Esther Castañeda
La presencia querida y ejemplar de Esther Castañeda La presencia querida y ejemplar de Esther Castañeda

Por Alberto Loza Nehmad
Fuente: Alberto Loza Nehmad
Lima, 6 de marzo, 2010

“Provengo de una mezcla de culturas... Y así, entre el ser y el parecer
fui construyendo mi vida”.
 
“Éramos pocas las mujeres que seguíamos la carrera y la mirada de
los otros no solo era inteligente sino también desdeñosa, paternalista e
indulgente con nosotras... a una mujer siempre se le exige el doble”.
 
“Yo solo he sido una profesora de literatura y tanto o más de lo que tomé
de mis maestros fue lo que tomé de mis alumnos”.

 
 

¿A quién celebrar sino a Esther Castañeda ahora que, reciente su partida, se conmemora el día de las mujeres? Amigo de ella en la década final de su vida, es decir, amigo más o menos reciente, compañero de aventuras bibliotecarias, tuve la oportunidad de apreciar en ella y desde cerca, rasgos poco comunes: una fuerza de voluntad y un coraje de esos que solo se inclinan ante las leyes de la vida.

Esther Castañeda Vielakamen (1947-2010), maestra sanmarquina y poeta, mujer de variadas y brillantes facetas, cumplió el ciclo de su vida a las 2:20 de la tarde del miércoles 24 de febrero. Tenía sesenta y dos años de edad. De esos sesenta y dos años, Esther pasó trece combatiendo un inexorable tumor cerebral. En esos trece años, cinco operaciones que disminuyeron sus fuerzas físicas no le impidieron escribir, investigar sobre literatura ni editar las plaquetas, libros y discos del sello editorial Magdala que fundó en 1995 con Hiromi Toguchi. Imponiéndose a las dificultades físicas, impulsó y congregó siempre al colectivo Magdala, un grupo de mujeres dedicadas a la literatura, las artes visuales y la socialización creativa, y destacó en Lima como una animadora cultural. Qué fuerza de voluntad la de Esther, qué magnífico ejemplo nos deja, qué maravillosa excepción la suya en un medio como el nuestro.

Conocí a Esther Castañeda en mayo de 2002, en una exposición de la biblioteca central de San Marcos. Me la presentó Judith León, diseñadora, amiga, mi colega en la biblioteca y miembro de Magdala. Esther estaba acompañada de Hiromi y se ayudaba con una muleta para caminar. Hablaba con cierta dificultad. Me dio una plaqueta de Magdala que recibí con profunda ignorancia: yo había estado diez años ausente. Entonces no imaginaba que pronto el magnetismo de Esther me atraería a colaborar con ella, con Hiromi, Judith y Graciela Oropeza. Con el tiempo, me convertí en un feliz observador, algo marginal, de las actividades de Magdala, mujeres que con diferente regularidad y ocasión —presentaciones de libros y conferencias, homenajes a Esther— giraban, cada una en su propia órbita, alrededor de esa fuerza gravitacional que era Esther Castañeda.

Pero qué de preocupaciones, trámites, investigaciones, telefonazos y suaves aguijonazos los de Esther, antes de cada edición de Magdala, de cada libro presentado, de cada conferencia, PowerPoint incluido porque ella se tuteaba con la tecnología como no lo hacía la mayoría de sus colegas docentes coetáneos ni lo harán jamás sus mayores. Quince minutos de una de sus conferencias, leída por Hiromi, con imágenes y música atraían y convencían, tanto como aburrían los sesenta y más minutos de otro docto expositor perorando ex cathedra. Y cuánto de investigar en la biblioteca central y cuánto de buscar y desempolvar revistas y diarios viejos “para la profesora Esther”, como ahí la llaman con respeto. Esther estaba muy familiarizada con las colecciones antiguas y especiales de San Marcos; en 1994 había sido parte de una comisión encargada de seleccionar los materiales que deberían ser parte del Fondo Reservado de la biblioteca. Cuando la conocí ella decía que ya estaba retirada, pero no era cierto. Visitaba la biblioteca y la imprenta de San Marcos con asiduidad. Escribía y publicaba. Aprovechaba todo evento cultural para difundir un número más de Magdala, esa plaqueta sobre “literatura escrita por mujeres, que es breve, no venal y coyuntural”.

En la universidad de San Marcos, que le “dio todo”, como escribió ella una vez, fue profesora desde los años setenta. Actuando su militancia feminista, fue una de las organizadoras del primer encuentro de poetas sanmarquinas de 1981, y de los siguientes. Inauguró el curso Literatura escrita por mujeres e investigó y publicó mucho sobre el tema. Con orgullo ella recordaba haber sido nombrada en 1987 directora de la joven escuela académico-profesional de bibliotecología, cargo que desempeñó con la colaboración activa —“toma de espacios” incluida— de las primeras promociones (en San Marcos también le dieron algunos sinsabores: años después, un par de espíritus profesionalmente acomplejados pretendió cambiar la historia y desconocer a Esther como directora de su escuela, legítima como fue; feliz y justamente, el profesor Orlando Corzo, en su documentado y grato artículo “Esther Castañeda y la bibliotecología peruana”, deja todo ese asunto clarísimo y bajo el sol). Finalmente, su universidad la reconoció haciéndola profesora emérita; el acto público tuvo lugar en el Instituto Porras, otro de sus hogares intelectuales, en una inolvidable velada a la que Esther llegó en silla de ruedas. Al momento de recibir la medalla se puso y mantuvo de pie, con dificultad pero con orgullo y entereza. El público amigo estaba afectuosa y francamente conmovido: muchos recién la veían así. Si es cierto que San Marcos le dio todo a Esther, ella se lo devolvió todo y más. Fue una maestra ejemplar y muy querida.

En los últimos tiempos, cuando vinieron la segunda muleta y luego la silla de ruedas y ella seguía trabajando, empecé a oír que Esther unía su voz a las voces de quienes no tienen accesos fáciles, o ninguno, a edificios, auditorios, segundos pisos. Mencionaba el tema nunca con amargura, siempre con humor o sencillamente por preocupación práctica, para poder llegar a tiempo o sencillamente ya no ir. Cuando todavía usaba una muleta, en los tiempos en que la imprenta aún carecía de pasamanos para subir al segundo piso, Esther me dijo que había tenido que subir apoyándose con ambas manos sobre la lisa pared de mayólicas, “como el hombre araña”. Y reía cuando lo contaba. Reímos. Recuerdo también a Esther en silla de ruedas, exiliada arriba en uno de los modernos auditorios de San Marcos, mientras graderías abajo Hiromi leía una de sus ponencias: el otro moderno auditorio de la universidad tampoco tiene rampas.

Como poeta, editora y espíritu animador de la cultura, Esther ayudó a crear y creó ella misma cosas que fueron creciendo en complejidad y trascendencia. Las publicaciones de las magdalas comenzaron siendo impresas en papel y pasaron pronto a incluir publicaciones electrónicas en discos compactos, películas, diapositivas acompañadas de música, recitales de poesía. La presencia de Esther era el catalizador de la amistad y solidaridad que caracterizaron todas esas actividades. La biblioteca de San Marcos deberá agradecerle siempre por la parte que le cupo en la exposición 30 años de poesía peruana en revistas, 1971-2000, y por el fino catálogo que ella y Hiromi editaron. El resultado de esa iniciativa es la valiosa colección de poesía en revistas y folletos que ahora existe en el Fondo Reservado de la biblioteca de esa universidad. Queda como tarea para esa biblioteca completar la colección de las plaquetas Magdala que se publicaron y se seguirán publicando. ¿Cuántas publicó Esther? ¿Guarda Hiromi todas y cada una de ellas? Hiromi Toguchi es ahora la depositaria de una riqueza peruana creada por mujeres que, valgan verdades, algunos poetas hombres veían con cierta condescendencia.

Los meses finales de Esther fueron más bien solitarios. Repuesta de una neumonía, pasó una larga temporada en casa con muy pocas visitas. Muchos fallamos. Nunca le fallaron ni Hiromi ni Gloria, hasta el final. Fue internada en el hospital de la avenida Grau el viernes 19 de febrero. Pasó inconsciente casi todo el resto del tiempo. El miércoles 24 fuimos a visitarla con Judith León, quien me la había presentado hacía ocho años. A las dos y veinte minutos Esther falleció ante los ojos de Gloria y los nuestros. No la dejamos sola mientras pudimos. Al día siguiente su cuerpo estuvo unas horas en la Vieja Casona de San Marcos, la universidad que le dio todo y a la que ella devolvió mucho más. Finalmente, el círculo de la vida de Esther se cerró en los términos que ella quería y que le correspondían de acuerdo a la Ley: fue sepultada en el Cementerio Israelita del Callao, junto a su madre, en comunidad. Una vida plena. Larga vida a Magdala.
 

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