacho en un contraste entre costa (Chimbote) y sierra (la parte central de Ancash). Eso, y, en seguida, vivir en Tarma, me dio el conocimiento y el reconocimiento de lo que habían hecho otros. Sin embargo, lo primero que me di cuenta que lo que no me gustaba de estos autores era el estilo. No manejaban bien la sintaxis y, por otro lado, yo buscaba un poco más de poesía en la prosa. Notaba, además, que no sabían combinar muy bien el diálogo con la narración.

-¿Influyó en esa actitud renovadora sus lecturas de Joyce?
A pesar de no haber sido un estudiante de literatura directo, yo estudiaba ciencias médicas, era un gran lector. Me pasaba más tiempo en la casona de San Marcos, en la biblioteca, que en San Fernando. Luego, siendo ya estudiante de literatura me formé como lector de literatura. Y allí precisamente descubrí a Joyce, Faulkner, Hemingway y Dos Passos. Entonces, gracias a ese contacto me di cuenta que nuestra literatura necesitaba otro lenguaje. Necesitaba precisión, una sintaxis clara y, sobre todo, un profundo aliento dramático.

-En ese sentido advierto que la literatura española no fue de su total agrado.
Me sumergí en otras literaturas y no en la española precisamente porque el estilo y el manejo de la narración no me parecían adecuados.

-Bajo la impronta joyceana escribe, entonces, Una figurilla, su primer cuento.
Sí. Aplicando el monólogo interior de Joyce que aprendí en Retrato de un artista adolescente. Y lo hice un poco para probar lo que en ciencia es inobjetable: las técnicas tienen validez universal. Entonces, por qué no llevar el monólogo interior joyceano a una provincia serrana del Perú. ¿Por qué no? Algunos pueden calificarlo como esnobismo. Yo no lo creo así. Yo creo que uno puede entrar con la técnica de Joyce a la intimidad del indio.

-Su novela Los aprendices se editó en Buenos Aires en la editorial de Galeano.
-Yo la llevé conmigo cuando viajé a La Habana como jurado del Premio Casa de las Américas de cuento. Allí alguien se la mostró a Benedetti, quien luego me dijo que quería llevársela a Galeano para publicarla en la editorial Crisis. Pero luego de publicarse, la imprenta fue invadida por los esbirros de Videla que decomisaron todo. Tiempo después, gracias a un amigo diplomático, pude recuperar cien ejemplares.

-Algo similar había ocurrido acá en Lima con su primera novela El cínico ¿no?
-Esa novela la edita San Marcos, en donde había ganado un premio, en el año 48. Pero ese año se da el golpe de Odría, se cierra San Marcos y se impide la salida del libro. Tuve que esperar tres años para encontrar, en librerías de viejo, algunos ejemplares.

-A diferencia de otros autores importantes como por ejemplo Bryce o el mismo Vargas Llosa, usted mantiene el mismo nivel tanto en el cuento como en la novela...
-Sí, me he preocupado mucho por eso. Y es difícil que un cuentista pase a ser buen novelista, o viceversa. La prueba está en Mario. Él eligió a tiempo la novela porque en el cuento el camino estaba cerrado por otros escritores que lo superaban. Y el tiempo lo ha demostrado.

-Para muchos, y me incluyo, Pálido, pero sereno es su novela más lograda. ¿Pensó en la idea de la novela total al escribirla?
-Yo no me guío en esos membretes. Ulises es la novela total para Joyce, y quizás pensó que Finnegans Wake también lo era, aunque no le salió por un problema de incomunicación con los lectores: una falla garrafal. Llamarla así, para mí, significa que en una sola novela uno pone todos los elementos que correspondan a ese tema, a esa época. Es decir, agotar todas las variaciones que rodean al tema principal. En mi caso el tema principal es la inmigración, simbolizada en una familia. Por eso me preocupé por cada miembro de la familia en esa novela.

-A qué se debe que no obtuvo la misma repercusión de autores como Bryce y Vargas Llosa, siendo usted quien introdujo en nuestra literatura las modernas técnicas narrativas. ¿Cree que fue mezquina e injusta la crítica?
-No estaba maduro el medio para ser más difundido. Ha pasado el tiempo e incluso las novelas iniciales El cínico y Los Íngar merecían mayor difusión. Pero por un lado estaba la dictadura de Odría y, por el otro, el hecho de que los críticos de ese entonces no estaban a la altura. También dificultó para una mayor difusión mis continuos viajes al extranjero debido a mi trabajo en el Ministerio de Relaciones Exteriores.

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