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ARCHIVO DE ARTÍCULOS PERIODÍSTICOS

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Edgardo Rivera Martínez
El arte de contar historias El arte de contar historias

Por Edgardo Rivera Martínez
Fuente: Dominical, El Comercio, Lima 12/03/06

¿Es posible definir qué es un cuento? ¿Cuáles son sus características y cuáles sus fronteras respecto a la novela? ¿Existen reglas establecidas? El reconocido narrador nos aproxima a la naturaleza del relato y da una serie de consejos sobre su ejecución.
 

El cuento nos acompaña desde nuestros primeros años, en el hogar o en la escuela. Unos proceden del acervo cultural europeo u oriental, otros, en el caso del Perú, de nuestras tradiciones orales andinas, pero siempre en difícil competencia con la televisión, la misma que, sin embargo, en muchos de sus programas infantiles, no hace sino adaptar narraciones muy anteriores a su aparición. Pero esa disposición receptiva no es solo de esa etapa de la vida, sino que es permanente en el hombre, aunque en diferente medida. Esa aptitud a dejarnos llevar por la palabra e internarnos así en otros mundos. Una disposición para el asombro que Paul Valéry llamaba "nuestra facultad de ser alucinados".

Definir el cuento puede resultar una empresa azarosa. Bien podría decirse incluso, parodiando a Camilo José Cela cuando se refiere a la novela, que cuento es toda narración escrita breve que lo haga constar así después de su título. Sin embargo podría recurrirse a algo tan sencillo como decir que se trata de una narración corta, de carácter por lo general ficticio, escrita en prosa. Germán Bleiberg subraya que es una de las manifestaciones en que más difícil resulta la perfección, precisamente por esa brevedad. Pero en cuanto a lo de ficticio hay que ser más prudentes, pues muy bien se puede relatar, con técnicas del género, un suceso real. En este caso, no obstante, y en razón del procesamiento literario, la verdad del acontecer pasa a segundo plano, y lo que interesa es el resultado estético.

A propósito de la desfavorable comparación que suele hacerse con la novela, recordemos la opinión de Edgard Allan Poe, según la cual esa sobrevaloración de la segunda es resultado de un "prejuicio nefasto". "Dudo que un crítico", dice, "por muy mediocre que sea, mantenga la idea de que hay en la extensión o la masa de una obra algo que provoque necesariamente nuestra admiración...". Por otra parte, el cuento es lo que más se aproxima, según el poeta norteamericano, al poema, género literario superior a todos los demás, según opina. Y por ello se debe atender en aquel sobre todo a su efecto final. No debe haber nada que no se halle a su servicio, por lo cual estima que su extensión no debe ser ni muy breve ni muy extensa, y propone que sea la de una lectura continua. Con todo lo cual concuerda un autor inglés, también del siglo XIX, Stevenson, cuando señala que "el contenido y el final de una short story...son la carne y la sangre de la sangre de su comienzo", mientras que el final de una novela "no es nada; solo es una conclusión (coda), un elemento no esencial de su ritmo...". El crítico Boris Eichenbaum, por su parte, ve en el cuento un modo de narrar que encuentra en los principios de unidad, construcción, énfasis en el desarrollo central y vigoroso efecto final, el secreto de su excelencia.

Coincide en buena parte con ese modo de ver Julio Cortázar, en un famoso artículo de 1963, "Aspectos del cuento", en el cual expresa su convicción de que hay en este "ciertas constantes, ciertos valores que se aplican a todos los cuentos, fantásticos o realistas, dramáticos o humorísticos". Constantes a las cuales debería su calidad de obra de arte, a pesar de tratarse de una forma literaria esquiva, polifacética. Y es que con el cuento nos hallamos ante un género "secreto y replegado en sí mismo, caracol del lenguaje, hermano misterioso de la poesía en otra dimensión del tiempo literario".

Conocida es asimismo la analogía que establece el autor de Rayuela entre el cuento y la fotografía, por un lado, y entre la novela y el cine, por otro. La fotografía supone una estricta limitación previa. Fotógrafo y cuentista se ven obligados a seleccionar uno la imagen, y el otro un acontecimiento, que sean significativos, que permitan empujar la sensibilidad y la inteligencia hacia algo que va mucho más allá. Y no menos conocida es su afirmación de que tanto una como otro deben ganar siempre, como en el box, por knock out. Y por ello mismo el cuentista, a diferencia del novelista, debe trabajar en profundidad, verticalmente, en permanente tensión, en intensidad. "Un cuento es significativo", anota, "cuando quiebra sus propios límites con una explosión de energía espiritual que ilumina bruscamente algo que va mucho más allá de la pequeña y a veces miserable anécdota que cuenta".

Exigencias que Mario Benedetti hace suyas, pues lo esencial reside, a su juicio, en la peripecia, que puede consistir en un hecho, pero también en un estado espiritual, o incluso en algo aparentemente tan estático como un rostro.

Es célebre la posición de Jorge Luis Borges, para quien en la novela hay siempre algo de ripio, lo cual no sucede con el cuento, en el cual "casi todo sirve para su construcción". Sin embargo, o quizás por eso mismo, desconfía del efecto de sorpresa, que puede ser muy efectivo en la primera lectura, pero atenuado, cuando no desvaído, en las siguientes. Lo importante es que la obra narrativa, cuento y novela, pero aún más el primero, sea un permanente y preciso "juego... de vigilancias, ecos y afinidades".

Por mi parte, señalaré que el cuento, si bien puede haber y hay otras opciones narrativas, constituirá siempre una suerte de arquetipo al cual retornar una y otra vez, porque la realidad y la imaginación sugieren siempre nuevos e iluminadores cursos, que van mucho más allá de la simple sorpresa. Opciones que, sin apartarse de esas exigencias fundamentales, resultan ser más abiertas y diferenciadas, y no por ello menos eficaces para captar la imaginación del lector. La principal es, desde luego, la que plantean los cuentos de desarrollo, en los que el atractivo central es ese andar que hace justamente el camino por donde transita el lector. Una de sus formas, y que acaso no han tenido en cuenta los autores a que nos hemos referido, es la del cuento maravilloso, especialmente el dirigido a los niños, en el cual lo que interesa es el asombro que produce el acontecer, y más aún el desenlace. En una línea hasta cierto punto paralela pueden situarse los cuentos fantásticos, en los que, a menudo, importan más que el final los meandros, plenos a menudo de envíos y reminiscencias, por los que discurre la acción. Otro es, por cierto, el caso del cuento lírico, por definición aún más cercano al poema, en que la tensión no es de orden argumental, en que la intensidad no necesariamente se deriva de un enigma ni se traduce en suspenso, o en que la significación se da más bien en el plano de un simbolismo polivalente.

Pero siempre se habrá de requerir una gran funcionalidad del todo y de las partes, desde luego también necesaria en toda novela que aspira a ser obra de arte, pero de otra manera, porque en esta podrá darse en grados, por así decir, con partes más estricta y formalmente necesarias que otras, como en círculos concéntricos, pues lo permite la escala en que trabaja el novelista. No sucede lo mismo con el cuento, porque su brevedad exige una extrema economía y una máxima eficacia de recursos.

Por todo ello la imagen que quizás más conviene para reflejar la naturaleza del cuento ya acabado sea la de un cristal. Uno y otro fijados ya en su forma definitiva, pero uno adquiriendo vida con los rayos de luz y la mirada, y el otro con cada lectura.
 

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